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Ciclo Cincel–Constructo · Atletismo · Reescritura española
Ensayo 05 / 23

Cuatro variables se dan cita

Los 8,90 metros de Beamon pertenecen a la vez al atleta, a la altitud, al viento y al aparato de medición. El récord exige una cifra, pero no puede repartir una por una las causas que concurrieron para producirla.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

I. Una medición imposible

18 de octubre de 1968. Ciudad de México. Final masculina de salto de longitud.

En aquel salto de Beamon, el anemómetro marcó exactamente dos metros por segundo: el máximo permitido para que un récord fuera válido. La distancia fue de 8,90 metros.

El salto rebasó el alcance del equipo de medición que se estaba utilizando. El raíl del dispositivo óptico no era lo bastante largo para llegar al punto de caída. Los jueces tuvieron que recurrir a una cinta métrica de acero de las de antes y tardaron unos veinte minutos en fijar la distancia oficial.

La escena sirve bien para abrir este ensayo: convierte en una imagen todo lo que vendrá después.

Un aparato construido para ser preciso se encuentra con algo demasiado grande, no consigue medirlo y tiene que ceder el paso a una cinta métrica. Aquel dispositivo representaba la máxima precisión que esta construcción podía alcanzar en 1968, y dejó de servir justo cuando más se lo necesitaba. No se había averiado. El salto quedaba fuera de lo que su diseño contemplaba.

Hay una ironía discreta en todo esto. Quienes diseñan un aparato de medición fijan su alcance a partir de las marcas anteriores. En la longitud de aquel raíl estaban escritos, por tanto, todos los saltos más largos de la historia, más un margen razonable. Beamon saltó más allá de ese margen: más allá de la frontera de lo posible que toda la historia anterior había trazado. El aparato no podía medirlo porque estaba hecho a la medida del pasado, no porque estuviera mal hecho. Y aquel salto no pertenecía al pasado.

Después de aquel salto quedó otra cosa que tampoco se podía medir, como al principio no se habían podido medir los 8,90 que acabó dando la cinta. Solo que esta vez no era la distancia: eran las causas.

Aquel día se dieron cita cuatro variables: la altitud, el viento, una pista nueva y el estado del propio atleta. Las cuatro actuaron a la vez sobre el salto, y después no hubo forma de separar la contribución de cada una. No fue por falta de detalle en los registros. Como veremos, estaban entrelazadas en la propia física del acontecimiento.

Este ensayo no trata, por tanto, de cuánto ayudó Ciudad de México a Beamon. Esa pregunta no tiene respuesta. Trata de por qué sigue sin tenerla y de lo que hace una construcción dedicada a medir con precisión cuando se encuentra con un acontecimiento cuyas causas no puede repartir.

Veamos primero esas cuatro variables.

II. Una pérdida y una ganancia

El estadio olímpico de atletismo de Ciudad de México se encontraba a unos 2240 metros sobre el nivel del mar.

Según las relaciones de la atmósfera estándar, la densidad del aire a esa altura ronda los 0,98 kilogramos por metro cúbico, aproximadamente el 80 % de la densidad al nivel del mar. La presión atmosférica se aproxima al 76 % de la presión estándar al nivel del mar.

En esas dos cifras se esconde la división que atravesó todos aquellos Juegos.

El aire menos denso tiene dos consecuencias que actúan en sentidos opuestos. Una es que disminuye la resistencia aerodinámica. Para un cuerpo que se mueve a gran velocidad, la resistencia baja cuando baja la densidad del aire; de ahí que el aire enrarecido ayude en la velocidad y los saltos. La otra consecuencia es que hay menos oxígeno disponible. El consumo máximo de oxígeno del ser humano disminuye al aumentar la altitud; de ahí que ese mismo aire perjudique las pruebas de resistencia.

La misma circunstancia supone una ganancia para un grupo de pruebas y una pérdida para otro.

Conviene fijarse en que ambas consecuencias implican a las mismas moléculas de aire, pero apuntan en direcciones contrarias porque intervienen en dos cosas distintas. La resistencia aerodinámica tiene que ver con cómo atraviesa el aire un cuerpo en movimiento; el oxígeno, con cómo obtiene energía de ese aire el cuerpo humano. En el primer caso, el aire enrarecido deja paso; en el segundo, no alcanza. Unos Juegos sitúan bajo el mismo cielo a quien corre cien metros y a quien corre diez mil, pero ese cielo significa cosas completamente distintas para cada uno. No es que el cielo tenga favoritos. Las dos pruebas le piden cosas diferentes.

Todo esto se había calculado antes de la competición. En un trabajo publicado en 1965, Pugh subrayaba que la altitud empeora el rendimiento aeróbico porque el consumo máximo de oxígeno disminuye a medida que se asciende; a la vez, la menor densidad del aire reduce la resistencia aerodinámica. Antes de que empezaran los Juegos, pues, ya se había previsto que los resultados se separarían por familias de pruebas: la velocidad y los saltos ganarían rapidez; las pruebas de resistencia la perderían.

Los resultados de aquellos Juegos pusieron en escena la predicción.

Del lado de la velocidad: los 200 metros de Smith, 19,83 segundos, récord mundial. Los 400 de Evans, 43,86, récord mundial y primera vez en la historia que alguien bajaba de los 44 segundos. Los 400 metros vallas de Hemery, 48,12, récord mundial; la marca anterior a los Juegos era de 48,8. Del lado de la longitud estaba Beamon, que había hecho añicos el récord anterior.

Del lado de la resistencia: los 1500 metros de Keino, 3 minutos y 34,91 segundos, fueron récord olímpico, pero quedaron por encima del récord mundial previo a los Juegos, 3 minutos y 33,1 segundos. La crónica oficial de los 10 000 metros registra un paso por los 5000 en 15 minutos y 00,6 segundos: un ritmo más lento que el de la final olímpica de 1924.

Los lanzamientos quedaron en un término medio. Matson alcanzó los 20,54 metros en el lanzamiento de peso, por debajo del récord mundial anterior a los Juegos, 21,78. Lusis lanzó la jabalina a 90,10 metros: récord olímpico y un gran lanzamiento, aunque sin la ruptura explosiva que se vio en la velocidad y los saltos.

Si se ordenan por pruebas los resultados de todos aquellos Juegos, aparece una división nítida. El aire enrarecido no mejoró todas las marcas por igual: elevó unas y deprimió otras. Y la frontera cayó justo donde los cálculos de Pugh la habían situado antes de la competición.

Para esta construcción, el asunto era incómodo. Todo su sistema de récords descansa en un supuesto: las marcas de una misma prueba pueden compararse aunque se obtengan en lugares distintos. Ciudad de México mostró que, al cambiar de altitud, unas pruebas se desvían en una dirección y otras en la contraria, y que tampoco coinciden las magnitudes de esas desviaciones. La sede no es, por tanto, un decorado que pueda ignorarse. Es una variable que reescribe sistemáticamente las marcas, y las reescribe de manera distinta según la prueba. En aquellos Juegos, una construcción fundada en la comparabilidad se encontró con los límites físicos de esa comparabilidad.

Esto es lo esencial acerca de la altitud. No constituye una ventaja en un solo sentido. Tiene doble filo, y el lado por el que corta depende de si la prueba exige luchar contra el aire o consumir oxígeno.

III. La polémica empezó al elegir la sede

Estas relaciones físicas ya se conocían antes de 1968. Ya habían suscitado controversia en 1963, desde el día en que se eligió Ciudad de México.

Las noticias de entonces muestran que los entrenadores y los médicos deportivos de países de baja altitud estaban especialmente preocupados por las pruebas de resistencia y la aclimatación. El Comité Olímpico Internacional no cambió la sede.

Antes de los Juegos se llegó a proponer que la competición se trasladara al nivel del mar. Un reportaje de notable influencia en su momento recogía la propuesta de algunas figuras del deporte británico y belga de llevar allí las pruebas de resistencia. Mencionaba expresamente la ciudad costera de Veracruz como ejemplo de la alternativa que tenían en mente. Es una prueba de que se discutió el traslado antes de los Juegos, aunque la idea nunca se convirtió en política del COI.

También se movilizaron los organismos olímpicos y de investigación en medicina deportiva de distintos países. Entre los materiales localizables en esta revisión, el ejemplo más claro es el proyecto de la Asociación Olímpica Británica de 1965 sobre la altitud en México, conservado en los catálogos de archivos olímpicos y de la propia asociación. Es una evidencia sólida de que el problema de la altitud ya había entrado en las instituciones: no era solo una discusión de prensa.

Llegados aquí, hay que separar lo que puede confirmarse de lo que no.

Se puede confirmar que existió aquel proyecto británico, que antes de los Juegos había una inquietud generalizada y que se discutió la posibilidad de cambiar de sede. Lo que no se ha podido reconstruir es el expediente completo de todos los dictámenes médicos remitidos por los países al COI, ni el rastro documental original íntegro de cada propuesta formal de traslado. La existencia de aquellas preocupaciones está fuera de duda. Un inventario comparativo completo de lo que presentó cada país no está al alcance de esta revisión.

Hay un aspecto de esa laguna que merece atención. Las objeciones anteriores a los Juegos procedían sobre todo de países de baja altitud; entre quienes defendían celebrarlos según lo previsto estaba el propio anfitrión, situado en una meseta. Es muy posible, por tanto, que la postura de cada país sobre competir en altura guardara relación con la altitud a la que vivía. Recuerda a la votación para suprimir una prueba que vimos en el cuarto ensayo: el único país que la defendió era el que más se beneficiaba de ella. Probablemente también aquí las posiciones seguían las ganancias y las pérdidas. Pero para demostrarlo haría falta ese inventario completo que no tenemos. Solo cabe señalar la posibilidad, no darla por establecida.

Los investigadores discrepan sobre cuánto logró tranquilizar al COI la ciencia antes de los Juegos. Según una interpretación, la acumulación de estudios fisiológicos hizo que la competición pareciera abordable mediante la aclimatación y la planificación. Según otra, el COI absorbió esos conocimientos en su estrategia política sin llegar a resolver el problema de equidad para los corredores de resistencia. Ambas lecturas aparecen en la bibliografía secundaria.

Merece la pena detenerse en esa discrepancia: contiene, a pequeña escala, todo este ensayo.

La ciencia no resolvió aquí el problema: fue absorbida. El perjuicio de la altitud para las pruebas de resistencia era un hecho físico calculable, y Pugh ya lo había calculado. Nadie refutó ese hecho ni lo eliminó. Unos Juegos celebrados según lo previsto simplemente pasaron por encima. Cuando una construcción se enfrenta a un hecho incómodo que ya ha sido calculado, no necesita necesariamente demostrar que es falso. Puede seguir funcionando y dejar el hecho donde estaba.

Volveremos a encontrar esto en la segunda mitad del ensayo, y con un contorno más claro.

IV. Cuatro variables y ninguna se puede aislar

Apliquemos ahora las cuatro variables al salto de Beamon.

La primera es la altitud. Reduce la resistencia del aire, que actúa tanto durante la aceleración en la carrera de aproximación como durante el vuelo después de la batida. Por tanto, la altitud influye a la vez en la carrera y en el vuelo.

La segunda es el viento. Aquel día soplaba a favor a dos metros por segundo, dentro del límite reglamentario. También el viento actúa sobre la carrera y sobre el vuelo. También él influye en las dos fases.

Aquí surge un problema decisivo con la altitud y el viento: operan mediante el mismo mecanismo. Ambos modifican la velocidad y la distancia al cambiar la resistencia del aire. Esto significa que, en los datos, sus efectos son colineales. La ayuda que presta un viento a favor de dos metros por segundo y la que presta el aire menos denso de la altitud son, físicamente, una ayuda de la misma clase. Una vez superpuestas, no hay manera de decir qué parte pertenece al viento y qué parte a la altitud. Un estudio estimó que, a unos 2250 metros, la ventaja de la altitud en los cien metros equivale aproximadamente a un viento a favor legal de dos metros por segundo. Aquel día, por tanto, Beamon recibió a la vez dos ayudas casi iguales en magnitud y de la misma naturaleza.

Esta colinealidad es el núcleo técnico de la imposibilidad de atribuir las causas, y conviene explicarla un poco más. Si dos variables actúan mediante mecanismos diferentes, en principio todavía pueden separarse: dejarán huellas distintas en lugares distintos. La altitud y el viento recorren, en cambio, el mismo camino. Dejan el mismo tipo de huella en los datos, y, una vez superpuestas, no hay ninguna marca que permita asignar un tramo a una y otro a la otra. No es un problema de precisión. Por muy exacta que sea la medición, solo alcanzará la huella conjunta, no las dos fuentes que ya han confluido.

La tercera es la pista. Era una superficie de poliuretano apta para cualquier tiempo, que sustituía a las antiguas pistas de ceniza. Modificaba la carrera y la batida, pero no intervenía directamente en la aerodinámica. La superficie sintética proporcionaba un agarre más estable, reducía la pérdida de velocidad durante la fase de apoyo y eliminaba muchas incertidumbres de la ceniza. Su modo de actuar era distinto del de las dos primeras variables: intervenía entre la persona y el suelo, no entre la persona y el aire.

La cuarta es el estado del propio atleta. La forma competitiva, el nivel de activación, cómo se encontraba y respondía ese día: todo ello intervenía en todo, sin que pudiera observarse mecánicamente.

Ninguna de esas cuatro variables puede extraerse del salto y colocarse por separado en una balanza.

No es que faltara detalle en los registros. Ni con registros mucho más minuciosos podrían extraerse, porque su entrelazamiento es estructural. La altitud y el viento comparten un mecanismo y no pueden separarse entre sí. La pista actúa sobre la carrera; los efectos de la carrera se transmiten al vuelo a través de la batida y se mezclan con los del aire. El estado del atleta interviene en las cuatro fases. No es un problema de precisión, sino de identificabilidad.

La falta de precisión y la falta de identificabilidad son carencias distintas, y distinguirlas es fundamental para todo este ensayo. Cuando falta precisión, se ha medido algo, pero con escaso detalle; en principio, un instrumento mejor puede corregirlo. Cuando falta identificabilidad, la estructura de esas magnitudes impide medirlas por separado. Cambiar de instrumento no sirve, porque el problema no está en él, sino en la relación entre las magnitudes. El problema de Ciudad de México fue, de principio a fin, del segundo tipo. Por eso se equivocan de camino quienes confían en que unos datos mejores resolverán la atribución: ninguna cantidad de datos puede identificar por separado cuatro variables que han quedado inseparablemente entrelazadas.

Hace falta aclarar una distinción más, porque en ella está el centro de este ensayo.

Que algo pueda modelizarse no significa que sea identificable. Modelizar es obtener una cifra a partir de un conjunto de supuestos. Identificar es determinar por separado, a partir de las observaciones, la contribución real de cada factor, sin depender de esos supuestos. El salto de Beamon puede modelizarse; distintas personas lo han hecho y, con distintos supuestos, han obtenido distintas cifras. Pero no es identificable, porque no hay un conjunto de observaciones lo bastante rico como para separar la contribución de las cuatro variables sin establecer de antemano aquellos supuestos.

Y las observaciones necesarias no quedaron registradas en 1968. Hoy no disponemos de los datos cinemáticos completos de la batida de Beamon, ni del campo de viento preciso a lo largo de todo el pasillo durante aquel salto. Tampoco de las variables de interacción entre el calzado y el suelo, ni de la estructura de las ráfagas locales sobre la tabla de batida y el foso en aquel instante. Son precisamente los datos que más querría tener un modelo causal moderno. Su ausencia es la razón central de que la descomposición de aquellas cuatro variables siga sin solución.

V. La magnitud del salto depende de la pregunta

Se ha intentado descomponer el salto de Beamon. El resultado no ha sido una cifra de consenso, sino varias estimaciones diferentes.

El análisis de Ward-Smith de 1986, citado con frecuencia, modelizó expresamente para Beamon los efectos de la altitud y del viento. Trabajos posteriores de aerodinámica resumen la estimación de la ganancia conjunta por altitud y viento legal a favor en unos 31 centímetros. Algunas versiones divulgativas y semitécnicas ofrecen un abanico más amplio de supuestas marcas equivalentes al nivel del mar y sin viento. Pero son resultados de modelos, no resultados de mediciones.

Esa distinción casi siempre se pierde cuando el asunto llega al público. Una cifra concreta, como 31 centímetros, suena a conclusión de una medición, como si alguien hubiera medido de verdad cuánto ayudaron conjuntamente la altitud y el viento. En realidad, es el valor que produce un modelo bajo ciertos supuestos. Se cambian los supuestos y cambia la cifra. Confundir lo que calcula un modelo con lo que mide un instrumento es el malentendido más frecuente en estas discusiones. Hace parecer determinado algo que, por su propia naturaleza, no puede determinarse. La certeza de la cifra oculta la incertidumbre de los supuestos.

Las estimaciones difieren, pero no solo porque discrepen sobre el tamaño de una cifra. La divergencia más profunda está en cuál es la unidad de comparación.

Unos preguntan: con el mismo atleta, en el mismo estado y haciendo ese mismo salto, ¿qué distancia habría alcanzado al nivel del mar y sin viento?

Otros preguntan: ¿en qué medida Ciudad de México aumentó la probabilidad de que el atleta llegara a encontrarse en aquel estado?

Son dos preguntas causales distintas. La primera ya carga con supuestos muy exigentes: tiene que imaginar una versión al nivel del mar de un salto que nunca ocurrió allí. La segunda resulta casi imposible de responder con los datos conservados, porque pregunta cómo influyó todo un conjunto de condiciones en que una persona alcanzara o no ese estado en aquel día.

La existencia de esas dos preguntas ya nos dice algo. Cuando no se pueden atribuir limpiamente las causas de una marca, se bifurca incluso la manera de plantear la atribución. No tenemos una pregunta clara para la que no encontramos respuesta. La propia pregunta no es única, y cada forma de formularla conduce a una dirección distinta, tan imposible de verificar como las demás.

Conviene detenerse en algo: todas estas preguntas recaen sobre una marca que ya había sido reconocida oficialmente.

El salto de Beamon fue válido de principio a fin. Siempre fue real. El viento estaba dentro del límite; la distancia se midió conforme al reglamento, se homologó y se inscribió en la lista de récords. Que entrenadores, estadísticos y físicos se preguntaran cuánto debía a las condiciones de Ciudad de México no alteró ni por un segundo su posición en el libro de cuentas.

Es un rasgo fundamental de esta construcción, que ya hemos visto una y otra vez en los ensayos anteriores: el libro registra una cifra, no las causas de esa cifra. Para que los 8,90 entraran en la lista hacían falta una lectura del viento, una medición y unas firmas. No hacía falta explicar cómo se había producido el número. Las causas quedan fuera del libro. Se puede discutir sobre ellas eternamente sin que dentro se mueva una sola línea.

En realidad, esto es una condición para que la construcción siga funcionando, no un defecto suyo. Si antes de reconocer una marca hubiera que descomponer sus causas, casi ninguna podría reconocerse: detrás de cada una hay viento, una instalación, el estado del atleta ese día e innumerables cosas imposibles de separar. Registrar resultados sin registrar causas parece un procedimiento tosco. Es precisamente lo que permite seguir llevando las cuentas en un mundo donde las causas permanecen entrelazadas. La construcción renuncia a explicar a cambio de poder registrar.

El récord de Beamon duró hasta 1991, cuando Powell lo sustituyó con un salto legal de 8,95 metros. Veintitrés años. De ahí también que la pregunta por la atribución se volviera duradera, en vez de agotarse en una ocasión. El salto permaneció veintitrés años en lo más alto de la lista, y durante esos veintitrés años nadie pudo decir qué parte pertenecía a aquel hombre y qué parte a Ciudad de México en aquel día.

VI. El organismo rector resolvió otro problema

Lo que esta construcción hizo después de unos Juegos así es una de las cosas más reveladoras de este ensayo.

No se ocupó de la altitud.

La política que World Athletics ha mantenido a lo largo del tiempo permite homologar como récords las marcas obtenidas en altura. Una de sus recopilaciones oficiales de récords señala que la IAAF no distingue entre las marcas logradas a gran altitud y las obtenidas en sedes bajas. Añade que, dado que la altitud puede favorecer de forma sustancial la velocidad y los saltos, algunos estadísticos llevan por su cuenta listas no oficiales de marcas a baja altitud.

Aparecen aquí dos libros de cuentas. Uno es la lista oficial de récords, que no distingue altitudes. El otro es la lista de baja altitud que mantienen los estadísticos por su cuenta, apartando las marcas de altura. Los dos coexisten, pero el libro oficial no otorga al otro ningún reconocimiento institucional. Acabamos de ver libros paralelos en el cuarto ensayo; aquí tenemos otro caso. Fuera de sus registros formales, una construcción es complementada por sus propios profesionales mediante un libro en la sombra. Y ese libro recoge precisamente lo que el oficial se niega a registrar.

La manera de existir de ese libro en la sombra merece atención. Lo mantienen estadísticos a título particular y carece de cualquier condición oficial. Sin embargo, siguen manteniéndolo, lo cual indica que un grupo considerable de personas lo necesita. Lo necesitan porque, a su juicio, el libro oficial omite algo real: la altitud sí ayudó. Así, las lagunas de las cuentas oficiales se compensan gracias a quienes llevan otro libro al lado. Cuanto más insiste una construcción en la pureza de su propio libro, más libros de esta clase le crecen alrededor, dispuestos a acoger la parte de la realidad que se niega a reconocer.

No está tan claro como sugieren muchos relatos posteriores que la IAAF llegara a estar cerca de establecer formalmente una lista separada de récords de altura. Sí se puede confirmar la existencia de progresiones no oficiales de baja altitud, nacidas porque la política oficial siguió homologando marcas de altura. Lo que resulta difícil de confirmar con las fuentes originales localizables en esta revisión es una secuencia documental pormenorizada que demuestre que la IAAF estuvo formalmente cerca de adoptar aquel registro separado, así como el desarrollo exacto del debate que lo descartó. El resultado de la política está claro. La historia completa de las propuestas es bastante más fragmentaria en los materiales públicos de lo que dejan entender muchos resúmenes.

Lo que la construcción hizo de verdad fue intervenir en otra parte.

A mediados de los años setenta, la IAAF eligió otra línea divisoria. En vez de una lista independiente de récords de altura, reglas de cronometraje más estrictas. La cronología histórica de World Athletics recoge que, en 1976, la IAAF acordó aceptar únicamente el cronometraje automático para los récords mundiales de velocidad.

Es una pista documental decisiva.

De todos los problemas que planteaban unos Juegos así, la construcción acabó regulando el más controlable. La altitud no se puede legislar: es geografía. Al viento solo se le puede fijar un umbral, y una vez fijado, ahí termina la intervención. La pista sintética se había convertido en la norma; no había vuelta atrás. Lo único que podía normalizarse por completo era el cronometraje, porque pertenecía al aparato de la propia construcción, y sobre su propio aparato esta tenía pleno control.

Así que se dedicó a regular el cronometraje.

Conviene describir con claridad lo que ocurrió. Cuando una construcción se encuentra con un conjunto de problemas que no puede resolver, se vuelve hacia aquel en el que sí puede intervenir y concentra allí todas sus fuerzas. No porque el cronometraje fuera la variable más importante. Al contrario: en el salto de Beamon no intervenía en absoluto, porque se trataba de salto de longitud. Se reguló el cronometraje porque era lo más controlable, no porque fuera lo más importante.

Aquí se ve una pauta de conducta que no se limita al atletismo. Si una institución se enfrenta a varios problemas, unos abordables y otros no, casi inevitablemente dirigirá su atención y sus recursos hacia los primeros, y trabajará sobre ellos con creciente minuciosidad. Con el tiempo, sus capacidades adquirirán una forma sesgada: un desarrollo extraordinario en la dirección de lo controlable y casi un vacío en la de lo incontrolable. Quien observe desde fuera tanto esfuerzo en la primera dirección puede confundirla con la más importante. En realidad, es aquella en la que resulta más fácil hacer fuerza.

Lo controlable y lo importante son cosas distintas. Al elegir qué problema atender, la construcción se guía por lo primero, no por lo segundo. La altitud importa más porque modifica sustancialmente las marcas y su contribución no puede aislarse. El cronometraje no cambia la marca realizada: cambia la precisión con que se registra. La construcción dejó de lado el problema importante e intratable que alteraba los resultados, y se ocupó del secundario, plenamente controlable, que no los alteraba.

El próximo ensayo tratará de la solución que adoptó para el cronometraje y de lo que esa solución dejó, a su vez, sin resolver.

VII. Un precedente efectivo

Hay que dejarlo claro: que las marcas obtenidas en altura puedan homologarse como récords no es una disposición vacía sobre el papel. Tiene precedentes concretos.

La progresión oficial, o ampliamente reconocida, del récord masculino de cien metros incluye los 9,95 segundos de Hines en Ciudad de México y los posteriores 9,93 de Calvin Smith en Colorado Springs. Ambas sedes están en altura. Precisamente por eso los estadísticos acabaron manteniendo listas no oficiales de marcas a baja altitud.

Los 9,95 de Hines tienen un significado añadido. Son uno de los hitos más citados de la historia de los cien metros masculinos, uno de los hitos oficiales de la ruptura de la barrera de los diez segundos en condiciones reglamentarias. Y esa marca histórica se logró justamente en aire enrarecido. Algunos de los momentos de ruptura que más aprecia esta construcción ocurrieron bajo condiciones que sabía favorables, y optó por aceptarlos íntegros. No puso un asterisco en sus asientos más brillantes: con un asterisco, aquel brillo habría dejado de ser puro.

Estos dos precedentes significan que las marcas de altura no se toleran a regañadientes. Se aceptan plenamente como récords oficiales. Los 9,95 de Hines fueron un récord mundial con todas las de la ley, aunque se hubieran corrido en aire enrarecido y aunque todo el mundo supiera que ese aire había ayudado.

Para otras sedes de altura, como Johannesburgo, Nairobi, El Paso o Denver, esta revisión no ha encontrado pruebas de homologación igualmente sólidas para cada ciudad por separado. Se puede afirmar con seguridad el principio: las marcas de altura pueden ser reconocidas como récords, y ese principio se ha aplicado de hecho. El archivo de precedentes, sede por sede, sigue siendo incompleto en el conjunto de fuentes originales que se ha podido reunir aquí.

Hay una conexión con los ensayos anteriores que merece señalarse.

La primera lista de récords, la de 1914 que vimos en el segundo ensayo, homologó retrospectivamente marcas de los veinte años anteriores, obtenidas en lugares y condiciones diferentes. Nació, por tanto, con una falta de uniformidad interna. Los 9,95 de Hines figuran junto a una marca de 9,95 al nivel del mar en la misma progresión de los cien metros, aunque todos sepan que no son la misma cosa. La lista ha elegido no distinguir. El precio es que nada garantiza que dos marcas contiguas sean comparables.

Es el movimiento contrario al del ejemplo del decatlón y el heptatlón con que terminaba el cuarto ensayo. Allí se rechazaba deliberadamente fusionar dos tablas para conservar la comparabilidad dentro de cada una: se aceptaba su inconmensurabilidad a cambio de mantener íntegra cada tabla. Aquí se renuncia deliberadamente a la comparabilidad interna para conservar una sola lista íntegra: se acepta la falta de comparabilidad a cambio de no dividirla.

Parecen dos decisiones contradictorias, pero son dos maneras de ponderar costes de una misma construcción en circunstancias distintas. La comparabilidad y la integridad no pueden maximizarse a la vez. Al clasificar las pruebas, la construcción eligió la comparabilidad; con las marcas de altura, eligió la integridad. La elección depende de qué coste sea mayor: separar o reunir. En el caso de la altitud, distinguir exigiría establecer una conversión para cada altura del planeta. Como eso no puede hacerse, decidió no distinguir.

VIII. Todas actuaron y no se pueden separar

Reunamos los hilos de este ensayo.

Sobre el salto de Beamon circulan dos explicaciones populares. Las pruebas no respaldan ninguna de las dos.

Una dice que aquel salto fue obra de Ciudad de México. Es afirmar demasiado. En la misma final, Beer obtuvo la plata con 8,19 metros y Boston el bronce con 8,16. Usaron la misma pista, compitieron a la misma altitud y saltaron también con vientos dentro del límite reglamentario. Solo uno se acercó a los 8,90. Si Ciudad de México produjo el salto, ¿por qué no hizo lo mismo con los otros dos? Las condiciones estaban a disposición de todos. Aquel salto solo hubo uno.

La objeción puede llevarse más lejos. Muestra que las condiciones eran necesarias, pero no suficientes. Sin ellas, probablemente el salto no habría llegado tan lejos. Con ellas, tampoco estaba garantizado que ocurriera: los otros dos atletas, bajo las mismas condiciones, no lo consiguieron. Necesarias pero no suficientes significa que no podía faltar ni aquel conjunto de condiciones ni aquella persona. Y decir que ninguna de las dos cosas podía faltar es otra manera de decir que no se puede repartir la responsabilidad. No hay forma de asignar una fracción del salto a las condiciones y otra al hombre, porque ambos eran premisas de que ocurriera. Entre premisas no hay porcentajes.

La otra explicación dice que las condiciones, en realidad, no importaban, porque todos utilizaron la misma pista a la misma altitud. También eso es afirmar demasiado. A lo largo del ensayo hemos visto que, en los datos, la altitud equivale a un viento a favor de dos metros por segundo. Y aquel día Beamon contó tanto con la altitud como con un viento real a favor de dos metros por segundo. Declarar irrelevante todo eso es ignorar la física.

La verdad histórica que resiste es más acotada y más sólida que cualquiera de esas simplificaciones: las cuatro variables actuaron, y los datos no permiten separarlas limpiamente.

La frase puede sonar a conclusión incompleta, a pregunta que queda en suspenso por falta de registros. No lo es. Describe la forma que tiene el propio acontecimiento.

En los ensayos anteriores, el resto solía ser aquello que la construcción había dejado fuera: nombres que no entraron en una lista, lecturas del cronómetro que se desecharon, marcas que no obtuvieron reconocimiento retrospectivo. Estaban fuera del libro, pero cada cosa seguía siendo nítida. Un nombre era un nombre; una lectura era una lectura.

El resto del salto de Beamon es distinto. No está fuera del libro: el salto ocupó con pleno derecho el lugar más alto de la lista de récords. El resto son las causas de esa cifra, y esas causas no pueden separarse. La parte de la altitud, la del viento, la de la pista y la del propio hombre no se perdieron. Nunca existieron como cuatro partes separadas. En aquel salto se fundieron en una sola cifra, 8,90 metros, y una vez fundidas no pueden volver a descomponerse.

Al colocar este resto junto a los anteriores se ve lo que tiene de particular. Antes, el resto remitía a la relación entre la construcción y lo que esta había dejado escapar. Las cosas estaban fuera y los límites eran claros. Aquí el resto está dentro, y precisamente dentro del asiento del que la construcción se siente más orgullosa. No es un otro excluido, sino la parte inexplicable de la propia marca que atesora. La construcción puede dejar algo fuera de sus cuentas. Lo que no puede hacer es desenredar las causas de una marca que ya ha inscrito en ellas. Cuanta más solemnidad pone en registrarla, más estrechamente abraza ese nudo.

Es una nueva forma del resto. Los anteriores eran cosas que la construcción no había recogido y que esperaban fuera. Aquí la construcción recogió, registró y homologó, para descubrir después que dentro de aquella cifra había cuatro cosas que ya no podían separarse. Puede poseer la marca. No puede poseer su explicación.

Volvamos al aparato de medición que no alcanzaba el punto de caída.

Era la cumbre de precisión de esta construcción en 1968, y ante aquel salto tuvo que ceder su lugar a una cinta métrica. La cinta midió 8,90 metros. La cifra era exacta. Pero la cinta, el dispositivo óptico que no había podido cumplir su función y todos los instrumentos de cronometraje y medición de distancias que la construcción se esforzó después en perfeccionar solo pueden medir el resultado. Cuánto se saltó, eso puede medirse. Por qué se saltó tan lejos, ningún aparato puede medirlo: las cuatro cosas que habría que medir ya se habían fundido en una sola, en el aire.

La regla aún no ha logrado medir con exactitud. Sigue midiendo.