Noveno ensayo: el emperador Wu de Han, o cómo codificar el resto dentro de la construcción
En el año 141 a. C., Liu Che subió al trono a los dieciséis años. Heredó un patrimonio formidable, acumulado durante setenta años de recuperación y sosiego: un tesoro rebosante —«las monedas de la capital se contaban…
En el año 141 a. C., Liu Che subió al trono a los dieciséis años. Heredó un patrimonio formidable, acumulado durante setenta años de recuperación y sosiego: un tesoro rebosante —«las monedas de la capital se contaban por miríadas; los cordeles se habían podrido y ya no podían contarse», es decir, había tanto dinero que se habían deshecho las cuerdas que ensartaban las monedas de cobre—; unos graneros desbordados —«en el Gran Granero, el grano viejo se amontonaba sobre el grano viejo, hasta desbordarse y quedar a la intemperie, donde se pudría y dejaba de ser comestible», es decir, sobraba tanto que acababa pudriéndose fuera—; una población recuperada hasta alcanzar decenas de millones de habitantes; y un orden social estable. Los xiongnu ejercían presión sobre la frontera, pero no amenazaban la supervivencia del imperio.
Ya lo dijimos en el ensayo anterior: lo que el emperador Wen había ahorrado era lo que el emperador Wu iba a gastarse. Pues bien: ya había llegado el encargado de gastar.
Pero Wu no se limitó a gastar. Si solo hubiera levantado palacios, elegido bellezas y organizado grandes fastos, habría sido otro emperador manirroto, de los muchos que ofrece la historia. Lo que hizo fue bastante más profundo que dilapidar una herencia: intentó rediseñar el sistema operativo del Imperio Han.
El sistema de los reinados de Wen y Jing respondía a la doctrina Huang-Lao: poca densidad, poca intervención y espacio para el resto. Wu quería actualizarlo hasta convertirlo en un sistema de alta densidad, de fuerte intervención y de gestión activa del resto. La herramienta central de esa actualización sería la doctrina confuciana.
I. La supremacía confuciana: no fue elegir una doctrina, fue inventar una tecnología
En el primer año de la era Jianyuan, el 140 a. C., Wu aceptó la propuesta de Dong Zhongshu: «Relegar las cien escuelas y honrar exclusivamente la doctrina confuciana».
Suele entenderse esta decisión como una elección intelectual: entre confucianos, taoístas, legistas, moístas y las demás escuelas, Wu escogió a los confucianos. La explicación no es falsa, pero se queda corta. Lo decisivo de aquella supremacía no fue la escuela elegida, sino la invención de una tecnología del poder enteramente nueva: utilizar la ideología para codificar el resto.
¿Qué significa «utilizar la ideología para codificar el resto»?
La solución Qin había consistido en reprimirlo mediante la violencia. La ley mandaba obedecer; quien desobedecía moría. El efecto era inmediato, pero el coste, enorme. Además, el resto no desaparecía: se acumulaba hasta alcanzar el límite y estallar.
La solución Huang-Lao consistía en dejarle espacio. No meterse con él, dejarlo estar. Era una solución suave y barata, pero el resto quedaba fuera de control. Si se lo dejaba crecer demasiado tiempo, podía convertirse en una nueva amenaza. Ahí estaba la rebelión de los Siete Reinos para demostrarlo.
La supremacía confuciana ofrecía una tercera vía: codificar el resto dentro de un sistema de valores para que las personas aceptaran voluntariamente sus límites. Ya no hacía falta obligarlas a obedecer mediante el derecho penal, como en Qin, ni dejarlas actuar a su aire, como proponía Huang-Lao. Había que conseguir que, en su fuero interno, creyeran que obedecer era lo correcto: porque el orden ético entre soberano y ministro, entre padre e hijo, era tan indiscutible como el cielo y la tierra; porque la lealtad, la piedad filial, la integridad y la rectitud eran la base de lo humano; porque quebrantarlas equivalía a quebrantar el orden del Cielo.
Era el control blando, versión 2.0.
Los ritos y la música del duque de Zhou también habían sido una forma de control blando, la versión 1.0. Pero su eficacia se limitaba a la aristocracia: la gente común no estudiaba los ritos, y estos tenían poco que ver con su vida. La ambición de la supremacía confuciana era extender ese control a toda la sociedad. Cada persona, desde el emperador hasta el campesino, debía vivir dentro de la ética confuciana. El emperador debía ser benevolente; el ministro, leal; el padre, afectuoso; el hijo, respetuoso con sus padres. Cada papel social venía acompañado de unas normas de conducta y de unas expectativas morales.
Lo ingenioso del sistema era que ponía límites tanto a los de arriba como a los de abajo.
El sistema Qin solo limitaba a los de abajo: el pueblo debía obedecer la ley, mientras que el propio emperador quedaba fuera de ella. Era una restricción en una sola dirección. Y ese tipo de restricción tiene un problema: quien la sufre carece de medios para poner coto a quien la impone. La opresión puede aumentar indefinidamente, hasta que el sistema revienta.
La doctrina confuciana imponía, en teoría, obligaciones recíprocas. El ministro debía lealtad al soberano, pero el soberano debía benevolencia a sus súbditos. El hijo debía piedad filial al padre, pero el padre debía afecto al hijo. La relación era simétrica, al menos sobre el papel. «El soberano emplea a sus ministros conforme a los ritos; los ministros sirven al soberano con lealtad». Primero los ritos; después, la lealtad. Si el soberano faltaba a aquellos —si era tiránico, disoluto o inhumano—, el ministro tenía motivos para poner reservas a su lealtad.
En la práctica, esa reciprocidad nunca fue verdaderamente igualitaria. El poder del emperador superaba con mucho al de cualquier ministro; él mismo interpretaba qué significaba ser «benevolente», y los ministros carecían de medios efectivos para castigar a un emperador «inhumano». Pero incluso una reciprocidad nominal añadía un amortiguador que no existía en el sistema unidireccional de Qin. Un emperador inhumano tenía que soportar, al menos, la presión de la opinión pública, los registros de los cronistas y las amonestaciones de los letrados confucianos. No bastaba para detener a uno resuelto a ejercer la tiranía. Sí podía bastar para impedir que un emperador del montón pasara de «se está excediendo un poco» a «ha perdido por completo la cabeza».
Un límite marginal. No un límite absoluto. Pero algo es mejor que nada.
II. Dong Zhongshu: el codificador del resto
La base teórica de la supremacía confuciana procedía, sobre todo, de Dong Zhongshu. Su aportación no fue inventar ideas nuevas: todos sus materiales fundamentales venían del confucianismo anterior a Qin. Lo que hizo fue volver a codificarlos en un sistema ideológico capaz de conectarse con el poder político.
Dong Zhongshu realizó varias operaciones decisivas.
Primera: la resonancia entre el Cielo y los seres humanos.
Según Dong Zhongshu, el Cielo y los seres humanos estaban unidos por una relación de resonancia. La conducta del Hijo del Cielo influía en los fenómenos celestes: si gobernaba con virtud, los vientos y las lluvias llegaban a su tiempo; si carecía de virtud, proliferaban las calamidades y los prodigios funestos. Terremotos, eclipses, inundaciones, sequías y plagas de langosta eran advertencias del Cielo a su Hijo.
La función política de esta teoría era importantísima: proporcionaba una autoridad trascendente con la que poner límites al poder imperial, el Cielo. El emperador ocupaba la cima del poder. Ninguna fuerza terrenal podía decirle: «Te has equivocado». El Cielo, sí. Expresaba su descontento mediante calamidades, y los letrados transmitían la crítica al interpretarlas.
La resonancia entre el Cielo y los seres humanos era un ingenioso diseño institucional. Obligaba al emperador a responder: ante una calamidad de grandes proporciones, debía promulgar un «edicto de autocrítica», examinar sus faltas y, en ocasiones, modificar sus políticas. No era una institución coercitiva: podía desentenderse de las calamidades, y algunos emperadores lo hicieron. Era una institución cultural. La mayoría de los emperadores la respetaba en la mayoría de las ocasiones porque el coste moral de ignorarla resultaba demasiado alto.
En esencia, la teoría fusionaba y actualizaba dos elementos: la construcción sacrificial de los Shang, en la que Cielo y humanidad se comunicaban a través del rey, y la doctrina Zhou del Mandato del Cielo, según la cual ese mandato pasaba a quien poseía la virtud. El Cielo de los Shang solo hablaba con el rey Shang. El de los Zhou elegía al hombre virtuoso. El de Dong Zhongshu enviaba advertencias al gobernante sin virtud. De las tres versiones, la última imponía la mayor restricción al poder imperial.
Claro que su eficacia dependía de quién interpretase las calamidades. Esa facultad quedaba en manos de los letrados confucianos. Por tanto, la supremacía confuciana no se limitaba a dar rango oficial a una doctrina: asignaba una función política a todo un grupo, el de los intérpretes de las calamidades y críticos del poder imperial. Esa función se desarrollaría en las instituciones de amonestación de la época Han y en una tradición de «juicio público de los letrados», el qingyi, que se prolongó durante dos mil años.
Segunda: los tres vínculos rectores y las cinco virtudes constantes.
El soberano es el eje del ministro; el padre, el del hijo; el marido, el de la esposa. Benevolencia, rectitud, decoro ritual, sabiduría y fidelidad a la palabra dada.
Los tres vínculos fijaban la dirección de tres relaciones humanas fundamentales: el inferior obedecía al superior. Las cinco constantes definían cinco cualidades morales básicas que todo el mundo debía poseer.
Los tres vínculos eran una herramienta de orden. Reducían los complejos ritos confucianos a tres cadenas de obediencia muy claras. No hacía falta memorizar cientos de prescripciones rituales. Bastaba con recordar: obedece al soberano, obedece a tu padre, obedece a tu marido —si eres la esposa—. Sencillo, inequívoco y aplicable.
Las cinco constantes eran una herramienta moral. Ofrecían a todos un criterio común: cualquiera que fuese tu condición, debías ser benevolente, recto, respetuoso con los ritos, sabio y digno de confianza. El criterio obligaba tanto a los de arriba como a los de abajo. El emperador también debía ser benevolente; el campesino también debía cumplir su palabra.
Juntos, los tres vínculos y las cinco constantes formaban una cuadrícula ética que cubría la sociedad entera. En el eje vertical estaba la jerarquía, los tres vínculos; en el horizontal, la norma moral, las cinco constantes. Cada persona quedaba situada dentro de esa cuadrícula: en qué escalón estaba y qué virtudes debía tener.
¿Para qué servía esa cuadrícula? Para codificar dentro del orden político el sentido moral de cada individuo, precisamente aquello que el sistema Qin había ignorado por completo. Qin regulaba conductas: qué había que hacer y qué estaba prohibido. La doctrina confuciana regulaba el sentir: qué debía parecernos correcto y qué debía parecernos incorrecto. Para gobernar la conducta estaba el derecho penal; para gobernar el sentir, la educación moral. La ley penal llegaba hasta donde llegaba el miedo. La educación moral, hasta donde llegaba la interiorización. El miedo desaparece en cuanto desaparece la amenaza. Lo interiorizado puede durar toda la vida.
Tercera: la teoría de la gran unidad.
Dong Zhongshu dio un fundamento teórico a la gran unidad. «La gran unidad de los Anales de Primavera y Otoño es la norma constante del Cielo y la Tierra, el principio común de la antigüedad y del presente». La unificación no era la proeza personal de un emperador: era el estado normal del universo. La división era anómala; la unidad, normal.
Al formularse así, la gran unidad dejó de ser solo un hecho —Qin había unificado efectivamente cuanto había bajo el Cielo— y pasó a ser un valor: la unidad era lo que debía existir. Un hecho se puede cambiar; cabe dividir un territorio. Un valor no se cambia con la misma facilidad: dividirlo se convertía en una falta moral. Durante los dos mil años siguientes, cualquier régimen nacido de la fragmentación cargaría con el lastre de ser «ilegítimo», y cualquier unificador recibiría automáticamente la prima moral de «actuar conforme a la voluntad del Cielo».
Visto desde la construcción, esta teoría volvía a envolver la herencia política de Qin —el sistema de comandancias y condados, el poder centralizado— con el lenguaje confuciano. La gran unidad de Qin había sido producto de la violencia: estaba desnuda, sin envoltorio moral. Se obedecía por miedo; cuando el miedo desaparecía, también desaparecía la obediencia. Dong Zhongshu vistió de moral a la gran unidad: no obedecías por miedo, sino porque ese era el orden del Cielo. Y el orden del Cielo no perdía su validez porque un emperador fuera tiránico. Aunque el emperador fuese malo, la gran unidad seguía siendo buena. Lo que había que hacer no era dividir el imperio, sino poner a un buen emperador en su lugar.
Eso significa «codificar el resto dentro de la construcción». El impulso hacia la división, el resto, no se había eliminado: los oprimidos seguían queriendo rebelarse. Pero se había redefinido. La rebelión ya no apuntaba a «derribar la unidad», sino a «sustituir al emperador». Podías sublevarte, pero solo para ocupar aquel puesto, no para abolirlo. La dirección en la que se liberaba el resto había quedado codificada: se permitía el movimiento vertical, cambiar de dinastía; no el horizontal, separarse y hacerse independiente.
Durante los dos mil años siguientes, esa codificación fue, en lo esencial, eficaz. Hubo incontables cambios dinásticos en China y todos consistieron en «cambiar a las personas sin cambiar el marco». Hubo épocas de división —los Tres Reinos, las Dinastías del Norte y del Sur, las Cinco Dinastías y los Diez Reinos—, pero siempre se consideraron estados transitorios. Todos los regímenes rivales reivindicaban la legitimidad y fijaban la unificación como objetivo último. Ninguno defendió abiertamente: «Dividirnos está bien; que cada cual viva por su cuenta». No era una coincidencia. Era el resultado de la codificación realizada por la teoría de la gran unidad.
III. El monopolio de la sal y el hierro: dónde termina el Estado y empieza la sociedad
La construcción de Wu no se limitó a la ideología. También rehízo a fondo la economía.
Sus medidas centrales fueron el monopolio de la sal y el hierro y los mecanismos de redistribución regulada de mercancías y estabilización de precios. El Estado monopolizó la producción y la venta de sal, hierro y bebidas alcohólicas, y nombró funcionarios que compraban barato y vendían caro en distintas regiones para moderar las oscilaciones de precios y, de paso, ingresar dinero en el tesoro.
La motivación inmediata era fiscal. Las campañas contra los xiongnu al norte, la conquista de los pueblos Yue al sur y las obras públicas exigían sumas enormes. Los ahorros de Wen y Jing se consumían a toda velocidad. Pero el alcance estructural de las medidas iba mucho más allá de las cuentas del Estado.
El monopolio de la sal y el hierro trasladó al Estado las actividades económicas más rentables que hasta entonces estaban en manos privadas. El control estatal sobre la sociedad se extendía así de la política a la economía. El control de Qin había sido principalmente administrativo y militar: hogares inscritos directamente en los registros del Estado, responsabilidad penal colectiva. Wu añadió el control económico. El poder sumaba otra dimensión.
Desde la perspectiva del resto, la industria y el comercio privados eran uno de esos restos: producían riqueza fuera del control estatal, y esa riqueza generaba un poder también ajeno a él. Durante los reinados de Wen y Jing, ambos sectores crecieron con rapidez y surgieron grandes fortunas, como las de la familia Zhuo de Shu y la familia Kong de Wan. Su riqueza les permitía «gozar de los mismos placeres que los reyes». Su existencia constituía una amenaza potencial para el poder centralizado. No porque se dispusieran a rebelarse, sino porque su independencia económica impedía que dependieran enteramente del Estado y, por tanto, que este los controlara por completo.
Mediante el monopolio, Wu incorporó una parte de ese resto. Seguía habiendo industria y comercio privados, pero el Estado se había quedado con los sectores más lucrativos. Seguían existiendo grandes fortunas particulares, pero su dinamismo económico quedaba confinado al terreno que el Estado les permitía ocupar.
Sin embargo, el monopolio generó un resto nuevo: la ineficiencia de la economía administrada por funcionarios. Estos carecían de incentivos para obtener beneficios, gestionaban con descuido, ofrecían productos de mala calidad y cobraban precios artificialmente altos. En el «Debate de la sal y el hierro», celebrado durante el reinado de Zhao y recogido por Huan Kuan en sus Discursos sobre la sal y el hierro, los representantes de los «hombres de mérito y los letrados» atacaron duramente la gestión estatal. El hierro oficial era tan malo que las herramientas de los campesinos se rompían a los pocos días. La sal oficial era tan cara que los pobres no podían permitírsela.
En el fondo, no se discutía una cuestión técnica, si la sal y el hierro debían ser de gestión pública. Se discutía algo más fundamental: dónde debía trazarse la frontera entre el Estado y la sociedad.
La respuesta legista era: no debe haber frontera. El Estado ha de controlarlo todo. Qin había llevado esa respuesta a la práctica.
La respuesta taoísta era: hay que alejar la frontera todo lo posible. Cuanto menos intervenga el Estado, mejor. Wen y Jing habían puesto en práctica parte de esa respuesta.
La respuesta confuciana era más ambigua. En principio, el confucianismo se oponía a que el Estado disputara el beneficio a sus súbditos: «Un Estado no tiene por provecho el provecho, sino la rectitud». En la práctica, admitía que el Estado necesitaba ingresos para funcionar. La frontera quedaba trazada en la «rectitud»: una intervención estatal conforme a ella era aceptable; una que no lo fuera, no. La pregunta era quién tenía derecho a interpretar qué era la rectitud.
El monopolio de la sal y el hierro abrió un debate que no se cerraría en dos mil años: hasta dónde debía intervenir el Estado en la economía. Todas las dinastías oscilaron entre apretar —monopolios de la sal y el hierro, monopolios del té y los caballos— y aflojar —algunas liberaron parte de las actividades reservadas al Estado—. Ninguna encontró un equilibrio estable.
No fue por falta de inteligencia. Fue por la conservación del resto: controlar la economía generaba el resto de la ineficiencia estatal; liberalizarla generaba el resto de un capital privado cada vez más poderoso. Cuando uno menguaba, el otro crecía. Tapabas uno y el otro asomaba.
IV. La ofensiva al norte contra los xiongnu: la construcción se proyecta hacia fuera
Wu reinó cincuenta y cuatro años, y durante ese tiempo las guerras exteriores apenas se interrumpieron. Sus mayores adversarios fueron los xiongnu.
Desde la perspectiva de la construcción, la guerra contra ellos cumplía una función estructural que suele pasarse por alto: encontró un nuevo destino en el que consumir la energía de la máquina de guerra heredada de Qin.
En el ensayo anterior vimos que la configuración Qin era un sistema al que había que alimentar sin descanso. Los rangos concedidos por méritos militares necesitaban guerras que generasen ascensos, y el aparato de movilización total necesitaba objetivos exteriores para seguir funcionando. Tras la unificación, Qin se quedó sin ellos. El sistema empezó a devorarse a sí mismo —las grandes obras consumían las fuerzas de la población— y acabó hundiéndose.
Los primeros setenta años de no intervención Huang-Lao apagaron temporalmente aquella máquina de guerra. Pero no la desmontaron. Seguía en pie el entramado administrativo de comandancias y condados; seguía existiendo el reclutamiento obligatorio, con sus tres modalidades de servicio, gengzu, zhengzu y shuzu; y seguía existiendo el registro de hogares que ponía a cada familia directamente ante el Estado. La máquina se había quedado al ralentí. Bastaba con volver a arrancarla.
Wu lo hizo. Atacó a los xiongnu al norte, conquistó a los pueblos Yue al sur, sometió Corea al este y abrió el acceso a las Regiones Occidentales al oeste. Aquellas operaciones convirtieron rápidamente el excedente social acumulado bajo Wen y Jing en una fuerza militar proyectada hacia el exterior. Para el sistema, era lo mismo que había hecho el Primer Emperador al construir la Gran Muralla y conquistar a los Yue: expulsar hacia fuera la energía sobrante para evitar que la maquinaria se devorara por dentro.
La diferencia era que Wu contaba con algo que el Primer Emperador no había tenido: la legitimidad que proporcionaba el envoltorio confuciano. Las grandes obras de Qin habían sido requisiciones violentas, sin disfraz. Las guerras de Wu se presentaban como «proteger las fronteras y dar paz al pueblo», «ampliar el territorio» y «difundir la civilización china». Ese lenguaje reforzaba su justificación y hacía que la sociedad estuviera más dispuesta a soportarlas. Se consumían igualmente las fuerzas del pueblo, pero la diferencia entre hacerlo vestido y hacerlo desnudo era enorme.
Al final, sin embargo, el coste de las guerras contra los xiongnu superó la capacidad de resistencia de la sociedad. En la vejez de Wu, «el imperio estaba exhausto, y los hogares y la población se habían reducido a la mitad». De unos cincuenta millones de habitantes en el apogeo se pasó quizá a menos de treinta millones. El tesoro quedó vacío, las tensiones sociales se agudizaron y por todas partes aparecieron desplazados y bandidos.
En los últimos años de su vida, Wu hizo algo que poquísimos emperadores chinos habían hecho: reconocer públicamente que se había equivocado. En el cuarto año de la era Zhenghe, el 89 a. C., promulgó el célebre Edicto de Luntai, llamado también «edicto de autocrítica». Anunció el fin de las guerras exteriores y el regreso a una política de recuperación y sosiego. «La tarea de hoy es prohibir la crueldad y la violencia, detener los tributos arbitrarios y dedicar las fuerzas a la agricultura, que es la raíz». Es decir: terminar con el gobierno opresivo, dejar de inventar impuestos y volver a poner el esfuerzo en el campo.
La importancia del Edicto de Luntai no radica tanto en sus medidas concretas, muy parecidas a la orientación de Wen, como en lo que demostró: ni siquiera un soberano de extraordinario talento, gran ambición y poder ilimitado podía consumir indefinidamente las fuerzas de la sociedad. El resto contraataca. La resistencia social tiene un límite. Rebasado ese límite, solo quedan el derrumbe, que fue el destino de Qin, o la rectificación, que fue la elección de Wu.
Wu optó por la rectificación, no por el derrumbe. Esa es la diferencia decisiva con Qin Shi Huang. El Primer Emperador siguió apretando hasta morir y dejó al Segundo Emperador un sistema que ya no admitía marcha atrás. Wu pisó el freno al final de su vida. Con ello, la dinastía Han ganó más de un siglo.
¿A qué se debió esa diferencia? Es posible que influyera el temperamento personal: el dolor por la muerte de su hijo, cuando Wu ya era anciano, pudo llevarlo a mirar hacia dentro. Pero quizá hubo una razón más profunda. La doctrina confuciana le proporcionaba herramientas de examen de conciencia: la resonancia entre el Cielo y los seres humanos y la tradición de los edictos de autocrítica. Le daba un marco para reconocer un error sin perder la legitimidad. El Primer Emperador no lo tenía. En el sistema legista no figuraba la opción «el emperador admite que se ha equivocado». El emperador siempre tenía razón, porque él dictaba la ley y era su encarnación personal. Reconocer un error equivalía a negar la ley; negar la ley, a negar el sistema entero.
La doctrina confuciana le ofrecía, en cambio, una manera de reconocer el error sin destruirse: me he equivocado, pero el error está en mi conducta, no en mi posición. Mi posición sigue procediendo del Mandato del Cielo. Puedo corregir mi conducta y conservar el puesto. El mandato no ha cambiado de manos; el Cielo se ha limitado a advertirme. Acepto la advertencia y rectifico el rumbo.
A primera vista, ese marco restringía el poder imperial, pues obligaba al emperador a reconocer sus errores. Pero también lo protegía: seguía siendo legítimo después de reconocerlos. Restricción y protección eran las dos caras de la misma moneda. La supremacía confuciana no se limitaba a reducir o ampliar el poder del emperador: le proporcionaba elasticidad. Podía ceder cuando convenía ceder y endurecerse cuando convenía endurecerse, en vez de seguir rígido hasta la muerte, como Qin.
V. La fusión confuciano-legista: el verdadero sistema operativo
Se suele describir a los Han como «confucianos por fuera, legistas por dentro» o de «apariencia confuciana y entrañas legistas». Hay algo de verdad en ello, pero la fórmula no es lo bastante precisa. Lo que hubo fue una fusión confuciano-legista.
La política Han posterior a Wu no se reducía a mostrar una fachada confuciana y funcionar por dentro como un Estado legista. Ambos elementos se fundieron en algo nuevo: un sistema operativo híbrido que ya no era puramente confuciano ni puramente legista.
Esta era su composición:
El legismo aportaba el esqueleto administrativo: el sistema de comandancias y condados, la selección de funcionarios —aunque sus procedimientos, desde la recomendación de candidatos de época Han hasta los exámenes imperiales de siglos posteriores, adoptaran formas cada vez más confucianas, la burocracia misma era una herencia legista—, el derecho penal, el registro de hogares y el sistema tributario. Eran las partes duras, la base material que permitía funcionar al conjunto.
El confucianismo aportaba el relato de legitimidad: el Mandato del Cielo, el gobierno benevolente, el gobierno por la virtud y la ética de los vínculos y las virtudes constantes. Eran las partes blandas, la base cultural gracias a la cual la sociedad aceptaba el sistema.
El legismo se ocupaba del «cómo»; el confucianismo, del «por qué». Uno respondía a las cuestiones de funcionamiento; el otro, a las de sentido. Un funcionamiento sin sentido era tiranía, como Qin. Un sentido sin medios para llevarlo a la práctica era palabrería, como el confucianismo puro. Solo juntos daban un sistema capaz de funcionar.
Desde la conservación del resto, esa fusión era una estrategia avanzada de gestión. El resto de un sistema puramente legista era «se ignora por completo lo que sienten las personas»; en Qin se liberó mediante una violenta reacción. El resto de un sistema puramente confuciano era «el orden carece de medios coercitivos para hacerse cumplir»; bajo los Zhou Orientales se liberó en el hundimiento de los ritos y la música. La estrategia de la fusión consistía en emplear el confucianismo para gestionar el resto legista —envolver la ley fría en un manto de calidez— y el legismo para gestionar el resto confuciano —dar a una ética débil el respaldo de la coacción—.
Los dos restos se contrapesaban. No habían desaparecido: sus direcciones de descarga se contrarrestaban entre sí.
La estrategia resultó extraordinariamente eficaz. Una vez establecido bajo Wu, el sistema operativo confuciano-legista funcionó durante dos mil años en distintas variantes. Cada dinastía reajustó sus parámetros: unas se inclinaron más hacia el confucianismo, como los Song; otras, hacia el legismo, como los primeros Ming; otras reforzaron ambos, como en tiempos de Taizong de Tang. Pero ninguna dinastía que prosperase intentó volver al legismo puro o al confucianismo puro. Uno era demasiado quebradizo, como había demostrado Qin. El otro, demasiado blando, como habían demostrado los Zhou Orientales. La mezcla era la única opción sostenible.
Fue un descubrimiento fundamental para la política china, de una importancia comparable a la creación de los ritos por el duque de Zhou. El duque había descubierto cómo «sustituir las cualidades personales por instituciones», aunque su aplicación no tuviera pleno éxito. En tiempos de Wu se descubrió cómo «sustituir la blandura o la dureza puras por una combinación de ambas». La suma de los dos descubrimientos definió el marco básico de la política china posterior.
VI. Funcionarios implacables y funcionarios virtuosos: las dos caras del sistema
La burocracia Han presentaba dos tipos de funcionarios de estilos radicalmente distintos.
Los funcionarios implacables: Zhang Tang, Du Zhou, Yi Zong y Wang Wenshu. Famosos por sus leyes severas y sus castigos rigurosos, aplicaban la ley sin favoritismos —o, dicho de otro modo, con una crueldad despiadada—. Golpeaban a los poderosos locales, eliminaban adversarios y servían de puño de hierro a la política centralizadora de Wu. Zhang Tang dirigió la revisión de las leyes: las disposiciones se volvieron cada vez más minuciosas, y las penas, cada vez más duras.
Los funcionarios virtuosos: entre los ejemplos posteriores dentro de la dinastía Han figuran Huang Ba, Gong Sui y Shao Xinchen. Se distinguían por gobernar con virtud y educar al pueblo: trataban a la gente con generosidad, fomentaban la agricultura y la cría de gusanos de seda, construían obras de riego y reducían los procesos penales y los encarcelamientos. Como gobernador de Yingchuan, Huang Ba convirtió una región sumida en el desorden en la comandancia modelo del imperio.
No eran dos tipos opuestos. Eran las dos caras de un mismo sistema. El sistema necesitaba a ambos. Empleaba a los implacables, el rostro legista, contra los poderosos y sus adversarios políticos; a los virtuosos, el rostro confuciano, con la población común. El sistema mostraba un rostro distinto a cada destinatario. No era hipocresía: era diferenciación de funciones.
Desde la perspectiva del resto, los implacables gestionaban «los grupos de intereses golpeados por la concentración del poder»: los potentados locales, lo que quedaba del poder de los reyes territoriales, la antigua aristocracia que se negaba a colaborar. Los virtuosos gestionaban «el agotamiento social provocado por una movilización estatal intensa»: el descontento popular, la ruina económica y la pérdida de población.
Dos restos distintos exigían dos tratamientos distintos. Enviar a los implacables contra el agotamiento social, reprimiendo con más dureza, convertía el cansancio en furia. Enviar a los virtuosos contra los poderosos, educándolos con suavidad, les daba todavía más impunidad. La herramienta tenía que corresponder al problema.
Pero aquella división del trabajo encerraba un peligro: la frontera entre ambos tipos de funcionario podía desdibujarse. Quien actuaba con implacable dureza contra los potentados podía acostumbrarse a hacer lo mismo con la gente común. La violencia crea adicción; el castigo severo tiende a propagarse. Zhang Tang empezó por atacar a los poderosos y acabó fabricando innumerables condenas injustas que arrastraron también a inocentes. La herramienta se volvía contra quien la utilizaba.
Las dinastías posteriores tropezaron una y otra vez con ese problema. La Guardia del Brocado y el Depósito Oriental de los Ming se crearon para vigilar a los poderosos y terminaron sembrando el terror en toda la sociedad. El ámbito de actuación de los organismos represivos tiende siempre a expandirse: al hacerlo, aumentan su propio poder y sus recursos. Nadie tiene incentivos para poner límites a un organismo que ya dispone de los instrumentos de la violencia.
Este es el resto inherente a la herramienta legista: la violencia no sabe dónde detenerse. Le das un cuchillo al sistema y le señalas contra quién usarlo. Después de usarlo contra esas personas, no suelta el cuchillo sin más. Busca a alguien más contra quien usarlo. Porque el propio cuchillo necesita que lo usen.
VII. La catástrofe de la brujería: la soledad última del poder
En los últimos años de Wu se produjo la catástrofe de la brujería, en el 91 a. C.
El desarrollo de los hechos es extremadamente complejo; su estructura central, muy sencilla. Wu sospechaba que alguien lo maldecía mediante hechicería. El funcionario represor Jiang Chong aprovechó la ocasión para lanzar una gran purga política. Acusado falsamente, el príncipe heredero Liu Ju se vio obligado a alzarse en armas para defenderse. Derrotado, se suicidó. La emperatriz Wei Zifu también se suicidó. Decenas de miles de personas fueron ejecutadas por quedar implicadas en el caso.
Suele atribuirse la tragedia al deterioro del juicio del anciano Wu y a la manipulación de sus funcionarios implacables. Pero, desde la construcción, dejó al descubierto un problema más profundo: la concentración extrema del poder termina por producir una escasez extrema de confianza.
Wu reinó cincuenta y cuatro años. Golpeó a los reyes territoriales, purgó al grupo de los servidores meritorios —los cancilleres se sucedían con frecuencia, y varios fueron ejecutados o se suicidaron—, controló a la burocracia por medio de funcionarios implacables y las arterias de la economía mediante el monopolio de la sal y el hierro. El poder quedó concentrado en sus manos, y solo en las suyas.
Pero concentrar el poder tiene un efecto secundario: cada vez sabes menos de quién fiarte. Has golpeado a todos los que podían amenazarte, pero también a todos los que podían sostenerte. Bajo una presión extrema, la frontera entre «puede amenazarme» y «puede apoyarme» se vuelve borrosa. Un ministro capaz tiene capacidad para ayudarte y capacidad para ponerte en peligro. ¿Cómo distingues una cosa de la otra? Al final ya no puedes. Solo te queda sospechar de todos.
La catástrofe de la brujería fue la expresión extrema de ese hundimiento de la confianza. Wu ya no se fiaba ni de su propio heredero. Interpretó su defensa armada como un intento de rebelión. El recelo entre padre e hijo se convirtió en una sangrienta guerra civil.
Este es el resto último de una construcción de alta densidad: el colapso cognitivo de quien la maneja. El hombre que lo controla todo termina aplastado por la propia necesidad de controlarlo todo. Los funcionarios implacables monopolizan sus canales de información, porque es en ellos en quienes confía para vigilar al mundo entero. El miedo deforma su juicio, porque cuanto mayor es el poder, mayor es el terror a perderlo. Las relaciones de poder sustituyen por completo a las relaciones humanas, hasta convertir el vínculo entre padre e hijo en una partida política.
Fue la versión de Wu del «dilema de Pan Geng». No: fue algo más profundo. Pan Geng se enfrentaba a un problema exterior, el crecimiento del poder aristocrático. Wu se enfrentaba al hundimiento psicológico del propio operador después de haber concentrado el poder hasta el extremo. Era un problema interno que ningún diseño institucional podía resolver, porque el problema estaba en quien manejaba la institución, y ese mismo hombre era su vértice supremo.
Es posible que Qin Shi Huang conociera una soledad y unas sospechas parecidas. Sus conductas finales —las continuas giras por el imperio y la búsqueda del elixir de la inmortalidad— tenían un marcado tinte de ansiedad y obsesión. Pero no disponía del marco confuciano de examen de conciencia, y sus sospechas lo acompañaron hasta la muerte. Después de la catástrofe de la brujería, Wu tuvo un breve momento de lucidez. De él nació el Edicto de Luntai.
La lucidez llegó demasiado tarde. El heredero ya estaba muerto. La emperatriz Wei ya estaba muerta. Decenas de miles de personas ya estaban muertas. Durante sus dos últimos años, Wu tuvo ante sí una corte que él mismo había vaciado: los más capaces estaban muertos o tan aterrorizados que ya no se atrevían a hablar.
La concentración extrema del poder acaba produciendo la soledad extrema del poder. La soledad es el resto último de la construcción centralizadora. Nadie puede acompañarte en la cima, porque cualquiera que esté a tu lado representa una amenaza potencial. Has eliminado todas las amenazas, y con ellas toda compañía. Lo controlas todo. Y lo has perdido todo.
Ese resto reaparecería una y otra vez en la historia china: las suspicacias de Taizong de Tang en su vejez, las grandes purgas de Taizu de Ming, la desconfianza generalizada que provocó la política de memoriales secretos de Yongzheng. Los últimos años de cada emperador poderoso ofrecen una versión distinta del mismo resto.
VIII. La herencia: un sistema operativo para dos mil años
Wu no legó a la posteridad unas políticas concretas. Muchas de ellas —el monopolio de la sal y el hierro, la expansión exterior, el gobierno mediante funcionarios implacables— fueron modificadas o abolidas después de su muerte. Lo que dejó fue el marco de un sistema operativo.
Sus parámetros fundamentales eran estos:
En política, comandancias y condados más centralización del poder: la herencia Qin, que la sociedad había llegado a aceptar tras el aterrizaje suave de los primeros setenta años Han.
En ideología, supremacía de la doctrina confuciana: el diseño de Dong Zhongshu, que daba al poder centralizado legitimidad moral y un mecanismo flexible de restricción.
En economía, control estatal de los recursos esenciales más gestión privada de las actividades corrientes: la frontera establecida por el monopolio de la sal y el hierro, reajustada durante dos mil años sin una modificación de fondo.
En control social, fusión confuciano-legista: combinar el control blando —educación moral, ética y opinión pública— con el duro —leyes, castigos y burocracia—.
El sistema no era perfecto; ya hemos visto sus distintos restos. Pero era lo bastante bueno. Aquí, «lo bastante bueno» quiere decir algo preciso: liberaba el resto a una velocidad inferior a la de su propia reparación. Por eso podía seguir funcionando durante mucho tiempo.
El sistema Qin liberaba el resto demasiado deprisa: se derrumbó en quince años. Su capacidad de autorreparación era nula, pues no permitía reconocer errores ni rectificar. Por eso no era sostenible.
El sistema de Wu liberaba el resto más despacio, porque la doctrina confuciana lo amortiguaba y le daba cauces de salida. Además, contaba con cierta capacidad de autorreparación: la resonancia entre el Cielo y los seres humanos y los edictos de autocrítica proporcionaban un marco para reconocer errores y corregirlos. Por eso podía durar.
Poder durar mucho no es poder durar para siempre. El resto seguía acumulándose y, llegado a cierto punto, el sistema volvería a derrumbarse. La usurpación de Wang Mang al final de los Han Occidentales fue fruto de esa acumulación. Pero, tras el derrumbe, una nueva dinastía volvía a poner en marcha el mismo sistema operativo. Era la única solución que había demostrado ser «lo bastante buena». No había otra mejor.
Desde el duque de Zhou hasta Wu, la política china pasó por tres grandes versiones de su sistema operativo:
Versión 1.0, el duque de Zhou: enfeudamiento, ritos y música, y organización de los linajes. Predominio del control blando. Funcionó unos trescientos años. Versión 2.0, Shang Yang y Qin Shi Huang: comandancias y condados, gobierno mediante la ley y registro directo de los hogares como súbditos del Estado. Predominio del control duro. Funcionó quince años. Versión 3.0, Wu y Dong Zhongshu: comandancias y condados, fusión confuciano-legista y poder centralizado. Combinación de lo blando y lo duro. Funcionó dos mil años, con toda clase de parches y actualizaciones.
La versión 3.0 no duró dos mil años porque resolviera todos los problemas: no los resolvió. Duró porque alcanzó un equilibrio hasta entonces desconocido en la gestión del resto. No dependía enteramente del control blando de la versión 1.0, eficaz pero demasiado frágil, ni del control duro de la 2.0, eficiente pero demasiado brutal. Encontró un punto de equilibrio dinámico entre ambos. No era un punto fijo: cada dinastía, cada generación de emperadores lo reajustaba. Pero todos los ajustes se hacían dentro del mismo marco.
El marco no cambiaba. Solo cambiaban los parámetros.
En el próximo ensayo: Wang Mang, el hombre que llevó la codificación hasta el límite. No quería modificar la versión 3.0. Quería volver a la 1.0. Un hombre que intentó hacer retroceder el tiempo, y la respuesta que le dio el tiempo.
Esta edición en español es una reescritura independiente pensada para lectores hispanohablantes.