Sobre esta edición
Nota de versión: Reescritura en español del original chino, cuya página permite alternar entre caracteres simplificados y tradicionales. El original incorpora correcciones sobre el gesto peligroso de la víctima del primer episodio, los modos del Dominator, la condición de asintomático criminal y la cronología posterior a la primera temporada. Contiene spoilers de toda la temporada. Las citas son versiones propias, no transcripciones de subtítulos oficiales.
Un campo de cereal que se pierde de vista.
Akane Tsunemori alcanza por fin a Shinya Kogami. Lo primero que hace es quitarle el cuchillo y darle un Dominator bloqueado en modo paralizador: puede dejar inconsciente a alguien, pero no matarlo. Quiere capturar vivo a Shogo Makishima.
Después se queda con el revólver que lleva Kogami.
Explica la razón sin rodeos: si Kogami se desmanda, ella tiene que poder disparar sin vacilar.
Fijémonos bien en el intercambio.
Entrega una pistola que no puede matar. Recibe otra que no va a juzgar por ella: el viejo revólver que Tomomi Masaoka le dio a Kogami. Sin escáner, sin cifras, sin avisos de desbloqueo. Lo levantas y espera. La decisión de disparar pertenece por entero a la mano que lo sostiene.
En el primer episodio, la pistola que llevaba juzgaba por ella, y Akane se negó a ejecutar ese juicio. Veintiún episodios después, el arma que empuña no hace nada en su lugar, y ella está preparada para asumirlo.
Esos veintiún episodios cuentan el trayecto de una persona desde la primera situación hasta la segunda.
Este ensayo trata de esa persona.
No lo apagó
Empecemos por lo más difícil de defender.
Al final de la historia, Akane conoce toda la verdad. Ha visto la sala, sabe qué hay en los doscientos cuarenta y siete recipientes, sabe cómo murió Shusei Kagari y sobre qué se sostiene el orden de su país.
No hace nada.
Más exactamente: negocia con Sibyl, acepta la situación por el momento y vuelve al trabajo. Lo explica con claridad: la sociedad no se sostendría sin el sistema, y ella no quiere morir en vano.
La elección incomoda a mucha gente, y hay razones para ello. Lo sabe todo y sigue llevando el mismo uniforme, levantando la misma pistola y actuando sobre las personas según sus lecturas. Se ha convertido en parte de la máquina, y en una parte que sabe.
Para juzgar esa elección no basta con preguntar si la ha derrocado.
Los criterios son dos. Primero, si la decisión es suya. Segundo, si ha decidido en nombre de otros.
El primero se cumple: nadie la obliga a aceptar. Conoce toda la verdad, hace sus propias cuentas y asume el resultado.
El segundo importa aún más. No ha decidido por toda la sociedad «hay que abolirlo», ni tampoco «hay que conservarlo para siempre». Su juicio dice solo esto: ahora todavía no podemos desmantelarlo. Su validez se limita al «ahora». No dice «siempre» ni «debe ser así».
Makishima hace precisamente lo contrario. Decide por todos que esa sociedad debe caer y está dispuesto a que mucha gente muera de hambre para conseguirlo, sin haber preguntado a esas personas. Sibyl ha hecho lo mismo: ha decidido por todos qué vida es buena.
Lo único que Akane se niega a entregar es la facultad de juzgar. Puede aceptar un arreglo, quedar a merced de otros o no poder hacer nada durante un tiempo. Pero, diga lo que diga la máquina, ella volverá a pensarlo por su cuenta.
Parece poco. En esta historia, lo más grande que puede conservarse tiene ese tamaño.
La acusación más dura
Pero aquí hay que pronunciar lo más desagradable. De lo contrario, lo anterior sería una mera defensa.
«Ahora todavía no podemos desmantelarlo»: es la misma frase que han dicho todos los colaboradores.
Así se justifica ante sí mismo cualquiera que permanezca dentro de un mal régimen. El argumento tiene una propiedad fatal: no puede refutarse desde dentro. Mientras la máquina siga funcionando y las consecuencias de desmantelarla sean graves, «todavía no» seguirá siendo válido. Mañana, dentro de diez años, dentro de cien. Una razón eternamente válida suele ser menos un juicio que un mueble.
Además, que ella se quede sirve de algo. Le sirve a Sibyl. Lo dice el propio sistema: observarla y analizarla puede ayudarlo a encontrar futuras formas de apaciguar a los ciudadanos. Su obstinación termina convertida en una pieza, la pieza que permite que la máquina parezca todavía salvable. Una persona informada, sufriente y con conciencia que se queda dentro es exactamente lo que más necesita. No necesita partidarios. Necesita a alguien así.
Esta acusación no puede refutarse.
Solo puede admitirse. Akane también la admite. Ha dicho que no le gusta que la utilicen y, aun así, acepta. Aquí no hay un sitio limpio donde ponerse.
Si hay que señalar una diferencia entre ella y alguien que solo busca consolarse, es una: Akane no toma esa frase como una conclusión, sino como un juicio que debe recalcular cada día. Quien convierte el «todavía no» en una verdad permanente y quien vuelve a hacer las cuentas cada mañana parecen, desde fuera, la misma persona.
Desde fuera nunca se puede saber.
La historia no le expide un certificado que garantice la diferencia. Ni piensa hacerlo.
Lo que ella llama ley es otra cosa
Más tarde le dirige unas palabras a Sibyl que merecen leerse una por una.
Pregunta si sabe qué degrada más una ley que debería ser sagrada. Y responde ella misma: elaborar y aplicar una ley que no merece ser defendida.
Antes le ha dicho otra cosa a Kogami: no es la ley la que protege a las personas; son las personas las que protegen la ley.
Hay que leer juntas ambas frases. Si no, la primera podría parecer una defensa de Sibyl.
La «ley» de la que habla nunca ha sido aquel conjunto de cifras. Sibyl no es ley: es una máquina de dictar sentencias. No necesita que nadie consienta, la respete o la comprenda. Funciona por sí sola; las personas son sus entradas y sus salidas.
La ley es otra cosa: solo existe porque las personas la sostienen una y otra vez. En cuanto nadie lo hace, ya no es nada.
Por eso lo que Akane dice en aquella sala es «no sois dignos», no «estáis equivocados». No está discutiendo el contenido de unas normas. Está afirmando que algo que funciona sin necesitar el reconocimiento de nadie no es una ley, sino la instrucción de una máquina.
La distinción no tiene nada de misterioso. Una ley auténtica puede infringirse. Precisamente por eso obedecerla es un acto humano, alguien responde por ella y alguien puede señalar una disposición injusta y exigir que cambie. No se pueden transgredir los límites que impone el Dominator. Cuando está bloqueado no puedes disparar; cuando se desbloquea, basta con apretar. Ante él no existe el acto de respetar la ley: solo ejecutar o no ejecutar.
Así que este sistema no tiene una ley severa. Carece de ley.
La distinción también vale para Akane. Ha hecho suyo aquello que defiende y, por tanto, tiene que cargar con ello, incluido su coste: asesinan a su amiga ante sus ojos y ella insiste en capturar vivo al asesino; su compañero Masaoka muere en el laboratorio junto a los campos y no logra impedir ninguna de esas cosas. Ha pagado ese precio por sostener lo que decidió reconocer como suyo.
Una persona puede estar de acuerdo con las reglas de otra y vivir conforme a ellas. Pero debe haberles dado su propio consentimiento. Y, una vez lo ha dado, le corresponde a ella hacer el trabajo de sostenerlas.
Hay quienes dan algo y después ya no están
Dos personas de esta historia hacen lo mismo, ambas sin ruido.
La primera es Tomomi Masaoka.
Fue detective. Después se le enturbió el matiz y terminó como ejecutor. Tiene un hijo que cambió de apellido, que en el trabajo lo llama por el nombre y que pasa la vida esforzándose por demostrar que no es como él.
Masaoka nunca dice una palabra al respecto.
Trabaja como ejecutor a las órdenes de su hijo, obedece sus instrucciones y soporta que lo reprenda delante de otros. Nunca le exige reconocimiento, nunca se explica y ni una sola vez intenta corregir la imagen que su hijo tiene de él.
Conviene detenerse aquí, porque tiene cartas que jugar. Podría explicar qué ocurrió entonces, pedirle a alguien que se lo contara o reclamar una palabra tras alguna misión en la que ambos se hubieran jugado la vida. No hace nada de eso. Deja siempre en manos de su hijo aquella obsesión de «no puedo acabar como él». Nunca trata de arrebatársela.
No es que le dé igual. Lo protege en cada misión, de un modo torpe y evidente que todos en el equipo reconocen. Lo que se niega a hacer es cambiar esa protección por aquella palabra.
Al final, en el laboratorio junto a los campos de cereal, aparta a su hijo de una explosión. Pierde medio cuerpo y muere delante de él. Ginoza lo llama «papá». Es la única vez en su vida que recibe ese nombre, y quizá apenas alcanza a oír la mitad.
Dos meses después, el coeficiente de criminalidad de Ginoza llega a ciento cuarenta y él también se convierte en ejecutor. Por fin se ha convertido en alguien como su padre. Solo al ocupar ese lugar logra entenderlo.
La segunda persona es Shinya Kogami.
Le entrega a Akane toda una manera de trabajar: cómo mirar una escena, cómo leer a una persona, cómo pensar sin disponer de cifras. No le pide nada a cambio ni exige que lo siga. Al contrario, siempre intenta empujarla de vuelta: sabe muy bien qué camino está tomando él y qué le espera al final.
Después se va. Al terminar la primera temporada abandona el orden oficial de su país; las obras posteriores narrarán también su regreso.
No se queda para vigilarla, comprobar resultados o esperar a ver si se convierte en otro él.
Dar algo alcanza su forma completa cuando, después de darlo, quien lo dio deja de estar presente.
Como él no está, todos los juicios que Akane formule después tendrán que ser suyos. Sus decisiones son distintas: ella se queda, él se marcha; ella quiere una captura, él dispara. Esa diferencia demuestra que lo entregado estaba realmente entregado.
Si él se hubiera quedado, ella probablemente habría sido una versión más pequeña de Kogami. Él se fue y ella llegó a ser otra persona.
Veinticuatro coma siete
Llegamos al pasaje más frío de este ensayo.
Ya conoce la verdad de la sala, ha visto cómo degollaban a su amiga ante sus ojos y sabe cómo murió Kagari. Una medición anterior al enfrentamiento final sitúa su coeficiente de criminalidad en veinticuatro coma siete. Más tarde perderá a Masaoka, muerto en la explosión del laboratorio, y tampoco logrará impedir el último disparo de Kogami.
(Quizá la relación entre esa cifra y los doscientos cuarenta y siete cerebros sea una simple coincidencia).
En ese número está la verdadera oscuridad de este ensayo.
Puede ponerse de pie y hablar en aquella sala porque sus cifras están limpias.
Si su matiz se enturbiara, sería una criminal latente. Y la objeción de un criminal latente no se llama objeción: se llama síntoma. La internarían, la tratarían, la registrarían. Cada palabra quedaría clasificada como una manifestación de su enfermedad. Ni siquiera tendría un lugar desde el que hablar.
El sistema solo permite que lo cuestionen quienes obtienen sus mejores calificaciones.
Y aún falta lo más frío. Al final, Sibyl lo dice con toda claridad: quiere conservarla, observarla y analizarla. Comprender cómo funciona alguien como ella puede ayudarlo a encontrar formas de apaciguar y domesticar a los ciudadanos en el futuro.
Es decir: toma su resistencia como materia prima.
Su última frase va dirigida a ella: resiste, sufre, conviértete en alimento para nuestra evolución.
Es el golpe más feroz de la historia. No niega que su resistencia sea auténtica. Lo reconoce y después incorpora esa autenticidad a su contabilidad.
En entregas posteriores el coste seguirá aumentando: asesinan a su abuela y ella misma pasa un tiempo detenida. Estos hechos quedan fuera de la primera temporada, que es el centro de los ensayos, pero muestran de nuevo que quedarse dentro no le da una posición segura. Sibyl puede utilizar incluso su resistencia para corregirse a sí mismo.
Ahí la historia no tiene piedad. No le reserva ninguna recompensa. Ninguna de las cosas que hace bien consigue que el mundo ceda lo más mínimo.
El precio de quedarse dentro lo paga ella sola.
Lo que le dice a la recién llegada
La última escena de la primera temporada merece una mirada aparte.
Han pasado dos meses. Ginoza es ejecutor. Akane es la única inspectora que queda en la División Uno. Entonces llega una nueva compañera: una muchacha todavía menor de edad, aún más joven que ella, que se presenta en un día lluvioso.
Akane le dice unas palabras.
Son las mismas que Ginoza le dijo a ella en su primer día.
Palabra por palabra.
Habla el puesto, no quien lo ocupa.
La escena no dice que Akane se haya vuelto mala ni que haya sido asimilada. Señala algo estructural: este dispositivo se reproduce solo. No necesita que nadie esté de acuerdo, que crea en él ni siquiera que deje de oponérsele. Le basta con alguien que ocupe el lugar. Después, el lugar pronuncia las palabras.
Akane sabe qué hay en aquella sala y aun así las repite.
Porque, en ese momento, esas palabras son correctas. La novata necesita saberlo. Y esa es la dificultad mayor del sistema: la mayor parte de lo que te entrega resulta útil, correcto y necesario. No tienes motivos para no transmitirlo.
Un sistema nunca se sostiene por sus partes indefendibles, sino por las defendibles. Las primeras necesitan a alguien que las tape, con un coste elevado. Las segundas caminan solas. Cuando las transmites, lo haces con buena intención, tienes razón y estás ayudando. Así sobrevive una generación más.
(Cada cual tendrá sus ejemplos. No hace falta señalarlos aquí).
Aquella puerta
La última frase de lo que Akane le dice es esta: algún día alguien vendrá a cortar la corriente de esta sala.
Añade que será así aunque no llegue a ocurrir en su generación.
Es fácil leerlo como un consuelo, como un «todo acabará mejorando». No lo es. Es un juicio sobre la estructura, y bastante frío.
Un sistema que necesita que nadie piense no puede durar para siempre. No porque la justicia esté destinada a vencer, sino porque debe repetir el mismo trabajo generación tras generación: lograr que cada persona que nace no se haga aquella pregunta. Lleva décadas haciéndolo, y lo hace muy bien. Pero basta con que falle una sola vez para que alguien llegue a la puerta.
Ese momento puede demorarse mucho. A veces habrá retrocesos, incluso hasta quedar peor que antes. Pero no puede contenerlos a todos ni hacerlo para siempre: lo que reprime vuelve a nacer dentro de cada persona.
No es optimismo. Es hacer las cuentas de cuánto trabajo tiene por delante esa máquina.
En cuanto a Akane, aquel día no apagó nada.
Simplemente volvió al trabajo con aquella pistola que no juzgaba por ella. Una persona puede negarse a convertir a los demás en cifras, pero no puede apagar por sí sola todo el aparato que calcula y juzga.
El espacio que puede defender es este: diga lo que diga la máquina, ella vuelve a pensarlo. Puede acabar haciendo lo que le ordenan o puede negarse. La diferencia no está en el resultado. Está en que, durante ese segundo, es ella quien juzga.
Y ese segundo es lo que esta historia cuenta desde la primera escena del primer episodio. Aquel día, en una fábrica abandonada, una novata miró a una mujer que temblaba y a una sucesión de cifras de alarma. Las puso una junto a la otra y eligió a la mujer.
Veintidós episodios después sigue haciendo lo mismo.
No ha ganado. Simplemente no lo ha entregado.
PSYCHO-PASS. Idea original y guion: Gen Urobuchi. Dirección: Naoyoshi Shiotani; dirección general: Katsuyuki Motohiro. Animación: Production I.G. Emitida entre octubre de 2012 y marzo de 2013, con veintidós episodios. Esta serie de ensayos se centra en la primera temporada; las entregas posteriores aparecen al final únicamente como referencia.