Cerramos la puerta o recorremos el camino habitual y después no encontramos el recuerdo del gesto. Una rutina puede completarse sin dejar cada paso en la memoria.
A veces eso indica dominio. El cuerpo conoce la secuencia y libera atención para aquello que aún exige una decisión.
Pero la misma fluidez puede ocultar inercia. Si ignoramos una señal nueva porque el programa antiguo sigue, la habilidad ha dejado de responder al mundo.
La diferencia no está en cuánto recordamos, sino en si podemos detenernos, comprobar y actuar de otra manera cuando cambia la situación.
Una laguna de memoria no prueba ausencia. Una acción que ya nada puede interrumpir sí merece revisión, aunque todavía salga bien.