Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Primero le hicieron daño y después la convirtieron en un objetivo

Han Qin (秦汉) · Reescritura en español · 2026-10-09

Sobre esta edición

Nota de versión: Reescritura en español del original chino, cuya página permite alternar entre caracteres simplificados y tradicionales. El original incorpora correcciones sobre el gesto peligroso de la víctima del primer episodio, los modos del Dominator, la condición de asintomático criminal y la cronología posterior a la primera temporada. Contiene spoilers de toda la temporada. Las citas son versiones propias, no transcripciones de subtítulos oficiales.

En un rincón de una fábrica abandonada hay una mujer encogida, con la ropa desgarrada y sangre en la cara. El hombre que la secuestró y la golpeó acaba de ser reducido. Ya han llegado a rescatarla. Por puro sentido común, la historia debería terminar aquí.

Un ejecutor levanta la pistola y la apunta.

El arma anuncia por sí sola una cifra. Supera el límite. Su estructura empieza a transformarse: pasa del modo paralizador al letal, capaz de hacer estallar un cuerpo desde dentro. Shinya Kogami ya tiene el dedo en el gatillo. Solo espera a que el sistema lo desbloquee.

Es el primer día de trabajo de Akane Tsunemori. No lleva ni doce horas en el puesto. Se ha puesto el uniforme por primera vez, ha recibido esa pistola por primera vez. Y lo primero que hace con ella es apuntar a su propio subordinado y disparar.

Todos los problemas de la serie caben en esta escena de menos de treinta segundos.

Una sociedad que lee a las personas como cifras

Antes hay que explicar este mundo, porque de él brota todo lo que viene después.

Estamos en el Tokio de principios del siglo XXII. Una red de dispositivos extendida por todo el territorio escanea continuamente el estado psicológico de cada ciudadano y lo convierte en un conjunto de valores: su Psycho-Pass. El más importante es el «coeficiente de criminalidad», que supuestamente indica lo peligrosa que resulta una persona en ese momento. Otro, el «matiz», expresa mediante colores la claridad o turbiedad de su estado mental.

Estas cifras no son datos de fondo. Son la vida misma. De ellas dependen los estudios, el empleo, la elección de pareja, un préstamo o la compra de una vivienda. A quien presenta un matiz turbio se le aconseja buscar ayuda y se le exige recibir atención psicológica. Si la turbiedad persiste y el coeficiente supera los cien, pasa a ser un «criminal latente». Atención al término: no significa «delincuente», sino «persona que aún no ha delinquido, pero de la que se ha determinado que lo hará». Los criminales latentes son recluidos en centros de aislamiento hasta que sus valores vuelvan a la normalidad.

Ahora bien, las cifras de la inmensa mayoría jamás dan problemas. Viven en una sociedad segura, limpia y ordenada; pueden nacer y morir sin presenciar un solo acto violento. Conviene retener esto, porque importa mucho: el sistema funciona para la inmensa mayoría, y esa mayoría se lo agradece.

Bien. Volvamos a la fábrica.

Una pistola que no necesita que nadie piense

Hay que detenerse en el funcionamiento de esa pistola. Sobre su mecanismo se sostiene toda la historia.

Se llama Dominator. Basta con levantarlo y apuntar a alguien: escanea al objetivo, lee su coeficiente de criminalidad y decide qué modo utilizar. Por debajo de cien queda bloqueado; apretar el gatillo no sirve de nada. Por encima de cien desbloquea el modo paralizador, que permite dejar inconsciente al objetivo y llevárselo. Si supera los trescientos, activa el modo letal. El sistema elige según la lectura de ese instante; quien lo sostiene no puede bajar de modo manualmente. Si cambian el estado del objetivo y sus valores, el sistema vuelve a evaluarlo.

Además, reconoce a su usuario. Ni siquiera se activa para quien no esté registrado. Más adelante este detalle será crucial: la pistola no es leal a la mano que la empuña, sino al sistema que la ha entregado.

¿De qué se ocupa, entonces, la persona armada?

De levantar el arma, apuntar y apretar el gatillo.

No es una ocurrencia. Merece la pena hacer las cuentas. En la actuación de un agente tradicional, por brutal que sea o por mucho que abuse de su autoridad, siempre queda un momento que le pertenece: mira a la persona que tiene delante, forma un juicio y decide si interviene. Ese juicio puede ser erróneo, parcial o estar contaminado por prejuicios, pero es suyo. Por eso puede discutirse, revocarse y exigírsele responsabilidades. Incluso una decisión equivocada deja un asidero por el que agarrarla para intentar enderezarla.

Eso es precisamente lo que elimina el Dominator. Su usuario no necesita juzgar; ni siquiera se le permite hacerlo. Debe orientar el aparato hacia el objetivo, esperar una lectura y ejecutarla.

Aquí el poder no está abusando de la facultad de juzgar. Está suprimiendo esa facultad en quienes lo ejercen.

Y al desaparecer el juicio, desaparece también la responsabilidad. Si la persona abatida no debía morir, la culpa era de la lectura. Si la lectura era correcta, con más razón no era culpa del agente. El efecto último de todo el dispositivo consiste en permitir que cada persona que dispara no tenga que ser, en realidad, quien ha disparado.

Kogami no vaciló aquel día. Hay que aclararlo, porque de otro modo es fácil tomarlo por un hombre sin sentimientos. No lo es. La serie demostrará una y otra vez que es el más obstinado de la División de Investigación Criminal, el menos dispuesto a dejar un caso y el más dispuesto a gastar toda su vida en un muerto. No vaciló porque, desde el lugar que ocupaba, aquello ya no se llamaba «decidir si matar a esta mujer».

Se llamaba ejecutar.

Fueron los golpes de otro los que elevaron sus cifras

Miremos ahora a la mujer.

Hasta entonces, esto era lo que había hecho: ser secuestrada, encerrada y golpeada. Cuando Kogami la apunta, el terror la ha llevado a empuñar un encendedor y hacer un gesto peligroso, capaz de herirla a ella y a otros. Pero ese peligro es, a su vez, efecto de la violencia que sigue actuando sobre ella. No es un plan criminal que pueda aislarse de su origen y juzgarse por separado.

Sus cifras han subido porque le han hecho daño.

La serie da un nombre específico a este fenómeno: cuando alguien pasa demasiado tiempo junto a una persona con valores elevados, se le acumulan el miedo, el dolor, la humillación y la desesperación, y las lecturas empiezan a subir. Es un fenómeno reconocido, documentado e incluido en los manuales de procedimiento. Todo el mundo sabe que ocurre.

Importa advertir algo: el sistema no se ha equivocado.

Un sistema que solo lee estados no puede distinguir entre «lo que ha hecho» y «lo que le ha ocurrido».

Hay que explicar bien esta frase, porque es fácil entenderla como «el sistema tiene un fallo». No hay tal fallo. Por diseño, solo lee una cosa: dónde se sitúa el estado psicológico de esta persona en este instante. No puede leer por qué ha llegado ahí. No se niega a hacerlo; esa información ni siquiera figura entre sus datos de entrada. Solo tiene delante un corte del presente, sin causas, sin trayectoria, sin lo que acaba de ocurrir en aquella fábrica.

Así aparece este mecanismo: una persona puede ser reclasificada por el sistema a consecuencia del daño que otra le ha causado. El agresor actúa, las cifras suben en la víctima y es también sobre la víctima sobre quien recae la intervención.

Llamarlo injusto se queda corto. Decir «injusticia» supone admitir que todavía existe un criterio de justicia que se ha infringido. Aquí el problema está un piso más abajo: en ese lenguaje, la mujer y su secuestrador son dos lecturas distintas de una misma clase de objeto. Toda la diferencia entre ellos consiste en el tamaño de una cifra. La pregunta de quién ha hecho daño a quién no tiene dónde alojarse.

Y hay algo aún más difícil de encarar: desde una perspectiva puramente predictiva, puede que el sistema tenga razón.

Una persona que acaba de sufrir una violencia extrema sí tiene más probabilidades de hacer algo peligroso durante un tiempo. Hay respaldo estadístico para ello. El juicio del sistema no tiene por qué ser erróneo. Lo que no reconoce es que, fuera de la estadística, sigue habiendo una persona: alguien a quien acaban de golpear hasta dejarla sin habla y que, en ese momento, necesita sobre todo que otra persona se agache a su lado y le ofrezca un abrigo.

No ha calculado mal. Ha hecho todos los cálculos que considera pertinentes y ha concluido que lo demás no existe.

Aunque sobreviva

Queda otra capa, más fría que el cañón del arma y más fácil de pasar por alto.

Supongamos que nadie hubiera intervenido. Que Kogami hubiera disparado y el procedimiento hubiera seguido su curso. Todos los registros mostrarían una ejecución impecable: se habría actuado a tiempo sobre un objetivo que superaba los límites, sin negligencias de ningún agente ni errores en ningún paso. El expediente resistiría cualquier revisión.

Imaginemos otra posibilidad: la mujer sobrevive, pero sus cifras no bajan.

La enviarían a un centro de aislamiento. Su aptitud profesional quedaría invalidada; sus vínculos sociales se romperían; junto a su nombre aparecería la etiqueta de «criminal latente». En esa sociedad, esas dos palabras significan que los demás ya no volverán a mirarte como miran al resto. Ella no ha cometido ningún delito. La secuestraron, la golpearon y, como consecuencia de ello, la apartan de los demás y la colocan en un lugar separado.

Solemos pensar que «sufrir un daño» y «recibir un castigo» son cosas distintas. En este sistema pueden ser dos fases de un mismo proceso.

Por eso lo que realmente está en juego en este episodio no es si la mujer morirá allí mismo. Es si podrá volver a la vida que tenía.

Por cierto: para abrir su primer episodio, la historia elige esos treinta segundos en los que una pistola apunta a una víctima, no a un asesino. La elección ya contiene un juicio.

El único disparo que el sistema le permite

Lo que Akane quiere hacer aquel día es muy sencillo: reducir a la mujer y llevarla a recibir tratamiento.

No puede.

Cuando levanta el Dominator y la apunta, el arma ya ha pasado al modo letal. Con la lectura de ese instante, el sistema no ofrece ningún modo que permita «no matarla». Akane tampoco puede alterar el dictamen cambiando el modo a mano.

Solo parecen quedarle dos caminos: tratar a esa persona de la única manera que el sistema permite, o no hacer nada.

Toma un tercero, posible gracias a una coincidencia: se vuelve, apunta a Kogami y dispara. Kogami cae. Akane recupera esas pocas decenas de segundos.

Hay un detalle en el que conviene pararse: ¿por qué el disparo contra Kogami sí puede hacerse en modo paralizador?

Porque Kogami es un ejecutor. Y los ejecutores son criminales latentes: personas que esta sociedad ya ha declarado no aptas y que después ha puesto a su servicio. Una función expresa del arma de los inspectores consiste en poder dejar inconscientes en cualquier momento a sus propios ejecutores. Ese mismo día Ginoza se lo explica a Akane sin rodeos: los ejecutores son sabuesos, no personas; si se desvían, hay que disparar sin vacilar.

El modo paralizador no existe para tener piedad, sino para controlar a los sabuesos. El único disparo que todo el sistema le permite a Akane ese día es contra uno de los suyos.

Cuando quiere salvar a una víctima, la herramienta está bloqueada. Cuando quiere reducir a un compañero, ya está preparada. No se trata de una ocurrencia del guion: es la jerarquía de prioridades de un dispositivo puesta sobre la mesa. Está perfectamente equipado para controlar a los suyos cuando se desmandan; no ha preparado nada para un ciudadano al que acaban de hacer daño.

Lo más sincero que revela una herramienta son las situaciones para las que está preparada.

Ginoza tiene razón

Aquí tengo que detenerme y dar todo su peso a la otra parte. De lo contrario, este sería un artículo demasiado fácil.

Nobuchika Ginoza es el superior de Akane y el más firme ejecutor de esas normas. Sus razones no tienen nada que ver con la cobardía.

Empecemos por los hechos. Bajo este sistema, la delincuencia ha caído casi a cero. La gente vive con seguridad, dignidad y previsibilidad. No hay violencia en las calles, no hace falta cerrar las casas con llave y la inmensa mayoría pasa la vida sin tropezarse con un asesinato. No es propaganda: la serie insiste en que así es su realidad cotidiana. ¿Y cómo se ha conseguido? Precisamente actuando antes de que ocurran las cosas. Si quieres retirar esa pistola, debes estar preparado para hacerte cargo de lo que habría impedido. Si no lo estás, el precio serán vidas concretas y, por lo general, ajenas. Quien proponga retirarla tiene la obligación de hacer bien esas cuentas.

Veamos después la decisión de aquel día. Akane es una novata en su primer turno. No sabe nada. Por una intuición que ni siquiera consigue explicar, contradice la lectura del sistema y derriba a la única persona presente con experiencia de combate. Si se equivoca, si un minuto después la mujer agarra una llave de tubo y se lanza contra ellos, quien quede tendida podría ser la propia Akane u otra persona. Ginoza tiene motivos de sobra para reprenderla. No le reprocha «te has saltado el reglamento», sino «¿con qué derecho te juegas vidas ajenas por una corazonada?». Es una pregunta difícil, y aquel día Akane no sabe responderla.

Por último, miremos a Ginoza como persona.

Su padre, Tomomi Masaoka, fue detective bajo el antiguo régimen. Después se le enturbió el matiz, fue clasificado como criminal latente y terminó como ejecutor: de padre a sabueso. Y las cifras del padre pueden afectar a las del hijo. Ginoza ha vivido siempre bajo esa sombra. Tiene que estar más limpio que nadie para conservar su posición; no puede cometer ni un solo error si no quiere acabar donde está su padre. Incluso cambió de apellido y, en el trabajo, se dirige a su propio padre por el nombre.

No cree en las normas porque desconozca el daño que hacen. Al contrario: ese daño ya le ha pasado factura una vez. Conoce mejor que nadie lo que espera abajo cuando uno resbala. Por eso no cede un paso.

No hay una sola falsedad en esta defensa del sistema. Funciona, ha salvado muchas vidas y ha dado a la inmensa mayoría una existencia que ellos mismos desean. Leerlo como un régimen de pura maldad es tomar un atajo.

Su problema no es la ineficacia. Su eficacia se ha comprado a cambio de suprimir algo, y ese algo es precisamente lo más importante que hay en cada una de las personas que protege.

También el hombre que apunta ha pasado por esa máquina

Al volver a la escena inicial es fácil perder otro detalle.

Quien apunta a la mujer aquel día no es alguien que haya triunfado dentro del sistema. Shinya Kogami también ha pasado por su maquinaria.

Antes era inspector, del mismo rango que Ginoza y una de las grandes promesas de la División de Investigación Criminal. Le asignaron un caso en el que el asesino convertía a los muertos en piezas de exposición. Una de aquellas piezas era un ejecutor que trabajaba a sus órdenes.

Kogami se hundió demasiado en el caso, durante demasiado tiempo, incapaz de soltarlo. Volvía una y otra vez a las fotografías, a las últimas horas de aquel hombre, a la posibilidad de haber impedido su muerte. Sus cifras empezaron a subir. El día que superaron los cien dejó de ser inspector y se convirtió en ejecutor: pasó del extremo que sujetaba la cadena al extremo que la llevaba al cuello.

Fijémonos en lo que había hecho mal. No había faltado a sus deberes, favorecido a nadie ni utilizado una violencia excesiva. Lo que había hecho era negarse a tratar la muerte de una persona como un expediente listo para archivar. Por un subordinado muerto gastó su puesto, su libertad y todo lo que le quedaba de vida.

Este sistema es capaz de leer la preocupación de una persona por otra como un indicador de riesgo.

La composición real de aquella primera escena es esta: un hombre degradado por haberse empeñado demasiado en ver personas apunta a una mujer cuyo nivel de peligro ha aumentado porque alguien le hizo daño. Las dos cosas las produce la misma máquina, con las mismas lecturas y el mismo lenguaje.

Akane no sabe nada de esto aquel día. Solo ve a un ejecutor a punto de matar a una víctima.

Durante aquel segundo no hizo la conversión

Akane Tsunemori no es una rebelde. Es muy fácil leerla así, y ese error desviaría toda esta serie de ensayos.

En sus pruebas de aptitud profesional obtuvo la máxima calificación para todos los departamentos. Podía ir donde quisiera: a la investigación, a una gran empresa, a cualquier puesto respetable y estable. Eligió la Oficina de Seguridad Pública, y la eligió por voluntad propia. Forma parte de la élite de resultados de ese sistema. Cree en él. No entra con la menor intención de desmantelarlo.

Lo que hace aquel día tampoco es «oponerse a Sibyl». Ni siquiera sabría decir a qué se opone. Después sigue sin poder explicarlo; solo repite que le parecía que aquello estaba mal.

Mira a la mujer y descubre que no consigue hacer coincidir a ese cuerpo tembloroso con la cifra que anuncia la pistola. El número dice que hay un objetivo sobre el que actuar. Sus ojos dicen que hay una persona a la que acaban de dejar medio muerta a golpes. Pone ambas cosas una junto a la otra y elige la segunda.

No ha derrocado nada. Durante aquel segundo, sencillamente se ha negado a convertir a una persona en un número.

Una cosa así de pequeña.

Y esa pequeñez la convierte, durante los veintiún episodios siguientes, en la persona más difícil de manejar de toda la serie. Más difícil incluso que el criminal que de verdad quiere destruir el sistema. A quien quiere destruirlo, el sistema puede matarlo o incorporarlo. Pero no tiene un modo adecuado para quien reconoce su utilidad y, a la vez, se obstina en no mirar a las personas como él las mira.

Más tarde la mujer recibe tratamiento y no hace daño a nadie. Akane demuestra haber tenido razón.

Pero ese «más tarde» importa menos de lo que parece. Lo importante es que durante aquellos treinta segundos no tuvo nada a su favor. Ni pruebas, ni reglas, ni precedentes, ni compañeros. Lo único que tenía era haber visto a una persona.

Hay que admitir, sin embargo, que aquel día tuvo algo excepcional: era una situación extrema, un rincón del sistema que quedaba al descubierto bajo presión. La inmensa mayoría jamás se verá ante el cañón de un Dominator.

La cara verdaderamente cotidiana del sistema no está en esa pistola.

Está en el informe que un joven recibe un día y que le explica para qué sirve, hacia dónde debe ir y qué clase de persona puede llegar a ser. Ese informe suele acertar, se entrega con buena intención y se recibe con gratitud.

En el próximo ensayo veremos qué le ocurre a una persona cuando un sistema deja de declararla culpable y empieza a decirle quién es.

PSYCHO-PASS. Idea original y guion: Gen Urobuchi. Dirección: Naoyoshi Shiotani; dirección general: Katsuyuki Motohiro. Animación: Production I.G. Emitida entre octubre de 2012 y marzo de 2013, con veintidós episodios. Esta serie de ensayos se centra en la primera temporada.