Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Ciclo Cincel–Constructo · Atletismo · Reescritura española
Ensayo 19 / 23

Una misma distancia, dos libros de cuentas

El recorrido del maratón de Boston puede estar medido con exactitud y, aun así, incumplir los requisitos geográficos de un récord mundial. Los mismos 42,195 kilómetros pertenecen, por tanto, a la historia de una carrera y a la historia de los récords de maneras distintas.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

I Un recorrido bien medido y un recorrido que admite récords

El recorrido del maratón de Boston tiene una distancia oficialmente certificada de 42,195 kilómetros.

Es cierto. La Asociación Atlética de Boston declara expresamente que su recorrido de punto a punto, de Hopkinton a Boston, está certificado conforme a las reglas de World Athletics y de USA Track & Field. Mide veintiséis millas y trescientas ochenta y cinco yardas: 42,195 kilómetros. Se ha medido con exactitud. Es un maratón de la distancia reglamentaria.

Y, sin embargo, las dos horas, tres minutos y dos segundos que Mutai corrió allí en 2011, la marca de maratón más rápida de la que se tenía constancia hasta entonces, no pudieron homologarse como récord mundial.

La marca no fue declarada inválida. Nadie dijo que Mutai hubiera hecho nada indebido. La Asociación Atlética de Boston sigue consignando con todos los honores aquel 2:03:02 como récord de su recorrido. Simplemente, no es un récord mundial.

La distancia entre esas dos cosas es todo el asunto de este ensayo.

Un recorrido bien medido y un recorrido apto para un récord mundial son dos cosas distintas. Para World Athletics, un maratón de 42,195 kilómetros correctamente medidos y un maratón en el que se puede establecer un récord mundial no son una misma proposición. Un recorrido puede estar medido con precisión y oficialmente certificado, pero no superar unas pruebas geométricas adicionales. En ese caso, sus marcas no entran en la casilla del récord mundial.

Boston no supera dos pruebas geométricas. La primera: su descenso neto es de ciento cuarenta metros, unos 3,32 metros por kilómetro, cuando el máximo permitido para los récords es de un metro por kilómetro. La segunda: la distancia en línea recta entre salida y meta equivale aproximadamente al 91 % de la distancia de la carrera, cuando el máximo admitido es el 50 %. Boston rebasa de largo ambos límites.

Así que Boston cumple en distancia, pero no en geometría. Y la categoría de récord mundial exige cumplir en las dos.

El ensayo dieciocho trataba de dos competiciones estructuralmente distintas que compartían un nombre y una tabla de récords. Este trata de lo contrario: una misma distancia, medida con la misma corrección, acaba repartida entre dos libros de cuentas por una diferencia geométrica.

Conviene aclarar desde el principio qué significan aquí esos dos libros, porque van a adoptar varias formas. La más inmediata es la de Boston: para un mismo recorrido, un libro registra el récord del recorrido y otro lo deja fuera del récord mundial. Hay una versión más literal en el maratón femenino: la misma distancia, una lista de récords para las carreras mixtas y otra para las exclusivamente femeninas. Y hay una versión escondida en el cronometraje: una cuenta empieza con el disparo; otra, cuando tú cruzas la salida. Son formas distintas de llevar dos cuentas, pero todas comparten una estructura: una misma cosa queda inscrita en registros distintos por alguna condición que se considera pertinente para poder comparar. Este ensayo pregunta qué hace exactamente esa separación y qué deja fuera.

II La bicicleta no se fía de sus propias ruedas

Para entender la frontera geométrica, antes hay que entender cómo fabrica la construcción una longitud comparable. Y el método con el que lo hace tiene su belleza.

Para medir el recorrido de un maratón se utiliza una bicicleta calibrada. Lo decisivo es que esa bicicleta no da por conocida la circunferencia de su rueda.

La rueda lleva un contador mecánico que registra pequeños incrementos de giro; el contador Jones clásico registra veinte unidades por vuelta. Pero el medidor no calcula la distancia a partir del diámetro nominal de la rueda. Antes hace otra cosa: recorre repetidamente con esa bicicleta un tramo de calibración que ya se ha medido con precisión mediante una cinta de acero. Lo recorre una y otra vez. Así obtiene, de manera empírica, cuántas unidades del contador corresponden a cada unidad de distancia en las condiciones concretas de esa medición.

Ahí está la esencia del método. La presión del neumático, la carga que soporta la bicicleta, el estado del firme y los cambios de temperatura modifican ligeramente la circunferencia efectiva de la rueda. La bicicleta no hace como si esas variaciones no existieran ni se fía de una medida nominal impresa en el neumático. Las incorpora todas a la calibración. Lo que se obtiene no es la constante eterna de esa bicicleta, sino su constante de esta vez y para estas condiciones.

Y, después de medir el recorrido entero, hay que calibrarla de nuevo. A lo largo de varias decenas de kilómetros, la circunferencia efectiva puede haber vuelto a cambiar: el neumático puede haberse desgastado o haber perdido presión. La calibración posterior permite detectar esa variación e incorporarla al cálculo con el algoritmo establecido.

Es un método que no se fía de ningún patrón absoluto. No se fía del diámetro nominal de la rueda ni de que una calibración pueda valer para siempre. Solo confía en la calibración empírica, repetida, realizada allí mismo, donde se mide. Para fabricar una longitud comparable, la construcción no dispone de una regla que sirva de una vez por todas: necesita determinar empíricamente las condiciones presentes y volver a calibrar cada vez. Es una encarnación muy concreta de lo que esta serie viene diciendo: la comparabilidad no está ahí, ya hecha. Se obtiene mediante una calibración continua.

Hay otra regla igual de importante: medir la trayectoria más corta posible. No se mide el eje de la calzada ni el recorrido que haría un corredor típico, sino el trayecto más corto que un atleta puede recorrer legalmente. En las curvas y allí donde se puede recortar, la línea de medición se sitúa aproximadamente a treinta centímetros del bordillo, del lado de la calzada por el que se puede correr, y traza todas las tangentes permitidas. Se evita así que un recorrido mida 42,195 kilómetros siguiendo una cómoda línea en el plano y resulte más corto cuando el atleta apure todas las curvas legales. La construcción mide, por tanto, la trayectoria que nadie podrá acortar más.

Detrás de esta regla hay la misma cautela que sostiene todo el método. Se piensa en un atleta dispuesto a aprovechar hasta la última ventaja legal, no en uno que corra dócilmente por el centro de la calle. ¿Por qué medir para el peor caso? Porque el récord debe quedar a salvo precisamente de ese aprovechamiento: si los 42,195 kilómetros se hubieran medido por el centro y el atleta recortara cada curva, habría corrido menos de 42,195 kilómetros. Su récord descansaría en una distancia insuficiente. Por eso la construcción no mide para el corredor medio, sino para quien pueda reducir la trayectoria a su mínimo. No mide cuánto recorrerá la mayoría, sino lo mínimo que alguien podría recorrer. Es la misma cautela que inspira el factor de prevención de recorridos cortos: cerrar por adelantado todas las vías por las que la distancia podría quedarse corta.

III Mejor pasarse un poco que quedarse corto

El método de la bicicleta calibrada tiene un límite de precisión conocido: su incertidumbre es de aproximadamente una milésima. En un recorrido de cuarenta y dos kilómetros, eso puede suponer varias decenas de metros de error.

Si el error cae del lado corto, el problema es grave. Un recorrido que se anuncia como de 42,195 kilómetros podría medir menos, y las marcas logradas en él se habrían conseguido sobre una distancia insuficiente.

La construcción afronta ese problema con lo que se llama factor de prevención de recorridos cortos. Vale la pena detenerse en su lógica.

El factor es 1,001. El medidor aumenta deliberadamente en una milésima la constante de calibración, de modo que la línea medida contenga el equivalente, en unidades del contador, a mil un metros por cada kilómetro nominal. En un maratón, eso equivale a reservar intencionadamente un margen de 42,195 metros.

No se está afirmando con ello que todos los maratones certificados midan físicamente 42,237195 kilómetros exactos. Es un coeficiente de seguridad metrológico. Su función es empujar deliberadamente el error hacia el lado inofensivo. Si toda medición lleva consigo una incertidumbre de una milésima, mejor medir un poco de más que arriesgarse a que el recorrido sea demasiado corto. Mejor pasarse un poco que quedarse corto. Con unos metros de más, los atletas solo tienen que correr unas decenas de metros adicionales: no se invalida nada. Con unos metros de menos, la marca se ha conseguido en un recorrido que no cumple la distancia y el récord deja de sostenerse.

Esta solución encierra una elección que atraviesa toda la serie. Ante un error de medición imposible de eliminar, la construcción no finge que no exista ni se sienta a esperar un método más preciso. Reconoce que el error está ahí y hace un juicio de valor: si hay que equivocarse, ¿hacia qué lado? Elige equivocarse por exceso de distancia, porque ese error es inocuo para el récord y el contrario es fatal. Es la misma lógica que, en el ensayo seis, llevaba a corregir los tiempos electrónicos hacia el lado más lento. Cuando el error es inevitable, la construcción decide asumirlo en la dirección que mejor proteja la credibilidad del récord.

Hay que deshacer aquí una coincidencia numérica que invita demasiado al equívoco. El margen del factor de prevención es una milésima. El descenso neto permitido para un recorrido de récord también es una milésima: un metro por kilómetro. Son dos milésimas que pertenecen a problemas reglamentarios completamente distintos y no guardan relación entre sí. La primera evita que el error de medición deje corta la distancia. La segunda limita la ayuda que la pendiente puede prestar a la marca. Las fuentes originales dan razones enteramente distintas para cada regla. Confundirlas, o creer que una permite deducir la otra, es un error.

IV La frontera geométrica no nace de la fisiología

Veamos ahora las dos fronteras geométricas: separación entre salida y meta no superior al 50 % de la distancia y descenso neto no superior a un metro por kilómetro.

Su propósito es claro y está documentado. Buscan impedir que un recorrido descienda demasiado o esté trazado de tal modo que el viento de cola pueda mejorar indebidamente las marcas. Limitar la separación entre salida y meta no equivale a decir que toda carrera de punto a punto tenga viento favorable. Lo que se limita es la posibilidad de que un viento dominante ayude sistemáticamente durante la mayor parte de un desplazamiento en una misma dirección. La restricción del descenso neto busca, del mismo modo, limitar la ayuda sistemática de la gravedad.

Pero que el propósito esté claro no significa que la cifra concreta tenga una justificación fisiológica.

No se encuentra una derivación técnica original que demuestre que el 50,0 % o los 1,000 metros de descenso por kilómetro constituyan un punto de ruptura fisiológico. La biomecánica moderna sí confirma que la pendiente, las curvas y las ayudas aerodinámicas modifican el rendimiento de manera mensurable. Lo que no revela es un precipicio natural situado justo en esas dos cifras reglamentarias. No hay pruebas de una diferencia esencial entre una separación del 49 % y otra del 51 %, ni de que el cuerpo experimente un cambio brusco al pasar de 0,9 a 1,1 metros de descenso por kilómetro.

Estas dos líneas son, pues, de la misma familia que las anteriores. En el ensayo siete, los coeficientes de las tablas de puntuación del decatlón no tenían una derivación pública. En el doce, los cuarenta milímetros de las zapatillas tampoco se deducían de un cálculo. En el catorce, el umbral de testosterona no se había calculado a partir de la magnitud del efecto. En el dieciséis, los 0,100 segundos de la salida no eran una constante fisiológica estable. Aquí, el 50 % y el metro por kilómetro tampoco se leen directamente en la fisiología. Son umbrales de estandarización defendibles, elegidos para que la comparabilidad pueda reproducirse. No son constantes del cuerpo humano.

Juntas, estas líneas dicen algo general sobre la construcción. Para fabricar comparabilidad, tiene que trazar fronteras. Y casi siempre tiene que trazarlas sobre una magnitud continua, sin un corte natural. La pendiente es continua. La separación es continua. Cualquier límite concreto será, por fuerza, un corte introducido en esa continuidad. Puede explicarse y defenderse, pero no puede demostrarse que ocupe el único lugar correcto, porque ese lugar no existe. La construcción no descubre primero una frontera natural y luego la dibuja. Necesita una frontera y, donde no la había, hace un corte.

Aquí se ve cómo las carreras en ruta y las de velocidad resuelven de manera distinta el mismo problema. La diferencia es reveladora. En velocidad se combate la ayuda del viento con una medición directa: si supera los +2,0 metros por segundo, la marca no vale para récord. Esa frontera también es un corte; no hay un precipicio fisiológico entre 2,0 y 2,1. Pero al menos allí se puede medir el viento directamente. En una carretera de cuarenta y dos kilómetros no se puede obtener un único valor de viento que resulte significativo: la fuerza y la dirección cambian de un tramo a otro. Las carreras en ruta recurren entonces a una solución indirecta. En vez de medir ese viento imposible de reducir a una lectura, limitan la geometría del recorrido para que no pueda favorecer sistemáticamente una larga trayectoria en una misma dirección. Mismo propósito, dos instrumentos: la velocidad mide; la ruta recurre a la geometría, porque no puede medir de aquel modo lo que querría medir. Lo que la construcción decide regular depende, en parte, de lo que está en condiciones de medir y controlar.

V Boston está al otro lado de la línea y no por eso vale menos

Volvamos a Boston. Es el ejemplo más célebre de lo que queda al otro lado de esa línea. Su situación permite ver con precisión qué es esa frontera y qué no es.

Lo esencial es separar dos juicios: si Boston está bien medido y si Boston puede producir un récord mundial.

Boston está bien medido. Son 42,195 kilómetros certificados; eso no está en discusión. Lo que le cierra el paso al récord mundial es la geometría, no la distancia. Son dos juicios independientes. Un recorrido puede cumplir plenamente el primero y no cumplir el segundo. Eso es exactamente lo que ocurre en Boston.

Merece la pena mirar con cuidado cómo actuó la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) cuando Mutai consiguió aquella marca en 2011. No dijo que al recorrido le faltaran metros ni que la marca tuviera nada irregular. Reconoció expresamente que era el maratón más rápido que se había corrido hasta ese momento. Se limitó a explicar que Boston excedía tanto el descenso neto permitido como la separación admitida entre salida y meta, y que por eso la marca no podía homologarse como récord mundial.

Las palabras importan. La resolución decía que la marca no pertenecía a la categoría de récord mundial, no que fuera inválida. Son dos afirmaciones completamente diferentes. La primera dice: una gran marca que no entra en esta categoría concreta. La segunda dice: hay un problema en la propia marca. La IAAF dijo lo primero.

World Athletics fue todavía más explícita con otro ejemplo, la Great North Run. Su medio maratón está certificado, pero no reúne los requisitos para récord: tiene un descenso neto de unos 1,45 metros por kilómetro y una separación entre salida y meta superior al 75 %. Cuando allí se ha corrido por debajo del récord mundial oficial del momento, World Athletics ha explicado que la marca no podía reemplazarlo y, a la vez, ha subrayado que eso no le restaba mérito alguno.

No restar mérito alguno: ahí está la expresión decisiva de este ensayo. Que una marca no entre en la casilla del récord mundial no la hace más pequeña ni hace menos bueno a quien la consiguió. Simplemente, no pertenece a ese libro de cuentas.

Los propios atletas lo ven así. Ryan Hall, cuarto en Boston en 2011 con 2:04:58, rechazó públicamente la idea de que su marca estuviera empañada por no poder convertirse en récord estadounidense. El antiguo plusmarquista mundial de maratón De Castella fue aún más directo: cada recorrido es distinto. Para él, esa variación formaba parte del misterio del maratón, no era un defecto que hubiera que borrar por completo mediante la estandarización.

Conviene desmontar además unas cuantas ideas muy repetidas sobre Boston.

La primera: Boston no es un maratón válido porque no permite récords. Eso pone del revés la estructura de las reglas. Su recorrido está oficialmente medido y certificado en 42,195 kilómetros. Es la geometría, no la validez de la distancia, lo que impide homologar un récord mundial.

La segunda: Boston siempre es más rápido porque baja. Es verdad que pierde ciento cuarenta metros de altura entre salida y meta, pero su perfil incluye subidas importantes, entre ellas las célebres colinas de Newton. Y el tiempo puede invertir esa aparente ventaja geométrica, como muestran las ediciones con viento en contra, calor o lluvia. Un estudio que abarcó de 1897 a 2018, con más de trescientas ochenta mil observaciones de resultados de Boston, encontró un efecto meteorológico considerable. El descenso neto es un indicador indirecto que la reglamentación utiliza para hacer comparables las marcas. No es una predicción de que todas las ediciones de Boston vayan a ser más rápidas que Berlín, Londres o Chicago.

La tercera: el 2:03:02 de Mutai fue invalidado. La decisión fue mucho más limitada: no podía homologarse como récord mundial. La IAAF reconoció que nunca se había corrido tan rápido y la Asociación Atlética de Boston sigue conservándolo como récord del recorrido. No hubo ninguna resolución que atribuyera a Mutai una conducta indebida.

VI Una distancia y, literalmente, dos libros de cuentas

Boston ofrece una forma de llevar dos cuentas: para un mismo recorrido, un libro se llama récord del recorrido y el otro, récord mundial; Boston solo figura en el primero. Pero hay una versión aún más literal: los récords del maratón femenino.

En su Congreso de Daegu de 2011, la IAAF aprobó un cambio: los récords mundiales femeninos en ruta debían conseguirse en carreras exclusivamente femeninas. Las marcas de mujeres logradas en carreras mixtas pasarían a una categoría aparte, la de mejores marcas mundiales.

La razón era que, al correr junto a hombres, las mujeres podían apoyarse en grupos de corredores masculinos que marcaran el ritmo y beneficiarse de su protección frente al viento o de su ayuda para sostener el paso. Esa ayuda no estaba disponible en una prueba en la que solo corrieran mujeres. Para la IAAF, por tanto, una carrera mixta y una exclusivamente femenina constituían condiciones materialmente distintas a la hora de comparar récords.

Hay algo que debe quedar claro de inmediato: ese cambio reglamentario no acusaba a Radcliffe de haber hecho trampas.

El 2:15:25 que Radcliffe había corrido en Londres en 2003 se había conseguido en una carrera mixta, enteramente legal bajo las reglas de entonces. El cambio no decía que hubiera infringido el reglamento. Decidía cómo iba la institución a clasificar esa clase de marcas, tanto retrospectivamente como en adelante. La justificación de una política y un juicio sobre una atleta son cosas distintas y hay que mantenerlas separadas. Con la propuesta inicial, aquel 2:15:25 perdería su clasificación como récord mundial y pasaría a ser una mejor marca mundial. Su 2:17:42 de Londres 2005, conseguido en una prueba exclusivamente femenina, ocuparía el lugar de récord mundial femenino.

Entonces llegó la oposición. En septiembre de 2011, World Marathon Majors y la Asociación Internacional de Maratones y Carreras en Ruta se pronunciaron públicamente contra el cambio. Alegaban dos razones. La mayoría de las carreras populares en ruta eran mixtas, de modo que un único récord reservado a pruebas femeninas no representaba estadísticamente al deporte. Además, quitar el rango de récord a las marcas históricas más rápidas, conseguidas legalmente, resultaba confuso e injusto. Defendían dos categorías: mixta y exclusivamente femenina.

La IAAF cedió. En la reunión de su Consejo celebrada en Mónaco en noviembre de 2011, retrocedió respecto a la propuesta de un solo libro y restableció el reconocimiento de las marcas logradas en carreras mixtas. De ahí salió, finalmente, la estructura de categorías paralelas que sigue vigente. El 2:15:25 de Radcliffe conservó su reconocimiento como récord mundial; no quedó relegado para siempre a la condición de mejor marca mundial.

World Athletics mantiene hoy dos designaciones de récord mundial para el maratón femenino: en carrera mixta y en carrera exclusivamente femenina. Es el ejemplo más literal de una distancia y dos libros de cuentas. Las dos marcas son récords mundiales de 42,195 kilómetros. Lo que hace el apellido es dejar constancia de una condición de competición considerada relevante para la comparabilidad.

La controversia tiene la misma estructura que la del ensayo sobre las zapatillas. Que correr detrás de otra persona reduzca la resistencia del aire y mejore la economía de carrera es un hecho físico que nadie discute aquí. Lo discutido es el paso que convierte un continuo de situaciones de rebufo y de apoyo para mantener el ritmo en una clasificación binaria, basada en la composición de la carrera por sexos. Los modelos no midieron cuánta ayuda recibió realmente Radcliffe en 2003, ni pueden establecer cuál habría sido su marca en el supuesto alternativo de una carrera exclusivamente femenina. Tanto quienes defendían dos categorías como la IAAF, que al principio solo reconocía una categoría de récord mundial, aceptaban que las condiciones eran distintas. Discrepaban sobre cómo debía esa diferencia determinar la clasificación: si reservar el rango de récord mundial a las carreras exclusivamente femeninas o reconocer una categoría de récord mundial para las mixtas y otra para las femeninas.

El desenlace también es revelador. La IAAF quería inicialmente un solo libro: reconocer únicamente los récords de carreras femeninas. Sus oponentes querían dos, con las mixtas y las femeninas por separado. Ganaron los dos libros. El resultado recuerda la decisión del ensayo sobre las zapatillas, pero en sentido contrario. Allí, ante un equipamiento nuevo y otro antiguo, la construcción decidió mantenerlos en una misma cuenta. No separar. Aquí, ante carreras mixtas y carreras femeninas, acabó por separarlas. Ante una diferencia de condiciones, una vez agrupa y otra divide. Lo que decide entre esas dos opciones no es un principio objetivo, sino la pugna entre las partes y el juicio sobre qué clase de libro de récords representa mejor al deporte. En estos casos, la elección de la construcción nunca es la única respuesta que las pruebas obligan a dar. Es una elección entre varias opciones defendibles.

VII Lo que las reglas deciden no regular

El día de un maratón puede soplar el viento. Puede hacer mucho calor. Las reglas de World Athletics para los récords en ruta dejan ambas cosas sin regular directamente.

No hay un límite directo de viento en las carreras en ruta. La velocidad y el salto de longitud tienen el umbral de +2,0 metros por segundo: por encima, no hay récord. Las carreras en ruta no tienen una lectura equivalente del viento del día. En su lugar, la regla del 50 % de separación entre salida y meta cumple, en parte, esa función. En vez de intentar obtener una lectura de viento para cuarenta y dos kilómetros, se limita la separación de los extremos para restringir la ayuda sistemática que pueda prestar el viento dominante del lugar.

Tampoco hay un umbral de temperatura. Los requisitos para los récords en ruta no fijan una temperatura máxima ni mínima, ni una condición de humedad o un filtro meteorológico equivalente. El frío o el calor pueden hacer una carrera más rápida o más lenta sin alterar su condición formal a efectos de récord, siempre que se cumplan las demás reglas.

Aquí hay que señalar honestamente un vacío. No se encuentra una decisión original de World Athletics que explique por qué se dejó la temperatura fuera de los requisitos de homologación. Atribuir a la institución una razón filosófica o fisiológica concreta sería especular. Lo único que puede demostrarse es que el reglamento no la regula.

La elección, en sí misma, enlaza con uno de los primeros ensayos de la serie. El quinto contaba que, en 1976, la IAAF reguló el cronometraje, algo controlable, y no la altitud, algo de mayor importancia: la construcción tiende a regular lo que puede controlar, más que lo que más necesitaría controlar. Aquí ocurre algo parecido. La influencia del viento y de la temperatura sobre las marcas está científicamente bien establecida. El estudio de Boston halló que los resultados empeoraban cuando subía la temperatura y que su variación guardaba relación con la dirección del viento. Pero la construcción no regula directamente ni el viento ni la temperatura: son el tiempo que hace ese día, algo que no controla. Se vuelve, en cambio, hacia la geometría, algo controlable que puede fijarse al diseñar el recorrido.

World Athletics emplea, por tanto, dos estrategias distintas de normalización. En las pruebas cortas utiliza una variable de viento medida, momentánea y local. En las carreras largas en ruta utiliza la geometría del recorrido como principal restricción estructural frente al viento favorable. Las variaciones meteorológicas siguen formando parte de correr por carretera. La construcción no las ha eliminado mediante la estandarización. Se ha limitado a restringir, mediante la geometría, la posibilidad de diseñar un recorrido que las aproveche sistemáticamente.

VIII El reloj del disparo y tu propio reloj

Hay otro libro de cuentas escondido en el cronometraje. Y se presta a frecuentes malentendidos.

Al terminar un maratón popular con decenas de miles de participantes, un corredor puede encontrarse con dos tiempos distintos. Uno empieza a contar desde el disparo de salida. El otro, desde el momento en que él cruza la línea. En una carrera con salidas por oleadas, puede haber cruzado varios minutos después del disparo. Entre los dos tiempos puede haber, por tanto, varios minutos de diferencia.

El error más fácil es creer que la diferencia está en utilizar un chip o no. No está ahí.

El chip transpondedor es una tecnología de cronometraje. El tiempo de disparo y el tiempo neto son dos definiciones distintas de cuándo empieza a correr el reloj. Un mismo sistema de chips puede producir ambos. Cronometrar con chip no equivale, pues, a utilizar el tiempo neto a efectos de récord.

El reloj oficial de los récords de World Athletics mide el tiempo transcurrido entre el disparo y la llegada del atleta a la meta. Al corredor se le puede mostrar cuánto pasó entre su propio cruce de la salida y su llegada, pero ese no es el reloj con el que se homologan los récords. El tiempo neto empieza cuando cada persona cruza la alfombra de cronometraje de la salida. Para un corredor popular, suele ser la expresión más justa de cuánto tiempo estuvo realmente corriendo. Es utilísimo para clasificar a los corredores populares, pero no puede intercambiarse con el tiempo oficial del disparo para establecer récords mundiales de World Athletics.

Boston ilustra bien la distinción. Según la historia que recoge su asociación atlética, en 2006 empezó a emplear tiempos netos para la clasificación de la carrera popular, como parte del sistema de salidas por oleadas. Ese cambio organizativo no redefinió las reglas de cronometraje de los récords mundiales. El mismo equipo de chips recoge las marcas oficiales de meta y los parciales de la élite, referidos al disparo, y proporciona un tiempo neto personal a cada participante popular.

Otra vez, dos libros de cuentas. Uno es el reloj del disparo, el de los récords: trata a todos por igual y arranca con la misma señal. El otro es tu reloj, el que comienza cuando tú cruzas la salida y resulta más justo para ti. Ambos registros utilizan el mismo equipo, pero miden cosas distintas. El récord solo reconoce el primero.

Importa explicar esta distinción porque corrige una intuición muy natural. Un corredor popular puede pensar: si yo pasé por la salida varios minutos después del disparo, ¿por qué me cuentan desde el disparo? Para él, el tiempo neto es, desde luego, más justo. Es lo que de verdad tardó en correr. Sin embargo, los récords no usan el reloj del disparo porque sea más justo para cada persona; en ese sentido, ocurre precisamente lo contrario. Lo usan porque necesitan un comienzo común, idéntico para todos. Si cada cual empezara a contar desde el instante en que cruza, la posición en la salida dejaría de importar: estar delante o quedar atrapado detrás daría igual. Y eso cambiaría parte de la naturaleza de la competición. El récord sacrifica, así, justicia individual a cambio de un reloj común. Es otra de las elecciones de la construcción: sabe que el tiempo neto hace más justicia al individuo, pero, para unificar los récords, escoge el reloj del disparo, menos justo desde esa perspectiva personal.

IX Mejor marca mundial y récord mundial

La separación entre estos dos libros dejó una huella histórica muy clara en dos expresiones: mejor marca mundial y récord mundial.

Durante la mayor parte del siglo XX, la denominación reconocida en las carreras en ruta era mejor marca mundial, no récord mundial homologado por la IAAF. La propia historia de la Asociación Atlética de Boston llama mejor marca mundial al 2:22:43 que Benoit consiguió allí en 1983.

No era una modestia de cronista. Expresaba una situación institucional real. En aquel momento, la IAAF todavía no había creado para la ruta una categoría de récord homologable basada en la medición y la geometría del recorrido. Los recorridos de carretera no son geométricamente intercambiables como sí lo son las pistas reglamentarias. Por eso la IAAF no homologaba aquellas marcas como récords mundiales: reconocía mejores marcas mundiales.

La situación no cambió hasta 2003. Ese año, la IAAF creó el marco oficial de récords mundiales para las distancias reglamentarias de las carreras en ruta, con requisitos de medición, geometría y otras condiciones de homologación. Entró en vigor el 1 de enero de 2004. Las mejores marcas mundiales que ya existían y reunían los requisitos podían convertirse en los récords iniciales del nuevo sistema. La historia no volvió a empezar de cero aquel 1 de enero. Una marca de 2003 podía haberse denominado en su momento mejor marca mundial y figurar después entre los primeros récords mundiales oficiales de la ruta.

Esta historia añade una dimensión temporal al asunto del ensayo. La categoría de récord mundial no ha existido siempre en las carreras en ruta. Se estableció en 2004, y para hacerlo hubo que trazar antes una línea: fijar los criterios de medición y de geometría. Antes de esa línea había mejores marcas mundiales, una denominación más amplia que no dependía de aquella geometría reglamentaria. Después hubo récords mundiales, una categoría más estricta que sí dependía de ella. Y la tradición de Boston como carrera de punto a punto, iniciada en 1897, llevaba más de un siglo de ventaja a ese sistema de récords de 2004.

X La línea permite comparar, pero siempre deja algo fuera

Recojamos los hilos.

World Athletics tuvo que trazar primero una línea para poder convertir, en 2004, las mejores marcas mundiales de la ruta en récords mundiales homologables. Esa línea hizo más reproducible y comparable la categoría estadística de récord mundial. Para entrar en ella, el recorrido tiene que estar bien medido, su geometría tiene que cumplir las reglas y el cronometraje debe empezar con el disparo. Esas exigencias mantienen dentro de un ámbito controlable factores que afectan sistemáticamente a las marcas: la pendiente, el viento de cola, la posición relativa de salida y meta.

Pero, en cuanto se traza la línea, algo queda forzosamente fuera.

Boston quedó fuera. Está bien medido, pero la geometría de su recorrido de punto a punto, de Hopkinton a Boston, le impide superar las pruebas del 50 % y del metro por kilómetro. Su tradición de correr de un punto a otro comenzó en 1897, con la salida en Ashland; la salida en Hopkinton data de 1924. Ambas preceden al sistema de récords de 2004, y aquella tradición lo precede en más de un siglo. El recorrido no se diseñó para infringir esa frontera. Cuando se concibió, la frontera todavía no existía. Fue la línea la que llegó después y lo dejó al otro lado.

Este es el resto del presente ensayo. Y su forma vuelve a ser distinta de las anteriores.

En los ensayos previos había restos que la construcción no podía contener, otros que no sabía calcular, otros a los que no llegaba, otros que reservaba deliberadamente y otros que se negaba a nombrar. Aquí, el resto es lo que la línea trazada para hacer posible la comparación empuja necesariamente hacia fuera al aparecer. Boston es una de esas cosas. Es plenamente válido y está bien medido. Pero existía antes que la línea y, cuando esta se trazó, lo dejó fuera de la casilla del récord mundial.

Este resto tiene, además, una propiedad que no tenían los anteriores: quedar fuera no lo ha hecho más pequeño.

Ese es el punto decisivo. Dejar una marca fuera de los récords mundiales no equivale a rebajarla. El 2:03:02 de Mutai sigue siendo el maratón más rápido que se había corrido hasta aquel momento. No poder inscribirlo como récord mundial no cambia ese hecho. La propia World Athletics afirma que esa exclusión no resta mérito alguno a una marca. Y la Asociación Atlética de Boston conserva Boston en otro libro: récords del recorrido, campeones, continuidad, dificultad, historia. No rediseñó la ruta legendaria para hacerla entrar en la casilla del récord mundial. Conservó en ese otro libro la ruta, el récord de Mutai y su condición de maratón anual más antiguo del mundo.

Al final, los dos libros de cuentas significan esto. Las reglas del récord mundial definen una forma de comparabilidad: una comparabilidad delimitada, necesaria para poner unas marcas junto a otras aunque procedan de recorridos distintos. No definen todo el valor del deporte. Un recorrido que no puede figurar en el libro de los récords mundiales puede figurar en el de los récords del recorrido, en el de los campeones, en el de la historia. Cada libro mide una carrera con criterios distintos. Y todos pueden tener validez a la vez.

La construcción puede trazar una línea para excluir del récord mundial los recorridos cuya geometría presta demasiada ayuda, y permitir así que las marcas de esa casilla se comparen entre sí. Lo que no puede hacer es medir con esa sola línea todo lo que pesa Boston. Una parte de ese peso no se deja medir en la cuenta de los récords mundiales. Está en otra cuenta: en la tradición centenaria del recorrido de Hopkinton a Boston, en cada persona que sabe lo difícil que es. La línea que traza la construcción es real y útil. Hace posible una forma de comparación. Lo que no logra encerrar también es real. Solo que figura en otro libro.

La regla aún no mide con plena exactitud. Sigue midiendo.