Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Su muerte no demostró nada

Han Qin (秦汉) · Reescritura en español · 2026-10-09

Sobre esta edición

Nota de edición: Reescritura independiente en español del original chino, que permite alternar entre caracteres simplificados y tradicionales en una misma página.

1 de junio del año 800 del Calendario Universal. Las dos y cincuenta y cinco de la madrugada.

Un crucero llamado Leda II navega hacia el Brunhild. El emperador Reinhard ha propuesto una reunión y Yang Wen-li ha aceptado.

Terroristas de la Iglesia de la Tierra suben a bordo.

Hay quienes saben lo que está pasando. Justo después de la partida de Yang, Boris Konev llega a Iserlohn con noticias del plan de asesinato. Julian y los demás salen del puerto de inmediato para alcanzarlo.

No llegan a tiempo.

Dentro de la nave estalla un combate feroz. Patrichev muere. También muere el segundo jefe del regimiento de los Rosen Ritter.

Después, un disparo alcanza a Yang.

Mientras pierde la conciencia, pronuncia unas frases.

Qué dice al final

No habla de democracia.

No hace un alegato final ni deja instrucciones a quienes vendrán después. No pide que sigan adelante por ese camino. No dice nada que se pueda grabar en un monumento.

Pide perdón.

Perdóname, Frederica. Perdóname, Julian. Perdonadme todos.

Lo último que pronuncia son los nombres de unas personas.

Entre medias dice alguna otra cosa. Se queja, más o menos, de que con tanta sangre perdida su cuerpo debería pesar menos; también le parece lamentable acabar así.

Un hombre que, tras el alto el fuego recién acordado, va camino de concertar la paz dice estas cosas en un charco de sangre.

Qué clase de muerte es esta

Hay que precisar qué ocurre aquí, porque en ello consiste todo este ensayo.

Yang Wen-li no ha sido derrotado.

Ha combatido de manera extraordinaria en la batalla del Corredor y ha matado a varios de los generales más importantes del ejército imperial. Pero su propia flota también ha llegado al límite. En ese momento llega la propuesta de Reinhard de detener los combates y reunirse, y con ella se abre una oportunidad para la paz.

Tampoco muere a manos de ninguno de sus adversarios de guerra. Reinhard no sabe nada. El ejército imperial no sabe nada. Mittermeyer y Reuenthal no saben nada. Lo mata una organización religiosa ajena a esa guerra, por motivos que no guardan relación con su carrera militar.

La obra dedica más de ochenta episodios a construir a su mejor comandante y después lo mata sin que su muerte produzca nada.

Su muerte no cambia el curso de la guerra. El ejército imperial se queda sin objetivo contra el que combatir y se retira.

Su muerte no hace avanzar la causa de ninguno de los bandos. Las conversaciones de paz se vienen abajo, cuando aquella oportunidad solo se había abierto después de toda una campaña.

Su muerte no despierta ninguna conciencia, no lleva a ningún bando a cambiar de rumbo ni influye en decisión alguna.

Su muerte no demuestra que la democracia tenga razón. Tampoco demuestra que esté equivocada.

No demuestra nada.

Vale la pena detenerse aquí: es una forma de contar muy poco habitual.

En la mayoría de las historias, la muerte de un personaje importante produce algo: hace avanzar la trama, transforma a alguien, causa un acontecimiento posterior o confirma una idea. En la narración, la muerte suele funcionar como una inversión de la que se espera un rendimiento.

Esta vez no hay rendimiento.

La obra ni siquiera la convierte en un punto de inflexión. Lo que ocurre después no rompe con el rumbo anterior. El Imperio sigue funcionando, los que quedan siguen discutiendo y aquella afirmación sigue siendo una afirmación sin demostrar.

La misma figura, dos veces

Pongamos esta muerte junto a la que examinamos antes.

Kircheis muere en un atentado que no iba dirigido contra él. Ansbach quería matar a Reinhard; Kircheis se interpone. Va desarmado porque le han retirado el permiso para portar armas.

Yang Wen-li muere en un atentado ajeno a su guerra. Los objetivos de la Iglesia de la Tierra no tienen relación con ese conflicto, y él va de camino a negociar la paz.

Las dos muertes más importantes de la obra no son derrotas a manos de un adversario.

Ambos hombres representan lo mejor de su bando. Uno es la única persona con la que Reinhard puede hablar sin fingimientos; el otro, la única capaz de mantener en pie a la Alianza.

A ninguno lo vencen en aquello que mejor sabe hacer. Sus vidas terminan en otro lugar, por otra cosa, por otros motivos.

La obra no acompaña esa decisión de ninguna explicación. Ningún personaje se adelanta a pronunciar un discurso sobre el destino o lo imprevisible de la vida. Las dos muertes suceden y la historia continúa.

Hay algo más: en ambos casos interviene una decisión concreta que podría haber sido distinta.

Kircheis no lleva armas por una doctrina sobre la estructura de las organizaciones. Yang está en aquel crucero porque ha aceptado una invitación a conversar. La oportunidad de reunirse se había abierto después de toda una campaña: es lo más cerca que la obra llega a estar de la paz.

Los dos mueren justo en el paso con el que avanzaban hacia algo bueno.

Una afirmación que nadie ha demostrado

Al morir Yang, su afirmación de que los ciudadanos responden del mal gobierno bajo la democracia y el gobernante bajo la autocracia se encuentra en este estado:

Sigue sin haberse comprobado.

El país que protegía ya ha sido absorbido. Ninguna de sus victorias ha logrado evitarlo. Su propia muerte es la peor nota al pie que podría acompañar a aquella idea: alguien que insistía en seguir ese camino ha muerto en él sin ningún sentido.

La afirmación del otro bando, que un buen autócrata puede dar a la población tribunales e impuestos justos, está siendo corroborada al mismo tiempo, a gran escala y a la vista de todos.

Llegados a este punto, en un lado hay un Imperio entero que funciona bien. En el otro, una frase y un grupo de personas sin país.

Julian

Julian Mintz es el niño que Yang acoge mediante un programa de ayuda a los huérfanos de guerra.

Yang le enseña muchas cosas: a leer historia militar, a analizar una situación y a aislar el problema cuando todo el mundo discute a gritos. También lo deja ir a la Tierra para que conozca lo que hay fuera.

Julian crece en casa de Yang, cocina, se ocupa del hogar y es uno más entre los amigos de Yang. Más tarde solicita por su cuenta ingresar en el ejército. Yang no se lo impide ni le prepara el camino.

Nunca le dice en qué debe convertirse.

No designa a Julian como heredero. No deja instrucciones a modo de testamento ni le dice qué tendrá que hacer después de su muerte. De hecho, muere de manera tan repentina que no tiene tiempo de organizar nada.

No nombra un sucesor. Deja materiales.

La diferencia se vuelve concreta en cuanto Yang muere. La gente de Iserlohn tiene que decidir por sí misma adónde ir. Para tomar esa decisión cuenta con lo que él les enseñó, no con órdenes suyas.

Julian llegará a ser el comandante militar del Gobierno republicano de Iserlohn. Cada decisión que toma es suya.

Pero hay algo incómodo que la obra tampoco oculta: al decidir, Julian no deja de preguntarse qué habría hecho Yang. Lo toma constantemente como referencia.

¿Puede lo que deja una persona convertirse en una lista de exigencias suspendida sobre la cabeza de otra? La pregunta queda abierta. La obra permite que Julian encuentre su camino a trompicones; en ese recorrido hay momentos en que decide expresamente no actuar como Yang.

Este apartado no pretende proclamar que esa sea una forma superior de proceder. La obra tampoco lo proclama. Muestra el proceso: un hombre muere sin dejar nada dispuesto y los demás empiezan a moverse por sí solos.

Por qué la frase sigue ahí

Volvamos, por último, a aquella frase que no ha demostrado nada.

No desaparece con Yang. Pero perdura de una manera completamente distinta de la que permite perdurar a un sistema político.

Un sistema se mantiene mediante organismos, documentos, procedimientos y recursos económicos. Puede seguir funcionando muchos años aunque nadie crea ya en él.

Después de la muerte de Yang, aquella frase solo existe en quienes la recuerdan. No tiene organismos, documentos ni fondos. Cada día de su existencia depende de que ese día alguien siga dispuesto a hacer algo por ella.

Es una forma de existencia frágil. Puede interrumpirse en cualquier momento: basta con que quienes la sostienen mueran, se dispersen o pierdan las ganas de continuar.

Y tiene una propiedad: nadie puede guardarla por ti.

En cuanto alguien la abandona, deja de existir en esa persona. En cuanto alguien la recoge, existe en ella. No hay un eslabón intermedio ni nadie que pueda actuar en su nombre.

La obra dedica muchos episodios posteriores a la muerte de Yang a mostrar a un grupo de personas haciendo precisamente eso. Avanzan a trompicones, discuten, se equivocan. Algunos se van; otros se suman.

Y al otro lado, el hombre que ha ganado todas las guerras cae enfermo a los veinticinco años.

En el próximo ensayo.

Textos de referencia: las novelas de Yoshiki Tanaka y los 110 episodios de la serie principal de la OVA original de La leyenda de los héroes de la galaxia.

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