Los ojos se abren antes de que vuelva el día. Primero reconocemos el cuarto; luego llegan la fecha, las personas y las tareas pendientes.
Despertar se parece menos a encender una lámpara que a reconstruir un mundo. Cuerpo, memoria y relaciones se reúnen poco a poco en el presente.
La lentitud matinal no es únicamente falta de voluntad. Puede ser el tiempo necesario para volver a una vida que siguió esperándonos.
La luz, el agua, la alarma y un pequeño ritual sirven de puentes. No tienen que convertir cada mañana en una carrera.
Al despertar no recuperamos solo la conciencia. Retomamos el mundo que el día anterior dejó a nuestro cuidado.