Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
← Leer La leyenda de los héroes de la galaxia
3 / 5

Un hombre que se negó a tomar el poder

Han Qin (秦汉) · Reescritura en español · 2026-10-09

Sobre esta edición

Nota de edición: Reescritura independiente en español del original chino, que permite alternar entre caracteres simplificados y tradicionales en una misma página.

Una sala de reuniones. Unos políticos ocupan la parte elevada; un militar está sentado frente a ellos, abajo.

Desde arriba lo interrogan sobre su lealtad. Las preguntas vienen a ser estas: ¿tiene ambiciones?, ¿sus subordinados solo lo obedecen a usted?, ¿va a rebelarse?

El militar acaba de librar una batalla que ha salvado al país.

Responde a todas las preguntas con mucha cortesía.

Fuera de la sala, sus subordinados están a punto de perder los estribos. Y esos subordinados tienen flotas a su mando.

El militar se llama Yang Wen-li.

El país al que pertenece

Primero hay que explicar qué es la Alianza de Planetas Libres. De lo contrario, la elección de Yang parecerá la más natural del mundo.

No es una hermosa república que merezca ser defendida.

Está corrompida. Los políticos llegan al poder con la demagogia y con la demagogia consiguen la reelección.

Ha lanzado una expedición gigantesca por necesidades electorales, no estratégicas: el grupo gobernante necesitaba una victoria para ganar unas elecciones. El plan lo redactó un oficial de Estado Mayor experto en guerras sobre el papel, y fue aprobado por los cauces habituales.

En aquella expedición murieron veinte millones de soldados de la propia Alianza.

Veinte millones no es la cifra de una desgracia imprevista. El desenlace era previsible desde el comienzo; de hecho, alguien lo había anunciado cara a cara. Yang advirtió en la reunión que la operación no podía salir bien. Lo ignoraron.

La Alianza convierte a los militares en instrumentos políticos y somete a Yang a una investigación sin fundamento jurídico. También ha sufrido un golpe militar, motivado en parte por la insoportable podredumbre del propio sistema.

Entre sus máximos dirigentes está Job Trunicht. Escala posiciones agitando el patriotismo, dice siempre lo que hay que decir y hace siempre lo que le conviene. Más adelante traicionará a este país de un modo más completo que cualquiera de los supuestos villanos de la obra.

No todos los abusos de ese Estado son legales: la investigación contra Yang carece de fundamento jurídico. Sigue en pie algo más incómodo: algunas catástrofes sí pasan por los procedimientos ordinarios. Trunicht ha sido elegido y la expedición que mata a veinte millones de personas ha recibido la aprobación del proceso normal de decisión.

Este sistema no ha impedido ni una sola cosa mala.

Yang lo sabe perfectamente. Y cuando lo dice es más mordaz que nadie. Lo que piensa del Gobierno de la Alianza, de Trunicht y de los motivos por los que los ciudadanos eligen a gente así resulta tan cáustico que muchos lectores, la primera vez, creen estar ante una burla de la propia democracia.

Tuvo ocasiones

Este es el hecho central del ensayo.

Yang Wen-li tuvo más de una oportunidad de hacerse con el poder. Y en todas ellas las condiciones eran muy favorables.

El ejército le era leal a él, no a aquel Gobierno. No es una conjetura: la obra muestra varias veces qué piensan sus subordinados al respecto, desde la broma a medias hasta la propuesta muy seria. Schönkopf, por ejemplo, se lo plantea directamente en más de una ocasión.

El Gobierno de la Alianza no habría podido resistirle. Carecía de tropas capaces de enfrentarse a las suyas, de una figura capaz de imponerse a él y de cualquier cosa que pudiera llevar a la población a ponerse de su parte.

Lo más probable es que la gente lo hubiese aceptado. Él era el héroe que los sacaba una y otra vez del borde de la destrucción; el Gobierno era quien volvía a empujarlos hacia ella.

Estaban dadas todas las condiciones. Más de una vez.

No tomó el poder ni una sola.

La obra le permite explicar por qué. Lo que viene a decir es esto:

En una democracia, la responsabilidad de un mal gobierno recae sobre los ciudadanos.

En una autocracia, la responsabilidad de un mal gobierno recae sobre el gobernante.

Su razón no es «la democracia es mejor». Su razón es «quién responde cuando las cosas van mal».

Conviene detenerse en esa respuesta: no se parece a las que solemos escuchar.

No afirma que la democracia sea más eficaz. Sabe que no lo es. No afirma que cometa menos errores. Ha visto al sistema cometer el más grave de todos. No afirma que el pueblo sea más sabio. Yang no tiene una opinión demasiado alta del pueblo.

Pregunta a quién pertenece el error.

Quien decide y se equivoca no está en la misma situación que quien sufre las consecuencias de una decisión ajena. El primero tiene su propia cuenta pendiente; la conserva en sus manos y quizá algún día consiga aclararla. En el segundo caso, la cuenta es de otro, y quien sufre apenas figura en ella como un número.

De ese razonamiento se sigue algo muy incómodo que la obra tampoco elude: la responsabilidad de aquellos veinte millones de muertos corresponde a quienes eligieron a ese Gobierno, incluidos los propios muertos.

El sistema no dejaba de actuar contra él

Yang no tomó el poder. ¿Qué hizo el sistema con él?

Lo citó una y otra vez a interrogatorios y puso en duda su lealtad.

Lo convirtió en capital político: sus victorias servían para captar votos en favor de los gobernantes.

Cada vez que prestaba un gran servicio, lo sometía a un procedimiento para cerciorarse de que no suponía una amenaza.

Al final emitió una orden de detención contra él.

Defendía un sistema que despreciaba, y ese sistema no dejaba de actuar contra él.

Ambas cosas sucedían a la vez, de manera prolongada y cotidiana. No fue que lo defraudaran una vez y él siguiera fiel a pesar de todo. Lo defraudaban cada día y él seguía fiel cada día.

La obra no convierte por ello a Yang en una figura de solemne sacrificio.

Se queja. Holgazanea. Bebe brandi con té negro. Quiere retirarse, lo quiere de verdad, vuelve al asunto una y otra vez y ha hecho números para saber si le alcanzaría la pensión. En cuanto encuentra ocasión, dice que no quiere seguir trabajando.

Su constancia no es una pose. Se parece más a la de alguien que rechaza repetidamente algo que tiene derecho a tomar: lo aparta como si nada y vuelve a echarse la siesta.

La falta de solemnidad importa. Si alguien rechaza el poder con gesto grave mientras la música sube de volumen, el rechazo se convierte en una representación. La obra deja que Yang lo aparte entre bostezos.

Quería hacer otra cosa

Hay otro dato necesario para entender quién es este hombre.

Yang Wen-li quería ser historiador.

Entró en la academia militar porque la matrícula era gratuita. Tras la quiebra del negocio de su padre, ya no tenía dinero para estudiar lo que quería, y la especialidad de historia militar no costaba nada. Estudiaba historia de la guerra, no táctica. Su plan inicial era sacarse un título a costa del ejército y después dedicarse a otra cosa.

La especialidad de historia militar desapareció. Lo trasladaron a estrategia.

Y acabó convertido en el mejor comandante de la galaxia.

En El Facil se hizo héroe por organizar la evacuación de civiles, no por ganar una batalla. Todos los puestos a los que lo fueron empujando eran puestos que no quería.

Se pasa la obra entera haciendo la guerra y detesta hacerla. Lo repite una y otra vez. La detesta tanto que, después de cada victoria, lo primero que hace es contar los muertos.

Todas sus capacidades están dedicadas a algo que no quiere hacer. Lo que siempre quiso hacer sigue sin haberlo conseguido.

Vale la pena volver un instante a por qué estudiaba historia militar. Quería comprender la historia, y esa era la historia que podía estudiar gratis. Por querer leer una cosa, entró en un lugar que acabaría convirtiéndolo en un experto en matar.

Incluso después, su forma de analizar una batalla sigue siendo la de alguien que lee historia. No pregunta qué quiere hacer el enemigo. Pregunta qué posiciones permite la situación y cuáles vienen impuestas por ella.

Llegó a salir

Este es el apartado que más fácilmente se pasa por alto.

Después del alto el fuego de Vermilion, Yang se reúne con Reinhard. Durante el encuentro, Reinhard le ofrece el rango de mariscal imperial.

Yang lo rechaza cortésmente.

El 25 de mayo del año 799 del Calendario Universal se firma el Tratado de Ba'lat. Yang se retira.

No lo expulsan ni lo dejan sin poder efectivo. Tampoco se marcha en circunstancias trágicas. Completa los trámites y se convierte en un ciudadano corriente.

En junio se casa con Frederica Greenhill.

Llegó a salir.

Un hombre que se ha pasado la vida haciendo lo que no quería termina, a los treinta y dos años, los trámites de su retiro, se casa con la persona con la que quiere casarse y se dispone a vivir como siempre ha deseado.

La obra lo muestra como algo corriente. No lo subraya con la música ni insiste en un gran «por fin». Simplemente deja que los dos se casen y hagan su vida.

Esa vida dura poco.

La gente de Iserlohn empieza a moverse. Alguien tiene que hacerse cargo de los restos de la Alianza. Cuando esas necesidades llaman a su puerta, Yang no se niega. Ya había salido y, desde fuera, decide volver a entrar.

Esta vez es distinta de todas las anteriores. Antes siempre lo habían empujado hacia su puesto. Ahora es él quien regresa.

Y al final muere en algo que no tiene ninguna relación con la guerra.

No lo derrota Reinhard. No muere en el campo de batalla. Tampoco lo mata ninguno de los adversarios contra los que ha combatido.

En el próximo ensayo.

Textos de referencia: las novelas de Yoshiki Tanaka y los 110 episodios de la serie principal de la OVA original de La leyenda de los héroes de la galaxia.

Fuentes en Non Dubito: este ensayo, original chino y edición inglesa · índice original · página anterior · página siguiente