Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
← Leer PSYCHO-PASS
4 / 5

Tiene razón en casi todo lo que dice

Han Qin (秦汉) · Reescritura en español · 2026-10-09

Sobre esta edición

Nota de versión: Reescritura en español del original chino, cuya página permite alternar entre caracteres simplificados y tradicionales. El original incorpora correcciones sobre el gesto peligroso de la víctima del primer episodio, los modos del Dominator, la condición de asintomático criminal y la cronología posterior a la primera temporada. Contiene spoilers de toda la temporada. Las citas son versiones propias, no transcripciones de subtítulos oficiales.

Una persona entrega algo a otra, se aparta y mira.

Es el gesto que Shogo Makishima repite más a lo largo de la serie. Entrega cuchillos, herramientas, información, una oportunidad que basta con alargar la mano para tomar. Después no interviene, no apremia y no da instrucciones. Se retira a un lugar al que no llega la luz y espera a ver qué hará el otro.

Él mismo ha dicho qué quiere ver: la voluntad propia de una persona.

Este ensayo aborda al personaje más peligroso de la historia. El peligro no está en cuántos ha matado, sino en lo incómodamente certeras que son sus palabras.

Esa frase

Empecemos por formular su idea tal como la plantea.

Cree que una persona solo adquiere valor cuando actúa según su propia voluntad.

Leída de forma aislada, la frase dice casi lo mismo que hemos venido sosteniendo en los tres ensayos anteriores. Una persona no puede limitarse a ser organizada, asignada, diagnosticada y leída: tiene que haber en ella un espacio al que haya llegado por sí misma. No solo no quiero refutar la idea; debo reconocer que él la expresa con más claridad que casi todos.

Su diagnóstico de la sociedad es aún más incisivo.

Dice que sus habitantes nunca han elegido nada. Tiene razón; ya hemos hablado de la evaluación de aptitud profesional.

Dice que ni siquiera saben que no han elegido y viven satisfechos. También tiene razón. Yuki Funahara no pasó mucho tiempo triste al abandonar la pista.

Dice que sus libros están filtrados y por eso solo lee en papel. De nuevo tiene razón: una sociedad que pone todos sus contenidos en la red pone todos sus contenidos en una misma mano.

Dice que, si ocurre algo en la calle, la gente se queda mirando. Intervenir enturbiaría su propio matiz y, de todos modos, el sistema vendrá a encargarse. Es el punto más difícil de refutar, porque la serie lo muestra: a plena luz del día, en una calle concurrida, asesinan a una persona ante todos. Quienes la rodean retroceden, graban y esperan. Nadie se acerca. No son insensibles. Han aprendido a ser así: intervenir tiene un coste; no intervenir está permitido.

Añadamos otra cosa. Su estudio está lleno de libros de papel, los lee con atención y cita de memoria al hablar. Esos libros fueron escritos a lo largo de siglos por personas que tomaron decisiones, se equivocaron y pagaron por sus elecciones. Vive entre ellas. Por eso, cuando afirma que nadie está vivo en esta sociedad, no habla por hablar. Tiene a su lado toda una pared que le sirve de grupo de comparación.

Su diagnóstico de esta sociedad se sostiene punto por punto. Este ensayo no pretende refutar ninguno de ellos.

¿Dónde está entonces el problema?

Dónde coloca esa frase

El problema no está en la frase, sino en el extremo del razonamiento en que se sitúa.

Hay dos posibilidades.

La primera empieza con «las personas no pueden utilizarse como material». De ahí deduce que cada cual necesita un ámbito que le pertenezca. En ese orden, el valor propio es una consecuencia que nace de la condición de persona.

La segunda parte de «solo tiene valor quien actúa según su propia voluntad». ¿Qué se deduce a partir de ahí?

Que existen personas que no han adquirido valor.

En cuanto existen, queda abierta la cuestión de cómo tratarlas. Ya no se puede interponer un «también es una persona», porque, en ese orden, ser reconocido como tal depende precisamente de haber adquirido valor. El umbral está colocado al principio. Ha dejado de proteger a las personas y ha empezado a seleccionarlas.

La misma frase, al principio o al final de un razonamiento, lleva a conclusiones opuestas.

Makishima utiliza el segundo orden. Por eso puede pronunciar aquella idea casi irreprochable y utilizar a quienes lo rodean como material sin ver contradicción alguna. Según su razonamiento, todavía no han obtenido el derecho a no ser utilizados.

Pongámoslo ante una persona concreta y quedará más claro.

El matiz de Shusei Kagari se enturbió a los cinco años. Desde entonces pasó la vida entre aquellas dos casillas. Nunca tuvo la oportunidad de actuar según su propia voluntad. No por falta de ganas: le arrebataron la oportunidad antes de que pudiera hablar.

Según el primer orden, estuvo mal que lo trataran así. No tiene que demostrar nada antes de que podamos afirmarlo.

Según el segundo, está vacío.

Y lo más penoso es que el sistema que vació a Kagari y el razonamiento que lo declara vacío realizan el mismo movimiento: primero ponen un umbral y después miran quién no lo ha cruzado.

La diferencia entre ambos órdenes se revela el día que uno encuentra de verdad a una persona así.

Con el primero, si conoces a alguien que nunca ha tomado una decisión autónoma, debes crear las condiciones para que un día pueda tomar la primera. Que todavía no posea nada propio no constituye una sentencia sobre él. Constituye una tarea pendiente para alguien.

Con el segundo, ante esa misma persona concluyes que todavía no cuenta. Y entre «todavía no cuenta» y «por tanto, puedo utilizarla» ya no hay ningún obstáculo.

No está dando oportunidades

Volvamos al gesto de entregar cosas.

Hay que reconocer que, a primera vista, parece generoso. En toda la historia, Makishima es el único que pone oportunidades en manos ajenas. Todos los demás controlan, juzgan o aconsejan. Solo él dice: adelante, haz lo que quieras; yo no te lo impediré.

Aparece junto a una estudiante que convierte a sus compañeras en piezas de exposición, le da lo que necesita y se aparta. Proporciona presas a un anciano aficionado a cazar seres humanos. Los disturbios estallan por toda la ciudad después de que distribuya cascos capaces de neutralizar los escáneres. No ha dado órdenes a una sola de esas personas.

Parece que se limita a desatarles las manos.

Pero miremos qué hace después.

Observa. Si el resultado es lo bastante fascinante, se queda mirando. Si no, se va en busca del siguiente. A la estudiante la abandona cuando deja de resultarle interesante.

Ahí está la divisoria. Quien da de verdad una oportunidad debe estar dispuesto a que el otro termine convirtiéndose en alguien que no le guste.

Para que haya una oportunidad, quien la da tiene que renunciar a exigir un resultado. Entregas algo y, a partir de entonces, deja de estar bajo tu control. El otro puede hacer algo extraordinario, no hacer nada o incluso hacer algo que te duela. Debes aceptarlo. Si no lo aceptas, lo que has dado no era una oportunidad.

Makishima no lo acepta. Si el resultado encaja con sus gustos, sigue mirando. Si no, cambia de persona.

No ofrece oportunidades. Plantea exámenes y espera que le devuelvan las respuestas.

Es cierto que quien recibe el examen responde por sí mismo. Pero Makishima ha escrito las preguntas, ha elegido el aula y decide qué respuesta resulta brillante. En ese dispositivo, el examinado es el instrumento y el examinador lee sus resultados.

Esta forma ya la hemos visto antes.

Qué demostraron los disturbios

Su experimento de mayor escala consistió en distribuir cascos que interferían con las mediciones, dejar inoperante el sistema durante un tiempo y observar qué hacía la gente.

El resultado fue espantoso. La ciudad cayó en el caos, ciudadanos corrientes tomaron las armas, hubo linchamientos y murieron muchas personas.

Si solo miramos el resultado, parece que ha ganado. ¿No decía que estaban vacíos y que, sin alguien que los controlara, se comportarían así? Ahí están los hechos.

Pero el experimento tiene un defecto fatal, y es su propia frase la que lo revela.

¿Por qué se armó la gente? La serie lo deja claro: por miedo. La protección de la que habían dependido durante décadas falló de la noche a la mañana. Nadie les había enseñado a vivir sin ella. No estaban eligiendo: estaban reaccionando a una amenaza.

Y, según el criterio del propio Makishima, solo cuenta lo que se hace por voluntad propia. Por tanto, aquello que hicieron en pleno pánico no puede contarse como expresión de esa voluntad.

El criterio con el que los declara vacíos es precisamente el que impide tomar lo ocurrido aquel día como una prueba válida.

No ha medido cómo son esas personas cuando son libres, sino cómo son cuando están aterrorizadas. Entre ambas cosas hay una distancia enorme.

Aquí aún puede replicar algo más contundente, y hay que dejarle hacerlo.

Podría decir: ni siquiera necesito los disturbios. Mira cómo viven habitualmente. Décadas, generaciones enteras sin que nadie pregunte «¿con qué derecho?». Nadie vuelve sobre su diagnóstico, nadie pone en duda su lugar, nadie le dice que no a esa pistola. Los disturbios solo aceleran la revelación; no fabrican nada.

Es difícil responder. Pero el argumento contiene su propia refutación.

Él explica su vacío diciendo que nunca se les ha permitido tener voluntad propia. La explicación se sostiene. Pero, en cuanto la utiliza, ya no puede cargarles la responsabilidad. Que a una persona jamás se le haya dado la oportunidad de preguntar «¿con qué derecho?» muestra lo que la sociedad le ha hecho, no lo que esa persona es.

No puede explicar su vacío mediante «no les dejaron» y, al mismo tiempo, usar ese vacío como permiso para aprovecharse de ellos. Ambas afirmaciones no caben juntas.

Si quisiera medir cómo son en libertad, necesitaría ofrecer algo que no puede darles: tiempo, seguridad para descubrir poco a poco qué desean, alguien dispuesto a esperar a su lado en vez de observarlos. No proporciona nada de eso, porque no resulta vistoso y no produce resultados en una tarde.

Busca el «resplandor del alma», algo que pueda contemplar en el acto. Pero encontrar aquello a lo que uno quiere dedicarse suele ser un proceso lento y muy poco espectacular.

Obedece su propia ley y en ella dispone de los demás

Hay algo que debemos reconocerle: no es un hipócrita.

Sibyl fue a buscarlo. Le mostró la verdad y lo invitó a incorporarse, a ser uno de los doscientos cuarenta y siete, a convertirse en el juicio mismo del país. Era la oferta más alta que el sistema podía hacer: dejar de ser medido por cualquier cosa y pasar a medir a todos.

Él se negó porque contradecía sus convicciones. Después destruyó el cuerpo que tenía delante.

La negativa fue auténtica y costosa. Demuestra que tiene un criterio propio y es capaz de sostenerlo. No abundan en esta historia quienes pueden mantenerse fieles a lo suyo. Él es uno.

El problema no está ahí. Está en el contenido de ese criterio.

Su ley dice que cada persona debe actuar según su propia voluntad. Él cumple ese precepto sin retroceder un paso.

Contiene además otro, aunque no lo formule, que aplica cada vez que actúa: los demás sirven para que él pueda ver cómo sucede aquello.

Respeta su propia ley, pero en esa ley ha escrito para qué sirven los otros.

Es el peor problema que puede tener una ley personal. Está bien que alguien tenga una forma propia de vivir. Es bueno que busque afinidades con otros a partir de ella. Pero, en cuanto convierte a los demás en cláusulas de su código, ese código hunde el suelo sobre el que se sostiene. Su primera frase exige voluntad propia, mientras que su aplicación usa como material a quienes no pueden ejercerla.

Él nunca entra en el aula del examen. Examina a todos y nadie lo examina. Decide quién se somete a la prueba, cuándo, con qué herramientas y qué respuestas merecen aprobar.

No es falta de valor: pelea sin vacilar y se juega la vida muchas veces. Es una cuestión de posición. El lugar desde el que juzga se lo ha reservado él mismo.

Sibyl no ha reconocido a un enemigo

Ya podemos decir lo más incómodo.

¿Por qué quiere Sibyl incorporarlo?

Ha conocido a muchos opositores y ha eliminado a muchos. Con Makishima se comporta de otro modo: quiere invitarlo a entrar. Incluso está dispuesto a quitar de en medio a Kogami, porque es el único que podría matarlo antes de que se complete su incorporación.

¿Qué ha reconocido en él?

Los dos empiezan con el mismo gesto: convierten a una persona en otra cosa antes de hacer nada más.

Sibyl convierte a cada persona en una cifra y, a partir de ella, le asigna un lugar, un recorrido y una forma de intervención. Makishima convierte a cada persona en una observación y decide, por su resultado, si merece la pena seguir mirándola. Uno hace la conversión a escala social; el otro, individuo por individuo. La escala es muy distinta. El primer paso es idéntico.

Por eso, cuando Sibyl tiende la mano, no está pidiendo la rendición de un enemigo. Está reconociendo a uno de los suyos. No ve «esta persona está contra mí», sino «esta persona utiliza mi mismo algoritmo y aún no ocupa su puesto».

Además, acierta. La oferta toca exactamente lo que él desea: que ninguna regla lo mida y poder medir a todos los demás. Si la rechaza no es porque ese puesto le desagrade. Es porque dentro ya no hay butacas para espectadores. Los doscientos cuarenta y siete no ven la función: son la función. Él quiere mirar desde fuera; Sibyl le propone entrar a formar parte de la máquina.

Es un error de una precisión extraordinaria y, a la vez, un reconocimiento extraordinariamente preciso.

Por eso este ensayo no puede reducirse a «Makishima desenmascara a Sibyl». Sí, lo desenmascara. Y acierta en cada cosa que revela. Podemos aceptar todos sus diagnósticos y descubrir después que el remedio que receta tiene la misma forma que aquello que pretende destruir.

Masaoka le dio un revólver

Terminemos con el disparo de Kogami.

Cuando abandona Seguridad Pública, se lleva dos cosas: un casco de interferencia y un revólver. Se lo ha dado Tomomi Masaoka, el viejo ejecutor que fue detective en otra época y que le ha puesto en las manos una pistola de las de antes.

Merece la pena fijarse. Un revólver no reconoce a su usuario, no escanea, no anuncia cifras y no decide si hay que disparar. Lo levantas y espera. La responsabilidad de apretar o no el gatillo recae por entero en la mano que lo sostiene.

Masaoka le entrega un arma que no va a juzgar por él.

Después Kogami la utiliza para matar a Shogo Makishima en un campo de cereal.

Akane Tsunemori lo persigue hasta el final y sigue insistiendo en capturarlo vivo. Makishima ha degollado a su amiga ante sus ojos, y ella insiste. Incluso ha negociado con Sibyl: la captura de Makishima a cambio de la vida de Kogami. Hace todo eso y aun así no consigue impedir el desenlace.

No se puede presentar su desacuerdo como una simple división entre tener razón y estar equivocado.

Akane tiene razón: nadie debería decidir sobre la vida y la muerte de otra persona, ni siquiera de quien mereciera morir mil veces. En cuanto se acepta que ciertas personas pueden ser ejecutadas por particulares, esa puerta ya no vuelve a cerrarse. Y quien decide quién queda al otro lado es siempre el que sostiene la pistola.

Kogami también ve algo con claridad: el país carece de una institución independiente de Sibyl capaz de juzgar públicamente a los asintomáticos criminales. La práctica de la justicia está sometida a sus lecturas, y las cifras de Makishima no expresan su peligro. Entregarlo no sería ponerlo en manos de la justicia, sino en las de un proceso de incorporación. Lo invitarían a entrar en aquella sala y pasaría a formar parte de aquello que juzga a todos. Kogami lo entiende mejor que nadie: dejarlo vivir equivale a dejarlo ganar.

Pero entre Kogami y Makishima hay un límite real, que no está en sus motivos.

Todo lo que hace Makishima pasa por manos ajenas: las de la estudiante, las del viejo cazador, las de los habitantes de la ciudad que empuñan armas. Todos sus planes reservan un puesto para otra persona.

Es el propio Kogami quien dispara. No escribe a nadie como una pieza dentro de su plan. Sí deja costes a quienes lo rodean: Ginoza y Akane pagan por su marcha, y no hay por qué disimularlo. Pero son consecuencias de su acto, no componentes de su proyecto.

Entre actuar uno mismo y hacer que otro actúe por uno, la diferencia no está en el valor, sino en si se gasta también a otra persona.

Él paga asimismo el precio: al final de esta primera temporada ya no puede regresar. Pierde su nombre, su puesto, sus compañeros y su país; le espera una vida fuera. Ha hecho algo que no existe en el mundo de Sibyl: juzgar por sí mismo y cargar después con su decisión.

No es una respuesta que pueda generalizarse. Es la respuesta de una persona y solo sirve para ella.

Después del disparo en el campo queda alguien más en la historia.

Ella no acepta el algoritmo de Sibyl: sabe lo que hay en aquella sala. Tampoco acepta la respuesta de Kogami: lo ha perseguido hasta el final precisamente para impedir ese disparo. En el último momento no logra detenerlo. Antes ha empuñado el revólver de Masaoka y ha negociado con Sibyl utilizando la captura de Makishima como moneda, pero nada de eso basta para darle control sobre el desenlace.

Y decide quedarse dentro.

En el próximo ensayo veremos si esa decisión es cobardía.

PSYCHO-PASS. Idea original y guion: Gen Urobuchi. Dirección: Naoyoshi Shiotani; dirección general: Katsuyuki Motohiro. Animación: Production I.G. Emitida entre octubre de 2012 y marzo de 2013, con veintidós episodios. Esta serie de ensayos se centra en la primera temporada.