I Ya los habían visto, pero les habían dado el nombre equivocado
Abre hoy cualquier libro de dinosaurios y encontrarás animales de colores. Colas castañas, largas plumas blancas y negras, cuerpos oscuros por arriba y claros por debajo. Hace veinte años, todos esos colores salían de la mano de un ilustrador.
Los fósiles eran grises, pardos, del color de la propia piedra. Cada pincelada que se les añadía era imaginación, y el ilustrador lo sabía. La piel gris verdosa de los dinosaurios de aquella película de 1993, Parque Jurásico, no era una excepción.
Por entonces se decía sin rodeos: el color no fosiliza. La afirmación descansaba en dos razones bastante sólidas.
Primera: el color que vemos en un fósil suele ser el de los minerales, el de una película de oxidación o el de un residuo carbonoso. No tiene nada que ver con el aspecto del animal vivo. Segunda: aunque en su día existieran las moléculas de pigmento originales, después de decenas de millones de años ya se habrían deshecho. Que el fósil siga ahí no significa que conserve sus antiguas propiedades ópticas.
El color fue durante mucho tiempo el ejemplo clásico de cierta clase de ausencia: queda el objeto, pero lo que queda no conserva la propiedad por la que preguntamos. Hay huesos, hay impresiones de plumas, no hay color. Este episodio cuenta qué le ocurrió después a ese ejemplo: quedó parcialmente refutado. Y lo que vino después de la refutación importa más que la propia refutación.
Sin embargo, hacía tiempo que había contraejemplos a la idea de que «el color no puede dejar ninguna prueba, ni siquiera en principio». Los sacos de tinta de cefalópodos, el grupo de los calamares y los pulpos, llevaban mucho tiempo siendo conocidos por sus residuos orgánicos negros en el registro fósil. Ya en 1973 se habían comparado los espectros infrarrojos de tinta fósil y melanina actual.
En 2012, unos análisis químicos más directos aportaron pruebas bastante firmes de eumelanina en dos sacos de tinta jurásicos de al menos ciento sesenta millones de años. La tinta es un caso extremo: una concentración de pigmento difícil de superar y, además, guardada de antemano en un saco.
Pero basta para mostrar que moléculas como la melanina tienen un potencial de conservación excepcional. En 2009, unos investigadores británicos extrajeron el saco de tinta de un animal semejante a un calamar de un fósil jurásico de más de ciento sesenta millones de años. Trituraron la tinta, la diluyeron en una solución de amoníaco y dibujaron con ella al propio animal.
El brillo metálico de escarabajos y polillas fósiles ofrece un camino completamente distinto. Si se conservan las estructuras laminadas de escala nanométrica, un microscopio electrónico permite medir el grosor y la separación de las capas. Después, un modelo óptico permite calcular qué longitudes de onda reflejaban en vida.
A partir de las escamas alares de unas polillas de hace cuarenta y siete millones de años, se calculó que la cara superior de sus alas anteriores era verde amarillenta y que ese color no cambiaba con el ángulo de observación. Los estudios de escarabajos fósiles de entre quince y cuarenta y siete millones de años sacaron a la luz, de paso, un problema que volverá una y otra vez: el color que presenta hoy un fósil puede no ser el que tenía en vida. Las nanocapas de esos escarabajos se conservaban bastante bien; lo que había cambiado eran las propiedades ópticas del material del caparazón. Los colores reflejados se habían desplazado en conjunto hacia el extremo rojo: lo azul se había vuelto verde; lo amarillo, naranja.
Así que, antes de que se empezara a hablar de los colores de los dinosaurios, lo que faltaba desde hacía mucho tiempo no era «cualquier información relacionada con el color». Faltaba una cadena de calibración: una manera de relacionar de forma estable las sustancias o nanoestructuras de un fósil con las categorías de color del animal vivo.
Y el antecedente más importante es este: aquellos diminutos cuerpos ya se habían visto al microscopio.
Conviene explicar primero qué buscamos. Las diferencias entre el pelo y la piel claros y oscuros de los seres humanos dependen de la melanina. Dentro de las células, esta se guarda en partículas minúsculas llamadas melanosomas. Apenas miden uno o dos micrómetros de largo y son decenas de veces más finas que un cabello.
Hay, a su vez, dos tipos de melanina. La eumelanina produce negros y grises; la feomelanina, rojos y amarillos. A esta última le deben su color los pelirrojos. En las plumas de las aves, los gránulos que contienen eumelanina suelen ser alargados, como salchichas; los que contienen feomelanina suelen ser cortos y redondeados, como albóndigas.
Messel, en Alemania, es una antigua explotación de esquisto bituminoso. Hace cuarenta y siete millones de años era un lago volcánico. Sus fósiles están tan bien conservados que permiten ver la última comida en el estómago de los animales. En los años ochenta del siglo pasado estuvo a punto de convertirse en un vertedero.
En 1983 se describieron en sus fósiles abundantes cuerpos de tamaño micrométrico, unos en forma de bastón y otros esféricos. Entre los materiales estudiados había plumas y pelo. La explicación de entonces era que se trataba de microorganismos que habían intervenido en la descomposición de los tejidos blandos.
En 1995, otros dos investigadores desarrollaron esa idea: propusieron que el contorno de las plumas se había conservado gracias a una película orgánica formada por bacterias descomponedoras. Más tarde, también se interpretó la materia que envolvía esos cuerpos como polímeros extracelulares segregados por bacterias.
Es decir, las pruebas llevaban todo ese tiempo bajo el microscopio. Se habían visto, fotografiado y publicado. Solo que estaban archivadas bajo otro nombre. Esto importa para entender los veinte años que vinieron después: las mismas imágenes podían sostener dos mundos completamente distintos.
El verdadero giro llegó en 2008. Cuatro investigadores volvieron a examinar una pluma del Cretácico temprano, con bandas claras y oscuras, procedente de la Formación Crato, en Brasil. Crato está formada por calizas del fondo de un lago de hace más de ciento diez millones de años. Se extraen allí para pavimentar suelos, y las losas contienen fósiles con frecuencia. Compararon aquella pluma con plumas negras de aves actuales.
Esto fue lo que encontraron: las bandas oscuras estaban repletas de cuerpos carbonosos con forma de elipsoide alargado y entre uno y dos micrómetros de longitud. En las claras apenas quedaba la impresión de la pluma. Por su tamaño, su forma y su disposición a lo largo de las barbas y las bárbulas, aquellos cuerpos se parecían más a melanosomas que a una película de bacterias extendida al azar.
Los dos artículos de 2010 dieron otro paso: de «esta pluma podría conservar melanosomas» se pasó a tomar muestras sistemáticas de ejemplares de dinosaurio, asignarles categorías de color y reconstruir el dibujo de todo el cuerpo. Fue un salto grande. Y, en cuanto se dio, empezaron los problemas.
II Veintinueve puntos
En enero de 2010, Nature publicó en línea un estudio sobre Sinosauropteryx, Sinornithosaurus, Confuciusornis y una pluma aislada. Todos procedían de los lagos y las cenizas volcánicas de hace más de ciento veinte millones de años del oeste de Liaoning. Allí quedaron enterrados numerosos dinosaurios con plumaje y aves antiguas: la llamada biota de Jehol. Se empleó microscopía electrónica de barrido para observar los cuerpos de tamaño micrométrico y submicrométrico presentes en la superficie de plumas y filamentos, y se compararon sus dimensiones y formas con las de melanosomas de plumas actuales.
Los investigadores separaron los cuerpos en dos grupos: bastones relativamente largos y formas casi esféricas, más cortas. En las aves actuales, el primero corresponde a la eumelanina; el segundo, a la feomelanina.
Las distintas zonas de la cola de Sinosauropteryx contenían tipos distintos de estos cuerpos. Los autores interpretaron entonces las bandas de la cola visibles a simple vista como zonas de pigmentación diferente y propusieron una alternancia de pardo rojizo y tonos más claros. Sinosauropteryx, descubierto en Liaoning en 1996, había sido el primer dinosaurio no aviano en el que se encontraron plumas. Ahora su cola tenía color: anillos pardorrojizos y claros, un poco como la cola de un mapache.
Ese mismo año apareció en Science otro artículo, esta vez sobre Anchiornis, un pequeño dinosaurio del tamaño de una paloma que vivió hace unos ciento sesenta millones de años en lo que hoy es Liaoning. El trabajo acabaría convirtiéndose en el modelo de casi todas las reconstrucciones de dinosaurios en color y en la mejor puerta de entrada a esta cadena de pruebas. Los investigadores tomaron muestras de las partes conservadas de la cabeza, el tronco, los miembros anteriores y los posteriores, abarcando los distintos tipos de pluma. Veintinueve puntos en total. Todos pasaron por el microscopio electrónico de barrido.
Los cuerpos medidos tenían desde cien hasta casi dos mil nanómetros de largo. En la mayoría de las zonas predominaban los eumelanosomas alargados. En el extremo de la cresta aparecían cuerpos casi esféricos de unos quinientos nanómetros, correspondientes a la feomelanina.
Primero enseñaron a un procedimiento estadístico a clasificar, utilizando plumas negras, grises y pardas de aves actuales cuyo color se conocía. Ese conjunto de plumas era el conjunto de entrenamiento. Después utilizaron varios parámetros, la variación del eje largo, la asimetría de la distribución del eje corto, la relación entre longitud y anchura y la densidad, para asignar los cuerpos fósiles a las categorías conocidas. Ese paso se llama análisis discriminante.
El resultado fue un pequeño dinosaurio de dibujos bien definidos: cuerpo mayoritariamente gris; plumas largas de alas y patas blancas con puntas negras, dispuestas en franjas blancas y negras; una cresta parda rojiza y manchas del mismo color esparcidas por la cara. Según los investigadores, el dibujo de sus alas y patas recordaba mucho al de una variedad de gallina doméstica, la Hamburgo moteada. Era la primera vez que se daba color a un dinosaurio de la cabeza a los pies.
Aquí conviene detenerse. Viene la frase más importante de este episodio: veintinueve puntos no son veintinueve píxeles. Una fotografía de móvil tiene más de diez millones de píxeles.
Entre esos veintinueve puntos y una imagen continua del cuerpo entero en color hay una cadena de operaciones: tomar una muestra, medir los numerosos cuerpos que contiene, asignar ese punto a una categoría cromática y, según la región del plumaje a la que pertenece, extender esa categoría a las plumas vecinas del mismo tipo que no se han muestreado. Al final, un ilustrador une las zonas. La imagen que ves en internet es un campo de color continuo. Las mediciones originales corresponden a veintinueve posiciones separadas.
La fiabilidad de las clasificaciones tampoco es uniforme. El artículo lo especificaba: de las veintinueve muestras, veinticuatro tenían una probabilidad de asignación superior a 0,9. En tres solo era de entre 0,56 y 0,74: clasificaciones claramente ambiguas.
En varias posiciones había tan pocos melanosomas que se interpretó una falta de depósito de pigmento y, por tanto, un tono «claro» o «casi blanco». La muestra número catorce era, además, un valor claramente atípico dentro del espacio discriminante.
Negro y pardo se distinguen bastante bien por la morfología. Con el gris la cosa se complica. Puede resultar de muchas combinaciones de formas y densidades, de modo que ocupa una región más amplia del espacio discriminante y queda más cerca de otras categorías. Los propios autores lo advertían: pigmentos como los carotenoides y las porfirinas no dejan formas que puedan leerse del mismo modo. El análisis no permitía descartar que hubieran contribuido al color real del plumaje.
Hay otro detalle que casi nunca aparece junto a las reconstrucciones: aquel ejemplar de Anchiornis no conservaba la cola. La de la ilustración del artículo se completó tomando como referencia otro ejemplar más entero. Así que esta «reconstrucción de cuerpo completo», convertida en modelo, reunía información de tres procedencias: mediciones del propio ejemplar, anatomía completada a partir de otro e intervención del ilustrador para unirlo todo.
Queda, por último, la escala de la calibración. El conjunto de entrenamiento inicial del estudio de Anchiornis distinguía solo tres categorías: negro, pardo y gris.
Cuando el equipo hizo balance del método, comunicó una tasa de acierto cercana al noventa por ciento para ese problema limitado a tres opciones. Tres categorías, noventa por ciento: ese era todo el alcance inicial de la cadena de calibración.
La base de datos sí creció después. Una de las bases comparativas habituales en estudios de dinosaurios y aves antiguas llegó a reunir ciento sesenta y ocho muestras de plumas de ciento una especies de aves actuales.
Después apareció otro estudio que abarcaba ciento ochenta y un taxones de amniotas actuales. Su resultado principal no fue que «esta correspondencia es más universal», sino justamente lo contrario: la fuerte asociación entre morfología y color era bastante significativa en las plumas de aves y el pelo de mamíferos, pero no podía trasladarse sin más a la piel de lagartos, tortugas y crocodilianos.
En 2012 se añadieron plumas iridiscentes y plumas como las de los pingüinos. El problema pasó de tres a cinco opciones, y el acierto al predecir el color solo por la morfología de los melanosomas bajó a aproximadamente el ochenta y dos por ciento. En 2019 se incorporaron los colores estructurales no iridiscentes. El acierto quedó en torno al sesenta y dos por ciento; el gris y esos colores estructurales resultaban especialmente difíciles de separar. Entre forma y color no hay una tabla de correspondencias uno a uno, sino una relación probabilística. Y esa probabilidad depende de los grupos con los que se entrene, del tejido, de cómo se dividan las categorías de color y del modelo estadístico utilizado.
III Melanosomas o bacterias
En 2014, siete investigadores publicaron un artículo de título inequívoco: Melanosomas o microbios.
Su argumento era muy limitado y, precisamente por eso, más difícil de rebatir: las fotografías al microscopio, por sí solas, no permiten descartar los microorganismos.
El experimento consistía en una comparación. Pusieron lado a lado los verdaderos melanosomas del interior de plumas de gallina actuales, los microorganismos que crecían en la superficie de las plumas y la capa viscosa que formaban, parecida a la película resbaladiza de las paredes interiores de una tubería. Utilizaron microscopía electrónica de barrido, de barrido por emisión de campo y de transmisión.
Después volvieron a examinar una pluma fósil atribuida a Gansus yumenensis y una serie de micrografías de fósiles ya publicadas. La conclusión cabía en tres frases: los tamaños se solapan, las formas se solapan y las distribuciones también pueden solaparse.
Lo del tamaño es lo más fácil de entender. Los melanosomas de las plumas de aves suelen medir entre unos cientos de nanómetros y unos dos micrómetros. Muchas bacterias esféricas y en forma de bastón se encuentran en ese mismo orden de magnitud.
Más tarde, los estudios de ranas fósiles aportaron un ejemplo aún más claro: ciertas bacterias con forma de bastón pueden alcanzar entre 1,5 y 2,5 micrómetros. Y, ante cuerpos esféricos o elipsoidales, la microscopía electrónica de barrido por sí sola ni siquiera permite decidir si se trata de cocos o de melanosomas. Así que «aproximadamente un micrómetro» no distingue nada; «bastón alargado» distingue poco; «esfera» es especialmente peligroso.
La forma tampoco funciona como un interruptor de dos posiciones. En las primeras ilustraciones divulgativas, los eumelanosomas solían ser salchichas y los feomelanosomas, albóndigas. Muy útil para enseñar, demasiado tosco para identificar: las propias bacterias incluyen cocos, bacilos y toda clase de formas intermedias. La relación entre longitud y anchura de los melanosomas también varía de manera continua y cambia de un tejido a otro.
Los defensores de la interpretación como melanosomas cambiaron después de estrategia. En vez de comparar los cuerpos uno por uno, compararon la distribución estadística del conjunto. Sostenían que los cuerpos de las plumas fósiles se situaban, en conjunto, dentro del intervalo relativamente estrecho de tamaños y formas de los melanosomas actuales, mientras que los microorganismos de los experimentos de control mostraban una variedad mucho mayor. La discusión ya había cambiado de forma: no era «¿hay alguna bacteria que se parezca a un melanosoma?», sino «¿a qué clase de estructuras se parece más la distribución de todo este conjunto?».
Lo que de verdad inclinó la balanza fueron otros dos tipos de pruebas. El primero fue la disposición. En aquella pluma de Crato, los cuerpos se concentraban en las antiguas bandas oscuras y seguían el eje de las barbas y las bárbulas.
En las bandas claras apenas había cuerpos carbonosos equivalentes. En las plumas actuales, los melanosomas también entran en las células de queratina siguiendo la estructura de desarrollo de la pluma; no se limitan a cubrir al azar su superficie.
En la pluma iridiscente de Messel, la estructura era aún más concreta: los cuerpos formaban una capa continua y densa en la superficie de las bárbulas, con una disposición más laxa en el interior, en correspondencia con las estructuras de interferencia de película delgada de las plumas actuales. Pedirle a una biopelícula aleatoria de descomposición que reproduzca a la vez los límites anatómicos de la pluma, su orientación y las capas que exige el efecto óptico encarece mucho la explicación. Pero este criterio tiene un ámbito de aplicación: los ejemplares muy aplastados, sin queratina y reducidos a una capa de microcuerpos son precisamente los que pierden esa información topológica. La capacidad de distinguir que ofrece un caso excepcionalmente conservado no se puede trasladar automáticamente a todos los fósiles.
El segundo tipo de prueba fue la posición. Un estudio de 2016 sobre las plumas de Eoconfuciusornis, un ave de hace ciento treinta millones de años, comunicó que los cuerpos y las estructuras de aspecto queratínico conservadas mantenían la relación que debían tener en el tejido original de la pluma. Además, se habían obtenido pruebas moleculares tanto de queratina como de melanina.
Esto respondía directamente a la pregunta central del artículo de 2014: los melanosomas actuales son componentes internos del tejido de las plumas, no una película bacteriana externa depositada después sobre su superficie. No demuestra que todos los microcuerpos publicados hasta entonces fueran melanosomas. Pero refuerza considerablemente la afirmación general de que los melanosomas pueden conservarse en su posición original junto con las plumas.
La química ofrece una tercera vía, y sus exigencias deben quedar especialmente claras. En 2012 se utilizó una espectrometría de masas capaz de leer fragmentos moleculares de la superficie para analizar estructuras parecidas a melanosomas en los ojos de peces del Eoceno. Su espectro de fragmentos coincidía con el de la melanina actual y, además, la señal coincidía espacialmente con los cuerpos. En 2015, otro equipo añadió a esta lógica experimentos de diagénesis: al someter melanina actual a tratamientos de maduración de doscientos y doscientos cincuenta grados Celsius, sus espectros se iban aproximando a los fósiles.
Eso significa que «el espectro del fósil no es igual al de la melanina fresca» no refuta necesariamente la presencia de melanina original. La diferencia puede ser el resultado reproducible de una transformación diagenética. Ahora bien, la identificación depende de la combinación estadística de un conjunto de fragmentos: ninguna señal aislada es exclusiva de la melanina.
Lo mismo ocurre con las imágenes de distribución de elementos obtenidas mediante radiación sincrotrón. En 2011 se cartografió el cobre y otros elementos traza en plumas fósiles, y se señaló que el cobre unido a materia orgánica se concentraba en las zonas que originalmente contenían melanina.
Su ventaja es que permite cartografiar superficies amplias y comprobar directamente si el dibujo corresponde a una zonación química. Su desventaja es que ni el cobre ni el zinc ni el calcio son exclusivos de la melanina. Los sedimentos y los microorganismos también adsorben esos elementos, y los propios microorganismos pueden sintetizar melanina.
La espectroscopía Raman ilumina una muestra con un láser y lee las vibraciones moleculares. Su situación es la más delicada: la melanina y muchos materiales carbonosos desordenados producen espectros casi idénticos. Permite decir «aquí hay un material carbonoso compatible con melanina». No permite decir «estos gránulos son melanosomas».
Reunidas las tres vías químicas, queda una frase poco agradable, pero exacta: detectar una señal semejante a la melanina no significa que cada cuerpo de la fotografía sea un melanosoma. Todavía hay que demostrar que la señal y los cuerpos coinciden en el espacio, y descartar los sedimentos, la melanina microbiana y otras fuentes de materia carbonosa.
¿En qué punto estamos, entonces? Depende del caso. Cuando la conservación es buena, la disposición concuerda con la estructura de las barbas y con las bandas de color, y las señales químicas coinciden espacialmente, la explicación bacteriana ya es una alternativa muy débil. Ante cuerpos aislados, expuestos sobre la superficie de la roca, sin ubicación dentro de un tejido ni comprobación química, las bacterias siguen siendo un origen que hay que descartar.
Una revisión metodológica de 2020 propuso un procedimiento de comprobaciones sucesivas. En la práctica, viene a decir esto: examinar cada ejemplar por separado, sin conceder licencias generales. Es una disciplina estricta. Retira el permiso global que encierra la frase «tal método ya ha demostrado que hay melanosomas» y devuelve la carga de la prueba a cada ejemplar.
IV Las formas cambian
Supongamos que aceptamos que aquellos cuerpos son, efectivamente, melanosomas. La discusión no termina: cambia de nivel. La pregunta de la segunda ronda es hasta dónde podemos llegar de la forma al color, incluso si no nos hemos equivocado de identidad. Aquí hay cinco problemas independientes. Resolver uno no resuelve los demás.
El primero es que la diagénesis altera la forma. En 2013, cinco investigadores sometieron plumas actuales a temperaturas y presiones altas para simular su maduración durante el enterramiento. Entre las condiciones utilizadas había temperaturas de doscientos y doscientos cincuenta grados Celsius y una presión de unas doscientas cincuenta atmósferas.
El resultado no fue la destrucción de los melanosomas. Al contrario: persistían cuando las demás estructuras de la pluma ya estaban considerablemente degradadas. Pero cambiaban de tamaño, de forma y de distribución espacial. En algunas muestras se describió una contracción lineal cercana al veinte por ciento.
El resultado golpeaba de lleno un supuesto oculto de la cadena de clasificación. Las longitudes, anchuras y relaciones entre ambas del conjunto de entrenamiento actual no han pasado por la diagénesis. Las longitudes, anchuras y relaciones entre ambas de los fósiles que entran en el modelo sí han pasado por una historia térmica desconocida. No se está comparando lo mismo a ambos lados.
Tampoco sabemos cuánto han cambiado. En otra serie de experimentos, de 2015, los melanosomas se redujeron aproximadamente de forma proporcional entre un diez y un veinte por ciento. Las condiciones experimentales están fijadas; cada fósil natural, en cambio, tiene su propia historia de enterramiento. Sabemos que la forma cambia, pero no cuánto ha cambiado en cada ejemplar.
Los experimentos de 2023 avanzaron un paso más. Se hicieron madurar plumas actuales con melanina dentro de sedimentos compactados, un entorno más parecido al sistema natural de poros, a temperaturas de entre ciento noventa y trescientos grados. Entre ciento noventa y doscientos veinticinco grados, las plumas de distintos colores iban convirtiéndose en manchas pardas muy parecidas. Las negras y las pardas rojizas acababan todas pardas.
Al acercarse a los doscientos cincuenta grados aumentaba la carbonización. Cerca de los trescientos se perdía todavía más carbono orgánico. Hay aquí un detalle que necesitaremos después: a grados de maduración elevados, la eumelanina parece más estable que la feomelanina.
Por eso hoy no existe una fórmula que permita calcular, a partir de las dimensiones de los melanosomas fósiles, las que tenían en vida. Resulta más fiable comparar entre sí las zonas de distinto color de un mismo ejemplar que compararlas directamente con plumas actuales frescas.
El segundo problema es más básico: aunque la forma se conservara intacta al cien por cien, podría no determinar un único color.
Ya vimos en la segunda sección que la relación funciona bastante bien en las plumas de aves y deja de hacerlo en la piel de lagartos, tortugas y crocodilianos. ¿Qué pasa con el pelo de los mamíferos?
Un estudio de 2025, con una muestra amplia, lo dejó aún más claro. Los investigadores midieron más de siete mil seiscientos melanosomas procedentes de cincuenta y nueve especies de mamíferos actuales, además de un fósil jurásico. La morfología de los melanosomas solo explicaba aproximadamente una cuarta parte de la variación del «grado de rojo» y menos de una décima parte de la luminosidad.
El ejemplo más fácil de visualizar: el elefante africano y el asiático tienen distinto color corporal, pero la geometría de sus melanosomas es casi idéntica.
A la inversa, distintas combinaciones también pueden producir el mismo color. Entre la forma de los gránulos y el color al que el ojo humano puede poner nombre median la composición química de los pigmentos, la cantidad y la densidad de los gránulos, la manera en que se alojan en la queratina y la dispersión de la luz. Los primeros modelos solían tener en cuenta solo dos o tres de esos factores.
El tercer problema es el color estructural. La iridiscencia no es el color del pigmento en sí. Surge de estructuras laminadas nanométricas, formadas por materiales con distintos índices de refracción. Los colores de una pompa de jabón obedecen al mismo principio.
En las plumas, las interfaces entre melanosomas, queratina y aire pueden formar películas delgadas o sistemas de varias capas. La luz reflejada por interfaces contiguas interfiere, y determinadas longitudes de onda se refuerzan. Basta cambiar el grosor de las capas, la distancia entre melanosomas o el ángulo de incidencia para que cambie el color del máximo de reflexión.
Por eso no basta con encontrar melanosomas para decidir si un fósil era iridiscente: hay que reconocer su disposición en capas y medir la separación entre ellas. Y eso es precisamente lo que altera la compactación. Una variación de unos pocos a unas decenas de nanómetros puede cambiar el color.
Microraptor es el ejemplo más característico. El estudio de 2012 lo describía negro de cuerpo entero, con un brillo negro azulado semejante al de las plumas de un cuervo. El negro tiene un respaldo relativamente firme: hay muchos melanosomas y sus formas entran dentro del intervalo de las plumas de negro intenso.
El brillo es menos seguro. La queratina original suele haber desaparecido, y el fósil aplastado puede no haber conservado la distancia original entre capas. Por eso «muy negro, posiblemente brillante» es mucho más fiable que «en esta zona había exactamente un brillo metálico negro azulado».
El cuarto problema son los puntos ciegos del propio método. Los carotenoides producen muchos amarillos, naranjas y rojos. A ellos se deben el rosa de los flamencos y el amarillo de los canarios. Las porfirinas pueden producir rojos, verdes y otros tonos.
Estas moléculas no forman gránulos que puedan interpretarse por su forma; el propio artículo original de Anchiornis ya lo reconocía. Tampoco es que no puedan dejar ningún rastro. Simplemente son mucho más difíciles de identificar que la melanina, e incluso cuando se detecta un marcador químico cuesta precisar en qué lugar se encontraba originalmente.
El quinto problema: los melanosomas no son exclusivos de plumas y piel. En los vertebrados actuales abundan en el epitelio pigmentario de la retina, las células pigmentarias de la piel y ciertos órganos internos. Nosotros mismos tenemos una capa de melanina en la pared posterior del ojo, que absorbe la luz sobrante como la cámara oscura de una cámara fotográfica.
Los estudios de ranas actuales y fósiles han mostrado que los tejidos internos, como el hígado, los pulmones y el bazo, pueden contener incluso más melanosomas que la piel. En los experimentos de descomposición, la mayoría de los melanosomas de los órganos internos permanecen en el tronco, pero las perturbaciones, la putrefacción y las corrientes de agua pueden sacar a algunos de su posición original. En un estudio de setenta y tres ranas fósiles, alrededor del noventa y tres por ciento conservaba melanosomas que no procedían de la superficie corporal. En aproximadamente una cuarta parte de esos casos, la distribución de los cuerpos se extendía del tronco a las extremidades.
Así que una capa de cuerpos negros que cubra la silueta del animal no tiene por qué ser «el color original de su piel». Puede contener melanosomas de los ojos, el hígado, el peritoneo u otros tejidos, redistribuidos después de su degradación.
Por tanto, «identificar melanosomas» exige en realidad responder a dos preguntas: si aquello es un melanosoma y de qué tejido procedía. La química puede ayudar con la primera. Para la segunda seguimos dependiendo, sobre todo, de la posición anatómica.
V Las imágenes que hubo que cambiar
La mejor prueba de la fiabilidad de una cadena de evidencias no consiste en mirar lo que proclama, sino qué se ha corregido en ella y a qué nivel se hizo la corrección.
Sinosauropteryx es uno de los casos que más cambiaron. La célebre conclusión de 2010 era que su cola tenía anillos claros y oscuros, y ciertas formas de melanosomas se interpretaron como indicio de color castaño o pardo rojizo. En 2017 se volvió a cartografiar sistemáticamente el pigmento de varios ejemplares. Además de confirmar los anillos de la cola, se propusieron un dorso oscuro, un vientre claro, un «antifaz» oscuro alrededor de los ojos, como el de un ladrón enmascarado, y un marcado contrasombreado.
Lo interesante es la dirección de los cambios. El dibujo se amplió: de los anillos de la cola se pasó al gradiente entre dorso y vientre de todo el cuerpo y al antifaz. La certeza del matiz, en cambio, se restringió. A medida que salían a la luz los problemas de conservación de la feomelanina y de corrección de la morfología, resultaba mucho más prudente escribir «hay zonas claras y oscuras, con distinta distribución de melanina» que insistir en un valor cromático castaño exacto. Una imagen puede volverse a la vez más rica y más cauta. No hay contradicción.
Gansus yumenensis era un ave que vivía junto al agua hace más de cien millones de años. Sus fósiles proceden de Yumen, en Gansu. En su caso se revisó otro nivel, uno más profundo. Los primeros trabajos habían incorporado los cuerpos de las plumas de aquel ejemplar al conjunto de pruebas sobre melanosomas.
En 2014, el artículo Melanosomas o microbios volvió a examinar aquella pluma y concluyó que los cuerpos vistos al microscopio electrónico de barrido no bastaban para confirmar su identidad. No se estaba retocando un tono de un «retrato en color de Gansus». Se estaba revisando si se había identificado correctamente el objeto mismo que sustentaba la reconstrucción del color.
Archaeopteryx, considerado a menudo la primera ave, vivió hace ciento cincuenta millones de años en lo que hoy es Alemania. La historia de su pluma aislada es todavía más enrevesada. Se halló en Alemania en 1860 o 1861 y se describió en 1861, antes que el esqueleto. El nombre Archaeopteryx se dio por primera vez a aquella pluma.
Un estudio de 2012 interpretó que la célebre pluma estaba muy melanizada, que era casi negra, y la incorporó al debate sobre el plumaje de Archaeopteryx. En 2013, otro equipo utilizó imágenes químicas de sincrotrón y sostuvo que el pigmento se concentraba principalmente en la punta y en el vexilo externo.
En 2019, la fluorescencia estimulada por láser permitió recuperar el contorno del cálamo, eliminado durante una preparación antigua. Los investigadores concluyeron que la pluma no encajaba con ninguno de los tipos de pluma de Archaeopteryx y que quizá ni siquiera perteneciera a ese animal. En 2020, otro equipo volvió a defender que sí era compatible con esa atribución.
En esta controversia apenas se tocó el tramo local de la cadena que va de los cuerpos a la melanina y de la melanina al negro. Lo que se discutía era si aquella pluma negra pertenecía a Archaeopteryx, dónde estaba situada en su cuerpo y si podía representar al animal entero. Que la medición sea correcta no garantiza que la ubicación en la reconstrucción también lo sea. Mejorar solo la medición del color no resuelve la atribución ni la posición anatómica; hacen falta otras pruebas, entre ellas las anatómicas y taxonómicas.
Borealopelta es un dinosaurio anquilosaurio que un conductor de excavadora encontró en 2011 en una mina de arenas petrolíferas de Canadá. Medía más de cinco metros, pesaba más de una tonelada y conservó la piel y la armadura en tres dimensiones, como una escultura de piedra.
El artículo de 2017 reconstruyó, a partir de los restos orgánicos de la piel, un dibujo oscuro por arriba y claro por debajo, y propuso una tendencia al pardo rojizo. Si un animal tan grande todavía necesitaba ese dorso oscuro y ese vientre claro para ocultarse, los depredadores que se lo comían debían de ser de cuidado. También es un buen ejemplo de que el dibujo resulta más fiable que el nombre del color.
Pero otros trabajos químicos, de alcance más amplio, encontraron que los compuestos aromáticos con azufre y las señales de melanina alterada por la diagénesis pueden verse afectados por el grado de maduración, la sulfurización y otras sustancias orgánicas. Por tanto, «un gradiente espacial de contrasombreado» y «era exactamente pardo rojizo» no son conclusiones del mismo nivel. La capa uniforme de color pardo de las reconstrucciones públicas las aplasta visualmente hasta convertirlas en un solo hecho.
El experimento más elegante se hizo con Psittacosaurus, un dinosaurio herbívoro del tamaño de un perro y con un pico parecido al de un loro. El dorso oscuro y el vientre claro son frecuentes en los animales actuales. Esta combinación se llama contrasombreado: la luz llega desde arriba y el vientre ya queda a oscuras; al oscurecer el dorso y aclarar el vientre, el animal parece más plano y cuesta más verlo.
Primero se dibujó la distribución del pigmento entre el dorso y el vientre de Psittacosaurus a partir de los restos de piel conservados. Después, con las medidas de su esqueleto, se construyó un modelo del cuerpo a escala real, se pintó de gris uniforme y se expuso a dos clases de luz: la luz difusa bajo un dosel forestal y el sol directo de un espacio abierto.
Se midió la sombra que producía el propio modelo y se calculó qué transición de oscuro a claro haría falta sobre el cuerpo para anularla. Después se comparó el límite previsto con el límite real del fósil. El ajuste era mejor con la luz difusa del bosque. De ahí se dedujo que Psittacosaurus probablemente vivía entre árboles.
Cada eslabón de esta cadena es menos firme que el anterior. La distribución de zonas claras y oscuras en la piel se puede ver: es el más sólido. Decir que servía para camuflarse ya es una interpretación funcional, algo más débil. Relacionarla con la luz bajo los árboles depende de un modelo óptico.
Afirmar que el animal vivía en un bosque añade supuestos sobre su postura habitual y su manera de moverse: es el eslabón más débil. La conclusión de 2017 de que Sinosauropteryx «vivía en espacios abiertos» utiliza la misma lógica. La última frase no puede escribirse con la misma certeza que la primera.
VI Qué se ha medido en esa imagen
Ya podemos responder a la pregunta con la que arrancaba este episodio: cuánto de una reconstrucción de dinosaurio en color difundida públicamente está respaldado por mediciones.
Anchiornis es el ejemplo más claro. Las pruebas corresponden directamente a veintinueve puntos de muestreo y a las zonas del plumaje próximas a ellos. En veinticuatro, la probabilidad de clasificación supera 0,9; en varios es claramente menor. Entre esos puntos y un campo continuo de color de todo el cuerpo hace falta interpolar. Y la cola ni siquiera se conservaba en ese ejemplar.
Una reconstrucción puede, por tanto, dividirse en cuatro capas. La de medición directa: tamaño, forma, densidad y categoría estadística de los cuerpos en los puntos muestreados. La de extrapolación espacial: se supone que las partes no muestreadas de una misma región del plumaje coinciden con el punto del que se tomó la muestra.
La de compleción anatómica: los contornos del plumaje que este fósil no conserva, pero que pueden inferirse de otros ejemplares. La artística: las transiciones continuas, la saturación exacta, la intensidad del brillo, el color de los ojos y del interior de la boca, todos los tejidos blandos no conservados, la iluminación y el fondo.
Las cuatro capas ocupan superficies muy distintas en la imagen, y la propia imagen no nos dice dónde están sus límites. Se parece un poco a una fotografía antigua coloreada después: la fotografía es real, los colores se añadieron pincelada a pincelada, y al espectador le cuesta saber qué pinceladas tienen fundamento. Una ilustración sin leyenda extiende conocimientos de tres grados distintos de solidez sobre una misma superficie continua de color. El lector recibe un objeto visualmente uniforme de principio a fin.
Hay un color que merece una explicación aparte: el blanco.
El estudio de Anchiornis interpretó las bases de las plumas, donde había muy pocos melanosomas, como claras, casi blancas. La inferencia es razonable por analogía con las plumas de las aves actuales.
Hoy, la mayoría de las plumas blancas de las aves son blancas porque carecen de pigmento: la luz se dispersa en todas direcciones dentro de la queratina. Muchas gaviotas blancas, sin embargo, tienen las puntas de las alas negras. La melanina hace las plumas más resistentes al desgaste; se utiliza el negro en las zonas que más trabajo soportan.
Pero, desde el punto de vista lógico, «no hay melanosomas» admite al menos cuatro posibilidades. Que originalmente no hubiera pigmento y aquello fuera blanco. Que hubiera pigmentos distintos de la melanina, como los carotenoides. Que hubiera colores estructurales independientes de los melanosomas. O que los melanosomas y el tejido se perdieran durante la conservación.
Aparece así una asimetría: el «negro» a menudo puede apoyarse en pruebas positivas; el «blanco» suele depender en parte de pruebas negativas. No deberían recibir el mismo grado de respaldo, aunque en la reconstrucción parezcan igual de seguros.
Aquí sirve la regla del ensayo 11: no encontrar algo resulta informativo en la medida en que esperaríamos detectarlo si hubiera estado presente. La pregunta es esta: si aquella zona de la pluma hubiera sido rica en melanina, ¿qué probabilidad habría de encontrar melanosomas bajo las mismas condiciones de conservación y con los mismos métodos?
Solo si esa probabilidad es alta, el vacío debilita la hipótesis de una pluma originalmente rica en melanina. No demuestra por sí solo que fuera blanca ni descarta las otras posibilidades, en especial los carotenoides originales, que este método morfológico no puede ver.
Las imágenes públicas también mezclan otras dos cosas: la categoría de color y el valor cromático elegido por el artista.
El análisis discriminante suele proporcionar categorías amplias, como «negro», «gris», «pardo» o «pardo rojizo». No entrega un valor único de la paleta. Dentro de una misma categoría, los animales reales pueden diferir mucho en luminosidad, saturación y brillo. Por eso, aquel gris concreto, aquel castaño rojizo o aquel negro azulado de la ilustración de un artículo deben entenderse como «un ejemplo visual compatible con la categoría de color del estudio», no como el único código de color que un instrumento extrajo de la piedra.
¿Hay alguna regla que le sirva al lector corriente? Sí. Cuando mires la reconstrucción de un dinosaurio, distingue el «dibujo» del «nombre del color». Las bandas claras y oscuras, las manchas, los antifaces alrededor de los ojos y los gradientes entre dorso y vientre pertenecen al dibujo.
Siempre que la distribución espacial esté bien conservada, el dibujo puede tener un respaldo considerable. Probemos con Anchiornis: las franjas blancas y negras de las alas y la presencia de una cresta son dibujo. Que esa cresta «fuera exactamente castaña o parda rojiza» pertenece al nombre del color. Tiene que superar tres obstáculos, la corrección diagenética, la correspondencia propia de cada grupo y la densidad, y su grado de respaldo es claramente inferior.
La regla tiene otro resultado útil: explica por qué las revisiones siempre cambian primero los nombres de los colores y después los dibujos. La revisión de Sinosauropteryx siguió precisamente ese patrón: el dibujo se amplió y el nombre del color se hizo más prudente. Un mismo conjunto de nuevas pruebas puede actuar en sentidos opuestos sobre dos niveles distintos.
No es una exigencia excesiva. Recuperar los colores de un cuerpo entero exige un muestreo abundante y, a menudo, destructivo.
Los ejemplares grandes no caben enteros en un microscopio electrónico. Tomar una muestra suele exigir raspar un pequeño fragmento del fósil. La investigación real está necesariamente limitada por la densidad de muestreo, y unas muestras escasas pueden no bastar para describir toda la variación cromática del cuerpo. Esa limitación debería figurar junto a la reconstrucción, no escondida en el material suplementario de métodos.
Una imagen terminada puede ocultar que las pruebas están incompletas. Sí es posible mostrar incertidumbre: con leyendas, zonas en blanco o versiones alternativas. Sin esas señales, confundimos fácilmente una representación nítida con un conocimiento seguro.
VII Hasta dónde ha llegado el mismo camino
Las aves antiguas son la extensión más natural del método, porque su calibración procede sobre todo de plumas de aves actuales. Confuciusornis, Eoconfuciusornis, varias enantiornitas y las plumas de aves de Messel se han utilizado para estudiar la morfología de los melanosomas, los dibujos del plumaje y los colores estructurales.
Eoconfuciusornis es especialmente importante: las pruebas de conservación conjunta de melanosomas y queratina refuerzan directamente la interpretación de que los cuerpos proceden del propio animal. La fiabilidad suele depender de algo muy sencillo: si todavía se puede reconocer dónde estaban las barbas y las bárbulas. Los cuerpos aislados, sin una ubicación clara dentro de la anatomía de la pluma, son mucho menos fiables.
Los mamaliaformes ofrecen ahora la dirección más interesante, porque en un mismo año coincidieron el éxito de la extrapolación y una advertencia sobre la calibración. En 2025 se construyó una base de datos de melanosomas del pelo de ciento dieciséis especies de mamíferos actuales y se reconstruyó el pelaje de seis fósiles de mamaliaformes mesozoicos, de hace entre unos ciento sesenta y cinco y ciento veinte millones de años. Los mamaliaformes son los mamíferos y sus parientes evolutivos más próximos; en aquella época, la mayoría tenía apenas el tamaño de un ratón. El resultado fue un conjunto de pelajes muy parecidos entre sí: pardos oscuros y uniformes.
Ese mismo año, otro estudio de más de siete mil seiscientos melanosomas de cincuenta y nueve especies de mamíferos actuales encontró una correlación general débil entre la morfología y el color del pelo, además de un efecto filogenético marcado. Los dos resultados deben ponerse uno junto al otro, no elegir uno de ellos.
El resultado favorable es este: cuando se entrena específicamente con mamíferos y se limita la predicción a categorías cromáticas amplias, se puede extraer una señal útil. El límite es este otro: en el pelo de mamífero, la relación entre forma y color está muy lejos de ser uno a uno. Conviene entender, por tanto, los colores del pelaje mesozoico como predicciones probabilísticas y no copiar la regla sencilla de «salchichas frente a albóndigas» de los primeros estudios de plumas.
Los reptiles marinos llevaron el método de las plumas a la piel. Se han descrito eumelanina y estructuras semejantes a melanosomas en restos de piel de ictiosaurios, mosasaurios y antiguas tortugas laúd. Se propuso que al menos algunos ictiosaurios tenían toda la superficie corporal oscura, como las tortugas laúd actuales, y se hicieron comparaciones con el camuflaje, la protección ultravioleta o la fisiología térmica de los animales marinos modernos. Sin embargo, un estudio de 2018 sobre otro ictiosaurio jurásico concluyó que tenía el dorso oscuro y el vientre claro.
Pero la relación entre forma y color en la piel no es tan estable como en las plumas de aves, y el desplazamiento de melanosomas de los órganos internos resulta especialmente problemático en tejidos blandos que no son plumas. También aquí hay dos grados de respaldo: «hay melanina en la región de la piel» puede ser una conclusión bastante fuerte; «por su forma, esta zona de piel tenía tal tono concreto de pardo» es claramente más débil.
Los insectos fósiles siguen otra rama. Muchos colores de los élitros y las escamas alares de los insectos proceden de nanocapas de quitina o de estructuras fotónicas. Así se produce el verde metálico de algunos escarabajos actuales. La separación conservada entre capas permite calcular la reflexión original, aunque la diagénesis puede desplazarla.
De modo que el camino del «color de los dinosaurios» ya se ha dividido en dos: uno utiliza orgánulos y química de pigmentos como indicadores indirectos; el otro, estructuras nanoópticas. A veces convergen en las plumas de las aves, porque los propios melanosomas pueden formar estructuras ópticas.
¿Hasta dónde podemos retroceder en el tiempo? Durante mucho tiempo, el registro más antiguo citado de forma habitual era del Carbonífero tardío, de hace unos trescientos siete millones de años. En fósiles de Mazon Creek, en el estado estadounidense de Illinois, se habían identificado estructuras semejantes a melanosomas en los ojos de peces sin mandíbulas, como lampreas y mixinos, y en la superficie corporal de las lampreas.
El monstruo de Tully del que hablamos en el episodio decimotercero también procede de allí. La identificación se apoyaba en el tamaño, la morfología, el modo de conservación y el hecho de que los cuerpos permanecieran confinados a sus estructuras anatómicas originales.
En 2026, el récord saltó de golpe al Cámbrico, hace unos quinientos dieciocho millones de años. En fósiles de algunos de los primeros vertebrados de Chengjiang, en Yunnan, se encontraron melanosomas cargados de melanina, iguales a los de la capa de la pared posterior de nuestros ojos. También se detectó la señal química de la melanina. Aquellos animales tenían cuatro ojos en la cabeza: un par a los lados y otros dos en la parte superior.
Ninguno de estos dos casos es un retrato en color del cuerpo entero de un animal remoto. La mayor parte de las pruebas procede de tejidos, como los ojos, que ya de por sí contienen mucha melanina. Por eso dicen más sobre «cuánto tiempo puede conservarse la melanina» que sobre «con qué detalle podemos reconstruir el color de todo el cuerpo». Los titulares han fundido esas dos preguntas muchas veces.
Hay otra extrapolación que exige especial cuidado: este camino también se ha utilizado para responder preguntas que no son de color. La forma y la distribución de los melanosomas han servido para discutir cambios fisiológicos, la evolución del metabolismo y de las plumas, e incluso la posición sistemática de animales fósiles. El gran estudio de 2014 llegó a proponer que la diversificación de los melanosomas en dinosaurios con plumas podía estar relacionada con cambios fisiológicos más amplios.
El problema es que ese mismo estudio demostró que la morfología de los melanosomas depende mucho del tejido y del grupo. Usar directamente «melanosomas de forma parecida» como un carácter de gran peso para establecer parentescos entre grupos distantes corre el riesgo de ser circular: se emplea una variable que sabemos que cambia con el tejido y el grupo para inferir relaciones entre grupos, cuando el patrón de variación de esa variable se ha leído precisamente a partir de esas relaciones. El tratamiento de los materiales del Carbonífero tardío fue más prudente: se utilizaron la posición anatómica y la disposición en capas de las células pigmentarias, en lugar de codificar la filogenia con la relación entre longitud y anchura de un cuerpo aislado.
El límite más prudente es una serie de pasos en los que cada uno permite afirmar menos que el anterior. De los melanosomas a la categoría de pigmento: se puede medir, si el tejido es adecuado y convergen varias pruebas.
De la categoría de pigmento al color visible: una relación probabilística. Del color visible a la función: varias soluciones posibles. De la función a la conducta y al ambiente: dependencia de modelos. De la conducta a la causa evolutiva: el color no puede decidir por sí solo. Cada escalón reduce lo que podemos afirmar, pero la divulgación suele quedarse únicamente con el último.
VIII Después de incorporar un resto
Ahora podemos volver al verdadero asunto de este episodio. El aspecto de los dinosaurios es la mitad. La otra mitad es lo que ocurrió cuando algo que antes no podía saberse se volvió medible. La cadena que permite leer, desde los diminutos cuerpos hasta el color, fue construida por nosotros para poder juzgar y comparar. Esta serie da a ese tipo de cosas el nombre de construcción.
Primero, confirmemos que la revocación fue real. Hoy podemos afirmar con bastante seguridad que ciertas plumas, pieles y tejidos oculares fósiles bien conservados contienen melanina o melanosomas originales, o sus residuos diagenéticos.
En algunos ejemplares hay verdaderas bandas claras y oscuras, manchas, antifaces o gradientes de pigmentación entre dorso y vientre. Los anillos de la cola de Sinosauropteryx, los dibujos blancos y negros de las alas de Anchiornis y los dorsos oscuros y vientres claros de Psittacosaurus y Borealopelta pertenecen a este grupo. En tejidos bien conservados del tipo de las plumas de aves, los melanosomas muy alargados y densamente dispuestos suelen respaldar la existencia de zonas negras o pardas oscuras muy eumelanizadas. No son conclusiones menores: hace veinte años estaban todas en la casilla de «incognoscible en principio».
Pero importa mucho cómo se produjo la revocación. No fue «por fin se puede medir el color». Fue esto: una imposibilidad de recuperación que parecía de una sola pieza se descompuso en varios pasos, cada uno medible y cada uno con su propio error.
Y, en cuanto se descompuso, aparecieron nuevos restos, más de uno. Esta serie llama resto a la parte que no cabe en la construcción y que tampoco se puede eliminar. Cuánto ha alterado la diagénesis: varía de un fósil a otro, no hay una constante universal. La correspondencia entre forma y color depende del grupo y del tejido: sirve para plumas de aves, no para piel de crocodilianos.
Los mecanismos de color distintos de la melanina son un punto ciego sistemático: muchos amarillos, naranjas y rojos vivos proceden de otros pigmentos; muchos azules, de otras nanoestructuras. La forma del melanosoma no basta para recuperarlos. Los cuerpos pueden venir de otros órganos: una capa negra no tiene por qué ser piel negra. El muestreo tiene un límite: un ejemplar grande no cabe entero en un microscopio electrónico.
Hay aquí algo muy fácil de pasar por alto: estos nuevos restos no son fragmentos del antiguo.
El viejo resto, «el color no puede recuperarse», no contenía la pregunta «¿qué porcentaje se ha contraído durante la diagénesis?». No podía contenerla. Sin un objeto medible no hay un problema sobre la deformación de ese objeto.
Del mismo modo, antes de disponer de aquella correspondencia no se podía decir «la relación entre forma y color falla en la piel de crocodilianos». La construcción despliega una capa y el resto despliega otra. Los nuevos restos son productos de la nueva construcción, no residuos del viejo resto que no se hubieran limpiado del todo.
Aquí el resto lo produce el propio acto de convertir lo no medible en medible. Crece junto con nuestra capacidad; cuanto mayor es esta, más concreto se vuelve aquel. Por eso no podemos suponer que esos restos desaparecerán con solo mejorar un poco más el método.
Hay además un problema de dirección, más profundo que cualquiera de los anteriores.
Lo que el método ve con más claridad son los negros, los pardos oscuros, algunos grises, algunos pardos rojizos y los brillos estructurales en cuya formación intervienen conjuntos ordenados de melanosomas. Lo que más fácilmente se le escapa son los amarillos, naranjas y rojos vivos de los carotenoides; las moléculas distintas de la melanina que apenas se conservan; los azules y los colores ultravioletas producidos por nanoestructuras de queratina y aire cuyo componente principal no son los melanosomas; y los verdes que resultan de la combinación de varios mecanismos. Añadamos el hallazgo de 2023: a grados elevados de maduración, la eumelanina parece más estable que la feomelanina.
Al sumar ambos efectos, la conclusión es esta: el método ya sesga hacia el negro y el marrón oscuro el mundo de colores mesozoicos que reconstruimos. Si un dinosaurio era amarillo vivo por otros pigmentos, el método podría pasar por alto ese amarillo. Eso no nos daría motivos para pintarlo de marrón.
El episodio undécimo trataba del sesgo de conservación: qué cosas pueden convertirse en fósiles. El sesgo de aquí aparece un paso después. Los restos ya están presentes y contienen información real; el sesgo reside en el propio indicador indirecto que utilizamos para medir.
Las propiedades que ese indicador permite ver y las que existieron realmente no son el mismo conjunto. Por eso, conclusiones como «los mamíferos mesozoicos eran, por lo general, de color pardo oscuro» deben leerse dos veces. La primera, para entender qué dicen. La segunda, para preguntar: si entre ellos los hubiera habido de color amarillo vivo, ¿los habría visto este método?
Aquí tenemos el proceso completo por el que un resto entra en la construcción.
Si ordenamos estos veinte años, aparece su forma. Al principio no había un indicador indirecto medible. Se encontró uno. Se descubrió que podía haberse identificado mal. Se añadieron comprobaciones químicas y topológicas.
Se aceptó parcialmente su identidad. Se descubrió que sus valores cambian durante la diagénesis. Se descubrió, además, que la correspondencia en los organismos actuales depende del grupo y del tejido. Cada paso cierra una brecha y, al mismo tiempo, abre otra.
Esto no devuelve el color al cajón de lo «incognoscible». Al contrario: hoy podemos decir sobre los colores de los dinosaurios mucho más que hace veinte años, y cada afirmación lleva consigo unas fuentes de error que pueden rastrearse. Esa posibilidad de rastreo ya es una ganancia: convierte los desacuerdos en algo que se puede discutir, en vez de dejar a cada cual hablando por su cuenta.
Pero aquella imagen sigue sin cerrarse. De sus cuatro capas, solo la primera se ha medido. De su espacio de color, toda una región queda fuera del método. Cada conclusión nueva deja a su lado una nueva pregunta.
Podemos seguir pintando. Pero con cada pincelada conviene recordar qué colores vienen del fósil y cuáles le hemos prestado nosotros.