Una escena que segundos antes gobernaba toda la vida se desvanece por la mañana. Sin embargo, su tristeza puede acompañarnos hasta el desayuno.
Lo que pierde autoridad no es la emoción, sino la trama. No podemos culpar a alguien porque nos abandonó dentro de un sueño.
La realidad pesa porque continúa, puede contrastarse con otros y deja consecuencias que el día siguiente deberá recibir.
Eso no vuelve inútil al sueño. El ánimo que persiste puede señalar cansancio, temor o un deseo que todavía no tenía palabras.
Un sueño sirve como pista, no como veredicto. Podemos acoger lo que movió y decidir su sentido ya despiertos.