Sobre esta edición
Nota de edición: Reescritura independiente en español del original chino, disponible en caracteres simplificados y tradicionales en la misma página.
Un hombre recién salido de la cárcel se arrodilla a la puerta. Quiere que lo acepten como discípulo.
No tiene nada: ni títulos, ni oficio, ni dinero, ni contactos. Al salir, ni siquiera tiene dónde quedarse.
Una vez escuchó rakugo en prisión. Alguien había ido a actuar para los presos y contó una historia. Él la escuchó allí y tomó una decisión. En cuanto terminó de cumplir la condena, vino derecho a esta puerta.
Sentado dentro está Yūrakutei Yakumo, octavo de ese nombre. En este momento, la cumbre de este arte.
Yakumo no ha tenido un solo discípulo en toda su vida.
Lo acepta.
Al mismo tiempo, tiene otro propósito
De eso otro que sucede a la vez quiero ocuparme aquí.
Yakumo pretende que el rakugo muera con él.
No lo dice en un arrebato ni como una queja. Es su propósito, y la obra dedica dos temporadas a indagar en él.
Los dos caracteres del título que se leen shinjū, 心中, designan en japonés un suicidio por amor, una muerte compartida por dos personas. Aquí se trata de un hombre y un arte.
Acepta a un discípulo. Al mismo tiempo, pretende que la transmisión de ese arte termine en sus manos.
Las dos cosas caben en la misma persona, durante el mismo tiempo.
Puede hacerlo
Conviene entender primero por qué puede hacerlo. De ahí depende el peso de su decisión.
El rakugo cuenta con textos y grabaciones. Pero ningún registro basta por sí solo para reconstruir un arte vivo. Una persona le cuenta historias a otra, una tras otra; la escucha y la corrige, durante muchos años.
Y hay algunas que, en este momento, solo Yakumo sabe contar.
No se trata de que «él las cuente mejor». Los demás no las saben. La generación anterior se las transmitió únicamente a él; o también se las enseñó a otros, pero esos otros ya no están. Las historias están en su cabeza. En ningún otro sitio.
Si no las enseña, desaparecen.
En este arte, eso no es una excepción. Es lo habitual. La historia del rakugo está llena de relatos perdidos así: murió quien sabía contarlos, no llegó a transmitirlos y del relato solo quedó el título.
Además, las condiciones de fuera le allanan el camino.
La época ha dejado de estar de parte de este arte. Cada vez hay menos público, cierran los yose, las salas donde se representa, los jóvenes no lo escuchan. Ya avanzada la historia, en todo Tokio solo queda un yose, y el rakugo únicamente aparece en las noticias cuando muere alguna de sus figuras.
No necesita hacer nada. Solo necesita dejar de hacer una cosa.
Esto no es colonizar a alguien
Llegamos a la distinción que quiero dejar asentada en este ensayo.
En esta línea de lecturas hemos visto muchas formas de lo que una persona puede hacerle a otra: convertirla en números, fabricarla según un pliego de especificaciones, utilizar sus pequeños deseos como asideros, decidir por ella en qué debe convertirse.
Todas comparten algo: quien actúa le quita algo a quien recibe la acción, o introduce algo en su interior.
Yakumo no ha quitado nada ni ha introducido nada.
No ha engañado a nadie. No se ha servido de nadie. No ha decidido por nadie. Tampoco impide que otros aprendan rakugo: fuera hay más intérpretes, otras escuelas, discos y grabaciones.
Solo pretende no entregar la parte que tiene en sus manos.
Cualquier sistema de reglas le reconoce ese derecho. Una persona puede disponer de lo que tiene. No hay principio alguno que obligue a alguien a transmitir a otros todo lo que sabe.
Y, aun así, la obra dedica dos temporadas a interrogar esa decisión.
Entonces, ¿dónde está el problema?
No está en si tiene derecho. Lo tiene.
Está en cómo se configura esa decisión.
Yakumo no es el primero que practica este arte. Todo eso que posee se lo entregaron otros. Y la generación que se lo entregó lo había recibido de una generación anterior. Si seguimos la línea hacia atrás, llegamos muy lejos.
Cada una de las personas que formaron sus eslabones hizo lo mismo: entregó lo que tenía.
Está al final de una línea que solo ha podido llegar hasta él porque todos los anteriores hicieron precisamente lo que él se propone dejar de hacer.
Esta frase no instituye una obligación. La obra tampoco se la pone a nadie en la boca como reproche: ningún personaje le dice que le deba explicaciones a este arte.
Es solo una afirmación sobre el lugar que ocupa: todo lo que tiene ahora le fue entregado.
Higuchi
Hay alguien que no deja de hacerle preguntas.
Higuchi escribe, estudia el rakugo, vive fascinado por él. Acosa a Yakumo con su insistencia: quiere registrar, conservar, preguntarle por qué.
Cada vez que se enfrentan, Yakumo esquiva la respuesta directa.
La postura de Higuchi está clara: este arte no debe desaparecer. Quiere que quede algo, sea una grabación, un texto o cualquier otra forma de conservarlo.
Y lo que hace sirve. Registra, escribe, pelea por abrirle al rakugo todos los espacios que su época pueda ofrecerle. No es alguien que se quede en palabras.
Pero su empeño tiene un límite. Puede conservar una forma, un texto, una voz. No puede conservar aquello de una persona contándole historias a otra durante muchos años.
No discrepan sobre si el rakugo es bueno o malo. Los dos lo aman, los dos lo conocen, y Yakumo lo conoce muchísimo mejor que Higuchi.
Discrepan sobre otra cosa: quién decide si algo ha de conservarse.
La respuesta de Higuchi es que algo tan bueno no puede desaparecer.
La de Yakumo tarda mucho más en aflorar, poco a poco. Tiene que ver con un suceso de décadas atrás.
No quiere transmitirlo, pero enseña
Volvamos, para terminar, al principio.
Yakumo acepta a Yotarō.
Y, una vez aceptado, le enseña. En serio, relato a relato. Durante diez años.
La obra no lo muestra enseñando de cualquier manera. Vemos a un maestro formando a su discípulo: corrige, muestra cómo se hace, regaña, espera; vuelta a empezar.
Un hombre que pretende que este arte termine en sus manos se lo enseña a alguien todos los días.
A lo largo de sus dos temporadas, la obra nunca termina de explicitar la relación entre esas dos cosas.
Deja que este hombre conserve aquel propósito mientras actúa de este otro modo.
No hay un instante nítido en el que Yakumo cambie de opinión. A la obra le interesa otra cosa: alguien puede mantener intacta su declaración de intenciones y, aun así, lo que hace día tras día con otra persona puede ir produciendo un resultado que no estaba contenido en ella.
Para entender de dónde sale ese resultado, hay que retroceder muchos años. Dos muchachos enteramente distintos entraron el mismo día por aquella puerta. Más tarde recibirían dos nombres que, desde antes, formaban pareja.