Yo y mí
Una voz extraña entre la multitud
El capítulo empieza disolviendo contrastes: entre «sí» y «no» hay poca distancia; bien y mal dependen del marco que los separa. Después aparece algo excepcional en el Daodejing: una voz autobiográfica. La gente está alegre como en un gran sacrificio o al subir a una terraza en primavera; «yo», en cambio, permanezco quieto, sin haber mostrado aún señal, como un recién nacido que todavía no sonríe.
Siguen cuatro contrastes. Los demás parecen tener de sobra; yo parezco haber perdido todo. Ellos son claros; yo, confuso. Ellos distinguen con precisión; yo, opaco. No es orgullo romántico por ser diferente. Cada elogio aparente se deshace: la lucidez social puede ser apenas dominio de sus códigos, y la torpeza del hablante puede conservar una receptividad que aún no ha sido clasificada.
El yo no es una esencia escondida
El chino alterna wo y wu, dos formas de primera persona. Este comentario no convierte una en ego falso y la otra en un yo verdadero oculto. Ambas son posiciones lingüísticas. La diferencia ocurre en el uso: una primera persona puede cerrarse sobre la imagen que debe defender o funcionar como atención que registra su desajuste sin convertirlo en superioridad.
La frase final dice que esa voz «valora alimentarse de la madre». La madre es el fondo previo a la talla, la apertura que permite volver a empezar. No se persigue el aspecto excéntrico descrito por el poema. Parecer necio, solo o sin posesiones no es una virtud. Lo decisivo es no alimentarse únicamente del reconocimiento con que la multitud confirma sus identidades. Volver a la madre significa recuperar un lugar donde el yo aún puede cambiar.