Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
EN | 中文 | 日本語 | Français | Deutsch | Español | 한국어
← Historia económica
Ciclo Cincel–Constructo · Economía
Ensayo 14 de 23

Capítulo decimocuarto. El patrón oro: preciso hasta el último decimal, ciego donde más importa

El patrón oro fijó paridades con apariencia de ley natural, pero su ajuste operaba mediante crédito, cooperación y desempleo. La regla era exacta; la información sobre los flujos de capital y la capacidad social de soportar el ajuste no lo eran.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

1. Siete cifras después de la coma

Hubo un tiempo en que entre la libra y el dólar regía esta equivalencia: una libra esterlina por 4,8665635 dólares.

Siete cifras después de la coma.

La cifra no se había estimado. Se había definido. Gran Bretaña definía la libra como una determinada cantidad de oro, de un peso y una ley determinados; Estados Unidos hacía lo mismo con el dólar. Bastaba dividir una definición por la otra para obtener aquel número. Ninguna compraventa tenía que respaldarlo, ni la cotización de un día cualquiera podía alterarlo. Era el resultado de multiplicar dos leyes.

Multiplicar dos leyes. Conviene sopesar la expresión. Significa que ese tipo de cambio no tenía que consultar al mercado, ni a ningún comerciante, ni esperar a que se celebrara una sola operación. Ya era válido en el momento de escribirse y seguiría siéndolo todos los días, hubiera o no alguien que cambiara libras por dólares. La construcción siempre ha buscado algo así: una cifra capaz de sostenerse sin depender de ningún acontecimiento concreto.

Era la primera vez, en la historia de los libros de cuentas, que un tipo de cambio llegaba tan lejos. Las varas de los trece capítulos anteriores aún tenían que vérselas con cosas concretas: la cebada de una tablilla de arcilla, la moneda de plata que circulaba dentro de la ciudad y se partía al salir de ella, el papel cuyo valor dependía de que la autoridad reconociera la deuda, el terreno comunal que solo podía gobernarse mientras los vecinos vieran lo que ocurría. Aquí, por primera vez, la vara ya no necesitaba que una persona concreta la reconociese. Le bastaban dos leyes y un metal.

Pero un tipo de cambio fijo no es una línea. Es una franja.

Llevar oro de Londres a Nueva York costaba dinero: flete, seguro, embalaje y manipulación, los intereses del capital inmovilizado durante la travesía, una prima de riesgo y, además, el beneficio que correspondía a quien hacía el negocio. La suma de esos costes situaba un punto a cada lado de la paridad. Si el cambio superaba el punto superior, un comerciante privado podía ganar dinero: compraba oro, lo embarcaba, lo transportaba, lo convertía en la moneda del otro país y se quedaba con la diferencia. Si caía por debajo del punto inferior, hacía la operación en sentido contrario.

Conviene fijarse en qué determinaba la anchura de esa franja. Ni la fuerza de los dos países ni la mayor solvencia de uno de ellos. La determinaban los fletes, los seguros y los intereses de los días de viaje. Es decir, la parte más flexible del sistema tomaba sus graduaciones de la tabla de costes del transporte. El margen de tolerancia de la vara más abstracta del mundo lo fijaban los cargueros y las pólizas de seguro.

Así, sin que nadie tuviera que dar una orden, el tipo de cambio regresaba por sí solo al interior de la franja. El arreglo parecía casi perfecto. Y su mayor elegancia consistía en que quienes lo devolvían a su sitio no eran funcionarios, sino unos comerciantes que solo querían ganar dinero.

Hay, sin embargo, algo que debe quedar claro. Es el primer clavo del que cuelga todo lo que viene después.

El comerciante no se prestaba a hacer ese arbitraje solo porque el metal estuviera allí. También tenía que creer que las autoridades de un extremo le venderían de verdad el oro al precio legal, que las del otro extremo lo aceptarían de verdad al precio legal correspondiente y que ningún país implantaría de pronto controles de cambio antes de que su barco llegase a puerto.

Sin esa confianza, los puntos del oro no eran más que dos números sobre el papel.

Podemos avanzar un paso más. El primer eslabón de todo el mecanismo automático no era el metal, sino una expectativa. El metal solo actuaba mientras la gente creyera que se le entregaría al precio fijado; en cuanto dejaba de creerlo, el metal seguía en su sitio, pero el mecanismo ya se había detenido. La pregunta de la época Song que apareció en el capítulo sexto vuelve aquí, en otro escenario: si la autoridad no dispone de fondos, ¿cómo va a confiar la gente? La respuesta del patrón oro consistía en reunir fondos suficientes. Lo ocurrido en 1931 mostró que, aun con los fondos reunidos, la confianza podía no alcanzar.

Un sistema que decía asentar la moneda sobre un metal para dejar de depender de que alguien cumpliera su palabra seguía apoyando su pieza más precisa en una creencia. Cada una de las crisis que vendrían después volvería a comprobarlo. Y cada comprobación saldría cara.

Su prehistoria intelectual se remonta más atrás. En 1752, Hume escribió un breve ensayo sobre la balanza comercial. Sostenía que había una proporción entre el dinero y las mercancías, el trabajo y la actividad productiva, y que un excedente de oro y plata no podía quedarse acumulado para siempre en un mismo lugar. Dejó una frase que se seguiría citando durante más de doscientos años: el dinero siempre acaba regresando por sí solo, a través de cien cauces.

Por sí solo. En esas palabras reside todo el atractivo del sistema.

2. Una decisión sin coordinar

Es fácil contar después la historia del patrón oro como una línea ascendente e inevitable: el mundo se desarrollaba, las transacciones se volvían más complejas y todos acabaron eligiendo racionalmente la mejor vara.

Los documentos no sostienen esa historia.

El verdadero giro internacional tuvo lugar entre 1871 y 1873. Tras la unificación, el Imperio alemán pasó de los patrones plata de sus distintos Estados al patrón oro. Según la síntesis de un investigador, aquella reforma desencadenó una sucesión de medidas en otros países que terminó por acabar con el bimetalismo a escala mundial. Inmediatamente después, en septiembre de 1873, Francia suspendió la libre acuñación de plata. Los demás países de la Unión Monetaria Latina la fueron siguiendo, y el bimetalismo perdió su último estabilizador.

Pero el mismo investigador añade enseguida una precisión: Alemania no estaba obligada a tomar ese camino.

Durante la década de 1860 se había debatido seriamente en Alemania la posibilidad de incorporarse al sistema bimetálico encabezado por Francia. Lo que finalmente ocurrió parece, más bien, el resultado de sumar decisiones que ambos países tomaron por separado y sin coordinarse a comienzos de la década de 1870. Algunos estudiosos de aquel periodo lo llaman, sin rodeos, un accidente histórico.

Accidente histórico es un juicio de mucho peso en historia económica. No quiere decir que aquello pudiera no haber sucedido, sino que podía haber sucedido de otra manera, mientras que todos los razonamientos posteriores parten de que sucedió como sabemos. El número de países que adoptaron el oro no se deduce de ninguna ley económica. Creció a partir de unas cuantas decisiones que varios Estados tomaron, uno tras otro, en los años que siguieron a 1871.

La expansión posterior tiene su calendario: Alemania, 1871; Dinamarca, 1872; Suecia, 1873; Países Bajos, 1875; Francia, 1878. En Estados Unidos el cambio quedó consumado jurídicamente entre 1873 y 1874, aunque la reanudación efectiva no llegó hasta 1879. Japón se incorporó en 1897. En 1898, India avanzó hacia un patrón de cambio oro ligado a la libra.

Ese calendario admite otra lectura. Detrás de cada año hay un proceso político interno: debates parlamentarios, oposición de los propietarios de minas de plata, cálculos de acreedores y deudores, y el deseo, o no, de que Londres considerara al país un prestatario fiable. Las fechas parecen técnicas. Los procesos nunca lo fueron. Entre la culminación legal y la reanudación efectiva en Estados Unidos transcurrieron unos seis años. Lo sucedido en ellos bastaría para escribir otro libro.

En 1879, los cuatro países centrales, Gran Bretaña, Francia, Alemania y Estados Unidos, estaban a la vez dentro del patrón oro. Lo que más tarde se llamaría patrón oro internacional se cuenta desde ese año hasta 1914: treinta y seis años en total.

Treinta y seis años no son pocos en la vida de una persona, ni muchos en la historia de las instituciones. Sin embargo, casi todo lo que dos generaciones posteriores imaginaron sobre el patrón oro se asentó en esos treinta y seis años. Cuando se decía que era estable, se hablaba de esos años. Cuando se decía que era automático, se hablaba de esos años. Cuando se decía que era un orden natural, se seguía hablando de esos mismos años. Una experiencia de menos de cuatro décadas pasó por ser la naturaleza de una cosa.

Sobre las razones de aquella expansión hay dos explicaciones históricas, y ninguna carece de fuerza.

Una insiste en los efectos de red: cuanto más comerciaba un país con otros que ya utilizaban el patrón oro, mayor era su incentivo para incorporarse; el grado de madurez de su sistema financiero también influía en el momento de hacerlo. Según esta explicación, la expansión fue una adaptación lógica.

La otra insiste en la contingencia. Alemania y Francia podían haber elegido de otra manera; el bimetalismo no se deshizo como resultado de un cálculo, sino de una colisión. La expansión sería, entonces, el efecto acumulado de una serie de decisiones políticas que bien podían haber tomado otros rumbos.

No resolveremos aquí esa disputa. Hay, en cambio, algo que se ve con claridad al colocar juntas las dos explicaciones.

La vara que tanta gente acabaría considerando natural, objetiva y ajena a la voluntad humana tiene una fecha de nacimiento que puede fijarse en una ley aprobada cierto año en cierto país. Y esa ley, cuando se aprobó, podía haber sido distinta. Cuando más éxito tiene la construcción, consigue que se olvide que alguien la construyó. Treinta y seis años no son muchos. Bastaron para que una generación creyera que aquello había estado siempre allí.

Es una operación habitual de la construcción, y ya la hemos visto. En el capítulo décimo, un proceso de veinte años, hecho de trabajos que no se comunicaban entre sí, quedaba comprimido en un año y tres nombres. Aquí, las sucesivas decisiones de varios países se comprimen hasta formar un estado natural llamado patrón oro. La construcción no se limita a obligar a las cosas de fuera a ajustarse a su vara. También aplana su propia procedencia, hasta convertirla en un fondo que parece no tener comienzo.

3. El juego de las reglas

El funcionamiento del patrón oro en los libros puede explicarse con una limpieza impecable.

Los billetes y las obligaciones por depósitos que emite el banco central de un país deben estar respaldados, en una determinada proporción, por reservas de oro. Un déficit de la balanza de pagos se liquida con salidas de oro; un superávit, con entradas. Si la autoridad monetaria no contrarresta deliberadamente el efecto de esos movimientos, la salida de oro contrae el dinero y el crédito del país, hace bajar los precios, abarata las exportaciones y reduce automáticamente el déficit. Donde entra el oro ocurre lo contrario. Este proceso se conocería como mecanismo de ajuste por los precios y los flujos de metales preciosos.

Un investigador resumió con una razón muy sencilla la estima que le tenían los economistas clásicos: creían que produciría estabilidad de precios a largo plazo en todo el mundo y que mantendría los precios de los distintos países aproximadamente alineados.

La idea tenía un atractivo real, que no conviene desdeñar. Prometía algo inédito en la historia de los libros de cuentas: sin depender del dominio de sí mismo de ningún monarca, ni de la contención de ningún parlamento, la cantidad de moneda que un país pudiera emitir tendría un límite automático, fijado por algo que se sacaba del subsuelo. Las deudas que no dejaban de crecer por sí solas en el capítulo segundo y los papeles que se imprimían cada vez en mayor cantidad en el sexto quedaban, por principio, bloqueados en aquel diseño.

La dificultad aparecía al ponerlo en marcha.

En la introducción a una conferencia académica, una investigadora que revisaba el patrón oro clásico lo escribió sin rodeos: el encuentro no había resuelto qué gobernaba de verdad el ajuste internacional bajo tipos de cambio fijos. Podían ser los movimientos de metal, la paridad del poder adquisitivo y la paridad de tipos de interés, o los movimientos de capital a corto plazo. Señalaba, además, que desde finales del siglo XIX los estudiosos habían ido reconociendo que la contribución de estos últimos al ajuste no era menor que la del propio metal.

A continuación enumeraba lo que hacía en la práctica el Banco de Inglaterra. La lista no se parecía en nada a una máquina automática.

El Banco de Inglaterra no se limitaba a subir o bajar mecánicamente el tipo de descuento al compás de las entradas y salidas de oro. También modificaba los precios de compra y venta de los lingotes y las monedas de oro extranjeras, recurría a unas maniobras que acabarían llamándose artificios del oro, cobraba tipos distintos según el préstamo, ampliaba o reducía sus posiciones en préstamos internacionales a corto plazo y realizaba operaciones de mercado abierto para aislar, en lo posible, la economía interior de las medidas de defensa exterior.

Nada de aquella lista era automático. Cada intervención exigía decidir cuándo actuar, cuánto, por dónde empezar y si convenía que el mercado lo notara. Además, muchas veces el propósito de esas intervenciones no era poner en marcha el mecanismo, sino amortiguar el golpe que producía en la economía nacional al funcionar. Junto a la máquina supuestamente automática siempre había alguien conteniéndola, para impedir que triturara el suelo sobre el que estaba apoyada.

El llamado juego de las reglas nunca fue una máquina que pudiera dejarse sin vigilancia.

Esto dice mucho sobre la naturaleza de la construcción. Cuanto más proclama un sistema que funciona automáticamente, más manos necesita entre bastidores. Y esas manos deben hacer el menor ruido posible. En cuanto se ve a alguien moviendo una palanca, la promesa de automatismo se desvanece. Y de esa promesa procede toda su capacidad de convencer.

El resto asoma por primera vez en esta sección en un lugar extraño: del lado de quien comprime, no de las cosas comprimidas. Para que la máquina parezca automática, alguien tiene que tomar sin descanso decisiones que no lo son. Y no hay ninguna casilla donde anotar esas decisiones. En la expresión juego de las reglas, las reglas son la parte que se escribe; el juego es la parte que queda sin escribir.

Hay una capa aún más dura: quienes pueden mover las palancas y quienes no pueden hacerlo no ocupan la misma posición.

Al volver sobre aquella historia, Eichengreen señaló que la cooperación que sostenía el sistema se limitaba, en buena medida, a unos pocos países centrales de Europa, con la participación ocasional de Estados Unidos. Los países pequeños de la periferia no recibían el mismo apoyo y, por eso, tenían más probabilidades de ceder bajo la presión.

Una misma vara, distintas capacidades de resistencia. La universalidad de la construcción siempre está estratificada: aplica a todos el mismo criterio, pero no todos pueden sobrevivir bajo ese criterio.

En capítulos anteriores ya aparecieron otras formas de lo mismo. En el séptimo, una misma operación de conmensuración diluía la responsabilidad hasta que nadie respondía por nada. En el duodécimo, una misma vara salarial asignaba un precio menor a quien hacía más. Aquí aparece una tercera forma: una disciplina común, con alguien que sostiene a los países centrales y nadie que sostenga a los periféricos. Las reglas pueden estar escritas exactamente igual. La red de apoyos que las rodea nunca figura en ellas.

4. Partidas invisibles

Para mantener el patrón oro, un país debía conocer al menos el estado aproximado de sus cuentas con el exterior. Por entonces, ni siquiera eso estaba a su alcance.

Antes de la guerra, Gran Bretaña parecía no necesitar muchas más estadísticas porque sus cuentas iban holgadas. El superávit de las partidas invisibles llevaba años cubriendo el déficit del comercio visible y aún dejaba margen para invertir grandes sumas en el extranjero. La inversión exterior británica de cada año equivalía, antes de la guerra, a cerca del 4 % de la renta nacional y al 30 % del ahorro anual.

Las partidas invisibles eran el transporte marítimo, los servicios financieros, los ingresos por intereses, las comisiones y los rendimientos de las inversiones en el extranjero. Todo ello podía liquidarse. Pero no podía contarse en el muelle como un cargamento de algodón o una remesa de raíles.

Invisible era una palabra muy precisa, y ya la utilizaban quienes vivían entonces. No quería decir inexistente ni insignificante. Designaba, al contrario, aquella gran parte de los negocios británicos que más dinero daba. Que lo más fuerte de un país sea, al mismo tiempo, lo más difícil de contar debería bastar para desconfiar de la integridad de sus cuentas. Pero mientras estas fueron holgadas, nadie tuvo un incentivo para hacer el recuento. Se podía seguir viviendo sin hacerlo.

El propio Banco de Inglaterra elaboró más tarde una revisión histórica que parece casi una nota irónica al pie del mito de la medida común.

Según esa revisión, las estadísticas de balanza de pagos disponibles antes del regreso británico al patrón oro en 1925 apenas entraron en las discusiones que llevaron a la decisión. La posición exterior del país se describía entonces con términos de la mayor vaguedad. En 1926, aunque el comité de estadística ya entendía los principios contables de la balanza de pagos, los datos utilizables en la práctica seguían siendo muy escasos. En 1927, Keynes se quejaba de que las partidas invisibles continuaban siendo invisibles en el sentido más literal.

Conviene retener la fecha: 1927. Gran Bretaña llevaba ya dos años de vuelta en el patrón oro, dos años pagando el precio de aquella decisión, y las cuentas exteriores que debían sostenerla seguían sumidas en una niebla estadística. Se había decidido conforme a una cifra exacta. La realidad que esa cifra debía medir, en cambio, no había nadie que supiera medirla con claridad.

Después fue peor. Entre 1930 y 1931, el Comité Macmillan estimó los pasivos exteriores netos a corto plazo de Gran Bretaña. Más tarde se comprobó que aquella estimación había quedado claramente por debajo de la realidad.

Y en septiembre de 1931, un memorando interno del Banco de Inglaterra reconocía que los movimientos de capital eran tan enormes que no era posible ofrecer ni la indicación numérica más aproximada.

Pongamos esa frase junto a los siete decimales de la primera sección.

La paridad podía calcularse hasta la séptima cifra decimal. De la deuda exterior a corto plazo del propio país, o de cuánto capital saldría al día siguiente, no podía darse ni la indicación más aproximada.

Esa es la forma que adopta el resto en este tramo de la historia. No se parece a las que hemos visto antes.

Había restos que no se habían medido; otros se habían medido bien, pero nadie quería mirarlos; otros habían quedado fuera de una disciplina; otros no podían presentar un comprobante. Aquí el resto es distinto: la vara posee una precisión extrema, pero el objeto que pretende medir no se deja conocer.

Suelen confundirse las dos cosas, aunque son enteramente distintas. La precisión pertenece al lado de la vara: cuán fina es su graduación, hasta qué decimal puede darse una lectura. La posibilidad de conocer pertenece al lado del objeto: cuánto mide ahora, cuánto medirá mañana. Una vara puede tener marcas tan finas como un cabello y encontrarse ante algo que ni siquiera acepta quedarse quieto. Ese es el error en que la construcción cae con mayor facilidad: toma la precisión de su extremo por claridad en el extremo opuesto.

El problema de la crisis de 1931 nunca fue la falta de una definición del oro. El oro estaba definido con toda claridad. La dificultad era saber cuáles eran las posiciones reales y si los demás seguirían huyendo al día siguiente. Esas dos cosas no tenían decimales ni unidad de medida.

El patrón oro no volvió mensurable el mundo. Hizo algo distinto: obligó una y otra vez a los países a convertir en estadísticas, balances y tipos de cambio cosas que apenas podían reducirse a una misma dimensión. Esa obra no dejó de avanzar. Pero en el momento decisivo seguía siendo imposible dar las cifras.

Y la obra era útil; tampoco conviene sostener lo contrario. Los principios contables de la balanza de pagos, los comités de estadística y todo el sistema posterior de cuentas exteriores surgieron bajo la presión de aquel régimen y siguen utilizándose hoy. Lo que la construcción obliga a crear suele sobrevivir a la propia construcción. Solo que no llegó a tiempo para la urgencia que había puesto en marcha esa obra: cuando por fin se pudo hacer la cuenta, aquello que había que contar ya había pasado.

5. Cuatrocientas onzas troy

El 28 de abril de 1925, Churchill anunció en su discurso presupuestario que Gran Bretaña volvía al patrón oro.

Añadió de inmediato una salvedad: aquello no significaba que fueran a emitirse de nuevo monedas de oro. Consideraba que hacerlo era del todo innecesario y, con los recursos disponibles entonces, un lujo imperdonable. Pidió al público que siguiera utilizando billetes y que no alterase los hábitos adquiridos durante los diez años anteriores.

Hay un detalle en esas palabras al que rara vez se presta atención. Churchill no estaba explicando una disposición técnica. Estaba tranquilizando a la gente. Quería que siguiera usando papel con confianza, que no corriera al banco a pedir oro en cuanto oyera hablar del regreso al patrón oro. Es decir, el sistema daba por sentado algo desde el día mismo de su anuncio: si todos acudían de verdad a convertir sus billetes, el arreglo no resistiría.

¿Qué se estaba restaurando, entonces?

La convertibilidad tomaba esta forma: el Banco de Inglaterra vendería lingotes en su sede central a un precio fijo, con un mínimo de cuatrocientas onzas troy por operación.

Pocos días después, la Ley del Patrón Oro de 1925 incorporó el arreglo al derecho. Su sentido era inequívoco: el Banco de Inglaterra ya no estaba obligado a canjear los billetes por monedas de oro de curso legal. Debía vender lingotes de unas cuatrocientas onzas troy de oro fino a quien los solicitara y pagara en moneda de curso legal.

Cuatrocientas onzas troy: algo más de doce kilos.

El peso no se había elegido al azar. Era lo bastante grande para dejar fuera de la conversión a la inmensa mayoría de quienes tenían billetes, pero lo bastante pequeño para no entorpecer las grandes liquidaciones entre bancos. Con el umbral en ese punto, convertir moneda dejaba de ser un derecho al alcance de cualquiera y pasaba a ser un derecho que solo las instituciones podían ejercer de hecho.

Una persona corriente podía entrar en el Banco de Inglaterra con un billete de cinco libras y salir sin haberlo podido convertir en nada. La convertibilidad seguía intacta en la ley. En la práctica, solo estaba abierta a unos pocos.

La separación es muy nítida. Conforme a la ley, la libra seguía siendo convertible en oro. La afirmación era enteramente verdadera y sostenía el crédito de todo el sistema. En la práctica, solo podían ejercer ese derecho los bancos, las grandes casas comerciales y los bancos centrales de otros países. La credibilidad se asentaba en un derecho que no era efectivo para la inmensa mayoría de quienes poseían el dinero. No había engaño: la disposición estaba escrita con claridad y el umbral era público. Se veía, una vez más, que una misma regla es una cosa distinta según el lugar que se ocupe ante ella.

Churchill anunció también que Gran Bretaña había acumulado reservas de oro por valor de 153 millones de libras. De ser necesario, no dudaría en utilizarlas, junto con el tipo de descuento bancario, para defender el régimen recién restaurado.

Lo importante aquí no es lo que dijo Churchill. Es la dirección que tomaba el propio arreglo.

En el capítulo tercero vimos lo que hicieron los lidios: dieron a la vara un cuerpo que podía llevarse encima, la moneda. Durante más de dos mil años, la vara y quienes la utilizaban conservaron una relación al alcance de la mano. El dinero podía tocarse, el peso podía tantearse y la ley del metal podía ponerse en duda.

El paso de 1925 iba en sentido contrario.

El oro se retiraba aún más de la circulación cotidiana y quedaba como respaldo institucional, visible solo en las grandes liquidaciones. Restaurar el patrón oro consistía, precisamente, en quitar el oro de las manos de la gente. El sistema no se volvía por ello más tangible. Se volvía más abstracto, más concentrado y más dependiente de las instituciones.

El anonimato llegaba a su extremo. Llevarlo hasta allí alejaba aún más el sistema de la gente corriente.

Podemos mirar hacia atrás siguiendo ese hilo. Las primeras cuentas descansaban, en último término, sobre la jerarquía del templo. El dinero posterior descansaba sobre la marca de comprobación estampada en la moneda. Los jiaozi dependían de que la autoridad los reconociera. Cada paso avanzaba hacia lo impersonal y, a la vez, desplazaba el respaldo último un nivel más arriba. Con el patrón oro, ese respaldo había pasado a un metal y a unos pocos bancos centrales, fuera incluso del alcance de la mano de la gente corriente. Cuanto más se avanzaba, menos personas podían comprobarlo.

También ese es un destino posible del resto. No desaparece: se traslada a un lugar que menos personas pueden ver. Mientras alguien pueda comprobar una cosa, esta sigue dentro de lo discutible. En cuanto la comprobación exige pagar una entrada de cuatrocientas onzas troy, la cosa queda fuera del campo de visión de casi todos. Y en la vida cotidiana resulta difícil distinguir entre lo que ha desaparecido de la vista y lo que no existe.

6. El ajuste fundamental

La oposición de Keynes no se hizo esperar. Del 22 al 24 de julio de 1925 publicó tres artículos consecutivos en un diario vespertino. Luego los amplió en un folleto titulado Las consecuencias económicas del señor Churchill.

Su aritmética era muy sencilla.

Después de la guerra, el valor exterior de la libra se situaba alrededor de un 10 % por debajo de la paridad oro de preguerra. Elevarlo de nuevo hasta aquella paridad significaba que, en cualquier venta británica al extranjero, el comprador tendría que pagar un 10 % más o la parte británica tendría que cobrar un 10 % menos. Para conservar la competitividad solo quedaba un camino: reducir en torno a un 10 % los precios en libras del carbón, del acero, del transporte marítimo.

Ese 10 % no era una estimación. Era la diferencia calculada entre dos paridades, obtenida con el mismo procedimiento que los siete decimales de la primera sección. La operación de la construcción era aquí impecablemente limpia: reducía a una proporción todas las transacciones exteriores de un país y luego repartía esa proporción hacia abajo. Qué supondría el reparto en cada sector, cada empresa y cada persona quedaba fuera de las preguntas que aquella cuenta debía responder.

Reducir los precios un 10 %. Sobre el papel, la frase es de una limpieza perfecta.

En la realidad solo había una manera de ejecutarla. El grueso de los costes de esos sectores eran los salarios; bajar los precios suponía bajar los salarios, y cada persona tendría que aceptar esa rebaja.

De la cuenta a la nómina mediaba un largo camino: reuniones del consejo de administración, capataces que transmitían las órdenes, contratos que volvían a firmarse, huelgas, regresos al trabajo, nuevas huelgas. Nada de lo que sucedía en ese camino figuraba en la operación. Pero para que su resultado llegara a cumplirse había que recorrerlo entero. La construcción sabe calcular un resultado. No sabe calcular el proceso que lleva hasta él. Y es en ese proceso donde la gente vive.

Keynes dejó escrita la frase más incómoda: era una política que agravaba deliberadamente el desempleo.

No anduvo con rodeos: se hacía para obligar a que bajasen los salarios. También puso nombre a quienes debían pagar el coste. Los mineros eran las personas sobre las que pasaba aquella enorme rueda económica. El Tesoro y el Banco de Inglaterra habían dispuesto un ajuste fundamental para llevar el cambio de 4,40 a 4,86 dólares por libra. Los mineros eran la forma humana que tomaba ese ajuste al caer sobre alguien.

La forma humana que tomaba al caer sobre alguien. No hace falta añadir una nota. No es una metáfora: describe con exactitud cómo se ejecutaba una política. El ajuste no tenía otro lugar donde caer: tenía que recaer sobre personas concretas. Y sobre quiénes recaía lo decidían el sector en el que trabajaban y su capacidad de negociación.

Aquí el resto tiene, por tanto, un rostro concreto. Fueron los propios contemporáneos quienes lo señalaron. Keynes no dijo que los mineros recibieran un trato injusto. Dijo que los mineros eran el ajuste mismo. Algo que existía como porcentaje dentro de una cuenta existía como personas en la realidad. Entre esas dos formas de existencia no había tabla de conversión.

Décadas después, la revisión histórica del propio Banco de Inglaterra diría lo mismo en el tono frío de un documento oficial. Tampoco lo eludiría.

Según esa revisión, antes de la restauración de 1925 apenas se habían examinado seriamente las estadísticas de balanza de pagos. Para la mayoría de los contemporáneos, renunciar a la paridad con el dólar de 1913 era casi impensable. Si el regreso sobrevaloraba la libra, el remedio clásico consistía en una deflación forzada en el interior y una inflación en el exterior que obligaran a precios y costes a alinearse de nuevo.

El problema era que el desempleo británico ya era muy elevado. A la hora de bajar los salarios, el Gobierno no estaba dispuesto a soportar una deflación mayor. La huelga general de 1926 mostró, además, lo difícil que era reducir los salarios nominales. Entre 1925 y 1931, mantener el equilibrio exterior se convirtió así en un problema interminable. Para impedir la salida de capitales, Gran Bretaña tuvo que sostener durante largos periodos tipos de interés superiores a los de Estados Unidos.

Del coste sí hay estadísticas.

Durante los seis años de regreso al patrón oro, la tasa de desempleo de los trabajadores británicos cubiertos por el seguro alcanzó una media del 12,9 % y nunca bajó del 8,5 %. En los nueve primeros meses de 1931, la media llegó al 21 %.

Cuatrocientas onzas troy y un 21 %.

Las dos cifras procedían del mismo sistema, pero solo la primera figuraba en la ley. La segunda era una magnitud que acompañaba a la ley cuando esta funcionaba. Se publicaba cada año, estaba a la vista de cualquiera y, sin embargo, ningún artículo legal la tomaba como criterio.

Mientras el Banco de Inglaterra siguiera entregando lingotes al precio establecido por la ley, los desempleados seguirían sometidos a la deflación y a unos tipos de interés reales elevados.

7. 9.300 millones y 2.100 millones

La explicación más influyente de la relación entre el patrón oro y la Gran Depresión procede de Grilletes de oro, de Eichengreen, y de una serie de artículos que escribió con otro investigador.

Su tesis central es que el patrón oro limitaba de raíz la política económica y contribuía en gran medida a crear un entorno inestable. Los autores propusieron también un concepto más difícil de afrontar: la mentalidad del patrón oro. No se trataba solo de un sistema, sino de un criterio de juicio compartido por las élites políticas y los banqueros centrales. Defender el oro equivalía a defender el crédito; abandonar la convertibilidad, a faltar a la palabra dada.

Este concepto importa mucho para el marco que venimos siguiendo. En los trece capítulos anteriores, la construcción actuaba sobre el exterior: comprimía cosas, cambiaba nombres, dejaba de preguntar, replegaba fronteras, concedía órbitas, exigía comprobantes. Aquí se instala por primera vez en la cabeza de quienes la ejecutan. El propio sistema había dejado una salida. Las personas se negaban a utilizarla.

Es una de las formas más firmes que puede adoptar la construcción. Una regla puede modificarse, suspenderse o derogarse mediante una votación. Un criterio de juicio no necesita que nadie lo haga cumplir: ya está dentro de quien decide y le sirve para medir si está actuando responsablemente. Llegado ese punto, nadie tiene que obligar a nadie. Quienes guardan la regla sueldan por su cuenta la salida.

Varios hechos de la comparación entre países dan peso a esta explicación.

Primero: el patrón oro de entreguerras tuvo una vida muy breve. En el periodo clásico, los cuatro países centrales estuvieron simultáneamente dentro del sistema durante treinta y seis años. Entre las dos guerras, esa misma situación solo duró entre cuatro y seis.

Segundo: en términos técnicos, el sistema dejaba menos margen que antes de la guerra. Dos investigadores ofrecieron una cifra sorprendente. En 1929, cuarenta y un países reunían reservas de oro por valor de 9.378 millones de dólares. Pero la parte realmente excedentaria, disponible para responder a desequilibrios internacionales transitorios, sumaba solo 2.178 millones. La mayor parte de lo demás estaba inmovilizada en los balances por las ratios legales de cobertura.

De 9.300 millones, solo podían moverse 2.100 millones.

Vale la pena detenerse aquí. Una reserva sirve para utilizarla cuando llegan las dificultades. El sistema exigía, sin embargo, que permaneciera inmóvil para que todos pudieran verla allí. Su función pasaba a ser mostrarse, no utilizarse. El día en que hiciera falta utilizarla de verdad, la parte disponible sería precisamente la más pequeña.

Podemos enlazarlo con un hilo anterior. Para que se crea en su respaldo, la construcción tiene que exhibirlo. Pero recurrir a lo que se exhibe como respaldo equivale a reconocer que el respaldo no basta. Cuanto más se identifica la reserva con la credibilidad, menos se puede disponer de ella. Al final, la utilidad de una cosa consiste en no usarla.

Tercero: el patrón oro propagaba la contracción de un país a otro. En 1928 y 1929, la Reserva Federal estadounidense restringió el crédito para frenar la especulación bursátil. La existencia del patrón oro internacional obligó a otros bancos centrales a seguirla elevando sus tipos de interés. Aquella política monetaria restrictiva empujó a muchas economías a la recesión. Un investigador resumió la deflación mundial de comienzos de la década de 1930 como una contracción monetaria transmitida a través del patrón oro internacional.

Cuarto: quienes salieron antes tendieron a recuperarse antes. España, que nunca había restaurado el patrón oro y había dejado flotar su moneda, evitó las caídas de precios y producción que sufrió la mayoría de los países europeos. Los países escandinavos que abandonaron el sistema con Gran Bretaña en 1931 se recuperaron claramente más deprisa que los europeos que permanecieron dentro. En una muestra de veinticuatro países, entre 1932 y 1935 la tasa de crecimiento de la producción industrial fue, por término medio, unos siete puntos porcentuales mayor en los países que estaban fuera del patrón oro que en los que seguían dentro. Los textos históricos del propio Banco de Inglaterra reconocen que la verdadera recuperación británica no empezó hasta principios de 1932. La condición que la hizo posible fue la suspensión del patrón oro en la última parte de 1931: por fin podían bajar los tipos de interés y depreciarse la libra.

Quinto: hubo dos países que absorbieron oro y no lo dejaron salir. Un investigador llamó a Francia un agujero negro del oro. Su participación en las reservas mundiales pasó del 7 % en 1927 al 27 % en 1932, y la mayor parte de las nuevas entradas quedó inmovilizada mediante ratios de cobertura más elevadas. Según su simulación contrafactual, si entre 1929 y 1933 hubiera seguido operando la relación histórica entre reservas de oro y precios, los precios mundiales habrían subido ligeramente en lugar de desplomarse. También estimó que el exceso de oro en manos de Estados Unidos y Francia equivalía en 1929 al 6 % de las existencias mundiales y llegó al 12 % entre 1930 y 1932. En 1932, Francia por sí sola había retirado de la circulación efectiva el equivalente al 13 % del oro mundial.

Gran Bretaña quedó atrapada entre dos presiones: una libra sobrevalorada y el desplazamiento de las reservas francesas desde libras y dólares hacia el oro. Entre julio y septiembre de 1931, las autoridades británicas emplearon unos 200 millones de libras en oro y créditos extranjeros para sostener la moneda. La salida no se detuvo. En septiembre tuvieron que suspender la convertibilidad. La libra cayó después a 3,89 dólares en octubre y a 3,37 en diciembre.

8. El sello de una casa bien llevada

Hay que exponer también el argumento contrario con todo su alcance. De otro modo, las siete secciones anteriores se convertirían en una sentencia.

Una corriente de investigación describe el patrón oro clásico como el sello de una casa bien llevada. Su razonamiento es el siguiente: entre 1870 y 1914, la adhesión de un país periférico enviaba una señal al mercado de Londres. Indicaba que sus finanzas públicas estaban en orden y que estaba dispuesto a cumplir sus compromisos. Así conseguía préstamos con mayor facilidad y a menor coste. Algunos estudios cuantitativos pusieron una cifra a esa ventaja: antes de 1914, respetar el patrón oro reducía los diferenciales de los préstamos a un país en unos cuarenta a sesenta puntos básicos.

Esta corriente formuló además una idea más afinada: una regla con cláusula de escape. El patrón oro clásico no habría sido una norma inamovible. En tiempos normales se mantenía la convertibilidad; ante una guerra o una gran crisis podía suspenderse, pero el mercado esperaba que, después, el país regresara a la paridad original. Según esta lectura, el sistema clásico conservaba un margen humano: encuadraba la discrecionalidad en un marco más creíble.

Quienes sostienen esta posición tampoco suelen negar el fracaso de entreguerras. Sitúan la distinción en otro lugar: lo que fracasó fue el patrón de cambio oro reconstruido después de la guerra, no el patrón oro clásico. Algunos defensores posteriores fueron más explícitos: atribuían muchas de las catástrofes a que los bancos centrales habían infringido las reglas del patrón oro, no a la idea misma del sistema.

Ambas partes pueden aportar pruebas. No vamos a resolver aquí la disputa, y conviene explicar por qué.

Las tres miradas no se dirigen al mismo objeto. Una pregunta, ante todo, por qué el régimen clásico pudo mantener una estabilidad relativa. Otra pregunta por qué el régimen de entreguerras amplificó una recesión hasta convertirla en la Gran Depresión. Una tercera trata de entender por qué los países resistieron hasta el final aun conociendo el coste, y por qué algunos se marcharon antes. Cada pregunta tiene sus periodos, sus países y sus pruebas. Fundirlas en una sola, si el patrón oro era bueno o malo, no produce una respuesta. Produce un aplanamiento.

Cabe anotar aquí una cuestión de método. Para que una discusión pueda cerrarse, quienes participan en ella deben estar discutiendo la misma proposición. Muchas disputas de historia económica que duran años no siguen abiertas por falta de pruebas. Siguen abiertas porque cada cual responde a una pregunta distinta bajo un título común. Es fácil confundir el hecho de compartir título con el de estar discutiendo lo mismo.

Un estudio llevó, sin embargo, la pregunta un paso más allá, hacia la política. Su conclusión merece una lectura lenta.

En un panel de veinticuatro países, una mayor renta por habitante, una posición más fuerte como acreedor y la experiencia de la hiperinflación se asociaban con una permanencia más larga en el patrón oro. La democracia, el desempleo y las crisis bancarias acortaban, en cambio, su duración.

Dicho en palabras corrientes: el tiempo que un país podía permanecer en el patrón oro no dependía solo de cuánto oro poseía, sino también de cuánto tiempo podía imponer el sufrimiento. Y el tiempo durante el cual podía imponerlo dependía de si quienes lo soportaban tenían algún medio de devolver la presión.

Queda una última cosa por explicar. Contiene la ironía más profunda de todo el arreglo.

Para economizar oro, lo que se reconstruyó entre las guerras fue un patrón de cambio oro más abstracto, no un sistema de oro más puro. Muchos países retiraron de la circulación las monedas de oro después de la guerra y adoptaron un patrón de lingotes. Otros, aún más numerosos, pasaron directamente a mantener sus reservas en divisas convertibles en oro, que en la práctica eran sobre todo libras y dólares. Durante los diez años anteriores a la guerra, las reservas de divisas de los bancos centrales europeos habían oscilado aproximadamente entre 250 y 400 millones de dólares. A finales de 1924 alcanzaban ya los 844 millones; a finales de 1928, los 2.513 millones. Entre los cuatro países centrales de entreguerras, solo Estados Unidos conservaba un patrón de monedas de oro. Gran Bretaña y Francia tenían un patrón de lingotes; la mayoría de los demás países, un patrón de cambio oro.

Es decir, aquel mundo que decía tener el oro por fundamento descansaba cada vez más sobre papeles que contenían la promesa ajena de entregar oro.

El capítulo sexto trató de los jiaozi: quitar el metal al dinero equivalía a cargar todo su peso sobre la persona que respondía por él. El patrón oro pretendía hacer el recorrido inverso, devolver al metal el peso que recaía sobre las personas. Al final produjo una nueva capa de confianza, más distante, más concentrada y comprobable por menos gente que las que había sustituido. El esfuerzo por prescindir completamente de la confianza acabó desplazándola hacia un lugar todavía menos visible.

Nunca se cortó el hilo que dependía del crédito del Estado, de la reputación en el mercado, de la cooperación entre bancos centrales y de la obediencia social. La transición institucional de la década de 1870, la financiación de la guerra en 1914, el regreso con una moneda sobrevalorada en 1925, la fuga de capitales en 1931, el pánico bancario mundial en torno a 1933: cada verdadera prueba de resistencia volvió a dejar ese hilo a la vista.

Volvamos a los dos números del comienzo.

La séptima cifra decimal y la frase que confesaba no poder dar ni la indicación más aproximada proceden del mismo sistema, con menos de diez años de distancia.

En realidad, no se contradicen. Una vara puede fabricarse con tal exactitud que haga creer que todo cuanto admite precisión ya ha sido medido. Pero solo mide aquello que puede medir. Lo que queda fuera sigue moviéndose. Y es precisamente en los momentos decisivos cuando se mueve con más violencia.

Las cuentas siguen sin cuadrar. Y se siguen llevando.

Reescritura española independiente basada en la argumentación y las fuentes del original chino, recompuesta para lectores en español. 中文・English