Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
← Leer En este rincón del mundo
2 / 3

La mano derecha

Han Qin (秦汉) · Reescritura en español · 2026-10-09

Sobre esta edición

Nota de edición: Reescritura independiente en español a partir del original chino, disponible en caracteres simplificados y tradicionales. Las palabras de los personajes se recrean aquí de forma independiente; no se citan subtítulos oficiales.

El 22 de junio de 1945, Kure sufre un ataque aéreo.

A esas alturas del año, los bombardeos ya no son una novedad. Suena la alarma, se entra en el refugio, uno se agacha, espera, sale y vuelve al trabajo. La familia ha repetido la secuencia tantas veces que ya la domina.

Pasa el ataque, la gente sale de los refugios y la vida continúa.

Pero algunas bombas llevan un mecanismo de retardo. No explotan al caer: quedan enterradas y esperan.

El fin de la alarma y el fin del peligro son, por tanto, dos cosas distintas. Y no hay manera de saberlo justo cuando cesa la alarma.

Suzu camina por la calle llevando a Harumi de la mano.

La bomba estalla a su lado.

Harumi muere. Suzu pierde la mano derecha.

Lo que había hecho aquella mano

En este punto aparece una voz en off. Es el pasaje más incisivo de toda la película.

Viene a decir: aquella mano derecha que sujetó a Harumi en junio. Aquella mano derecha que dibujó tantos conejos un mes de febrero, siete años atrás.

No enumera las funciones de la mano. No dice que ya no podrá escribir, que ya no podrá coser.

Enumera actos concretos, uno por uno, cada cual con su fecha. Lo de aquel junio. Lo de aquel febrero de siete años antes.

Cuando algo desaparece, lo que podemos contar no son sus posibles usos, sino las cosas concretas que ha hecho.

Lo que Suzu ha perdido no es una mano.

Conviene precisar esta frase. «Perder una mano» designa una pérdida que podemos clasificar: discapacidad, limitación funcional, dificultades en la vida diaria. Todo eso es cierto.

Pero para esta persona hay algo más.

Suzu ha dibujado siempre. Dibujar es su manera de tratar con las cosas: dibuja cuando no entiende algo, cuando lo está pasando mal, cuando necesita explicarle algo a alguien. Como decía en el ensayo anterior, una parte de ella está siempre ausente, y esa parte está dibujando.

Ha perdido su manera de habérselas con el mundo.

Más adelante intenta dibujar con la izquierda. No le sale.

Hay, además, otra dimensión. Durante esos años, sus dibujos han servido para algo: ha dibujado para la familia, para los vecinos, para una persona postrada en cama. Por ahí pasaba una forma de relacionarse con el mundo.

Ahora ese acceso se ha cerrado.

A quién sujetaba esa mano

En el instante en que la explosión se la arranca, la mano sujeta a una niña de cinco años.

Harumi es hija de Keiko.

Quien la ha llevado a la calle es Suzu.

La película no elude esta circunstancia. Hace que Suzu vuelva una y otra vez a las mismas preguntas: ¿y si hubiera tomado otro camino?, ¿y si no se hubiera detenido?, ¿y si no se la hubiera llevado?

No hay respuesta. Nadie sabía dónde estaba enterrada la bomba. El recorrido lo habían elegido sobre la marcha.

Que no haya respuesta no aligera nada.

La película trata este pasaje con una frialdad implacable. No manda a nadie a decirle a Suzu «no fue culpa tuya». Tampoco hace que ella consiga convencerse por sí sola. La deja tumbada en la habitación del fondo, con el brazo derecho todavía dolorido, recorriendo mentalmente aquel camino una y otra vez.

Lo que dice Keiko

Keiko ha perdido a su hija.

La persona que se la llevó a la calle ha sobrevivido. Está en esa misma casa, acostada en la habitación del fondo.

Keiko dice cosas terribles.

La película no las suaviza ni hace que se retracte enseguida. Son las palabras que puede pronunciar, en ese instante, alguien que acaba de perder a su hija. Y aciertan exactamente donde más le duele a Suzu.

Más tarde, Keiko se disculpa.

Se disculpa, sí. Pero tampoco lo hace con elegancia. No hay una conversación a corazón abierto: apenas unas frases confusas, dichas antes de apartarse.

Más importante aún es otra cosa que le dice después. Algo así: si quieres volver con tu familia, puedes hacerlo.

En ese lugar del relato, la frase tiene un peso muy complejo.

La deja libre: no nos debes nada, puedes irte.

También confirma algo: ahora te falta una parte, esta casa puede prescindir de ti.

La película no nos dice cuál de las dos cosas tiene Keiko en la cabeza al hablar, ni hace que lo explique más tarde. Deja que pronuncie la frase y espera la reacción de Suzu.

Qué significa querer volver

Suzu piensa en regresar a Hiroshima.

En su posición, ese deseo no significa «quiero pasar unos días en casa de mis padres».

Dentro de aquella estructura familiar, que una nuera abandone la casa de su marido en plena guerra para regresar a la de sus padres significa que lo deja.

Deja de pertenecer a esa casa, renuncia a su puesto, se retira de la vida que le habían organizado.

Y puede empezar a pensarlo porque ya no es aquella nuera «útil».

La obra lo presenta con mucha sobriedad. Hasta entonces, el lugar de Suzu en la casa se sostenía sobre lo que hacía: cocinar, remendar, recoger hierbas, inventar variaciones con las raciones disponibles. Lo hacía bien. Por eso estaba allí.

Ahora le falta una mano. Hay cosas que ya no puede hacer y otras que le llevan mucho más tiempo.

Así, la pregunta de si se queda o se va puede ponerse sobre la mesa. Antes ni siquiera era una pregunta.

Se queda

No se marcha.

Y la película no explica esa decisión.

No le hace decir «porque quiero a Shūsaku» ni «porque esta es mi casa». Tampoco introduce una escena en la que todo se le aclare. Deja que llegue el 6 de agosto, que ocurra aquello en Hiroshima, que se corten los caminos y que Suzu continúe en esa casa.

Sí muestra algo con mucha claridad: empieza a hacer las cosas con la mano izquierda. Despacio, con torpeza, sin que le salgan bien. Lo intenta muchas veces.

Cuando alguien deja de poder hacer lo que hacía, su primer paso no suele ser comprenderlo todo. Suele ser aprender de nuevo a coger los palillos.

Lo que llega de Hiroshima

6 de agosto. Hiroshima.

Su familia vive en Eba. Su padre ha muerto. No se sabe dónde está su madre. Su hermana pequeña, Sumi (浦野すみ), ha sobrevivido, pero comienza a presentar los síntomas de aquella enfermedad.

Su hermano mayor, Yōichi (浦野要一), ya había muerto antes en el sur. A la familia le llegó una caja. Al abrirla, encontró una piedra.

La película dedica poquísimo tiempo a ese momento. Se abre la caja, aparece la piedra y el plano cambia.

Nadie explica qué significa esa piedra. Tampoco hace falta: todos los presentes lo saben, y ninguno dice nada.

Las noticias llegan de una en una, separadas por días, por caminos cortados, por rumores que no permiten saber bien qué ha ocurrido.

En Kure, entretanto, sigue habiendo que vivir. Comer, hacer cola, refugiarse de los ataques.

La película trata siempre así estas noticias. No abre un paréntesis dedicado al dolor. La noticia llega, alguien se queda quieto un instante y después retoma lo que tenía entre manos.

No es insensibilidad. Si no se termina esa tarea, hoy no se come.

Es el método de la película, y al enfrentarse a la muerte se vuelve particularmente visible. Alguien ha muerto. Llega la noticia. La habitación queda en silencio un momento. Luego alguien se acerca a mirar la olla que está al fuego.

No porque la persona muerta importara poco. Porque hay una olla al fuego.

El 15 de agosto, a mediodía, suena una emisión en la radio.

Será la única vez en toda la película que Suzu grite.

De eso trata el último ensayo.