Volver a abrir el Zhuangzi · 47 · Las primeras preguntas de Aguas de otoño
Después de descubrir que eres pequeño, ¿necesitas otra regla?
El dios del río quiere fijar dos extremos nuevos. El del mar dice que no, pero no deja de explicar: los límites de una medida no la vuelven inútil.
Lo más inquietante quizá no sea descubrir que nos hemos equivocado, sino no saber con qué juzgar la próxima vez. Si el sistema anterior ya no sirve, habrá que cambiarlo. Otra persona con más experiencia, un libro mejor, un marco capaz de contener todas las excepciones. Si es suficientemente grande, esta vez debería darnos alguna seguridad. Hebo, el dios del río, plantea una pregunta parecida. Al llegar al mar, descubre que la corriente de la que estaba orgulloso aquí apenas cuenta. Ruo, el dios del Mar del Norte, le dice que también él, entre cielo y tierra, es como una piedrecita o un pequeño trozo de madera en una gran montaña. Hebo pregunta entonces:
Entonces, ¿puedo considerar grandes el cielo y la tierra, y pequeña la punta de un pelo?
¿Serviría tomar cielo y tierra por grandes y la punta de un pelo por pequeña?
Primero fijar los dos extremos
La pregunta puede ser sincera. Hebo acaba de corregir una opinión y está probando otra. No hace falta condenarlo desde el principio por pereza mental. Pero aparece también un impulso conocido: si el río no puede ser el extremo último, busquémoslo más allá. ¿No serán suficientemente grandes cielo y tierra? ¿No será bastante pequeña la punta de un pelo? Con ambos extremos fijos, lo intermedio ya tendría su lugar. Importa no solo qué criterio hemos sustituido, sino cuántas tareas esperamos que haga por nosotros.
Una regla ayuda a comparar longitudes presentes. Pedirle que también ordene lo importante y lo irrelevante, lo que vale la pena y lo que no, y garantice que jamás volveremos a equivocarnos es encargarle demasiado. Ruo responde que no. Pero a ese «no» no le sigue el silencio ni una serie de comparaciones hechas para resultar impenetrables. Habla de magnitud, tiempo, plenitud y vacío, finales y comienzos; pasa de cuánto sabemos y cuánto vivimos a los límites del conocimiento. Es una conversación con argumentos, no la negativa de un maestro a aclarar cualquier cosa.
El mar ya se había hecho pequeño
Hay que volver al pasaje anterior para entender la pregunta. Antes de que Hebo le hablara de cielo, tierra y punta de pelo, Ruo ya había descrito su pequeñez. Los cuatro mares entre cielo y tierra parecen un pequeño hueco en un gran humedal; la llanura central, dentro del espacio de los mares, un grano de arroz en un gran almacén; una persona entre las cosas, un pelo sobre el cuerpo de un caballo. No son respuestas añadidas una por una después de su «no». Ya habían colocado aquel mar que asombraba a Hebo dentro de relaciones mayores. Solo después intentó Hebo usar cielo y tierra, por un lado, y la punta de un pelo, por otro, como extremos.
Me conmueve especialmente esa comparación de sí mismo con una piedrecita o un pequeño trozo de madera en una gran montaña. Aquel a quien se admira no acepta sin más el puesto del más grande. Sigue enseñando, desde luego, y su tono posterior no siempre es suave. No podemos decir que haya abandonado toda autoridad. Pero, al menos en esta escala, no se convierte él mismo en sustituto del antiguo centro de Hebo. Se incluye en el mundo que necesita ser medido.
Al pedir consejo, a veces la experiencia más útil viene acompañada de esos límites: de esto sé, de aquello no; este método ha resuelto algo, pero todavía no explica otra cosa. No es una forma estéril de rebajarse. Un límite claro suele dar a la confianza más suelo que una garantía ilimitada.
¿Qué niega exactamente ese «no»?
Las cosas no tienen una magnitud que pueda agotarse; el tiempo no se detiene; las divisiones no son constantes; finales y comienzos no permanecen en un patrón fijo.
Las magnitudes de las cosas son difíciles de agotar; el tiempo sigue; las demarcaciones, la plenitud y la disminución no permanecen constantes, y no siempre se entienden finales y comienzos siguiendo lo ya conocido. Así afloja Ruo los dos extremos que Hebo creía seguros. No hace falta añadir una cosmología moderna ni anunciar que se ha probado lo que hay fuera del universo o que el interior de un pelo necesariamente se divide hasta el infinito. El antiguo pasaje razona sobre tamaño, cambio y conocimiento limitado. No es una medición física.
La pregunta se vuelve incisiva: lo que una persona sabe es menos que lo que ignora; el tiempo de una vida es menor que aquel en que no vive. ¿Cómo establecer tan fácilmente los límites de lo más pequeño y lo más grande intentando agotar un campo inmenso con algo tan limitado? No por ello se vuelve falso todo lo conocido. El río realmente es grande y el mar sí muestra a Hebo algo que antes no había visto. Lo que se retira es la seguridad de que lo más grande visto por mí cierre todas las posibilidades. Que algo sea verdadero y que lo explique todo son dos cosas distintas.
No hay que dejar de usar reglas
Concluir que ningún criterio es fiable y que, por tanto, no se debe juzgar sería obtener otra respuesta total demasiado cómoda. Para reparar una mesa seguimos midiendo longitudes; para organizar una semana de trabajo seguimos necesitando saber de cuánto tiempo disponemos. No se niega la validez de una comparación local. Se pregunta si sus lecturas se han elevado, sin decirlo, a una clasificación válida para siempre.
Al cambiar de trabajo, los ingresos importan. Comparar seriamente la remuneración no es superficial. Pero un sueldo más alto aún no dice cuántas noches ocupará el empleo, qué quieres aprender o qué condiciones necesitas para cuidar a tu familia. Tampoco esas otras consideraciones hacen desaparecer por arte de magia los gastos reales. No buscamos una regla prodigiosa que convierta todo en una única cifra. Quizá haya que desplegar necesidades distintas: qué se puede negociar, qué no podemos tener a la vez por ahora y sobre qué falta información.
Seguimos teniendo que decidir. Podemos saber, al hacerlo, que la opción se ajusta a las condiciones de este momento, sin situar desde entonces por debajo a cualquiera que escoja otra cosa. No tiene por qué ser más fácil. Ya no contamos con una garantía para siempre, pero tenemos un poco más de margen para revisar y organizar de nuevo.
Un método ayuda sin tener que resolverlo todo
Aprender otro método después de topar con un límite puede ser una buena idea. No hace falta rechazar caminos ya recorridos por otros para aparentar independencia. Que Hebo siga preguntando también vale más que encerrarse en la satisfacción inicial. Lo que merece atención es otra expectativa: aprender este sistema para no tener que volver a escuchar a personas concretas ni mirar situaciones concretas. Ya tienes una explicación. Quien no encaja es una excepción; si proliferan las excepciones, es que esas personas aún no entienden su propia situación. Cuando los hechos chocan con la explicación, siempre son los hechos los que deben contarse de otra manera. El método ya no te ayuda a mirar: te tapa lo que tienes delante.
Una prueba más modesta sería preguntar qué me haría modificarlo y sobre qué asuntos no emite ningún juicio. Si la respuesta es siempre «nada», quizá no haya que desconfiar tanto del tamaño del marco como de mi negativa a exponerlo a lo que podría cambiarlo. Del mismo modo, que otro señale un límite no vuelve inútil el método. Un uso limitado sigue siendo un uso. Una regla de carpintero no explica la vida y aun así ayuda a que una mesa quede firme.
Ruo sí propone una dirección
El pasaje continúa: un saber amplio alcanza lo cercano y lo lejano, no juzga insuficiente algo por pequeño ni abundante por grande; ve los cambios de plenitud y disminución sin convertir ganancias y pérdidas en una sentencia final inmutable. También introduce una actitud ante la vida y la muerte. Es un ideal planteado por el texto antiguo, no algo que debamos exigir de inmediato a toda persona en duelo. No se puede decir, por tanto, que este maestro no haya dado ninguna conclusión. Ha dicho bastante: juicios, orientaciones y cosas que aún merecen preguntas.
Lo que más valoro no es una supuesta ausencia de orientaciones, sino que Hebo pueda seguir preguntando después de escucharlas. Una explicación puede ayudar y no clausurar todas las preguntas siguientes. En el intercambio posterior, Hebo pregunta por un dicho: lo más sutil no tiene forma y lo más grande no puede rodearse; ¿es realmente así? De cielo, tierra y punta de pelo pasan al borde del lenguaje y del conocimiento. La conversación no termina con un «no». Tampoco esta lectura necesita dejarnos con las manos vacías. Podemos conservar las herramientas sin confundirlas con el mundo entero.
La próxima vez que alguien te dé una buena explicación, puedes usarla primero para iluminar algo que tienes delante y preguntar después qué deja todavía a oscuras. No tiene por qué ser un intento de desacreditarla. Quizá sea la manera de que empiece a resultar útil de verdad.
Texto y notas de lectura
Reescritura independiente para lectores de español a partir del ensayo chino completo. El inglés existente se escribió también de forma independiente, y las versiones en chino simplificado y tradicional ofrecen el texto íntegro. Los pasajes clásicos de la serie se presentan en versión española para estos ensayos, no como traducción completa de la obra antigua. Las comparaciones contemporáneas y las interpretaciones desarrolladas son lecturas del autor, no sucesos adicionales relatados en el original. Los enlaces a la investigación remiten a las versiones existentes en inglés y chino.
Pasajes, interpretaciones y fuentes
Pasaje e interpretación: Aguas de otoño.
La página china conserva las citas clásicas; la narración inglesa se escribió de nuevo para esta edición. Aquí los pasajes se ofrecen en versión española independiente. Las comparaciones contemporáneas y los desarrollos interpretativos pertenecen a la lectura del autor: no son episodios adicionales que el texto antiguo relate.
Comentarios para acompañar la lectura: Comentarios reunidos del Zhuangzi: Aguas de otoño.