Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Ciclo Cincel–Constructo · Atletismo · Reescritura española
Ensayo 18 / 23

Dos construcciones con el mismo nombre

Las carreras para batir récords y las carreras de campeonato reciben el mismo nombre, pero producen cosas distintas: unas buscan optimizar la cifra que aparece al cruzar la meta; otras, repartir los puestos de ese día. Los sistemas de marcación del ritmo ponen esa diferencia en primer plano.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

I. Un nombre, dos carreras

Una carrera de 10 000 metros organizada para batir el récord del mundo y una final olímpica de 10 000 metros llevan el mismo nombre y desembocan en la misma tabla de récords mundiales.

Sin embargo, difieren en casi todas las variables que se pueden controlar.

En la carrera para batir el récord, los organizadores pueden contratar legalmente a corredores que marquen el ritmo, fijar de antemano el tiempo de cada vuelta, utilizar luces de ritmo autorizadas, elegir una pista rápida, una altitud baja y una hora fresca. Además de los premios por puesto, pueden ofrecer otro por la marca conseguida o por el récord. Al atleta le corresponde mantenerse el mayor tiempo posible en una posición resguardada del viento y con un ritmo estable, y dedicar todas sus fuerzas a acercarse al tiempo previsto.

En un campeonato no suele haber liebres contratadas. El atleta tiene que pensar a la vez en su posición, en clasificarse para la siguiente ronda, en la fatiga acumulada a lo largo de las eliminatorias, en la posibilidad de quedar encerrado o bloqueado por sus rivales y en la capacidad de estos. Y debe guardar algo para el esprint final. La propia World Athletics, al describir los 10 000 metros de campeonato, dice sin rodeos que se corren sin liebres y que los atletas suelen reservar fuerzas para resolver la carrera en las últimas vueltas. Con frecuencia, la estrategia más razonable consiste en ahorrar energía y esperar la aceleración final, en vez de llevar la velocidad media al máximo desde la primera vuelta.

Son dos clases de carrera que difieren de manera sistemática. Sus funciones objetivo no son las mismas: una minimiza el tiempo; la otra busca derrotar a los rivales. Difieren las ayudas admitidas y la forma óptima de correrlas. Tanto los datos fisiológicos como los datos de competición confirman que los mecanismos por los que producen sus marcas son distintos.

Y, sin embargo, el reglamento vigente de World Athletics no las separa en dos pruebas.

Diez mil metros son diez mil metros. El reglamento determina si una carrera es válida, qué ayudas se permiten y si una marca puede homologarse como récord. No establece una distinción según el propósito con que se organiza la carrera: perseguir un tiempo o disputarse un puesto. En las reglas publicadas no encontramos una categoría llamada «carrera de récord» junto a otra llamada «carrera de campeonato».

De eso trata este ensayo. Hay dos construcciones que funcionan de manera sistemáticamente distinta, pero comparten nombre y tabla de récords. La propia construcción reconoce esa diferencia en sus canales oficiales; en cambio, se niega a darles dos nombres en su reglamento y vuelve a reunirlas en una sola tabla.

El ensayo diecisiete trataba de una construcción que dispone de los medios para cerrarse y elige no usarlos. Aquí nos ocupa algo cercano: una construcción ve una diferencia, tiene la capacidad de darle un nombre y elige no hacerlo.

Conviene aclarar de entrada qué significa esa negativa a nombrar, porque no es un descuido. Si una construcción no hubiera advertido la diferencia entre ambas carreras, hablaríamos de algo que no había visto. No es ese nuestro asunto. Nos ocupa precisamente lo contrario: la construcción lo ve con toda claridad. En sus propios textos oficiales ha descrito una y otra vez las diferencias entre esas dos clases de carrera. Las ha visto y después ha decidido no fijar lo que ve en dos nombres reglamentarios. Ver una diferencia y darle un nombre son dos cosas; esta construcción se ha detenido entre la primera y la segunda.

II. Para sostener la tesis, primero hay que acotarla

Antes de seguir, tenemos que acotar una afirmación demasiado fuerte. De otro modo, el ensayo entero se quedaría sin apoyo.

La afirmación excesiva sería esta: las marcas de las carreras de récord y las de los campeonatos no son comparables en absoluto; se trata de dos deportes distintos.

Eso va demasiado lejos. Precisamente el reglamento y el sistema de récords las consideran tiempos comparables de una misma prueba. Además, en un campeonato se puede correr muy deprisa e incluso establecer un récord mundial; una carrera de récord, por su parte, sigue siendo un lugar de competencia real.

Los 1500 metros masculinos de los Juegos de París 2024 ofrecen un contraejemplo claro. No había una liebre contratada, pero Ingebrigtsen decidió ponerse delante y correr muy rápido, elevando el ritmo de toda la carrera. Hocker ganó en 3:27,65, a solo 1,65 segundos del récord mundial. El atleta que encabezaba el grupo había convertido aquella final de campeonato sin liebres, desde dentro, en algo muy parecido a una carrera de récord. Entre ambas no hay una pared infranqueable.

¿Qué versión de la tesis se sostiene, entonces?

No que las dos marcas sean incomparables, sino esto: bajo el nombre de una misma prueba, el reglamento permite que coexistan dos mecanismos sistemáticamente distintos de producción de marcas. Por tanto, si tomamos sin más un tiempo cronometrado como medida incondicional de una misma capacidad competitiva, perdemos una variable decisiva: la estructura de la competición.

Esta versión afirma menos y se sostiene mucho mejor. Los datos fisiológicos y de competición apoyan la primera parte, la diferencia entre los mecanismos que producen las marcas. El orden reglamentario de World Athletics rechaza expresamente la otra, la supuesta imposibilidad de compararlas en términos normativos: siempre que cumplan las reglas, ambas siguen entrando en el mismo sistema de récords. La formulación precisa no es «dos deportes distintos», sino «dos estructuras de competición muy estables, con funciones objetivo distintas, que producen marcas dentro de una sola prueba definida por el reglamento».

Mantener esa delimitación impide que el ensayo se deslice hacia una afirmación que los datos no sostienen. Todo lo que sigue respalda la versión acotada, no la excesiva.

Ese ajuste también traza una frontera entre este ensayo y una queja habitual: que los récords de hoy se fabrican a base de liebres, luces y zapatillas rápidas, y por eso no demuestran una capacidad auténtica. No es eso lo que digo. Aquí no se juzga si una marca conseguida en una carrera de récord demuestra o no verdadero talento. Esos tiempos los han corrido atletas de carne y hueso: la liebre les habrá quitado viento, pero las piernas las tienen que mover ellos. La observación es más sobria y más estructural. Cuando dos clases de carrera sistemáticamente distintas comparten una tabla, una cifra de esa tabla ya no permite saber, por sí sola, dentro de qué estructura se obtuvo. No se está rebajando el valor de ninguna marca. Se está señalando una variable que la tabla ha perdido.

III. La liebre es un participante, no un servicio externo

Para entender estas dos construcciones, primero hay que precisar qué condición tiene quien marca el ritmo dentro del reglamento. Y no es exactamente la que nos dicta la intuición.

Las reglas vigentes sobre asistencia prohíben que marquen el ritmo personas que no participan en la misma carrera, atletas que ya han sido doblados o están a punto de serlo y dispositivos técnicos no autorizados.

Fijémonos en dónde se traza la frontera. No depende de si uno está marcándole el ritmo a otro. Depende de si es un participante legítimo de esa carrera y de si presta la ayuda desde una posición normal dentro de la competición.

Las reglas de las carreras en ruta lo dicen aún más claramente. Establecen de forma expresa que las liebres contratadas por los organizadores son participantes de pleno derecho y exigen que salgan al disparo junto con los demás atletas de élite.

Por tanto, una liebre que cumple las reglas no es un empleado que presta un servicio desde fuera del recorrido. Su condición reglamentaria es la de participante; su función económica es marcar el ritmo. Se inscribe y figura en la lista de salida. Si completa la distancia, en principio puede obtener una marca oficial e incluso ganar. En los archivos de World Athletics hay ejemplos de corredores que salieron como liebres y acabaron llevándose la victoria.

Esta manera de definir su condición es la base institucional que permite a las dos construcciones compartir tabla de récords. Como la liebre es reglamentariamente un participante, una carrera de récord con liebres sigue siendo, a efectos de las reglas, una carrera normal, y sus marcas pueden entrar en el registro oficial. La construcción no ha tratado a la liebre como una herramienta ajena a la carrera: la ha convertido en un participante de la propia carrera. Así, en términos reglamentarios, no hay diferencia entre las marcas logradas con su ayuda y las conseguidas sin ella.

Es una solución ingeniosa, y ahí reside precisamente el mecanismo que permite a ambas construcciones llevar una sola cuenta. Imaginemos otra posibilidad: si el reglamento definiera a la liebre como un instrumento auxiliar externo, una carrera con liebres sería una carrera asistida y sus marcas deberían registrarse aparte de las obtenidas sin asistencia. Pero no la define así. Incluye a la liebre en la lista de participantes, con lo que su presencia deja de ser, normativamente, una ayuda exterior y se convierte en un componente ordinario de la carrera. Una vez que la liebre es participante, contratarla pertenece al interior de la competición, igual que cualquier corredor que se ponga delante y proteja del viento a los demás; no es algo añadido desde fuera. Al definir esa condición, el reglamento borra de un plumazo la línea que habría podido separar las carreras de récord de las carreras de campeonato.

Las tres formas de marcar el ritmo que sí están prohibidas delimitan, por el reverso, esa condición. No puede entrar alguien de fuera a hacer de liebre, porque no es participante. No puede volver un corredor doblado a marcar el ritmo con fuerzas renovadas, porque produciría una ayuda continua que excede la competencia normal. Tampoco se puede utilizar un dispositivo técnico no incluido entre las excepciones. Históricamente, lo delicado nunca ha sido que los corredores acordaran de antemano una velocidad. Lo delicado ha sido si las rotaciones, la incorporación continua de corredores frescos o los dispositivos externos podían generar una asistencia sostenida que superase la que ofrece la competencia normal entre quienes disputan la misma carrera.

IV. Bannister: la carrera rechazada fue la del año anterior

Las sutilezas de esa condición de la liebre quedan especialmente al descubierto en la milla de Bannister por debajo de cuatro minutos. Y sobre aquel episodio circula una versión equivocada muy extendida.

Empecemos por lo que sí ocurrió. El 6 de mayo de 1954, en Iffley Road, Oxford, Brasher se encargó de tirar en el primer tramo. Chataway tomó después el relevo, y Bannister remató en solitario el ataque final para marcar 3:59,4. La carrera formaba parte de un encuentro oficial entre la Universidad de Oxford y la Amateur Athletic Association. No era un ensayo de entrenamiento en el que solo se cronometraba a Bannister.

La versión errónea dice que, una vez conseguida la marca de 1954, las autoridades abrieron una investigación formal para determinar si aquello había sido una carrera auténtica, y que solo la homologaron después de una audiencia.

La documentación no respalda esa versión. Es muy probable que haya trasladado a 1954 un episodio distinto.

La carrera que las autoridades británicas rechazaron por no considerarla una competición auténtica fue la de 1953, no la de 1954.

El 27 de junio de 1953, en Motspur Park, Bannister intentó bajar de cuatro minutos y corrió en 4:02. Macmillan marcó el ritmo al principio, mientras Brasher siguió un plan particular: empezó trotando, dejó que Bannister lo doblara y después volvió a ponerse delante, relativamente fresco, para marcarle el ritmo. El British Amateur Athletic Board se negó a reconocer aquella marca como récord británico. La razón central era que la prueba no constituía una competición auténtica en el sentido del reglamento.

Ese precedente de 1953 explica el especial cuidado con que se organizó la carrera de 1954. Esta vez los dos ayudantes fueron, desde el disparo, atletas de la misma carrera legítima. No se repitió el recurso de dejarse doblar para reaparecer luego relativamente fresco.

Aquí hay que distinguir la acusación de la resolución. La acusación es que Brasher y Chataway habían asumido de antemano un papel al servicio de Bannister y no necesariamente tenían como primer objetivo ganar ellos. En cuanto a la resolución, no se ha encontrado un rechazo oficial del consejo británico en 1954 que declarase inauténtica la carrera. Lo que sí ocurrió fue que los 3:59,4 entraron en la progresión oficial del récord mundial.

El testimonio de uno de los protagonistas señala justamente la tensión. En sus recuerdos en primera persona, Chataway contó que, después de 1954, el consejo no tuvo el valor de volver a cuestionar si él y Brasher eran competidores de verdad. A continuación admitió con toda franqueza que, si de lo que se hablaba era de una intención real de ganar, por supuesto que no lo eran.

Esa frase es crucial. En cuanto a su propósito subjetivo, Chataway y Brasher eran liebres: no pensaban ganar. Pero el tratamiento reglamentario de aquella marca no fue el rechazo que había sufrido la de 1953. Si alguien figura como participante y desde el principio no tiene intención de ganar, la expresión «participante de verdad» empieza a sufrir una tensión semántica. La confesión de Chataway la sacó a plena luz.

Hay que dejar aquí una laguna honesta. Podemos confirmar que la marca de 1954 fue homologada; no disponemos de la fundamentación escrita completa de esa decisión. Es razonable inferir que la diferencia crucial respecto a 1953 fue que, en 1954, ambos ayudantes participaban legítimamente en la misma carrera desde el disparo. Pero no se ha encontrado un acta que enumere los motivos de la aprobación. El resultado está confirmado. No podemos presentar como igualmente confirmados todos los fundamentos de la resolución.

V. De contratar una liebre a montar un sistema de producción

En tiempos de Bannister, marcar el ritmo era todavía una ayuda entre unos cuantos amigos. El cambio más visible desde los años noventa no fue que de pronto se inventaran las liebres. Fue que los circuitos comerciales institucionalizaron la producción de récords.

La Golden League, inaugurada en 1998, integró las reuniones de un día de Oslo, Roma, Mónaco, Zúrich, Bruselas y Berlín en un circuito comercial de grandes premios, televisión y atletas de élite. Los propios archivos de récords de la Golden League que conserva World Athletics enumeran plusmarcas mundiales logradas en esas reuniones comerciales. Entre ellas están los 3:26,00 de El Guerrouj en los 1500 metros de Roma en 1998.

Se pueden reconocer los módulos organizativos habituales de estas reuniones comerciales orientadas al récord. Un tiempo objetivo fijado de antemano; uno o varios grupos de liebres que se relevan al frente a lo largo de los distintos tramos; el atleta principal resguardado del viento y a ritmo estable durante el mayor tiempo posible; baja altitud, pistas rápidas o recorridos llanos; una hora de salida elegida con ayuda del pronóstico meteorológico; premios por tiempo o por récord además de los premios por puesto. No todos esos elementos están presentes a la vez en cada carrera, pero reaparecen una y otra vez en las reuniones de élite de un día y en los maratones rápidos.

También aquí conviene evitar una afirmación excesiva. Se dice a veces que las carreras de récord de los años noventa ofrecían una recompensa uniforme por batir el récord mundial, por ejemplo, 50 000 dólares fijos. No se puede sostener que existiera esa norma institucional común. Los pagos se distribuían en varios niveles: el premio global del circuito, el premio por puesto en cada reunión, el caché de participación, las primas por tiempo y los premios adicionales por récord que estableciera una reunión o un patrocinador. Estos últimos conceptos dependían a menudo de cada organización o contrato, y los contratos antiguos no siempre son públicos. Podemos confirmar la existencia de diferentes primas por marcas y récords. No podemos deducir de unos cuantos casos una tarifa universal en efectivo para el récord mundial.

Después llegaron las luces de ritmo. El sistema se desarrolló hacia 2017, se utilizó por primera vez en competición el 1 de junio de 2018 y obtuvo la autorización reglamentaria plena de World Athletics en 2020. En el borde interior de una pista estándar de 400 metros se instalan unos cuatrocientos puntos de luz, aproximadamente uno por metro. Un programa hace avanzar la señal luminosa según el tiempo fijado como objetivo. Así, una tabla abstracta de parciales por vuelta se convierte para el atleta en una posición espacial, siempre visible, que avanza por la pista. Ya no tiene que calcular mentalmente cuánto le falta: le basta con seguir la luz.

Lo que hace esa luz merece compararse con la puerta que vimos abrirse en el ensayo ocho. Allí, una condición material, la colchoneta de espuma, hizo posible el salto de espaldas. Aquí, la tecnología de las luces de ritmo abre otra posibilidad: libera al atleta de una tarea que siempre había sido suya, juzgar por sí mismo la velocidad. Antes de las luces, quien perseguía un récord tenía que combinar sus sensaciones corporales, el ritmo de la liebre y la información de los parciales para saber si estaba corriendo lo bastante deprisa. Era una destreza, una forma de percibirse a sí mismo. Las luces convierten esa destreza en el sencillo acto de seguir una señal luminosa. Lo que el atleta se ahorra no es esfuerzo físico, sino una parte del juicio. Si un dispositivo externo debe o no sustituir esa parte del juicio es precisamente el núcleo de la discusión de la próxima sección.

Hay una idea muy difundida sobre esas luces que debemos desmontar: serían una liebre electrónica ilegal que se aprovecha de una laguna reglamentaria. No es así. Las normas de World Athletics sobre asistencia prohíben que los dispositivos técnicos marquen el ritmo, pero incluyen expresamente entre las excepciones permitidas las luces electrónicas que muestran el tiempo transcurrido de la carrera, incluido el ritmo del récord correspondiente. El orden reglamentario actual no consiste, pues, en una prohibición absoluta de marcar el ritmo mediante tecnología. Consiste en una prohibición general acompañada de una exención expresa para determinados sistemas visuales de información temporal.

Hay que descartar otra afirmación: que las luces solo se pueden utilizar fuera de los campeonatos y jamás pueden aparecer en un campeonato oficial. Como descripción de las reglas actuales, eso ya no se sostiene. Al principio se emplearon sobre todo en reuniones de un día e intentos de récord, pero el Campeonato de Europa en pista cubierta de 2025 ya las incorporó oficialmente. Usarlas o no en un campeonato depende de las decisiones de organización y de lo que permita el reglamento. No existe una prohibición permanente que las reserve en exclusiva a las carreras de récord.

VI. ¿Debe contar esa luz como ayuda externa?

La autorización de las luces de ritmo ha suscitado un debate en el que los argumentos de ambas partes están claros. World Athletics acabó tomando partido por una de ellas. Esta sección expone las dos posiciones sin resolver la disputa.

Quienes defienden su uso dicen que la luz solo ofrece información sobre el tiempo de carrera, visible para todos los participantes. Equivale a trasladar a la pista y dar forma espacial a la información de las pantallas, los relojes y los avisos de parciales. No empuja al atleta ni tira de él, no suministra energía mecánica a un corredor en particular, y las reglas son transparentes e iguales para todos. Esa es la posición reglamentaria que finalmente adoptó World Athletics.

Quienes quieren limitarla sostienen que una referencia visual continuamente disponible corrige sin cesar los errores con los que el atleta estima su propia velocidad. Automatiza el control del ritmo, una tarea que tradicionalmente exigía combinar el trabajo del corredor, el de las liebres y la información del cronometraje. Algunos análisis han subrayado que, en ciertos récords obtenidos con luces, la dispersión de los tiempos por vuelta es mínima: apenas hay oscilaciones. Eso plantea un problema de comparabilidad histórica. Los plusmarquistas de antes tenían que asumir por sí mismos una parte de la tarea de juzgar la velocidad; ahora esa parte se le ha encargado a una luz.

Ningún experimento puede zanjar este debate. No hay uno fiable que permita decir que las luces aportan una cantidad fija de segundos. En la cumbre de los récords mundiales no es posible hacer comparaciones tecnológicas aleatorizadas y ciegas: las zapatillas, el tiempo atmosférico, las liebres y la forma del atleta cambian simultáneamente. Cuánto ayuda exactamente esa luz es, como otros problemas de atribución de los ensayos anteriores, una cuenta que no podemos cerrar.

Lo importante es advertir la verdadera naturaleza de la disputa. No se discute si la luz ayuda; evidentemente ayuda. Se discute si esa ayuda sigue perteneciendo al tipo de relación competitiva que debe aceptarse dentro de este deporte. El debate sobre las luces y el debate sobre las liebres son dos versiones de la misma pregunta.

VII. Las cuentas de una atleta y una tabla que las reúne

Veamos ahora la magnitud concreta de las diferencias que esconde esa tabla al reunir las dos construcciones.

Los 5000 metros femeninos ofrecen uno de los ejemplos más limpios. En el récord de Chebet de 2025, la diferencia entre el más rápido y el más lento de los cinco parciales de un kilómetro fue de apenas unos 7,22 segundos. Y el más rápido fue precisamente el último. No fue, por tanto, un metrónomo mecánico que mantuviera una velocidad idéntica de principio a fin. Fue un tramo principal de ritmo muy estable al que se sumó una aceleración final deliberada. Encaja exactamente con la estructura que los investigadores describen en las carreras de fondo orientadas al récord: los dos extremos algo más rápidos y el tramo central estable.

Comparemos eso con un campeonato. La misma Chebet ganó los 5000 metros del Mundial de Tokio 2025 en 14:54,36; su récord del mundo era de 13:58,06. En la carrera que le dio el título recorrió los últimos 400 metros en unos 57,6 segundos, mientras que el promedio de toda la prueba fue de unos 71,55 segundos por cada 400 metros. El tiempo de esa última vuelta fue casi un 20 % menor que el promedio.

Una misma persona, en un mismo año, nos ofrece así un contraste natural casi ideal. En condiciones de récord, 13:58; para ganar el campeonato, 14:54. Cincuenta y seis segundos de diferencia. No se pueden atribuir todos esos segundos a su estado de forma, porque el objetivo de la carrera cambia por sí mismo la estrategia óptima.

En los 10 000 metros femeninos, Chebet ofrece otra comparación consigo misma, aún más limpia. La carrera de su récord de 2024 se planteó expresamente como un intento de plusmarca mundial, con un sistema de ritmo objetivo, y terminó en 28:54. En el Mundial de Tokio 2025, en cambio, ganó en 30:37. La misma atleta: 28:54 en un entorno de récord, 30:37 para ser campeona. Ciento tres segundos de diferencia. No cabe achacarlos todos a la forma del momento. La razón central es que el objetivo de la competición cambia la estrategia óptima.

Pero no hay que convertir esa diferencia en algo absoluto. No se puede decir que las carreras de récord se corren a velocidad constante y los campeonatos son un trote seguido de un esprint de 400 metros. Ahí están, como contraejemplo, los 1500 masculinos de París 2024. En algunos campeonatos, un favorito no quiere dejar el resultado en manos del esprint y lleva el ritmo por iniciativa propia hasta cerca de su límite personal. A la inversa, muchos récords presentan cierta oscilación: una salida algo más rápida, una parte central estable y otro aumento de velocidad al final, no una velocidad matemáticamente constante. En términos académicos, sería más preciso hablar de distribuciones de probabilidad distintas para los parciales de ambas clases de carrera, no de dos tipos sin zona de intersección.

Y todas esas diferencias quedan borradas en la tabla única de récords. Los 28:54 de Chebet y un hipotético 10 000 disputado en condiciones de campeonato entran en la misma tabla y ocupan el mismo lugar. La tabla no registra dentro de qué estructura de competición se consiguió la marca. Registra solo el tiempo. Así, una variable que influye sistemáticamente en los resultados, la estructura de la carrera, desaparece al llegar al registro de récords.

Comparar a Chebet consigo misma permite descartar la objeción más fácil. Si comparásemos a dos personas distintas, una rápida en una carrera de récord y otra lenta en un campeonato, siempre se podría responder que tienen capacidades diferentes. Pero Chebet es la misma persona, en dos temporadas consecutivas, y en ambas se encuentra en la cumbre de su forma. Los más de cien segundos que separan 28:54 de 30:37 no pueden proceder de una diferencia de capacidad entre atletas: es el mismo cuerpo. Tampoco pueden deberse enteramente a la forma del momento, porque la distancia entre las marcas es demasiado grande. La principal explicación que queda es la estructura misma de la competición. Una carrera organizada para batir un récord y otra disputada para ganar un título pueden producir, aun cuando las corra la misma persona, dos tiempos separados por más de cien segundos. Y esos dos tiempos van a la misma tabla.

VIII. En las finales de campeonato casi nunca se baten récords

Si las carreras de récord y las de campeonato son realmente dos construcciones sistemáticamente distintas, debería verse una consecuencia: las finales de campeonato producen pocos récords mundiales. La frecuencia histórica concuerda con esa previsión.

Delimitemos bien qué se cuenta. Los grandes campeonatos mundiales absolutos al aire libre son los Juegos Olímpicos y los Campeonatos del Mundo de Atletismo. Contamos solo finales, no eliminatorias ni semifinales; solo récords mundiales oficiales. Al cruzar la progresión de las plusmarcas con las fechas de las finales, en las seis pruebas que forman los 1500, 5000 y 10 000 metros masculinos y femeninos, solo se pueden confirmar siete récords mundiales logrados en finales de esos grandes campeonatos.

Para cada prueba, el denominador es el número de finales celebradas desde su incorporación a los grandes campeonatos mundiales y desde que su sistema de récords permite una comparación. Las seis pruebas suman unas 225 finales. En siete hubo récord mundial: aproximadamente un 3,11 %.

El resultado es aún más llamativo si observamos de dónde proceden: los siete récords se lograron en unos Juegos Olímpicos. Los Campeonatos del Mundo de Atletismo, que comenzaron en 1983, no han producido ninguno en las finales de esas seis pruebas. Desde el comienzo de la era moderna de los Mundiales, el único caso en una final de campeonato global ha sido el 10 000 femenino de Ayana en Río 2016. Y fue en unos Juegos.

Ese 3 % no demuestra por sí solo que el mecanismo de los campeonatos frene los récords mundiales. Intervienen otras variables de confusión: el clima, las rondas del programa, los premios, la dificultad que tuviera el récord vigente en cada época, el nivel de entrenamiento, las zapatillas y el hecho de que los propios récords se acerquen cada vez más al límite fisiológico. Todos esos factores pueden reducir la probabilidad de batir el récord en una final, y no se pueden reducir sin más a la diferencia entre carreras de récord y campeonatos.

Pero ese 3 % sí refuta al menos una proposición sencilla: puesto que todas se llaman carreras de 1500, 5000 o 10 000 metros y entran en la misma tabla, las carreras de récord y las de campeonato deberían acercarse a las plusmarcas con una frecuencia similar. La historia no dice eso. Los récords se baten casi siempre en carreras organizadas expresamente para batirlos, y casi nunca en finales de campeonato. Las dos construcciones llevan el mismo nombre, pero tocan con frecuencias muy distintas esa línea del récord que comparten.

IX. Otros deportes han respondido de otra manera

El atletismo se niega a dar nombre a la diferencia. Otros deportes se han encontrado ante el mismo problema y han respondido de otro modo. Al ponerlos al lado, se aprecia mejor dónde se sitúa la elección del atletismo.

La natación ofrece una analogía que solo funciona a medias.

En natación también hay diferencias entre los parciales orientados al récord y los de una final de campeonato. Los récords reconocidos por World Aquatics pueden conseguirse en distintas competiciones oficiales que cumplan las reglas; no tienen que proceder de una final olímpica o mundial. Y una final de un Mundial también puede nadarse deliberadamente a ritmo de récord. Así que también existe esa divergencia entre perseguir una marca y perseguir un título.

Pero no cabe equiparar directamente la natación con el problema de las liebres en el atletismo. Cada nadador ocupa su propia calle. No se puede contratar a alguien para que nade un metro por delante, reduciéndole continuamente la resistencia del agua y marcándole el ritmo. Esa otra contabilidad de la natación nace sobre todo de la fatiga acumulada en las eliminatorias, las semifinales y la final, de la observación táctica y del objetivo de récord; no de liebres contratadas y reglamentariamente legítimas. La natación es, por tanto, una buena analogía para la diferencia entre buscar un récord y buscar un título, pero no un caso con la misma estructura que el sistema de liebres.

El ciclismo ofrece otra respuesta, una que el atletismo no ha adoptado: dar directamente a ambas construcciones nombres de pruebas diferentes.

En su reglamento, la carrera en ruta con salida en grupo es una prueba. La posición, la cooperación del equipo, la resistencia del aire, las escapadas y el esprint constituyen su contenido. La contrarreloj individual es otra: los corredores salen solos, separados por intervalos, y gana quien emplea menos tiempo. No se mete a ambas en una única lógica de récord de «quién pedalea más deprisa» por el mero hecho de que puedan tener distancias parecidas. Hay dos nombres y dos cuentas.

Especialmente reveladora es la manera en que el ciclismo trata la ayuda externa. Un vehículo que circula muy cerca por detrás de un ciclista también puede modificar el flujo del aire que lo rodea y proporcionarle una ventaja aerodinámica. Por eso, el organismo rector del ciclismo elevó a 25 metros la distancia mínima entre el corredor de una contrarreloj individual y el vehículo que lo sigue, para reducir el efecto de ese flujo sobre el resultado. La institución reconoce aquí un problema que nace de la misma raíz que el de las luces y las liebres: ¿a partir de qué momento una información o un objeto exterior dejan de limitarse a facilitar la competición y empiezan a alterar la capacidad competitiva que se pretende medir?

Ahora bien, invocar el ciclismo para defender que el atletismo también debería separar sus cuentas es una propuesta normativa, no una necesidad histórica. El ciclismo las separa; la tradición del atletismo consiste precisamente en reunirlas dentro de una misma prueba. Los récords mundiales, los campeones olímpicos y la destreza táctica han compuesto juntos más de un siglo de historia de este deporte. Separar formalmente las cuentas rompería, de hecho, esa continuidad centenaria de los récords. Si el atletismo no las separa, no es porque no se le haya ocurrido o porque no pueda hacerlo. Ha elegido conservar la tradición que las mantiene unidas.

Vista desde este ciclo de ensayos, esa elección pesa. El ciclismo demuestra que se pueden llevar cuentas separadas: un deporte puede reconocer perfectamente que lograr el tiempo más rápido y vencer en la interacción con los rivales son habilidades distintas, merecedoras de dos nombres y dos registros. El atletismo no ha seguido ese camino. Ha reunido más de un siglo de récords mundiales, campeones olímpicos y duelos tácticos en la historia de una sola prueba. Y con ello obtiene una ventaja real: la continuidad de los récords. Desde los 3:59 de Bannister hasta cada marca actual de la milla hay una línea que no se interrumpe, una comparación que puede prolongarse. Si se separasen las cuentas, esa línea quedaría cortada en dos líneas más cortas. Al conservar el registro común, el atletismo obtiene continuidad a cambio de dejar borrosa la variable de la estructura de competición. Es una elección con su coste, no un descuido.

X. Una diferencia a la que se le niega un nombre

Recojamos los hilos del ensayo.

Hay dos construcciones. Una es la construcción del récord: los organizadores pueden contratar legalmente liebres que participen en la misma carrera, fijar tiempos por vuelta, utilizar luces de ritmo autorizadas y escoger una pista, un clima y una hora favorables; los incentivos económicos pueden vincularse directamente al tiempo o al récord. La otra es la construcción del campeonato: normalmente no hay liebres contratadas, los atletas se enfrentan a rondas clasificatorias, a rivales directos y a un título que solo uno puede ganar. A menudo, lo más razonable es reservar energía, cambiar de posición y esperar la aceleración final.

Los mecanismos por los que estas dos construcciones producen marcas difieren sistemáticamente. La propia World Athletics lo ha descrito una y otra vez en sus canales oficiales. Dice que en los campeonatos no hay liebres y que los intentos de récord suelen ser carreras con ritmo marcado por ellas. Sabe perfectamente que se trata de dos lógicas de funcionamiento distintas.

Y, sin embargo, hace lo siguiente: se niega a nombrar esas dos clases de carrera como dos pruebas distintas en su reglamento formal. Después, mediante una tabla única de récords mundiales, vuelve a reunir las marcas producidas por ambos mecanismos.

Ese es el resto de este ensayo. Y vuelve a adoptar una forma distinta de todas las anteriores.

En los ensayos anteriores, algunos restos eran lo que la construcción no podía albergar; otros, lo que no podía calcular, lo que no alcanzaba o lo que ella misma había reservado de antemano. Aquí, el resto es la propia diferencia: existe de verdad, pero las reglas se niegan a darle un nombre. La estructura de la competición es una variable que influye sistemáticamente en las marcas. La construcción la ve, la ha descrito en sus canales oficiales y hasta tiene la capacidad de nombrarla: el ciclismo lo ha hecho. Pero decide no darle nombre y borrarla al llegar a la tabla de récords.

Así es como esa diferencia se convierte en resto. Está presente de verdad en cada carrera y separa sistemáticamente unos 28:54 de unos 30:37. Pero en la tabla única de récords desaparece. La tabla coloca dos cosas distintas en el mismo lugar, tratándolas como mediciones incondicionales de una misma capacidad. Lo que ha borrado es la estructura de competición que produjo la marca.

Es otra manera de que una construcción se ocupe de una diferencia. Antes hemos visto construcciones incapaces de cerrarla y construcciones que reservaban deliberadamente un lugar para lo que no se cierra. Aquí aparece una tercera posibilidad: la construcción ve la diferencia con toda claridad, tiene plena capacidad de darle un nombre y, aun así, decide no reconocerla. Deja que dos cosas distintas compartan nombre y tabla. No es incapacidad para separar. Es la decisión de no hacerlo.

Y esa elección se inscribe en una estructura de tres niveles, que es lo más digno de atención de este ensayo. En el primero, el reglamento se niega a nombrar la diferencia: no establece dos categorías, carrera de récord y carrera de campeonato. En el segundo, la organización de las competiciones no deja de producirla: de un lado, carreras de récord que contratan liebres, instalan luces y buscan condiciones meteorológicas favorables; del otro, campeonatos sin liebres, con varias rondas y duelos tácticos. En el tercero, la tabla de récords vuelve a reunir ambas cosas y coloca los tiempos obtenidos en las dos estructuras dentro de una misma tabla, de una misma progresión.

El reglamento no reconoce la diferencia, las competiciones la producen, la tabla las reúne. Los tres niveles funcionan a la vez, pero no apuntan en la misma dirección. Las reglas dicen: es una prueba. Las competiciones dicen: son dos clases de carrera. La tabla dice: es una serie de tiempos comparables. La construcción no resuelve la contradicción entre esos tres niveles. Los deja existir así, simultáneamente.

Esta construcción puede contratar a alguien para que te proteja del viento, instalar cuatrocientos puntos de luz que te indiquen el ritmo, elegir una noche fresca y la pista más rápida. Puede dar cabida a todas esas ayudas en unas reglas legítimas y hacer que tu tiempo entre en el registro oficial. También puede retirar todas esas ayudas en otra carrera y dejarte solo ante los rivales, la fatiga y la lucha por la posición. Sabe con toda claridad que son dos carreras diferentes. Pero cuando lleva las cuentas escribe los tiempos de ambas en el mismo renglón. No ha dado un nombre a la diferencia, y así la diferencia se queda, silenciosa, en cada segundo que esa tabla no puede explicar.

La regla aún no mide con plena exactitud. Sigue midiendo.