Volver a abrir el Zhuangzi · 46 · Ji Shengzi y el gallo de pelea
Al final del entrenamiento, parece de madera
Tres veces no está listo; a la cuarta, casi. La calma del gallo no nos obliga a convertir nuestras relaciones en un ruedo del que los demás deban huir.
El rey quiere un gallo de pelea. Ji Shengzi lo cría para él. Pasan diez días y el rey pregunta si está listo. Todavía no: está hinchado de orgullo vacío, fiado de su ímpetu. Diez días después vuelve a preguntar. Aún no: reacciona a los sonidos y a las sombras. La tercera vez tampoco: la mirada sigue siendo feroz y la energía, demasiado ostensible. A la cuarta, cambia por fin la respuesta: «Casi».
Aunque otro gallo cante, él ya no cambia. Mirándolo, parece un gallo de madera. Su virtud está completa. Los otros gallos no se atreven a responderle; se vuelven y huyen.
Los otros cantan y él ya no cambia con ellos. Parece un gallo de madera. No se atreven a enfrentarlo: se dan la vuelta. El desenlace contraría un poco nuestras expectativas. Después de tanto entrenamiento esperábamos algo más feroz, más rápido, más intimidante. La historia nos entrega la apariencia de un trozo de madera.
Lo que todavía no está listo se parece mucho a estarlo
Los tres «todavía no» frenan tres estados fáciles de confundir con una preparación suficiente. El primero es inflarse: antes de empezar, hay que convencer a todos de la propia fuerza. El segundo consiste en dejarse arrastrar demasiado fácilmente; basta un movimiento de fuera para que todo cambie dentro. El tercero es el más interesante: una mirada aguda y una presencia llena de energía. Quizá el espectador ya piense que esta vez sí está listo. Ji Shengzi sigue diciendo que no.
Imaginemos una discusión. Alguien responde a cada frase a toda velocidad; aprovecha cualquier pausa y contesta a la menor reserva con una afirmación más tajante. Parece haber pensado a fondo el asunto. Quizá, en cambio, no soporte que una frase quede un rato sin respuesta suya. Es fácil confundir ambas cosas en el momento. Contestar rápido puede ser una capacidad; no poder dejar de contestar puede ser una carga. Crees dirigir la conversación y, en realidad, cualquier pequeño estímulo puede decidir qué harás durante los próximos diez minutos.
La historia invita a fijarnos en esa dependencia del estímulo, no a declarar superficial a toda persona rápida. Ante un peligro importa reaccionar a tiempo. Intervenir para frenar una interrupción o una humillación tampoco revela falta de serenidad. La pregunta es a qué sirve esta respuesta concreta, o si solo pretende demostrar cuanto antes que no he perdido.
Ya no hace falta exhibir el ímpetu
Que al mirarlo parezca de madera describe su apariencia. El gallo no se ha convertido realmente en madera ni han desaparecido todas sus sensaciones. En la fábula, el entrenamiento no termina en una exhibición constante de ganas de pelear. Otro canta y él no se apresura a dejar que ese sonido decida su respuesta. Me interesa más esa falta de prisa que una cara feroz.
No sabemos, sin embargo, qué está pensando. Tampoco se dice que haya renunciado desde entonces a combatir. Y mucho menos podemos deducir, porque los otros huyan, que han reconocido con precisión una fuerza interior imposible de fingir. Su retirada es el resultado que cuenta la historia. No disponemos de una explicación verificable de su conducta que demuestre por qué pudo ocurrir así.
Nos gusta llevar a la vida la soltura de la literatura, pero hace falta dejar algo de margen al trasladarla. Quien calla quizá esté seguro de lo que sabe; quizá no haya oído bien, tenga miedo o no quiera participar. Si nadie contradice a alguien, puede ser por confianza o por su poder. Una escena silenciosa no expide por sí sola un certificado de lucidez. Aprender a parecer de madera mientras esperamos que todos reconozcan automáticamente nuestra profundidad acaso sea vestir la antigua exhibición con ropa más discreta.
Estar cansado no demuestra que se estuviera fingiendo
Quizá nos reconozcamos especialmente en ese ímpetu todavía ostensible. En algunas situaciones permanecemos tensos de principio a fin. No basta con atender el asunto: hay que parecer capaz de atenderlo a cada instante. No se puede vacilar, admitir que no se ha entendido ni dejar ver que algo ha dolido. Después tardamos mucho en aflojarnos. Ese esfuerzo añadido merece atención. Pero el cansancio no prueba que alguien estuviera presumiendo de una fuerza que no tiene. Escuchar con cuidado cansa; resolver dificultades cansa; vivir una relación insegura también cansa. Decirle a quien ya lo está pasando mal que se agota por no ser suficientemente auténtico solo le añade una culpa que no le corresponde.
Podemos preguntar algo más pequeño: ¿qué parte del esfuerzo anterior se dedicó al asunto y cuál a sostener una imagen que no podía agrietarse? ¿Qué dudas habría sido posible expresar, qué respuestas podían esperar y qué presiones no desaparecerían por mucho que yo cambiara de postura? Alguien cuestiona una cifra en una reunión. Puedes volver inmediatamente a defender toda la propuesta o mirar primero qué dato está discutiendo. Si ese dato está equivocado, corregirlo no derriba a la persona entera. Si la pregunta sirve para humillar, también puedes señalar el problema de esa manera de hablar. Responder no significa siempre dejar que los estímulos externos decidan por ti.
Importa más disponer de margen para elegir cómo responder que aparentar que no se ha respondido.
Cuarenta días no son un programa de estudios
Cuatro intervalos de diez días dan relieve al cambio. El original dice «todavía no» tres veces y «casi» la última: no responde cuatro veces que no. Ji Shengzi tampoco se abstiene de toda explicación. Cada vez dice al rey qué falta: el orgullo, la reacción a sonidos y sombras, el ímpetu aún exhibido. Hay observaciones y razones, aunque no un manual sobre alimentación y entrenamiento. El rey espera otros diez días antes de preguntar. En esta breve narración no leemos ningún castigo después de la insistencia, ni que Ji Shengzi declare terminada la tarea para entregarla antes. El relato deja sitio a que algo aún no esté listo.
No toda tarea actual admite una prórroga indefinida, ni cualquier jefe esperará así. Pero, cuando solo se puede decir «terminado» y no «falta esto» con razones concretas, la preparación corre el riesgo de convertirse en una mera puesta en escena. Se trabaja para que el resultado parezca maduro y falta tiempo para hacerlo bien de verdad. La paciencia tampoco consiste únicamente en conceder unos días más. Preguntas claras, condiciones necesarias comprobadas y posibilidades de examinar y corregir dan contenido a la espera. No podemos copiar los cuarenta días. Sí merece la pena procurar una relación en la que sea posible explicar dónde estamos ahora.
Esta ruta de lectura no clasifica a los maestros
Desde el anciano que captura cigarras hemos recorrido cinco historias de Comprender la vida. Es el orden de lectura que propone esta serie, no cinco lecciones de ascenso gradual dispuestas como tales por el libro antiguo. El anciano explica un ejercicio concreto; el nadador habla de su experiencia y del movimiento del agua; Qing habla de aquietarse, pero también de elegir materiales. La conversación sobre la barca afirma que se puede aprender y muestra lo que llega a pesar ganar o perder. Que todas se interesen por reducir lo que nos arrastra no permite decir que nunca expliquen cómo hacer algo y solo recomienden no querer nada.
Este gallo no tiene por qué ser la forma final de cualquier oficio. Un músico puede ser apasionado; un profesor, conversador; alguien realmente implicado puede mostrar expresiones vivas. El silencio no es un rostro uniforme superior a otros estilos. De esta ruta me llevo la posibilidad de separar poco a poco la capacidad de la obligación de demostrarla. Sigue haciendo falta practicar, mirar los materiales y reconocer los riesgos. Al disminuir la carga de anunciar a cada instante que somos capaces, quizá quede más espacio para emplear la capacidad en la tarea.
Conviene recordar también que la historia antigua se sitúa entre peleas de gallos. Leer en ella cierta serenidad no exige aprobar que se arroje a los animales al combate. Menos aún transformar el trato humano en un ruedo del que los demás deban retirarse.
Si los demás no tuvieran que huir
Que los otros gallos no se atrevan a responder y huyan cierra la historia con un éxito. Al trasladarlo a nuestras relaciones, quisiera preguntar algo más: ¿que los demás se marchen es siempre el mejor resultado? Un compañero que dice no haber entendido algo no debería convertirse en un gallo que nos desafía. Tampoco hace falta ahuyentar con nuestra presencia al amigo que señala un malentendido. Si el cultivo personal termina haciendo que nadie se atreva a hablar, quizá debamos volver a mirar qué hemos cultivado.
Para nosotros, una calma más deseable quizá no consista en que nadie se atreva a replicar, sino en que alguien se atreva a equivocarse o a discrepar y todavía podamos escucharlo. Explicar los límites cuando corresponde, corregir lo necesario y no convertir cada diferencia en una victoria o una derrota que haya que resolver de inmediato. La próxima vez que notes que vuelves a tensarte, no te apresures a copiar la cara del gallo de madera. Oye bien la frase y distingue qué respuesta necesita. No tienes por qué ir más rápido ni más despacio: esta vez, un ruido del otro no tiene que organizar todos tus movimientos.
Aprender la apariencia de la madera es fácil. Que quienes nos rodean no tengan que tantearnos con temor quizá se acerque más al trabajo que de verdad necesitamos.
Texto y notas de lectura
Reescritura independiente para lectores de español a partir del ensayo chino completo. El inglés existente se escribió también de forma independiente, y las versiones en chino simplificado y tradicional ofrecen el texto íntegro. Los pasajes clásicos de la serie se presentan en versión española para estos ensayos, no como traducción completa de la obra antigua. Las comparaciones contemporáneas y las interpretaciones desarrolladas son lecturas del autor, no sucesos adicionales relatados en el original. Los enlaces a la investigación remiten a las versiones existentes en inglés y chino.
Pasajes, interpretaciones y fuentes
Pasaje e interpretación: Comprender la vida.
La página china conserva las citas clásicas; la narración inglesa se escribió de nuevo para esta edición. Aquí los pasajes se ofrecen en versión española independiente. Las comparaciones contemporáneas y los desarrollos interpretativos pertenecen a la lectura del autor: no son episodios adicionales que el texto antiguo relate.