No podemos contar gran parte de la infancia ni cada tramo de ayer. La ausencia de recuerdo no convierte esas horas en inexistentes.
El cuerpo conserva un hábito, alguien recuerda una frase y un objeto guarda la huella de una acción. Los efectos llegan sin acceso interior.
Olvidar no elimina automáticamente la responsabilidad. Tampoco el relato ajeno adquiere por ello la propiedad total de nuestro pasado.
El tiempo olvidado nos pertenece de una manera desigual. Podemos atender sus rastros y consecuencias mientras admitimos lo que ignoramos.
Tener una vida propia no significa archivarlo todo. También significa responder hoy a lo que vuelve desde una zona que ya no podemos visitar.