Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Comentario Dazhi del Daodejing
Capítulo 2 de 81

Lo bello y lo feo

秦汉(Dazhi)· Han Qin

Texto chino del capítulo

Manuscritos en seda · texto chino adoptado por este comentario

天下皆知美之为美,恶已;皆知善,斯不善矣。有无之相生也,难易之相成也,长短之相形也,高下之相盈也,音声之相和也,先后之相随,恒也。是以圣人居无为之事,行不言之教。万物作而弗始也,为而弗志也,成功而弗居也。夫唯弗居,是以弗去。

Sobre el texto y la puntuación

El texto chino sigue el Dao De Jing comentado por el autor (《道德经注·君子不器》). Se basa en los dos manuscritos en seda, A y B, con correcciones y restituciones editoriales; no es una transcripción carácter por carácter de ninguno de ellos. La numeración de los capítulos sigue el texto recibido, y la puntuación, la del comentario. Los caracteres chinos no cambian al seleccionar otro idioma de lectura.

Leer el artículo en que se basa este capítulo (en inglés o chino)

I. La primera frase

El capítulo 2 arranca con una frase de mucho peso:

Cuando todos bajo el cielo reconocen lo bello como bello, ya está ahí lo feo; cuando todos reconocen lo bueno, ya está ahí lo no bueno.

Al pie de la letra: en cuanto todo el mundo erige «lo bello» como bello, aparece «lo feo»; en cuanto erige «lo bueno» como bueno, aparece «lo no bueno».

Esta frase se suele leer como un tópico relativista: sin belleza no hay fealdad, sin bien no hay mal, todo tiene dos caras.

Leído así, el capítulo 2 pierde casi toda su fuerza.

Laozi no está enunciando la tesis filosófica de que los opuestos dependen unos de otros. Está hablando de algo estructural:

En cuanto levantas un constructo, aparece a la vez su remanente.

¿Qué quiere decir esto?

Imagina que entrenas un clasificador para que reconozca el «éxito». Le enseñas miles de casos de éxito y aprende «qué es el éxito». Pero al mismo tiempo aprende otra cosa que tú nunca le has dicho: «qué no es el éxito». Todo lo que no encaja en la etiqueta «éxito» va a parar, automáticamente, a la categoría «no éxito».

Y no solo los fracasos evidentes.

Lo que estuvo cerca de salir bien, lo que se quedó a un paso, lo que ya estaba conseguido en un 95 %: todo eso acaba también del lado del «no éxito».

No es que el clasificador se haya equivocado.

No es una ilusión.

Es el precio.

Al levantar el constructo «éxito», un espectro que era continuo queda partido en dos. «Casi lo logró» y «fracasó por completo» entran en la misma categoría, porque ninguno de los dos está dentro de la etiqueta «éxito».

Esos «casi lo logró» que caen del lado del remanente son el precio de ese corte: lo que el ciclo cincel–constructo despide inevitablemente.

Eso es exactamente lo que dice Laozi con «cuando todos reconocen lo bello como bello, ya está ahí lo feo».

Levantas «lo bello» como vara de medir, y esa vara le da un corte a un mundo de cosas que hasta entonces eran, sin más, distintas entre sí de mil maneras: a un lado queda lo que encaja en el constructo «bello»; al otro, lo que no encaja. Lo segundo queda clasificado automáticamente y recibe un nombre: «no bello».

Incluidas las cosas casi bellas, a las que les faltaba muy poco, las que eran prácticamente bellas: todas van a parar, en el mismo lote, al lado de lo «no bello».

«Lo feo» no es algo que estuviera ahí desde el principio. Es el remanente que salió despedido en el instante en que se levantó «lo bello».

Esto no es relativismo. Es el precio estructural del ciclo cincel–constructo.

II. Levantas uno y sale despedido otro

Y esto sigue pasando.

Defines lo «normal», y a la vez aparece lo «anormal». Defines el «éxito», y a la vez aparece el «fracaso». Defines lo que es una «relación sana», y a la vez aparecen las «relaciones problemáticas». Defines lo «profesional», y a la vez aparece lo «poco profesional».

Cada etiqueta que se levanta trae consigo su propia clase de remanente: todo lo que no encaja en ella.

Y lo decisivo es esto: el remanente no se limita a quedar separado. A continuación empieza a recibir presión.

En el instante en que «lo bello» se levanta como constructo, la sociedad empieza a presionar a lo «no bello»: le pide que se corrija, que se acerque, que entre en el constructo «bello». Todo constructo levantado lleva consigo una tendencia colonizadora: quiere recoger lo que tiene alrededor y darle su propia forma.

Así funciona el ciclo cincel–constructo. No es un problema particular de una época.

Laozi lo señala nada más empezar el capítulo 2, y no porque se oponga a «lo bello» o a «lo bueno» como valores. No se opone. Lo que hace es algo más estructural:

Decirte cuál es el precio de levantar un constructo.

En cuanto estableces un nombre, se establece a la vez su remanente, y ese remanente pasa a recibir presión de forma automática.

Esa es la tesis general de la primera mitad del capítulo.

III. Seis parejas

A continuación, Laozi enumera seis ejemplos:

El ser y el no-ser se engendran uno a otro; lo difícil y lo fácil se completan uno a otro; lo largo y lo corto se perfilan uno a otro; lo alto y lo bajo se colman uno a otro; la nota y el sonido se armonizan; el antes y el después se siguen. Así es, perdurablemente.

Seis parejas, y cada una es las dos caras de un mismo corte:

Levantas el «ser», y el «no-ser» aparece a la vez como remanente.
Levantas lo «fácil», y lo «difícil» asoma por el lado contrario.
Pones una vara de medir, y afloran a la vez los dos extremos, lo largo y lo corto.
Fijas una escala, y lo alto y lo bajo se hacen visibles a la vez.
Fijas un tono, y la nota fundamental y sus armónicos se separan a la vez.
Estableces una secuencia en el tiempo, y el antes y el después se vuelven distinguibles a la vez.

Estas seis parejas no son seis ejemplos de relativismo. Son seis demostraciones concretas del ciclo cincel–constructo. Todas dicen lo mismo:

Cualquier golpe de cincel levanta una pareja así. Y eso es así siempre.

Los dos últimos caracteres —heng ye (恒也), «así es, perdurablemente»— importan mucho.

Laozi ancla la serie entera de parejas en la palabra heng. Y ese heng enlaza con el «no es el Dao perdurable» del capítulo 1. El heng que asentaba el capítulo 1 era el del remanente que no se extingue; el que asienta el capítulo 2 es el de las parejas que brotan siempre de cada corte.

Los dos heng juntos dejan establecida una sola cosa:

Que el ciclo cincel–constructo, en sí mismo, no se puede esquivar.

La versión transmitida suprimió esos dos caracteres. Y al suprimirlos, la serie de parejas se queda en un tópico relativista y se pierde el enlace con el hilo del heng.

Los manuscritos de seda los conservan. Por eso es más seguro tomar como base los manuscritos de seda.

IV. Se colman, no se derriban

De las seis parejas, hay una que merece que la miremos aparte.

Los manuscritos de seda dicen «lo alto y lo bajo se colman uno a otro» (xiang ying (相盈)). La versión transmitida dice «lo alto y lo bajo se derriban uno a otro» (xiang qing (相倾)).

Un solo carácter de diferencia, y la dirección se invierte por completo.

Qing es volcar, derribar: los dos lados se empujan, se anulan entre sí. Suena a que lo alto acabará arrastrado hacia abajo por lo bajo, y lo bajo aplastado por lo alto.

Ying es colmar, llenar: los dos lados se hacen posibles el uno al otro. Lo alto es alto porque lo bajo lo rellena y lo sostiene desde abajo; lo bajo es bajo porque lo alto lo hace visible. Los dos extremos no se derriban el uno al otro: se sostienen el uno al otro.

Al pie de la letra, son dos direcciones completamente distintas.

Lo que Laozi describe con las seis parejas no son opuestos que se anulan, sino las dos caras de un mismo golpe de cincel, que se hacen posibles la una a la otra. Levantar lo bello y levantar lo feo ocurren a la vez; no es que lo bello y lo feo se peleen, sino que juntos levantan la vara de medir «bello/feo».

El ying de los manuscritos de seda es mucho más preciso. Más adelante, en el capítulo 42, se lee: «Los diez mil seres llevan el yin a la espalda y abrazan el yang; el aliento que fluye entre ellos hace la armonía». Tampoco ahí el yin y el yang se derriban: se hacen posibles el uno al otro. Estructuralmente es el mismo hilo que «lo alto y lo bajo se colman».

El qing de la versión transmitida corta ese hilo.

V. El sabio

Terminadas las seis parejas, Laozi da un giro con un «por eso» y empieza a hablar del sabio:

Por eso el sabio se instala en el quehacer del wu wei y practica la enseñanza sin palabras. Los diez mil seres se ponen en marcha y él no se atribuye su comienzo; actúa y no lleva la cuenta; culmina la obra y no se instala en ella.

¿Qué es el sabio? El sujeto que ha entendido lo anterior —que levantar un constructo trae siempre consigo un remanente, que el ciclo cincel–constructo funciona así sin excepción— y que actúa en consecuencia.

El sabio no es una persona perfecta, ni un asceta retirado en las montañas. Es alguien que ha entendido cómo gira el ciclo y que, por eso, elige no colonizar.

Su manera de operar tiene tres caras.

Primera cara: el quehacer del wu wei.

Wu wei es la palabra peor leída de todo el libro. Durante dos mil años se ha entendido como «no hacer nada», como «retirarse pasivamente del mundo», como «no desear ni pedir nada».

Todo eso está mal.

El wu wei se define frente a otra clase de acción: la acción colonizadora. Cubrir la capa de otro con tu propio constructo, meter a la fuerza tu golpe de cincel en el ciclo cincel–constructo de otro: eso es actuar colonizando. El sabio no hace eso, y por eso se habla de wu wei, de «no actuar».

El wu wei no es no hacer nada. Es no hacer lo que coloniza a los demás.

Esta distinción es clave. Todos los capítulos posteriores que hablan del wu wei hay que leerlos a partir de ella.

Segunda cara: la enseñanza sin palabras.

«Sin palabras» tampoco significa no hablar. Significa no hacer del lenguaje el eje de la transmisión.

La transmisión habitual —el entrenamiento, por ejemplo— funciona así: el maestro le dice al alumno «tienes que hacer esto, no debes hacer aquello», «esto está bien, aquello está mal». El lenguaje inculca los valores directamente. El alumno interioriza esas frases y las convierte en su propio juicio.

Es escribir un constructo (el del maestro) dentro de otro constructo (el del alumno).

La enseñanza sin palabras es otra manera de hacer. No se dice directamente «tienes que hacer esto». Se ponen las condiciones a la vista, se muestra cómo opera uno mismo, y se deja que el otro mire por su cuenta, toque por su cuenta y dé por su cuenta su propio golpe de cincel.

El ejemplo más directo es cómo aprende un niño su lengua materna.

Nadie enseña a un bebé con un libro de gramática. Nadie le dice a una criatura de un año «primero va el sujeto, en medio el verbo y al final el objeto». Los padres, sencillamente, hablan con normalidad a su alrededor: le hablan al niño y se hablan entre ellos. Y el niño, a fuerza de escuchar, desarrolla por sí solo la capacidad de hablar.

Eso es la enseñanza sin palabras. Los padres muestran cómo funciona la lengua; no le inculcan reglas de gramática.

Ahora, al revés. Un adulto que aprende un idioma extranjero suele pasarlo mal: memoriza vocabulario, estudia gramática, hace ejercicios. Después de diez o quince años de estudio, en cuanto abre la boca, sigue trabándose.

No es que los niños sean más listos que los adultos. Es que el camino del niño es el cultivo, y el del adulto, el entrenamiento.

Cultivo: se ponen las condiciones y el sujeto crece por sí mismo.
Entrenamiento: se inyectan reglas y el sujeto queda reescrito.

La enseñanza sin palabras no consiste en no hablar, sino en no dejar que el lenguaje haga el trabajo que solo puede hacer el otro.

Tercera cara: no iniciar, no llevar la cuenta, no instalarse.

Laozi sigue con tres frases:

Los diez mil seres se ponen en marcha y él no se atribuye su comienzo; actúa y no lleva la cuenta; culmina la obra y no se instala en ella.

Las tres tienen exactamente la misma estructura: hacer algo sin ocupar cierto lugar.

No iniciar: los diez mil seres funcionan por sí mismos; él no se pone en el papel de «el que empezó».
No llevar la cuenta: terminado lo que hacía, no se queda con el apunte de «esto lo hice yo».
No instalarse: cuando la cosa sale bien, no se queda en el lugar de «esto lo logré yo».

Las tres dicen lo mismo: ceder el lugar.

¿Qué lugares? El de «yo soy la fuente», el de «el mérito es mío», el de «yo lo he conseguido».

¿Por qué? Porque en cuanto ocupas esos lugares, el otro ya no puede ponerse en pie por sí mismo. Si ocupas el lugar de «yo soy tu maestro», el alumno nunca llegará al lugar de maestro; si ocupas el de «esto lo fundé yo», los que vengan después no podrán levantar un lugar propio.

Cede el lugar, y solo entonces el otro podrá sostenerse por sí mismo en él.

El wu wei es la cara negativa (qué no hacer). La enseñanza sin palabras es la cara positiva (cómo hacer). No iniciar, no llevar la cuenta, no instalarse es la cara espacial (qué lugar no ocupar). Juntas, las tres forman la definición operativa completa del cultivo que da este capítulo.

VI. Por qué quien no ocupa no pierde

La última frase del capítulo 2:

Y precisamente porque no se instala, no se le va.

Justamente porque no ocupa ese lugar, ese lugar no se pierde.

Suena a frase de autoayuda: sé desprendido y recibirás más.

Pero no es autoayuda. Es una consecuencia estructural.

Ocupar un lugar equivale a proclamarte el constructo superior de ese lugar. Y en cuanto se levanta un constructo superior, el remanente empieza a acumularse: todo lo que queda debajo y no cabe en tu constructo empieza a agitarse, a desafiarte, a exigir que dejes el sitio. Tarde o temprano, te echan.

Ahora, al revés.

No ocupas ese lugar. El lugar no se convierte en un blanco. Sigue siempre en movimiento. Tú permaneces presente en el asunto todo el tiempo, pero no hay ningún lugar fijo que te clave; y, por eso mismo, tampoco hay ningún lugar que se pueda desafiar, derribar o usurpar.

Quien no ocupa el lugar es, justamente, quien de verdad sigue ahí.

Se parece un poco a un principio de los sistemas distribuidos: mantener un servicio sin estado es lo más estable. En cuanto atas el estado a un nodo concreto, ese nodo se convierte en un punto único de fallo; si no lo atas, el sistema entero dura.

Laozi abre la frase con fu wei, «precisamente porque». Es un enunciado causal. No dice «deberías hacer esto», sino «las cosas funcionan así».

Si entiendes esta estructura, entiendes por qué quien cultiva de verdad nunca se apropia del mérito.

No por modestia. Porque sabe que, si se lo apropia, lo pierde.

VII. Qué hace el capítulo 2

El capítulo 2 toma las condiciones generales, todavía abstractas, del capítulo 1 y las lleva por primera vez a operaciones concretas.

La primera mitad dice: levantar un constructo trae siempre consigo un remanente; las seis parejas que se engendran entre sí lo muestran; y heng ye recoge el «no es el Dao perdurable» del capítulo 1.

La segunda mitad dice cómo opera quien ha entendido esto: wu wei, enseñanza sin palabras, no ocupar el lugar.

En conjunto, el capítulo expone por primera vez la definición completa del cultivo. Todos los capítulos posteriores que hablan del sabio, del gobierno o del trabajo sobre uno mismo se despliegan a partir de esta definición.

Si vuelves ahora a «cuando todos bajo el cielo reconocen lo bello como bello, ya está ahí lo feo», verás que no es un tópico relativista, ni tampoco un manifiesto contra la estética o contra la ética. Es el punto de partida metodológico de este libro:

Levantar un constructo tiene un precio.

Quien entiende ese precio opera de otra manera.

Toda la práctica del libro se despliega a partir de esta frase.