Ensayo 19: Los Yuan mongoles, la construcción que nunca llegó a levantarse de verdad
Todas las dinastías que hemos examinado hasta aquí, triunfaran o fracasaran, compartían algo: intentaron construir.
Todas las dinastías que hemos examinado hasta aquí, triunfaran o fracasaran, compartían algo: intentaron construir.
La construcción de la cesión del poder, la del sacrificio ritual, la de los ritos y la música, la del legalismo, la de la fusión confuciano-legalista, la de los grandes linajes, la de los funcionarios civiles: cada una fue una respuesta seria a la pregunta de cómo organizar una sociedad humana. La respuesta podía ser equivocada, como el retorno a la Antigüedad de Wang Mang; parcial, como el legalismo puro de los Qin; o incompleta, como la construcción de los caudillos militares de los Dieciséis Reinos. Pero, al menos, había una respuesta. Quienes diseñaban aquellas configuraciones sabían lo que estaban haciendo y qué clase de orden querían establecer.
Con los Yuan ocurrió algo distinto.
El Imperio mongol fue el mayor imperio terrestre continuo de la historia de la humanidad. Su capacidad de conquista no tuvo parangón: del Pacífico al Danubio, de Siberia al golfo Pérsico. Pero tampoco tuvo parangón la distancia entre su capacidad para conquistar y su capacidad para gobernar.
La dinastía Yuan (1271-1368), rama china del Imperio mongol, gobernó la China propiamente dicha durante noventa y siete años. En todo ese tiempo nunca llegó a establecer una configuración de gobierno coherente y concebida para la sociedad china. Hubo conquista, hubo dominio, hubo fragmentos de instituciones. Lo que no hubo fue una construcción: una respuesta sistemática a la pregunta «¿Qué clase de orden quiero establecer?».
Es un caso único en la historia imperial china.
I. La configuración original de los mongoles: la lógica de un imperio de la estepa
Para entender por qué los Yuan no lograron levantar una construcción en China, primero hay que entender la configuración de los propios mongoles.
El Imperio mongol fundado por Gengis Kan tenía una lógica organizativa bien definida. Solo que esa lógica estaba hecha para la estepa.
El sistema de unidades de mil hogares.
Gengis Kan desarticuló las distintas tribus mongolas y las reorganizó en noventa y cinco unidades de mil hogares. Cada una era, a la vez, una unidad militar, administrativa y económica. Su jefe era nombrado por el gran kan y respondía ante él. Por debajo estaban las unidades de cien y de diez. Toda la sociedad quedaba ordenada en una pirámide militarizada.
En su función, el sistema se parecía al registro de hogares con el que los Qin sometían a la población a una administración uniforme: romper las viejas organizaciones de parentesco, las tribus, y crear unidades nuevas bajo control directo del poder central. La diferencia era que el registro de hogares de los Qin era estático: te quedabas en un lugar y cultivabas tu tierra. Las unidades de mil de los mongoles eran dinámicas: podían movilizarte en cualquier momento para que siguieras a tu jefe a la guerra o a un nuevo asentamiento.
En la estepa, el sistema funcionaba bien. La actividad económica, el pastoreo nómada, era de por sí móvil; una organización social militarizada encajaba de manera natural con una economía en movimiento. La unidad de mil era una unidad militar, cuyos miembros marchaban todos juntos a la guerra; una unidad económica, que pastoreaba en común en tiempos de paz; y una unidad administrativa, cuyo jefe mediaba en los conflictos internos y distribuía los recursos. Tres funciones en una sola estructura. Sencillo y eficaz.
La autoridad del gran kan.
La autoridad del gran kan mongol no tenía el mismo origen que la del emperador chino. La legitimidad de este último procedía de la doctrina del Mandato del Cielo, una mezcla de mandato celeste, virtud y parentesco: todo un relato ideológico. La del gran kan era más elemental. Venía del favor del «Cielo Eterno» y de sus éxitos militares efectivos. Si ganabas batallas, el Cielo Eterno estaba de tu parte. Si perdías, te había abandonado.
Era una legitimidad basada exclusivamente en los resultados: tu legitimidad equivalía a tu historial de victorias. Buenos resultados, mucha legitimidad. Malos resultados, poca. Sin amortiguadores, sin una capa ideológica que te protegiera. Incluso después de una derrota, al emperador chino aún le quedaba el Mandato del Cielo para explicar que «el Cielo te está poniendo a prueba».
El reparto de dominios y la expansión.
Gengis Kan repartió el imperio entre sus cuatro hijos, Jochi, Chagatai, Ögödei y Tolui, y asignó a cada uno un dominio, un ulus. El puesto de gran kan se decidía entre hermanos o primos mediante una elección en el kurultái, la asamblea de los nobles. No se regía por la primogenitura legítima, sino por una forma de elección propia de una república aristocrática, aunque, en la práctica, el candidato más poderoso solía dominar el proceso.
El supuesto sobre el que se diseñó este sistema era que el imperio seguiría expandiéndose siempre. La expansión significaba que siempre habría nuevos territorios que repartir y nuevo botín que distribuir. Dominios y botín eran el mecanismo central para mantener la lealtad de los nobles. Si la expansión se detenía, si ya no había tierras nuevas ni riquezas que repartir, todo el sistema de lealtades entraba en crisis.
Aquí hay una semejanza estructural con la configuración de los Qin: ambos eran sistemas que necesitaban alimentarse sin descanso. Los Qin alimentaban con guerras su sistema de rangos por mérito militar; los mongoles alimentaban con conquistas el reparto de dominios. En cuanto faltaba el alimento, empezaban los problemas.
II. La conquista de China: cuando la estepa se encontró con los campos de cultivo
La conquista mongola de China fue un proceso extraordinariamente largo. Desde que Gengis Kan empezó a atacar a los Jin en 1211 hasta que Kublai Kan acabó con los Song del Sur en 1279 transcurrieron casi setenta años. Ninguna otra conquista mongola llevó tanto tiempo. La de Asia Central duró unos años; la de Rusia, unos años; la de Persia, unos años. China requirió muchísimo más.
La explicación no está solo en la resistencia de los Song del Sur, que fue, sin duda, tenaz. La razón más profunda es que las ventajas militares de la estepa, la movilidad y la fuerza de choque de la caballería, perdían buena parte de su eficacia entre las redes de ríos y canales del sur de China. La caballería mongola había barrido las estepas de Eurasia sin encontrar apenas freno. Pero las colinas, los arrozales inundados y las ciudades amuralladas al sur del Yangtsé eran otra cosa. Ni los asedios ni la guerra naval eran el fuerte de los pueblos nómadas.
Terminada la conquista, Kublai se encontró ante una pregunta fundamental: ¿cómo se gobernaba aquel mundo, tan distinto de la estepa?
La sociedad agrícola china necesitaba una forma de gobierno por completo diferente. No se podía administrar a campesinos sedentarios mediante unidades de mil. Lo que necesitaban aquellos campesinos era que se distribuyeran las tierras, se recaudaran los impuestos, se mantuvieran las obras hidráulicas y se regulara el comercio. Todo eso exigía una administración civil madura. Los mongoles no disponían de ella.
Kublai hizo algunos intentos. En 1271 adoptó el nombre dinástico de «Gran Yuan», tomado de la frase del Libro de los cambios «Grande es el principio creador del Cielo»: un homenaje a la tradición cultural china. En Dadu, la actual Pekín, creó órganos centrales de gobierno inspirados en el modelo chino: la Secretaría Central, el Consejo de Asuntos Militares y el Censorado. También mantuvo la división administrativa china en prefecturas y distritos. El sistema de exámenes para acceder al funcionariado se restableció más tarde, en 1315, bajo el emperador Renzong; sufrió varias interrupciones y concedía un trato preferente a mongoles y semu.
Pero aquellas medidas eran un trasplante superficial, no una integración profunda. Kublai había revestido el régimen con la carcasa de la administración china. Por dentro seguía funcionando la lógica mongola.
III. Las cuatro categorías de población: convertir el resto en una jerarquía institucional
La institución más tristemente célebre de los Yuan fue el sistema de cuatro categorías, que dividía a toda la población en cuatro niveles: los mongoles; los semu, pueblos de Asia Central y de las regiones occidentales; los hanren, que incluían a los chinos han del norte y a otros pueblos anteriormente gobernados por los Jin; y los nanren, los chinos han del sur que habían vivido bajo los Song del Sur.
Las cuatro categorías no eran iguales ante la ley. Los mongoles disfrutaban de los mayores privilegios: penas más leves por sus delitos y prioridad para acceder a los cargos públicos. Los habitantes del sur soportaban la mayor discriminación: sufrían severas restricciones de acceso a los cargos públicos y recibían muy pocas plazas en los exámenes en proporción a su población.
Desde el punto de vista de la construcción, aquellas cuatro categorías eran una manera extraordinariamente franca de tratar el resto. No se intentaba asimilarlo, ni codificarlo, ni siquiera ocultarlo. Se lo convertía directamente en una jerarquía institucional.
¿Qué significa eso?
En las versiones 3.0 y 3.5 del sistema operativo, distintos mecanismos gestionaban el resto: el descontento de los gobernados, la desigualdad social, las asimetrías de poder. La ideología confuciana lo codificaba, para hacerte creer que la desigualdad era razonable. Los exámenes lo encauzaban, al ofrecerte una esperanza de ascenso. La aparente igualdad jurídica lo disimulaba: al menos en la letra de la ley, todos eran iguales, por desigual que fuese su aplicación. Todas estas formas de gestión tenían algo en común: reconocían la existencia del resto, pero procuraban que no quedara al desnudo.
El sistema de cuatro categorías renunciaba por completo a esa gestión. Proclamaba abiertamente: tú eres inferior. Sin envoltorio ideológico, sin el consuelo de una vía de ascenso, sin el disimulo de la igualdad ante la ley. El resto quedaba escrito en las instituciones, a la vista de todos.
¿Por qué eligieron los mongoles ese camino?
No porque fueran especialmente crueles, aunque sus conquistas fueron, desde luego, de una enorme crueldad. Lo eligieron porque no tenían capacidad para gestionar el resto con mayor sutileza.
Una gestión más fina del resto requiere todo un sistema ideológico, algo que el confucianismo tardó siglos en elaborar. Requiere una administración civil madura, con la reserva de funcionarios que los exámenes habían formado a lo largo de cientos de años. Y requiere conocer a fondo la sociedad que se gobierna: qué le importa a esa gente, qué teme, qué espera. Los mongoles gobernaron China durante menos de un siglo. No era tiempo suficiente, ni de lejos, para construir todo eso.
Así que recurrieron al método más sencillo y más brutal: trazar la línea según el origen étnico. Eres mongol, tienes privilegios. No eres mongol, no los tienes. Simple, claro y sin necesidad de diseñar instituciones complicadas para aplicarlo.
Pero esa sencillez brutal tenía un precio: convertía a todo el que no fuera mongol en un rebelde potencial. La gestión del resto de la versión 3.0 conseguía, al menos, que una parte de los gobernados pensara: «No es justo, pero se puede aceptar». El sistema de cuatro categorías hacía que todos pensaran: «Esto es inaceptable». La diferencia entre unos y otros estaba en si podían rebelarse, no en si deseaban hacerlo.
El resto no se había gestionado: se lo había aplastado a la fuerza. La intensidad de la presión equivale a la del rebote. Las grandes insurrecciones del final de los Yuan lo confirmaron.
IV. El gobierno de los Yuan: piezas ensambladas sin un diseño
La forma de gobernar de los Yuan se resume en una palabra: remiendo.
No era un sistema diseñado como tal, sino una mezcla de fragmentos institucionales de distintas procedencias, ensamblados sobre la marcha.
En la administración, la estructura de la Secretaría Central era china, pero su lógica de funcionamiento era mongola: la voluntad personal del gran kan estaba por encima de cualquier procedimiento institucional. El sistema de provincias fue una innovación importante de los Yuan. Las xingsheng, abreviatura de xing zhongshu sheng, «secretarías centrales delegadas», se convirtieron en la base de las divisiones provinciales de los Ming y los Qing. Pero no había reglas institucionales claras para nombrar a sus gobernadores o delimitar sus atribuciones. Todo dependía del pulso que libraban en cada momento el centro y las autoridades locales.
En la economía, los Yuan emitieron enormes cantidades de papel moneda, los jiaochao, y crearon uno de los primeros sistemas monetarios de este tipo a gran escala en la historia mundial. Pero la emisión no iba acompañada de una disciplina monetaria equivalente: si hacía falta dinero, se imprimía, sin preocuparse por la inflación. El resultado fue una depreciación continua de la moneda y el hundimiento de la confianza económica. Al final de la dinastía, los billetes ya eran poco más que papel sin valor.
En el derecho, no existía un código unificado. Los mongoles se regían por su derecho consuetudinario; los han, por una versión simplificada de las leyes chinas; los semu, por sus propias tradiciones. A distintos grupos se les aplicaban distintas leyes, y los criterios para aplicarlas variaban según el lugar y la persona. La coherencia y la previsibilidad de la ley rozaban el cero.
En religión, los Yuan mostraron una tolerancia excepcional. En sus dominios coexistían el budismo, el taoísmo, el islam, el cristianismo, tanto nestoriano como católico, y el chamanismo. Aquella tolerancia no nacía del idealismo, aunque a los mongoles les preocupaba bastante poco la religión, sino del pragmatismo: como no podían controlarlo todo, más valía dejar hacer.
Desde el punto de vista de la construcción, a la forma de gobierno de los Yuan le faltaba un principio organizador central.
La versión 3.0 sí lo tenía: la fusión confuciano-legalista, con la ideología confuciana como fuente de legitimidad y la administración legalista como instrumento de control. La versión 3.5 había añadido a esa base una serie de piezas complementarias: los Tres Departamentos y los Seis Ministerios, los exámenes de acceso al funcionariado, el sistema de reparto igualitario de tierras. Todas respondían al mismo principio central y encajaban unas con otras hasta formar un sistema coherente.
Los Yuan carecían de ese principio. Su manera de gobernar consistía en resolver provisionalmente cada problema con la herramienta que tuvieran a mano. Si servía una herramienta mongola, usaban la mongola; si servía una china, la china; si servía una de los semu, la de los semu. Sin una lógica común, sin criterios consistentes, sin planes a largo plazo.
Eso no es construir. Eso es ir tirando.
¿Se puede mantener el poder a base de ir tirando? Se puede. Noventa y siete años de dominio demuestran que el apaño puede durar bastante, siempre que lo respalde una fuerza militar lo suficientemente poderosa. La verdadera base del poder de los Yuan era la caballería mongola, no un diseño institucional.
Pero el apaño no puede repararse a sí mismo. Cuando surge un problema, un sistema dotado de una construcción puede afrontarlo ajustando sus parámetros sin cambiar el marco. Un sistema de remiendos no tiene parámetros que ajustar, porque no tiene marco. Solo puede emplear más violencia para sofocar el problema. La violencia es su única herramienta.
V. Por qué los Yuan no construyeron
La pregunta exige una respuesta: si los Yuan gobernaron China durante casi un siglo, ¿por qué nunca llegaron a establecer una configuración pensada para la sociedad china?
La respuesta no es que «los mongoles estaban demasiado atrasados». Esa explicación resulta demasiado burda. En organización militar y en la gestión del comercio transcontinental mostraron una capacidad extraordinaria para innovar en las instituciones. Su sistema de postas, conocido como zhanchi, conectó Eurasia entera en una red de comunicaciones cuya eficacia dejó maravillado a Marco Polo. A los mongoles no les faltaba capacidad para diseñar instituciones. La dedicaron a otras cosas.
La explicación de fondo quizá tenga varios niveles.
Primera: la mentalidad del conquistador.
Las élites mongolas siguieron viéndose como conquistadores antes que como gobernantes. El conquistador piensa: esta tierra es el botín que he ganado por las armas; he venido a cobrar impuestos y a disfrutar, no a construir. De esa mentalidad no nace el impulso de diseñar para esta sociedad una forma de gobierno que pueda durar.
Segunda: el dilema de un imperio plural.
El Imperio mongol, incluidos sus cuatro grandes kanatos, abarcaba la mayor parte de Eurasia. China era solo una de sus partes. Los gobernantes Yuan tenían que tratar a la vez con mongoles, semu, hanren y nanren: cuatro grupos de trasfondos culturales completamente distintos. Diseñar una configuración única para los cuatro era un reto mucho mayor que cualquiera de los que habían afrontado las anteriores dinastías chinas.
A los Wei del Norte ya les había resultado bastante difícil la dualidad entre los pueblos no han y los han. Los Yuan se encontraban con cuatro componentes, o incluso más. El emperador Xiaowen había elegido la sinización completa, una asimilación en una sola dirección. Los Liao habían elegido una construcción dual: cada grupo, con su propia administración. Los Yuan eligieron no elegir. Nunca tomaron una decisión clara sobre el rumbo: mongolizar, sinizar o crear una nueva síntesis. Pasaron noventa y siete años vacilando entre las tres opciones.
Tercera: las crisis sucesorias consumieron las energías necesarias para construir instituciones.
La sucesión al trono de los Yuan fue extremadamente caótica. De los diez emperadores que siguieron a Kublai, varios llegaron al poder mediante golpes de Estado o intrigas palaciegas. Con cambios tan frecuentes en el trono, ningún emperador disponía a la vez del tiempo suficiente y de un entorno político lo bastante estable para emprender reformas institucionales sistemáticas.
Kublai, que reinó de 1260 a 1294, fue el único con la capacidad y el tiempo necesarios para construir. Pero dedicó la mayor parte de sus energías a la conquista, pues acabar con los Song del Sur le llevó casi veinte años, y a las luchas de poder dentro del imperio: su disputa por el título de gran kan con Ariq Böke y la rebelión de Kaidu. Cuando terminó la conquista y su poder quedó afianzado, ya era viejo.
Cuarta, y quizá la más fundamental: la lógica de la estepa y la lógica agraria son irreconciliables.
La lógica central de un imperio de la estepa es la movilidad: se mueven las personas, los rebaños, los ejércitos y el centro del poder. La lógica central de un imperio agrario es la permanencia: las personas quedan fijadas a la tierra; las divisiones administrativas, al mapa; el centro del poder, a la capital.
La contradicción entre ambas lógicas no se resuelve «tomando lo mejor de cada una». Difieren en sus supuestos más elementales sobre la organización social. No puedes ser móvil y estar fijo a la vez. Tienes que elegir una lógica dominante y dar cabida a la otra dentro de ella.
Los Liao eligieron la coexistencia dual: tú te mueves, yo me quedo, y no nos estorbamos. Era una forma pragmática de eludir la contradicción.
Xiaowen, de los Wei del Norte, eligió la permanencia, la sinización: abandonar la movilidad y aceptar por entero la lógica de la civilización agraria. El precio fue la rebelión de las Seis Guarniciones.
Los Yuan no eligieron. Conservaron el apego de las élites mongolas a la movilidad, la idea de que el conquistador no se asienta, mientras administraban, al menos de nombre, una sociedad agraria que necesitaba un gobierno basado en la permanencia. Dentro de un mismo régimen, las dos lógicas chocaban y se neutralizaban mutuamente. Al final, ninguna llegó a aplicarse por completo.
No elegir es ya una elección: la de ir tirando. Y tiene un precio. Cuando llega la crisis, no hay un sistema en el que apoyarse para responder.
VI. El final de los Yuan: cómo se derrumba un sistema sin construcción
Los Yuan se derrumbaron de una manera distinta a todas las dinastías anteriores.
Hasta entonces, el patrón había sido este: una construcción funcionaba durante cierto tiempo, el resto se acumulaba hasta alcanzar un punto crítico y acababa reventándola. El requisito previo era que hubiese una construcción en funcionamiento.
Los Yuan no la tenían. Su caída no fue, por tanto, la de «una construcción que revienta», sino la de «un orden coercitivo sostenido por la violencia que se desintegra por sí solo cuando esa violencia pierde fuerza».
La violencia se debilitó por varias razones. La capacidad de combate de la caballería mongola fue deteriorándose desde que se estableció en las llanuras centrales de China: la vida en tiempos de paz erosionaba las cualidades del guerrero, y la sedentarización restaba movilidad a los jinetes. La crisis fiscal, con el hundimiento del papel moneda y el desorden tributario, redujo la capacidad del poder central para mantener al ejército. Las disputas por el trono desgastaron la cohesión interna. Y catástrofes naturales como las inundaciones del río Amarillo agravaron las tensiones sociales.
En 1351 estalló la rebelión de los Turbantes Rojos. Como las anteriores insurrecciones campesinas, se organizó bajo formas religiosas, las del Loto Blanco y el culto a Maitreya. Una vez más, el resto acumulado en las capas bajas encontraba una salida religiosa cuando se le habían cerrado todas las vías seculares.
Pero el desenlace fue distinto al de las rebeliones campesinas anteriores. Las rebeliones de Chen Sheng y Wu Guang, los Turbantes Amarillos y Huang Chao habían terminado de dos maneras: con la represión, en los casos de los Turbantes Amarillos y Huang Chao, o con un vacío de poder que terminarían llenando otras fuerzas. Chen Sheng y Wu Guang habían despejado el terreno para la lucha entre Chu y Han. De las insurrecciones del final de los Yuan salió directamente el fundador de una nueva dinastía. Zhu Yuanzhang ascendió entre los Turbantes Rojos y acabó fundando los Ming.
Desde el punto de vista de la construcción, la caída de los Yuan confirmó una tesis importante: un poder sostenido únicamente por la violencia no puede perdurar. La violencia permite conquistar, pero no gobernar. Para gobernar hace falta una construcción: un conjunto de instituciones y disposiciones ideológicas que consiga que los gobernados reconozcan, al menos en parte, tu autoridad. Los Qin tenían por lo menos la construcción legalista, aunque fuera tan rígida que acabó rompiéndose. Los Yuan ni siquiera llegaron a levantar una construcción coherente.
Un dominio sin construcción depende de su mera capacidad de represión. Esa capacidad es una reserva: se consume, pero no se repone por sí sola. Cuando se agota, no queda nada. Los noventa y siete años de los Yuan fueron el proceso de consumo gradual de esa reserva.
Un dominio dotado de construcción descansa en una combinación de instituciones y aceptación. Esa combinación es un flujo: puede renovarse mientras funciona. Los exámenes producen de manera continua funcionarios leales; la ideología confuciana produce de manera continua intelectuales que se identifican con el orden. El flujo puede durar mucho tiempo, aunque también termine interrumpiéndose por la acumulación del resto.
La diferencia entre reserva y flujo decide la vida de un régimen. El poder que solo vive de una reserva, como los Yuan, se acaba en cuanto la consume. El poder basado en un flujo, el de las dinastías con construcción, puede durar más, porque el flujo sigue reponiendo lo que se gasta.
VII. La herencia de los Yuan
Aunque los Yuan no levantaron una construcción, dejaron sin proponérselo varias herencias importantes.
Primera: el sistema provincial.
Las provincias Yuan, las xingsheng o xing zhongshu sheng, se convirtieron en la base de la división administrativa territorial de China durante más de seiscientos años. El sistema provincial de los Ming y los Qing procedía directamente de ellas. Sus fronteras atravesaban deliberadamente las divisiones geográficas: por ejemplo, reunían en una misma provincia zonas montañosas y llanuras, o juntaban regiones de culturas diferentes. Más tarde, aquello se interpretó como un diseño para impedir la fragmentación del territorio en poderes regionales: que ninguna provincia formara una unidad natural en términos geográficos o culturales reducía la posibilidad de que se independizara.
Segunda: un nuevo avance en la integración entre pueblos.
Aunque las cuatro categorías separaban jurídicamente a los distintos pueblos, noventa y siete años de convivencia favorecieron su integración social. Muchos mongoles y semu se asentaron en China, contrajeron matrimonios mixtos y adoptaron la cultura han. Entre el final de los Yuan y los comienzos de los Ming, numerosas familias mongolas estaban tan sinizadas que ya no se distinguían de las han. Los hui, un pueblo musulmán de China, fueron en buena medida fruto de los matrimonios y la integración entre los semu de la época Yuan y los han.
Tercera: una lección de lo que no debe hacerse.
Los Yuan demostraron que la conquista militar por sí sola no sustituye la construcción de instituciones. Si el conquistador no puede, o no quiere, establecer un sistema de gobierno que los conquistados acepten al menos parcialmente, su conquista solo será provisional.
Es posible que Zhu Yuanzhang aprendiera más del fracaso de los Yuan que del éxito de cualquier otra dinastía. En muchos aspectos, las instituciones Ming que creó respondían directamente a las deficiencias de sus predecesores: una enorme concentración del poder central frente a la dispersión del poder Yuan; un código minucioso frente al caos jurídico; un registro de hogares estricto frente al escaso control de la población; y una vigilancia constante de las fuerzas mongolas que aún subsistían, con el recuerdo del derrocamiento de los Yuan bien presente.
Cuarta: una nueva confirmación, por la vía del fracaso, de que «las personas son fines».
El sistema de cuatro categorías era una forma extrema de tratar a las personas como medios: tu valor no dependía de lo que hicieras, sino del pueblo en el que hubieras nacido. Era la negación absoluta de la individualidad humana. La caída de los Yuan, y la inestabilidad social permanente durante su gobierno, volvió a confirmar que un sistema que trata a las personas como medios no puede sostenerse. Por poderoso que sea tu ejército y por vasto que sea tu territorio, si no tratas a los gobernados como seres humanos, tarde o temprano te recordarán con sus actos que lo son.
La consigna «Expulsar a los bárbaros y restaurar China», que Zhu Yuanzhang, surgido de los Turbantes Rojos, lanzó en su proclama de la expedición al norte, no era solo una expresión de sentimiento nacionalista. Su sentido más profundo era este: nos negamos a que nos traten como seres inferiores. Nos negamos a ser definidos como «gentes del sur», una categoría que nos marca de por vida por el mero lugar de nacimiento. Somos personas, no categorías.
Vuelve a aparecer aquí la columna vertebral oculta de esta serie. Desde los sacrificios humanos funerarios de los Shang hasta las personas reducidas por los Qin a herramientas para producir grano y matar enemigos, y de ahí a las cuatro categorías de los Yuan, todo intento extremo de convertir a las personas en medios terminó en una reacción. La intensidad de esa reacción es proporcional a la de la represión. Cuanto más aprietas, más violento es el rebote. El resto no desaparece, porque ninguna construcción puede reprimir para siempre el hecho de que las personas son fines.
En el próximo ensayo, los primeros Ming: la construcción de Zhu Yuanzhang fue uno de los intentos de cierre más obsesivos de la historia china. La abolición del cargo de primer ministro, el sistema weisuo de guarniciones militares, las prohibiciones marítimas y el sistema lijia de organización de los hogares buscaban clavar a cada persona en su lugar dentro de la construcción. La guerra de Jingnan demostró que la propia familia imperial era un resto.
Esta edición en español es una reescritura independiente pensada para lectores hispanohablantes.