Convertir una constante fisiológica en una definición
Una cifra precisa no explica por sí sola su causa. El umbral de 0,100 segundos convierte una hipótesis fisiológica en regla de competición y distribuye el riesgo de una decisión equivocada.
En este ensayo
- I. Un registro posterior al disparo y una sanción
- II. La diferencia entre una hipótesis y una definición
- III. De dónde salió el número: no se encuentra
- IV. Sus propias pruebas aconsejaban cambiar. La construcción no cambió
- V. La fisiología no ofrece un número estable
- VI. Dos casos que no son el mismo
- VII. La definición acaba cambiando a las personas
- VIII. Las realidades que una definición declara imposibles
I. Un registro posterior al disparo y una sanción
En la final masculina de 110 metros vallas de los Mundiales de Eugene de 2022, el tiempo de reacción oficial de Devon Allen fue de 0,099 segundos.
Lo descalificaron.
Conviene mirar bien ese número. 0,099 segundos es un intervalo positivo: transcurrido ese tiempo desde el disparo, el sistema registró una variación de fuerza sobre los tacos que alcanzaba su umbral de detección. Eso no demuestra por sí solo que Allen no hubiera iniciado antes ningún movimiento, ni que el disparo causara aquella variación. Un movimiento anticipado también puede alcanzar el umbral después de la señal. El instante registrado y la causa del movimiento son preguntas distintas.
Y, aun así, se declaró antirreglamentario.
El reglamento de World Athletics establece que un registro inferior a 0,100 segundos activa una alerta de posible salida falsa. Se llama de nuevo a los atletas; el juez de salidas examina los tiempos y la demás información disponible y confirma, si procede, quién es responsable. La alarma no equivale por sí sola a una descalificación automática. Allen acabó siendo descalificado: sus 0,099 estaban del lado que activa ese examen.
En su propio balance oficial de Oregón 2022, World Athletics describió los 0,099 de Allen como un tiempo ilegal por el menor margen posible.
Vale la pena detenerse en esa fórmula: ilegal por el menor margen posible. No dice que no hubiera movimiento ni que el sistema se equivocara al medir. Dice que Allen se movió, que el sistema lo registró y que aquel movimiento real, medido y posterior al disparo quedaba fuera de lo permitido por definición.
De eso trata este ensayo, y cuesta encontrar un ejemplo más nítido de lo que recorre la serie. En los anteriores hemos visto marcas legales que no se podían comparar, una ventaja global que era un criterio jurídico y no una medición, una línea exacta trazada donde nadie sabía justificarla. Ahora llegamos a algo más elemental: una hipótesis fisiológica sobre la rapidez con que puede reaccionar una persona se convirtió, al entrar en el reglamento, en una definición de lo que cuenta como salida válida. Pero una hipótesis y una definición son cosas radicalmente distintas. Las pruebas pueden corregir una hipótesis. Una definición reglamentaria requiere una revisión de la institución competente; las pruebas pueden proporcionar la razón para revisarla.
No es un juego de palabras. Como hipótesis fisiológica, el umbral debe responder a nuevos datos. Como regla de competición, no cambia en cuanto se publica un estudio: necesita una revisión formal. Demostrar que algunas personas pueden reaccionar más deprisa justificaría revisar el umbral, pero no bastaría para anular la sanción concreta de Allen. Aún habría que aclarar la causa del movimiento y las condiciones de medición de aquella salida. Una afirmación sobre la velocidad humana se ha convertido en una pauta de decisión. La evaluación científica y la aplicación de una regla son distintas; eso no autoriza a la regla a desentenderse para siempre de las pruebas.
II. La diferencia entre una hipótesis y una definición
Aclaremos primero esa diferencia, porque sobre ella descansa el ensayo entero.
Una hipótesis afirma algo acerca del mundo. Puede ser verdadera o falsa, y son las pruebas las que deciden. ¿Cuál es el menor tiempo en que una persona puede reaccionar después de oír un disparo? Esa es una pregunta de fisiología. Tiene una respuesta de hecho, a la que los experimentos intentan acercarse. Si un nuevo experimento muestra que se puede reaccionar más deprisa, habrá que corregir la hipótesis anterior. Una hipótesis siempre está abierta a las pruebas.
Una definición fija un uso; el reglamento determina además cómo decidir a partir de él. Un juez no puede sustituir por iniciativa propia una regla vigente porque se haya publicado un estudio. Pero vigencia y justificación son distintas. La primera depende de un procedimiento válido; la segunda debe responder a los datos fisiológicos, las condiciones de medición y el riesgo de error. La regla no cambia automáticamente con las pruebas. Si hay razones suficientes, puede y debe revisarse mediante el procedimiento correspondiente.
En su origen, 0,100 segundos era una hipótesis. Una conjetura empírica sobre el límite inferior del tiempo de reacción humano. La idea era, en esencia, que nadie puede responder de verdad al sonido de un disparo en menos de una décima de segundo; por tanto, cualquier movimiento más rápido tiene que ser una anticipación, una apuesta sobre cuándo sonará la pistola, y no una respuesta al sonido.
Si hubiera seguido siendo una hipótesis, habría tenido que ponerse al día con las pruebas. Si nuevos experimentos descubrían reacciones más rápidas, el número debía bajar.
Una vez incorporado al reglamento, actualizar el número deja de ser solo una cuestión experimental. Un experimento puede cuestionar los 0,100; su aplicación en competición espera una revisión formal. La cifra cumple dos tareas: mantener un vínculo con los datos del cuerpo y ofrecer un criterio uniforme de aplicación inmediata. Convertir esa necesidad de uniformidad en una verdad fisiológica sería confundir norma y conocimiento.
Ese paso ocupa el centro del ensayo. Una hipótesis fisiológica que debe seguir abierta a las pruebas se ha convertido también en una regla sostenida por la institución. Que el juez la aplique no somete la ciencia al reglamento. El criterio puede quedar provisionalmente fijado; su vínculo con los hechos no debe romperse por ello. Se fija un procedimiento de decisión actual, no el conjunto de posibilidades del cuerpo.
Eso explica por qué un dato no se convierte inmediatamente en un fallo. Una hipótesis fisiológica necesita hechos; una decisión de competición necesita además reglas comunes. Nuevas pruebas contra la hipótesis no dejan sin efecto la regla en ese instante. Pero su vigencia tampoco equivale a una confirmación científica definitiva. Revisar el umbral exige examinar los métodos de medición, la diferencia entre anticipación y reacción y cómo se distribuyen ambos riesgos de error. La definición no escapa a las pruebas. Estas deben pasar por un procedimiento de revisión antes de convertirse en otra línea aplicable en el acto.
III. De dónde salió el número: no se encuentra
Si los 0,100 segundos procedieran de un experimento que los hubiera establecido, tendrían al menos un origen empírico. Pero ese origen no aparece.
El estudio que suele encabezar el relato es un artículo de Mero y Komi de 1990. No fue una gran investigación normativa que estableciera un mínimo absoluto.
Participaron ocho velocistas varones. Cada uno hizo tres salidas con el máximo esfuerzo, pasando sobre una plataforma de fuerzas, y en algunos se registró también la actividad electromiográfica de los músculos de las piernas. Según descripciones posteriores del artículo, al fijar el inicio de la respuesta en el momento en que la fuerza superaba aproximadamente el 110 % de la ejercida en la posición de «listos», el tiempo medio de reacción resultaba de unos 121 milisegundos para la pierna delantera y 119 para la trasera.
Miremos esas dos cifras: 121 y 119. Las dos rondan los 120 milisegundos. No los cien.
Afirmar que Mero y Komi midieron un tiempo mínimo de reacción humana de cien milisegundos no se corresponde con su experimento. Sus principales promedios, definidos a partir de la fuerza, estaban cerca de los 120 milisegundos; la muestra era de ocho personas, y el criterio operativo era un cambio de fuerza. No la primera respuesta nerviosa, ni el primer movimiento visible, ni un límite fisiológico de la población humana. Presentar ese estudio como el descubrimiento de una constante exacta de nuestra especie, 0,100 segundos, es embutir varios conceptos distintos en uno solo.
¿En qué artículo, entonces, o en qué reunión se propuso y se adoptó exactamente ese número, 0,100 segundos?
No se encuentra.
Lo que sí se puede rastrear es que hasta 1990 se utilizaba un criterio de 120 milisegundos y que, después, los cien milisegundos pasaron a ser el estándar de la IAAF. Algunos relatos posteriores sitúan su aparición en las reglas hacia 1991. Pero no se encuentra un acta digitalizada de un congreso de la IAAF ni una resolución de su comité técnico que, a la vez, adopte los 0,100 segundos e identifique el experimento concreto que les sirve de fundamento.
Estas lagunas documentales aparecen en otros ensayos: en el segundo falta el original del primer formulario de homologación; en el undécimo, el texto inicial del cambio de especificaciones de la jabalina. En el décimo conviene precisar: una crónica contemporánea de Athletics Weekly de 1974 sitúa la prohibición del salto mortal en el congreso de la IAAF en Roma. Lo que no hemos localizado es la resolución original y las actas del debate, no toda referencia a la reunión. Aquí falta la decisión que introdujo los 0,100 segundos en el reglamento. Poder leer el resultado no equivale a conocer íntegramente cómo se llegó a él.
Aquí el hueco tiene un significado particular. Un número que procede de un experimento que lo ha establecido conserva un fundamento empírico rastreable. De este, en cambio, ni siquiera se puede determinar el artículo o la reunión de origen, y aun así se utiliza como una constante científicamente probada. Su autoridad excede lo que sus orígenes alcanzan a sostener.
Tampoco es la primera vez que vemos esto. En el tercer ensayo, el principio del amateurismo se justificaba apelando a una Antigüedad inexistente, y la falsedad de aquella Antigüedad no restaba eficacia a la norma. Aquí ocurre algo parecido. Se emplean los 0,100 segundos como una constante establecida por la ciencia, aunque no se encuentre la decisión que los introdujo y el artículo al que suele atribuirse su origen arrojara valores próximos a los 120 milisegundos. El relato que legitima una regla y la eficacia real de esa regla son dos cosas independientes. El relato puede ser borroso, imposible de documentar o incluso inexacto. La norma seguirá funcionando con precisión y seguirá descalificando a Allen. Se obedece la fuerza del reglamento; rara vez se comprueba su genealogía.
IV. Sus propias pruebas aconsejaban cambiar. La construcción no cambió
Este es uno de los puntos más firmes del ensayo. No estamos ante una objeción de críticos externos, sino ante las conclusiones de una investigación encargada por la propia construcción institucional, que decidió no adoptarlas.
En 2009, la misma IAAF encargó un estudio para preguntar, sin rodeos, si su límite de cien milisegundos seguía siendo válido.
Se estudiaron siete velocistas finlandeses de nivel nacional, cuatro hombres y tres mujeres, con entre cinco y ocho salidas por persona, aproximadamente. Se combinaron mediciones de fuerza de brazos y piernas, electromiografía y análisis cinemático, con dos mil muestras por segundo. El inicio medio del cambio de fuerza en las piernas se situó en torno a los 98 milisegundos; los intentos individuales más rápidos dieron valores bastante menores. Los cambios de fuerza en los brazos y las señales electromiográficas comenzaban todavía antes. Los investigadores observaron que exigir una fuerza mayor retrasaba el tiempo de reacción que indicaba el sistema.
La recomendación oficial del estudio era sorprendente.
No había que tratar los cien milisegundos como un axioma fisiológico. Y, si se seguía usando la fuerza ejercida sobre los tacos como medida operativa, el umbral debía reducirse a unos 80–85 milisegundos.
Eran investigadores contratados y pagados por la IAAF quienes recomendaban rebajar el umbral, dentro de un proyecto publicado por la propia IAAF.
World Athletics no adoptó la recomendación. Los 0,100 segundos permanecieron en el reglamento y siguen en el marco técnico de 2026.
Es un dato documental especialmente importante, y merece que extraigamos todas sus consecuencias. La construcción disponía de pruebas que ella misma había encargado y que recomendaban un límite menor. Pese a ello, conservó el criterio jurídico vigente. Eso muestra que 0,100 segundos no es una constante fijada por la ciencia: si lo fuera, habría cambiado cuando la ciencia aconsejó cambiarla. Es una definición que una institución ha decidido conservar. Frente a sus propias pruebas, la construcción eligió no mover la línea.
El episodio demuestra por sí solo la diferencia entre hipótesis y definición. Si los 0,100 segundos hubieran seguido siendo una hipótesis, las pruebas que aconsejaban rebajarlos habrían debido corregirla. Que no se corrigiera revela precisamente que ya era otra cosa: una definición. Las definiciones cambian por decisión institucional, no por las pruebas en sí. Y la institución decidió no cambiar.
Se dibuja aquí una figura que reaparecerá en el ensayo decimoséptimo. A menudo, la construcción tiene preparados los medios para cambiar y las pruebas están a mano, pero opta por no usarlos. Allí ofrecerá una vía de cierre que las personas no utilizarán. Aquí tiene las pruebas necesarias para corregirse y es ella misma quien las deja sin usar. Poder cambiar no equivale a cambiar.
Por justicia, hay que reconocer que mantener el criterio tampoco carece necesariamente de razones. Modificar con frecuencia una regla básica de juicio tiene un coste: dificulta comparar marcas de distintas épocas, desconcierta a atletas y jueces y abre nuevas controversias. Conservar un estándar imperfecto que lleva años funcionando responde a una preocupación por la estabilidad. Pero eso confirma justamente el argumento del ensayo. La construcción conserva los 0,100 segundos por estabilidad, por facilidad de aplicación y por conveniencia administrativa, no porque el número sea fisiológicamente correcto. Lo mantiene porque cambiarlo es engorroso. Un número que perdura por lo incómodo que resulta modificarlo ha dejado por completo de ser una constante fisiológica. Es una definición administrativa, y las razones de su supervivencia ya no tienen que ver con la rapidez de la reacción humana.
V. La fisiología no ofrece un número estable
Podría objetarse que la construcción conserva los 0,100 segundos porque la ciencia no ha llegado aún a una conclusión y todavía se desconoce el verdadero límite humano. Esa defensa deja al descubierto, precisamente, otra cuestión: el límite fisiológico inferior no es una constante estable.
No se trata solo de que la ciencia no haya encontrado el número. Es que avanza a la vez en dos direcciones opuestas.
Una sostiene que los 0,100 segundos son demasiado estrictos.
En 2007, Pain y Hibbs estudiaron a nueve atletas con tacos equipados con sensores piezoeléctricos de fuerza y sincronizados con la señal de salida. Cinco registraron tiempos medios inferiores a cien milisegundos en al menos una de las condiciones del experimento. En las dos primeras condiciones, cerca del 20 % de las salidas quedaron por debajo de cien milisegundos; el componente fisiológico de la reacción podía ser inferior a 85 milisegundos, y el inicio de la actividad electromiográfica, inferior a sesenta. Además, los investigadores se protegieron contra la objeción más evidente: que los atletas hubieran adivinado el disparo. En los ensayos pertinentes, hicieron aleatorio el momento de la señal dentro del intervalo de salida. La filmación de alta velocidad mostró que el movimiento visible desde fuera aparecía bastante después de las primeras respuestas fisiológicas y mecánicas. También formularon una cautela importante: aquello no probaba que un equipo de competición homologado por la IAAF fuera a registrar los mismos valores inferiores a cien. El criterio de detección del aparato forma parte de la propia medición.
La otra dirección sostiene que los 0,100 segundos son demasiado permisivos.
Brosnan, Hayes y Harrison analizaron la distribución de los tiempos de reacción en campeonatos de élite entre 1999 y 2014. Estimaron un límite inferior corregido de unos 115 milisegundos para los hombres y 119 para las mujeres. Su argumento era estadístico: dentro de las distribuciones observadas en condiciones de competición, los valores inferiores a esos límites tenían más probabilidades de corresponder a una anticipación que a una reacción desencadenada realmente por el estímulo.
Hay aún una tercera dirección, la del sexo y los criterios de fuerza. Lipps, Galecki y Ashton-Miller analizaron los tiempos de reacción oficiales de Pekín 2008. Sostuvieron que un umbral único de detección de fuerza podía retrasar sistemáticamente el registro de la respuesta femenina, dado que las mujeres desarrollan fuerza a una tasa absoluta menor. Según su modelo, un umbral de fuerza aproximadamente un 22 % más bajo para las mujeres eliminaría la mayor parte de la diferencia observada entre sexos.
Juntas, esas tres líneas muestran algo: la literatura científica no converge en los 0,100 segundos. Se discuten simultáneamente dos cosas. Una es qué acontecimiento fisiológico debe contar como reacción: la primera señal nerviosa, el primer cambio de fuerza o el primer movimiento visible, que no se producen a la vez. La otra es cómo traducen los tacos homologados ese acontecimiento al tiempo de reacción que aparece en la pantalla. Criterios de fuerza distintos producen traducciones distintas.
Por tanto, la constante fisiológica a la que deberían corresponder esos 0,100 segundos convertidos en definición no tiene un valor reconocido por todos. La construcción ha congelado algo sobre lo que ni siquiera converge la ciencia en una definición precisa hasta el milisegundo. El contraste entre la exactitud de la definición y la incertidumbre del hecho fisiológico que hay detrás es enorme. Una vez más, la precisión oculta la falta de fundamento. Y lo hace de una forma nueva: un umbral exacto encubre una constante que nunca ha llegado a fijarse con solidez.
El contraste tiene otra capa, y va más lejos que en los ensayos anteriores. Los coeficientes de puntuación del séptimo, los cuarenta milímetros del duodécimo, el umbral de testosterona del decimocuarto: detrás de aquellas líneas exactas había un número cuya derivación faltaba. Aquí el problema es más profundo. Aquello a lo que deberían corresponder los 0,100 segundos, el límite fisiológico inferior de la reacción humana, no solo carece de una derivación; ni siquiera ofrece un valor definido que se pueda derivar. La ciencia no está a un paso de converger. Diverge en direcciones opuestas: unos dicen que se puede reaccionar más deprisa, otros sitúan el límite más arriba. A esta línea no le falta únicamente una deducción. Se ha trazado en un terreno que no tiene una respuesta cierta, y luego se la ha hecho pasar por esa respuesta.
Las pruebas más recientes acentúan el contraste. Un estudio estadístico de 2025 centrado en el caso de Allen reunió tiempos de reacción de varias competiciones. Encontró que la distribución de los Mundiales de 2022 difería significativamente de las demás y concluyó que las reacciones inferiores a 0,100 segundos, aunque poco frecuentes, eran fisiológicamente posibles. A la fecha de referencia de este ensayo, el trabajo era un preprint, no un veredicto científico definitivo. Pero, junto con los experimentos de 2007 y 2009, impide despachar sin más la afirmación de Allen de que reaccionó de verdad al disparo con la frase «el límite humano son cien milisegundos».
VI. Dos casos que no son el mismo
Hay dos descalificaciones célebres en la salida que suelen contarse juntas, aunque corresponden a casos radicalmente distintos. Separarlas es esencial para entender este ensayo.
La primera es la de Usain Bolt en la final masculina de cien metros de los Mundiales de Daegu de 2011.
Los resultados oficiales registran su descalificación y un tiempo de reacción negativo, aproximadamente −0,104 segundos. Negativo quiere decir que se movió antes del disparo. Fue una salida falsa, un inicio anterior a la señal, no un caso fronterizo de 0,099 segundos posteriores al disparo. Lo descalificaron en aplicación de la regla de tolerancia cero que había entrado en vigor el 1 de enero de 2010. Yohan Blake ganó la final.
El caso de Bolt, por tanto, no pone a prueba el problema que nos ocupa. Aquí preguntamos si debe reconocerse una reacción real, posterior al disparo, cuyo tiempo sea inferior a 0,100 segundos. Bolt se movió antes. Su caso no responde a esa pregunta.
El segundo es el de Allen, con el que abríamos el ensayo. El sistema registró 0,099 segundos después del disparo, y ese valor, por sí mismo, quedó del lado prohibido de la regla.
Allen sí encarna el problema. Ahí está la verdadera frontera: un tiempo de reacción positivo, medido con precisión y posterior al disparo, que la definición rechaza por quedar una sola milésima de segundo por debajo del umbral.
Usar el caso de Bolt de 2011 para sostener que se prohibió una reacción real inferior a cien milisegundos es confundir dos problemas. El movimiento de Bolt que consta en el registro fue anterior al disparo. Es Allen en 2022, y no Bolt en 2011, quien ofrece el ejemplo de un tiempo de reacción positivo medido justo por debajo de cien milisegundos y rechazado por la norma.
Sobre Bolt hay, además, otra distinción que respetar: la que separa una acusación de una resolución oficial. Tras la carrera circuló la idea de que un movimiento de Blake o de otro atleta lo había hecho arrancar. Esas interpretaciones circularon, pero la decisión siguió siendo que Bolt había cometido una salida falsa y nunca se revocó oficialmente. Afirmar que hubo una provocación y determinar quién es responsable son cosas distintas. No se puede elevar lo primero a la categoría de conclusión oficial.
La posición del propio Allen también es más matizada que decir que los oficiales interpretaron mal las reglas. Admitió que, con el reglamento vigente, 0,099 constituía una salida falsa. A la vez, sostuvo que el equipo y el umbral debían admitir la incertidumbre de medición, e insistió en que había reaccionado al oír el disparo, sin anticiparlo. Son argumentos sobre la validez de las reglas y del sistema, no sobre lo que dice el texto reglamentario. No dijo que lo hubieran leído mal. Dijo que era preciso reconsiderar esa regla y ese equipo.
La precisión de esa postura importa, porque se sitúa exactamente en la divisoria de este ensayo. Allen no sostuvo que 0,099 no fuera una salida falsa según las reglas. Eso habría sido discutir su sentido literal, y el sentido literal es claro: 0,099 es, en efecto, menor que 0,100. Discutía otra cosa. Pedía revisar la regla misma, junto con la hipótesis fisiológica y el equipo de medición que la sostienen. No acusaba al juez de aplicar mal la definición; decía que la propia definición podía estar equivocada. Y ahí es donde más difícil resulta sacudir una definición, porque dentro de su marco siempre tiene razón. Que 0,099 es menor que 0,100 resulta indiscutible dentro de ella. Para cuestionarla hay que salir de su marco y preguntar si esa definición debería ser así.
VII. La definición acaba cambiando a las personas
La definición tiene un efecto que va más allá de la sanción: acaba modificando la conducta de los atletas.
La regla de tolerancia cero fue aprobada el 12 de agosto de 2009, en el 47.º Congreso de la IAAF, celebrado en Berlín. Su formulación disponía que, salvo en las pruebas combinadas, cualquier atleta que cometiera una salida falsa debía ser descalificado. Entró en vigor el 1 de enero de 2010. Según la información publicada entonces, el congreso la aprobó por 97 votos contra 55.
Antes, la regla era más permisiva. Hasta 2003, cada atleta disponía de una salida falsa: la segunda le costaba la descalificación. Desde 2003 solo se admitía una salida falsa en toda la carrera. Cualquiera que cometiera otra después quedaba fuera, aunque no hubiera causado la primera. Una de las razones de la política era reducir las repeticiones de la salida y los retrasos que ocasionaban. En 2009 se adoptó la tolerancia cero: no se admitiría ni una.
Ese endurecimiento cambió de una manera medible la forma de salir de los atletas.
Al comparar competiciones de élite celebradas bajo los sucesivos regímenes reglamentarios, los estudios encontraron que los tiempos medios de reacción registrados se iban haciendo más lentos conforme se endurecía la sanción por salida falsa. El resultado es coherente con una estrategia más conservadora: los atletas prefieren arrancar un poco más tarde antes que arriesgarse a quedar eliminados.
Detengámonos aquí, porque esta es la capa más honda de la definición. La línea de los 0,100 segundos no se limita a decidir después de la salida si esta fue legal. Modifica de antemano la manera de salir. Como caer por debajo de 0,100 acarrea la descalificación y el aparato tiene incertidumbre de medición, un atleta racional retrasará voluntariamente un poco su arranque. Dejará un margen de seguridad para no pisar la línea.
La definición, entonces, ha hecho algo más que medir una salida: le ha dado forma. Para no quedar del lado equivocado de la definición, los atletas cambian voluntariamente sus movimientos. La línea destinada a juzgar una conducta se ha convertido en un instrumento que la moldea. La persona cede ante la definición y ajusta su velocidad real de reacción al intervalo que esta permite.
Es el reverso exacto de lo que ocurría en el noveno ensayo. Allí la construcción medía el resultado, no el proceso: le importaba hasta dónde había volado el peso, no cómo se había lanzado. La medición se detenía en el resultado y no penetraba en el proceso. Aquí sucede lo contrario. La definición entra en el proceso, llega hasta el instante mismo en que el atleta sale y transforma ese movimiento. La línea concebida para juzgar acaba moldeando la conducta. La definición que establece la construcción ya no se limita a registrar lo que hace la gente. Empieza a determinar cómo lo hace.
Es un cambio que merece cautela, porque altera la relación entre la medida y aquello que se mide. En el caso ideal, medir es una actividad pasiva: registra lo que ha ocurrido sin intervenir en ello. Una regla no cambia la longitud que mide. La línea de los 0,100 segundos, en cambio, sí interviene. En cuanto lleva aparejada la descalificación, deja de ser un registro pasivo y empieza a dar forma activamente a la conducta que mide. El atleta sabe que está ahí y se adapta. Medir se convierte en intervenir: la regla empieza a cambiar su objeto. Desde ese momento, el número obtenido ya no expresa únicamente la capacidad real de la persona. Mezcla esa capacidad con las precauciones que toma para evitar la línea. Si la construcción registra reacciones cada vez más lentas, puede que las personas no estén reaccionando más despacio. Es más probable que estén cediendo voluntariamente por seguridad.
VIII. Las realidades que una definición declara imposibles
Recojamos el argumento.
Los 0,100 contienen una hipótesis fisiológica y sirven a la vez como umbral de decisión. Una investigación encargada recomendó considerar entre 80 y 85 milisegundos; las condiciones de medición y las conclusiones de los estudios no coinciden plenamente. El reglamento aquí examinado mantiene la línea anterior. Eso muestra una distancia entre investigación y revisión, no la impotencia de toda prueba ni la imposibilidad de cambiar una definición. La pregunta es cómo justifica públicamente la institución su elección y responde de los riesgos de error que distribuye.
Aparece así el resto de este ensayo, bajo una forma nueva.
En los anteriores, el resto eran nombres ausentes de las listas, causas que no se podían desentrañar, marcas incomparables, cuerpos inexistentes, continuidades para las que no había lugar, grupos de control excluidos del relato del éxito. Aquí el resto son los movimientos efectivamente registrados después del disparo y antes de que transcurrieran 0,100 segundos, junto con la posibilidad de que fueran verdaderas respuestas al sonido, una posibilidad que el reglamento ya ha excluido.
El registro es real. Los 0,099 de Allen son el resultado de una medición posterior al disparo proporcionada por un equipo homologado. No se trata, como en el caso de Bolt, de un movimiento registrado antes de la señal. Allen insiste en que reaccionó después de oír el disparo, sin anticiparlo. Pero ese número, por sí solo, no permite demostrar que no hubo anticipación ni que la medición estuviera libre de error. Lo que sí sabemos es que el sistema registró un valor situado exactamente una milésima de segundo por debajo de aquella línea.
Y la definición dice que no cuenta.
Fijémonos en lo que significa ese «no cuenta». No se limita a reconocer que el movimiento ocurrió y declarar que infringió una regla, como en un salto de longitud nulo por rebasar la tabla. Detrás de la definición se esconde también una hipótesis fisiológica: nadie puede reaccionar de verdad en tan poco tiempo; por tanto, cualquier movimiento más rápido que ese límite tiene que ser una anticipación. El juicio sobre lo que es legal toma prestada, así, una afirmación sobre lo que es imposible. Pero declarar antirreglamentaria la salida de Allen no equivale a demostrar que no respondió al disparo.
El registro es real. Si hubo o no anticipación es algo que la línea no puede responder por sí sola.
Ahí está el filo de este ensayo. Mediante una definición, la construcción ha colocado posibilidades todavía abiertas del lado de lo imposible. La línea de los 0,100 segundos no solo divide las salidas en legales e ilegales. En la explicación fisiológica que la respalda, también divide las respuestas humanas al disparo en posibles e imposibles. Y para trazar esa frontera utiliza una constante fisiológica que nunca ha llegado a fijarse con solidez, un número sobre el que ni siquiera converge la ciencia. Los movimientos posteriores al disparo que los aparatos homologados han registrado, pero cuya causa no puede determinarse solo con ese registro, quedan así excluidos de antemano de la posibilidad de ser reacciones genuinas.
El resto es aquí lo que sucedió y quedó registrado sin que todavía pueda determinarse si fue una respuesta genuina al estímulo, junto con las posibilidades que la definición cerró antes de tiempo. Ante un límite fisiológico inferior que no podía conocer con exactitud, la construcción no conservó la incertidumbre como tal. Trazó una línea exacta y colocó, sin excepción, los movimientos que quedaban al otro lado entre los que no podían ser reacciones genuinas. Convirtió una hipótesis incierta en una definición cierta, y compró esa certeza excluyendo una parte de las posibilidades aún por esclarecer.
Se ve con claridad una de las decisiones características de esta construcción ante la incertidumbre. Podía haber reconocido: no sé con seguridad dónde está el límite de la reacción humana, así que dejaré un margen suficiente al juzgar y concederé al atleta el beneficio de la duda. No lo hizo. Eligió trazar una línea cierta. Trazarla exige escoger un número concreto; escogerlo supone negarse a reconocer los resultados que queden al otro lado. Es un intercambio en el que, a cambio de certeza, se asume el riesgo de excluir reacciones reales: se gana una línea clara, aplicable, a costa de rechazar también las respuestas genuinas que puedan existir fuera de ella. Tal vez una construcción obligada a resolver en el acto sobre la pista no pueda evitar ese intercambio. No puede detenerse después de cada salida a discutir hasta qué punto puede ser rápida una reacción humana. Necesita un número que pueda usar al instante. Pero necesitar un número utilizable al instante no lo convierte en verdadero. Una definición de aplicación inmediata ocupa el lugar de una verdad que la construcción no conoce.
La construcción puede registrar el tiempo de reacción de Allen como 0,099 segundos y mostrar la cifra hasta la milésima. No puede responder solo con ese número si se trató de una reacción desencadenada de verdad por el disparo. Para responder tendría que saber hasta dónde llega la rapidez de la reacción humana y cómo convierte el aparato esa reacción en una lectura. Los estudios han ofrecido respuestas distintas; la ciencia diverge en dos direcciones. La construcción no sabe con certeza dónde está el límite inferior, pero necesita una línea. Así que traza una: 0,100. Una vez trazada, deja de tratarla solo como una hipótesis que podría estar equivocada. La convierte en definición. Y todo lo que queda al otro lado, incluido el registro real de los 0,099 segundos de Allen, entra en el territorio de lo imposible por definición.
La regla aún no mide con plena exactitud. Sigue midiendo.