Entramos en una habitación y desaparece el propósito. Todo resulta conocido, pero ningún objeto indica dónde colocarnos.
La intención daba relieve práctico al espacio. Si buscábamos un libro, la estantería importaba de otra manera que la ventana.
Cuando cae el propósito, el lugar se aplana. Conocemos el entorno y, durante unos segundos, no sabemos quiénes somos dentro de él.
Volver sobre nuestros pasos ayuda porque la memoria no vive solo en la cabeza. Una puerta, una mirada y un movimiento sostenían el plan.
Esta pequeña desorientación recuerda que la dirección se construye. A veces hay que regresar al comienzo para reencontrar la acción.