En un sueño, una casa desconocida es la nuestra y una persona muerta conversa sin sorprendernos. Hay contradicciones, pero no aparece la objeción.

Una experiencia puede ser intensa sin que su explicación sea cierta. El miedo es real; la historia del sueño no se convierte por eso en un hecho.

También despiertos confundimos ambas cosas. Una emoción fuerte hace que la primera interpretación disponible parezca una descripción completa del mundo.

El sueño enseña a respetar el sentimiento sin entregarle el juicio: «lo sentí» puede ser verdad mientras «por tanto, así es» sigue abierto a prueba.

Despertar no traiciona lo vivido. Lo devuelve a un mundo donde otros hechos, otras voces y las consecuencias también pueden hablar.