El sueño interrumpe la conciencia y cambian el ánimo y las ideas. Aun así, recibimos la promesa de ayer como una promesa todavía nuestra.
Ser la misma persona no exige un núcleo inmóvil. Cuerpo, nombre, memoria y vínculos transportan juntos una vida que cambia.
Tampoco hace falta una memoria perfecta. Sin recordar un acto, todavía podemos responder a la situación que produjo.
Decir que nuestro antiguo yo era otro no basta: sin continuidad no habría responsabilidad ni verdadero cambio.
La continuidad se parece a una práctica: reconocer lo heredado, corregirlo cuando haga falta y entregarlo de otra forma al día siguiente.