Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Ciclo Cincel–Constructo · Economía
Ensayo 10 de 23

Capítulo décimo. La revolución marginalista: el valor entra en la conciencia y, cuando sale, ya es un número

Jevons, Menger y Walras situaron el valor en la utilidad de la última unidad. Al traducir deseos subjetivos a precios comparables, resolvieron viejas paradojas y abrieron una nueva: cómo medir una experiencia interior.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

1. Un breve escrito en Cambridge

En el otoño de 1862, la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia celebró su reunión anual en Cambridge. La sección de economía y estadística recibió un escrito muy breve, titulado Breve exposición de una teoría matemática general de la economía política. Su autor tenía veintisiete años, se llamaba Jevons y por entonces enseñaba en un centro de estudios de Londres. El escrito entró en el programa. Se leyó ante los asistentes. Después no ocurrió nada.

Al año siguiente se publicó un resumen. Para que apareciera el texto completo hubo que esperar hasta 1866. Durante casi una década apenas lo citó nadie. Su autor recordaría más tarde que todos los puntos fundamentales de aquel breve escrito estaban ya esbozados diez años antes.

Aquel silencio tenía su lógica. En esas décadas, el economista de mayor autoridad en el mundo de habla inglesa era Mill. En sus Principios de economía política había dejado una frase bastante segura de sí misma: sobre las leyes del valor, los autores futuros ya no tenían nada que aclarar. No es raro, en la historia de las ideas, que la primera figura de una disciplina dé una cuestión por cerrada. Lo raro es que alguien vuelva a abrirla para comprobar si de verdad lo está.

Nueve años después, en 1871, Jevons publicó la Teoría de la economía política. En el prólogo tomó expresamente aquella frase de Mill y la atacó: nuestros conceptos sobre el valor estaban muy lejos de ser perfectos y definitivos. Ese mismo año, en Viena, un hombre terminó un pequeño libro llamado Principios de economía política con el que aspiraba a obtener la habilitación para enseñar en la universidad. Se llamaba Menger. No conocía a Jevons, ni Jevons lo conocía a él. Dos años más tarde, en agosto de 1873, un francés que acababa de obtener una cátedra de economía en Lausana leyó, en dos sesiones de la Academia de Ciencias Morales y Políticas de París, un trabajo sobre la teoría matemática del intercambio. Se llamaba Walras. Tampoco él conocía a los otros dos.

Los manuales posteriores llamarían a 1871 el año inaugural de la revolución marginalista y presentarían a aquellos tres hombres como sus codescubridores. Ambas afirmaciones necesitan matices. Una línea de investigación insiste en que aquello fue un proceso, no un acontecimiento: entre lo viejo y lo nuevo no hubo una fractura limpia, ni las ideas anteriores llegaron a desecharse por entero. Más que explicar su origen, habría que explicar por qué tardó tanto en vencer. Otra línea sostiene algo más incómodo: reunir a los tres bajo una sola denominación oculta precisamente sus diferencias más importantes.

La llamemos revolución o desplazamiento gradual, en aquellos veinte años sí se consumó algo, y se consumó a fondo. La economía volvió a delimitar las preguntas de las que quería ocuparse. La vieja pregunta «¿cuánto vale?» se fue traduciendo, cada vez con menos reservas, a otra: «En condiciones de escasez, ¿en qué proporción se intercambia la última unidad?». Y una larga hilera de cosas que antes colgaban de la palabra valor fue retirándose, una por una, del núcleo de la disciplina: el trabajo, los costes, la posición de clase, las reglas institucionales, la justicia de la distribución.

En los capítulos anteriores, la construcción venía haciendo siempre lo mismo: comprimir cosas que no admitían comparación bajo una sola vara que permitiera liquidarlas, para que las cuentas cuadraran. Pero nunca había dado razones para hacerlo. Las tablillas de los templos no explicaban por qué una persona podía anotarse como una cantidad. Las monedas lidias no explicaban por qué podía mantenerse oculta la ley del metal. La partida doble no explicaba por qué ciertas columnas no debían examinarse demasiado. Mucho menos explicaban los libros de las plantaciones por qué una persona podía aparecer en la misma línea que un terreno. Se limitaban a hacerlo.

Y cada vez que se comprimía algo, quedaba fuera una parte que no entraba. En los nueve capítulos anteriores la hemos llamado resto. No es un error ni una porción del trabajo que todavía no se ha terminado. Es aquello que la vara, por su propia naturaleza, no alcanza a iluminar por entero. Aparece cada vez con una forma distinta: una deuda antigua que nadie sabe saldar; una columna medida con extrema precisión que nadie quiere mirar de cerca; una segunda vara que el mercado guarda a escondidas. Y la construcción va encontrando maneras cada vez más cómodas de tratar con él.

En la década de 1870, el gesto de comprimir salió por primera vez acompañado de razones. Se argumentó, se imprimió en libros, se utilizó para solicitar cátedras. Y esa misma argumentación le ganó prestigio académico. Hubo quien dijo públicamente que la economía trataba de cantidades de principio a fin y que, por su contenido, tenía que ser una ciencia matemática. Hubo quien sostuvo que el valor de cambio era una magnitud medible y que todo cuanto pudiera medirse debía ponerse en manos de las matemáticas. Por primera vez, la construcción se defendía. Por primera vez dejaba también un alegato que quienes vinieran después podrían examinar frase por frase.

Una defensa escrita ofrece algo con lo que contrastar los hechos. Quienes llegaron después pudieron tomarla y preguntar: según los criterios que tú mismo fijaste, ¿por qué no se registra esta columna?, ¿por qué no entra aquella partida en el cálculo? En el capítulo noveno dijimos que la construcción podía decidir qué leía una generación, pero no decidirlo para siempre. Aquí da un paso más: conserva en sus propios archivos tanto lo que suprimió como las razones para suprimirlo.

2. La última unidad

Lo que Jevons se proponía hacer cabe en su frase más célebre: el valor depende por completo de la utilidad.

En sus manos, utilidad no era una palabra vaga. Designaba la capacidad de una cosa para satisfacer un deseo, una capacidad que disminuye a medida que aumenta la cantidad disponible. El primer vaso de agua salva una vida; el décimo sirve para regar las flores; el centésimo acaba formando un charco. Lo decisivo no es cuánta utilidad tiene el agua en su conjunto, sino cuánto vale un vaso más cuando ya se dispone de toda aquella agua. Jevons dio un nombre a ese lugar: grado final de utilidad, es decir, la utilidad de la última porción. El margen es, dicho sin rodeos, ese lugar. En vez de preguntar por la cantidad entera, se pregunta qué sucede al añadir o quitar un poco en el extremo.

Una vez fijado ese lugar, se aflojó un nudo que había ocupado a la economía clásica durante casi un siglo. El agua es mucho más útil que los diamantes y, sin embargo, cuesta mucho menos. La vieja explicación que hacía depender el valor de la utilidad no conseguía dar razón de ello. Al situarse en la última unidad, todo encajaba: hay tanta agua y es tan fácil obtenerla que el último vaso apenas pesa en la decisión; los diamantes escasean y el último sigue pesando mucho. Lo que refleja el precio nunca es la utilidad total. Es la de la última porción.

Aquí se hizo visible algo real. En el capítulo tercero dijimos que la vara no fabrica el resto, sino que lo hace visible. También era real lo que dejaba ver esta nueva vara, la del margen. Por primera vez se distinguía con claridad que una misma cosa tiene un peso completamente distinto según cuánto se posea ya de ella, y que lo que se negocia en el mercado es siempre aquella última porción. A veces se presenta este giro como un mero cambio de palabras. Basta ponerlo ante el viejo problema del agua y los diamantes: donde la explicación antigua no encontraba respuesta, la nueva respondía en una frase.

Pero lo que Jevons añadía inmediatamente después revela mejor la naturaleza del giro que su célebre consigna. No declaró que el trabajo careciera de relación con el valor. Dijo que solo podía influir en él de forma indirecta: el trabajo afecta al coste de producción; el coste, a la oferta; la oferta determina cuánto se tiene, y lo que se tiene determina la utilidad de la última unidad. Las batallas sobre el trabajo y los costes que habían librado varias generaciones de economistas clásicos no se dieron por equivocadas. Se las hizo bajar un escalón. Aquello que antes determinaba directamente el valor pasó a ser un factor de segundo orden, que actuaba a través de la oferta.

La maniobra es tan limpia que conviene detenerse a mirarla. La construcción no refuta aquí a su adversario: cambia el lugar desde el que se pregunta. Antes se preguntaba qué contiene una cosa, cuánto trabajo se ha condensado en ella, qué significa dentro de la sociedad. Ahora se pregunta en qué proporción se cambia por otras cosas, bajo condiciones de escasez y en la última unidad. Ante la primera pregunta, unos respondían trabajo; otros, coste; otros, necesidad; otros, costumbre. Las respuestas no compartían unidad de medida y nadie conseguía convencer a los demás. Ante la segunda, cualquier cosa puede ofrecer, desde un mismo lugar, un mismo tipo de número. Ese número es el precio.

Las ventajas del desplazamiento se cobraron enseguida. Todo lo que admitía respuesta desde aquel lugar entraba en un lenguaje común: se podía sumar, comparar, representar en un solo gráfico, escribir dentro de un sistema de ecuaciones. El coste se produjo con la misma rapidez, solo que, a diferencia de las ventajas, no recibió aplausos: lo que no admitía respuesta desde allí dejó de contar como pregunta.

Si se dice demasiado deprisa, la frase pasa inadvertida. No significa que se declarasen falsas aquellas preguntas, ni que alguien prohibiera seguir haciéndolas. Significa que, desde entonces, quienes las hacían dejaron de cobrar su sueldo dentro de esa disciplina, de publicar en sus revistas y de enseñar en sus aulas. Las preguntas seguían ahí. Quienes las formulaban se habían ido a otro sitio.

Jevons sabía muy bien lo que buscaba. Repetía que la economía debía tratar los cambios como la estática trataba las cantidades infinitesimales, y comparaba el intercambio con el equilibrio de una palanca. Quería un cálculo diferencial e integral del placer y del dolor. La ambición tenía antecedentes. La tradición de Bentham llevaba décadas tratando placeres y dolores como cantidades calculables. Y medio siglo antes de Jevons, un estudioso británico había formulado una inversión que a él se le quedó grabada: no es el trabajo lo que da valor a las cosas; es el valor de las cosas lo que hace que merezca la pena trabajar por ellas. La cadena causal ya estaba puesta del revés. Jevons le añadió las matemáticas.

Añadir matemáticas no consistía solo en cambiar de escritura. Cumplían una tarea muy concreta: obligaban a cada concepto a presentar su unidad de medida. El concepto que no podía darla no entraba en una ecuación; sin entrar en la ecuación, no entraba en la demostración; fuera de la demostración, iba desapareciendo poco a poco del cuerpo principal de la disciplina. Aquel tamiz siguió utilizándose después, y su malla se hizo cada vez más fina.

3. El agua junto al manantial

Ese mismo año, en Viena, Menger hacía algo que parecía enteramente distinto. No utilizaba matemáticas. Ni una sola fórmula. Lo que quería desmontar estaba más abajo que aquello a lo que apuntaba Jevons.

Su afirmación central cabía en una frase: el valor no es una propiedad de las cosas, ni algo que exista por sí mismo, sino el juicio de una persona acerca de la importancia que tiene una cosa para su vida y su bienestar. Llevó la idea hasta el fondo y escribió la línea más afilada de todo aquel giro: por tanto, el valor no existe fuera de la conciencia humana.

Los relatos posteriores suelen limar el filo de esa frase. Acostumbramos a leer a Menger como a uno más de quienes sustituyeron el trabajo por la utilidad. Pero lo que derribaba iba mucho más allá de la teoría del valor-trabajo. Derribaba la idea de que el valor pudiera estar adherido objetivamente a una cosa, como su longitud o su peso, a la espera de que alguien lo midiera.

Ese paso avanzaba, en realidad, a contrapelo de la dirección que acabaría tomando el giro. Se buscaba hacer medible el valor, y Menger empezaba por advertir que lo más importante no estaba en un lugar donde pudiera medirse. No decía que fuera imposible hablar del valor. Decía que no se lo lee del lado de la cosa: nace del lado del juicio. Y quien juzga es siempre una persona concreta.

Sus ejemplos eran sencillos, casi deliberadamente sencillos. El aire es útil, pero carece de valor porque está por todas partes. El agua junto a un manantial es útil, pero carece de valor mientras el manantial siga fluyendo. La madera de un bosque virgen es útil, pero carece de valor porque hay más árboles de los que se pueden talar. Basta, sin embargo, que cambien las condiciones de abastecimiento, que el caudal se reduzca a la mitad o se roturen las tierras del bosque, para que el valor aparezca de golpe. Aparece en la misma cosa. La cosa no ha cambiado en nada.

La fuerza de esos ejemplos está en que desenredan la cadena causal. Ser útil y tener valor son dos cosas distintas. De cuánta utilidad tenga algo no se deduce cuánto vale, porque entre ambas preguntas queda un paso: si hay bastante para las necesidades humanas. Cuando basta, no vale un céntimo, por útil que sea. Cuando falta, el juicio cambia inmediatamente. Quien cambia es la persona, no la cosa. El valor nunca es, por tanto, una propiedad de un objeto. Es la lectura, en un momento determinado, de la relación entre una persona y cierta cantidad de cosas.

Menger reservó también un espacio propio para lo que llamaba valor imaginario. Las personas pueden equivocarse al juzgar sus necesidades y al juzgar la relación causal entre una cosa y su bienestar. Atribuyen entonces valor a lo que en realidad no les sirve. Un remedio ineficaz se toma por eficaz; un adorno inútil, por útil. Toda una época puede equivocarse sobre algo. Menger no apartó estos casos como excepciones. Los incluyó en el concepto mismo de valor: el valor es un juicio, y un juicio puede estar equivocado.

La posibilidad de equivocarse encontraría muy mal acomodo en la economía posterior. Una teoría que pretende calcular un equilibrio necesita juicios estables, coherentes entre sí y, a ser posible, acertados. De lo contrario, ya no se sabe bien qué se está calculando. Al incluir la posibilidad de error en la definición, Menger dejaba una grieta en los cimientos. Quienes vinieron después solían rodearla: suponían acertados los juicios o suponían que, al reunir un número muy grande de casos, los errores se compensaban. No habían reparado la grieta. Habían pasado por encima.

Ocurrió entonces algo muy revelador. El paso más radical de aquel giro consistió en trasladar el valor entero al interior del sujeto. No estaba en las cosas, ni en el trabajo social medio, ni en ningún lugar que pudiera medirse desde fuera. Estaba en la conciencia de la persona que juzgaba.

Y lo siguiente que hizo la disciplina fue exigirle a ese interior que diera un número. Lo que había entrado en la conciencia tenía que volver a salir convertido en un precio para acceder a las ecuaciones, a los gráficos y al cuerpo principal de aquel saber. Se conservaba la parte capaz de dar una cifra. La que no podía darla dejaba de contar.

El resto adquirió así una forma nueva. No era algo que hubiera quedado sin medir, ni algo medido que nadie quisiera mirar. Se lo había llevado a un lugar donde solo estaba presente la propia persona y luego se le exigía entregar, desde allí, un número que todos pudieran leer. La parte incapaz de entregarlo no se había marchado. Seguía en su sitio, solo que desde entonces quedaba fuera de las cuentas.

Menger formaba parte de la revolución. Pero, el mismo día en que comenzaba la revolución, escribió en una de sus obras fundacionales una frase que podía ponerla en apuros. No siguió hasta el final las consecuencias de aquella frase, y durante las décadas siguientes pocos lo hicieron por él. La frase, sin embargo, permaneció intacta en el libro. Cualquiera que lo abriera podía verla.

4. Un caballo

Donde Menger menos se parece a un revolucionario es en su explicación de cómo se forman los precios.

Propuso un ejemplo que después se haría célebre. A tiene un caballo que, para él, solo vale diez bushels de grano; por debajo de esa cantidad, prefiere quedarse con el caballo. B acaba de recoger una buena cosecha y tiene el granero repleto. Está dispuesto a entregar hasta ochenta bushels por un caballo. Más de eso ya no le compensa. ¿Puede haber trato? Sí. ¿Dónde se situará el precio? En algún lugar entre los diez y los ochenta bushels. Menger dice que no puede precisar dónde, y tampoco cree que la economía deba fingir que puede hacerlo.

Más importante aún es lo que añade: mientras las valoraciones de ambas partes sigan separándose en direcciones opuestas, el intercambio continúa beneficiando a las dos, aunque el precio acordado quede pegado a uno de los extremos del intervalo. No pierde por ello su carácter económico. Es decir, dentro de su teoría no hay diferencia formal entre una compraventa «injusta» y una «justa». La diferencia está únicamente en cuánto de ese intervalo ha conseguido ocupar cada cual.

Menger no lo defiende ni se disculpa. Lo registra. Y el propio registro basta para mostrar algo: la pregunta por la justicia del trato no encuentra sitio en la nueva forma de preguntar. No se responde que todos los tratos sean justos, ni que todos sean injustos. La pregunta, sencillamente, no se plantea. La manera más completa de hacer desaparecer una pregunta consiste en dejarla sin columna donde anotarse. Ni siquiera hace falta refutarla.

¿Qué estrecha entonces el intervalo? La competencia. Si aparece otra persona que también quiere el caballo y está dispuesta a ofrecer más que el límite inferior de B, B ya no puede esperar cerrar la compra por una cantidad cercana a diez bushels. El intervalo se estrecha, pero sigue siendo un intervalo. Para reducirlo a un punto harían falta infinitos competidores, valoraciones que juntas trazaran una línea continua, todos los participantes presentes al mismo tiempo y la misma información para todos. Es un caso límite de la teoría. No es la situación habitual del mercado.

Conviene enumerar una por una las condiciones de ese caso límite, porque los manuales posteriores suelen darlas por supuestas: tantos compradores y vendedores que ninguno pueda influir en el precio; todos presentes al mismo tiempo; todos al tanto de las ofertas de todos; mercancías homogéneas; entrada y salida sin costes. Solo al reunir esas condiciones se contrae el intervalo hasta convertirse en un punto. Cuando falta alguna, el punto vuelve a abrirse en un intervalo. Y en la realidad casi nunca se reúnen todas.

Por eso una línea de investigación considera a Menger el más difícil de encajar de los tres. No usa matemáticas, no se entusiasma con la búsqueda de máximos y mínimos, no quiere expresar el precio como una función determinada. Insiste, además, en la discontinuidad, la incertidumbre y el regateo. Si se define aquella revolución como el intento de reducirlo todo a condiciones marginales calculables, Menger pertenece a ella, pero nunca deja de tener un pie fuera.

Se oye aquí un eco que ha atravesado casi seiscientos años. En el capítulo cuarto seguimos la larga discusión escolástica sobre el precio justo. Su conclusión era que el precio justo no era un punto, sino una franja: una misma mercancía podía tener, en un mismo mercado, varios precios que no traspasaran el límite de lo admisible. Era una conclusión alcanzada desde la moral, porque la situación desesperada del comprador no debía incluirse en el precio del vendedor. Menger llega desde el lado opuesto: las valoraciones están repartidas entre personas concretas. Y, sin embargo, la forma a la que llega es la misma. El precio es, antes que nada, un intervalo, no un punto.

Una vez se llega desde la moral; otra, desde la negociación. Las dos dicen que no hay un punto. Y un punto es precisamente lo que necesita la construcción. Un intervalo no puede entrar en una ecuación, sumarse a otros intervalos ni ofrecer una solución en un gráfico. Reducir el intervalo a un punto es la condición técnica que permite constituir esta disciplina.

El ejemplo de Menger ya deja escrito lo que cuesta esa reducción. El intervalo existe porque importa quién está presente, quién tiene competidores, a quién le urge cerrar el trato, quién puede esperar y quién se ha equivocado al juzgar. Solo cuando se borran una por una esas diferencias queda un precio único. En el capítulo sexto dijimos que los jiaozi podían sostenerse porque detrás del papel había alguien dispuesto a responder por él. Aquí sucede al revés: para reducir el precio a un punto hay que ir borrando a las personas que están delante del papel. La vara anónima no nace anónima. Hay que hacerla así.

Hacerla anónima tiene un coste. Se paga al cerrar el trato, no dentro de la teoría. Mientras existe un intervalo, se exige un poco más a quien tiene prisa; quien puede esperar paga un poco menos; a quien está solo y sin apoyo se le cobra hasta el extremo superior. Esto último era precisamente lo que la escolástica del capítulo cuarto trataba de impedir: la desesperación del comprador no debía entrar en el precio del vendedor. Una vez reducido el intervalo a un punto, aquella prohibición pierde dónde apoyarse. Dentro de la teoría ya no queda ningún intervalo del que nadie pueda apropiarse.

5. Veinticuatro francos

Walras llegó más lejos que nadie.

Su camino había sido distinto al de los otros dos. Había trabajado en el periodismo y en los negocios, había fundado un banco cooperativo y una revista llamada El Trabajo. Tanto el banco como la revista quebraron en 1868. En 1870 obtuvo una cátedra de economía en Lausana. Los ocho años siguientes fueron los más fecundos de su vida.

Tampoco partía, como los otros dos, del juicio de una persona sobre una cosa. Partía del conjunto. No hay un solo mercado: hay muchos, enlazados entre sí. El precio del trigo tira del pan; el del pan, de los salarios; los salarios, de todo lo demás. Quería saber cómo podían determinarse a la vez todos aquellos precios que se arrastraban unos a otros. Un investigador que ordenó sus manuscritos señaló después algo que suele contarse al revés: Walras no fue ascendiendo desde la utilidad marginal hasta el equilibrio general. Primero tuvo el armazón de los mercados interconectados, que construyó a lo largo de más de diez años. Solo después incorporó la escasez, un concepto próximo a la utilidad marginal, para añadir un eslabón causal a la determinación de los precios.

En su libro aparece con toda naturalidad una frase: cien litros de trigo valen veinticuatro francos. Dice que una afirmación así describe a la vez un fenómeno natural y un fenómeno matemático. Por tanto, la teoría del valor de cambio puede constituirse en una ciencia a la vez física y matemática. El precio deja de explicarse como un acuerdo entre las voluntades de comprador y vendedor. Pasa a ser un resultado objetivo gobernado conjuntamente por la escasez, la demanda y la oferta. Dos estudiosos de su sistema describieron aquel mercado con una expresión: fuerzas ciegas e impersonales.

Y entonces llega aquella frase. Walras define el mercado de competencia perfecta de una manera que, en lo esencial, dice así: los intercambios son correctos en ese mercado porque todos los poseedores pueden comprar y vender en la misma proporción a lo largo y ancho de él, alcanzando cada cual la máxima satisfacción de sus deseos. No porque cada uno haya recibido lo que merece.

Merece la pena leer la frase dos veces, palabra por palabra. Dentro de ella se ha consumado una sustitución, hecha por el propio fundador y sin disimulo alguno. Sale «lo que cada uno merece». Entra «la misma proporción». Lo primero es una categoría que mira a la persona: quién es, qué ha hecho, qué le corresponde. Lo segundo mira a la vara: solo pregunta si todos pueden intercambiar al mismo precio dentro de ese mercado. La definición de lo «correcto» en toda la teoría ha pasado de una categoría a la otra.

Sustituir no es lo mismo que negar. La diferencia importa. Una negación deja una controversia; la controversia deja constancia escrita, y esa constancia mantiene a la vista lo que se ha negado. La sustitución no deja nada de eso. Se limita a retirar del texto la palabra anterior, mientras la frase sigue pareciendo completa, sigue leyéndose sin tropiezos y sigue dando la impresión de hablar de lo mismo.

Aquella sustitución cortaba en dos direcciones a la vez. Y en ambos lados encontraba materia dura.

Por un lado estaba el merecimiento. La pregunta por lo que una persona merece está unida a la dignidad, a la justicia y a si se la trata como un fin. Esa pregunta había sido retirada. No se la refutaba. Se la cambiaba por otra palabra.

Por el otro lado estaba el rango. Un precio según el linaje, otro según el origen, un tercero según la fe: durante más de mil años Europa había conocido ese orden. La afirmación de una misma proporción para todo el mercado era también un martillazo contra él. El mercado no pregunta quién eres, sino cuánto ofreces. La escolástica del capítulo cuarto quería volver a atar el precio al lado del valor, y tenía buenas razones. Pero la cuerda con que lo ataba seguía siendo una cuerda en otras manos: también podía atar a una persona, por su origen, a un precio determinado. El anonimato tiene su crueldad y tiene su fuerza liberadora. Son las dos caras de una misma frase. No se puede contar solo una.

Había, además, una abertura que el sistema de Walras no conseguía coser. Insistía en que la escasez era individual y subjetiva, pero necesitaba introducirla en ecuaciones. Y para ello tenía que poder comparar magnitudes y sumarlas. No podía demostrar que la intensidad del deseo de una persona admitiera medida del mismo modo que la longitud o el tiempo. Lo que hacía era suponer que sí y seguir adelante. Un economista posterior dejó el punto al descubierto: Walras se limitaba, en realidad, a suponer que aquello existía y continuaba haciendo matemáticas.

La frase del capítulo quinto reaparece aquí a escala de toda una disciplina. Cuando Pacioli enseñaba a llevar las cuentas, dejaba algunas aberturas: esto no hace falta anotarlo; esto se añadirá después; esto afecta a asuntos privados. El cierre era posible a condición de no preguntar. Aquí la condición adquiere una formulación más presentable: ante algo que no sabríamos responder aunque lo preguntáramos, supongamos primero que se cumple y sigamos calculando. Suponer no es engañar. Ningún saber puede prescindir de supuestos. Lo decisivo es dónde cae este: justamente en la costura entre lo subjetivo y lo objetivo, en el umbral que lleva del interior de una persona al mercado de todos.

Hay otro detalle que casi nunca entra en los manuales y que ilumina el asunto entero. Para obtener, en aquel mercado completamente anónimo, unos precios con los que la oferta y la demanda se igualen al mismo tiempo en todos los mercados, alguien debe anunciar primero un precio. Debe recoger después cuánto está dispuesto a comprar y vender cada cual a ese precio, modificarlo si las cantidades no coinciden y anunciarlo de nuevo, tanteando una y otra vez hasta que coincidan. Quien canta los precios no figura en ninguna ecuación. No tiene preferencias, ni escasez, ni restricción presupuestaria. No ocupa una sola línea. Pero sin él no se puede resolver el sistema. Un mundo que se declara gobernado por fuerzas ciegas e impersonales necesita a una persona concreta plantada en medio, voceando precios.

6. Tres territorios

El corte decisivo lo hizo el propio Walras. Y lo trazó con absoluta claridad.

Dividió en tres territorios el mundo que se proponía estudiar. El primero era el valor de cambio, reservado a la economía pura: allí trabajarían sus ecuaciones. El segundo era la industria, que correspondía a la economía aplicada. El tercero era la propiedad, de la que se ocuparía la economía social. Y en este último colocó preguntas como la justicia de la distribución.

Por tanto, sí hablaba de justicia. Solo que no hablaba de ella aquí. La había trasladado a la habitación de al lado y había dejado constancia de la mudanza.

Esa constancia ayudó después a muchos lectores a juzgar con claridad. Una vez consolidada una disciplina, quienes llegan suelen leer solo sus materias troncales y no aquellas páginas donde el fundador había repartido los asuntos. Generación tras generación, se acaba creyendo fácilmente que la economía pura no habla de justicia porque la justicia no tiene nada que ver con la economía. Lo que ocurrió de verdad fue que alguien, en un año determinado y por una consideración metodológica concreta, la puso en otro libro.

Una línea de investigación describió después la operación con precisión: a partir del marginalismo, la distribución en el sentido neoclásico pasó a tratarse como una prolongación de la teoría de los precios de los productos finales. La distribución en el sentido clásico, vinculada a las formas institucionales y a la organización de las reglas, quedó fuera de lo que podía conocerse mediante la ciencia pura. Dicho más llanamente: la parte del «valor» que concierne a la dignidad, la justicia, el poder y la posición dentro de las instituciones no desapareció del mundo. Dejó de estar bajo la jurisdicción del núcleo de la disciplina.

Lo que había quedado al otro lado de la puerta tenía nombre. Podía enumerarse, cosa por cosa.

Las clases, el derecho, las organizaciones, las costumbres, las políticas. No se negaba que existieran. Se consideraba que no pertenecían a las preguntas que debía responder una teoría de los precios de equilibrio.

Y ninguna de esas cosas dejó de actuar. Las leyes fabriles seguían cambiando; los gremios, disolviéndose; las tierras, pasando de unas manos a otras; los aranceles, discutiéndose en los parlamentos. Lo que cambió fue el papel con el que entraban en la disciplina. Dejaban de ser objetos que hubiera que explicar y se convertían en condiciones dadas. Dadas quiere decir: no preguntes de dónde vienen, por qué son así ni si mañana cambiarán. Ponlas en la casilla como si fueran un número y empieza a calcular.

También quedó fuera el tiempo. Un investigador resumió así el desplazamiento: las nuevas preguntas centrales eran la fijación de precios y la asignación de recursos, pero el marco tomaba como dada la oferta de factores productivos. Quedaba apartada, por tanto, toda una familia de preguntas sobre cómo cambian, con el paso del tiempo, la cantidad y la calidad de los recursos de producción. Aquel economista del capítulo noveno que después reduciría el pensamiento de Smith había dicho algo parecido al repasar la historia de la teoría de la utilidad: la teoría de Walras era, en una dirección, más general que la tradición de Ricardo; en otra era más estrecha, porque tomaba la oferta de trabajo como un dato.

También quedaron fuera el intercambio y el crédito ligados a personas concretas. El caballo de Menger recordaba que un precio real podía ser, antes que nada, un intervalo: dependía de quién estuviera presente, quién tuviera más prisa y quién pudiera equivocarse. Todo eso permanecía al otro lado de la puerta.

A estas alturas ya se distingue el movimiento de la construcción. Es uno que no habíamos visto en los nueve capítulos anteriores.

En el segundo, ante una deuda imposible de pagar, un documento de rango superior aflojaba la construcción desde fuera. En el cuarto, ante una prohibición moral que no cedía, la construcción cambiaba el nombre de las cosas para seguir haciendo lo mismo. En el quinto, ante columnas que medía con exactitud pero no quería examinar de cerca, optaba por no preguntar. En el séptimo, ante una persona que no cabía bajo la medida común, la reescribía como una cantidad imputable a los costes.

Aquí aparece un quinto procedimiento, el menos trabajoso de todos: sin asimilar, sin negar, sin cambiar nombres, basta con replegar un poco la frontera y declarar que esas cosas no son competencia de la disciplina.

Ahorra trabajo porque ya no hace falta enfrentarse directamente al resto. Los cuatro procedimientos anteriores seguían admitiendo que estaba en las cuentas, aunque cada uno lo tratara de otra manera. El quinto no lo admite dentro del libro. Y, desde luego, lo que no figura en las cuentas no puede descuadrarlas.

Así que, puertas adentro, las cuentas cuadraron de verdad. Cuadraron sin una sola grieta, porque todas las partidas capaces de descuadrarlas habían dejado de pertenecer a aquel libro. El cierre era posible: bastaba con dejar fuera lo que no se sabía responder y suponer después que fuera no había nada.

Para apreciar el peso de esa frase hay que fijarse en el objeto sobre el que recae el nuevo trazado de fronteras. En los capítulos anteriores, la construcción actuaba siempre sobre algo exterior: una deuda, una moneda, un grupo de personas, un terreno. Aquí actúa sobre sí misma. Modifica su propia jurisdicción. Una construcción capaz de cambiar sus límites es mucho más poderosa que otra que solo sabe comprimir con más fuerza. Ya no necesita medirse con el resto. Le basta con trasladarlo fuera de su competencia para que, en sus cuentas, quede reducido a cero. Lo que queda a cero es el libro, no el mundo.

Lo más difícil de afrontar es que no hay hipocresía en ello. Una vez trazada la frontera, lo que queda dentro se vuelve realmente más limpio, más calculable y más fácil de enseñar a la generación siguiente. Las ventajas son reales.

7. Una victoria tardía

Hay que reconocer esas ventajas tal como son. De lo contrario, nada de lo que sigue merece crédito.

La explicación mediante la utilidad marginal tenía un alcance más general que la teoría clásica del valor. Un economista que revisó esta historia señaló que podía ocuparse de cosas no reproducibles: un cuadro antiguo, una parcela en cierto lugar, un objeto del que solo existe un ejemplar. La teoría anterior, sostenida sobre el coste de producción, nunca había sabido darles buen acomodo. También podía explicar los precios a corto plazo de las cosas reproducibles, y el corto plazo es precisamente el tiempo en que las personas compran y venden de verdad. Walras fue aún más lejos: enlazó varios mercados en un sistema de ecuaciones e intentó explicar cómo podía establecerse a la vez todo un conjunto de precios relativos. Las elecciones de los consumidores, las decisiones de los productores, la remuneración de los factores y el ajuste entre oferta y demanda en los mercados podían describirse por primera vez con lenguajes semejantes. No era poca cosa. Una disciplina acababa de adquirir una gramática común.

Los beneficios de esa gramática llegan hasta hoy. La inmensa mayoría de las discusiones económicas que podemos leer, sea cual sea su orientación, se expresa con los recursos que levantó aquella generación: margen, equilibrio, asignación, elasticidad, coste de oportunidad. Incluso quienes critican ese marco tienen que aprender primero a hablar en él para que los demás entiendan qué están criticando.

La disciplina ganó además otra cosa: prestigio. Las matemáticas hacían que la economía se pareciera más a las ciencias naturales. Y las últimas décadas del siglo XIX fueron precisamente la época en que los distintos saberes se profesionalizaban, adquirían asociaciones, revistas, cátedras y planes de estudio. En esas condiciones, un lenguaje formalizado se difunde más deprisa que los demás: facilita los exámenes, la evaluación del trabajo y el juicio sobre quién ha resuelto bien un problema.

Pero la victoria tardó en llegar. Tardó tanto que esa misma lentitud exige una explicación.

La década de 1870 no presenció el triunfo de la nueva doctrina. Algunos investigadores insisten en que avanzó con una lentitud extrema: necesitó al menos una generación. Entre los tres fundadores, el breve escrito que Jevons presentó en 1862 apenas despertó interés durante los nueve años siguientes. El pequeño libro de Menger encontró la frialdad de la escuela histórica en el ámbito de lengua alemana. Walras pasó largos años en Lausana enviando libros a sus colegas y recibiendo muy pocas respuestas.

También fue posterior la reunión de los tres bajo una sola denominación. Después de 1889, el propio Walras contribuyó a promover la idea de los codescubridores y puso su nombre junto al de los otros dos. En 1890, Marshall publicó los Principios de economía: cosió el análisis marginal a la herencia clásica y obtuvo una síntesis que podía enseñarse, difundirse y ser asimilada por los alumnos en las aulas. Su célebre comparación decía que preguntar si el valor lo determina la oferta o la demanda es como preguntar si una hoja de papel la corta la cuchilla superior de unas tijeras o la inferior. La imagen gustaba mucho y tranquilizaba. Permitía a los partidarios de lo nuevo y de lo viejo sentir que nadie los había desautorizado.

Otros investigadores retrocedieron aún más y señalaron, desde el lado contrario, que las piezas de aquella revolución ya estaban dentro de la tradición clásica. Mill y Cairnes tenían en sus manos buena parte de los materiales necesarios para dar el salto, pero seguían encerrados en la manera de plantear los problemas heredada de Ricardo y no dieron los últimos pasos. La idea de utilidad decreciente había aparecido en Gran Bretaña tanto en la década de 1830 como en la de 1850. Ya en 1838, Cournot había llevado el equilibrio de mercado y las funciones de demanda a un grado considerable de formalización. En 1854, Gossen publicó un libro sobre las leyes del intercambio humano que más tarde se consideraría un antecedente directo de la teoría de la utilidad marginal. Jevons no lo conocía mientras escribía. En su primera edición se preocupó de señalar que el Museo Británico no había adquirido aquel libro hasta 1865.

Otra línea de investigación desmonta por completo la idea de «una misma revolución». Los tres usaban herramientas parecidas, dice, pero sus esquemas mentales eran distintos. Walras levantó por sí solo el armazón del equilibrio general. Menger insistía en lo discontinuo, en la negociación y en la incertidumbre. Jevons fue quien más lejos llevó el análisis marginal del consumo y del intercambio, sin llegar nunca a ofrecer una teoría completa de la economía en su conjunto. Un economista que volvió a leerlos en 1934 observó que, al acercarse a los tres, costaba no sentirse insatisfecho con la costumbre de clasificarlos juntos.

Al reunir todo esto aparece algo contrario a la intuición: una parte considerable de aquella revolución fue construida después, al contarla. Se incorporó a los tres a una misma genealogía porque la disciplina posterior necesitaba un comienzo, una historia de sus orígenes que cupiera en el primer capítulo. No porque hubieran hecho lo mismo.

La construcción comprime también su propio origen. Reduce un proceso de unos veinte años, hecho de trabajos que no se comunicaban entre sí y avanzaban en direcciones distintas, a un año, una denominación y tres nombres alineados. Es la misma compresión que ejerció sobre el valor, solo que ahora la aplica a sí misma.

Por eso los materiales no permiten narrar esta historia como una victoria de la verdad sobre el error. De haber sido eso, no habría hecho falta una generación. En la década de 1860 no hubo una crisis que obligara a buscar otra salida. La escuela histórica estaba en expansión: también aquel camino seguía creciendo. El marginalismo acabó venciendo menos por haber respondido bien a las preguntas antiguas que por haberlas sustituido por otras que sí sabía responder. La profesionalización de la disciplina le ofreció precisamente un terreno favorable para hacerlo. La estructura le dio ventaja. No decidió por él.

8. Otras puertas

Lo que había quedado fuera no desapareció. Encontró otras entradas.

El primer adversario se había adelantado cuatro años a la propia revolución. En 1867, Marx escribió en el primer volumen de El capital que, en el mundo de las mercancías, una relación social determinada entre personas adopta la forma fantástica de una relación entre cosas. El filo de la frase apunta directamente a la operación de escribir el valor como una proporción de intercambio entre objetos. Marx no negaba los precios. Insistía en que su forma oculta las relaciones sociales que hay detrás y acaba, a su vez, dominando a quienes viven dentro de ellas.

El orden de las fechas importa. La objeción no nació como respuesta al marginalismo. Existía antes de aquella frontera. Por tanto, no se trazó la frontera porque nadie objetara nada. Se la trazó y se dejó la objeción al otro lado. Dentro se hizo el silencio. Que hubiera silencio no significaba que el problema estuviese resuelto.

En el capítulo octavo vimos un caso inverso que conviene poner junto a este. Allí, la construcción comprimió a la persona entera en el plano de los precios. Lo consiguió con gran éxito, y precisamente ese éxito dejó ver que no había conseguido nada. Aquí no necesitó esforzarse tanto. No aplanó lo que había fuera: cerró la puerta. Cerrar una puerta da mucho menos trabajo que aplanar las cosas, pero el resultado es el mismo. El resto no disminuye. Deja de registrarse.

El segundo regreso llegó más de sesenta años después. En 1936, en el capítulo duodécimo de la Teoría general, Keynes hizo volver de golpe un conjunto de cosas que habían sido expulsadas: el tiempo, las expectativas, las convenciones, la psicología de la multitud. Explicó que el juicio sobre los rendimientos a largo plazo descansa en parte sobre hechos conocidos y, en parte, sobre conjeturas acerca del futuro, sostenidas con distintos grados de confianza. Un grupo de personas que se observan y se imitan termina formando un juicio convencional al que todas se atienen. Al menos en la fijación del precio de los activos y en las decisiones de inversión, el precio no es un resultado deducido tranquilamente de unas preferencias y una técnica dadas. Depende de cómo se imagina el futuro, de lo que se supone que harán los demás y de si la confianza se vendrá abajo de repente cualquier día.

La tercera cosa nunca se había ido. El caballo de Menger sigue vendiéndose a diario. Cada compraventa real continúa ocurriendo dentro de un intervalo y dependiendo de quién está presente, quién tiene más prisa, quién dispone de otras opciones y quién se ha equivocado. La teoría redujo el intervalo a un punto. El mercado no.

Vistas juntas, las cosas que quedaron fuera muestran un rasgo común: todas tienen nombres precisos y preguntas bien definidas. Instituciones, tiempo, crédito, negociación, justicia. Ninguna es un residuo humanístico borroso. Ninguna se apartó porque no se supiera pensarla con claridad. Se apartaron precisamente porque eran demasiado claras: bastaba con dejarlas dentro para que las cuentas de dentro no llegaran nunca a cuadrar.

Y en el fondo de esos nombres queda algo aún más difícil de alojar. Menger dijo que el valor no existe fuera de la conciencia humana. La disciplina entendió la primera mitad y trasladó el valor al interior del sujeto. Después exigió a ese interior que diera una cifra. La parte capaz de darla se convirtió en precio, entró en las ecuaciones y llegó a los manuales. La parte que no podía hacerlo no fue destruida. Desde entonces dejó, sencillamente, de contar.

Entre la parte de una persona que puede expresarse en un número y la que no puede, la diferencia no es de cantidad. La primera admite una cifra porque puede reemplazarse por la de otra persona: las mismas horas, la misma fuerza, la misma destreza. Da igual quién lo haga. Por eso tiene un precio. La segunda no admite cifra porque no se puede sustituir: es esta persona y ninguna otra. La posibilidad de reemplazar es una condición del precio. Lo que no se puede reemplazar tiene la forma de algo distinto.

Tampoco se trata de que una sea verdadera y la otra falsa. El precio es una lectura legítima dentro de la estructura del mercado. En su lugar es exacto: se puede calcular de verdad el salario de una hora y existe de verdad un precio al que se ha vendido un cargamento. Solo hay un punto donde se toma el camino equivocado: cuando se recibe esa lectura como una descripción completa de la persona. La lectura no ha mentido. Simplemente no tenía tanto que decir. Quien la escucha cree que ya lo ha dicho todo.

La construcción intenta una y otra vez hacer sustituible también aquella parte que no lo es. Una y otra vez consigue un libro de cuentas más limpio. Esa parte nunca ha entrado en él. Solo ha vuelto a quedar, una vez tras otra, fuera de sus límites.

La revolución marginalista llevó esta operación a su mayor grado de franqueza. La hizo a la vista de todos y dio razones para hacerla. Razones bastante buenas: lo que no puede entrar en un lenguaje tampoco puede discutirse de manera fiable dentro de ese lenguaje. Desde el interior de una disciplina, el argumento es casi irrebatible. Solo tiene un defecto: el mundo no se ordena según las fronteras de las disciplinas.

Una disciplina puede decidir qué columnas abre en su libro, qué cantidades cuentan y cuáles no hace falta registrar. No puede decidir cuántas columnas tiene el mundo. Las cosas para las que no se ha abierto una columna no dejan de ocurrir por carecer de ella. Se acumulan fuera de las cuentas, cada vez más, hasta que un día ni siquiera coinciden las cifras de dentro. Entonces la disciplina tiene que volver sobre sus pasos y hacerse cargo de nuevo, una por una, de las cosas que había dejado fuera: abrir otras columnas, volver a registrarlas, hacer otra vez las cuentas.

Las cuentas siguen sin cuadrar. Y se siguen llevando.

Reescritura española independiente basada en la argumentación y las fuentes del original chino, recompuesta para lectores en español. 中文・English