Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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027 / 108 · Cuando el mundo nos rehace

Kafka: te despiertas y ya eres un bicho

Del dormitorio a la puerta de la ley: cuando no llega la explicación, la persona no deja de estar ahí.

I. Una frase

Una mañana, Gregor Samsa despierta de un sueño inquieto y descubre que, en su propia cama, se ha convertido en una criatura monstruosa. Algo que los demás acabarán mirando como una alimaña.

Así empieza La metamorfosis. Sin pócima, sin maldición, sin nadie encargado de explicar lo sucedido. Ni siquiera conocemos primero al Gregor de antes. Cuando llegamos, ya ha ocurrido.

La palabra alemana Ungeziefer no identifica una especie. Trae consigo el asco: algo indeseable, algo de lo que conviene librarse. Antes de distinguir bien ese cuerpo, hemos oído una palabra que lo expulsa.

El comienzo de la Quinta de Beethoven suele escucharse como el destino llamando a la puerta. Al menos una llamada concede un instante de aviso. Kafka lo suprime. El despertador sigue ahí, afuera llueve, el cuarto sigue siendo el suyo. Solo quien lo habita ya no se reconoce.

El sufrimiento de Raskólnikov en Crimen y castigo empieza antes de sus asesinatos y no se agota en ellos. Sin embargo, el crimen nos ofrece un punto desde el que preguntar. ¿Por qué lo hizo? ¿Cómo podrá vivir con lo que ha hecho?

Gregor no recibe un acta semejante. La novela no coloca un delito detrás de la transformación para volverla un castigo comprensible. Es un viajante que mantiene a su familia. Entonces una mañana corriente deja de serlo.

Nos gustan los porqués. Porque fue arrogante, porque se equivocó, porque no atendió las señales. Una explicación puede mantener la desgracia a cierta distancia: si yo actúo de otra manera, quizá no me pase.

Kafka nos quita esa distancia. Antes de buscar la alegoría, quedémonos junto a la cama. Hay alguien despierto. Todavía no sabe cómo atravesar este día.

II. Después de la transformación

Gregor se sorprende y tiene miedo. Pero muy pronto calcula horarios de tren y teme llegar tarde, teme que su jefe crea que no quiere trabajar. Su cuerpo ha dejado de ser reconocible y el trabajo todavía le exige explicaciones.

Esto hiere más que una conferencia sobre la alienación. Intenta darse la vuelta; las patitas se mueven cada una por su lado. Necesita ayuda. En cambio, prepara la justificación por haber perdido el tren.

El apoderado de la empresa llega a la casa. Detrás de la puerta están también la madre, el padre y la hermana. Gregor intenta hablar. Nosotros podemos seguir su pensamiento; ellos no entienden su voz. Por fin consigue abrir con ese cuerpo extraño.

El visitante retrocede, la madre se asusta, el padre lo obliga a volver al cuarto. Una puerta de dormitorio adquiere otra función: separar a quienes pueden participar en la vida familiar de quien debe permanecer oculto.

Al principio, Grete le lleva comida y trata de averiguar qué puede comer ahora. Los demás van encontrando trabajo. Su cansancio y sus problemas económicos son reales. Sin embargo, el cuidado se reduce, y el cuarto de Gregor termina recibiendo los objetos que sobran.

El padre le arroja manzanas. Una se le incrusta en la espalda y deja una herida duradera. No sabemos qué causó la metamorfosis. Sí sabemos quién lanzó la manzana.

Una noche, Grete toca el violín para los huéspedes. Gregor se acerca, atraído por la música. Recuerda que quería enviarla al conservatorio e imagina retenerla a su lado. Hay amor, pero también soledad y afán de posesión. No es el retrato de un santo impecable.

Tampoco es una molestia vacía por dentro. Escucha algo que los huéspedes no escuchan. En ese cuerpo cuyas palabras han dejado de entenderse continúa una vida entera que ya no consigue llegar a los demás.

Grete acaba pidiendo que se deshagan de aquello y se niega a reconocer a su hermano en la criatura. El horror no consiste en que Kafka haya retirado a Gregor su condición de persona. Consiste en ver cómo una familia retira su reconocimiento, buscando otras palabras para nombrarlo.

Gregor vuelve a su cuarto y muere hacia el amanecer. La asistenta mueve su cuerpo con la escoba. Después anuncia que ya no tienen que preocuparse por lo que había dentro. El relato no describe con precisión cómo se deshace del cadáver.

La familia toma el tranvía para salir de la ciudad. Hablan de empleos, de otra casa, del futuro de la hija. Ha llegado la primavera.

Kafka no sale a reprenderlos. El sol ilumina el final y nuestra incomodidad: el alivio de una familia ha podido empezar con la desaparición de uno de sus miembros.

III. El proceso

Otra habitación, otra mañana. Josef K., un empleado de banca de alto rango, recibe la noticia de que está detenido.

Es el comienzo de El proceso, escrito en 1914-1915 y dejado inconcluso. Max Brod lo preparó para su publicación en 1925, el año siguiente a la muerte de Kafka.

K. pregunta qué ha hecho. No le presentan una acusación que pueda examinar. Más extraño aún: puede seguir yendo al banco. La detención no lo encierra inmediatamente en una celda; va ocupando el resto de su vida.

El tribunal está en una casa de vecinos corriente, con una sala de audiencia abarrotada y oficinas sofocantes bajo el tejado. K. busca un procedimiento, un fundamento, alguien capaz de explicarse. Encuentra contactos, insinuaciones y nuevas reglas que no termina de entender.

Consulta a un abogado y a un pintor relacionado con los jueces. En la catedral, un sacerdote le cuenta Ante la ley. Un hombre del campo solicita entrar. El guardián responde: ahora no.

La puerta permanece abierta. Pero el guardián advierte que dentro esperan otros mucho más poderosos. El hombre se sienta, ruega, entrega lo que traía y envejece. Solo al final se entera de que aquella entrada estaba destinada únicamente a él. Ahora van a cerrarla.

¿Por qué no entró sin más? Dan ganas de gritárselo. Pero la prohibición y la amenaza no eran aire. Atribuir toda esa vida perdida a su debilidad hace que el poder del guardián desaparezca silenciosamente de la escena.

K. y el sacerdote discuten. ¿Quién fue engañado? ¿Quién quedó atrapado en su función? ¿Quién conoce de verdad la ley? La parábola no entrega una llave oficial de su sentido.

Al final, dos hombres conducen a K. a una cantera. A lo lejos se abre una ventana y alguien parece extender los brazos. ¿Todavía puede llegar ayuda? K. sigue mirando cuando entra el cuchillo. «¡Como un perro!», dice. La vergüenza parece destinada a sobrevivirlo.

No disponemos de un certificado omnisciente de su inocencia moral. Tampoco lo necesitamos. Una persona no tiene que ser santa para merecer conocer de qué la acusan, ni para que no la traten así.

IV. Sin un porqué

Sócrates pregunta por lo que creemos saber de la justicia; Newton, por el movimiento; Darwin, por las transformaciones de la vida. Freud escucha en la consulta sufrimientos todavía mal comprendidos. Sus respuestas no son iguales y ninguna acaba para siempre con las preguntas.

Kafka nos retiene en otro instante: algo ya te ha sucedido, pero no llega la explicación que permitiría entenderlo.

¿Por qué este cuerpo? ¿Por qué esta detención? Junto a los personajes extendemos la mano detrás del relato para tocar su maquinaria. No encontramos dónde agarrarnos.

Eso no demuestra que los acontecimientos carezcan de causas. La ficción nos niega la explicación total que permitiría cerrar el libro tranquilos. La familia, el trabajo, el deseo, la burocracia: cada uno ilumina un rincón, ninguno habla por la habitación entera.

Podemos pensar en Gödel y en los límites de la demostración. Pero sus teoremas tienen condiciones precisas; no prueban el absurdo de la existencia. Lo real de Lacan puede ofrecer otro eco: hemos explicado mucho y el encuentro todavía no cabe en lo explicado.

Dejemos estas comparaciones en el umbral. Sería una forma extraña de respetar la incertidumbre de Kafka colgar enseguida un letrero que dijera: la respuesta definitiva es la Nada.

Y, sobre todo, «el mundo no te debe explicaciones» no debe convertirse en el lema de una ventanilla real. Que una institución se niegue a dar razones no le concede el derecho a negarlas.

La pregunta sigue importando a quien está dentro del relato. K. no recibe una explicación adecuada. La parte de él que la reclama no ha quedado anulada por un sello en el expediente.

V. El hombre que escribía

Kafka nació en Praga en 1883, en una familia judía. Escribía en alemán, hablaba también checo y después estudió hebreo. En aquella ciudad las lenguas y las pertenencias se cruzaban. Su vida no cabe en tres islas de exclusión perfectamente incomunicadas.

Su padre Hermann era comerciante y tenía una fuerza capaz de hacer que el hijo se sintiera muy pequeño. En Carta al padre, de 1919, Kafka dejó por escrito el miedo, la vergüenza y las frustraciones. La carta nunca llegó a su destinatario.

No es un expediente judicial en el que hayan declarado ambas partes. Es el intento prolongado de un hijo de terminar de decir algo. Para reconocer su fuerza no hace falta convertir al padre en la causa única de cada página del escritor.

Doctor en Derecho, Kafka trabajó después en un organismo de seguros contra accidentes laborales. Le pesaba el tiempo que la oficina quitaba a la escritura, pero realizaba su labor con seriedad. Obreros heridos, accidentes e indemnizaciones no eran solo decorado para una futura novela. Eran vidas reales de otras personas.

Por la noche recuperaba horas para escribir. Imaginemos la mesa: mañana hay que volver al trabajo y la frase aún no ha llegado al punto donde puede quedarse. El cansancio se sienta junto a la concentración.

Se comprometió dos veces con Felice Bauer y más tarde con Julie Wohryzek. Ninguno de esos compromisos terminó en matrimonio. Milena Jesenská y Dora Diamant pertenecen a otras dos relaciones importantes.

En las cartas tiran en direcciones distintas la intimidad y la soledad, una casa compartida y el tiempo para escribir. Podemos ver el conflicto sin reducir las vidas propias de aquellas mujeres a obstáculos o salvaciones de una vocación ajena.

En 1923 se instaló en Berlín con Dora. Es un hecho pequeño y concreto que conviene colocar al lado de la leyenda de la soledad absoluta: intentó construir una vida con otra persona.

Brod recordaba también el entusiasmo con que leía sus textos en voz alta. El viajero, el amigo, el escritor conmovido por su prosa pertenecen a la misma vida que las habitaciones aterradoras. Una imagen no borra la otra.

Dostoievski no puede encerrarse en el recuerdo de un pelotón de ejecución. Kafka tampoco merece la condena perpetua de que toda su existencia fue un trauma. Gregor y K. salieron de su pluma; no son sus documentos de identidad.

Escribir le importaba enormemente. No era el requisito que debía cumplir para importar como persona.

VI. Quemarlo

Kafka murió en Kierling el 3 de junio de 1924, a los cuarenta años. La tuberculosis afectaba su laringe y hacía muy difícil tragar y comer. Antes de ver un símbolo del lenguaje silenciado, hay que ver a un enfermo que necesita cuidados.

Dejó a Brod dos instrucciones sobre sus papeles: destruir diarios, cartas, borradores y otros materiales. Una de ellas distinguía un pequeño grupo de obras ya publicadas cuya conservación podía tolerar.

Brod no obedeció. Conservó, ordenó y publicó El proceso, El castillo y El desaparecido, editado inicialmente como América, además de diarios y correspondencia. Aquella decisión cambió profundamente al Kafka que conocerían los lectores.

Pero no creó de la nada a un escritor desconocido. La metamorfosis y otros textos habían aparecido en vida del autor. La obediencia nos habría privado de una parte inmensa de su obra, no borrado todos sus rastros.

Brod explicó después que ya había dicho a Kafka que no quemaría los manuscritos. Ese recuerdo merece ser tenido en cuenta. No puede firmar automáticamente, en nombre del muerto, una autorización contraria a lo que este dejó escrito.

A un lado está la petición escrita del amigo; al otro, la convicción de Brod de que esas obras no podían perderse. Nosotros nos beneficiamos de su decisión. Precisamente por eso cuesta fingir que nuestro juicio es desinteresado.

La quema de libros de Qin Shi Huang recuerda la fragilidad del papel. Pero un gobernante que destruye palabras ajenas y un autor que quiere disponer de sus escritos privados no están ejerciendo el mismo poder.

Los manuscritos sobrevivieron porque hubo quienes los transportaron, reunieron, editaron y conservaron. Ninguna ley de conservación garantizaba su rescate. Otros escritos se perdieron de verdad; una metáfora tranquilizadora no puede devolverlos.

El resto puede ser aquí la discusión que nuestra gratitud no resuelve: estamos leyendo más allá de lo que el autor nos permitió leer. Nuestra fortuna conserva una pregunta que no ha conseguido apagar.

VII. El castillo

K. llega a un pueblo cubierto de nieve. Se presenta como un agrimensor contratado por el Castillo y quiere aclarar su condición, encontrar a alguien con autoridad para reconocerla.

Los mensajes se contradicen. Llamadas, cartas, mensajeros, funcionarios: cada uno aporta algo que parece una prueba y enseguida lo vuelve dudoso. No es un silencio completo. Le contestan sin que nada llegue a quedar decidido.

Sigue el camino del pueblo. El Castillo está arriba, pero el camino no lo lleva directamente allí. Una cita se convierte en espera, una relación conduce a otra. La distancia está en los trámites y las miradas tanto como en la ladera.

Podemos leer el Castillo como autoridad, o encontrar preguntas sobre religión, pertenencia y sentido. La dificultad de K. también tiene una cara cotidiana: ¿puedo vivir aquí?, ¿quién creen que soy?, ¿qué hago mañana?

¿Por qué deposita una persona tanto peso de su vida en un reconocimiento venido de arriba? ¿Qué le hace tan difícil no hacerlo? El relato da vueltas entre ambas preguntas.

Leído junto a Kant, puede evocar los límites del conocimiento. Pero la cosa en sí no es una oficina en una colina, ni Kant garantizó una vida cómoda en el mundo de los fenómenos. Este castillo narra poder y distancia; no ilustra sin más un concepto filosófico.

El manuscrito no decide el destino final de K. Kafka interrumpió el trabajo en 1922 y no lo terminó después. La muerte no arrancó de pronto, el último día, una solución que ya esperaba preparada.

La lectura se detiene; la sensación de esperar, no. Cerramos el libro y parece que alguien sigue en aquel camino, tratando de entender el mensaje que acaba de recibir.

VIII. El sótano vacío

Volvamos al sótano que recorre esta serie. Freud invita a buscar conflictos todavía activos; Dostoievski hace oír voces que se desgarran entre sí. Con Kafka, la lámpara baja y quizá no alumbra aquello que esperábamos encontrar.

Los personajes no están vacíos. Gregor tiene deseos y agravios. K. siente orgullo y miedo, y puede tratar mal a otros. Lo vacío es el sitio donde creíamos que nos aguardaba la explicación definitiva.

Esperábamos una sentencia o un pasado capaz de reunir todos los hilos. Entonces podríamos decir: así que era eso. Kafka no deja que la frase se asiente.

Tampoco la terapia consiste en recuperar un objeto y quedar en paz, ni la confesión es un interruptor que garantice renacer. Ninguno de estos tres autores reparte billetes con la salida del sótano asegurada.

El relato de Hundun en Zhuangzi advierte que perforar al otro según nuestro propio modelo puede destruir al ser que queríamos mejorar. No es un informe que pruebe un interior vacío. Al leer a Kafka, quizá la advertencia deba dirigirse a nuestra prisa por explicarlo.

No llenemos de nada a una persona que todavía no hemos comprendido.

Dejemos que Kafka llegue al puente imaginario. Delgado, un poco apartado. Freud mira por debajo; Dostoievski trae discusiones que aún no se han aquietado. En el otro extremo se aleja la figura de Laozi.

Kafka cuesta más de distinguir. No anuncia su partida ni adopta una pose que quiera ser recordada. Nuestra mirada está a punto de pasar de largo.

¿Está desapareciendo él? ¿O solo reconocemos a quienes ya tienen un nombre, una utilidad y una explicación?

Nadie en el puente saca un documento que autorice su existencia. Él tampoco descubre de pronto la respuesta que lo arregla todo.

Sigue ahí. No cerremos la puerta por él.

Notas de lectura y fuentes

Las escenas se cotejaron con Die Verwandlung y Der Prozess en alemán. El comienzo se reformula aquí; Ungeziefer no determina una especie. La manzana, el violín y la exigencia final de Grete están en el texto. La asistenta mueve el cuerpo con la escoba y anuncia después que se ha ocupado de él; el modo exacto de retirarlo no se narra.

Ante la ley mantiene abiertas varias interpretaciones. La amenaza del guardián es explícita; no conviene reducir la espera a falta de voluntad. La novela no ofrece una acusación examinable ni una sentencia moral omnisciente sobre K.

Los encuentros con Beethoven, Gödel, Lacan, Kant y Zhuangzi son comparaciones del ensayista, no pruebas entre disciplinas. El destino llamando a la puerta es una lectura célebre de Beethoven, no una intención del compositor definitivamente establecida.

La biografía distingue lengua de escritura, lenguas habladas, trabajo y relaciones. Los compromisos con Felice y Julie no deben confundirse con Milena o Dora. Carta al padre expresa la experiencia del hijo y no constituye un diagnóstico completo de la familia.

Las dos disposiciones sobre los papeles y la explicación de Brod se leen en su epílogo de 1925 a El proceso. Su recuerdo no demuestra un permiso implícito. La preservación de los textos no resuelve por sí sola el respeto debido a la voluntad del autor.

Para El castillo se consultaron los primeros capítulos y la ficha de S. Fischer: novela inconclusa, escrita en 1922 y publicada en 1926. La cronología inglesa del museo contiene erratas sobre la muerte y la publicación; se retiene el 3 de junio de 1924, de acuerdo con su página biográfica. La reunión del puente es una escena imaginada.

Kafka: La metamorfosis, texto alemán · Kafka: El proceso y el epílogo de Brod de 1925 · Kafka: El castillo, primer capítulo de la edición de 1926 · Kafka: El castillo, segundo capítulo de la edición de 1926 · S. Fischer: Ficha editorial de El castillo · Museo Franz Kafka: Biografía · Museo Franz Kafka: Cronología, con las correcciones indicadas en nota

Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。