Ensayo 8. Chu, Han y los primeros Han occidentales: de la máquina de guerra a «dejar las cosas en paz»
Qin se derrumbó. La rapidez de la caída dejó a todos atónitos: diez años para barrer a los seis reinos, tres para sucumbir ante gente de a pie. Un superimperio que abarcaba todo el mundo conocido acabó derribado por…
Qin se derrumbó. La rapidez de la caída dejó a todos atónitos: diez años para barrer a los seis reinos, tres para sucumbir ante gente de a pie. Un superimperio que abarcaba todo el mundo conocido acabó derribado por unos campesinos armados con azadas y cañas de bambú.
Pero, una vez derribado, ¿qué?
La pregunta reaparece una y otra vez en la historia china. Cada vez que se desploma la vieja construcción, se abre un breve vacío de poder. Durante ese intervalo compiten distintas configuraciones hasta que una se impone y queda establecida la nueva construcción. Ocurrió cuando Yu transmitió el poder a Qi, cuando los Zhou sustituyeron a los Shang y durante la eliminatoria de los Reinos Combatientes. Volvió a ocurrir después de la caída de Qin.
Esta vez la competición fue especialmente tajante: dos hombres, dos configuraciones y cinco años para decidir quién ganaba.
I. Xiang Yu: el último aristócrata
Xiang Yu era nieto de Xiang Yan, miembro de la antigua nobleza de Chu. Ese origen lo definía por entero.
Su capacidad militar era aristocrática: nadie podía igualar su valor ni su fuerza en combate. «Mi fuerza arranca montañas; mi ímpetu abarca el mundo» no era una exageración: como combatiente individual, era realmente el más formidable de su época. Su manera de hacer la guerra también era aristocrática: marchaba al frente de sus hombres y encendía el valor de todo el ejército con el suyo. En Julu hizo romper las ollas y hundir las embarcaciones para cortar toda posibilidad de retirada; en Pengcheng, con treinta mil jinetes, desbarató la coalición de quinientos sesenta mil hombres de Liu Bang. Aristocrático era, asimismo, su proyecto político: tras destruir Qin, repartió el territorio entre dieciocho señores y se reservó el título de Rey Hegemón de Chu Occidental. En el fondo, pretendía volver al orden feudal de los Zhou.
Xiang Yu vivía en la época equivocada. Sus instintos, su formación y hasta los límites de su imaginación pertenecían a un mundo que ya había desaparecido: el mundo aristocrático. Allí las guerras eran duelos entre héroes, el poder nacía del valor personal y del linaje, y el orden se sostenía mediante la concesión de feudos y la lealtad.
Pero Qin había destruido aquel mundo. Al registrar a las familias como hogares sometidos por igual al Estado, había desarticulado los clanes; con los títulos concedidos por mérito militar, había deshecho la aristocracia hereditaria; con el sistema de comandancias y distritos, había puesto fin a la autonomía feudal. La base social del mundo que Xiang Yu quería restaurar ya no existía. Estaba levantando un castillo sobre arena.
No había pasado un año desde que Xiang Yu repartió los dieciocho dominios cuando sus señores empezaron a guerrear entre sí. La causa no era su falta de lealtad, aunque algunos, desde luego, no eran leales. Qin había arrasado todas las condiciones que permitían funcionar al feudalismo: una red estable de aristócratas hereditarios, la identificación con un territorio acumulada durante generaciones y un tejido de alianzas basado en la sangre y el matrimonio. La mayoría de los hombres a los que Xiang Yu concedió tierras eran caudillos surgidos de la guerra, no familias nobles arraigadas en una región desde hacía generaciones. No tenían un vínculo orgánico con sus dominios. Los habían obtenido así: ganaban batallas y Xiang Yu les entregaba un trozo de tierra. Aquello no era feudalismo. Era reparto del botín. Y repartir un botín no produce lealtad.
El fracaso del reparto de Xiang Yu nada tenía que ver con su genio militar. Ganó todas las batallas, o casi, y perdió la estructura entera. Una configuración equivocada no se vuelve acertada porque quien la maneja posea un talento excepcional. Lo único que hace es fracasar con una energía mayor.
II. Liu Bang: el primero que se negó a seguir el juego
Liu Bang era jefe del puesto de Sishui, en el distrito de Pei. Un funcionario de ínfimo rango. Sin sangre noble, sin preparación militar, sin formación erudita. Entre los emperadores fundadores de la historia política china, pocos habían partido de tan abajo.
Pero tenía algo que a Xiang Yu le faltaba: ninguna configuración antigua ponía límites a su imaginación.
Xiang Yu llevaba en la cabeza un plano de cómo debían ser las cosas: el plano aristocrático. Todo cuanto hacía apuntaba a realizarlo. Liu Bang no tenía plano. No tenía teoría, ni credo, ni una idea previa de cómo debía organizarse el mundo. Tenía instinto de supervivencia y buen ojo para juzgar a las personas.
En teoría, carecer de plano es un defecto: falta una dirección. En la práctica es una ventaja: no se arrastra ningún lastre. Liu Bang no descartaba una solución eficaz porque «no encaja con mis ideales». Le daba igual que fuera elegante. Lo que le importaba era que funcionara.
En el terreno militar, ese pragmatismo tomó una forma concreta: Liu Bang supo recurrir de manera sistemática a una estrategia asimétrica.
En el ensayo sobre los Reinos Combatientes vimos que Qin pudo barrer a los seis reinos, en parte, porque todos jugaban al mismo juego: buscar la batalla decisiva, lanzar el grueso de un ejército contra el grueso del otro. A nadie se le ocurrió cambiar de terreno. La configuración de Qin, que lo apostaba todo a una carta, era la más eficaz en ese juego. Por eso ganó.
Xiang Yu heredó aquel modo de jugar. Su filosofía de guerra consistía en concentrar las fuerzas, atacar de frente y aplastar al contrario con una superioridad militar absoluta. La batalla de Julu fue la culminación de esa filosofía.
Liu Bang no podía vencer a Xiang Yu. Perdió incontables enfrentamientos directos. La peor derrota fue la de Pengcheng: quinientos sesenta mil hombres desbaratados por treinta mil jinetes, y su padre y su esposa hechos prisioneros. Si también él hubiera creído que una batalla frontal debía decidirlo todo, después de Pengcheng le habría tocado dar el juego por perdido.
Pero no se dio por vencido. Cambió de manera de combatir: contigo no voy a librar la batalla decisiva. ¿Ahí es donde eres fuerte? Pues no voy a darte la ocasión.
En concreto, hizo lo siguiente. En el frente, mantuvo a Xiang Yu atado a una sólida línea defensiva, en el largo pulso entre Xingyang y Chenggao: sin tomar la iniciativa de atacar, sin buscar una batalla definitiva. Por el flanco, envió a Han Xin a rodearlo desde el norte y eliminar uno tras otro a sus aliados y vasallos, sometiendo Wei, Zhao y Qi; así le arrebataba profundidad estratégica y recursos humanos. En la retaguardia, Peng Yue hostigaba una y otra vez sus líneas de abastecimiento, de modo que a Xiang Yu siempre le escaseaban las provisiones. Y en la diplomacia, atrajo a hombres del bando enemigo: la defección de Ying Bu fue uno de los giros decisivos.
Era una estrategia de desgaste completa. Su lógica era esta: tu configuración se lo juega todo a una carta; atacar es tu fuerte, aguantar es tu punto débil. No voy a competir contigo atacando, sino aguantando. No puedo acabar contigo por puro desgaste, pero sí impedirte encontrar una manera de ganar. Y quien no encuentra la manera de ganar ya está perdiendo.
Probablemente Liu Bang no habría explicado su estrategia con estas palabras. Pero, en la práctica, eligió bien. El acierto no procedía de la teoría: no había leído tratados militares; de eso se ocupaba Han Xin. Procedía de una capacidad más elemental: saber qué no era capaz de hacer.
Saber qué no puedes hacer importa más que saber qué puedes hacer. Xiang Yu sabía lo que se le daba bien, la guerra, pero no reconocía lo que se le daba mal: gobernar, negociar, transigir, esperar. Liu Bang conocía sus límites. Combatiendo no estaba a la altura de Xiang Yu; urdiendo estrategias, a la de Zhang Liang; al mando de un ejército, a la de Han Xin; en la logística, a la de Xiao He. Dejó, por tanto, que cada cual hiciera lo que sabía hacer y se reservó una sola tarea: reunirlos y orientarlos hacia el mismo objetivo.
Era una manera de mandar completamente distinta. El liderazgo de Xiang Yu era heroico: soy el más fuerte, así que seguidme. El de Liu Bang era organizativo: no soy el más fuerte, pero sé hacer que los más fuertes trabajen para mí. El techo del liderazgo heroico es la capacidad del propio héroe. El del liderazgo organizativo es la suma de las capacidades de todos aquellos a quienes la organización consigue integrar.
El techo de Xiang Yu era Xiang Yu. El de Liu Bang era Liu Bang + Zhang Liang + Han Xin + Xiao He + Chen Ping + Cao Shen +…
En Gaixia, Xiang Yu quedó cercado. Canciones de Chu por los cuatro costados, la despedida del Hegemón y su amada Yu Ji, el suicidio en Wujiang, cortándose la garganta. El último aristócrata salió de escena de la manera más aristocrática posible: sin rendirse, sin aferrarse a una vida indigna, poniendo él mismo el punto final. Como su vida entera, aquel desenlace era estéticamente perfecto y estructuralmente equivocado.
III. Comandancias y reinos: el compromiso da elasticidad
Una vez proclamado emperador, en 202 a. C., Liu Bang se encontró ante la pregunta fundamental: ¿cómo organizar todo aquel mundo?
¿Solo comandancias y distritos? Qin acababa de intentarlo y había desaparecido a los quince años. ¿Solo feudalismo? Xiang Yu acababa de intentarlo y no había pasado un año antes de que empezaran a pelearse.
La solución de Liu Bang fue un régimen mixto: comandancias y reinos coexistiendo. Guanzhong y parte de las regiones centrales quedarían bajo el sistema de comandancias y distritos, administradas directamente por el poder central. El resto se repartiría entre reyes del linaje imperial y otros reyes de distinto apellido que habían prestado servicios meritorios.
Teóricamente, la solución carecía de elegancia. Dentro de un mismo sistema funcionaban dos lógicas contradictorias. Las comandancias y los distritos respondían a la centralización; los reinos, a la autonomía local. Una fuerza centrípeta y otra centrífuga. Su convivencia tenía que generar tensión.
Pero esa era precisamente la ventaja de la solución de Liu Bang. La tensión es elasticidad. Un sistema con tensión no se rompe de golpe. En el régimen puro de comandancias y distritos de Qin no existía esa tensión: todas las fuerzas apuntaban en una misma dirección, hacia el centro. Bastaba, por tanto, que el centro fallase para que todo el sistema se viniera abajo a la vez. El sistema mixto de Liu Bang sí tenía tensión: entre el centro y los poderes locales quedaba un margen de negociación y pugna. Ese margen era una zona de amortiguación para el resto.
Los reyes ajenos al linaje imperial pronto fueron objeto de una purga: Han Xin, Peng Yue y Ying Bu fueron ejecutados o depuestos, uno tras otro. La confianza de Liu Bang en ellos tenía límites. La lealtad de quien ha prestado servicios no es la misma que la de un pariente. La primera descansa en un intercambio de intereses: cambian los intereses y cambia la lealtad. El parentesco impone, al menos, una restricción psicológica. Tampoco muy firme, como demostraría después la Rebelión de los Siete Reinos.
Tras purgar a los reyes de otros linajes, Liu Bang fijó una regla: «Quien no sea Liu no será rey». Solo podían recibir un reino quienes llevaban el apellido Liu. La norma confinaba el feudalismo al interior de la familia imperial: dibujaba alrededor de él un círculo de sangre. Dentro quedaba la zona de confianza, aunque no fuese de fiar por completo. Fuera, la zona de control, administrada mediante comandancias y distritos.
Desde el punto de vista de la gestión del resto, Liu Bang proponía una administración por niveles. No pretendía eliminar todos los restos mediante una sola institución, como había hecho Qin. Distribuía distintos tipos de resto entre distintos niveles institucionales. El poder central se ocupaba de los de alcance general: unificación de las leyes, de los impuestos y del ámbito militar. Los reinos atendían a los locales: las circunstancias particulares de cada región, el acomodo de sus élites y la convivencia de diferencias culturales.
No era perfecto. Los reinos acabarían haciéndose demasiado poderosos; ahí estaba, para demostrarlo, la Rebelión de los Siete Reinos. Pero «imperfecto y capaz de funcionar» es mucho mejor que «perfecto y quebradizo». Liu Bang eligió una solución con problemas pero con elasticidad, en lugar de una sin problemas que se hacía añicos al tocarla. Quizá fue una elección intuitiva, sin fundamento teórico. Aun así, le salvó la vida a la dinastía Han.
IV. Huang-Lao y la no acción: la filosofía de dejar las cosas en paz
Después de Liu Bang, la emperatriz Lü ejerció el poder durante quince años. Luego llegaron los emperadores Wen y Jing, en el periodo conocido como «el buen gobierno de Wen y Jing». La filosofía política de aquella época tenía un nombre preciso: Huang-Lao.
El principio central de Huang-Lao era «gobernar mediante la no acción». Dejar las cosas en paz. Intervenir menos. Permitir que la sociedad se recuperara por sí sola.
No eligieron ese camino porque Wen y Jing resultaran ser, por casualidad, seguidores del taoísmo. Fue una necesidad estructural.
Entre el final de Qin y el comienzo de Han, las guerras incesantes habían dejado maltrecha a la sociedad. La población se había desplomado: de unos veinte millones al final de Qin a quizá menos de quince millones al inicio de Han. La economía estaba devastada: «Ni el Hijo del Cielo podía reunir una cuadriga de caballos iguales, y generales y ministros llegaban a viajar en carros de bueyes». El emperador no conseguía cuatro caballos del mismo color para su carro; el canciller tenía que conformarse con los bueyes. La confianza social se había hundido.
En esas condiciones, cualquier política de intervención activa era peligrosa. Intervenir significaba recaudar, exigir prestaciones de trabajo, hacer cumplir las leyes: formas, todas ellas, de exprimir a la sociedad. Y una sociedad exprimida hasta el límite por las grandes obras de Qin y por años de guerra no soportaba que la exprimieran más.
La no acción de Huang-Lao no era un ideal político definitivo. Era una estrategia de recuperación después del trauma. A un enfermo que acaba de pasar por una gran operación, lo mejor no es volver a operarlo: es dejarlo descansar. Que la herida cierre. Que el cuerpo se reponga. Lo mejor que puede hacer el médico es no complicar las cosas.
Vista desde la construcción, la no acción de Huang-Lao era una estrategia insólita: su propuesta central consistía en no construir. No dictar leyes nuevas: Xiao He había establecido las normas y Cao Shen lo siguió sin cambiar ni una. No imponer nuevas políticas. No embarcarse en grandes obras ni en grandes guerras. Aligerar las prestaciones de trabajo y los impuestos. Dar respiro a la población.
Aquí se producía una resonancia curiosa con la «no acción» taoísta. La del taoísmo era una tesis filosófica: el mejor orden es aquel en el que no se interviene. La de los primeros Han era una conclusión práctica: en las circunstancias actuales, la mejor estrategia es no intervenir. Partían de lugares distintos, uno de la teoría y otro de la situación, pero llegaban al mismo sitio: hacer menos.
En un nivel más profundo, la no acción de Huang-Lao suponía una reacción estructural contra la configuración de Qin. Qin se había caracterizado por una densidad altísima de la construcción: las leyes llegaban a cada rincón, el Estado penetraba en cada hogar y ninguna conducta quedaba sin regular. Huang-Lao, al inicio de Han, se caracterizaba por reducir deliberadamente esa densidad: simplificar las leyes, aplicarlas con flexibilidad y dejar a la sociedad amplias zonas grises y espacios de autonomía.
Reducir la densidad implicaba reconocer algo importante: el resto necesita espacio. El fracaso de Qin había mostrado que llevar a cero el espacio del resto provoca la rotura brusca del sistema. La respuesta de los primeros Han fue abrir de nuevo ese espacio. No eliminas el resto: le das un lugar donde pueda vivir sin amenazar la construcción. Allí sigue su propio curso, sin acumularse hasta estallar.
Era la primera estrategia consciente, o semiconsciente, de gestión del resto en la historia política china. En vez de reforzar la construcción para reprimir el resto, se aflojaba la construcción para darle salida. Dar salida resulta mucho más sostenible que reprimir: el coste de la represión crece, porque cuanto más se aprieta el resto, más fuerza cobra; el de dejarlo salir disminuye, porque, si tiene una salida, ya no se acumula.
V. El emperador Wen: elegir contenerse
Liu Heng, el emperador Wen de Han, es uno de los soberanos más infravalorados de la historia política china.
No porque le faltaran méritos: las bases materiales del buen gobierno de Wen y Jing se asentaron sobre todo durante su reinado. Lo que les faltaba era dramatismo. ¿Qué hizo? No hacer. O, dicho con más precisión, elegir no hacer muchas cosas para las que tenía todo el poder necesario.
Redujo el impuesto sobre la tierra y concedió exenciones. Al principio de Han se pagaba una quinceava parte de la cosecha; Wen lo redujo a una treintava. Algunos años lo suprimió por completo. No era un gobierno con las arcas rebosantes haciendo caridad: al inicio de Han el tesoro distaba mucho de rebosar. Era una decisión política consciente: que pasara apuros el tesoro, con tal de que la población recobrara fuerzas.
Abolió las penas de mutilación. Ordenó eliminar castigos heredados de la legislación de Qin, como tatuar el rostro, cortar la nariz o amputar los pies, y sustituirlos por golpes de vara u otras penas más leves. Fue un giro decisivo en la historia jurídica china: del severo punitivismo de Qin hacia una justicia relativamente más humana.
No construyó palacios. En sus veintitrés años de reinado apenas levantó ninguno. Una vez quiso edificar una terraza elevada desde la que contemplar el paisaje. Los artesanos calcularon que costaría cien unidades de oro. Wen respondió: «Cien unidades de oro son el patrimonio de diez familias de condición media». Era todo lo que poseían diez hogares de condición media. Y canceló el proyecto.
Dejó ordenado un entierro austero. Su edicto testamentario exigía simplificar las exequias y emplear únicamente objetos de barro como ajuar funerario, sin oro ni plata. «Los funerales suntuosos arruinan a las familias; el luto excesivo perjudica a los vivos. Lo desapruebo por completo». En pocas palabras: nada de arruinar una casa ni castigar a los vivos para honrar a un muerto.
Tomados por separado, estos hechos parecen poca cosa. Juntos dibujan un retrato de emperador extraordinariamente raro: el de alguien que limita su poder por voluntad propia.
La expresión decisiva es «por voluntad propia». No porque hubiera un freno externo: ni canciller, ni parlamento, ni fuerza institucional alguna limitaban a Wen. Tampoco por falta de capacidad: sujetaba el poder con firmeza y eliminó a los reyes de Jibei y Huainan que habían intentado rebelarse. Se contenía porque él había elegido contenerse.
Desde la perspectiva de cincelar y construir, la contención de Wen era una intervención consciente de quien manejaba la construcción para regular su densidad. Tenía poder para aumentarla: subir los impuestos, construir palacios, ampliar el ejército, emprender grandes obras. Y elegía no hacerlo. Sabía, quizá por la lección de Qin, que una construcción demasiado densa se quiebra de golpe. Por eso mantenía deliberadamente baja su densidad.
Pero aparece una paradoja: la contención de Wen era fruto de una cualidad personal, no de una institución. Ninguna institución exigía a un emperador Han que se limitara a sí mismo. Que Wen lo hiciera no garantizaba que sus sucesores fueran a hacerlo.
Estructuralmente, era la misma debilidad de la construcción basada en la cesión del poder a un sucesor elegido por sus méritos: el sistema dependía de que quien lo manejaba siguiera conteniéndose. La contención es una virtud personal, no algo que suministre una institución. No se puede exigir que en cada generación aparezca un emperador como Wen. Después de Wen llegó Jing, que aún respetó bastante las reglas. Después de Jing llegó Wu. Wu no se contuvo. Era un hombre lleno de energía, lleno de ambición, decidido a «hacer cosas». En sus manos terminó la no acción de Huang-Lao.
El cambio no se produjo porque Wu fuera peor que Wen. En cuanto a capacidad personal, quizá era incluso superior. La razón fue otra: dos generaciones de recuperación bajo Wen y Jing habían acumulado un enorme excedente social. El tesoro estaba lleno, la población se había recuperado, la economía prosperaba. Para un emperador decidido a actuar, aquel excedente eran recursos disponibles para gastar a manos llenas. Wen había ahorrado. A Wu le tocaba gastar.
También esto es conservación del resto. La no acción de Huang-Lao había creado holgura material, y esa misma holgura se convertía en resto: tentaba a quien poseía el poder a utilizarla. La riqueza reunida con ahorro se volvía, en la generación siguiente, capital para el despilfarro. La paz cultivada mediante la contención se volvía punto de partida de la expansión. La herencia de Wen incluía tanto una inercia institucional, las políticas de impuestos bajos y menores prestaciones de trabajo, como una tentación material, el tesoro rebosante. Qué parte elegía heredar la siguiente generación dependía del carácter de quien tomara los mandos.
VI. La Rebelión de los Siete Reinos: saldar el resto del sistema mixto
En tiempos de Wen y Jing, el resto que llevaba dentro la coexistencia de comandancias y reinos terminó por manifestarse.
Liu Pi, rey de Wu, se alió con otros seis reyes para rebelarse en 154 a. C. El pretexto era la oposición a la política central de recorte de los dominios feudales, expuesta en la Propuesta de reducción de los dominios feudales de Chao Cuo. La Rebelión de los Siete Reinos tuvo una escala considerable: la coalición de Wu y Chu afirmaba reunir varios cientos de miles de hombres. Zhou Yafu la sofocó en tres meses.
Su importancia no reside en el desarrollo militar, pues tanto la organización como el mando de los rebeldes fueron torpes, sino en el problema estructural que dejó al descubierto.
Cuando Liu Bang diseñó el sistema mixto, su razonamiento había sido este: por los lazos de sangre, los reyes del mismo linaje son más fiables que los de otro apellido. Pero en la tercera generación, Liu Bang → Wen → Jing, la sangre que unía a los reyes con el emperador ya se había diluido. Liu Pi, rey de Wu, era sobrino de Liu Bang; respecto de Jing era ya un pariente lejano, separado por varios grados. La lealtad de un pariente lejano no es la de uno cercano. El resentimiento de Liu Pi contra la corte Han pesaba mucho más que su sentimiento de pertenencia a la casa imperial de los Liu: Jing, cuando aún era príncipe heredero, había causado sin querer la muerte del hijo y heredero de Liu Pi al golpearlo.
Era exactamente el problema al que se había enfrentado el feudalismo del duque de Zhou: la sangre se diluye. El sistema del duque compensaba esa dilución mediante los ritos y la música. ¿Con qué la compensaba la coexistencia de comandancias y reinos de Liu Bang? Con nada. Liu Bang no había diseñado un mecanismo de integración cultural que acompañara a su sistema. Se había limitado a injertar toscamente el feudalismo en las comandancias y los distritos, confiando en que la sangre bastase para conservar la lealtad.
El problema al que el duque de Zhou se había enfrentado unos novecientos años antes reaparecía intacto bajo una nueva envoltura institucional. El resto no desaparece porque cambies de instituciones. La dilución del parentesco es el resto común a todos los sistemas que dependen de la sangre. Da igual que recurras al feudalismo o a la coexistencia de comandancias y reinos: sigue ahí.
Después de sofocar la rebelión, el poder central empezó a debilitar sistemáticamente a los reyes. Jing redujo la autonomía administrativa de sus dominios y les retiró la potestad de nombrar funcionarios. Bajo Wu llegó el edicto de extensión de los favores, un golpe a la raíz del problema: las tierras de cada rey debían repartirse por igual entre todos sus hijos, en vez de transmitirse solo al primogénito de la esposa principal. Así, con cada generación, cada reino se dividía automáticamente en otros menores. Al cabo de varias generaciones, los grandes dominios quedaban reducidos a parcelas de tamaño parecido al de las comandancias y los distritos.
La sutileza del edicto consistía en que no obligaba a enfrentarse con nadie. No estabas recortando dominios: estabas «extendiendo los favores», permitiendo que los otros hijos del rey también recibieran tierras. Qué generosidad. Cada hijo de una concubina al que le tocaba una parcela se convertía en beneficiario y defensor del edicto. El primogénito de la esposa principal perdía, en teoría, con la partición. Pero no podía oponerse en público a que «padre les dé también unas tierras a mis hermanos menores»: habría sido oponerse a la piedad filial y a los deberes entre hermanos. El coste moral era demasiado alto.
El edicto de extensión de los favores fue uno de los diseños institucionales más elegantes de la historia política china. Utilizaba a los beneficiarios para neutralizar a los adversarios. Convertía a las víctimas del resto en administradores del resto. Resolvía el problema mediante una redistribución de intereses, dando a más personas porciones más pequeñas de la tarta, en lugar de recurrir a la violencia, pues reducir por la fuerza los dominios exigía una guerra. El precio era el debilitamiento permanente de los reyes. La ganancia, que el poder central no tenía que librar una segunda Rebelión de los Siete Reinos.
Después del edicto, la coexistencia de comandancias y reinos sobrevivió solo de nombre. Seguía habiendo reyes, pero únicamente conservaban las rentas de sus feudos y títulos vacíos, sin un poder administrativo o militar efectivo. Las comandancias y los distritos se convirtieron, de hecho, en el único modelo de gobierno local.
La solución transitoria de Liu Bang había cumplido su misión histórica. Después del fracaso del régimen puro de comandancias y distritos de Qin, había ofrecido un amortiguador. Conforme la sociedad se recuperaba, se fue estrechando su margen hasta volver al cauce de las comandancias y los distritos. Esta vez, sin embargo, el regreso fue gradual y flexible, en vez de una imposición violenta. Durante la transición, la sociedad había aprendido a vivir con la lógica del sistema y ya no reaccionaba con la intensidad de la época de Qin.
El tiempo resolvió lo que Qin no había podido resolver. No porque las comandancias y los distritos de Han fueran mejores que los de Qin, sino porque Han concedió a la sociedad tiempo para adaptarse. Qin no se lo dio. Sustituyó el tiempo por la fuerza. La fuerza puede comprimir un proceso, pero no la comprensión. Comprender lleva tiempo.
VII. Jia Yi y Chao Cuo: dos destinos para el reformador
En los debates políticos de la época de Wen y Jing, Jia Yi y Chao Cuo representaron dos maneras distintas de concebir la reforma.
Jia Yi era un político de inclinación teórica. En su Memorial sobre el buen gobierno y la seguridad analizó sistemáticamente los problemas estructurales de los primeros Han: el poder creciente de los reyes, la amenaza de los xiongnu y el gusto social por el lujo. Propuso un programa de reformas preventivas. Su idea era intervenir antes de que los problemas estallaran. Lo expresó en una imagen célebre: «Dejas brasas bajo una pila de leña y duermes encima; como todavía no arde, te crees a salvo». Llevas el fuego contigo a la cama de leña y, porque aún no ha prendido, piensas que no hay peligro.
Wen aceptó parte de sus propuestas, pero no las puso en práctica en su totalidad. No porque no entendiera a Jia Yi: habían conversado hasta el amanecer. Juzgaba que la sociedad aún no podía soportar una reforma de gran alcance. Su estrategia Huang-Lao consistía en esperar: dejar que la sociedad se recuperase lo suficiente para aguantar la reforma y actuar entonces. Jia Yi no podía esperar. Murió consumido por la tristeza a los treinta y tres años.
Chao Cuo era un político de acción. Él no esperaba. En cuanto Jing subió al trono, impulsó su Propuesta de reducción de los dominios feudales y recortó directamente las tierras de los reyes. La dirección era plenamente acertada: había que debilitar a los reyes. El momento y el ritmo, en cambio, eran demasiado agresivos. Los recortes desencadenaron directamente la Rebelión de los Siete Reinos. Al comienzo de la revuelta, Jing perdió los nervios y mandó ejecutar a Chao Cuo cortándolo por la cintura. Oficialmente, pretendía «calmar la ira de los reyes». Pero ni siquiera matándolo consiguió que las tropas rebeldes se retiraran: su objetivo nunca había sido únicamente Chao Cuo.
La lección de Jia Yi: un diagnóstico correcto más una receta prematura equivalen a un esfuerzo desperdiciado. Identificaste bien el problema, pero no era el momento. Nadie te escucha y acabas muriendo de amargura.
La lección de Chao Cuo: una dirección correcta más un avance precipitado equivalen a una catástrofe. Vas por el buen camino, pero corres demasiado. Desatas la crisis que querías evitar y acabas convertido en su víctima.
Desde la perspectiva de la construcción, ambos destinos revelan la paradoja temporal de la reforma. Demasiado pronto: la sociedad no está preparada y al reformador no le hacen caso. Demasiado tarde: el problema ya ha estallado y la crisis se lo lleva por delante. Demasiado deprisa: desencadena una reacción que lo aplasta. Demasiado despacio: los males se enquistan hasta resultar irreversibles y la reforma queda en palabras.
No existe una solución universal para esta paradoja. Lo más cercano es la estrategia del edicto de extensión de los favores: convertir a los beneficiarios de la reforma en sus impulsores, hacer que la redistribución de intereses avance por su propia fuerza, sin que el reformador tenga que empujarla a costa de su vida política. Pero eso exige un talento extraordinario para el diseño institucional y una oportunidad excelente. No todos los reformadores tienen la suerte de Zhufu Yan, quien propuso el edicto. Ni todos encuentran a alguien como el emperador Wu de Han, con la capacidad y la determinación necesarias para ponerlo en práctica.
VIII. Conclusión: un aterrizaje suave para la construcción
La historia central que va de la lucha entre Chu y Han al gobierno de Wen y Jing no es el ascenso de un héroe ni la fundación de una institución. Es otra: una construcción excesivamente rígida, el sistema de Qin, se derrumba; ¿cómo encuentra la sociedad un nuevo equilibrio, poco a poco, mediante tanteos y compromisos, sin disponer de un plano completo?
A ese proceso podemos llamarlo el aterrizaje suave de la construcción.
Qin fue un aterrizaje brusco. Una construcción completa, precisa y de gran densidad se impuso de golpe a toda la sociedad. No hubo tiempo para adaptarse, ni espacio que amortiguara el golpe, ni elasticidad que lo absorbiera. El resultado fue una rotura brusca.
Los primeros Han fueron un aterrizaje suave. No había un plano completo, porque Liu Bang no tenía teoría. No había una solución definitiva aplicada de una vez, porque la coexistencia de comandancias y reinos era un compromiso. No se perseguía una alta densidad, porque la no acción de Huang-Lao la reducía deliberadamente. Precisamente por esas ausencias, la sociedad tuvo tiempo y espacio para adaptarse. A lo largo de los cerca de setenta años de recuperación de los primeros Han, incluidos los reinados de Wen y Jing, fue digiriendo el impacto del sistema de Qin, acostumbrándose a la lógica de las comandancias y los distritos y recuperando, poco a poco, la población y la economía destruidas por la guerra y la tiranía.
En tiempos de Wu, la sociedad ya estaba preparada para aceptar una construcción más activa. No porque Wu fuera más sabio que Wen, sino porque los cerca de setenta años de recuperación de los primeros Han, incluida la política de contención de Wen, le habían dejado margen para actuar.
Desde el punto de vista del resto, lo que se hizo durante los setenta primeros años de Han fue darle tiempo y espacio para ir disolviéndose por sí solo. Los restos producidos por Qin, la ira social, la ruina económica, la represión cultural y las fuerzas centrífugas locales, no los «resolvió» una política determinada. El tiempo los fue diluyendo. No los azuces, no los reprimas, no te precipites a tratarlos: deja que se liberen despacio en un ambiente relativamente distendido.
No era la manera más eficaz de gestionar el resto. Lo eficaz habría sido identificarlo con precisión y actuar de forma localizada. Pero los primeros Han no tenían capacidad para esas intervenciones precisas: apenas les alcanzaba para mantener una administración elemental. Recurrieron, pues, al método más tosco y más seguro: esperar.
Esperar es una forma de sabiduría política gravemente infravalorada. En la cultura política china se ensalza el «hacer» y se menosprecia el «no hacer». Se recuerdan las conquistas de Wu, la primacía exclusiva que concedió al confucianismo, el monopolio de la sal y el hierro. Cuesta más recordar que Wen y Jing «no hicieron nada». Pero sin aquel «no hacer nada», las «grandes realizaciones» de Wu habrían sido imposibles. Para que uno gaste, alguien tiene que haber ahorrado. Para que uno cargue contra el enemigo, alguien tiene que haber cuidado las heridas.
Las primeras etapas de las dinastías posteriores repetirían la lección. En el buen gobierno de la era Zhenguan, al comienzo de los Tang, se percibe la sombra de Huang-Lao. Zhu Yuanzhang, fundador de los Ming, tenía un carácter radicalmente distinto al de Wen, pero en el fondo también se dedicaba a «hacer reservas». Y la política del joven Kangxi, al principio de los Qing, también consistía en estabilizar primero y avanzar después. El aterrizaje suave de la construcción es un factor decisivo para la longevidad de una dinastía. Las de aterrizaje brusco duran poco: Qin, Sui. Las de aterrizaje suave viven mucho: Han, Tang, Ming, Qing.
Pero los recursos acumulados gracias al aterrizaje suave se emplean, en la generación siguiente, en una expansión a golpes. Wu gastó lo que Wen había ahorrado. Xuanzong dilapidó la fuerza del Estado reunida en la era Zhenguan. Qianlong consumió las bases que Kangxi había asentado. Ahorrar para despilfarrar, contenerse para dar rienda suelta. No porque esos emperadores lo quisieran así, sino porque la propia acumulación creaba las condiciones del derroche. La existencia de recursos es una invitación a malgastarlos.
Otra vez, conservación del resto. La holgura material acumulada mediante la contención se convierte en un resto nuevo: una fuerza que tienta a quien tome después los mandos a consumirla. El patrimonio que guardas para la generación siguiente es justamente el patrimonio que esa generación se encargará de arruinar. Ahorrar y dilapidar no son dos conductas opuestas. Son dos fases de un mismo ciclo.
En el próximo ensayo, el emperador Wu de Han: un hombre de ambición y talento extraordinarios libera la fuerza acumulada durante setenta años. Primacía exclusiva del confucianismo, edicto de extensión de los favores, monopolio de la sal y el hierro, campañas hacia el norte contra los xiongnu. Es el primer intento sistemático de la historia china de codificar el resto dentro de la propia construcción. Una vez incorporado, el resto no desaparece. Cambia de forma. A partir de entonces, se viste de confuciano.
Esta edición en español es una reescritura independiente pensada para lectores hispanohablantes.