A veces imaginamos que un camino realmente propio debería sentirse bien todos los días. El primer ejercicio tedioso hace sospechosa la elección.
Pero muchas actividades tienen repeticiones que sostienen su centro: escalas, orden de datos, registros y coordinación.
Importa menos el placer que el vínculo. Si la práctica hace posible el trabajo central, existe una razón para asumirla.
No todo sufrimiento merece llamarse disciplina. La humillación, las horas absurdas y el daño a la salud siguen siendo cuestionables bajo una meta elegida.
Una dirección propia no es una cadena de placeres. Permite distinguir la dificultad necesaria de las condiciones que debemos rechazar o transformar.