Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Ciclo de cincelado y construcción · Presidentes de Estados Unidos
Ensayo 26 de 26

Episodio 26: Retrospectiva teórica. Una construcción que parte de reconocer el resto

Han Qin (秦汉)·2026
En este ensayo

I. La forma de dos núcleos teóricos en una Constitución escrita

En los veinticinco episodios anteriores hemos recorrido el camino que va desde la decisión voluntaria de Washington de dejar el poder hasta aquellas elecciones del año 2000 que hubo de zanjar un tribunal. Este último episodio no añade un vigesimosexto tramo de historia: vuelve la vista atrás. Se propone situar el caso estadounidense entre tres coordenadas: la propia ley del ciclo de cincelar y construir, el hilo apenas visible del ser humano como fin y la tradición del pensamiento político occidental. De ese cruce debe surgir una nueva mirada de conjunto, sin volver a contar las historias que ya hemos contado.

Comencemos por recordar la forma singular que adoptan en Estados Unidos los dos núcleos de esta serie: el resto no puede eliminarse; la construcción no puede cerrarse. En un cuerpo político tan codificado y tan institucionalizado, ambas afirmaciones se muestran con una nitidez especial. Pero, antes de avanzar, hay que exponer tres niveles de profundización que fueron tomando forma a medida que escribíamos.

El primero es recursivo: el propio impulso de cerrar constituye también un resto que no se puede eliminar. Esta construcción se enfrenta, en realidad, a dos clases de restos igualmente inextinguibles. Una es la discordia misma: los excluidos, el disenso, las discrepancias. La otra es el impulso de acabar con esa discordia. No puede hacer desaparecer los conflictos, pero tampoco el deseo de que desaparezcan. Por eso hay que llevar un paso más allá la afirmación de que la construcción no puede cerrarse. No solo es incapaz de eliminar los restos que produce y alcanzar así el cierre; tampoco puede eliminar el propio impulso de cerrarse. Ninguno de los dos flancos se deja sellar. Esto explica que, incluso en una construcción fundada en el reconocimiento del resto, ese impulso reaparezca una y otra vez: la Ley de Sedición de Adams, el miedo rojo posterior a la Primera Guerra Mundial, el macartismo, el internamiento de los estadounidenses de origen japonés. Una construcción que no persigue el cierre no es una construcción libre del impulso de cerrar. Es una que necesita contenerlo una y otra vez para impedir su victoria definitiva, sin garantía de que esos límites funcionen por sí solos.

El segundo nivel formula con mayor precisión el mecanismo que hace imposible el cierre: ni la represión ni la incorporación conducen a él. Esta serie ha mostrado una y otra vez que la represión no puede zanjar definitivamente un resto, porque el resto se resiste: cuanto más se lo oprime, con más fuerza pugna por salir. Pero hemos descubierto algo más hondo: incorporarlo tampoco permite zanjarlo. Incorporar es ya trazar una frontera, y toda frontera deja necesariamente algo fuera. El seguro contributivo de vejez establecido inicialmente por el New Deal cubrió aproximadamente a la mitad de los trabajadores; la misma línea que delimitaba su cobertura dejó a muchos otros fuera de esa protección. No existe, por tanto, una incorporación perfecta que no deje ningún exterior. De existir, ya no sería una incorporación, sino la supresión de todas las fronteras. La represión no puede clausurar el resto; la incorporación, tampoco. Tanto si esta construcción lo expulsa mediante la fuerza como si lo acoge por medios más suaves, nunca podrá llegar a ese punto final en el que ya no haya nada fuera.

El tercer nivel surgió al examinar la compra de Luisiana: el resto tiene, por naturaleza, dos caras. Si no se lo puede eliminar, es precisamente porque reúne en una misma cosa lo que la construcción necesita y el precio que paga por ello. No hay modo de quedarse con una cara y desechar la otra. La pugna entre partidos expresa la libertad y la discrepancia, pero trae consigo el coste del conflicto y el desorden. La expansión exterior ofrece oportunidades y seguridad, pero extiende la esclavitud y engulle a los pueblos indígenas. El impulso de cerrar expresa una preocupación por el orden, pero también reprime el disenso. Ambas caras pertenecen a un mismo resto. Por eso no cabe ni extirparlo ni reducirlo a algo simplemente correcto o incorrecto.

Al reunir estos tres niveles, la imposibilidad de cerrar la construcción adquiere su expresión más completa en el caso estadounidense. Las dos caras del resto son inseparables: no se lo puede afirmar por entero e incorporar sin más, ni negarlo por completo y eliminarlo. De ahí que no pueda absorberse íntegramente. La represión no consigue clausurarlo, tampoco la incorporación, y hasta el impulso de clausurarlo es, a su vez, un resto imposible de clausurar. Esta construcción no permanece abierta por falta de empeño en cerrarse. Permanece abierta porque, dada la naturaleza de aquello con lo que tiene que habérselas, el cierre era imposible desde el principio.

II. Una construcción que parte de reconocer el resto

Esta es la aportación más singular del caso estadounidense al conjunto del marco teórico, y el asunto de mayor peso en este ensayo. Conviene afirmarlo con fuerza, sin rebasar los límites de la historia comparada: la construcción estadounidense no se abstuvo de perseguir el cierre por mera casualidad. Fue uno de los experimentos tempranos del constitucionalismo escrito moderno que asumieron, de manera especialmente explícita, que el conflicto no se puede erradicar, e hicieron de ello una premisa del diseño institucional.

La generación de Madison inscribió una forma de pesimismo político en la maquinaria del Estado. No dio por supuesta la virtud del gobernante; dio por supuesto, más bien, que intentaría extralimitarse. Por eso, mediante la separación de poderes y los contrapesos, dio cabida al disenso y a la ambición dentro del diseño institucional, en vez de tratar de eliminarlos. La trascendencia de ese paso es enorme. La imposibilidad de cerrar la construcción dejó de ser un destino que solo se descubre después de los hechos y pasó a ser un punto de partida reconocido de antemano. La mayoría de las construcciones de las otras dos series hermanas perseguían primero el cierre y, cuando los restos se volvían contra ellas, probaban el fruto amargo de su imposibilidad. La construcción estadounidense aceptó esa imposibilidad desde el comienzo y se levantó en torno a ella.

Esta diferencia cambia nuestra manera de leer toda la historia de Estados Unidos. Entenderla como una historia de progreso que se acerca sin cesar a la perfección es malinterpretar precisamente su fundamento. Madison y los suyos nunca diseñaron una máquina destinada a ser perfecta. Diseñaron una máquina que nunca lo sería, pero que podría seguir funcionando en medio de su imperfección. La separación de poderes y los contrapesos no son peldaños hacia un desenlace ideal. Son un dispositivo que permite dar cabida una y otra vez a conflictos, ambiciones y discrepancias que no cesan, equilibrarlos una y otra vez, sin llegar nunca a eliminarlos. La sabiduría más profunda de esta construcción no consiste en haber diseñado un buen punto de llegada, sino en haber renunciado a la idea misma de un punto de llegada. Reconoce que la discordia de la naturaleza humana no se puede erradicar. Se propone, por tanto, dar continuidad a la discordia dentro de un marco que procure evitar el desgarro de la comunidad entera. Es una orientación del diseño institucional, no una garantía histórica.

La diferencia puede desglosarse en tres aspectos. Primero: muchas construcciones anteriores perseguían el cierre y acababan quebrándose o siendo derribadas por el resto; otras sencillamente no llegaban a cerrarse, de forma fortuita y pasiva. La construcción estadounidense, en cambio, reconoció activamente, desde sus fundamentos, que el disenso, la ambición y el conflicto seguirían existiendo. Segundo: esa premisa abrió la posibilidad de acoger los restos mediante una disputa pública sostenida. Estados Unidos también llegó a la guerra civil por la esclavitud, y su orden constitucional fue transformado por la guerra y la Reconstrucción. Si este hilo puede seguirse hasta el año 2000 no es porque nunca se rompiera, sino porque, tras la ruptura, las instituciones se reconstruyeron y siguieron siendo interpeladas. Tercero: reconocer el resto no inmuniza frente al impulso de cerrar. El reconocimiento es la premisa; una vez aceptada, sigue siendo necesario medirse una y otra vez con ese impulso que vuelve a asomar.

III. Dos siglos de universalismo incumplido

Ahora podemos reunir el hilo principal de la serie en una línea nítida. La fundación del país inscribió la igualdad de todos en la Declaración de Independencia, pero dejó fuera de la comunidad política a los esclavos, los pueblos indígenas y las mujeres. Ese fue el resto más profundo de esta construcción. La historia de los dos siglos siguientes es, en gran medida, la historia de quienes quedaron excluidos y apelaron una y otra vez a los propios principios fundacionales para exigir su inclusión, hasta reescribir de hecho las reglas.

Lo decisivo de este hilo es su oposición al fatalismo. Hay tres juicios que se fueron aclarando durante la escritura y que merece la pena señalar. Primero: esta construcción no cumple automáticamente sus propios principios. La afirmación de que todos son iguales no beneficia a todo el mundo por el mero hecho de haber quedado escrita. Hace falta que los excluidos fuercen a la construcción, una y otra vez y a riesgo propio, a mirar de frente aquella promesa suya nunca cumplida. Segundo: la inclusión no está garantizada. Puede mantenerse o puede ser rechazada de nuevo; su permanencia depende en parte de que se haya plasmado en mecanismos de aplicación más duraderos, que reduzcan la dependencia de decisiones políticas caso por caso, aunque sigan necesitando apoyo político y judicial. Tercero: la inclusión misma es reversible. Durante la huelga de controladores aéreos, Reagan retiró de forma visible aquella mano federal que antes se había tendido para proteger a los trabajadores. Los controladores eran empleados federales sujetos a una prohibición legal de hacer huelga, no trabajadores privados amparados por la Ley Wagner; el giro que aquí importa es su significado político, no la identidad de ambos regímenes jurídicos. El episodio nos recuerda que la incorporación de los restos nunca ha funcionado como un trinquete que solo permita avanzar y haga imposible retroceder.

Vistos juntos, estos tres puntos convierten el universalismo incumplido en un resto sin garantías y, a la vez, imposible de eliminar. No hay garantía de que sea incorporado, ni de que, una vez dentro, no vuelva a ser expulsado. Pero tampoco se lo puede suprimir por completo: siempre habrá nuevos excluidos que vuelvan a tomar en sus manos la afirmación de que todos son iguales y llamen con ella a esa puerta.

IV. Expansión, contrapesos y retroceso

Si el hilo principal sigue la historia desde el lado de los excluidos, otro ritmo estructural atraviesa los veinticinco episodios desde el lado del poder. Puede resumirse así: expansión, encuentro con los contrapesos, retroceso. El poder ejecutivo, concebido para estar sometido a esos contrapesos, se expande una y otra vez. Lo vemos en Jackson, que convirtió el veto en un recurso habitual; en los poderes de guerra de Lincoln; en la teoría del presidente como administrador de los intereses del pueblo, de Theodore Roosevelt; en el enorme Estado administrativo del New Deal; en el Estado de seguridad nacional que la Guerra Fría convirtió en casi permanente; y en la presidencia imperial de Nixon. Esa expansión puede poner en marcha la autocorrección institucional de la construcción, pero ni la rapidez ni la eficacia de la respuesta están garantizadas: dependen de decisiones concretas.

Conviene reunir algunas conclusiones sobre este ritmo que se fueron perfilando mientras escribíamos. La primera es que la construcción se enfrenta a dos clases de restos que tampoco se dejan clausurar. Una está formada por los débiles que han quedado fuera: la deuda que deja sin saldar su promesa universalista. La otra es la amenaza acumulada por el crecimiento excesivo de su propio poder. Su ejemplo más claro es el complejo militar-industrial que Eisenhower señaló en su discurso de despedida: un bloque de poder surgido de la propia evolución de la construcción y jamás previsto en su diseño original.

La segunda es que sus contrapesos no son reglas muertas sobre el papel. Son una fuerza viva, algo así como una respuesta inmunitaria alojada en la propia estructura. Cuando el poder rebasa sus límites, puede brotar al mismo tiempo del Congreso, de la opinión pública, de los tribunales e incluso del partido del presidente. Pero esta fuerza es selectiva: su capacidad de defensa varía enormemente según la forma que adopte la expansión. Puede frenar con contundencia el intento del ejecutivo de someter a los tribunales, y encontrar mayores dificultades para limitar la concentración de capacidad coordinadora que el Estado administrativo consigue mediante reorganizaciones internas, dentro de las autorizaciones del Congreso y los límites legales. Esa concentración no carece de controles; resulta más difícil frenarla con los mismos mecanismos.

La tercera es una vía importante de resolución de conflictos que esta construcción ha sabido abrir: no siempre hace falta que una parte aplaste por completo a la otra; también cabe el reajuste mutuo. La crisis constitucional de 1937 no terminó con el ejecutivo adueñándose del Tribunal Supremo, ni con el Tribunal estrangulando el New Deal. Se resolvió mediante un cambio en la doctrina del propio Tribunal, que dio cabida al Estado regulador ya surgido. La expansión obtuvo la constitucionalidad que necesitaba; el contrapeso conservó la independencia que le era indispensable. Esta manera de resolver los conflictos, orientada al reajuste mutuo y no a la victoria total de una parte, ayuda a explicar cómo la construcción ha podido superar algunas crisis importantes, sin por ello borrar las rupturas que también jalonan su historia.

Además, la rectificación de Watergate mostró el verdadero rostro de su capacidad de autocorrección. Su fuerza reside en estar distribuida, no en un héroe particular. La corrección institucional es una posibilidad, nunca una garantía: sin aquella cinta grabada que existía por azar, el desenlace bien podría haber sido otro. Y la corrección tampoco restaura por sí sola la legitimidad. A menudo se lleva a cabo precisamente al exponer en público el fallo de las instituciones: la construcción recuperó el imperio de la ley, pero perdió la confianza. Por último, el retroceso del poder es real, aunque no permanente. Las reformas que limitaron al ejecutivo después de Watergate redujeron durante un tiempo el poder presidencial. Pero aquel ejecutivo sobredimensionado solo se había replegado: poco después volvió a asomar en el escándalo Irán-Contra.

V. Detrás de ese «todos» abstracto

Podemos abordar ahora el hilo que recorre toda la serie sin haber llegado nunca a ocupar el primer plano: el ser humano es un fin. En el caso estadounidense reaparece como un resto que se conserva. Va de la promesa de derechos de la Declaración de Independencia a la reformulación del ideal fundacional en Gettysburg; de las enmiendas XIV y XV a la Declaración de Seneca Falls y la enmienda XIX; y de ahí al movimiento por los derechos civiles de los años sesenta.

Si ese hilo se conserva y nunca se agota es, en último término, porque detrás de ese «todos» abstracto hay siempre personas concretas. Está el esclavo al que se pone precio en la tarima de una subasta. Está la persona negra a la que se niega el voto. Está el ciudadano de ascendencia japonesa encerrado en un campo por su sola ascendencia. La igualdad de todos que proclama esta construcción constituye un resto imposible de clausurar porque detrás de la fórmula abstracta siempre hay personas concretas que se niegan a ser borradas, reducidas o tratadas como meros medios. Ellas son la razón última de que la construcción nunca pueda cerrarse. Mientras quede una sola persona que sienta que esa promesa le ha fallado, se pondrá en pie y empujará de nuevo la construcción hacia otra apertura.

Aquí hay que contenerse. Aunque este hilo alcance en esta sección su mayor visibilidad, no debemos elevarlo a tema central de toda la serie. Su sentido reside precisamente en ser un resto que no deja de plantear exigencias, no un destino al que la historia deba llegar. Nada garantiza que se realice; una y otra vez se lo hace retroceder. Nunca ha sido un tren destinado inevitablemente a una perfección mayor. Considerar la afirmación «el ser humano es un fin» como un resto que se conserva, y no como el tema de la serie, es llevar la oposición al fatalismo hasta su consecuencia más fundamental. El verdadero tema de esta serie ha sido siempre la propia ley del ciclo de cincelar y construir.

VI. Contrapuntos entre las tres series

Ya podemos devolver el caso estadounidense al plano en el que se cruzan las tres series. Entre China y Estados Unidos, el contrapunto más profundo está en que el principio «el ser humano es un fin» presenta en ambos casos la misma estructura de resto que se conserva. En China comienza con el cambio de fase irreversible que supuso el debate entre las Cien Escuelas de Pensamiento. En Estados Unidos habita en el universalismo fundacional incumplido y en las demandas persistentes de los excluidos. Cambia la estructura que lo sostiene; su propiedad de conservarse es la misma.

Entre Eurasia y Estados Unidos hay dos contrapuntos de especial importancia. El primero gira en torno a la técnica de Octavio: conservar las formas constitucionales mientras se amplía el poder en la práctica. Las expansiones del ejecutivo estadounidense guardan un parecido con ella: los poderes de guerra de Lincoln, el New Deal, el Estado de seguridad nacional de la Guerra Fría. Pero hay una diferencia crucial: en Estados Unidos esas expansiones han buscado a menudo la aprobación posterior del Congreso, en ocasiones se han contraído al terminar la guerra y han encontrado en varias ocasiones la reacción de los contrapesos, como mostraron Watergate y el fracaso de la reorganización del Tribunal Supremo, aunque esa reacción no siempre haya sido oportuna ni suficiente. Su parecido formal oculta, pues, una diferencia de fondo respecto de la técnica de Octavio, que sí subvirtió la forma republicana. El segundo contrapunto es la relación invertida entre perseguir el cierre y tratar al ser humano como fin. Los momentos en que Estados Unidos cedió al impulso de cerrar, la Ley de Sedición de Adams, la represión bélica y el miedo rojo de Wilson, el macartismo y el internamiento de los estadounidenses de origen japonés, fueron apariciones locales y pasajeras de esa inversión dentro de una construcción que no persigue el cierre. En los casos examinados, esas prácticas fueron combatidas o repudiadas después de distintas maneras. La rectificación a menudo llegó tarde y no borró el daño causado.

VII. Lo que el caso estadounidense devuelve a la teoría

Queda por abordar algo que va más allá de analizar un caso mediante un marco teórico. El caso estadounidense aporta, a su vez, algo sustancial al conjunto de ese marco filosófico: la ley del ciclo de cincelar y construir y el ser humano como fin. Son tres aportaciones. La primera es la profundización recursiva: el propio impulso de cerrar es un resto que no puede eliminarse. Con ello, la imposibilidad del cierre se lleva hasta una posición más radical. La segunda, de mayor alcance aún, es que esa imposibilidad puede dejar de ser una limitación o un fracaso predestinado y convertirse en premisa de diseño. Una construcción puede tomar como fundamento su imposibilidad de cerrarse, en vez de combatirla. Esto abre en la ley del ciclo una modalidad que las otras dos series no habían desarrollado plenamente: en las construcciones que persiguen el cierre, los restos estallan periódicamente después de su fracaso; en las que parten del reconocimiento del resto, se abren canales para que los restos se desarrollen de manera continua y pública. Eso no elimina el riesgo de ruptura: la Guerra de Secesión impide confundir esta posibilidad con una inmunidad frente a la catástrofe. Dicho de otro modo, el caso estadounidense amplía la ley del ciclo de cincelar y construir. De una ley que describe ante todo cómo fracasa el cierre, pasa a ser también una ley capaz de describir cómo llega a ser posible reconocer que el cierre es imposible. La tercera aportación procede de la compra de Luisiana: aquel ejemplo dejó al descubierto el vínculo entre las dos caras del resto y la imposibilidad de cerrar la construcción. Si esta no puede absorber el resto es precisamente porque no cabe afirmarlo de manera inequívoca ni negarlo de manera inequívoca. Ahí está el mecanismo más profundo de la imposibilidad del cierre. Cerrar exigiría absorber íntegramente todos los restos o eliminarlos por completo; su naturaleza de dos caras vuelve imposibles ambas cosas.

Hay que distinguir el alcance de estas tres aportaciones. La tercera es universal: puesto que las dos caras del resto son inseparables, este no puede absorberse íntegramente y, por tanto, la construcción no puede cerrarse. Esto vale para cualquier construcción, porque se refiere a la naturaleza del resto en cuanto resto, y toda construcción produce restos que no puede absorber. No ocurre lo mismo con la primera afirmación, la de que el impulso de cerrar es en sí mismo un resto. Esta solo vale para construcciones como la estadounidense, que no tienen el cierre por finalidad. La razón es que la condición de resto depende del principio organizador de la construcción. En una como la estadounidense, fundada en reconocer el resto, el impulso de cerrar surge a contracorriente de su principio y por eso es un resto. En las construcciones imperiales anteriores, cuyo fin era alcanzar el cierre, ese mismo impulso constituía precisamente su principio organizador: formaba parte de la construcción, no del resto. Una misma cosa, el impulso de cerrar, es un resto en Estados Unidos y el núcleo de la construcción en los sistemas imperiales. Esta relatividad es, a su vez, otra aportación de validez universal: nada es un resto de manera absoluta; lo es siempre respecto del principio organizador de una construcción.

VIII. El ciclo sigue girando

Al llegar al final, debemos volver a la propia ley del ciclo de cincelar y construir. Ni a Estados Unidos, ni a los presidentes, ni al ser humano como fin: a esa imagen más amplia en la que las construcciones intentan cerrarse sin cesar y los restos no dejan de surgir.

En el fondo, esta serie solo ha tratado de ofrecer, a partir del caso estadounidense, un testimonio lo más honesto posible de esa ley más amplia. No la ha demostrado. Un solo caso no puede demostrar una ley. Lo que ha mostrado es la forma singular y nítida que adopta en una construcción tan codificada, que inscribió en sus propios fundamentos el reconocimiento del resto.

Quizá la enseñanza más profunda del caso estadounidense se concentre en aquella ilusión del fin de la historia que acompañó al cambio de siglo. Se había ganado la Guerra Fría. Un inmenso sistema rival se había desintegrado. Muchos creyeron sinceramente que la contienda definitiva por el futuro de las instituciones humanas ya se había resuelto, como si esta construcción pudiera, por fin, poner un punto final. Pero esa fue precisamente su última y más poderosa ilusión de cierre. En el mismo momento en que se proclamaba el final, nuevos restos ya tomaban forma en silencio dentro de ella. Las elecciones de 2000, zanjadas por un tribunal, dejaron la nota al pie más exacta: aun en medio de la división más profunda, la construcción no se cerró en un consenso. Apenas consiguió, valiéndose de sus procedimientos, ofrecer una respuesta que permitiera seguir adelante. Cumplió el procedimiento; no eliminó el resto.

Y ahí reside precisamente su fuerza más profunda. Una construcción que persigue el cierre recurre a una respuesta definitiva, a un orden clausurado a cal y canto, para eliminar todos los restos y todas las disputas. El diseño constitucional de esta construcción abrió una vía distinta al reconocer la persistencia del conflicto; convertir ese principio en una apertura efectiva ha exigido luchas repetidas. No busca un desenlace en el que ya no queden deudas pendientes, amenazas ni controversias, porque sabe que semejante desenlace sería ya una forma de muerte. Solo dispone de un armazón hecho de separación de poderes, contrapesos, elecciones y debate público, y de la resiliencia necesaria para, sobre ese armazón, dar cabida una y otra vez a las disputas, encajar las reacciones adversas y digerir los restos. Su grandeza no reside en haberlo resuelto todo ni en haber permanecido siempre abierta, sino en las aperturas conquistadas una y otra vez, que también pueden perderse. Abierta para que los excluidos puedan seguir llamando a la puerta. Abierta para que el poder excesivo pueda ser obligado una y otra vez a retroceder. Abierta para que cada generación, sobre ese armazón que también puede reformarse, vuelva a discutir qué debe hacer el Estado. La historia no ha terminado. Mientras esta construcción siga abierta, la pugna en torno a ella misma nunca cesará, ni debería cesar. El ciclo de cincelar y construir sigue girando.

Reescritura española independiente basada en el original chino. 中文・English