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Ciclo Cincel–Constructo · Atletismo · Reescritura española
Ensayo 21 / 23

El libro conserva anotaciones que no puede avalar

Un récord histórico puede seguir siendo válido aunque no pueda verificarse de nuevo con las condiciones actuales. La evidencia sobre un sistema, una anomalía estadística y la prueba de una infracción individual no son intercambiables.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

I Unos récords que siguen en el libro

Basta abrir hoy el libro de récords femeninos de World Athletics: allí sigue un grupo de marcas logradas entre 1983 y 1988.

800 metros femeninos: 1 minuto y 53,28 segundos, en 1983. 400 metros femeninos: 47,60 segundos, en 1985. Lanzamiento de peso femenino: 22,63 metros, en 1987. Lanzamiento de disco femenino: 76,80 metros, en 1988. Y, junto a ellas, otros récords de velocidad, saltos y heptatlón de la misma época.

Todos comparten una misma situación. El libro que los recoge no puede avalarlos.

No puede demostrar que sean limpios. Cuando se consiguieron, aún no existía el sistema actual de conservación prolongada de muestras y análisis retrospectivos. En la mayoría de los casos no se guardó una muestra del día del récord que hoy pudiera volver a analizarse con métodos modernos. Por eso el libro no puede presentar pruebas de que aquellas marcas se lograran sin dopaje.

Pero tampoco ha dictaminado que se lograran con él. No se ha anulado ninguno de esos récords concretos. Ninguna resolución antidopaje ha invalidado esas marcas. Así que el libro tampoco puede presentar una resolución que las declare fruto del dopaje.

Ahí quedan, suspendidas en el libro: no se ha demostrado que sean limpias, pero tampoco se ha dictaminado que sean producto del dopaje. El libro las conserva, sin poder responder por ellas.

Este ensayo trata de esas anotaciones y de una propuesta que intentó borrarlas del libro: cómo fracasó y por qué. La forma de su fracaso deja al descubierto la versión más aguda de algo que recorre esta serie. Un libro puede conservar anotaciones que ni él mismo es capaz de avalar. Y las conserva, no porque confíe en ellas, sino porque no dispone de una forma legítima de eliminarlas.

Frente a los libros que hemos visto antes en esta serie, aquí aparece un dilema nuevo. En el ensayo 11, el libro sabía que aquel lanzamiento de Hohn era válido; sabía también que no podía medirse con la misma vara que las marcas posteriores. Por eso lo encerró en un libro antiguo, separado. La decisión era clara: sabía qué hacer con él. Con estos récords sucede otra cosa. El libro no sabe qué hacer. No puede decir, como en el caso de Hohn, que son válidos pero no comparables, porque aquí el problema no es la comparabilidad, sino la credibilidad. Y esa credibilidad no puede ni demostrarla ni refutarla. Se ha quedado en una zona intermedia donde no puede dar garantías ni puede borrar, una zona que él mismo no sabe cómo cerrar.

II Una limpieza que no llegó a hacerse

En 2017, la Asociación Europea de Atletismo intentó eliminar esos récords.

Conviene precisar desde el principio qué fue aquel intento, porque casi todos sus pasos se han contado alguna vez de forma equivocada.

Fue una iniciativa de 2017. No de 2015, ni de 2016, y mucho menos una limpieza consumada tiempo atrás. El 26 de enero de 2017, la Asociación Europea de Atletismo anunció un grupo de trabajo sobre la credibilidad de los récords. El grupo celebró varias reuniones, adelantó unos cinco meses un calendario que inicialmente apuntaba al otoño y presentó un documento en abril. El Consejo, reunido en París del 28 al 30 de abril, lo aprobó por unanimidad.

Pero aprobar un documento por unanimidad no significa haber borrado ya los récords.

World Athletics, que entonces todavía era la IAAF, no llevó a la práctica aquel reinicio. La Asociación Europea de Atletismo dijo que presentaría el plan al Consejo de la IAAF en agosto. A comienzos de ese mes, la oposición que había suscitado ya había llevado a reconsiderar su versión original. La prueba más decisiva es esta: World Athletics sigue reconociendo esos récords. Las marcas femeninas de los años ochenta que hemos visto en la primera sección continúan hoy en su libro. Si la limpieza se hubiera hecho, no estarían allí.

Hay que desmontar, por tanto, una versión muy extendida: que la Asociación Europea de Atletismo votó borrar todos los récords anteriores a 2005.

Eso no es lo que decía literalmente el documento de abril. No fijaba 2005 como fecha de corte. Su propuesta era que los récords existentes solo conservaran el reconocimiento si cumplían unas condiciones nuevas. La referencia a 2005 apareció porque fue por aquella época cuando empezó la conservación prolongada de muestras, de modo que la condición de disponer de ellas para repetir los análisis durante diez años resultaba, en la práctica, imposible de cumplir para la mayoría de los récords más antiguos. Los medios de entonces y los estudios posteriores describieron ese efecto práctico como un reinicio que dejaría fuera las marcas anteriores a 2005.

También hay una laguna que la honestidad obliga a señalar. No se encuentra un acta del Consejo de la IAAF que recoja una moción formal y definitiva de «rechazo», «retirada» o «aplazamiento indefinido». La evidencia pública permite establecer que el plan no se aplicó. Pero que no se aplicara y que exista una moción precisa de rechazo, documentada en un acta, son cosas distintas. Lo primero puede confirmarse. Lo segundo no se encuentra. Y lo que no se encuentra no debe convertirse en una votación inventada.

Así que este ensayo no cuenta una limpieza conseguida. Cuenta una limpieza que no llegó a hacerse. Y las razones por las que no se hizo explican más que lo que se pretendía hacer.

A veces el fracaso de una propuesta descubre mejor la estructura real de un asunto que su éxito. Una propuesta que prospera ha resuelto sus dificultades o ha encontrado cómo rodearlas; el resultado las tapa y dejan de verse. En cambio, el punto donde se atasca una propuesta fallida señala exactamente la parte más resistente del problema. La limpieza europea no fracasó por falta de apoyos. Los tuvo, y no pocos; incluso el presidente de la IAAF se mostró favorable en un momento dado. Se atascó en algo más hondo, una cuestión de prueba y de justicia que no podía esquivarse. Ver dónde se atascó es entender por qué aquellos récords siguen hoy en el libro.

III Tres caminos y sus callejones sin salida

El grupo de trabajo estudió tres caminos. El documento les daba tres nombres: «cirugía radical», «jabalina» y «1913». Entender el callejón sin salida al que llegaba cada uno permite ver toda la dificultad de aquella limpieza.

El primer camino: la cirugía radical.

La cirugía radical consistía en revisar uno por uno los récords antiguos y retirar los que se demostrara que habían sido obtenidos de forma desleal. Es el camino más intuitivo: si un récord está manchado por el dopaje, se elimina.

El grupo de trabajo lo descartó. Sin confesiones ni otras pruebas, tendría que resolver basándose en elementos subjetivos. El documento advertía expresamente que esa arbitrariedad perjudicaría la justicia del procedimiento y podría exponer a la Asociación Europea de Atletismo y a sus federaciones miembro a acciones judiciales.

Aquí reaparece algo que esta serie ha señalado una y otra vez. Para borrar un récord hay que probar que está manchado. Y para la mayoría de los récords antiguos no se dispone de esa prueba, porque aquello que permitiría demostrarlo, la muestra del día de la marca, sencillamente no existe. Sin pruebas solo queda la sospecha, y eliminar récords uno a uno por sospechas es actuar arbitrariamente. El propio grupo temía esa arbitrariedad. Por eso renunció al camino más directo.

El segundo camino: la jabalina.

El nombre procedía de un antecedente real. En las décadas de 1980 y 1990 cambiaron las especificaciones de las jabalinas, y cada cambio exigió abrir una nueva serie de récords. La idea de la vía «jabalina» era, por tanto, modificar los implementos o las reglas técnicas para inaugurar una nueva era de récords en cada prueba. Los anteriores perderían su vigencia por sí solos, pues se habían logrado con los implementos antiguos.

El grupo también descartó este camino. Había varias razones: las distintas pruebas no se verían afectadas por igual; los nuevos implementos podrían imponer costes elevados al atletismo de base; y, sobre todo, ninguna especificación técnica nueva impediría que un futuro récord se consiguiera haciendo trampas. Dicho de otro modo, una discontinuidad técnica puede abrir un libro nuevo, pero no uno más creíble. La sospecha del libro antiguo no desaparece por abrir otro. Se queda al otro lado de la separación. Y el libro nuevo sigue expuesto a que lo contaminen las trampas del futuro.

El tercer camino: 1913.

El nombre remitía a una de las funciones fundacionales de la IAAF, establecida alrededor de 1913: examinar y registrar los récords. De aquella potestad histórica de reconocimiento, el grupo deducía lo siguiente: si la facultad de reconocer está en manos del organismo rector, también puede cambiar los criterios de reconocimiento. Y las marcas antiguas que no cumplan los nuevos criterios pueden dejar de reconocerse.

Este fue el camino elegido. Su pieza clave era la insistencia del documento en que dejar de reconocer un récord no implicaba necesariamente que la marca fuese inválida ni que su autor hubiese infringido las reglas.

Es la vía que examinaremos con más cuidado en lo que sigue, porque intentaba algo extraordinariamente delicado: retirar del libro un grupo de récords sin acusar de hacer trampas a ningún atleta concreto. Quería evitar la arbitrariedad de las acusaciones individuales que exigía la cirugía radical. Su solución era no acusar a nadie y cambiar los criterios de reconocimiento para todos. Pero al rodear un problema fue a dar de frente con otro.

Hay que añadir una disposición del documento que suele desaparecer cuando la propuesta se resume en «tres condiciones». Se pretendía también que el titular del récord mantuviera su integridad deportiva después de la homologación. El reconocimiento podría retirarse si cometía una infracción grave posterior, incluso sin pruebas de que esa infracción hubiera afectado a la marca del récord. Conceptualmente, esta cláusula era aún más radical que exigir una muestra del día de la competición: hacía depender el estatuto de un récord de la conducta futura. Un récord podía ser retirado porque su titular, años después, infringiera las reglas en un asunto enteramente ajeno a él, aunque aquella infracción no tuviera relación alguna con la marca.

IV Dos errores distintos

La vía «1913» colocaba en una situación incómoda a un grupo de plusmarquistas a quienes nunca se había declarado responsables de hacer trampas. La disputa que provocó es uno de los puntos en los que este ensayo debe abstenerse estrictamente de dictar un veredicto. Los dos lados temían, en realidad, errores distintos.

De un lado estaban los partidarios del reinicio. El error que aceptaban tolerar era excluir por equivocación algunos récords antiguos que en realidad eran legítimos. Estaban dispuestos a pagar ese precio a cambio de un libro cuyas anotaciones cumplieran, todas, los estándares modernos de verificación. A su juicio, mezclar en él marcas antiguas que no podían verificarse dañaba su credibilidad como conjunto. Y, para proteger esa credibilidad del conjunto, merecía la pena sacrificar algunos récords que quizá fueran legítimos.

Del otro lado estaban los opositores. El error que aceptaban tolerar era conservar una parte de la incertidumbre histórica. Su posición era que una marca debía mantenerse mientras no hubiera pruebas suficientes para invalidarla en concreto. Si se retiraba el reconocimiento de forma colectiva, los plusmarquistas inocentes, aquellos contra quienes nunca había recaído una resolución, sufrirían una consecuencia semejante a una sanción sin que se hubiera determinado ninguna conducta indebida.

No se trata de que una postura tenga razón y la otra esté equivocada. Cada una ordena de manera distinta los errores que considera más graves. Los partidarios del reinicio temen, por encima de todo, que el libro entero resulte poco creíble; prefieren eliminar por error algunos récords legítimos. Los opositores temen, por encima de todo, tratar injustamente a una persona concreta que quizá haya competido limpia; prefieren tolerar cierta incertidumbre dentro del libro.

La estructura de este desacuerdo es la misma que hemos encontrado antes en la serie. En el ensayo 13, un contrafactual imposible de observar obligaba a que la decisión recayera en el reparto de la carga de la prueba. Y elegir a quién corresponde esa carga es una elección de valores. En el ensayo 20, la responsabilidad objetiva separaba en dos planos la infracción y la culpa. Decidir si la corrección del resultado deportivo debe separarse del reproche a la persona es también una elección de valores. Aquí ocurre lo mismo. Retirar o no un grupo de récords sobre los que no ha recaído una resolución, en nombre de la credibilidad general del libro, es decidir quién debe pagar el coste de la incertidumbre. Y esa elección no tiene una respuesta objetiva.

Para entender por qué importa, conviene reparar en algo: es imposible evitar los dos errores a la vez. Si exigimos no perjudicar injustamente a nadie que pueda haber competido limpio, debemos tolerar que sigan en el libro algunos récords que quizá se lograran con dopaje. Si exigimos que no quede en él ningún récord que pueda estar manchado, debemos aceptar que algunas personas que quizá sean inocentes resulten perjudicadas. La falta de pruebas hace incompatibles los dos objetivos. No hay manera de eliminar todo lo sospechoso sin dañar a ningún inocente, porque no existe aquello que permitiría distinguirlos: la prueba. No es un problema que pueda resolverse trabajando con más cuidado hasta satisfacer a todos. Obliga a elegir entre dos errores. Y elegir entre ellos es un juicio de valor, no un juicio de hecho.

V El daño recae en personas concretas

Las objeciones de mayor peso vinieron de los propios atletas, personas concretas a las que la propuesta señalaba. Sus palabras convirtieron aquellos dos errores abstractos en algo muy tangible.

Radcliffe habló en primera persona con toda la fuerza posible. En su respuesta decía: «Me siento herida y realmente siento que esto daña mi reputación y mi dignidad». Cuestionaba la premisa de la propuesta: que un récord reciente merezca confianza automáticamente y uno más antiguo no. Sostenía que barrerlos a todos de una vez era eludir la tarea más difícil de demostrar una infracción en cada caso concreto.

La Asociación Mundial de Olímpicos planteó la misma objeción desde el ámbito institucional. Invocó el principio de inocencia hasta que se demuestre lo contrario. Advirtió de que los criterios probablemente afectarían a atletas a quienes consideraba limpios y calificó las recomendaciones de injustas para ellos. Su alternativa era una lucha antidopaje independiente y más fuerte, más financiación y mecanismos que protegieran a quienes competían limpiamente, en lugar de retirar colectivamente el reconocimiento de los récords.

La federación estadounidense de atletismo reaccionó con cautela, sin dar su respaldo. Quería que se estudiaran a fondo las consecuencias del mecanismo, en especial porque afectaría a atletas que nunca habían dado positivo en un control. Era una objeción importante formulada por una federación: que no exista una muestra histórica no equivale a un resultado analítico adverso.

Todas esas objeciones apuntaban a lo mismo. La propuesta pretendía limitarse a cambiar los criterios, sin acusar a nadie. Pero cuando los criterios cambian, hay personas concretas que quedan fuera. Por mucho que la propuesta declare que no cuestiona la legitimidad de esas personas, el público ve que les han quitado sus récords. Y es casi imposible que esa retirada no se lea como un juicio moral sobre ellas.

Ese era el problema contra el que chocaba la vía «1913». Quería separar la retirada del reconocimiento del juicio moral, hacer que un récord dejara de reconocerse sin que eso significara que su titular había hecho trampas. Pero la distinción no se sostiene en la interpretación real del público. Si un atleta pierde un récord, la gente pregunta por qué. Y si lo pierde a raíz de una propuesta presentada como una limpieza de récords sospechosos, la retirada lleva consigo una insinuación de fraude. Así, la propuesta proclamaba que no acusaba a nadie mientras hacía recaer una consecuencia semejante a la de una acusación sobre personas a quienes nunca se había declarado responsables de una infracción. Esta es la doble penalización de la que tanto se habló: un atleta a quien nunca se ha demostrado que hiciera trampas no puede probar retrospectivamente su inocencia y después, precisamente por no poder probarla, pierde el récord.

VI En aquella época sí había controles

Para mirar con justicia esos récords hay que corregir primero una imagen muy extendida: la de los años ochenta como una época salvaje en la que no existían controles.

No fue así. Los controles de dopaje olímpicos comenzaron en 1968. Tras una fase piloto en 1972, las pruebas para detectar esteroides anabolizantes se incorporaron oficialmente en los Juegos de Montreal de 1976. Los récords de 1983 a 1988 se consiguieron, por tanto, cuando los controles de anabolizantes ya formaban parte establecida de las grandes competiciones. Decir que entonces no se hacía ningún control es inexacto.

Pero hay que añadir de inmediato la otra mitad. El sistema de los años ochenta era sustancialmente distinto del seguimiento longitudinal que vino después.

La diferencia decisiva no era tener o no tener controles, sino cómo se hacían. En los años ochenta estaban centrados en la competición, y la vigilancia continuada era mucho más débil. El sistema posterior combina controles fuera de competición, declaraciones de localización, información biológica seguida a lo largo del tiempo y nuevos análisis de muestras conservadas durante años. Los materiales históricos de la Agencia Mundial Antidopaje sitúan el comienzo del diseño de los principales programas organizados de controles fuera de competición después del caso Johnson de 1988.

La formulación precisa es, por tanto, esta. Los récords de los años ochenta no se consiguieron en un vacío sin controles: pasaron los controles de competición de su época. Pero aquellos controles carecían de la vigilancia continua, fuera de competición y con posibilidad de reanálisis posterior que se desarrollaría después. El libro de hoy puede decir que aquellas marcas superaron los controles de entonces. Lo que no puede decir es que superarían el sistema actual, más riguroso, porque en la mayoría de los casos no se conservó el objeto material que este exige como prueba: una muestra que pueda volver a analizarse.

Llegamos así al único elemento de aquella propuesta que suponía un avance verdaderamente significativo desde el punto de vista técnico: conservar las muestras durante diez años.

VII Una capacidad que solo funciona en una dirección

La propuesta exigía conservar la muestra de cada nuevo récord y mantenerla disponible para nuevos análisis durante diez años. Era el único avance técnicamente sustancial de todo el plan, porque no modificaba cuánto sabemos del pasado, sino cuánto podremos llegar a saber en el futuro.

El valor de conservar las muestras durante mucho tiempo tiene una demostración real. En 2015, la IAAF anunció nuevos análisis de muestras guardadas de los Mundiales de Helsinki de 2005 y Osaka de 2007, que habían producido nuevos resultados adversos muchos años después de las competiciones. Ahí se veía exactamente lo que la propuesta quería asegurar para los futuros récords: un objeto que siguiera existiendo como prueba cuando mejoraran las técnicas de detección. Se guarda una muestra y, años más tarde, una vez que los métodos han avanzado, puede sacarse de nuevo y analizarse. Lo que entonces no se detectaba, ahora sí.

Pero esta capacidad tiene una propiedad decisiva: es asimétrica en el tiempo.

Permite comprobar con más rigor los récords futuros. Una muestra guardada hoy puede volver a analizarse dentro de diez años. Lo que no puede hacer es fabricar una muestra ausente de 1983 o de 1988. Las muestras de esos récords antiguos no se conservaron entonces. Por poderosa que sea la capacidad de almacenar y volver a analizar, no permite regresar al pasado y obtener, para una competición que terminó hace décadas, la muestra que falta.

Esto remite a una observación temprana de la serie. En el ensayo 5 vimos que la construcción tiende a regular lo que puede controlar, más que lo que más debería controlar. Aquí sucede algo parecido. Lo que esta construcción puede hacer es crear, desde hoy, un archivo de cada nueva muestra para volver a analizarla después. Lo que no puede hacer es regresar a 1983 y recuperar, para aquella carrera de 800 metros, una muestra que no se guardó. Controla la evidencia futura; no controla la del pasado. Y el problema de aquellos récords pertenece precisamente al pasado. Frente a una ausencia que quedó allí, esta capacidad orientada hacia delante es impotente. No porque le falte fuerza, sino porque solo puede ejercerla en una dirección.

Esa asimetría es el núcleo de este ensayo. En el fondo, la propuesta quería resolver un problema del pasado con una capacidad que solo puede actuar hacia el futuro. Exigía a los récords antiguos una condición que solo podrían cumplir los futuros. Y eso es lógicamente imposible, porque esa condición, la existencia de una muestra que pueda volver a analizarse, tenía que haberse asegurado el mismo día del récord. Una vez pasado ese día, ya no puede obtenerse lo que faltó.

Por eso, para esos récords antiguos, el requisito de conservar una muestra diez años nunca fue un control efectivo de las marcas. Era un umbral documental que no podían superar. Quedaban fuera, no porque un análisis hubiera detectado algo, sino porque faltaba algo que no se conservó entonces y que hoy ya no puede recuperarse. Si se intenta medir un hecho pasado con una regla que solo alcanza hacia delante, ese hecho no podrá superar la prueba. No porque haya algo malo en él, sino porque la regla no llega hasta allí.

VIII Probar que existió un sistema no es resolver sobre un récord

Una parte de esos récords antiguos procede de Alemania Oriental. Y Alemania Oriental aporta un tipo particular de evidencia. Aquí hay dos cosas que debemos distinguir con extremo cuidado.

Los estudios de Franke y Berendonk, revisados por pares y basados en documentos de Alemania Oriental antes secretos, describieron un programa organizado por el Estado que incluía dopaje hormonal. El propio documento de la Asociación Europea de Atletismo de 2017 mencionaba lo revelado por las investigaciones sobre Alemania Oriental entre los antecedentes históricos que habían impulsado los reiterados llamamientos alemanes a reiniciar el libro de récords. La existencia de un sistema estatal de dopaje en Alemania Oriental está, por tanto, acreditada por archivos. Es historia establecida.

Pero la prueba de un sistema no equivale a una resolución sobre un récord concreto.

Para un libro de récords, la cuestión no es si hubo dopaje en un país o en un sistema de entrenamiento. La cuestión es si una marca determinada ha sido invalidada jurídicamente, o si el organismo rector dispone de una regla que autorice retirarla por otro fundamento. La base de datos de World Athletics sigue reconociendo los récords de 400 metros y disco que sobreviven de la época de Alemania Oriental. Eso significa que World Athletics no ha dictado una anulación efectiva de esos récords.

Hay que entender esta afirmación con precisión. No demuestra que las marcas de las que nacieron aquellos récords se consiguieran sin sustancias prohibidas. Tampoco la evidencia histórica sobre el sistema constituye una resolución que determine que esas marcas concretas se lograron con dopaje. Lo único que dice es que, dentro de este libro, no se ha producido un acto de anulación dirigido a esos récords específicos. Que existiera un sistema estatal y que un récord concreto fuera producto suyo y debiera anularse por ello son dos proposiciones distintas. Entre ambas hace falta una resolución sobre ese récord. Y esa resolución no existe.

Es la misma disciplina que aplicamos en el ensayo 20. Allí había quedado establecida la existencia del sistema ruso, pero el reconocimiento de un sistema y la infracción individual seguían siendo proposiciones separadas. Aunque exista el programa, hay que vincular al atleta concreto con la conducta constitutiva de infracción. Aquí sucede lo mismo. La existencia del sistema de Alemania Oriental está establecida. Pero declarar que un récord determinado es un producto suyo que debe anularse exige una resolución sobre ese récord. Y tal resolución no se ha dictado para las marcas que siguen vigentes.

La distinción debe mantenerse con tanto rigor porque, si se afloja, conduce a un razonamiento muy peligroso: como ese país tuvo un sistema, todos los récords de sus atletas son producto de ese sistema. Así se convierte directamente una afirmación histórica verdadera sobre una estructura en una afirmación no demostrada sobre cada individuo. Se omite el eslabón decisivo: la prueba que vincule ese récord concreto con aquel sistema. El sistema existió, sí. Pero para pasar de su existencia a afirmar que una marca determinada fue producto suyo hace falta una prueba específica sobre esa marca. La existencia del sistema no puede sustituirla. Vuelve a cumplirse lo dicho en el ensayo 20: la existencia de un programa no puede utilizarse para atribuir una culpa colectiva.

Y hay que aplicar la misma disciplina a todos los demás récords de los años ochenta. Allí donde no haya una sanción o una anulación del récord concreto en el libro del organismo rector, la duración de su vigencia, la complexión física, la nacionalidad, el régimen político, la distancia entre marcas, los rumores o las sospechas posteriores no pueden transformarse a escondidas en una declaración de infracción. El reconocimiento continuado de World Athletics establece el estatuto jurídico y estadístico de la marca. No aporta la evidencia histórica de laboratorio que falta y que haría falta para sostener una afirmación empírica más fuerte.

IX La distancia estadística no es una prueba

Es muy natural sentir la tentación de deducir, a partir del tiempo que un récord lleva sin batirse o de lo lejos que se quedan los demás, si está manchado por el dopaje. Hay que poner un límite explícito a esa tentación.

Primero, una actualización de los hechos. Ya no es exacto afirmar que nadie se ha acercado a varias de esas marcas en pista. En los 100 metros femeninos hay ahora 10,54 segundos frente a 10,49; en los 200 metros, 21,41 frente a 21,34; en los 400 metros, 47,78 frente a 47,60. En los 800 metros femeninos, Werro corrió en 1 minuto y 53,80 segundos el 28 de junio de 2026: solo 0,52 segundos por encima del récord de 1 minuto y 53,28 segundos. Las diferencias respectivas son de aproximadamente el 0,48 %, el 0,33 %, el 0,38 % y el 0,46 %. La comparación anterior corresponde expresamente a junio. El 27 de agosto de 2026, en Zúrich, Werro corrió en 1:53,70: a 0,42 segundos, aproximadamente un 0,37 %, de 1:53,28. Ese acercamiento posterior no convierte la distancia en prueba a favor ni en contra del dopaje.

En los concursos la situación es distinta. World Athletics mantiene el récord de disco de Reinsch, los 76,80 metros de 1988. Los 73,52 metros de Allman en 2025 quedaron 3,28 metros por debajo, una diferencia aproximada del 4,27 %. Es una distancia mucho mayor que las que acabamos de ver en las pruebas de velocidad y mediofondo.

Pero tanto en las marcas de pista a las que otras atletas se acercan como en ese récord de disco todavía tan lejano, la distancia estadística no prueba cómo se obtuvo el resultado. Que alguien se acerque a un récord no demuestra que sea limpio. Que siga muy lejos no demuestra que esté manchado. La distancia es solo distancia. Tomarla por una prueba de dopaje es un error de método. Y ese error es una versión más tosca de la lógica de la sospecha que recorre el debate sobre la limpieza de los récords antiguos: deducir que una marca tiene que ser irregular por lo extraordinaria que parece.

Vuelve a aplicarse una disciplina que esta serie no ha dejado de defender. En el ensayo 15, identificar un rasgo en quienes triunfan y contarlo como si fuera la causa de su éxito, sin haber medido la cadena causal intermedia, era un error del relato. Aquí, leer la sospecha en la persistencia de un récord o en lo lejos que queda supone también convertir una observación estadística en una conclusión causal que no puede sostener. La distancia puede decirnos lo difícil que es superar un récord. No puede decirnos cómo se consiguió en su día.

X El libro no puede responder por sí mismo

Recojamos el hilo de este ensayo.

Para retirar un récord hay, en realidad, un camino sólido, mucho más sólido que «ya no confiamos en aquella época»: invalidar la marca de la que procede. Así funcionan las normas antidopaje. Anulan el resultado y, con él, los títulos y premios que de él se derivan. Un resultado que ha dejado de ser válido no puede seguir sosteniendo el récord nacido de él.

Hay ejemplos claros de ese camino. El Consejo de la IAAF anuló en 2008 el récord de 1998 del relevo masculino estadounidense de 4 × 400 metros, después de que Pettigrew reconociera haber utilizado hormona del crecimiento y eritropoyetina durante el periodo correspondiente. La marca anterior volvió a encabezar la progresión. Aquí había una confesión vinculada al periodo del resultado, no una simple incapacidad para presentar una muestra de diez años atrás. Lo mismo sucedió con el antecedente neerlandés que influyó en el grupo de trabajo de 2017: Stalman, campeona olímpica de disco en 1984, admitió en 2016 que había utilizado esteroides antes de la competición. Fue esa confesión la que llevó a reconsiderar su condición de plusmarquista.

Hay que fijarse en lo que ambos ejemplos tienen en común: una confesión, una prueba concreta que conecta un resultado concreto con el dopaje. Con esa conexión, anular es legítimo. No es arbitrario.

Eso es precisamente lo que falta para aquel grupo de récords de los años ochenta. No hay confesión, no sobrevive una muestra, no hay una prueba que vincule un récord concreto con el dopaje. Por eso el camino sólido no puede recorrerse: falta la evidencia que exige. Y el otro camino, el de «1913», que cambia los criterios de reconocimiento, impondría una consecuencia semejante a una sanción a personas contra quienes nunca ha recaído una resolución. El libro carece de pruebas para retirar legítimamente esas marcas y, al mismo tiempo, no puede retirarlas de manera arbitraria. Solo le queda conservarlas.

Ese es el resto de este ensayo, y la forma más aguda de algo que reaparece a lo largo de la serie.

En los ensayos anteriores, el resto eran los nombres que no entraban en la lista, las causas que no podían deslindarse, los resultados que no podían compararse, aquello que seguía íntegro aunque se lo empujara al otro lado de una línea. Aquí, el resto son las anotaciones que el libro conserva sin poder avalar. No se ha demostrado que sean limpias, porque no existe la prueba. Tampoco se ha dictaminado que sean fruto del dopaje, porque no se ha emitido tal resolución. Permanecen suspendidas dentro del libro: anotaciones por las que el propio libro no puede responder.

La permanencia de esas anotaciones no nos permite leer las convicciones de la institución. Las sospechas del público no son un fallo del organismo rector. Podemos decir algo más preciso: los récords siguen siendo válidos; las dudas históricas, las muestras ausentes y los estándares actuales no bastan por sí solos para justificar la anulación de cada resultado. Mantenerlos no es emitir un nuevo certificado de limpieza bajo condiciones modernas. Pero carecer de ese certificado tampoco basta para borrarlos. La prudencia ante las pruebas debe limitar tanto las acusaciones como las garantías.

Volvemos así a lo más fundamental: reiniciar el libro nunca ha sido una solución a la falta de pruebas. Es una decisión sobre quién debe pagar el precio de que falten.

Esas pruebas, las muestras del día de aquellos récords, en su mayoría ya no existen. No volverán a existir. La ausencia es un hecho que no puede repararse. Ante ella hay dos opciones. Una es conservar las anotaciones y hacer que el libro asuma el coste: su credibilidad carga con un grupo de récords que no puede avalar. La otra es borrarlas y hacer que paguen personas concretas, atletas que quizá compitieron limpiamente y perderían sus récords sin que se hubiera demostrado que hicieron trampas. La Asociación Europea de Atletismo quiso elegir la segunda. Al final no lo consiguió. World Athletics conservó el libro antiguo.

El organismo no carece de poder: lo demuestra la anulación del récord de Pettigrew. Pero entre una anulación sustentada en pruebas concretas y un reinicio que abarque toda una época existe otra exigencia de justificación. Este ensayo no ha identificado una decisión firme que anule estas marcas aún válidas solo porque no puedan cumplir retrospectivamente las condiciones modernas de verificación. Veo ahí un obstáculo central para el reinicio, no la prueba de un motivo interno de la institución.

La construcción anota con precisión: 1:53,28, 47,60, 76,80 metros. Las centésimas y los centímetros no permiten repetir hoy todas las comprobaciones de entonces bajo condiciones modernas. No se puede recrear una muestra desaparecida. Esa laguna limita dos cosas: las garantías adicionales y las acusaciones retrospectivas. El libro sigue reconociendo esos récords válidos. Ni ese reconocimiento debe convertirse en una garantía omnisciente, ni la falta de pruebas en una desconfianza ya establecida del organismo. Hay que mantener la distancia entre ambas afirmaciones.

La regla aún no mide con plena exactitud. Sigue midiendo.