Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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026 / 108 · Cuando el mundo nos rehace

Dostoievski, treinta años antes de Freud

Del pelotón de fusilamiento a un beso: vidas que ninguna explicación logra agotar.

I. El pelotón de fusilamiento

22 de diciembre de 1849 en el calendario ruso; 3 de enero de 1850 en el gregoriano. En la plaza Semiónovski de San Petersburgo, Fiódor Dostoievski espera la muerte.

Tiene veintiocho años. Él y sus compañeros han sido detenidos por su participación en el círculo de Petrashevski. Leer textos prohibidos y discutir otro orden social bastaba para quedar a merced del zar.

Se anuncian las penas de muerte. Atan a varios hombres a los postes. Dostoievski espera su turno.

En una carta posterior a su hermano recuerda haber pensado en él y en la familia, y haberse despedido de quienes estaban a su lado. Entonces suena la señal de suspender la ejecución. Les comunican que les han perdonado la vida.

Ya se había decidido no ejecutarlos. Aun así, el poder quería que atravesaran aquellos últimos minutos. Había convertido sus vidas en una representación. Pero el terror no podía retirarse junto con el decorado.

En El idiota, el príncipe Mishkin cuenta cómo un condenado distribuye sus últimos minutos entre las despedidas, él mismo y el mundo que tiene delante. La experiencia entra en la novela, pero no permanece como un acta. La memoria adquiere otra voz.

Du Fu sufrió el desarraigo; Beethoven, la sordera; Sima Qian, el castigo. Aquí Dostoievski toca la posibilidad de que todo termine de inmediato. No hace falta ordenar esos sufrimientos por profundidad. Ninguno era un precio que una gran obra tuviera derecho a exigir.

Sobrevivió. Pero «quedan cinco minutos» ya no podría ser para él una simple manera de hablar.

II. El subsuelo

Después vienen cuatro años de trabajos forzados en Siberia y varios de servicio militar. La epilepsia lo acompaña durante mucho tiempo. Prisión, enfermedad, deudas y escritura se entrecruzan sin formar un diagnóstico del genio.

En 1864 publica Memorias del subsuelo. Un antiguo funcionario de cuarenta años empieza a hablarle al lector con una insistencia que casi ocupa la habitación.

No tiene nombre. Se declara enfermo y malvado, y enseguida empieza a desmontar sus propias declaraciones. Antes de que otros lo juzguen, él se juzgará con más dureza.

Desea la cercanía, pero no soporta la vulnerabilidad que la acompaña. Cuando Liza va realmente a verlo, descarga en ella sus humillaciones. Por último le da dinero, intentando convertir el encuentro en una transacción. Ella deja el billete.

Ese billete sobre la mesa resulta más difícil de despachar que una objeción. Liza no es el público que él lleva dentro de la cabeza. No acepta el lugar que le han preparado.

El hombre del subsuelo protesta contra una organización tentadora: calculen bien los intereses y cada persona elegirá automáticamente lo que le conviene. Él prefiere estropear el cálculo, aunque se haga daño, antes que descubrirse reducido a una tecla de piano.

Pero la crueldad no se convierte por eso en una medalla de libertad. La novela muestra juntas su protesta y su cobardía. Una sola voz obstinada no resuelve las preguntas de Sócrates sobre el conocimiento y el bien ni cancela el peso del entorno social.

El libro precede en treinta y seis años a la fecha de 1900 que lleva La interpretación de los sueños. Antes de que se formara el psicoanálisis, la ficción ya permitía oír las grietas de nuestras explicaciones sobre nosotros mismos.

Freud dibujaría los conflictos psíquicos; el modelo del ello, el yo y el superyó llegaría aún después, en 1923. Dostoievski instala una voz en un cuarto y enseña las marcas de los muebles, la vergüenza de esperar, el vacío que deja un insulto.

Son trabajos distintos. La novela no es un informe clínico, y su narrador no es el historial médico del autor. Sin embargo, al cerrar el libro cuesta dejar aquel cuarto enteramente dentro de la ficción.

III. Después del asesinato

En Crimen y castigo, publicado en 1866, Raskólnikov, antiguo estudiante sin recursos, quiere comprobar si pertenece a los hombres autorizados a traspasar la ley común.

Su ejemplo es Napoleón: algunos matan y la historia los llama grandes. Si él elimina a una prestamista que considera dañina y emplea su dinero en buenas obras, ¿demostrará que también es excepcional?

Mata a Aliona. Su hermana Lizaveta regresa inesperadamente y él la mata también. El cálculo del sacrificio supuestamente útil ni siquiera puede contener la escena que ha provocado.

Tampoco los objetos robados se convierten en las buenas acciones prometidas. Los esconde. Fiebre, miedo, orgullo y justificaciones se disputan sus días.

Vuelve al piso y hace sonar la campanilla. El sonido se repite. Siguiendo su mano, sentimos cómo algo ya ocurrido continúa tirando del presente.

Podemos recordar después las preguntas de Freud sobre la repetición o las de Lacan sobre lo que se resiste a una explicación estable. Pero Raskólnikov no es un caso enviado por adelantado para confirmar esas teorías. Ponerle nombre al desasosiego no silencia la campanilla.

Porfirio estrecha el cerco. Sonia escucha su confesión y le pide que asuma la responsabilidad. Cansancio, miedo, amor, conciencia y orgullo herido se agolpan en el camino hacia la entrega. Decir que simplemente no aguantaba más borraría demasiado.

Ni siquiera en Siberia abandona enseguida sus justificaciones. Solo al final aparece la posibilidad de otra vida. Confesar ante la ley y reconocer poco a poco a otra persona no suceden en el mismo instante.

La crítica de Nietzsche a la moral heredada puede iluminar esta pregunta. Pero su superhombre no es intercambiable con un asesino que se imagina Napoleón.

Dostoievski nos lleva a un umbral concreto: después de convertir a otra persona en material sacrificable, ¿seguirá en pie mi explicación ante una campanilla, la sangre y una mirada?

IV. El parricidio

Los hermanos Karamázov, terminado en 1880, nos introduce en otra casa. Han asesinado al padre, Fiódor Pávlovich.

Dmitri había amenazado con matarlo y acaba condenado por un asesinato que no cometió. Iván razona con brillantez, pero soporta cada vez peor la relación entre sus palabras y la catástrofe familiar. Aliosha, discípulo del stárets Zósima, intenta permanecer junto a los demás. Smerdiakov, el sirviente considerado hijo ilegítimo del padre, confiesa a Iván que fue él quien lo mató.

No son cuatro sospechosos situados al mismo nivel, ni pasión, razón, fe y oscuridad vestidas con cuatro abrigos. Se esquivan, se malinterpretan y trasladan cargas de unos hombros a otros.

Smerdiakov utiliza las palabras de Iván para justificarse. Iván no puede hacer desaparecer todas las preguntas recordando que no empuñó el arma. Eso tampoco vuelve idénticas las responsabilidades de quien habla y de quien mata.

En Dostoievski y el parricidio, publicado en 1928, Freud sitúa la novela dentro de una interpretación edípica. También intenta explicar la epilepsia del escritor mediante deseos hostiles hacia el padre y sentimientos de culpa.

Es la interpretación de Freud, no una causa demostrada por la novela. Una enfermedad no puede entregarse a un relato porque encaje bien en él.

El libro sigue vivo precisamente por lo que desborda esas disposiciones. La violencia de Dmitri no demuestra este asesinato. La inteligencia de Iván no significa que previera todas las consecuencias. La fe de Aliosha no detiene el dolor a voluntad.

La novela pone ante nosotros esas vidas entrelazadas. La teoría llega después y puede iluminar un rincón. No puede exigir que toda la casa conserve únicamente su color.

V. Si no hay Dios

«Si no hay Dios, todo está permitido» es la fórmula habitual con la que se resume el problema de Iván. Es una condensación, no una cita mágica que abra por sí sola al personaje.

El Iván inolvidable no habla únicamente de los fundamentos de la moral. Habla de niños que sufren y a quienes nadie devolverá la vida perdida.

Si la armonía futura debe comprarse con sus lágrimas, él la rechaza. Prefiere devolver la entrada. Podemos disentir de su conclusión sin atribuirle indiferencia ante el bien y el mal.

Ese rechazo lo vuelve más grande que una consigna atea. No acepta incluir a niños concretos en el coste de un resultado espléndido. Después tendrá que afrontar, a su vez, lo que Smerdiakov ha hecho con sus propias palabras.

No se demuestra que el ateísmo conduzca necesariamente al asesinato. Un hombre descubre que sus palabras han entrado en el resentimiento, los deseos y las decisiones de otro. Allí ya no manda él solo.

La enfermedad y la culpa posteriores de Iván constituyen una crisis particular, no una sentencia sobre todos los que no creen en Dios.

El «Dios ha muerto» de Nietzsche tampoco celebra únicamente la liberación. El nihilismo y los peligros abiertos por el derrumbe de los valores heredados también le preocupan. Los dos autores pueden iluminarse sin repartirse el optimismo y la oscuridad.

Cuando una idea entra en una vida, pesa de otra manera. La discusión termina; la persona herida sigue ahí. Dostoievski nos pide que permanezcamos lo suficiente para verla.

VI. El Gran Inquisidor

Iván cuenta a Aliosha una historia que ha inventado. En la Sevilla del siglo XVI, Jesús regresa. La multitud lo reconoce. El Gran Inquisidor ordena encerrarlo.

Por la noche, aquel anciano de casi noventa años se presenta ante el prisionero. Su largo discurso viene a decir: la libertad que has dado a los hombres pesa demasiado; quieren pan, milagros y una autoridad que decida por ellos.

Reinterpreta las tres tentaciones como tres necesidades: librarse del hambre, dejar de dudar, tener a quién seguir. Tú rechazaste comprar la fe con esos medios; nosotros hemos aceptado los que dejaste.

Si eligen por sí mismos, sufren. Si organizamos sus vidas, descansan. El anciano plantea entonces la pregunta insoportable: ¿puede quien quita la libertad afirmar que ama más a la humanidad?

Jesús no debate con él. Se acerca y lo besa en los labios. El Inquisidor lo deja marchar, pero le exige que no vuelva jamás.

Un beso no reforma la institución ni convierte al anciano de inmediato. Solo hace temblar por un momento a quien cree haber calculado por completo a la humanidad.

Qin Shi Huang recuerda el impulso de aplastar la discrepancia mediante la unificación; la renuncia de Washington al poder recuerda la posibilidad de dejar espacio a otros. Son comparaciones parciales. Washington no es Cristo, y la esclavitud nos recuerda hasta qué punto aquella libertad estaba desigualmente repartida.

La historia la cuenta Iván; el Inquisidor tampoco representa a todas las iglesias. Dostoievski tenía convicciones cristianas, pero da fuerza a la voz adversaria en lugar de despachar el problema mediante un veredicto del narrador.

Después, Aliosha besa a Iván. El gesto del relato vuelve a las personas que lo cuentan y lo escuchan.

Nadie ha ganado la discusión. Alguien sigue dispuesto a acercarse a otro sin exigirle antes que retire todas sus dudas.

El silencio no deja una solución demostrada. Deja una relación que la disputa no ha agotado.

VII. Su lugar en esta serie

Con Dostoievski, la novela se sienta junto a la filosofía y el psicoanálisis.

Freud describe el conflicto interior; Lacan nos hace escuchar de nuevo ese yo que no dominamos del todo en el lenguaje. La ficción le da olor al cuarto, prolonga la espera y permite que una palabra cruel cruce el punto del que no se puede recuperar.

No necesitamos convertirnos en Raskólnikov para tensarnos al oír la campanilla. Tampoco aprobar al hombre del subsuelo para reconocer el gesto de alejar primero a quien deseamos tener cerca.

Leer puede sacarnos de nuestra posición habitual sin confiscarnos el juicio. Podemos detenernos, objetar o negarnos a sentir simpatía por un personaje.

Por eso la fuerza de la novela no consiste en cerrar la puerta y fundirnos a la fuerza con un asesino. Consiste en que podríamos cerrar el libro y, sin embargo, queremos quedarnos un poco más, escuchando a alguien a quien no elegiríamos fácilmente como amigo.

El argumento filosófico, la escucha clínica y la experiencia narrativa llegan a lugares distintos. No hace falta proclamar cuál es más profundo. Algunas cosas aparecen precisamente en su encuentro.

Una explicación dice: así es esa persona. La novela añade una frase, un rostro, una vacilación.

De pronto, ese «es» cuesta más pronunciarlo.

VIII. Cuando se fue

Dostoievski murió en San Petersburgo el 9 de febrero de 1881, según el calendario gregoriano. Tenía cincuenta y nueve años.

El año anterior había terminado Los hermanos Karamázov y recibido una acogida entusiasta por su discurso en homenaje a Pushkin. El reconocimiento tardío fue real; no nos autoriza a declarar cuáles fueron sus años más felices.

Una enfermedad pulmonar y la hemorragia final acabaron con su vida. Muchos acudieron al entierro. La enfermedad no certifica los libros, ni una multitud puede completar los días que faltan.

Frente a los últimos años difíciles de Du Fu, esa fama en vida dibuja otro destino. Aun así, no necesitamos atribuir a uno la convicción de haber fracasado y al otro la certeza de su grandeza.

Dostoievski quería continuar la historia de Aliosha. No tuvo tiempo. Una novela terminada quedaba abierta hacia una vida todavía sin escribir.

El arte de la fuga de Bach deja inconclusa su última fuga. Leonardo dejó proyectos pendientes y obras acabadas. Dostoievski dejó el futuro de Aliosha. Son distintas formas de quedar inacabado, pero cada uno nos sitúa ante una puerta que sigue abierta.

En el puente imaginario de esta serie, dejémoslo junto a Freud. Uno mira los apoyos bajo el puente; el otro parece traer el ruido de pasos de una habitación subterránea.

No puede leer la mente de todos los que pasan. Sus novelas no lo han dicho todo por él.

Pero sabe que alguien puede haberlo explicado todo con perfecta soltura y seguir teniendo las manos temblorosas.

Podemos seguir esas manos y continuar leyendo.

Notas de lectura y fuentes

El ensayo revela acontecimientos importantes de Memorias del subsuelo, Crimen y castigo, El idiota y Los hermanos Karamázov. El simulacro de ejecución ocurrió el 22 de diciembre de 1849 según el calendario antiguo / 3 de enero de 1850 según el gregoriano; la muerte, el 28 de enero / 9 de febrero de 1881. Véase la cronología del Museo Dostoievski de San Petersburgo. La carta al hermano se consultó en la cita del prólogo de Crimen y castigo, traducción de Garnett. El relato de El idiota, I.5, sigue siendo ficción, no una declaración biográfica idéntica en cada detalle.

En el capítulo final de la segunda parte de Memorias, Liza deja un solo billete de cinco rublos. El narrador no se identifica con el autor; dañarse o dañar a otros no demuestra por sí solo la libertad. De Crimen y castigo se atendió especialmente a I.7, II.6, V.4, el final de VI y el epílogo: se conservan Lizaveta, Sonia y la distancia entre entregarse y cambiar por dentro.

Los treinta años del título son aproximados, no una reclamación de prioridad científica: Memorias apareció en 1864; La interpretación de los sueños, en 1899 con fecha de 1900; El yo y el ello, en 1923. El subsuelo y el regreso a la escena permiten comparaciones literarias, no verificaciones clínicas de Freud o Lacan. El superhombre de Nietzsche no equivale al transgresor napoleónico de Raskólnikov.

Los hermanos Karamázov, V.4–5, contiene Rebelión y El Gran Inquisidor; XI.6–10 y XII desarrollan la confesión de Smerdiakov, la crisis de Iván y el juicio de Dmitri. La fórmula sobre Dios y lo permitido es una síntesis habitual, no una frase única impuesta como cita. El discurso del Inquisidor está parafraseado; se conserva el beso con que Aliosha responde. Personaje, autor y ensayista no son voces intercambiables.

Dostoievski y el parricidio, de Freud (1928), pertenece a la historia de las interpretaciones, no a un diagnóstico retrospectivo establecido. No se deducen de la epilepsia carácter, criminalidad o genio, ni se atribuye la enfermedad al exilio o a la culpa. La cronología del museo registra la hemorragia final y el juicio médico de entonces; aquí no se infiere un diagnóstico moderno.

El puente es una escena imaginada, no una reunión histórica. Las comparaciones con Du Fu, Bach y Leonardo son parciales. La última fuga inconclusa, los proyectos no realizados y la continuación sin escribir tienen historias distintas; no significan que todas sus obras quedaran sin terminar. El lector conserva la libertad de disentir, detenerse y seguir interpretando.

Museo Dostoievski: Cronología de vida y obra · Dostoievski: Memorias del subsuelo (traducción inglesa) · Dostoievski: Crimen y castigo y prólogo de la traductora · Dostoievski: Los hermanos Karamázov (traducción inglesa) · Dostoievski: El idiota (traducción inglesa) · Museo Freud de Londres: Dostoievski y el parricidio · Museo Freud: La publicación de La interpretación de los sueños en 1899 · Bibliografía Freud: El yo y el ello (1923)

Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。