Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Ciclo Cincel–Constructo · Atletismo · Reescritura española
Ensayo 04 / 23

Qué cuerpos pueden ser medidos

Los 800 metros femeninos de 1928 no demostraron que las mujeres «no pudieran correrlos». Mostraron cómo una institución puede repartir lo que se ve, el derecho a participar y el reconocimiento de los récords entre habitaciones distintas.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

I. Las nueve terminaron

Ámsterdam, 1928. Final de los 800 metros femeninos.

Salieron nueve corredoras y las nueve figuran como llegadas a meta. Las seis primeras mejoraron el récord mundial vigente antes de la carrera. Ganó Radke, con 2 minutos y 16,8 segundos; segunda fue Kinue Hitomi, con 2 minutos y 17,6 segundos; tercera, Gentzel, con 2 minutos y 17,8 segundos. Después llegaron, por este orden, Thompson, Rosenfeld, MacDonald, Dollinger y Kilosówna.

La novena se apellidaba Wever. Las recopilaciones de resultados más habituales no dan su tiempo exacto.

No conviene cargar este detalle de significado. Que falte una cifra en el último puesto de una clasificación antigua puede tener muchas causas: un descuido al registrar, una omisión al copiar o, sencillamente, que nadie tomara aquel tiempo. Lo único que interesa aquí es dónde aparece el hueco. En una carrera en la que seis personas mejoraron el récord mundial, la única sin cifra es la que llegó última. La atención de la construcción disminuye a medida que se desciende por la clasificación. La casilla de abajo del todo es donde más fácilmente afloja la mano.

Fue una carrera exitosa en todos los sentidos. Una prueba debutaba en los Juegos Olímpicos, nueve corredoras la terminaban y seis mejoraban el récord anterior. Si el propósito de esta construcción era medir, lo ocurrido en esta carrera era el mejor resultado al que podía aspirar.

Se puede dar un paso más. Que seis personas mejoren a la vez el récord anterior es algo frecuente cuando una prueba empieza a celebrarse, porque las marcas previas proceden de competiciones con una participación mucho más reducida. Aquella clasificación registraba, por tanto, dos cosas: que las nueve habían corrido muy deprisa y que el libro de cuentas de la prueba tenía todavía pocas páginas. Lo primero pertenecía al deporte; lo segundo, a la institución. Y ese dato institucional indicaba precisamente que la prueba estaba empezando a acumular su propia historia. En principio, ninguna señal podía complacer más a la construcción.

La película que se conserva sigue pudiendo verse. Muestra a varias corredoras que, después de cruzar la meta, se dejan caer un momento sentadas, se tumban en la hierba o respiran con evidente dificultad. Nada infrecuente después de unos 800 metros.

La médica que examinó a las atletas tras la carrera fue Bergmann. A los pocos minutos les tomó el pulso y la tensión y comprobó su estado general. Según declaró, todo era normal.

Así que, desde el principio, la situación probatoria estaba clara. Había una clasificación oficial, unas imágenes y el testimonio de la médica que las había examinado allí mismo. Las tres cosas se corroboraban y apuntaban a una sola conclusión: nueve mujeres habían corrido unos 800 metros muy rápidos y después estaban cansadas.

Esas tres pruebas eran de naturaleza distinta, lo que daba más peso a su coincidencia. La clasificación era institucional: la producía un procedimiento y no contenía juicios. La imagen era mecánica: no sabía lo que estaba filmando. El testimonio era profesional: lo emitía en el lugar de los hechos alguien cualificado para juzgar. Tres fuentes independientes señalaban lo mismo. En términos probatorios, era ya una base bastante sólida para dar algo por confirmado.

Lo que ocurrió después no tuvo nada que ver con esas tres cosas.

II. Los periódicos dijeron cinco, o seis

En torno al 3 de agosto de 1928, varios grandes diarios publicaron sus crónicas de la carrera.

The Times describió la escena posterior como un conjunto de cuerpos desplomados, visiblemente doloridos, y dedujo de ello que los 800 metros femeninos eran peligrosos.

Williams, en The New York Times, escribió que la prueba exigía demasiado a la capacidad física de las mujeres. Añadió que seis de las nueve atletas habían caído al suelo después de cruzar la meta y que varias habían tenido que salir apoyadas en otras personas.

Shirer, en el Chicago Tribune, lo llevó directamente al titular: cinco estrellas del atletismo femenino se desploman en una carrera olímpica.

En Canadá, Marsh escribió sobre Thompson y Rosenfeld en la portada del Toronto Star del 3 de agosto. Amplificó el agotamiento hasta convertirlo en el reclamo de la noticia.

Pongamos ahora esas crónicas junto a las tres pruebas de la sección anterior.

La clasificación oficial dice nueve llegadas a meta. The New York Times dice seis caídas al suelo. El Chicago Tribune dice cinco desplomes.

No es una discrepancia de interpretación. Las personas que caen al suelo se pueden contar, igual que las que terminan una carrera. Las cifras son distintas, y se refieren a la misma tarde y a la misma línea de meta.

Aquí hay que evitar ir demasiado lejos. Entre alguien que se deja caer un momento sentada y alguien que se desploma existe, ciertamente, un margen descriptivo: el mismo movimiento puede presentarse como descanso o como desfallecimiento. Por eso los números no tienen por qué ser inventados. Quizá lo visto se clasificó conforme a un criterio, solo que mucho más laxo que el de una hoja de resultados. Lo decisivo no es que alguien mintiera. Es que, cuando la descripción entró en conflicto con el recuento, lo que surtió efecto fue la descripción.

Hay otro punto que aclarar, y es el más importante de esta sección.

De ninguno de aquellos cuatro periodistas se puede confirmar que estuviera junto a la meta. La investigación actual permite verificar sus firmas, los periódicos para los que trabajaban y las fechas de publicación. Pero el material disponible no permite decidir si lo vieron con sus propios ojos o si escribieron a partir de lo que les contaron desde el estadio. Cuatro crónicas, cuatro ubicaciones: las cuatro por resolver.

Tampoco ha sido posible recuperar en esta búsqueda reproducciones de los originales de los grandes diarios en alemán y en francés que puedan citarse directamente. El consenso de la investigación actual es que aquel relato de catástrofe no fue una excepción angloestadounidense, sino que circuló entre países. Para documentar ese alcance habría que volver a los microfilmes y facsímiles de las bibliotecas nacionales correspondientes. Hoy no podemos precisar hasta dónde se repitió la historia ni con qué palabras en cada lugar.

Este vacío tiene una consecuencia concreta que conviene explicar. Si solo vemos cuatro crónicas del mundo anglófono, resulta difícil saber si se trató de unas cuantas variaciones periodísticas sobre un mismo tema o de un marco general que atravesaba las lenguas. Lo primero se parece más a una contingencia del periodismo; lo segundo, a una idea preconcebida compartida por toda una época. La investigación actual se inclina por lo segundo, pero esta búsqueda no ha permitido aportar los textos directos que sostendrían esa inclinación. El análisis que sigue solo puede apoyarse, por tanto, en las cuatro crónicas visibles. No puede sacar conclusiones en nombre de las que no vemos.

La frase del episodio anterior se cumple aquí de manera muy directa: lo que una construcción puede ver depende de la forma en que las cosas quedan sobre el papel.

Esta vez el problema es que un mismo hecho quedó sobre el papel de dos maneras, y cada una dio una cifra distinta.

Por un lado estaba la hoja de resultados, producida por los cronometradores, los jueces y el procedimiento de registro de la competición. Su única función era anotar con exactitud lo sucedido. Por otro estaba la crónica, producida por unas páginas que había que vender. Su función era convencer al lector de que merecía la pena leerlas.

La que surtió efecto fue la segunda.

Conviene llevar este punto hasta el fondo, porque se presta a leerse como una queja contra el periodismo, y no lo es. En el segundo episodio vimos que el primer libro de cuentas del sistema moderno de récords fue un periódico comercial. Wilkinson lo eligió porque era, en aquel momento, el único archivo con volumen suficiente y una continuidad lo bastante larga. Es decir: la prensa había hecho posible que esta construcción existiera. El mismo medio que en un lugar le dio cuerpo, en otro desautorizó sus mediciones. Son las dos caras de una misma cosa: aquello capaz de llevar una noticia ante todo el mundo también puede llevar ante todo el mundo una cifra equivocada. Y a la misma velocidad.

III. No quedó constancia de la votación

Después de Ámsterdam, la Federación Internacional de Atletismo, la IAAF, decidió retirar los 800 metros femeninos del programa de 1932.

Sobre los motivos de entonces, el testimonio de primera mano que podemos consultar es el de Bergmann. Su resumen era este: a los delegados los había impresionado la imagen de las muchachas desplomadas y habían votado por razones humanitarias. También afirmó que los representantes alemanes habían intentado conservar la prueba.

Ese intento alemán merece una mirada aparte. La campeona y el nuevo récord mundial de aquella edición eran alemanes. Es decir: la única parte que tenía motivos para defender la prueba en aquella votación era precisamente la que más había obtenido de ella. No hay aquí un elogio ni una censura de nadie. Solo la observación de que las posiciones en una votación suelen repartirse según lo que se gana y lo que se pierde. Y entonces solo un país había obtenido algo de esa prueba.

La consecuencia es estructural. Una prueba recién creada tiene necesariamente menos partidarios que otra con una larga trayectoria, porque todavía no ha tenido tiempo de arraigar intereses en varios países. Por eso las pruebas nuevas están entre las primeras que se cortan cuando llega una reducción, al margen de su calidad. Cuando esta construcción elimina pruebas, en realidad vota según el reparto de intereses entre los países. Y ese reparto sigue la edad de cada prueba.

Luego está la versión más difundida: que inmediatamente después el Comité Olímpico Internacional votó limitar a 200 metros la distancia máxima de las carreras femeninas.

No se encuentra constancia de ello en las actas que pueden consultarse y verificarse públicamente.

Lo que sí puede documentarse es otra cosa. En 1931, el Comité Olímpico Internacional había sometido a una votación general la participación femenina en el atletismo. El resultado fue de dieciséis votos a favor y tres en contra: el atletismo femenino en su conjunto se mantuvo dentro del programa de 1932. Pero las actas no conservaron el contenido pormenorizado del debate ni ofrecen un recuento verificable de una votación separada sobre los 800 metros femeninos.

Por tanto, aquella versión solo puede quedar pendiente de resolución. No significa que tenga que ser falsa. Significa que, por ahora, no podemos presentar el documento original que la sostendría.

Aquí aparece por tercera vez una misma forma. Vale la pena señalarla.

En el segundo episodio faltaba el original de la primera solicitud de homologación de un récord. En el tercero no sabíamos dónde habían ido a parar la carta en que Thorpe reconocía los hechos, la correspondencia interna de su entrenador ni el intercambio completo entre los dos comités. En este episodio, los motivos detallados de una decisión que rigió durante treinta y dos años no quedaron por escrito.

En ninguno de los tres casos se trata de que alguien destruyera los documentos. Lo conservado tiene algo en común: es el producto rutinario de una máquina que no deja de funcionar. Los anuarios de resultados se imprimen cada año, los expedientes de alumnos se archivan por categorías, el recuento de una votación general se incorpora a las actas. Hay un sistema que se ocupa de esas cosas. Y lo que no se conserva también tiene algo en común: ocurre una sola vez. Una conversación, una carta, un debate. Terminan y se dispersan.

Así, lo que una construcción deja a quienes vienen después suelen ser sus conclusiones, no su razonamiento.

Esto afecta de manera muy concreta a nuestro juicio. Si hoy queremos averiguar qué se pensó al suprimir aquella prueba en 1928, tenemos el resultado de una votación, los recuerdos de una médica y los relatos posteriores. No tenemos lo que dijeron los presentes aquel día. Toda conclusión sobre los motivos ha de inferirse, entonces, del resultado y su contexto, y una inferencia nunca alcanza la certeza que podrían ofrecer las actas de la reunión. Es un límite que hay que aceptar, no una barrera que se salte a fuerza de interpretar con más empeño.

IV. Las razones desde dentro

Ahora hay que recorrer ambos caminos. En este episodio hay pruebas documentadas en los dos, sin necesidad de forzar nada.

Uno de ellos sostiene que la supresión obedeció, ante todo, a un juicio equivocado sobre la capacidad de las mujeres. Las pruebas ya han aparecido: la clasificación oficial recoge nueve llegadas a meta y seis marcas mejores que el récord mundial anterior; la película conservada no respalda el relato habitual de múltiples desmayos; la médica presente calificó la prohibición de precipitada y emocional, y afirmó que el estado fisiológico de las corredoras era normal después del examen. Además de Bergmann, Messerli dijo más adelante que también había estado allí: los supuestos desplomes se parecían más al llanto y a las reacciones emocionales tras una derrota que a un colapso patológico. Taylor atribuyó las breves caídas de algunas atletas después de la carrera a los nervios y a la emoción competitiva, no a que la distancia fuera en sí misma insoportable.

Bergmann hizo además una observación más importante. Sugirió que la tensión nerviosa de las carreras de velocidad podía ser más perjudicial que la de las distancias largas.

La observación importa porque muestra que la opinión médica que se tenía a mano no apuntaba hacia aquella decisión. La médica presente, después de examinar los resultados, había emitido un juicio en sentido contrario.

Naturalmente, lo que dijo seguía siendo la opinión de una médica, no una conclusión demostrada. Hay que ir con cuidado al usarla como prueba de que la decisión fue errónea: sería rechazar un juicio profesional no contrastado mediante otro juicio profesional tampoco contrastado. Su peso está en otra parte. Demuestra que entonces no había una opinión médica compartida, aunque a menudo se ha contado que quienes retiraron la prueba obedecían al consenso médico de la época. La palabra «consenso» no cabe aquí. No lo había.

El otro camino reconoce que la decisión tenía sus propias razones dentro del contexto médico y organizativo de la época, y que esas razones eran coherentes con el conocimiento tal como se estructuraba entonces.

A grandes rasgos, ese marco tenía tres niveles. El primero entendía el cuerpo femenino, ante todo, como un cuerpo para reproducirse y criar: el ejercicio moderado era beneficioso, pero los esfuerzos de resistencia excesivos o competitivos podían perjudicar la salud y la capacidad reproductiva. El segundo consideraba que el espectáculo poco decoroso posterior a la carrera era un problema de gestión. La cuestión no era si las atletas habían sufrido daño, sino qué había visto el público. El tercero aspiraba a orientar el programa olímpico femenino hacia las llamadas disciplinas estéticas. En esa dirección iba la propuesta de Baillet-Latour, presidente del Comité Olímpico Internacional, en 1930.

De los tres, el segundo merece especial atención, porque no tiene nada que ver con el estado físico de las atletas. Se ocupa de la imagen. Y la imagen era precisamente lo que habían proporcionado los periódicos de los que hemos hablado.

Hay otra razón para aislar este punto. El primer nivel se preocupaba por el posible daño a las atletas. Esa afirmación podía contrastarse con pruebas, y más tarde se contrastó y refutó. El segundo se ocupaba de la impresión del público y el tercero, de las preferencias estéticas. No son afirmaciones sobre el daño físico que puedan refutarse del mismo modo: una impresión o una preferencia no se vuelve verdadera o falsa por lo que diga un examen médico. Una decisión sostenida por esas tres clases de razones puede perder su fundamento relativo a la salud y seguir en pie sobre los otros dos. Por eso acumular pruebas no siempre consigue cambiar una decisión.

Los dos caminos, por tanto, no son explicaciones enfrentadas: encajan en el mismo hecho. La prensa amplificó una imagen, esa imagen entró en el juicio de los delegados y el marco de conocimiento de la época ya ofrecía una vía para considerar legítima la impresión del público. Ninguno de esos tres elementos habría bastado por sí solo para eliminar la prueba. Juntos sí bastaron.

Hay algo que debemos dejar claro: esta búsqueda en fuentes públicas no ha permitido elaborar una lista, artículo por artículo y edición por edición, de las publicaciones y los manuales médicos de alrededor de 1928. Podemos reconstruir la estructura de conocimiento de quienes defendían las restricciones y recuperar los testimonios del personal médico presente que se oponía a ellas. No podemos aportar una bibliografía que se pueda verificar entrada por entrada. Eso no significa que tal bibliografía no exista, sino que queda fuera de lo que esta búsqueda ha permitido ver.

Por último, está el desfase temporal entre ambos caminos.

Las pruebas fueron debilitando sistemáticamente el juicio equivocado. En cambio, la lógica de gestión de las pruebas siguió dejando huella durante mucho tiempo en la historia del reglamento. Lo veremos en la segunda mitad del episodio: en 1978, la negativa a incluir los 5000 y los 10 000 metros femeninos ya no se justificaba diciendo que las mujeres no pudieran soportarlos, sino que la participación mundial era insuficiente. Había cambiado la razón. La puerta seguía en el mismo sitio.

V. Otro libro de récords

Mucho antes de Ámsterdam ya funcionaba otro sistema.

Durante la década de 1920, Milliat presionó al Comité Olímpico Internacional y a la IAAF organizando competiciones internacionales femeninas independientes. Las cuatro grandes citas de la Federación Deportiva Femenina Internacional fueron, por este orden: París en 1922, Gotemburgo en 1926, Praga en 1930 y Londres en 1934.

Y la federación no se limitaba a organizar competiciones. Desde 1922 reconocía récords mundiales femeninos.

Este es el núcleo de la sección. Reconocer récords no es una tarea accesoria de quien organiza una competición. Es una de las funciones centrales de una federación internacional de un deporte: establecer, reconocer, publicar. Hacerlo equivale a declararse una institución capaz de decir: esta cifra cuenta.

Lo notable es que nadie le había concedido esa facultad. La Federación Deportiva Femenina Internacional no recibió de una instancia superior el poder de reconocer récords. Empezó a hacerlo por su cuenta y, como había atletas que competían, medios que informaban y personas que tomaban en serio aquellas cifras, terminó ejerciendo de hecho esa función. En el segundo episodio vimos que toda clasificación necesita una fuente, y que la propia tabla no puede conferir autoridad a la fuente de la que procede. Aquí aparece la otra cara de lo mismo: una institución puede convertirse en esa fuente a fuerza de realizar la tarea de manera sostenida.

Así, entre 1922 y 1936, las marcas del atletismo femenino tuvieron dos libros de registro.

En 1926 se alcanzó un compromiso. Milliat aceptó cambiar el nombre de Olimpiadas Femeninas por el de Juegos Mundiales Femeninos, a cambio de que el atletismo femenino entrara en los Juegos Olímpicos de 1928. El trato permite entender su estrategia: el sistema paralelo no estaba concebido para durar indefinidamente, sino para servir de baza en una negociación.

Pero el compromiso se cumplió a medias. Lo que entró en los Juegos de 1928 no fue un programa completo de atletismo femenino, sino unas pocas pruebas. La Asociación Británica de Atletismo Femenino se negó por ello a enviar un equipo: se habían prometido diez pruebas y solo se concedieron cinco.

Fue uno de los muy escasos boicots de la historia olímpica moderna protagonizados por mujeres para exigir igualdad en el programa. Y lo que boicoteaban era justamente aquella admisión que suele contarse como una victoria.

En 1936, la IAAF absorbió a la Federación Deportiva Femenina Internacional.

La absorción era distinta de las soluciones que hemos visto en episodios anteriores. No borraba de un plumazo las cuentas de la otra parte ni conservaba ambos libros en paralelo. Las explicaciones actuales de World Athletics sobre la progresión de los récords femeninos siguen señalando que algunos de los primeros récords mundiales de mujeres fueron reconocidos por aquella federación en 1922. Es decir, una parte de las entradas del libro absorbido sigue dentro de la genealogía oficial de los récords.

Pero hoy no hay una lista pormenorizada que indique qué entradas se incorporaron intactas y cuáles quedaron anuladas en silencio más adelante. Los documentos públicos bastan para demostrar que la autoridad se transfirió. No bastan para redactar un inventario de la transferencia, entrada por entrada.

El libro actual contiene, por tanto, un conjunto de anotaciones procedentes de una institución que ya no existe, y a simple vista no se distingue cuáles son. Cuando una construcción se traga a una competidora, no señala en sus cuentas qué renglones venían con lo que se tragó.

Conviene reparar en el contraste: aquel registro paralelo nunca fue declarado inválido mientras existió. Siempre fue real. Lo reconocía una institución internacional que funcionaba de verdad, y había atletas reales persiguiendo sus marcas. No desapareció porque lo hubieran refutado, sino porque había cumplido parte del propósito al que servía y porque sus organizadores nunca habían querido perpetuarlo. Una construcción puede terminar sin haber sido derrotada. Puede haber cumplido su cometido.

Aunque no conviene dejar la frase tan redonda. Lo que se había cumplido era el propósito de Milliat, en su propio nivel. Para las atletas que consiguieron marcas en las cuatro ediciones de los Juegos Mundiales Femeninos, lo importante no era si el libro había cumplido su función. Lo importante era si después su nombre seguía dentro. Hoy no podemos responder a eso porque no existe aquel inventario detallado del traspaso. La manera en que termina una construcción no significa lo mismo para quien la diseñó que para quienes quedaron registrados en ella.

VI. La que no tenía dorsal y la que sí

Los 800 metros femeninos regresaron en Roma, en 1960.

De 1928 a 1960: treinta y dos años.

Pero ese regreso no tiene un día que podamos señalar. Sabemos con certeza que la prueba estaba en el programa de Roma 1960. Las fuentes públicas no permiten fijar quién dio el último paso para restablecerla, en qué año y en qué reunión. Lo más prudente es entenderlo como el resultado de la expansión sostenida del programa femenino durante los años cincuenta y de la reevaluación del alcance del programa por parte de la IAAF y del Comité Olímpico Internacional. No como una única reunión que reparara la injusticia.

Vale la pena detenerse aquí.

El cierre de la puerta tuvo un acto concreto: una votación, una ocasión en la que se podían exponer los motivos, una conclusión que podía escribirse en un acta. La apertura no. Se repartió a lo largo de más de una década, por acumulación de actos que, tomados uno a uno, eran incompletos. Hasta el punto de que hoy no podemos decir en qué instante quedó consumada.

Una construcción no abre las puertas del mismo modo que las cierra. Cerrarlas exige una decisión, porque hay que oponerse a la situación existente. Para abrirlas basta con que esa situación vaya cambiando hasta que ya no necesite la puerta. Y esto último no produce documentos.

También por eso, cuando se recuerda este tipo de hechos, la memoria vuelve siempre al cierre. En 1928 hay algo que señalar: una votación, unos motivos, frases que se pueden citar. En 1960 no. Los relatos posteriores giran necesariamente alrededor del instante en que se cerró la puerta. En cambio, los más de diez años de apertura quedan casi en blanco, porque faltan hitos que puedan citarse. La forma en que una construcción registra lo ocurrido determina lo que podrán recordar quienes vengan después. Y resulta que lo que deja registrado son sus peores decisiones.

Las páginas oficiales de resultados permiten ordenar las incorporaciones posteriores: 1500 metros en Múnich 1972; 3000 metros y maratón en Los Ángeles 1984; 10 000 metros en Seúl 1988; triple salto en Atlanta 1996; salto con pértiga y lanzamiento de martillo en Sídney 2000; 3000 metros obstáculos en Pekín 2008.

De 1928 a 2008: ochenta años.

A mitad de ese recorrido hay dos sucesos muy próximos que ofrecen un contraste especialmente nítido.

En 1966, Gibb salió de unos arbustos junto a la línea de salida para incorporarse al maratón de Boston. Corrió en 3 horas, 21 minutos y 40 segundos. No llevaba dorsal.

En 1967, Switzer consiguió un dorsal al inscribirse con su nombre abreviado. Fue la primera mujer que terminó el maratón de Boston con un número.

La construcción reaccionó de maneras completamente distintas ante una y otra.

En el caso de Gibb, la controversia consistió en que los organizadores dudaron de que hubiera cubierto de verdad todo el recorrido. Es decir, la respuesta fue negar que el hecho hubiera sucedido. No figuraba en la lista, así que no había nada que anular. Solo se podía poner en duda la validez de su marca, y tampoco había manera de demostrar que su marca era falsa, porque ella nunca había estado dentro del sistema de cronometraje y control de participantes.

En el caso de Switzer, la respuesta fue agarrarla en plena carrera para sacarla del recorrido. Tenía dorsal, figuraba en el libro, era una entrada que se podía señalar.

Reaparece aquí la forma del caso de Thorpe que vimos en el episodio anterior. Se actuó contra quien había utilizado su nombre real; quienes habían usado nombres falsos quedaron a salvo. Esta vez es todavía más directo: solo se puede agarrar a quien ha entrado en el registro. La construcción no puede hacer nada contra la que se quedó fuera. Y, precisamente por eso, puede decir que no terminó.

El coste de cada respuesta también fue distinto. El forcejeo con Switzer quedó en una secuencia de fotografías que se convertiría en la prueba más conocida del episodio y acabaría perjudicando enormemente a los organizadores. Las dudas sobre Gibb no dejaron imágenes: se expresaban en palabras, no en un gesto. Cuando una construcción actúa sobre una entrada visible, sus propios actos también se vuelven visibles. Cuando trata con una persona invisible, sus actos siguen siendo invisibles. La visibilidad funciona en ambas direcciones. Quizá entonces no se les ocurrió.

La categoría femenina se estableció oficialmente en 1972. Más tarde, los organizadores reconocieron a Gibb como campeona de aquellos años pioneros.

VII. Primero el récord, después el derecho a participar

En 1978, la comisión femenina de la IAAF pidió que se reconocieran récords mundiales de 5000 y 10 000 metros y que ambas pruebas tuvieran cabida en las competiciones internacionales.

La IAAF se negó. Su argumento fue que la participación mundial todavía no había alcanzado un nivel suficiente.

En 1980 reconoció los récords mundiales de ambas distancias, pero siguió sin incorporarlas al sistema de campeonatos mundiales y competiciones internacionales de entonces. Por eso, de acuerdo con la regla vigente para introducir pruebas nuevas, ninguna de las dos llegaba a tiempo para Los Ángeles 1984.

En este proceso hay dos cosas que conviene separar.

La primera es el orden. Primero se reconocieron los récords; después, el derecho de las pruebas a entrar. Durante algunos años existieron récords mundiales oficialmente reconocidos cuyo organismo homologador no permitía que esas pruebas entraran en sus grandes competiciones. La medición ya funcionaba. La puerta de admisión seguía cerrada.

En el tercer episodio el orden era inverso. Primero se trazaba la línea de admisión: solo después de cruzarla se adquiría el derecho a ser medido. Aquí primero se medía y, mucho después de empezar a medir, se hablaba de entrar. Seguían siendo los mismos dos libros, solo que habían intercambiado sus posiciones. Y fuera cual fuera el orden, siempre había gente atrapada entre ambos.

La segunda cosa es el argumento mismo.

Fundamentar una negativa en la «participación insuficiente» presenta un problema estructural. El nivel de participación mundial en una disciplina depende, en buena medida, de que sea olímpica. Si no lo es, los países no reservan plazas para ella en las selecciones nacionales, no invierten recursos de entrenamiento y los jóvenes no eligen ese camino. La participación no aumenta, de modo que la prueba sigue sin alcanzar el umbral exigido.

La puerta exige a quien llama que ya posea aquello que solo podrá obtener una vez que la haya cruzado.

No es una trampa diseñada a propósito. Cualquier institución que quiera limitar su tamaño necesita un criterio para decidir qué merece convertirse en prueba oficial. Entre todos los criterios posibles, el grado de difusión es el más neutral y el más fácil de medir. El problema no está en la intención del criterio, sino en su forma matemática: convierte el resultado en condición.

Esta forma abunda en otros lugares. Una tecnología necesita difundirse para abaratarse, y abaratarse para difundirse. Una lengua necesita hablantes para que valga la pena aprenderla, y personas que la aprendan para tener hablantes. La diferencia es que en esos casos normalmente no hay una institución con la mano en el interruptor. Aquí sí. Cuando dentro de un círculo hay una institución capaz de decidir si hace una excepción, el círculo ya no es solo un retraso natural. Es también una decisión que podía tomarse y no se tomó. La diferencia importa mucho a la hora de juzgar, sin que por ello haya que atribuir mala intención a nadie.

En 1984, varias fondistas presentaron una demanda en California y pidieron al tribunal de apelaciones que ordenara incluir los 5000 y los 10 000 metros femeninos en los Juegos de Los Ángeles de aquel año. Alegaban que la regla del Comité Olímpico Internacional sobre incorporación de pruebas nuevas había encerrado históricamente a las mujeres en una posición de segunda categoría y perpetuaba la discriminación estructural contra las deportistas.

El Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito confirmó la negativa a dictar una medida cautelar. La mayoría entendió que, tal como estaba redactada, la regla se aplicaba por igual a hombres y mujeres y, por ello, no constituía una clasificación por sexo en el sentido jurídico que estaba considerando.

Aquí hay que leer por separado la acusación y la resolución.

El voto discrepante decía expresamente que la historia inicial de los Juegos Olímpicos modernos estaba manchada por una discriminación abierta contra las mujeres. También consideraba que la ley antidiscriminatoria de California debía haberse aplicado de una manera más favorable a las demandantes.

Así que el tribunal no declaró que el Comité Olímpico Internacional jamás hubiera discriminado. Lo que sostuvo la mayoría fue que, dentro de la estructura concreta de aquel litigio, la regla vigente no bastaba para justificar que la justicia impusiera de inmediato la incorporación de pruebas. Son dos afirmaciones completamente distintas que los relatos posteriores suelen fundir en una.

El razonamiento de la mayoría merece también una mirada, porque presenta una forma que reaparecerá a lo largo de toda esta serie. Una norma trata literalmente a todo el mundo por igual, pero la situación sobre la que opera ha sido producida por una historia que no trató a todo el mundo por igual. La norma recibe una distribución ya establecida y la trata de manera neutral. Esa neutralidad no es una fachada: es auténtica. Lo decisivo es que mantener la neutralidad ante un punto de partida asimétrico no produce resultados simétricos.

También hay que reconocer a la posición mayoritaria su lugar. El tribunal no tenía que resolver si la regla era justa, sino si podía ordenar inmediatamente, dentro de un litigio, que una organización internacional añadiera dos pruebas. Las respuestas a esas dos preguntas pueden ser diferentes. Que un tribunal se limite a la segunda no constituye una evasión. El voto discrepante habla de la historia; la mayoría, de lo que la justicia puede hacer en ese caso. No hablan de lo mismo, y por eso su coexistencia no supone una contradicción.

Si aquello constituía discriminación en sentido jurídico es otra pregunta. En 1984, la mayoría y el voto discrepante le dieron respuestas distintas.

VIII. Dos habitaciones

Hoy, la puerta que se cerró en 1928 está abierta.

Los Juegos de París alcanzaron la igualdad de género en el número de plazas de participación. Pero las cifras del propio Comité Olímpico Internacional son estas: 157 pruebas masculinas, 152 femeninas y 20 mixtas.

En atletismo, la asimetría que queda ya no consiste principalmente en que falte una prueba para las mujeres. Consiste en dar formas distintas a una misma prueba. Los hombres corren 110 metros vallas; las mujeres, 100. Cambian tanto la separación entre las vallas como su altura. La prueba combinada masculina es el decatlón; la femenina, el heptatlón.

El cambio mismo es lo más importante de este episodio: de excluir por supuesta incapacidad se ha pasado a diferenciar por reglamento.

En 1928 se decía que las mujeres no podían soportar aquella distancia. Hoy se invocan la tradición histórica, la comparabilidad de la competición y la continuidad de las reglas. La primera razón podía refutarse con pruebas, y ha sido refutada. La segunda no admite esa refutación porque no afirma nada sobre el cuerpo. Solo dice: las pruebas siempre han sido así; si las cambiamos, las marcas anteriores y posteriores dejarán de ser comparables.

Hay que juzgar ese cambio con justicia. Sustituir una afirmación falsa sobre el cuerpo por una afirmación verdadera sobre la continuidad de los registros es un progreso en todos los sentidos, y lo impusieron las pruebas acumuladas durante las décadas anteriores. La construcción abandonó una razón insostenible y adoptó otra que sí podía sostener. Solo hace falta ver esto: la puerta apenas cambió de sitio. Cambiaron las palabras escritas sobre ella. Una construcción puede cambiar sus fundamentos sin cambiar de forma. Y a menudo son las críticas las que la empujan a cambiar de fundamentos.

Y esa afirmación es cierta.

El decatlón y el heptatlón son dos conjuntos de pruebas, dos tablas de puntuación y dos listas de récords. Sus resultados nunca pueden convertirse unos en otros. No es un descuido: es el diseño. Para que dentro de cada conjunto puedan compararse marcas de épocas distintas, la imposibilidad de comparar ambos conjuntos debe mantenerse para siempre.

A partir del quinto episodio volveremos una y otra vez a esta estructura, que aquí aparece por primera vez con tanta nitidez: dos libros de cuentas paralelos, no porque uno haya vencido al otro ni porque alguno haya sido invalidado, sino porque la comparabilidad solo puede existir dentro de cada libro. Para que una columna de cifras continúe, hay que negarse a fusionarla con otra. La integridad de cada libro se compra al precio de su inconmensurabilidad con los demás.

Aquí enlaza también este episodio con el primero. La antigua lista de vencedores solo producía nombres, no comparabilidad. Por eso cuatro pistas de distinta longitud no suponían un problema para nadie. La construcción posterior eligió la comparabilidad. Pero, en cuanto esta se convierte en el fin, hay que seguir trazando límites: qué marcas pueden ponerse juntas y cuáles no. Cada línea nueva deja algo más fuera. A lo largo de ochenta años, el fundamento de esas líneas pasó del cuerpo al grado de participación y después a la tradición y la continuidad. El número de líneas no disminuyó.

Volvamos a aquella tarde de 1928.

Nueve corredoras terminaron unos 800 metros muy rápidos. La clasificación anotó nueve nombres y ocho tiempos: los segundos de la novena, Wever, no quedaron en las recopilaciones habituales. Se conservaron las imágenes y el testimonio de la médica que examinó a las atletas allí mismo. Ninguna de esas cosas tuvo relación con lo que vino después.

Lo que de verdad surtió efecto fueron unas crónicas. Hoy no podemos saber si quienes las escribieron estaban junto a la línea de meta.

Esta construcción tenía sus propias mediciones. Todo su aparato estaba hecho para producir aquella clasificación: había dispuesto cronometradores, jueces y procedimientos de registro. Luego miró el aspecto de aquellas mujeres sobre la hierba y dejó a un lado su propia medición.

La regla todavía no mide bien. Sigue midiendo.