Sobre esta edición
Nota de versión: Reescritura en español del original chino, cuya página permite alternar entre caracteres simplificados y tradicionales. El original incorpora correcciones sobre el gesto peligroso de la víctima del primer episodio, los modos del Dominator, la condición de asintomático criminal y la cronología posterior a la primera temporada. Contiene spoilers de toda la temporada. Las citas son versiones propias, no transcripciones de subtítulos oficiales.
Tres mujeres jóvenes toman una copa juntas y hablan del trabajo.
Una acaba de incorporarse y se queja de todas las normas que hay en su nuevo empleo. Otra tiene un trabajo que exige moverse bastante: cansa, pero no está mal. La tercera se pregunta si debería cambiar de rumbo. Una reunión de lo más corriente, como las que ocurren en cualquier ciudad y en cualquier época.
La que hace el trabajo físico se llama Yuki Funahara y es amiga de Akane Tsunemori. El material complementario de la serie añade un detalle sobre su pasado: quería ser atleta. Cuando aún estudiaba, la prueba de aptitud profesional le asignó una C. No tenía aptitudes.
Así que se dedicó a otra cosa.
No luchó contra el dictamen, no pasó mucho tiempo triste ni se quejó ante nadie. Lo aceptó, tomó otro camino y consiguió una vida bastante decente. A los veinte años le llegó un papel que decía que no servía para aquello que más deseaba hacer. Dijo «ah» y lo dejó atrás.
Este ensayo trata de ese papel.
Un diagnóstico lleno de buenas intenciones
Primero hay que explicar el mecanismo, y hacerlo con justicia.
En esta sociedad, todos los jóvenes pasan por una evaluación de aptitud profesional. A partir de los datos de su Psycho-Pass acumulados durante años, el sistema valora cuánto encajan en cada actividad y les asigna una categoría. Una vez emitido el dictamen, la ruta queda prácticamente fijada: los caminos con una A están abiertos; en los que reciben una C, mejor ni pensar.
Conviene advertir que no se trata de una asignación obligatoria ni de una orden. Nadie pone una pistola en la cabeza de Yuki para que abandone la pista. Podría insistir, entrenar, pagárselo de su bolsillo e ignorar aquel papel.
Solo que nadie lo haría.
Porque el diagnóstico acierta. Su conclusión nace de todos los datos de una persona a lo largo de más de una década. Sabe más de su constitución real que cualquier entrevista, examen o impresión de un profesor. Ha visto a un millón de personas parecidas a ti y sabe cómo acabaron.
Y porque desoírlo tiene costes muy concretos: sin recomendaciones, sin recursos, sin un lugar. Además, a medida que se acumulan los fracasos, tus valores empiezan a empeorar. Si llegan a cierto nivel, pierdes incluso la posibilidad de seguir insistiendo.
Por eso la gente obedece. Y lo agradece.
En esta sociedad no hay personas que no encuentren trabajo, que gasten media vida en el puesto equivocado o que descubran a los cincuenta que tomaron el camino incorrecto. Pensemos en el desperdicio del viejo mundo: cuánta gente necesitó diez años para comprender que no valía para algo; cuánto talento quedó enterrado en un sector inadecuado; cuántas vidas se gastaron en un trabajo que no gustaba y para el que tampoco se tenían facultades. El diagnóstico ha eliminado todo ese desperdicio.
Nace de una buena intención. Suele acertar. Se recibe con gratitud.
Leerlo como una conspiración impediría ver lo verdaderamente difícil del asunto.
Todos vigilan sus propias cifras
Hay que añadir algo; de otro modo, el diagnóstico parecerá un ritual que ocurre una sola vez. No lo es. Es apenas el punto más visible de un proceso continuo.
El matiz de una persona está permanentemente a la vista. Hay aparatos de medición en las calles, avisos en los espacios públicos y revisiones periódicas en el trabajo. Cuando empieza a enturbiarse, llegan consejos amables: quizá te vendría bien una consulta psicológica; últimamente estás bajo mucha presión; ¿por qué no te tomas unos días? La intención es buena, el servicio es gratuito y, por lo general, sus beneficios son reales.
Si se enturbia un poco más, el consejo se convierte en una disposición. Si sigue empeorando, la disposición se convierte en internamiento.
Así, todo el mundo aprende a cuidarse. Es una destreza cotidiana: dormir lo suficiente, mantener estables las emociones, evitar las noticias demasiado duras y la música demasiado sombría, no guardar las penas mucho tiempo, digerir la rabia cuanto antes. Ninguna de estas prácticas es errónea por sí misma. A grandes rasgos, es lo que hoy llamamos «cuidar la salud mental».
El problema es que las cosas que enturbian a una persona no componen una lista al azar.
La tristeza, la ira, la obsesión, una añoranza que no cede, entregarse a una causa sin medir las consecuencias, perder la mesura por alguien: todo ello forma parte de lo que más pesa dentro de una persona. Suele estar unido a lo que de verdad le importa. ¿Por qué algo le enturbia el matiz? Porque para ella tiene importancia.
Un sistema que exige claridad a todo el mundo está pidiendo, en la práctica, que cada cual esquive aquello que más pesa en su interior. Ni siquiera necesita obligarlo. Esquivar sale a cuenta; no hacerlo tiene un precio, y ese precio aparece al instante en forma de cifra.
Volvamos a las tres amigas. Yuki no pasó mucho tiempo triste tras abandonar la pista. Puede que sea porque tiene buen carácter; puede también que haya aprendido una destreza que esta sociedad enseña. La gente aprende a no demorarse demasiado en lo que ha perdido. Demorarse sale caro.
Akane también eligió de esa lista
Miremos ahora a Akane Tsunemori.
Sus resultados son estos: obtiene la máxima aptitud para las salidas profesionales de todos los organismos públicos. Y, de quinientos estudiantes de su promoción, es la única que recibe una A en «inspectora de la División de Investigación Criminal de la Oficina de Seguridad Pública del Ministerio de Bienestar».
La única.
Por eso decide ser inspectora. No por el sueldo, la estabilidad ni las expectativas de sus padres. Quiere encontrar una forma de vivir que solo pueda ser suya.
La razón conmueve. Parece enteramente propia: no sigue a los demás, no busca comodidad, escoge por iniciativa propia el camino más difícil, aquel del que todos intentan disuadirla. Sus amigas no entienden por qué quiere ir a Seguridad Pública. Ella no consigue explicárselo; solo sabe que busca algo en lo que nadie pueda sustituirla.
Pero la idea de que existe «algo que solo yo puedo hacer» se la ha entregado aquel informe.
Sabe que existe una tarea reservada para ella porque el sistema se lo ha dicho: de quinientos, solo tú tienes una A aquí. Quiere hacerla porque el documento ha colocado la etiqueta de «único» sobre ese puesto.
Su elección es real. No pienso negarlo, y el resto de la serie demostrará una y otra vez que es la persona con más criterio propio de esta historia. Pero todos los ingredientes de aquella elección proceden del papel: qué opciones existen, cuál es excepcional, qué significa ser excepcional. Escogió de una lista lo que más se parecía a ella. La lista no la había hecho ella.
Aquí conviene anticipar una objeción demasiado cómoda: ¿acaso las ideas de alguien no se forman en su entorno? Nuestras aspiraciones nacen de la familia, los profesores, los libros y la época. ¿Por qué la suya no iba a contar?
Por una diferencia: si aquello que te forma dispone de antemano de un pliego de especificaciones sobre lo que debes llegar a ser.
Un niño puede criarse en la biblioteca de su padre sin que este sepa, ni pretenda saber, qué será de él. Puede convertirse en estudioso, rechazar aquellos libros o conducir camiones. El diagnóstico funciona de otro modo. Antes de que abras la boca ya ha calculado adónde debes ir, qué te gustará y qué te hará sentir satisfecho en el futuro. No te entrega solo un camino: también te entrega una razón que podrás reconocer como «esto soy yo».
La diferencia no consiste en haber recibido influencias. Consiste en que el resultado esté o no fijado de antemano.
Primero le dio una licencia
Llegamos a la persona más importante de este ensayo: Yayoi Kunizuka.
Era guitarrista en una banda de rock amateur llamada Amalgam. No tocaba en la clandestinidad: tenía licencia. Era una artista certificada por Sibyl. El sistema había examinado lo que hacía, había estampado su sello y había dicho: esto está permitido.
Después empeoraron su matiz y su Psycho-Pass, y el dictamen del sistema cambió. La serie sitúa la música, el amor y sus condiciones de vida dentro de una misma historia, pero no demuestra que una canción o un estilo concretos causaran directamente el aumento de las cifras. Cruzó el límite, fue declarada criminal latente y acabó en un centro de rehabilitación.
La obra no presenta un daño concreto que se haya juzgado públicamente. Lo que el sistema sanciona es el empeoramiento de los valores, no una canción cuyos efectos perjudiciales se hayan explicado uno por uno.
El sistema le concedió primero una licencia y luego se la retiró al empeorar sus cifras. La serie no ofrece una causa única que explique qué produjo ese deterioro.
Vale la pena desmenuzar esto, porque es más preciso que decir «el sistema reprime el arte». No prohíbe la música: la certifica, la apoya y expide licencias a los músicos. Admite la categoría «música». Lo que no admite es que una persona concreta avance dentro de ella en una dirección que no haya sido autorizada previamente.
La licencia nunca significa «puedes crear», sino «puedes crear dentro de este margen». Nadie te dice dónde acaba ese margen. No figura en ningún documento, no se anuncia en la ceremonia de certificación ni se ilumina cuando te acercas. Solo descubres el límite después de cruzarlo. Y el aviso consiste en que te internan.
Además, cuando internan a Yayoi no hay una acusación concreta. Nadie señala qué canción es problemática, qué concierto infringió una norma o qué letra se pasó de la raya. El sistema no formula un cargo. Emite una conclusión: esta persona ha alcanzado determinada cifra. De dónde viene, qué hechos se han sumado hasta producirla, nadie tiene que explicarlo y nadie puede hacerlo. Ni siquiera aquello que dicta la decisión razona en términos de «porque ella hizo esto».
Una persona puede defenderse de una acusación. No puede defenderse de una cifra.
Ya en el centro, sigue solicitando instrumentos. Presenta un formulario y se lo deniegan. Presenta otro: vuelve a ser rechazado. Ella misma dirá después que no puede vivir sin música.
Alguien que recibe tratamiento pide una y otra vez a la institución que la trata aquello que la propia institución considera inconveniente devolverle.
Fijémonos en lo difícil que resulta describir su situación. No está reclamando un derecho: está solicitando un objeto. Hay formularios, hay un procedimiento, incluso hay buenas maneras. Nadie la trata con brutalidad ni la humilla. Su petición simplemente «aún no ha sido aprobada».
Ha encontrado algo que tiene sentido para ella y ninguna utilidad para el sistema. El sistema lo tramita como una enfermedad.
No necesita prohibírtelo
En esa misma planta trabaja otra persona. Su historia es distinta, pero la estructura se repite.
La analista Shion Karanomori obtuvo su licencia de medicina durante el primer año de un programa formativo de dos. Un logro extraordinario. Después sus valores empezaron a empeorar y, por consejo de un profesor, pasó al trabajo de análisis.
No le retiraron la licencia. Ahora trabaja como analista y se ocupa también de la salud de los ejecutores de la División de Investigación Criminal. Conserva intactos sus conocimientos y sus capacidades. Solo ha cambiado dónde puede utilizarlos y con quién.
Y ocurrió «por consejo de un profesor». Sin sanción ni sentencia: una persona mayor, preocupada por su porvenir, vio su curva de valores y le encontró una salida prudente.
Ya podemos formular por completo el funcionamiento de este mecanismo:
La manera más económica de tomar el control de una persona no consiste en prohibirle lo que quiere hacer, sino en decirle para qué sirve antes de que llegue a averiguar qué quiere.
Prohibir es caro. Crea opositores, deja víctimas y vuelve valioso lo prohibido. Aconsejar no. Aconsejar produce gratitud.
Quien recibe el consejo no siente que haya perdido nada, porque el consejo llegó antes de que tomara forma su deseo. Yuki no cree que le hayan quitado algo: simplemente ha aprendido un hecho sobre sí misma. Akane no cree que le hayan organizado la vida: cree que ha encontrado su vocación. Karanomori no reclama porque no hay nada que reclamar: el profesor actuó con buena intención, la solución era razonable y ella estuvo de acuerdo.
Kunizuka es la única excepción, y lo es porque no podía dejar de hacer aquello. No tiene más espíritu rebelde que los demás. Ha tenido mala suerte: se topó con algo que no podía soltar, y entonces el límite se hizo visible sobre su propia vida.
Para los demás nunca llegó a hacerse visible. Jamás se acercaron a él.
La defensa más fuerte
Pongamos ahora sobre la mesa la objeción más difícil.
¿Qué habría ocurrido si Yuki Funahara hubiera intentado ser atleta?
Lo más probable es que no lo consiguiera. Habría entrenado cinco, ocho, diez años; habría gastado la década de los veinte para quedarse atascada a medio camino y terminar, con lesiones y un hueco en el currículo, haciendo algo parecido a su trabajo actual. Diez años más tarde y con una herida más por dentro.
No es una invención. Ocurre todos los días en el viejo mundo. Por defender el principio de que cada cual debe poder darse de cabeza contra su propio muro, cuántas personas se han estrellado de verdad, hasta sangrar, sin que al otro lado hubiera nada.
También para Kunizuka hay una objeción aún más dura, y hay que dejar que hable con toda su fuerza.
Podría decirse lo siguiente: sus valores empeoraban de verdad; el sistema no se lo inventó. Su historia posterior también muestra que había algo peligroso en ella. Su amante terminó delinquiendo, y a Yayoi se le detectó aptitud para cazar a personas de su misma condición. Quizá lo que el sistema leía no era «toca la música equivocada», sino que alguien estaba cayendo en una dirección determinada y la música era apenas una cara visible de ese proceso. Si fuera así, internarla no habría sido reprimir el arte. Habría sido sujetar a tiempo a una persona que se caía.
No podemos descartar esa interpretación de un plumazo. Puede que sea correcta.
Pero hay algo que no consigue eludir. Fuera lo que fuese aquello que había en Yayoi, lo que se eliminó era concreto. Le quitaron el instrumento, rechazaron una y otra vez sus solicitudes y nunca regresó a aquel lugar en su vida posterior. Puede que el sistema salvara algo. El precio fue clasificar lo más importante de su vida como un síntoma que había que borrar. Cuánto significaba para ella nunca entró en el cálculo.
Aquel diagnóstico ahorró todos los desperdicios del viejo mundo. Acierta, por eso sirve. Sirve, por eso la gente le ha entregado gustosamente una pregunta.
La pregunta es: ¿a qué voy a dedicar mi vida?
Precisamente porque acierta resulta eficaz; precisamente porque resulta eficaz, la gente le entrega esa pregunta.
Y, una vez entregada, ya no puede recuperarla. No porque alguien la retenga, sino porque una persona que no se la ha hecho desde los veinte llega a los cuarenta sin saber ya cómo formularla. No sentirá que le falta nada. Su vida será plena, adecuada, bien organizada. Simplemente nunca habrá habido en ella una cosa que tuviera que decidir por sí misma.
Ahí reside el problema. No produce sufrimiento. Suprime la pregunta.
No recuperó la guitarra
Kunizuka salió del centro, pero no porque se hubiera recuperado.
Kogami, que aún era inspector, fue a buscarla. Su antigua amante estaba cometiendo delitos fuera y a ella se le había detectado aptitud para ser ejecutora. La sacaron del centro para perseguir a la persona a la que había amado. La operación acabó con la huida de la otra mujer. Yayoi supo después que el arma que Kogami le había entregado nunca había sido autorizada para ella. Cumplió toda la misión con un objeto que jamás habría podido disparar en sus manos.
Después de aquello decidió quedarse como ejecutora.
La razón fue suya: no quería que más personas acabaran como ella, tomando un mal camino tras ver roto su sueño.
Es el único punto de luz de este ensayo, y hay que precisar qué ilumina. No ha recuperado nada. Sigue siendo una criminal latente, un sabueso, alguien que no puede tocar libremente lo que desea. No ha recuperado la guitarra. Ha recuperado el porqué.
El sistema le asignó el puesto; el significado de lo que hace en él se lo ha dado ella. Ambas cosas pueden separarse. Ese es todo el margen que la historia deja en este nivel. No es mucho, pero existe y es real. Nadie le ha exigido preocuparse por quienes, como ella, han visto romperse su sueño. Eso lo ha añadido por su cuenta. El sistema no obtiene nada de ahí: solo le importa su tasa de capturas.
También es una forma de averiguar cuánto le queda a alguien de sí mismo: mirar si, entre las cosas que hace, hay alguna que el sistema no pueda aprovechar.
Pero tampoco conviene volver demasiado cálida esta lectura. Cada día sigue llevando una pistola que no le pertenece y deteniendo a personas como ella. La razón que ha encontrado resulta ser también la que le permite quedarse tranquila en ese puesto. El sistema no necesita convencerla. Ella ha hecho ese trabajo sola.
Una persona puede encontrar motivos propios en un lugar que le han asignado. Eso es parte de su libertad, y también el cerrojo más sólido de ese lugar.
Este sistema puede asignar a cada persona un puesto, una ruta y aquello para lo que sirve en la vida. ¿Con qué derecho?
Se apoya en una sola cosa: él ocupa un lugar que nadie le asigna. Mide a todo el mundo y nada lo mide a él.
En el próximo ensayo bajaremos hasta ese lugar para ver de qué está hecho.
PSYCHO-PASS. Idea original y guion: Gen Urobuchi. Dirección: Naoyoshi Shiotani; dirección general: Katsuyuki Motohiro. Animación: Production I.G. Emitida entre octubre de 2012 y marzo de 2013, con veintidós episodios. Esta serie de ensayos se centra en la primera temporada. La aspiración de Yuki Funahara a ser atleta procede del material complementario de la obra.