Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Ciclo Cincel–Constructo · Atletismo · Reescritura española
Ensayo 17 / 23

La construcción prepara los medios para cerrar el resultado y las personas deciden no usarlos

Al compartir el oro, Barshim y Tamberi no reescribieron las reglas: eligieron una salida que el reglamento ya había reservado para dejar el resultado sin cerrar. La institución puede seguir buscando un vencedor y también puede autorizar a los atletas a no hacerlo.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

1. Primero el juez dijo que podían seguir; después los atletas preguntaron si podían parar

En la final masculina de salto de altura de los Juegos de Tokio, disputada en 2021, Barshim y Tamberi habían llegado a los 2,37 metros sin un solo fallo. En 2,39 fallaron los tres intentos cada uno. Incluso después de aplicar los criterios de desempate, sus resultados seguían siendo exactamente iguales.

Entonces se acercó el juez y habló primero.

No dijo que fuera incapaz de decidir. Tampoco les propuso quedar empatados. Lo que dijo fue que podían continuar con un desempate a saltos.

Su primera información fue esa: aún quedaba un procedimiento por recorrer. La construcción disponía de un medio para seguir buscando un vencedor, y el juez empezó por ponerlo sobre la mesa.

Barshim hizo entonces una pregunta.

Preguntó si podían tener dos medallas de oro.

El juez confirmó que era posible.

Todo este ensayo depende de ese orden. El juez no dijo que debían empatar porque no hubiera forma de distinguirlos. Dijo que podían seguir buscando una diferencia, y los atletas preguntaron si podían no buscarla. Primero la construcción declaró que aún tenía medios para decidir quién ganaba; después los atletas preguntaron si podían prescindir de ellos.

Esto difiere de lo que venía haciendo la construcción en los dieciséis ensayos anteriores. Hasta ahora, buscaba cerrar: convertir un asunto abierto en un resultado determinado. Establecía medidas, récords, umbrales de acceso, tablas de conversión, umbrales para la salida. Cada uno de esos recursos servía para recoger algo que seguía en suspenso y reducirlo a una sola respuesta. Aquí, en cambio, podía perfectamente dar a la competición un único campeón. El desempate estaba a mano. Y aun así dejó a los atletas decidir si querían dar ese último paso.

De eso trata este ensayo. La construcción prepara los medios para cerrar el resultado, y las personas pueden decidir no usarlos.

Merece un ensayo propio porque da la vuelta a una pregunta que atraviesa toda la serie. Los dieciséis anteriores hablaban, casi siempre, del empeño de la construcción por llegar a una respuesta definitiva, a veces en vano. Aquí no le falta capacidad para cerrar; le falta voluntad. O, dicho con más precisión, decide de antemano que en ese punto no le corresponde a ella determinar esa voluntad. Algo que lleva todo el tiempo persiguiendo la certeza reserva de pronto un lugar legítimo para la indeterminación. Esa es la rareza de este caso, y lo que más invita a detenerse en él.

Antes hay que desmontar algunas versiones muy extendidas. Casi no hay un paso de esta historia que no se haya contado mal alguna vez.

2. Algunas versiones que conviene desmontar

La primera sostiene que el juez de Tokio tomó la iniciativa de proponer dos medallas de oro.

No fue así. El juez explicó primero que podían continuar con un desempate, y Barshim preguntó a continuación si podían tener dos oros. La iniciativa de no seguir buscando un vencedor partió de los atletas. El juez había ofrecido la posibilidad de seguir.

La segunda sostiene que el juez no lograba ver quién era mejor y no tuvo más remedio que dar dos medallas de oro.

Tampoco. No era un problema de capacidad para juzgar. La construcción podía seguir buscando una diferencia: para eso estaba el desempate. Se colocaba el listón a cierta altura y, si uno lo superaba y el otro no, la diferencia quedaba establecida de inmediato. No faltaba un medio para separarlos. Los atletas eligieron no entrar en el procedimiento que lo haría.

La tercera sostiene que la amistad de los dos obligó a improvisar una excepción al reglamento.

No. Eran buenos amigos y habían vivido experiencias similares con las lesiones. Eso ayuda a entender por qué querían compartir el título, pero no explica por qué el resultado era válido. Su validez se apoyaba en una disposición que ya existía. Aunque hubieran sido dos completos desconocidos, incluso aunque se detestaran, la misma decisión conjunta habría debido producir el mismo resultado reglamentario. La amistad era el motivo, no el fundamento.

La cuarta, la más importante, sostiene que World Athletics solo permitió compartir el oro después de Tokio.

No. La disposición que permite mantener un empate en el primer puesto figura, como mínimo, en el ciclo reglamentario que entró en vigor el 1 de noviembre de 2009. Es anterior a Tokio en unos doce años.

Vale la pena detenerse aquí, porque esta es la condición institucional que hace posible el caso.

Según el reglamento de 2008, si los criterios de desempate no separaban a quienes ocupaban el primer puesto, había que continuar salto a salto, subiendo o bajando el listón según la secuencia prevista. Los atletas debían participar en cada ronda hasta resolver el empate. No existía la salida actual: decidir entre todos no seguir saltando y conservar el primer puesto compartido.

La reforma de 2009 añadió esa salida. Si no se celebraba el desempate, incluida la posibilidad de que los atletas implicados decidieran no continuar, se mantenía el empate en el primer puesto. La nueva norma entró en vigor el 1 de noviembre de 2009.

Tokio, por tanto, no fue una innovación, y mucho menos una excepción. Fue la aplicación en 2021 de una norma escrita en 2009. Llevaba doce años reposando discretamente en el reglamento. Tokio fue lo que la puso por primera vez ante los ojos del mundo entero.

3. La autorización permite dejar el resultado sin cerrar, no repartir oros

Para contar bien este caso hay que precisar qué autoriza la norma. No autoriza al juez a repartir dos medallas de oro. Autoriza algo más preciso y, a la vez, más fundamental.

Su estructura jurídica es esta: si, aplicados los criterios de desempate, persiste la igualdad en el primer puesto, en principio se celebra un desempate a saltos. Si no se celebra, y la norma incluye expresamente entre esos supuestos la decisión de los atletas de no continuar, se mantiene el empate en el primer puesto.

Fijémonos en esa estructura. La norma no dice que el juez pueda conceder dos oros. Dice que, en determinadas circunstancias, se conserva el primer puesto compartido. El sistema olímpico de medallas, por su parte, otorga un oro a cada primer clasificado. Las dos medallas son, por tanto, una consecuencia de la clasificación, no una concesión directa. Primero el reglamento conserva dos primeros puestos; después el sistema de medallas da un oro a cada uno. Los atletas no han solicitado al juez una medalla adicional.

Ese orden causal determina dónde reside el poder. Si fuera el juez quien decidiera dar medallas, se trataría de una facultad discrecional: decidiría la construcción, que podría darlas o no y fijar cuántas. Pero el mecanismo real es otro. El reglamento establece que, en esas circunstancias, el empate se mantiene. La clasificación se deriva automáticamente de la norma; no depende de una decisión discrecional. El juez no puede elegir entre uno y dos oros. Solo puede confirmar el resultado reglamentario que pone en marcha la decisión conjunta de los atletas. El origen de la decisión está, pues, en esa elección compartida, no en la discrecionalidad del juez. Este ocupa un lugar intermedio: traduce la elección en puestos y los puestos, a su vez, en número de medallas.

No es una discusión de palabras. De esta diferencia depende dónde situamos el centro del ensayo. Si el juez repartiera los oros a su criterio, el poder de decidir sería suyo, de la construcción. Pero lo que hace la construcción es mantener dos primeros puestos, y lo que activa ese resultado es la decisión conjunta de no seguir saltando. El poder de decisión recae en los atletas.

Todavía hay que precisar un poco más esa facultad de elegir, porque se presta con facilidad a una formulación equivocada.

La formulación equivocada dice: un atleta puede negarse al desempate y conservar el oro.

La formulación correcta dice: todos los atletas que sigan empatados en el primer puesto pueden, de común acuerdo, poner fin al procedimiento de desempate.

La diferencia es considerable. Nadie posee un veto individual. Si un atleta decide por su cuenta no saltar y otro quiere continuar, quien renuncia pierde la posibilidad de obtener un puesto superior y gana quien desea seguir. El primer puesto compartido solo se conserva cuando todos los que siguen empatados en él deciden conjuntamente no saltar más. Es una facultad colectiva de poner fin al procedimiento, no un derecho individual de veto.

En Tokio solo Barshim y Tamberi estaban empatados en el primer puesto. Nedasekau, tercero, también había superado los 2,37 metros, pero sus fallos anteriores lo situaban en tercer lugar al aplicar los criterios de desempate. No eran tres atletas con la opción de compartir el oro. Eran Barshim y Tamberi, exactamente igualados entre sí, quienes decidieron juntos no seguir saltando.

4. Los atletas no reescribieron las reglas; eligieron uno de sus caminos

Hay otro equívoco que conviene evitar: contar lo ocurrido como si los atletas se hubieran colocado por encima del reglamento, o como si este hubiera dejado de funcionar por un instante.

No sucedió ninguna de las dos cosas. No reescribieron una sola regla. Eligieron uno de los dos caminos legítimos que las reglas ya les ofrecían.

Primer camino: continuar con el desempate. Mediante nuevos saltos, la construcción cierra el resultado en un único primer clasificado.

Segundo camino: todos los atletas que siguen empatados en el primer puesto deciden parar. La construcción acepta el primer puesto compartido.

Ambos caminos estaban escritos de antemano. La posibilidad de conservar el empate al dejar de saltar formaba parte del diseño institucional; los atletas no la conquistaron sobre la marcha. Se encontraron ante dos caminos ya trazados y eligieron el segundo. Su elección fue real, pero eligieron una opción que la construcción les daba, no una que acabaran de inventar.

Así puede formularse con precisión el tema de este ensayo: la construcción conserva firmemente la capacidad de cerrar el resultado, pero entrega a las personas a las que juzga el interruptor que permite decidir si se sigue utilizando esa capacidad.

Cada parte de esa formulación importa.

La capacidad de cerrar sigue en manos de la construcción. El desempate le pertenece por entero: subir o bajar el listón, determinar quién supera el listón y quién no, todo eso lo hace ella. Los atletas no pueden inventar por su cuenta un método para decidir quién gana.

Pero el interruptor que pone en marcha ese mecanismo se entrega a los atletas. La construcción no dice que haya que desempatar ni que haya que conservar el empate. Cede esa decisión de segundo orden: la decisión de si se debe continuar.

Quienes reciben el interruptor son precisamente las personas a las que ella juzga. Ahí está lo más sutil. La construcción mide sus marcas y ordena sus puestos; ellos son el objeto de su juicio. Y, sin embargo, en ese punto reciben la facultad de decidir si la construcción ha de completar su último paso. Quien juzga entrega una decisión a quienes están siendo juzgados.

5. Un mismo sistema, cuatro ocasiones, dos resultados

La naturaleza de esta regla se ve con mayor claridad al observar cómo ha producido resultados opuestos en competiciones distintas. La construcción sigue siendo la misma; cambian las personas que eligen, y cambia el resultado.

En la final masculina de salto de altura del Mundial de Pekín de 2015 se llevó el sistema hasta el final. Terminada la competición ordinaria, Drouin, Bondarenko y Zhang Guowei seguían empatados en el primer puesto y los tres pasaron al desempate. Fallaron primero en 2,36 metros. El listón bajó a 2,34; Drouin lo superó y los otros dos fallaron. Drouin fue el único campeón del mundo y los otros dos compartieron la plata. Esa vez los atletas eligieron continuar, y la construcción cerró el resultado en un solo campeón.

En Tokio 2021 ocurrió lo ya contado. Los atletas decidieron juntos no continuar; la construcción aceptó el primer puesto compartido y hubo dos medallas de oro.

En el salto con pértiga femenino del Mundial de Budapest de 2023, la estructura de Tokio reapareció en otra prueba. Moon y Kennedy seguían igualadas después de aplicar los criterios de desempate. Eligieron no disputar saltos adicionales y compartieron el título mundial. World Athletics señaló después expresamente que ambas habían acordado compartir el título en lugar de continuar con el desempate.

En el salto de altura masculino de los Juegos de París de 2024, la misma norma produjo lo contrario de Tokio. Kerr y McEwen habían superado los 2,36 metros en la competición ordinaria y seguían igualados tras aplicar los criterios de desempate. Ambos optaron por seguir saltando. Después de nuevos fallos, el listón descendió; Kerr superó los 2,34 y se convirtió en el único medallista de oro. McEwen defendió después expresamente la decisión de seguir compitiendo hasta obtener un solo campeón.

Las cuatro ocasiones, juntas, dejan algo a la vista. En 2015 se utilizó el mecanismo; en 2021, no; en 2023, no; en 2024, sí. Un mismo sistema, una misma regla, cuatro competiciones y dos resultados posibles. Lo que decide cuál se produce no es la regla, sino el camino que eligen los atletas cuando llegan a esa bifurcación.

Esa es la prueba de que Tokio no fue un caso excepcional. No fue una casualidad olímpica irrepetible, sino el uso de una opción general y aplicable que forma parte de las reglas de los saltos verticales. París ofrece el contrapunto más valioso: ante la misma salida institucional, Kerr y McEwen eligieron continuar, y en vez de dos oros hubo un oro y una plata. La construcción no cambió. Cambiaron quienes elegían, y con ellos el reparto de medallas.

Por eso no conviene narrar Tokio y París como ternura frente a crueldad, o amistad frente a competencia. Son dos juicios normativos legítimos dentro de un mismo sistema. La posición de Tokio sostiene que la competición ordinaria ya ha dado un resultado de igualdad y que ese empate basta para que ambos sean primeros. La posición de París sostiene que la construcción debe seguir hasta reducir el primer puesto a un solo valor. Las reglas admiten las dos posiciones. Ambas son legítimas.

Vale la pena detenerse en la profundidad de esa diferencia. No se trata de que unos tengan razón y otros se equivoquen, sino de dos formas distintas de entender el empate. Para la posición de Tokio, el empate es un resultado deportivo real: si dos atletas han quedado exactamente igualados tanto en la competición ordinaria como en el recuento de intentos, son iguales, y esa igualdad es la verdadera conclusión de la prueba. El desempate añade un procedimiento que fabrica un primer puesto único; no descubre una diferencia que ya estuviera ahí. Para la posición de París, el empate es una situación provisional que exige resolverse: por el momento van igualados, pero el lugar del campeón es, por naturaleza, singular, así que hay que seguir hasta que alguien gane. Las dos lecturas tienen sentido. Su desacuerdo coincide exactamente con la pregunta que recorre esta serie: ¿la igualdad es un bloqueo que todavía hay que romper o un resultado que ya se sostiene por sí mismo? La regla no impone una respuesta única. Deja que la den las personas implicadas.

6. Alguien que defiende su elección y rechaza la regla que se la permitió

El oro compartido tiene defensores y detractores. Pero el centro de la discusión no está en lo conmovedora que sea la historia, sino en quién debe tener el poder de cerrar el resultado.

Entre quienes lo defienden destaca el relato oficial. World Athletics presentó lo sucedido aquel día como un éxito compartido y, en su balance de fin de año, lo incluyó entre los momentos más sobresalientes del año. Barshim no argumentó que fuera imposible distinguirlos, sino que la competición ordinaria ya había demostrado que ambos habían rendido igual aquel día y no hacía falta seguir. Tamberi puso el acento en sus experiencias compartidas, el respeto mutuo y el valor de compartir un título. Todas estas explicaciones describen una elección deliberada, no una incapacidad física para continuar ni una orden del juez de detenerse.

El argumento central de quienes se oponen es que el título olímpico debe cerrarse en una sola persona. Hubo comentaristas que reclamaron abiertamente un desempate, con el argumento de que en una final olímpica no se debería compartir el oro. También algunos observadores del atletismo expresaron su decepción: a su juicio, los atletas debían luchar hasta que hubiera un único vencedor. Conviene advertir que esta crítica no acusa de ilegalidad al fallo de Tokio. Cuestiona los valores que encarna la regla. Acepta que el resultado es legítimo, pero considera que el reglamento debería ser distinto.

Una de las críticas de mayor peso, sin embargo, vino del propio Tamberi.

Poco más de un mes después de Tokio, Tamberi declaró sin ambigüedad que no se arrepentía de haber compartido el oro con Barshim. Al mismo tiempo, sostuvo que los atletas no deberían tener la posibilidad de elegir.

La afirmación alcanza casi de lleno el tema de este ensayo. Tamberi defiende aquella decisión concreta y personal de Tokio: él elegiría eso. Pero rechaza la norma que pone esa decisión institucional en manos de los atletas: considera que el reglamento no debería dejarle elegir.

Son dos proposiciones completamente distintas. «Yo elegiría esto» habla de cómo actúa una persona bajo unas reglas dadas. «Las reglas deberían permitirme elegir» habla de cómo deben diseñarse esas reglas. Tamberi dice que sí a la primera y que no a la segunda. Con su propio caso, las separa con toda claridad.

Que alguien beneficiado personalmente por la regla y dispuesto a defender su elección se oponga al mismo tiempo a la existencia de esa regla demuestra dónde está la verdadera disputa. No en aquella decisión particular, sino en si debe cederse el poder de tomarla. Y esa es, precisamente, la cuestión de este ensayo: si la construcción debe dejar el último paso en manos de las personas a las que juzga.

Conviene situar por un momento esta cuestión del poder de cierre en una historia más antigua. La fotografía de llegada, apenas apareció, ya puso de manifiesto dos funciones distintas del cierre. En Los Ángeles 1932 hubo dos casos de naturaleza opuesta que no deben confundirse. En los 100 metros masculinos, Tolan y Metcalfe recibieron la misma marca oficial de 10,3 segundos. La llegada fue apretadísima y los jueces examinaron cuidadosamente el registro fotográfico, pero el resultado oficial nunca se convirtió en un empate: Tolan quedó primero. Después se ha repetido que, con las reglas actuales, habría ganado Metcalfe. Ese contrafáctico histórico tiene fundamento: entonces seguía vigente el criterio antiguo según el cual el cuerpo entero debía haber rebasado por completo la meta, y Tolan cumplió antes esa condición. Pero ese contrafáctico y la decisión adoptada entonces no son una misma afirmación. La versión más fuerte, según la cual la imagen demostró que Metcalfe había ganado y los jueces dieron deliberadamente el título a Tolan, carece de respaldo fiable. Lo que puede acreditarse es la controversia, la diferencia entre reglamentos y la decisión final a favor de Tolan. Los 110 metros vallas masculinos de aquellos mismos Juegos muestran el reverso: Keller figuró inicialmente tercero, pero la revisión de la película dio el tercer puesto y el bronce a Finlay. Aquí la imagen no alimentó una controversia, sino que aportó la prueba para cerrarla. Desde el comienzo, por tanto, las herramientas de lectura de la construcción apuntan en dos direcciones. Se les puede reprochar que no cierren una controversia que deberían resolver, y también pueden cerrar de hecho una clasificación que el ojo humano ha ordenado mal. Hay que separar ambas cosas, no meterlas sin más en el mismo saco de los casos polémicos.

7. La construcción ve cada vez más, y también decide no mirar

Para comprender el alcance de lo ocurrido en Tokio hay que situarlo en la historia entera de la capacidad de cierre de la construcción. Esa historia avanza en dos direcciones: la adquisición continua de medios más potentes para cerrar y la renuncia deliberada a capacidades que ya se poseen.

Veamos primero cómo aumenta esa capacidad.

En los Juegos de Estocolmo de 1912 se utilizó por primera vez la fotografía de llegada. Hoy no es posible reconstruir con rigor los parámetros exactos de aquel sistema inicial. Atribuirle un número de fotogramas por segundo o una precisión determinada en milisegundos iría más allá de las pruebas disponibles. Lo que sí puede afirmarse es que, desde entonces, la construcción empezó a disponer de una herramienta de lectura que superaba al ojo humano.

El sistema «Two-Eyed» de Kirby, en Los Ángeles 1932, supuso un cambio cualitativo. Filmaba a unos 128 fotogramas por segundo: un intervalo nominal entre fotogramas de 1/128 de segundo, aproximadamente 0,0078 segundos. Combinado con un reloj eléctrico, permitía lecturas del orden de una centésima de segundo. En París 2024, según las especificaciones anunciadas, el sistema oficial de escaneo de llegada podía registrar 40 000 muestras por segundo, con un intervalo nominal de muestreo de unos 25 microsegundos.

La construcción ve con un detalle cada vez mayor. Su capacidad actual para distinguir lo que ocurre en la línea de meta supera con mucho el número de decimales que publica en las marcas.

Hay un fenómeno temprano que importa especialmente: la construcción puede ver con más detalle sin que las marcas oficiales se publiquen con ese mismo grado de detalle. En los 100 metros de 1932, Tolan y Metcalfe figuraron oficialmente con 10,3 segundos, aunque el cronometraje automático permitía lecturas del orden de 10,38. Una función esencial de la imagen era determinar el orden de llegada, no convertir cada medición interna más fina en un decimal de la marca oficial.

Hoy esa diferencia está muy clara. La propia guía de fotografía de llegada de World Athletics permite expresamente releer los tiempos hasta la milésima en determinados empates de los que depende el pase a la siguiente ronda. Los sistemas de escaneo de los Juegos actuales, por su parte, tienen una capacidad de muestreo muy superior. Ya no se sostiene, por tanto, que el atletismo prescinda de las milésimas porque sus aparatos no sean lo bastante precisos. Que las marcas oficiales de velocidad no se publiquen habitualmente en milésimas es una elección reglamentaria, no una limitación de las cámaras.

Hay que dejarlo bien establecido, porque desmonta un equívoco muy popular que atribuye la decisión a una limitación técnica. Se suele creer que el atletismo solo da tiempos con centésimas porque, más allá, las máquinas dejan de medir bien. Ocurre lo contrario. Hace mucho que los aparatos permiten medir con más detalle. La propia construcción consulta las milésimas cuando necesita resolver ciertos empates de clasificación, y los sistemas modernos de escaneo trabajan ya con intervalos de muestreo del orden de los microsegundos. La centésima publicada no es el techo de la máquina: es un formato de representación elegido por la construcción. Esta ve mucho más de lo que está dispuesta a publicar. Guarda internamente parte de la precisión de la que dispone y solo la utiliza en circunstancias concretas. Es una limitación que impone a su propia capacidad. Y comparte naturaleza con el gesto de Tokio de entregar el interruptor a otros: en ambos casos, la construcción puede hacer algo y decide no hacerlo, o no hacerlo hasta el final.

Veamos ahora la renuncia deliberada. La natación ofrece el ejemplo más claro.

En los 400 metros estilos masculinos de los Juegos de Múnich de 1972, Larsson y McKee marcaron, a la centésima, 4 minutos y 31,98 segundos. El equipo de cronometraje afinó la lectura: 4:31,981 para Larsson y 4:31,983 para McKee. Dos milésimas le dieron el oro a Larsson.

La natación internacional hizo después algo revelador: convirtió el tercer decimal, que antes podía decidir un puesto, en un dato cuyo uso estaba prohibido incluso si el aparato era capaz de leerlo. Su reglamento exige expresamente registrar los tiempos automáticos solo hasta la centésima y establece que el tercer decimal no puede registrarse ni utilizarse para determinar tiempos o puestos.

Hay una razón metrológica poderosa para hacerlo. La geometría de una piscina admite tolerancias. En una piscina de 50 metros provista de placas de toque automáticas, la longitud nominal es de 50 metros y el margen permitido ronda un centímetro por exceso. Un nadador de élite solo avanza unos pocos milímetros en una milésima de segundo. Que el cronómetro pueda leer milésimas no garantiza, por sí solo, que conozcamos la distancia de competición de dos calles con la exactitud necesaria para que una comparación en ese decimal sea justa.

Aquí, sin embargo, hay que ser prudentes. Afirmar que la natación internacional suprimió oficialmente las milésimas por las tolerancias de las piscinas es hacer una afirmación causal más fuerte de lo que a menudo se advierte. Podemos acreditar los dos extremos: el reglamento prohíbe expresamente utilizar el tercer decimal para decidir marcas y puestos, y las normas de instalaciones admiten tolerancias de longitud. También es habitual vincular el cambio de política posterior a 1972 con aquella carrera. Pero no se ha encontrado en las actas de entonces una declaración explícita que diga que se suprimen las milésimas porque la tolerancia de la piscina es de tal magnitud. Ese motivo debe quedar, por ahora, sin resolver; no cabe presentarlo como un hecho respaldado por una resolución original que ya se hubiera localizado. Y los tres centímetros de diferencia entre calles que se citan a menudo corresponden a una explicación de normas antiguas, no al límite vigente, hoy más estricto.

Natación y atletismo muestran así dos formas distintas de autolimitación de la construcción. En natación, el aparato ofrece un tercer decimal y la regla le niega expresamente fuerza para decidir. En atletismo, los equipos y la lectura interna pueden llegar a las milésimas e ir más allá, pero los tiempos oficiales de velocidad siguen registrándose en centésimas y el orden de llegada se cierra mediante la imagen. Ambos casos muestran que poder medir y decidir qué fuerza jurídica se concede a lo medido son cosas distintas.

8. Una casilla reservada que puede quedar legítimamente sin llenar

Recojamos el hilo del ensayo.

En los dieciséis anteriores, la construcción persiguió sin descanso el cierre. Quería reducir cada asunto a un resultado determinado: un nombre, un récord, un puesto, una victoria o una derrota. Fracasaba una y otra vez porque siempre había algo que no conseguía recoger, calcular, decidir o acomodar. Eso que quedaba fuera era el resto de cada ensayo.

Aquí la construcción hace por primera vez lo contrario. No ha perdido la capacidad de cerrar: tiene el desempate en sus manos y puede llevar la competición de Tokio hasta un campeón único. Lo que ha hecho es permitir de forma deliberada, anticipada y reglamentaria que exista un resultado sin cerrar. Ha escrito en sus propias reglas un camino que desemboca en un primer puesto compartido, un resultado que no se reduce a un solo valor.

Así aparece el resto de este ensayo, cuya forma invierte la de todos los anteriores.

Los restos anteriores nacían de un cierre que la construcción quería lograr y no lograba. El nombre ausente de la lista era lo que no había sabido recoger; las causas que no podía calcular eran lo que no conseguía separar; el cuerpo de referencia inexistente era lo que quedaba fuera de su alcance; la realidad declarada imposible era lo que había excluido por definición. Todos señalaban el límite de su capacidad. Eran cosas que quería alcanzar y no podía.

El resto de este ensayo nace de una construcción que puede cerrar y decide que no hace falta. El primer puesto compartido no es un fracaso suyo ni una incapacidad para decidir quién gana. Al contrario: dispone de todos los medios y elige no exigir que se utilicen. Es una casilla que ha reservado de antemano en su propio libro de cuentas y que, legítimamente, puede quedar sin llenar del todo.

El concepto de resto da aquí un vuelco. En los dieciséis ensayos anteriores era siempre un defecto de la construcción, un lugar al que no llegaban sus fuerzas, la prueba de que quería trazar una línea y no acertaba, o la trazaba donde no correspondía. Aquí, por primera vez, el resto no es un defecto: es una decisión de diseño. El primer puesto compartido no ha puesto a la construcción contra las cuerdas. Ella misma le ha reservado un lugar en el reglamento. Reconoce que, a veces, un resultado sin cerrar también puede ser completo, legítimo y definitivo.

Ese reconocimiento pesa más de lo que parece. Desde el primer ensayo, casi toda la dignidad de la construcción descansaba en el cierre, en su capacidad para convertir un asunto pendiente en una respuesta determinada. Una construcción incapaz de darla parecía fallida, impotente. Admitir que un resultado sin cerrar puede ser completo equivale a admitir que el cierre no es la única forma de éxito, a soltar parte de aquello que la sostiene. Y puede reconocerlo precisamente porque en otros terrenos ya es lo bastante fuerte. Como consigue cerrar en la inmensa mayoría de los casos, puede permitirse elegir no hacerlo en unos pocos. Una construcción débil, incapaz a menudo de decidir quién gana, no se atrevería a autorizar los empates por reglamento: pondría al descubierto su impotencia. Solo una construcción lo bastante fuerte como para cerrar casi siempre se atreve a reservar en sus reglas un lugar digno para el resultado que queda sin cerrar.

Lo hace entregando el interruptor. No decide por sí sola cuándo debe haber empate. Da esa decisión a los atletas a quienes ha encontrado exactamente iguales y entre los que ya no logra distinguir, para que la tomen juntos. Reconoce así algo: cuando sus propias medidas han declarado iguales a dos personas, cuando las marcas de la competición ordinaria y los recuentos de intentos coinciden por completo, quizá no deba decidir ella sola si corresponde añadir un procedimiento para separarlas a la fuerza.

Este ensayo forma pareja con el decimosexto. Allí, la construcción congelaba una hipótesis fisiológica hasta convertirla en definición. Se aferraba al umbral de 0,100 segundos sin que pudieran moverla siquiera los resultados de la investigación que ella misma había encargado. Retenía con todas sus fuerzas el control del último paso. Aquí tiene en sus manos un medio de cierre, el desempate, pero entrega voluntariamente el interruptor que decide si se da ese paso. La misma construcción que se aferra al control en la salida lo suelta por voluntad propia en el salto de altura.

Aferrarse y soltar no son una contradicción. Son dos maneras de tratar ese último paso. Hay líneas que la construcción considera que solo ella debe trazar, sin admitir que nadie las cuestione, aunque no tengan un fundamento del todo firme: así ocurre con los 0,100 segundos. Hay resultados que considera que pueden decidir conjuntamente las personas implicadas, aunque ella tenga plena capacidad de decidir por ellas: así ocurre con el primer puesto compartido. La construcción no siempre quiere llevar el cierre hasta el final. A veces se detiene antes del último paso y se lo deja a quienes juzga.

Esta construcción puede registrar todos y cada uno de los intentos de dos saltadores de altura, calcular que sus marcas son exactamente iguales y colocar en cualquier momento un listón para que salten otra vez y se decida quién queda por delante. No lo hizo. No porque fuera incapaz, sino porque muchos años antes había escrito otro camino para ese instante: un camino que les permitía decir que no hacía falta. Preparó todos los medios para decidir quién ganaba y devolvió la decisión final de utilizarlos o no a aquellas dos personas a las que ya no conseguía distinguir.

La regla aún no mide con plena exactitud. Sigue midiendo.