Sobre esta edición
Nota de versión: Reescritura en español del original chino, cuya página permite alternar entre caracteres simplificados y tradicionales. El original incorpora correcciones sobre el gesto peligroso de la víctima del primer episodio, los modos del Dominator, la condición de asintomático criminal y la cronología posterior a la primera temporada. Contiene spoilers de toda la temporada. Las citas son versiones propias, no transcripciones de subtítulos oficiales.
Han atacado la sede del Ministerio de Bienestar. Los agentes de la División de Investigación Criminal se reparten el edificio para registrarlo. Un ejecutor baja solo a los sótanos.
Se llama Shusei Kagari. Tiene veintidós años, es el más bromista del equipo, cocina muy bien y rara vez habla en serio. Sigue bajando por su cuenta, cada vez más hondo. Primero aparecen interferencias en la comunicación. Luego se corta del todo.
En la última planta ve algo que no debía ver.
Pocos minutos después, la directora de la Oficina de Seguridad Pública levanta un Dominator y activa un modo que normalmente no se utiliza contra personas. Un modo que no deja cadáver. Kagari sonríe, suelta un «a la mierda este trabajo» y desaparece.
En los registros de Seguridad Pública figura como desaparecido. Más tarde, los superiores lo declaran desertor. Sus compañeros no lo creen; una inspectora de la División Dos también expresa sus dudas. Pero a los dos meses la búsqueda se abandona sin más.
La última línea del expediente de su vida dice que traicionó a la organización. La ha escrito quien lo mató.
Una sala que no figura en los planos
¿Qué ha visto allí abajo?
Un espacio enorme, con hileras de recipientes cilíndricos. Dentro de los recipientes hay líquido. Dentro del líquido hay cerebros.
Doscientos cuarenta y siete.
No son muestras conservadas. Están funcionando. De su deliberación colectiva salen todas las evaluaciones del coeficiente de criminalidad del país, todos los análisis de matiz, todos los diagnósticos de aptitud profesional y cada desbloqueo de un Dominator. El llamado «sistema Sibyl» no es un superordenador ni un algoritmo. Es un conjunto de cerebros humanos.
¿Y de dónde salen esos cerebros?
De una clase especial de personas. No es que su Psycho-Pass resulte completamente ilegible. Con mayor precisión: sus cifras no suben de la manera habitual en respuesta a sus intenciones y actos criminales. Incluso mientras mata, Shogo Makishima puede presentar un coeficiente tan bajo que el Dominator permanezca bloqueado o solo habilite un modo menos potente. A quienes presentan esta condición se los llama «asintomáticos criminales».
Conviene mirar de frente la forma de este arreglo.
Un sistema que sitúa a cada persona mediante cifras tiene, como núcleo de sus decisiones, a quienes no puede evaluar según sus reglas habituales.
No es que tenga una grieta. Esa grieta es su método de construcción.
Ha metido en recipientes lo que no consigue medir
Aquí hay que quedarse un poco más, porque aquí está el esqueleto de toda la obra.
Cualquier medición deja cosas sin medir. No es un problema de insuficiencia técnica: en cuanto decides medir a una persona con una regla, todo aquello que no figura en su escala deja de existir a sus ojos. Puedes afinar la regla y multiplicar las divisiones, pero nunca eliminas el «fuera de escala». Cada vez que añades precisión vuelves a decidir qué cuenta como válido.
La respuesta de Sibyl es la invención más despiadada de esta obra.
No finge que esas personas imposibles de medir no existan. Tampoco las extermina. Las extrae una a una, las sumerge en líquido y las pone a juzgar.
En cada persona hay una parte que el sistema no consigue medir. Su solución no es eliminarla: es extraerla, meterla en un recipiente y ponerla a trabajar para él.
De ahí se desprende algo aún más frío: el sistema no puede medirse a sí mismo.
Todo juicio que emite sobre un ciudadano descansa en una premisa: quien juzga está fuera del conjunto de los juzgados. Si él mismo entrara en ese conjunto, el mecanismo dejaría de funcionar. Tiene que quedarse fuera. Distribuye números a toda la sociedad; él no puede tener un número.
El orden social se sostiene así sobre algo extrañísimo: todo se mide salvo la regla con que se mide. No es hipocresía, sino una necesidad estructural. Un marco que pretende contenerlo todo no puede contenerse también a sí mismo.
Esos doscientos cuarenta y siete cerebros son la encarnación de esa frase.
Quiénes eran esos cerebros
Queda una capa más difícil de digerir que la de «un ordenador hecho con cerebros».
Los asintomáticos criminales no son un grupo de personas especialmente nobles. Sus intenciones delictivas no quedan reflejadas normalmente en las cifras porque su estructura psicológica no encaja en la forma habitual de evaluar de esa regla. Y entre quienes quedan fuera de ella hay bastantes personas que esta sociedad consideraría peligrosísimas con cualquier criterio: asesinos en serie, gente que practica el asesinato como un oficio, personas insensibles al sufrimiento ajeno.
El cuerpo de la directora de Seguridad Pública es artificial. Dentro no hay una «directora», sino un armazón que esos cerebros ocupan por turnos. Y uno de quienes lo manejan es un asesino en serie.
Es decir: quien levanta la pistola y borra a Shusei Kagari es un asesino vestido con un cuerpo oficial.
Un paso más y se ve con toda claridad. El aparato que decide si cada ciudadano es peligroso está compuesto por algunas de las personas que la propia sociedad considera más peligrosas. No es un error ni una ironía: es la forma que adopta esta lógica al llevarla hasta el final. Si sus cifras no reflejan el peligro de la manera habitual, las propias reglas del sistema dificultan tratarlos como objetivos ordinarios de intervención. Y si no son objetivos, pero poseen además la capacidad de reconocer el peligro, sentarlos a juzgar es la solución más económica.
Dentro del sistema, el arreglo es perfectamente coherente. No puede refutarse utilizando su propio lenguaje.
Cinco años
Volvamos a Kagari.
Su matiz se enturbió cuando tenía cinco años.
Cinco. No había hecho nada. No había delinquido, ni herido a nadie, ni realizado nada que pudiera llamarse una elección. Un día una medición dio valores que el sistema consideró anormales, y desde entonces nunca mejoraron.
¿Qué significa ser un criminal latente de cinco años en esta sociedad? Que toda su vida quedó escrita antes de que pudiera recordarla. No pudo asistir a una escuela corriente, seguir una trayectoria profesional corriente ni crecer como los otros niños. Lo internaron en un centro, creció allí y llegó a una edad en la que solo le quedaban dos caminos.
Primero: permanecer en el centro de aislamiento durante el resto de su vida.
Segundo: salir como ejecutor para cazar a personas como él.
Eligió el segundo. Cualquiera lo habría elegido.
Pensemos un momento en cómo transcurrió más de una década entre medias. Un niño crece encerrado y nunca llega a conocer realmente el exterior. No tiene compañeros de colegio ni vecinos; no conoce a nadie que ignore su condición de criminal latente. Todos sus vínculos ocurren dentro de un espacio construido expresamente para personas como él, cuya razón de ser es separarlo de los demás.
Allí se forma ese carácter bromista, esa forma de no tomarse nada en serio y de animar el ambiente a la menor ocasión. Alguien a quien, desde los cinco años, le dicen que está mal aprende a quitarse importancia antes de que otros lo hagan. Es una defensa muy común: si me río primero de mí mismo, os dejo sin nada de lo que reíros.
Hay algo todavía más doloroso. Nunca tuvo la oportunidad de convertirse en una persona «con valores normales». No por algo que hubiera hecho, sino porque el camino se cerró antes de que pudiera hacer nada. ¿De dónde sale la lectura de un niño de cinco años? De su familia, el entorno, lo que le ocurre y su temperamento de nacimiento. Nada de eso está en sus manos. El sistema leyó un resultado y organizó con él toda su vida, aunque no pudiera responsabilizarlo de una sola de las causas que lo habían producido.
Y ambos caminos los ofrecía la misma entidad. No elegía entre dos vidas, sino entre dos casillas preparadas dentro de una única organización. Aquí «libertad» significa poder decidir de qué manera van a utilizarte.
Este es el punto central del ensayo: para saber si un sistema deja sitio a las personas, no hay que contar cuántas opciones ofrece, sino preguntar si todas proceden de él.
Una persona puede quedarse voluntariamente en un lugar. No hay problema, siempre que pueda dejar de quedarse cuando quiera. Si todas las puertas llevan a distintos rincones de la misma habitación, decir «puedes elegir» es apenas un consuelo.
Tampoco aceptó la puerta que otro le ofrecía
Aquí la serie toma una decisión muy firme que termina de darle consistencia a Kagari.
Mientras baja se encuentra con Choe Gu-sung, uno de los participantes en el ataque al edificio. Choe lo invita a unirse: ven con nosotros; tú también odias este sistema; estamos del mismo lado.
Es una puerta. Alguien de fuera se la ofrece.
Kagari la rechaza, y lo hace sin cortesía. Primero admite que odia el sistema y también a quienes viven cómodamente gracias a él. Después dice que ambos son basura: solo envidian la buena vida de los demás.
Hay que comprender cuánto pesa esa frase.
No dice «soy un ejecutor y tengo un deber». No recurre a ninguna justificación honorable. Dicta sentencia sobre los dos, incluido su propio odio. Sabe de dónde viene y no piensa disfrazarlo de justicia.
Por eso tampoco acepta esa puerta. No hace suyo el camino que le da el sistema ni el que le ofrecen sus enemigos.
La única vez que en su vida sale de verdad por su propio pie es cuando baja al último sótano. Al llegar al final de ese camino, lo borran.
Ese modo no deja cadáver
Lo mata un disparo en modo descomponedor. Normalmente no se emplea contra personas: para eso ya bastan el paralizador y el letal.
La razón para utilizarlo es práctica: no deja cadáver.
Sin cadáver no hay escena que examinar, autopsia ni registro de defunción. Así se puede escribir primero «desaparecido» y después «desertor». Un hombre que muere de servicio queda convertido en alguien que abandonó a sus compañeros y huyó.
Ahí está lo más frío de este episodio. Al sistema no le basta con matarlo: también le cambia el final. Kagari pierde la vida y pierde además la manera en que esa vida debería contarse.
Sus compañeros no se lo creen. Lo conocen, saben que no habría escapado. Pero no creerlo no sirve de nada. No hay pruebas, ni cuerpo, ni un solo punto del procedimiento que puedan cuestionar. A los dos meses cesa la búsqueda.
Se puede eliminar por completo a una persona, incluida la forma que tendrá en el recuerdo futuro de los demás.
Akane ve lo mismo y recibe permiso para vivir
Más tarde Akane Tsunemori entra en esa misma sala.
Ve los mismos doscientos cuarenta y siete recipientes y oye la misma explicación. También descubre cómo murió Kagari.
Entonces el sistema negocia con ella: si conserva el secreto, le garantiza la vida y la libertad de acción.
Una misma sala, una misma verdad. Dos personas, dos finales.
La diferencia no está en lo que han visto, sino en si cada una todavía le sirve al sistema.
Kagari era solo un sabueso. Los sabuesos son sustituibles; borrar uno no altera el funcionamiento. Akane es distinta: un ejemplar rarísimo que conoce toda la verdad y cuyo matiz, aun así, no se enturbia. Al sistema le interesa. Quiere conservarla, observarla y quizá utilizarla en el futuro.
Por eso sobrevive. La razón por la que ella vive y la razón por la que Kagari muere son la misma.
Su defensa dice la verdad
Hay que dar todo su peso a la defensa de Sibyl. De lo contrario, esto se convertiría en una simple sarta de insultos.
Lo que le dice a Akane se sostiene punto por punto.
Dice: en esta sociedad casi no hay delitos; la gente vive segura, con prosperidad y orden. Es un hecho.
Dice: si deja de funcionar, morirá mucha gente. No un «coste social» abstracto, sino personas concretas, con nombres y apellidos, que morirán durante el periodo que nadie será capaz de controlar. También es un hecho, y la historia lo ha demostrado demasiadas veces.
Dice que integra a los asintomáticos criminales mediante una «invitación», y puede que algunos se incorporen voluntariamente. Sin embargo, después de que Makishima rechace la oferta en su cara, sigue exigiendo que lo capturen vivo para incorporarlo. Poder negarse no es, por tanto, un derecho público que pueda ejercerse con seguridad. Esta defensa solo se sostiene a medias.
Y tiene una frase aún más difícil de responder: puedes probar a vivir en un mundo sin mí.
Es difícil porque la responsabilidad de proponer una alternativa recae realmente sobre quien se opone. Denunciar un mal sistema es fácil. Responder «¿y qué vas a poner en su lugar para hacerte cargo de quienes morirán?» cuesta mucho más. Casi todos los adversarios de Sibyl en esta historia están vacíos ante esa pregunta, incluido quien pretende destruirlo. Tiene toda una teoría sobre cómo deben vivir las personas, pero ningún plan para hacerse cargo de los millones que quedarían a merced del desorden. Él mismo reconoce que no piensa hacerlo.
Sibyl va incluso más lejos: ya no somos individuos; somos el juicio.
Hay que tomar esa frase en serio, porque al menos cabe en ella la posibilidad de una entrega voluntaria. Sibyl afirma que algunos renunciaron a su cuerpo, a su nombre y a su futura vida individual para formar parte del juicio colectivo que sostiene el orden. Puede que algunos crean sinceramente que merecía la pena. Y, a juzgar por los resultados, sí han mantenido una sociedad en la que la inmensa mayoría puede vivir bien.
¿Dónde está entonces el problema?
Aquí: lo que han entregado no es la libertad, sino la posibilidad de cambiar de opinión más adelante.
Una persona tiene derecho a renunciar voluntariamente a sí misma. Pero, una vez consumada esa entrega, ya no queda quien habría podido levantarse al día siguiente y decir «he cambiado de idea». Quien ha entrado en un recipiente no puede pedir que lo saquen. No puede volver a ser individuo: el acto de «volver a ser» necesita a una persona que lo realice, y esa persona ya ha sido convertida en otra cosa.
Por eso no basta con preguntar si fue voluntario o forzoso. Son procesos de forma distinta y de idéntica consecuencia: en ambos ha desaparecido quien podía pedir que se detuvieran.
Ninguna puerta lleva fuera
Si colocamos juntos a los personajes de este ensayo, aparece una misma figura.
Kagari tiene dos opciones, ambas ofrecidas por el sistema.
Kunizuka tiene dos opciones, ambas ofrecidas por el sistema.
Entre los doscientos cuarenta y siete cerebros, puede que algunos eligieran al entrar. Esa fue también su última elección que podían revisar como individuos.
La gente corriente recibe a los veinte años un mapa de su recorrido. Está todo señalado, salvo un camino que salga del mapa.
Lo más asombroso de esta sociedad no es lo estricta que resulta. Al contrario, en muchos sentidos es permisiva: no hay toque de queda ni delaciones. Se puede hablar, enamorarse, cambiar de empleo y sentir antipatía por el jefe. En bastantes aspectos ofrece más libertad que la sociedad en que vivimos.
Solo ha retirado una posibilidad: no puedes estar fuera de ese mapa.
Conviene insistir, porque se parece poco a lo que solemos entender por falta de libertad. La imaginamos como un muro, una prohibición, un lugar al que no podemos ir. Aquí no hay muro. Se han asfaltado de antemano todos los destinos posibles, se han marcado las distancias, se han dispuesto guías y después se nos ha dicho: elegid lo que queráis.
Una persona puede pasar toda su vida allí sin chocar contra nada. No tendrá la sensación de que la han frenado, porque de hecho nunca la han frenado. Simplemente jamás habrá llegado a un cruce donde deba decidir por su cuenta hacia dónde ir.
Un sistema puede ofrecer muchas opciones y seguir herméticamente cerrado, si todas proceden de él. Puede ofrecer muy pocas y conservar una abertura, si hay al menos una que no controla. El criterio no es la cantidad, sino la existencia de un lugar al que no llegue.
El descenso de Kagari es la única ocasión en esta historia en que alguien llega de verdad al borde del mapa.
Allí ve con qué está dibujado. Después lo borran de él.
Pero antes mencionamos algo: Sibyl presenta la incorporación de asintomáticos criminales como una invitación.
En esta historia hay alguien que la recibe cara a cara y la rechaza. Expresa su razón así: una persona solo adquiere valor cuando actúa según su propia voluntad.
La frase parece casi irreprochable.
En el próximo ensayo veremos qué hace durante los otros veinte episodios el hombre que la pronuncia.
PSYCHO-PASS. Idea original y guion: Gen Urobuchi. Dirección: Naoyoshi Shiotani; dirección general: Katsuyuki Motohiro. Animación: Production I.G. Emitida entre octubre de 2012 y marzo de 2013, con veintidós episodios. Esta serie de ensayos se centra en la primera temporada.