Ensayo 24: El último período de los Qing. Cuando el sistema operativo se encontró con un mundo que no conocía
Desde la perspectiva de la ley del ciclo de cincelar y construir, lo importante de la guerra del Opio no fue la derrota militar en sí. Derrotas militares, en la historia china, sobran: las pérdidas de la catástrofe…
- La guerra del Opio.
Desde la perspectiva de la ley del ciclo de cincelar y construir, lo importante de la guerra del Opio no fue la derrota militar en sí. Derrotas militares, en la historia china, sobran: las pérdidas de la catástrofe de Jingkang fueron mucho mayores que las de la guerra del Opio. Su verdadero significado fue otro: por primera vez, el sistema operativo 3.5 se enfrentó a un desafío que no tenía equivalente dentro de su marco de conocimiento.
Durante los dos mil años anteriores, todos los desafíos que había afrontado la versión 3.5 eran «variantes de una misma clase de problemas»: rebeliones de generales, levantamientos campesinos, invasiones extranjeras, concentración de tierras, corrupción administrativa. El sistema disponía de experiencia, herramientas y conceptos para tratarlos. Sabías qué problema tenías delante, sabías cómo se habían resuelto otros semejantes y podías recurrir a los precedentes.
La civilización industrial quedaba fuera de ese marco. No traía solamente una fuerza militar superior, que era lo más visible, sino todo un paradigma de civilización nuevo: producción industrial, economía capitalista, Estados nacionales, derecho internacional, política representativa, ciencia moderna. Cada uno de esos elementos desbordaba lo que la versión 3.5 era capaz de comprender.
Cuando te encuentras con un adversario que no conoces, ¿cuál es tu primera reacción? Explicarlo con los conceptos que ya conoces. Así, la dinastía Qing tardó unos setenta años, de 1840 a 1911, en descubrir poco a poco que aquel marco ya no bastaba. El descubrimiento atravesó tres niveles: los medios materiales, las instituciones y la cultura. Cada uno dolía más que el anterior, porque cada uno se acercaba más a la idea que tenías de ti mismo.
I. El Reino Celestial Taiping: el resto interno de la versión 3.5 y el impacto exterior estallan a la vez
Antes de examinar cómo respondió la dinastía Qing al desafío exterior, veamos qué sucedía dentro.
En 1851, Hong Xiuquan se alzó en Jintian, en Guangxi, y fundó el Reino Celestial Taiping. El movimiento duró catorce años, de 1851 a 1864, se extendió por más de la mitad de China y pudo causar decenas de millones de muertos. Fue una de las guerras civiles más sangrientas de la historia humana.
Visto desde el ciclo de cincelar y construir, el movimiento Taiping resulta especialmente interesante porque reúne varios de los temas que ya hemos tratado.
La rebelión de los de abajo adopta una forma religiosa.
La base organizativa del Reino Celestial de Hong Xiuquan era la Sociedad de los Adoradores de Dios, cuyo sistema de creencias mezclaba elementos cristianos con la religión popular china. El esquema era el mismo que el de la Vía de la Gran Paz bajo los Han Orientales o el del Loto Blanco al final de los Yuan y al comienzo de los Qing: cuando se cierran las salidas seculares, el resto de las capas inferiores encuentra una vía de escape religiosa.
Pero los Taiping introducían algo nuevo: una parte de sus recursos religiosos procedía de fuera, del cristianismo, aunque en la versión profundamente desfigurada por Hong Xiuquan. Era la primera vez que la versión 3.5 se enfrentaba a una fuerza interna que organizaba su rebelión con recursos ideológicos extranjeros. Las herramientas de gestión ideológica del sistema —la formación confuciana, la integración mediante los exámenes imperiales, el relato del mandato del Cielo— servían contra la disidencia que se expresaba dentro del marco confuciano. Contra alguien que afirmaba ser «hijo de Dios», no. Sencillamente, no hablaban dentro del mismo universo de ideas.
Se cincela y se construye, pero la construcción está mal planteada.
A diferencia de Li Zicheng, los Taiping no eran una organización dedicada únicamente a cincelar. Disponían de un diseño institucional completo: el Sistema Agrario de la Dinastía Celestial, con reparto igualitario de la tierra, igualdad entre hombres y mujeres y propiedad común; un sistema político de investiduras, con un Rey Celestial y reyes del Este, Oeste, Sur, Norte y del Ala; y un orden social que separaba a hombres y mujeres en campamentos, prohibía el opio y proscribía el vendaje de los pies.
El diseño de aquella construcción tenía un marcado carácter utópico. Sobre el papel, el Sistema Agrario de la Dinastía Celestial era más «avanzado» que cualquiera de las variantes de la versión 3.5: prometía la propiedad enteramente común de la tierra y la igualdad entre hombres y mujeres. Pero no tenía contacto con la realidad. Nunca llegó a aplicarse en serio. La manera de gobernar los territorios Taiping, situados sobre todo en el curso medio y bajo del Yangtsé, apenas guardaba relación con las instituciones escritas. Ni siquiera sus dirigentes cumplían sus propias reglas: el harén de Hong Xiuquan superaba con mucho al de los emperadores Qing.
Otro caso de «quizá la dirección sea correcta, pero la ejecución es un desastre». Compartía un defecto estructural con las reformas arcaizantes de Wang Mang: el diseño no partía de la realidad, diagnosticando primero el problema y elaborando después una solución. Partía del ideal: primero se trazaba un plano perfecto y luego se metía la realidad dentro, a la fuerza.
Zeng Guofan y el Ejército de Xiang: las milicias locales se institucionalizan.
El ejército regular de los Qing, compuesto por las Ocho Banderas y el Ejército del Estandarte Verde, era incapaz de sofocar a los Taiping. La decadencia militar que ya había aflorado durante la rebelión del Loto Blanco quedó completamente al descubierto. La corte no tuvo más remedio que permitir a las élites letradas locales organizar sus propias fuerzas armadas para combatirlos.
El Ejército de Xiang de Zeng Guofan fue la fuerza local más eficaz. No era un ejército del Estado: era una fuerza privada que Zeng Guofan reclutaba, adiestraba y dirigía personalmente. Él mismo reunía los fondos para pagarla: una parte procedía de asignaciones de la corte; una gran proporción, de contribuciones locales y del lijin, un impuesto local sobre el comercio recaudado para financiar a las tropas. La lealtad de los soldados se dirigía a Zeng Guofan, no a la corte.
Desde el punto de vista de la construcción institucional, la aparición del Ejército de Xiang señaló un cambio fundamental en el sistema operativo 3.5: se había roto el monopolio de la violencia del poder central.
Una de las piezas centrales del diseño de la versión 3.5 consistía en reservar al centro el monopolio de la fuerza militar. Desde el registro de hogares y súbditos de los Qin, pasando por la retirada del mando militar «con una copa de vino» bajo los Song y el sistema de guarniciones de los Ming, hasta las Ocho Banderas y el Ejército del Estandarte Verde de los Qing, los diseños de cada época buscaban garantizar que el poder central, es decir, el emperador, fuera el único titular legítimo de la violencia.
Después de la guerra contra los Taiping, ese monopolio había terminado de hecho. El Ejército de Xiang, el de Huai, de Li Hongzhang, y el de Chu, de Zuo Zongtang: los fundadores de estas fuerzas locales se convirtieron en poderosos dirigentes regionales con fuerza militar propia. Acataban nominalmente a la corte, pero disponían de tropas que esta no podía controlar.
La estructura es exactamente la misma que la fragmentación del poder militar tras la rebelión de los Turbantes Amarillos al final de los Han Orientales, o el auge de los señores de la guerra después de Huang Chao al final de los Tang. La historia repetía una vez más la secuencia: insuficiencia militar del centro → autorización para que las regiones se armen ante la crisis → crecimiento de los ejércitos locales → mayor debilitamiento de la autoridad central.
Esta vez, sin embargo, había un elemento nuevo: aquellos dirigentes regionales no eran solo señores de la guerra; también eran reformadores. Zeng Guofan, Li Hongzhang, Zuo Zongtang, Zhang Zhidong: mientras combatían, se hacían una pregunta. ¿Por qué no somos capaces de derrotar a los extranjeros? De esa reflexión nació el Movimiento de Autofortalecimiento.
II. Los tres niveles del descubrimiento
La dinastía Qing tardó unos setenta años en descubrir las insuficiencias de la versión 3.5. El proceso puede dividirse en tres niveles, cada uno más profundo y más doloroso que el anterior.
Primer nivel: los medios materiales. «Nuestras armas son inferiores a las suyas».
La lección inmediata de la guerra del Opio y de la segunda guerra del Opio, de 1856 a 1860, era que los fusiles y cañones extranjeros eran mejores. La solución parecía sencilla: comprar armas extranjeras, levantar arsenales, construir buques de guerra.
Ese fue el punto de partida del Movimiento de Autofortalecimiento, que se desarrolló aproximadamente entre 1861 y 1895. Li Hongzhang, Zuo Zongtang, Zhang Zhidong y otros fundaron arsenales —Jiangnan, Jinling, Hanyang—, astilleros —el Arsenal Naval de Fuzhou y los Astilleros de Jiangnan— y escuelas militares en distintas regiones. También nació de aquel movimiento la Flota de Beiyang, la mayor armada moderna de Asia.
Su lema era «el saber chino como fundamento; el saber occidental para la aplicación». El conocimiento chino —confucianismo, régimen imperial, valores tradicionales— constituía la base. La tecnología occidental —armas de fuego, barcos de vapor, telégrafo— era un instrumento. Podías utilizar las herramientas de los extranjeros sin cambiar tus instituciones ni tu cultura.
En términos de construcción, aquel «fundamento chino y aplicación occidental» consistía en incorporar componentes externos que mejoraran ciertas funciones del sistema sin tocar el marco de la versión 3.5. Era como instalar una tarjeta gráfica nueva en un ordenador viejo: mejoraba el hardware, pero el sistema operativo seguía siendo el mismo.
¿Podía funcionar?
En 1895, la primera guerra sino-japonesa dio la respuesta: no.
La armada japonesa aniquiló la Flota de Beiyang. Los Qing firmaron el humillante Tratado de Shimonoseki, que mermaba la soberanía del país. Todos los logros militares de treinta años de Autofortalecimiento quedaron reducidos a cero en una batalla naval.
El golpe fue mucho mayor que el de la guerra del Opio. Entonces el adversario había sido Gran Bretaña: un país lejano, desconocido, fácil de meter en la casilla de «bárbaros». Ahora era Japón: un vecino con raíces culturales comunes, situado a un paso y al que China había mirado por encima del hombro apenas unas décadas antes. Gracias a la Restauración Meiji, iniciada en 1868, Japón había pasado en poco más de veinte años de país feudal a Estado moderno e industrializado. Si Japón podía hacerlo, ¿por qué China no?
Conviene detenerse en la pregunta. Desde el ciclo de cincelar y construir, la vía elegida por Japón ofrece una comparación extraordinariamente reveladora. Además, sus consecuencias determinarían directamente las presiones exteriores a las que tendrían que responder las distintas fuerzas políticas chinas tras el fin del régimen imperial.
Japón afrontaba el mismo desafío que China: el impacto de la civilización industrial sobre las sociedades agrarias de Asia oriental. Pero respondió de una manera radicalmente distinta.
La respuesta china fue gradual y por niveles. Primero, aprender a utilizar los medios materiales: el Autofortalecimiento. Cuando no bastaron, asimilar las instituciones: la Reforma de los Cien Días. Cuando tampoco bastaron, adoptar un modelo entero de civilización: la Revolución de 1911. Solo el fracaso de un nivel obligaba a adentrarse en el siguiente. Tres pasos en setenta años, y cada uno más doloroso que el anterior.
Japón respondió de una vez y de manera integral. La Restauración Meiji avanzó casi simultáneamente en los medios materiales, las instituciones y la cultura. Abolición de los dominios feudales y creación de prefecturas, en lo institucional; servicio militar obligatorio, en lo militar; reforma del impuesto territorial, en lo económico; promulgación de una constitución y establecimiento de un parlamento, en lo político; envío de la misión Iwakura a estudiar Europa y Estados Unidos, en el plano del conocimiento; movimiento de «civilización e ilustración», en lo cultural. Japón no peló la cebolla capa a capa: se la tragó entera.
¿Por qué pudo hacerlo Japón y no China?
No porque los japoneses fueran más inteligentes ni más abiertos de mente. Las bases de sus construcciones institucionales eran distintas.
China era un imperio unificado que llevaba funcionando dos mil años. El sistema operativo 3.5 había echado raíces muy profundas y penetraba en todos los rincones de la sociedad. Cambiarlo exigía vencer dos milenios de inercia institucional. Además, China era demasiado grande: cualquier reforma tenía que aplicarse en una sociedad de territorio inmenso, población numerosísima y entramado de intereses extremadamente complejo. Las resistencias crecían en progresión geométrica.
Japón era un país feudal, con el poder repartido entre el shogunato y los dominios. El emperador tenía el título, pero no el poder efectivo, como el Hijo del Cielo de los Zhou Orientales. El poder real estaba en manos de varios cientos de señores. Aquella estructura parecía atrasada, más «primitiva» que la centralización china, pero ante el impacto exterior se convirtió en una ventaja: la descentralización permitía experimentar a escala local. Algunos dominios —Satsuma, Chōshū, Tosa, Hizen— podían adelantarse a reformar sin esperar a que todo el país actuara al unísono. Otros podían aprender de sus éxitos. Y si el experimento fracasaba, fracasaba un dominio, no arrastraba al país entero.
Además, el feudalismo japonés hacía que la autoridad del emperador fuera nominal. Como el soberano de los Zhou Orientales, poseía legitimidad, pero carecía de poder efectivo. La «restauración del gobierno imperial» de Meiji devolvió ese poder al emperador: en la forma recuperaba un régimen antiguo; en la práctica aprovechaba su legitimidad para impulsar reformas completamente nuevas. El emperador se convirtió en una herramienta para reformar, en lugar de un obstáculo, porque su autoridad procedía de la tradición, pero su programa era moderno.
China no tenía esa posibilidad. Su emperador poseía tanto la legitimidad como el poder efectivo, y el modo de ejercer ese poder era precisamente el núcleo de la versión 3.5. No puedes valerte del emperador para desmantelar el sistema imperial. La herramienta con la que pretendes reformar es, ella misma, parte de lo que necesitas cambiar.
Pero el éxito japonés tenía un coste profundo. Desde la perspectiva del ciclo, ese coste aún no era visible durante la primera guerra sino-japonesa; quedaría enteramente al descubierto en el período que abordará el ensayo final.
Podemos llamar «construcción estatalista» a la configuración de la Restauración Meiji: convertir todo el país en una maquinaria moderna de movilización. El lema «enriquecer el país y fortalecer el ejército» lo decía todo. Enriquecer el país era el medio; fortalecer el ejército, el fin. El individuo servía al Estado y el Estado servía a la fuerza militar. El emperador no existía para el pueblo: el pueblo existía para el emperador, en realidad, para el Estado.
La estructura se parecía asombrosamente a la de los Qin: movilización total, un único objetivo —la capacidad bélica— y subordinación del individuo al conjunto. La diferencia era que los Qin recurrían al control coercitivo del legalismo. Japón combinaba el control blando del culto al emperador, mediante una reelaboración moderna del sintoísmo y del bushidō, con el control duro de la maquinaria estatal moderna. La mezcla de ambos resultaba más eficiente.
La construcción de los Qin había ganado la eliminatoria de los Reinos Combatientes porque todos sus adversarios jugaban al mismo juego y ninguno había encontrado una estrategia asimétrica. La construcción japonesa también ganó la competición por la modernización de Asia oriental: derrotó a China en la primera guerra sino-japonesa y a Rusia en la guerra ruso-japonesa.
Pero aquí se aplica la lección del ensayo sobre los Reinos Combatientes: ganar no equivale a quedar validado. La construcción de los Qin, que se lo jugaba todo a una carta, tenía una ventana histórica; cuando se cerró, se quebró de golpe. La construcción estatalista japonesa también tenía su ventana. En un entorno de rivalidad entre potencias, un régimen de movilización total ofrecía ventajas a corto plazo. Pero su fragilidad estructural era idéntica a la de los Qin: necesitaba expandirse sin cesar para alimentar el sistema, no admitía disidencia interna y se derrumbaba por completo en cuanto sufría una derrota militar.
En 1945 llegó el vencimiento y hubo que saldar la cuenta de esa fragilidad. Sin embargo, durante la primera mitad del siglo XX Japón seguía dentro de su ventana histórica. Su construcción estatalista parecía imparable, y la presión de su expansionismo definía el entorno exterior al que todas las fuerzas políticas chinas, tras el fin del imperio, estaban obligadas a responder. La competición entre construcciones posimperiales no se desarrolló en el vacío, sino bajo una enorme restricción externa: la presión militar japonesa. Esa condición delimitó profundamente las opciones de cada bando.
La respuesta a aquella pregunta llevó la reflexión al segundo nivel.
Segundo nivel: las instituciones. «Nuestro sistema es inferior al suyo».
Tras la primera guerra sino-japonesa, numerosos intelectuales chinos —Kang Youwei, Liang Qichao, Tan Sitong, Yan Fu— llegaron a una conclusión que el Autofortalecimiento no había alcanzado: no bastaba con aprender a utilizar los medios materiales de los extranjeros; había que aprender sus instituciones.
Japón derrotó a China, pero no porque sus fusiles y cañones fueran mejores: el equipamiento de la Flota de Beiyang no era inferior al japonés. Lo había hecho porque disponía de una organización nacional más eficaz: régimen constitucional, burocracia moderna, educación universal, instituciones económicas modernas. Esa organización le permitía movilizar recursos, organizar la producción y dirigir sus ejércitos con mayor eficacia.
En 1898, impulsado por Kang Youwei y otros, el emperador Guangxu puso en marcha la Reforma de los Cien Días. A lo largo de unos cien días se intentó impulsar una serie de reformas institucionales: modificar los exámenes imperiales, abrir escuelas modernas y suprimir puestos administrativos superfluos. El programa de los reformistas incluía también la propuesta de crear una asamblea representativa.
La reforma duró solo ciento tres días. Un golpe de Estado de la emperatriz viuda Cixí le puso fin. Tan Sitong y otros cinco reformistas fueron ejecutados. Guangxu quedó recluido.
La causa inmediata del fracaso fue la lucha por el poder: Cixí no quería renunciar al suyo. Pero la causa profunda era estructural. La reforma institucional alcanzaba el corazón de la versión 3.5: el propio régimen centralizado. Crear una asamblea supondría que el emperador compartiera las decisiones con un grupo de representantes elegidos. Reformar los exámenes suponía cambiar el modo en que se habían formado los funcionarios durante unos mil trescientos años. Eliminar cargos superfluos suponía quitarle el sustento a muchísima gente.
Cada reforma tenía enfrente a un grupo poderoso. Y todos aquellos grupos contaban con un apoyo común: la emperatriz viuda Cixí, representante de los intereses creados del viejo sistema en su conjunto.
Volvemos al dilema de las reformas de Zhang Juzheng bajo los Ming. Reformar desde dentro de una construcción exige el respaldo de quien concentra el poder, pero esa persona es parte de lo que la reforma necesita alterar. No puedes esperar que alguien apoye una reforma que reduce su propio poder.
El fracaso de los Cien Días demostró que, dentro del marco de la versión 3.5, era casi imposible emprender reformas institucionales por medios pacíficos. Cada paso necesitaba el consentimiento de quienes ya tenían el poder, cuando el objetivo de la reforma era precisamente cambiar su distribución.
Tercer nivel: el discurso. «Tiene que cambiar todo nuestro modelo de civilización».
Después del fracaso de los Cien Días, una parte de los intelectuales llegó a una conclusión más radical. No bastaba con cambiar los medios materiales y las instituciones: había que rechazar y sustituir por completo el modelo de civilización, incluido el régimen imperial, el confucianismo, la sociedad organizada en torno al clan y la mentalidad del Imperio Celestial.
El programa revolucionario de Sun Yat-sen daba expresión política a esa idea: nada de reformar; había que derrocar. Se acabaron los parches a la versión 3.5: tocaba instalar un sistema operativo enteramente nuevo. República, democracia, constitucionalismo: no eran parches para la versión 3.5, sino una construcción completamente diferente.
La abolición de los exámenes imperiales en 1905 desmontó oficialmente uno de los componentes esenciales de la versión 3.5. El sistema llevaba mil trescientos años en funcionamiento, desde los Sui hasta el final de los Qing, y era la institución más duradera de la China imperial. Su desaparición arrancó de raíz la base social del sistema: la clase de funcionarios civiles formada mediante aquellos exámenes.
Las consecuencias fueron inmensas. Hasta entonces, los intelectuales contaban con una vía de ascenso clara: estudiar, aprobar los exámenes y convertirse en funcionarios. Ese recorrido orientaba a las personas más capaces de la sociedad hacia la defensa del régimen. La abolición cortó el camino. Los intelectuales que salían de las escuelas modernas ya no tenían la salida de los exámenes: el viejo sistema no los quería y el nuevo todavía no se había construido. Se convirtieron en el grupo más peligroso de la sociedad: con educación, ideales y capacidad, pero sin una salida.
Los intelectuales sin un lugar en el mundo son el mejor combustible de una revolución. Muchos de los organizadores y participantes de la Revolución de 1911 procedían de ese grupo: estudiantes formados en el extranjero, graduados de las escuelas modernas, letrados que habían perdido su salida tradicional con la abolición de los exámenes.
1911: la Revolución de Xinhai. 1912: la abdicación de Puyi. El fin del régimen imperial.
Los tres niveles del descubrimiento —medios materiales, instituciones y discurso— se correspondían con tres estratos del sistema operativo 3.5. Aprender en el plano material, como hizo el Autofortalecimiento, no afectaba al sistema en sí: era lo más fácil, pero también lo que menos podía lograr. Reformar las instituciones, como en los Cien Días, afectaba a su estructura: encontraba la mayor resistencia y era casi imposible llevarlo a término por medios pacíficos. La revolución en el plano del discurso, como la de 1911, negaba el sistema entero: era la más radical y también la más difícil de controlar.
Solo se avanzaba a cada nivel después del fracaso del anterior. Si el Autofortalecimiento hubiera triunfado, si China no hubiera perdido frente a Japón, quizá nadie habría cuestionado las instituciones. Si los Cien Días hubieran tenido éxito, si Cixí no hubiera dado su golpe, quizá nadie habría llegado a la revolución. El nivel siguiente no era mejor por ser más profundo: había que profundizar porque el anterior no bastaba.
III. La Revolución de 1911: el fin de la forma de la versión 3.5
El 10 de octubre de 1911 estalló el levantamiento de Wuchang. En las semanas siguientes, las provincias del sur fueron declarando su independencia. El 1 de enero de 1912 se fundó la República de China. El 12 de febrero se promulgó el edicto de abdicación de Puyi.
El régimen imperial había existido en China durante dos mil ciento treinta y dos años, desde que Qin Shi Huang se proclamó emperador en el 221 a. C. hasta 1912.
Ni el desarrollo militar ni la organización de la Revolución de 1911 tuvieron demasiado de «gesta heroica». El propio levantamiento de Wuchang contenía una dosis de casualidad: el plan se descubrió y hubo que actuar antes de lo previsto. Muchas de las «independencias» provinciales fueron alineamientos oportunistas de los poderes locales, más que auténticos actos revolucionarios. Las negociaciones entre el norte y el sur terminaron en un compromiso: Yuan Shikai obligaría al emperador Qing a abdicar y Sun Yat-sen le cedería la presidencia de la República.
Pero la importancia histórica de aquella revolución fue mucho mayor que la de su desarrollo concreto. Puso fin a una forma: el régimen imperial. Desde entonces, cualquiera que intentara restaurarlo se enfrentaría a un problema fundamental de legitimidad. ¿Cómo justificar que vuelva algo que la historia ya ha rechazado?
El intento de restauración de Yuan Shikai, en 1915-1916, lo demostró: ochenta y tres días. El de Zhang Xun, en 1917, duró todavía menos: doce días. Cada regreso de la vieja forma vivía menos que el anterior. La transición de fase ya se había consumado en el plano formal: ni siquiera se podía recuperar la forma.
Pero el fin de una forma no equivale al fin de su lógica. Ya lo planteamos en el ensayo anterior: la forma imperial de la versión 3.5 terminó en 1912. ¿Terminó también su lógica de fondo: concentración del poder, decisiones tomadas en un único punto, control de arriba abajo, represión de la disidencia?
La pregunta se volvió especialmente acuciante en la década larga que siguió a la Revolución de 1911. Una vez derribado el imperio, nadie sabía con qué sustituirlo.
Se había fundado una república, pero «república» era una cáscara vacía. ¿Qué instituciones había que meter dentro? ¿Un régimen republicano? ¿De qué tipo? ¿Presidencial, al estilo estadounidense? ¿Parlamentario, al estilo francés? ¿O alguna otra cosa?
En 1917, apenas seis años después de la Revolución de 1911, llegó del norte una respuesta inesperada.
La Revolución de Octubre rusa. Los bolcheviques derrocaron al Gobierno Provisional que había sucedido al zar y establecieron el poder soviético. El impacto sobre China no fue menor que el de la primera guerra sino-japonesa, pero se produjo en una dimensión completamente distinta.
La derrota ante Japón había planteado: «Nuestros medios materiales y nuestras instituciones son inferiores». La Revolución de Octubre planteaba: «¿Es el camino occidental el único posible?».
Todas las propuestas de reforma que los intelectuales chinos habían debatido hasta entonces compartían un supuesto implícito. El Autofortalecimiento aprendía de Gran Bretaña sus medios materiales; los Cien Días, de Japón sus instituciones; la Revolución de 1911, de Estados Unidos su república. En todos los casos, modernizarse equivalía a occidentalizarse. Para hacerte fuerte, debías parecerte a Occidente. Solo se discutía cuánto aprender: los medios materiales, lo mínimo; las instituciones, un poco más; el modelo de civilización entero, aprenderlo todo.
La Revolución de Octubre abrió una posibilidad completamente nueva: podías no seguir el camino de Occidente. Podías tomar una vía contraria a él, prescindir del capitalismo y de la democracia parlamentaria y organizar la sociedad con una construcción enteramente nueva: dictadura del proletariado, economía planificada y partido leninista. Además, esa vía afirmaba ser más avanzada que Occidente. No se presentaba como un sustituto: pretendía superarlo.
Desde el punto de vista de la construcción, Octubre no aportó solo una propuesta nueva, sino una lógica nueva de construir. Todas las construcciones examinadas hasta entonces, desde la cesión del poder al sucesor digno hasta el régimen imperial y la república, habían sido iteraciones dentro de una misma tradición de civilización. La construcción marxista-leninista que llegó con la Revolución de Octubre procedía de una tradición intelectual completamente distinta: filosofía alemana, economía política británica y práctica revolucionaria rusa. Sus conceptos —clase, plusvalía, materialismo histórico, dictadura del proletariado— no tenían equivalente en el sistema de conocimiento chino.
Por tanto, la competencia entre construcciones después del imperio no se limitaba a «distintas propuestas para actualizar la versión 3.5». Era una competencia entre lógicas de civilización radicalmente diferentes. Una vía era el capitalismo occidental; otra, el socialismo de la Rusia soviética. Y la propia tradición imperial china de dos mil años, aunque abolida como forma, seguía presente como lógica de fondo. Las tres lógicas chocaban entre sí, se infiltraban unas en otras y se transformaban mutuamente.
La influencia rusa sobre China tampoco se limitaba a la ideología. En términos geopolíticos, Rusia, y después la Unión Soviética, fue desde la época Qing la mayor amenaza territorial al norte de China. Desde el Tratado de Nérchinsk del siglo XVII hasta los de Aigún y Pekín del XIX, Rusia fue apropiándose de extensos territorios chinos en el norte y el noroeste. La presión exterior que soportaban los Qing no llegaba de una sola dirección, de las potencias occidentales por mar, sino de dos: Gran Bretaña, Francia y Japón por mar; Rusia por tierra.
Después de Octubre, aquel vecino del norte cambió por completo de rostro. El imperialismo de la Rusia zarista dio paso al «internacionalismo» soviético. La Unión Soviética anunció que renunciaba a los privilegios zaristas en China, aunque en la práctica conservó muchos; exportó teoría revolucionaria y experiencia organizativa, y ayudó a las fuerzas revolucionarias chinas a crear partidos de tipo leninista. La presión geopolítica pasó de la apropiación territorial a la penetración ideológica. Los efectos de esta última podían ser aún más profundos.
La versión 3.5 había sido desinstalada, pero el nuevo sistema operativo todavía no estaba instalado. Había al menos tres paquetes entre los que elegir: democracia capitalista occidental, según los modelos estadounidense y británico; socialismo de la Rusia soviética, según el modelo de Lenin; y alguna propuesta autóctona aún sin definir, que intentara combinar la tradición china con las necesidades de la modernización. Ese «período sin sistema operativo» empezó en 1912 y seguía abierto en la etapa de la que tratará el ensayo final.
Desde la perspectiva del ciclo, la Revolución de 1911 tuvo éxito al cincelar: desmontó la vieja construcción. Pero desmontar una construcción no equivale a haber levantado la siguiente. Cincelar y construir tienen que ir juntos: esa era la lección del choque entre tres fuerzas al final de los Ming y al principio de los Qing. La China posterior a 1911 se enfrentaba precisamente a ese problema de correspondencia. Contaba con la fuerza para cincelar, las fuerzas revolucionarias que habían derribado el régimen imperial, pero aún no con la construcción: unas instituciones nuevas que la sociedad aceptara y que pudieran funcionar de manera eficaz.
La historia que sigue es la de varias propuestas de construcción que compiten sobre unas ruinas sin sistema operativo.
IV. La última aportación de los Qing a la ley del ciclo
El lugar que ocupan los doscientos sesenta y ocho años de la dinastía Qing en la ley del ciclo de cincelar y construir puede resumirse así: fue la última ejecución completa del sistema operativo 3.5 y también el período en que aquel sistema llegó al final de su vigencia histórica.
Primero: el injerto selectivo es la mejor solución para el gobierno de una dinastía de origen extranjero, dentro de las opciones disponibles.
Frente a la sinización completa de los Wei del Norte, cuyo precio fue la rebelión de las Seis Guarniciones, y al rechazo de la integración de los Yuan mongoles, que fueron tirando durante noventa y siete años antes de derrumbarse, el injerto selectivo de los Qing fue el que más duró: casi doscientos años de funcionamiento eficaz. Pero la mejor solución no es una solución sin costes. Las uniones del injerto siguieron ahí y, al final de la dinastía, las presiones internas y externas las desgarraron.
Segundo: el límite de todo ajuste es el propio marco.
Los ajustes minuciosos de Yongzheng alcanzaron el nivel más alto posible dentro del marco imperial. Pero ajustar no permite ir más allá del marco. Su núcleo —la concentración del poder, la institución del emperador, la burocracia civil de los exámenes— era a la vez la condición de esos ajustes y su límite. Cuando el propio marco se convirtió en el problema, ante el desafío de la civilización industrial, ajustar pasó a ser como cambiar de sitio las sillas en la cubierta del Titanic.
Tercero: los sistemas operativos tienen fecha de caducidad, y esta no depende de su calidad, sino de la velocidad a la que cambia el entorno.
La versión 3.5 era de gran calidad: dos mil años de funcionamiento son la mejor prueba. Pero el entorno había cambiado. La Revolución Industrial multiplicó por diez la velocidad de cambio del mundo. La versión 3.5 ya no podía adaptarse a ese ritmo. No era culpa suya: se había diseñado para el ritmo de una civilización agraria, medido en siglos, no para el de una civilización industrial, medido en décadas.
Cuarto: los tres niveles del descubrimiento —medios materiales, instituciones y discurso— forman un proceso por el que pasa toda sociedad enfrentada a un cambio de paradigma de civilización.
Siempre se empieza por comprender la distancia en lo más superficial, y luego se profundiza. Primero se ve la diferencia entre las armas, fácil de entender porque las armas se ven. Después, la diferencia entre las instituciones, más difícil porque son abstractas. Al final, la diferencia entre modelos de civilización, la más difícil de todas porque obliga a redefinir la propia identidad. Cada descubrimiento duele más que el anterior porque se acerca más a la idea que tienes de ti mismo. Cambiar el fusil no duele. Cambiar las instituciones empieza a doler. Cambiar la respuesta a «¿quién soy?» es el dolor más profundo.
Quinto, y lo más profundo de todo: el régimen imperial no terminó porque un emperador fuera demasiado malo ni porque hubiera un defecto en algún diseño institucional. Terminó porque se estaba acelerando la transición de fase de «el ser humano es un fin».
El supuesto básico del régimen imperial era que una persona, el emperador, tenía derecho a decidir el destino de todas las demás. Ese supuesto contradice directamente que «el ser humano es un fin». Si cada persona es un fin, nadie tiene derecho a utilizar a las demás como medios. Tampoco el emperador.
La contradicción existió durante los dos mil años del régimen imperial, pero una serie de amortiguadores la mantenían bajo control: el discurso confuciano del gobierno benevolente, la vía de ascenso de los exámenes imperiales, las restricciones impuestas por la correspondencia entre el Cielo y los asuntos humanos. Los amortiguadores la hacían menos aguda; no la eliminaban.
La llegada de la civilización industrial aceleró la agudización de esa contradicción. Liberaba a las personas en lo económico: podían obtener recursos en el mercado, sin pasar por la corte. Las liberaba en el conocimiento: la imprenta y la educación moderna rompían el monopolio de unos pocos. Y abría posibilidades políticas nuevas: el régimen representativo demostraba que una sociedad podía funcionar sin emperador.
Cuando la emancipación económica, intelectual y política se acelera a la vez, la transición de fase de «el ser humano es un fin» se vuelve incontenible. El régimen imperial no fue derrocado, aunque en la superficie hubiera, efectivamente, un derrocamiento. Lo eliminó la transición de fase. Su supuesto básico entró en un conflicto irreconciliable con la manera en que un número creciente de personas se entendían a sí mismas.
El resto no desaparece. El resto se acelera. La dirección de esa aceleración es la emancipación del sujeto.
El próximo ensayo cerrará esta serie. Del final de los Qing a los primeros años de la República; del derrumbe imperial a las guerras entre caudillos; de los esfuerzos de unificación a la víspera de la guerra de resistencia contra Japón. Tras el fin del imperio, varias propuestas de construcción compitieron sobre sus ruinas. Cada una respondía a la misma pregunta: después de desinstalar la versión 3.5, que había durado dos mil años, ¿qué nuevo sistema operativo debía instalar China? El cierre nos llevará a estas preguntas: ¿qué han demostrado dos mil años de ciclos de cincelar y construir? ¿Por qué no desaparece el resto? No porque el cincel no sea lo bastante afilado. No porque la construcción no sea lo bastante buena. Sino porque el ser humano es un fin, y ninguna construcción puede reprimir ese hecho para siempre. La construcción no se cierra porque las personas siguen desarrollándose. El trabajo de cincelar no cesa porque el resto se acelera.
Esta edición en español es una reescritura independiente pensada para lectores hispanohablantes.