En el sueño profundo desaparece la voz que nos observa. Por la mañana siguen allí el mismo cuerpo, los mismos vínculos y las promesas pendientes.

La continuidad de una vida no depende de una conciencia siempre encendida. Objetos, cuerpos, registros y otras personas conservan nuestro lugar.

Dormir no es simplemente perderse. Durante un tiempo dejamos de administrarlo todo y confiamos una parte del mundo a condiciones suficientemente seguras.

En las noches de ansiedad, esa entrega asusta. Parece que nuestra vigilancia tuviera que asegurar personalmente la llegada de la mañana.

Cada sueño recuerda que no fabricamos solos nuestra continuidad. Despertar es volver a recibir relaciones y fines que sobrevivieron a nuestra atención.