072 / 108 · La obra que sobrevive a una vida
Dickens: la grieta
Enseñó a los lectores a hacer sitio a un desconocido. Catherine aún necesitaba dejar constancia de su experiencia. De una mano tendida en la fábrica a cartas quemadas y guardadas: el calor de una habitación no responde por quienes viven en otra.
I. Dos habitaciones
Charles Dickens tenía dos habitaciones.
Entremos primero en la que recuerdan sus lectores. Arde el fuego en la chimenea. Hay comida en la mesa. Una puerta acaba por abrirse para alguien más. Scrooge ha despertado. El pequeño Tim sigue vivo. Oliver ha encontrado un hogar. David Copperfield se ha hecho mayor. La nieve continúa fuera. Dentro, alguien mueve una silla para hacerte sitio.
Por supuesto, las novelas de Dickens tienen otras habitaciones: niños hambrientos, pleitos que sobreviven a quienes quedan atrapados en ellos, casas a las que nadie acude para ayudar. Precisamente el frío de fuera impide que el calor de dentro sea un simple adorno. Después de leer cómo rechazan a un niño, uno entiende lo que significa ofrecerle una silla.
Entremos ahora en su vida.
En 1836 se casó con Catherine Hogarth. Veintidós años después se separaron. Catherine dejó la casa que compartían; su hermana Georgina permaneció junto a Dickens. En la prensa apareció una declaración con la firma del escritor. No se limitaba a explicar su propia vida. También indicaba a un público numeroso cómo debía entender la de otra persona.
Veintidós años no caben en una declaración de separación. Diez hijos tampoco son diez muebles que se trasladan de una casa a otra. Había existido el afecto. Después hubo daño. Recordar lo primero no hace más leve lo segundo.
Dos habitaciones. No una verdadera y otra falsa.
La pregunta está en el umbral: alguien que consigue que sus lectores muevan una silla para un desconocido, ¿cómo trata a la persona que ya está sentada a su lado?
II. La fábrica de betún
Londres, 1824. Charles tenía doce años.
El dinero de la familia ya no alcanzaba y le habían encontrado trabajo. El 20 de febrero su padre, John, ingresó por deudas en la prisión de Marshalsea. Más tarde, su madre y los hijos pequeños se instalaron allí con él. Su hermana Fanny estudiaba en la Royal Academy of Music; Charles trabajaba y vivía alojado fuera. No era el único miembro de la familia que había quedado al otro lado de los muros.
Warren’s Blacking. Cubrir con papel la boca de los pequeños recipientes, atarlo, recortar los bordes y pegar la etiqueta. Las manos tenían que seguir.
Lo que años después recordaba como insoportable no era solo el trabajo. Había pensado en estudiar, en lo que podría llegar a hacer. Pero esas ideas no bastaban para que alguien le quitara el recipiente de las manos. Cuando el negocio se trasladó a Chandos Street, trabajaba junto a una ventana que daba a la calle. Los transeúntes se detenían a mirar. Desde fuera veían unas manos hábiles. Detrás del cristal había también un niño que no quería ser visto.
En ese mismo recuerdo aparece otro muchacho.
Bob Fagin era mayor que él. Le enseñó el oficio. Una vez que Charles se encontró muy mal, lo cuidó y lo calentó con botellas de agua caliente. Después insistió en acompañarlo a casa. Charles no quería que supiera que su padre estaba preso. Fingió haber llegado ante una puerta ajena y esperó a que Fagin se alejara antes de seguir su camino.
Un muchacho pobre ya le había tendido la mano. Charles todavía ocultaba su dirección.
Tal vez lo que queda de la escena no sea tanto el futuro gran novelista como dos niños despidiéndose ante una puerta que no pertenece a ninguno. Uno acaba de cuidar al otro. El otro todavía teme que lo mire por encima del hombro. La bondad ya ha llegado; la vergüenza no se ha apartado enseguida.
Muchos años después, Dickens se lo contó a Forster y dejó un fragmento autobiográfico que su amigo conservó en la biografía. Parte de aquel material pasó, transformado, a David Copperfield. David tiene diez años y trabaja con botellas en el almacén de un comerciante de vinos. La novela no reproduce día por día al Charles de doce años entre recipientes de betún.
El lugar de trabajo quedó en las palabras. Recordarlo todavía le dolía al adulto que las escribió. Pero no hace falta colocar primero a un niño detrás de aquella ventana para que algún día pueda escribir un libro que merezca leerse.
III. La receta
Dickens escribió recetas para la sociedad. No se reducían a pedir un poco más de bondad.
En el segundo capítulo de Oliver Twist, un niño se adelanta con el cuenco vacío y pide un poco más. Los adultos no oyen primero el hambre. Oyen una insolencia: alguien cuya ración ya está fijada se permite decir que no le basta. El cuenco es tan pequeño. La reacción, tan grande.
Scrooge no se limita a llorar una mañana de Navidad. Al final de Canción de Navidad aumenta el sueldo de Bob, promete ayudar a su familia y le dice que eche más carbón al fuego. Su cambio alcanza los días que otras personas tendrán que vivir. Para saber si una habitación se vuelve más cálida no basta con medir cuánto se ha conmovido su dueño.
Casa desolada encierra a sus personajes en un pleito interminable. También introduce otro frío en una casa. La señora Jellyby está entregada a una obra benéfica lejana. Su hijo pequeño se cae en la escalera; su hija, manchada de tinta, escribe cartas al dictado. La mirada de la madre viaja muy lejos. Cerca de ella, alguien sigue esperando cuidados. Dickens ya había escrito esta escena: es posible preocuparse por quienes están lejos y desatender a quienes están al lado.
En Tiempos difíciles, el padre de Sissy trabaja con caballos en un circo. Sin embargo, ella no sabe dar la definición de caballo que se exige en clase. Otro niño recita: cuatro patas, alimentación herbívora, cuarenta dientes. La definición se da por terminada. El problema no es que se hayan contado mal los dientes, sino que el profesor actúa como si esa respuesta hubiera acabado de medir todo lo que Sissy sabe y todo lo que ignora.
David Copperfield deja que el niño del almacén siga creciendo. El trato que recibió importa, pero no es una sentencia que clausure de antemano su futuro. La vida que aún tiene por delante no existe para dar la razón a las condiciones que lo dañaron.
Estos libros colocan delante de ti a alguien a quien era fácil pasar por alto. Más cerca. Y más cerca todavía. Hasta que decir «esa gente es toda igual» ya no sirve para no mirar.
También llevó esa preocupación a una tribuna. En 1858, Dickens pronunció un discurso, recaudó fondos para el hospital infantil de Great Ormond Street y leyó Canción de Navidad en su beneficio. El público volvió a casa. Las donaciones podían quedarse y convertirse en cuidados en una sala del hospital.
Tolstói también lleva una receta en esta serie. Los dos ponen en manos ajenas una respuesta a la pregunta de cómo vivir. Demos la vuelta al papel. Tiene otra cara: ¿cómo vive quien lo ha escrito?
IV. Dickens y Tolstói
Tolstói incorporó esa pregunta a Confesión. Volvió sobre los años en que quería enseñar a otros sin saber qué debía enseñarles. La finca, la familia y el prestigio de sus libros no podían contestar la pregunta que regresaba una y otra vez: ¿y después?
El papel se vuelve hacia quien lo escribe. Él también aparece en la página.
En la correspondencia anterior a la separación que conservó Forster, Dickens también volvió la pluma hacia sí mismo. Reconoció que Catherine lo hacía infeliz y que él la hacía todavía más infeliz a ella. Escribió sobre sus vacilaciones, sus caprichos y su carácter difícil; no le echó toda la culpa a su esposa. La misma pluma había escrito esas admisiones.
Veamos otra hoja. El 12 de junio de 1858, Household Words publicó una declaración suya titulada «Personal». Dickens pedía confianza a lectores que solo lo conocían por sus obras, describía el conflicto doméstico como resuelto amistosamente y negaba los rumores. Al final hablaba no solo en nombre propio, sino también en el de su esposa.
La confianza depositada en los libros se trasladaba a una vida familiar que los lectores no habían presenciado. Por mucho calor que hubiesen encontrado en sus páginas, estas no podían decirles qué quería contar Catherine.
Ese año llegó a los periódicos otra carta, dirigida a Arthur Smith, el organizador de sus lecturas. En ella se denigraba a Catherine como madre y se ponía en duda su estabilidad mental. No era la declaración de junio. No debemos doblar ambos documentos hasta convertirlos en uno.
Una acusación más grave procede de un testimonio posterior. Antes de morir, Catherine habló del pasado con su vecino Edward Dutton Cook. En enero de 1879, Cook escribió a William Moy Thomas y transmitió lo que ella le había contado: Dickens habría intentado, sin conseguirlo, internarla en un manicomio. El recuerdo de una esposa nos llega por la pluma de su vecino. Podemos escuchar cómo relató lo ocurrido sin fingir que estuvimos en la habitación cuando sucedió.
Tolstói expuso sus preguntas ante el público. Dickens reconoció faltas ante un amigo y preparó otro relato para la prensa. Queremos seguir interrogando a los dos. También deberíamos detenernos y dejar espacio para escuchar a sus esposas. Después de tanto remordimiento, explicación y dolor del escritor, ¿qué vivió ella?
Ver la grieta es una cosa. Dejar hablar a quien está al otro lado es otra.
V. Dickens y Wilde
Wilde vuelve sospechoso un rostro hermoso. Dickens acerca un cuenco vacío a unas personas respetables. Después de esas dos escenas, cuesta confiar solo en las apariencias al mirar el despacho y la puerta de un escritor.
Después de hacer daño a Sibyl en El retrato de Dorian Gray, Dorian descubre una alteración en la boca de su figura pintada: un rastro de crueldad. Se mira en el espejo. Su rostro no ha cambiado del mismo modo. La superficie puede seguir siendo hermosa. Eso no borra el daño de la persona que lo ha sufrido.
El niño que sostiene el cuenco en Oliver Twist también hace aparecer algo distinto bajo la respetabilidad. Quienes decidieron su ración consideran que todo está bien organizado. Él se levanta y perturba la organización.
Uno impide que un aspecto agradable oculte lo que ha ocurrido. El otro dificulta que quien no quiere mirar se marche sin más. Ninguno se limita a repetir cosas bonitas que sus lectores ya desean escuchar.
Tampoco la vida de Wilde fue idéntica, sin fisura alguna, a su estética. En los escritos de prisión publicados después como De profundis hay reproches contra sí mismo. También hay una acción de su esposa: aunque estaba enferma, viajó de Génova a Inglaterra para comunicarle que la madre de Wilde había muerto. No es una figura estética dispuesta para que otros la contemplen. Alguien recorrió de verdad aquella distancia.
Dorian no es un autorretrato de Wilde. Y el reproche de un preso contra sí mismo no demuestra que su castigo fuera justo. No necesitamos hacer de Wilde un hombre sin contradicciones para tomarlo en serio. Tampoco tenemos que demostrar primero que toda la compasión de Dickens era falsa para preguntar cómo trató a Catherine.
Un fuego puede iluminar una habitación. No responde por quienes viven al lado cuando preguntamos si la suya está fría.
VI. Diez hijos
Charles y Catherine tuvieron diez hijos.
Charles hijo, Mary, Kate, Walter, Francis, Alfred, Sydney, Henry, Dora y Edward.
Diez nombres, no diez puestos que repartir. Dora murió en 1851, con solo unos meses. En la separación de 1858 quedaban nueve hijos vivos. Los mayores ya habían crecido; el menor seguía en la infancia. La separación de sus padres entró en nueve vidas que ya eran distintas entre sí.
El mayor, Charles, vivió con su madre. Georgina permaneció con Dickens y, más tarde, se ocupó de su casa junto con Mary. Cada hijo tenía su edad, sus relaciones y una vida posterior. Si los asignamos a todos al lado del padre o al de la madre, la división queda muy ordenada en el papel. A las personas las hemos expulsado de él.
Catherine tampoco se convirtió en alguien que solo esperaba la muerte.
El museo conserva el soporte para ramos que utilizaba: podía dejar las flores de pie sobre una mesa y tener las manos libres. También conserva el brazalete en forma de serpiente que dejó a Kate y el anillo con forma de serpiente que legó a Georgina. Los objetos no pueden decirnos si perdonó a alguien. Sí guardan huellas de cómo conservaba, elegía y entregaba algo a otra persona.
Catherine murió en 1879. Su hija Kate recordó después su deseo de entregar las cartas de su marido al British Museum, «para que el mundo sepa que una vez me amó». Gladys Storey recogió el recuerdo de Kate en su libro de 1939. La frase atraviesa dos relatos antes de llegar a nosotros. Aun así, hay algo que nos detiene: una vez.
Pero las cartas sí sobrevivieron.
El catálogo de la British Library registra 136 cartas de Dickens a Catherine, fechadas entre 1835 y 1867. Catherine se las entregó a Kate antes de morir; en 1899, Kate las donó al entonces British Museum. La letra pertenece a quien escribió. La conservación de los papeles también pertenece a quien los recibió.
Más de cien cartas antiguas no prueban que el daño posterior deje de contar. Ni una mujer necesita demostrar que un escritor la amó alguna vez para conservar su dignidad.
Ella preservó una parte de la relación que había existido de verdad. No aceptó que una explicación posterior borrara también a la persona que había sido antes.
VII. Septiembre de 1860
Gad’s Hill Place. El campo detrás de la casa.
El 4 de septiembre, Dickens escribió a Wills lo que había hecho el día anterior: quemar cartas y documentos acumulados durante veinte años. Comparó el humo con un genio que saliera de su cofrecillo. Al empezar hacía buen tiempo; al terminar llovía intensamente. Quizá, bromeó, su correspondencia había nublado el cielo.
El humo sube, la lluvia cae. En su carta, la pila de papeles ha encontrado un final vistoso. Pero un papel que ha pasado a otras manos no tiene por qué terminar donde él decida.
Lo que podía llevar al campo eran las cartas y los documentos que él guardaba. Las cartas enviadas a otras personas no desaparecían en la misma hoguera. Las que conservaba Catherine bastan como contraejemplo.
En 1865 le dijo a Macready que ya destruía las cartas que recibía, salvo las estrictamente profesionales. Era una práctica destinada a mantener privada la correspondencia privada. Podemos ver los huecos que dejó en los documentos sin afirmar que la existencia de una hoguera revela todos los motivos de cada destrucción.
Ellen Ternan formaba parte de esa vida. Cuando Dickens la conoció en 1857, ella tenía dieciocho años: veintisiete menos que él. En el año de la quema ya tenía veintiuno. Hay documentos que permiten saber algo de su lugar en aquella vida. Las cartas ausentes no dan automáticamente la razón a todas las historias que se cuentan sobre ella.
Además de las cartas, quedan otros documentos. El primer legado del testamento de Dickens de 1869 son mil libras para Ellen Lawless Ternan. No nos permite reconstruir cada encuentro entre ambos. Sí demuestra que el registro conservado no está vacío.
El fuego se llevó una parte. Los destinatarios guardaron otra.
La decisión sobre lo que podrán ver quienes vengan después no siempre está únicamente en manos del escritor.
VIII. El último día
8 de junio de 1870. Gad’s Hill Place.
Según los testimonios reunidos por Forster, Dickens siguió escribiendo ese día en el chalé suizo del jardín. El libro era El misterio de Edwin Drood. Trabajó por la mañana y volvió después de comer. Por la tarde, ya en la casa para cenar, se encontró gravemente mal y se desplomó.
Murió el 9 de junio, a los cincuenta y ocho años. La novela quedó inconclusa. Las frases escritas el día anterior se detuvieron antes de un final que ya no podría dar a sus lectores.
Lo enterraron el 14 de junio en el Rincón de los Poetas de la abadía de Westminster. Había preferido una sepultura en Kent y había pedido un funeral sencillo, sin anuncio público previo. Cambió el lugar; la ceremonia privada conservó la discreción que él había querido.
La lápida es discreta. El nombre. La fecha de nacimiento. La de muerte. No hay un elogio que resuma la vida.
Unos meses antes, el 15 de marzo, se había despedido del público de sus lecturas. Forster cuenta cómo cerró Los papeles póstumos del Club Pickwick, dio las gracias en nombre propio y dejó el estrado. Los aplausos lo retuvieron un poco más. El libro estaba cerrado. Delante de ellos todavía había un hombre. El amor de sus lectores también era real.
Los lectores pueden seguir hablando de su compasión en otras páginas. Pueden abrir el libro por el niño que alza el cuenco o por Scrooge pidiendo que echen carbón.
Lo que no pueden hacer, cuando Catherine entra en el relato, es utilizar esas páginas para cerrarle la puerta. Ella no fue simplemente una lectora de sus libros. Compartió su vida. Las lágrimas de un lector no sustituyen lo que ella vivió.
IX. La grieta
Dickens dejó una casa cálida a muchos lectores.
Enterarse después de lo que ocurrió en su matrimonio no obliga a derribarla. Los niños siguen sin tener que pasar hambre. Las personas siguen necesitando cuidados. Pero, por grande que sea la casa, no puede engullir a quien vivió junto a su autor y pedirle silencio para que nada moleste la emoción de quienes leen fuera.
La Jane Eyre de Charlotte pregunta a Rochester si por ser pobre y poco agraciada carece de alma y de corazón. Quiere ser amada, pero no espera un «te quiero» para ser una persona entera. Desde aquella página, volvamos a las cartas de Catherine: tampoco deberían convertirse en su permiso para existir.
Las cartas que Catherine guardó tampoco tienen por qué dictar el veredicto final sobre Dickens. Contienen una parte de una relación. Su remitente no puede decidir él solo en qué página empieza esa relación y a partir de cuál deja de contar todo lo demás.
El encuentro en el puente que sigue es una escena de imaginación literaria.
Ha llegado alguien más. Un hombre bien vestido, con una pluma en la mano. En la otra lleva una caja de cerillas.
Bajo sus pies hay una grieta. No una junta entre las tablas que coloca Aristóteles. Es una abertura entre los cuidados que escribió y el trato que alguien recibió realmente.
Un pie a cada lado. No se sostiene con firmeza.
Sócrates está en el claro. Platón se agacha sobre sus planos. Hume dispone su tablero de backgammon. Schopenhauer mira debajo del puente. Kierkegaard ha dado su salto. Turing contempla la manzana que tiene en la mano. Chéjov se apoya en la barandilla. Cantor mira al cielo. Copérnico ha dejado el libro y se ha marchado. Sartre pasea con su pipa. Beauvoir sostiene un espejo. Quine ha pronunciado una frase en voz baja.
Tesla escucha un zumbido. Edison sostiene una bombilla apagada. La posición de Heisenberg es incierta. Bohr lleva una carta que nunca envió. Tolstói está frente a Chéjov con una receta en la mano. Shakespeare no está: es el agua que pasa bajo el puente. Spinoza tiene polvo de vidrio en las manos. Aristóteles se agacha para colocar el suelo. Faraday se agacha para levantar una tabla. Maxwell permanece de pie, escribiendo ecuaciones.
Juana de Arco flota sobre el puente, llevando fuego. Wilde está de pie con una elegancia natural y sostiene aquella frase. Ramanujan ha asomado medio cuerpo por una abertura. Oppenheimer avanza con su carga de ceniza. Charlotte lleva una pluma. Emily está en el páramo, más allá del puente; el viento viene de donde ella está. Boltzmann abraza la piedra con su ecuación. Van Gogh lleva pinceles y pintura en la ropa. Hay color por todos los lugares por los que ha pasado.
Dickens mira a Tolstói.
Dos hombres que han escrito recetas están separados por un trecho de puente. Tolstói tiene la hoja abierta; Dickens, enrollada. Las palabras que pusieron en tantas manos vuelven ahora a las suyas. Para cada uno pesan de otra manera.
Dickens mantiene el papel bien enrollado. Una esquina de la caja de cerillas le presiona la palma. Cambia un pie de sitio. La grieta no se cierra con el movimiento.
Dentro hay cartas.
Las palabras de esas páginas las escribió él. Catherine las recibió y las conservó, carta a carta. A través de los años, ese pequeño montón de papel sigue fuera del alcance de su fuego.
El papel está debajo. Reconoce su letra.
A lo lejos está Kant. Mira a Dickens y a los papeles bajo sus pies. La casa cálida para los lectores sigue iluminada. Su luz no se ha apagado. Tampoco ha cerrado la grieta.
El lugar de Catherine ya está ahí. Antes del elogio, antes del reproche. Las cartas guardan una parte de su vida; no son el precio que deba pagar por ese lugar.
Dickens aún sostiene la pluma. Puede seguir escribiendo. No puede convertir la vida de quien recibió las cartas en una nota al pie redactada únicamente por él.
Camina hacia Kant. Sin firmeza. La caja de cerillas sigue en su mano, pero no enciende ninguna.
La grieta hace un ruido muy pequeño bajo sus pies. Como una carta al doblarse.
Notas de lectura y fuentes
Las escenas siguen Canción de Navidad, quinta estrofa; Oliver Twist, capítulo 2; Casa desolada, capítulo 4; Tiempos difíciles, libro I, capítulo 2; y David Copperfield, capítulo 11. La fábrica procede del recuerdo adulto conservado por Forster, no de un diario infantil. La edad y el trabajo del personaje no reproducen día por día los del autor.
Forster fue amigo y biógrafo, no cronista neutral de ambos cónyuges. La declaración Personal del 12 de junio de 1858 se distingue de la carta a Arthur Smith publicada después. La acusación sobre el asilo pasa por el recuerdo de Catherine, el relato de Cook de 1879 y citas posteriores; no prueba un internamiento consumado. «Él me amó una vez» también llega mediante Kate y Storey, citados aquí a través de Slater, no por una carta autógrafa de Catherine.
El catálogo Add MS 43689 de la British Library registra 136 cartas de Dickens a Catherine, 1835–1867, donadas por Kate en 1899; no equivale a haber leído cada manuscrito. «Ayer» en la carta del 4 de septiembre de 1860 fecha la quema el día 3. Se distinguen cartas recibidas y enviadas. El último día sigue los testimonios reunidos por Forster; Westminster documenta el entierro del 14 de junio y la piedra con solo el nombre y las fechas de nacimiento y muerte.
Las comparaciones con Wilde y Tolstói se limitan a las obras y documentos citados. Los personajes no son sus autores y el autorreproche no absuelve. Tras el aviso de la sección IX, puente, grieta, caja de cerillas y gestos son inventados. Los vacíos históricos no son aplicaciones del principio de Heisenberg. El lector no puede perdonar por las personas heridas.
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