Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Ciclo Cincel–Constructo · Atletismo · Reescritura española
Ensayo 15 / 23

El relato también es una construcción

La concentración de éxitos en el fondo keniano y la velocidad jamaicana es real. Convertirla en un relato sobre el talento innato de un pueblo borra de una vez la selección, las instituciones y a todas las personas que quedan fuera de la medición.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

I. Dos concentraciones reales

Hay dos hechos ciertos. Basta consultar los resultados oficiales para comprobarlos.

Uno está en África oriental. Desde 1964, los kalenjin del valle del Rift, en Kenia, han acumulado una concentración extraordinaria de éxitos en medio fondo y fondo. Un análisis en el que los investigadores clasificaron a los atletas contabilizó las medallas olímpicas y mundiales masculinas, de los 800 metros al maratón, junto con las actuaciones situadas entre las veinticinco mejores de cada año en maratón. A los corredores kalenjin les correspondían cincuenta y cuatro medallas olímpicas, setenta y siete mundiales y doscientas seis de aquellas actuaciones en maratón. Dentro de Kenia, los kalenjin reunían alrededor del 84 % de las medallas en las principales competiciones de carreras en pista.

El otro está en el Caribe. Desde los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008, Jamaica ha mostrado una concentración igualmente llamativa de éxitos en velocidad. Hombres y mujeres, 100 y 200 metros, un protagonismo que se repite de una edición a otra. El propio estudio jamaicano sobre la alfa-actinina 3 señala que los jamaicanos se llevaron siete de las doce medallas individuales de 100 y 200 metros que se disputaron en Pekín.

Ambas concentraciones son reales. Sobresalen demasiado como para despacharlas como anécdotas. Este ensayo no las niega, ni se propone hacerlo.

La pregunta es otra: cómo se explican.

Porque alrededor de ambas han proliferado explicaciones que comparten una misma forma. Parten de algo observable: ir descalzo y corriendo a la escuela, vivir en altura, tener cierto gen, pasar por cierto colegio. Después convierten ese algo en una causa, en una causa suficiente para producir el fenómeno entero. Lo que este ensayo quiere mostrar es que esas explicaciones son, ellas mismas, una construcción.

Las construcciones de los catorce ensayos anteriores estaban a la vista. En el reglamento, en la tabla de puntuación, en el libro de récords, en el umbral que divide a las personas en dos grupos. La de este ensayo trabaja a oscuras. No figura en ningún reglamento: habita el lenguaje causal con el que contamos esos éxitos. Un rasgo del cuerpo pasa a narrarse como la causa de un fenómeno. Y ese relato, como todas las construcciones anteriores, aspira a cerrarse. Tampoco lo consigue.

Conviene precisar la posición de este ensayo desde el principio, porque resulta fácil leer en él dos extremos opuestos. No sostiene que el cuerpo no importe ni que las diferencias biológicas no existan: sería tan inexacto como el determinismo. Tampoco sostiene que todas estas explicaciones sean prejuicios y haya que desecharlas en bloque. Sostiene algo más acotado y más preciso: en ellas se repite un salto lógico que convierte una observación verdadera en una afirmación causal no demostrada. Lo que se desmonta es ese salto, no las observaciones. En su mayoría, las observaciones son ciertas. La construcción está en el salto.

II. Una distinción que hay que hacer primero

Para ver dónde fallan estas explicaciones hay que establecer antes una distinción. Sobre ella descansa todo este ensayo.

Son dos preguntas completamente distintas que a menudo se toman por una sola.

Primera pregunta: dentro de la población kalenjin, ¿qué hace que unas personas corran más rápido que otras?

Segunda pregunta: ¿qué hace que los kalenjin, como grupo, consigan muchísimos más éxitos en medio fondo y fondo que otros grupos del mundo?

Son dos preguntas, no una. Para responder a la primera podemos buscar, entre los propios kalenjin, qué distingue a los más rápidos de los menos rápidos: los genes, el tendón de Aquiles, el entrenamiento. Para responder a la segunda hay que encontrar las causas de la distancia entre grupos. Y esas causas no se pueden leer directamente en la respuesta a la primera pregunta.

La heredabilidad dentro de un grupo no permite identificar las causas de las diferencias entre grupos. Esta es la frase clave de todo el ensayo.

Un ejemplo lo aclara. Supongamos que, entre los kalenjin, cierto rasgo del tendón de Aquiles explica parte de las diferencias en la capacidad de correr. Es perfectamente posible. Pero eso no nos dice en absoluto qué parte de la distancia entre sus resultados y los de otros grupos se debe a ese tendón. Entre los grupos también cambian la geografía, la economía, las escuelas, la captación de atletas y los sistemas de entrenamiento. Todo ello está entrelazado con la ascendencia; no se ha separado. Las diferencias dentro de un grupo y las diferencias entre grupos pertenecen a dos niveles distintos. Trasladar la respuesta del primero al segundo es un error elemental.

Esta distinción permite ver enseguida lo siguiente. Casi todas esas explicaciones, tanto genéticas como ambientales, solo responden a la primera pregunta, o apenas miden algún elemento intermedio; después se presentan como respuestas a la segunda. Y respecto de la segunda, la distancia entre grupos, aquello que realmente se quiere explicar, no se ha identificado hasta hoy qué porcentaje corresponde causalmente a cada factor propuesto.

La distinción se pierde una y otra vez porque resulta poco intuitiva. Si algo produce diferencias entre individuos, parece natural que también las produzca entre grupos. Pero la conclusión no se sigue: entre los grupos varían muchas cosas que no varían entre los individuos de un mismo entorno. Las diferencias entre dos niños de una aldea kalenjin pueden deberse sobre todo a factores que sí cambian dentro de esa aldea, como la aptitud o el entrenamiento. Entre los kalenjin y un país del norte de Europa cambian además la economía, la densidad de escuelas, los referentes, las redes de representantes y todo el sistema que convierte correr en una profesión internacional. Esos factores varían enormemente de un grupo a otro y apenas entre personas que comparten el mismo entorno. La distancia entre grupos podría deberse principalmente a esos factores, invisibles en la comparación interna, y no al rasgo que distingue a unos individuos de otros.

Hay que decirlo sin rodeos. A la pregunta «¿Qué parte de la diferencia de resultados entre grupos se ha explicado causalmente?», la respuesta que se sostiene es esta: por ahora no se sabe. Tampoco se ha identificado la parte atribuible, por separado, a cada uno de los factores propuestos.

III. Una cifra verdadera que se hace pasar por otra

Lo más engañoso de estas explicaciones es que suelen venir acompañadas de una cifra verdadera. La cifra es cierta; lo que ocurre es que no mide aquello que el relato le atribuye.

Veamos algunas.

Los estudios sobre una variante de la enzima convertidora de angiotensina encontraron que podía explicar hasta el 24 % de la variación de la actividad de esa enzima en la circulación sanguínea. Un 24 % no es poca cosa. Pero ese mismo conjunto de investigaciones no encontró una asociación significativa entre la variante y la condición de atleta de élite en Kenia. Ese 24 % corresponde, pues, a la actividad de una enzima en la sangre, no a los éxitos de los corredores kenianos.

En cuanto a la alfa-actinina 3, un estudio calculó que explicaba el 2,3 % de la variación en los tiempos de una carrera de 40 metros entre adolescentes varones griegos. En Jamaica, en cambio, la diferencia de ese genotipo entre atletas y controles no resultó significativa. Ese 2,3 % mide variación en los tiempos de carrera de adolescentes griegos. No mide los éxitos de los velocistas olímpicos jamaicanos.

El caso del tendón de Aquiles es el más revelador. Un estudio con treinta y dos corredores kenianos encontró que una medida del brazo de palanca de ese tendón explicaba el 30 % de la variación en la economía de carrera dentro de la muestra. Un 30 %: suena contundente. Sin embargo, en el mismo estudio, la economía de carrera apenas guardaba relación con el indicador de rendimiento utilizado. El coeficiente de correlación era de −0,01.

Detengámonos aquí. El rasgo del tendón explicaba el 30 % de la variación en la economía de carrera. Pero, en esa muestra, la relación entre la economía de carrera y el rendimiento medido era prácticamente nula. El rasgo permitía explicar una variable intermedia de laboratorio; no quedaba establecida, por esa vía, su explicación de los resultados. Entre aquel 30 % verdadero y el rendimiento se interponía una relación cercana a cero.

Ahí está el juego de estas cifras, que no tiene por qué ser deliberado. A un porcentaje referido a un fenotipo intermedio se le cambia la etiqueta y pasa a ser un porcentaje de los éxitos de un país o de una población. Que el tendón de Aquiles explique el 30 % de la economía de carrera se convierte, al contarlo, en que explica el 30 % del éxito kalenjin. De esos dos porcentajes, uno se ha medido y el otro no. El eslabón que debería unirlos, el que va de la economía de carrera al rendimiento, no quedó respaldado precisamente en aquel estudio.

Aquí reaparece una línea de los ensayos anteriores, pero con una variación nueva. En el séptimo no había una derivación pública de los coeficientes de puntuación del decatlón. En el duodécimo no la había para la línea de los cuarenta milímetros de las zapatillas. En el decimocuarto, el umbral de testosterona no se había calculado a partir de una magnitud del efecto. Allí el problema era una línea precisa colocada en un punto que no se sabía justificar: faltaba la cifra que la fundamentara. Aquí es distinto. Hay una cifra, y es verdadera, pero no mide aquello que se pretende explicar con ella. Antes, la precisión ocultaba la falta de fundamento. Ahora, una cifra verdadera pero ajena a la pregunta se hace pasar por la cifra causal que falta.

La suplantación es especialmente difícil de detectar porque satisface nuestro deseo de una cifra concreta. Ante un fenómeno complejo, difícil de explicar, un porcentaje preciso tranquiliza: parece que por fin hemos cuantificado y comprendido algo. Quien escucha rara vez pregunta qué se ha medido exactamente. «El tendón de Aquiles explica el 30 %» suena como si explicara el 30 % del éxito kalenjin. En realidad, explica una variable intermedia que, en aquella muestra, apenas se relacionaba con el rendimiento medido. La precisión de la cifra oculta el desajuste entre el objeto de la medición y el objeto de la explicación. Una cifra verdadera puesta en el lugar equivocado puede engañar más que una afirmación vaga, porque lleva consigo la autoridad de lo cuantificado.

IV. Lo que sostiene cada historia es menos de lo que cuenta

Si examinamos con este criterio algunos relatos deterministas muy difundidos, se ve hasta dónde llega cada uno y cuánto pretende sobrepasar ese límite.

La primera historia es la de ir descalzo y corriendo a la escuela.

Según ella, los niños kalenjin recorren desde pequeños grandes distancias a diario para llegar a clase y así desarrollan su capacidad de correr. Lo que puede confirmarse es una correlación: en una encuesta a cuatrocientos cuatro corredores de élite y participantes de control, dijeron haber ido corriendo a la escuela en la infancia aproximadamente el 22 % de los controles, el 73 % de los corredores de nivel nacional y el 81 % de los de nivel internacional.

La correlación es real. Pero admite explicaciones en dos direcciones, y los propios autores de la encuesta reconocieron que su diseño no permitía distinguirlas: ¿los niños se hicieron mejores corredores porque recorrían largas distancias o eligieron correr porque ya les resultaba más fácil? Que quienes tienen más facilidad corran más y que correr mejore su capacidad son dos sentidos que los datos no permiten separar. Además, en unas entrevistas anteriores a un pequeño grupo de corredores de élite, catorce de veinte no habían ido habitualmente a la escuela corriendo largas distancias. La evidencia sostiene que ese modo de ir a clase era más frecuente entre los atletas de élite de la muestra. No sostiene que todos los campeones kalenjin corrieran diez kilómetros descalzos, y menos aún que aquel trayecto causara su éxito posterior.

La segunda historia dice que la altitud fabrica campeones.

La región del valle del Rift está en torno a los dos mil metros de altitud. Que vivir en altura tiene efectos fisiológicos está comprobado. Pero la altura no es una condición necesaria ni suficiente. El contraejemplo más directo lo ofrecen las poblaciones tibetanas y andinas: viven a altitudes mucho mayores y presentan adaptaciones fisiológicas bien documentadas, sin haber producido campeones internacionales de medio fondo y fondo a la escala de Kenia. La adaptación a la altura está muy extendida; la producción de fondistas de élite a escala industrial, no. Esto no demuestra que la altitud no aporte nada. Demuestra que, por sí sola, no determina los resultados internacionales. Y en los estudios clásicos de Kenia, los niños kenianos sedentarios que vivían en altura no tenían automáticamente un consumo máximo de oxígeno elevado: la actividad y el entrenamiento eran lo que separaba con claridad a los distintos grupos.

La tercera historia es la del gen de la velocidad.

Cuenta que los jamaicanos poseen un gen para correr rápido que las personas corrientes no tienen. Lo comprobable es algo distinto: la baja frecuencia en Jamaica de cierto genotipo de la alfa-actinina 3, tan citado, no es exclusiva de sus campeones. Su frecuencia rondaba el 2 % en los controles jamaicanos y el 4 % en los controles afroamericanos; también se encontraron frecuencias muy bajas en kenianos y nigerianos. Es decir, casi toda la población corriente de Jamaica comparte esa supuesta ventaja colectiva, y solo una fracción diminuta llega a la élite. Algo que casi todos comparten no basta para explicar por qué triunfan tan pocos.

La cuarta historia dice que una persona lo hizo todo.

Puede ser un entrenador misionero, un campeonato escolar o un club: uno de ellos habría producido el fenómeno de un país entero. La cronología lo contradice directamente. De eso trata la sección siguiente.

Cuatro historias. Todas parten de un correlato real, el trayecto a la escuela, la altitud, una frecuencia genética o una institución, y lo convierten en causa suficiente sin haber establecido la comparación contrafactual. Esa es la receta común del relato determinista: tomar una correlación verdadera, quitar de en medio el contrafactual y proclamar que se tiene una causa.

V. La cronología no da su permiso

La cuarta historia, la de una persona o una institución que lo habría hecho todo, tropieza con algo muy duro: el orden en que ocurrieron las cosas.

Empecemos por Kenia. El instituto St. Patrick's de Iten y su entrenador O'Connell se convirtieron en un importante punto de articulación de las carreras kalenjin. Pero O'Connell no llegó a Iten hasta 1976. Ocho años después del oro olímpico de Keino en 1968. Doce años después de la primera medalla olímpica keniana en atletismo, en 1964.

O'Connell no puede explicar, por tanto, la irrupción de Kenia en los años sesenta: sucedió antes de su llegada. Sí puede ayudar a explicar la reproducción posterior del fenómeno, la continuidad del trabajo de los entrenadores y su visibilidad internacional. Pero el origen y la reproducción son cosas distintas. Él mismo describe su papel como el de crear un entorno donde los atletas puedan desarrollarse. Eso encaja con seleccionar, orientar y dar continuidad, no con que un entrenador fabrique el talento.

En Jamaica la cronología es todavía más clara.

Los campeonatos interescolares jamaicanos comenzaron en 1910. El inicio reconocible de la etapa de dominio en velocidad se sitúa en Pekín, en 2008. Entre una fecha y otra hay unos noventa y ocho años. Un campeonato escolar que llevaba casi un siglo celebrándose no explica, por su mera existencia, por qué aquel dominio se intensificó precisamente en 2008.

¿Y el club que llegó después? El club de atletismo jamaicano MVP se fundó en septiembre de 1999, unos nueve años antes de Pekín: un intervalo razonable para que maduraran deportistas que habían terminado la escuela. Su creación respondió a un obstáculo concreto: conseguir que atletas y entrenadores permanecieran en Jamaica, en lugar de tener que marcharse a Estados Unidos. El linaje de entrenadores de otro club, dirigido por Mills, era anterior a la irrupción de Bolt, pero su relanzamiento formal de 2009 llegó después de Pekín.

Juntas, estas fechas impugnan la explicación monocausal en las dos direcciones. Impugnan que las instituciones lo hayan creado todo: los campeonatos interescolares existían casi un siglo antes, y durante los años en que ya estaban ahí los resultados jamaicanos eran mucho más modestos. También impugnan una explicación exclusivamente genética basada en un cambio de la población, porque los éxitos internacionales crecieron en pocas décadas, a una velocidad muy superior a la de un cambio sustancial en las frecuencias de sus alelos. El acervo genético no se transforma en tres o cuatro generaciones de una manera que, por sí sola, explique semejante crecimiento.

Esta objeción del tiempo es una de las más difíciles de esquivar de todo el ensayo. Vale la pena detenerse en su fuerza. Los cambios biológicos tienen límites de velocidad. Para que la composición genética de una población se transforme hasta explicar por sí sola un vuelco de resultados, harían falta muchas generaciones de selección. Los éxitos internacionales kalenjin y jamaicanos, en cambio, se dispararon en unas décadas, una o dos generaciones. Esa escala temporal es fatal para una explicación que lo atribuya todo a una rápida transformación genética: los genes no han tenido tiempo de cambiar tanto. Esto no niega las diferencias genéticas ya existentes ni que puedan contribuir al interactuar con nuevas condiciones. Lo que niega es que el cambio del acervo genético baste para explicar la explosión. Sus impulsores inmediatos hay que buscarlos en aquello que sí pudo cambiar durante esas décadas: los mercados, los entrenadores, la migración, los incentivos. La velocidad del despegue plantea un problema que invocar una herencia estable no resuelve por sí solo.

Además, Jamaica no se convirtió en un país de velocistas en 1999. Mucho antes de aquel club tenía una importante tradición olímpica: la generación de 1948, y después Quarrie y Ottey. Cualquier historia que elija una institución como punto de partida se encuentra, al llegar a esa fecha, con resultados que ya existían antes.

VI. Los argumentos más fuertes de ambos lados

Este ensayo no decide si la causa principal es la herencia o las instituciones. Presenta la versión más fuerte de cada argumento. Lo que desmonta no es uno de los dos bandos, sino la forma narrativa del determinismo.

Veamos primero el argumento genético más sólido.

Su mejor versión no es la del gen único de la velocidad. Dice lo siguiente: la concentración es geográficamente demasiado estrecha para explicarla cómodamente solo mediante las políticas nacionales o la altitud; el rendimiento de élite es un fenotipo extremo y muy poligénico, de modo que incluso un estudio con cientos de atletas de élite puede tener una potencia insuficiente para detectar combinaciones de miles de efectos pequeños; la alfa-actinina 3 demuestra que existen variantes funcionales relacionadas con el rendimiento; y la contribución genética no necesita cambiar durante la fase histórica de expansión. Una distribución preexistente puede hacerse visible cuando los mercados, los entrenadores y las rutas migratorias permiten que más personas expresen ese potencial.

Ese argumento admite también su propio límite: establece una posibilidad razonable, no una estimación de la parte causal que corresponde a la genética. En su forma más fuerte, es una hipótesis de interacción entre genes y entorno, a la espera de datos genómicos, del desarrollo y de las instituciones suficientemente sólidos en África y el Caribe.

Veamos ahora el argumento más sólido de las instituciones y la selección.

Dice así: los resultados internacionales crecieron en unas décadas, mucho más rápido de lo que podían variar sustancialmente las frecuencias alélicas de una población; las regiones de éxito desarrollaron sistemas densos que se reforzaban a sí mismos, con competiciones infantiles visibles, escuelas especializadas, campamentos de entrenamiento, linajes de entrenadores, referentes, representantes, redes de viaje y recompensas internacionales enormes; esos sistemas someten una y otra vez a miles de participantes a procesos de selección, y de una base amplia, seleccionada intensamente, pueden surgir resultados extremos sin necesidad de una gran diferencia inicial entre las medias de las poblaciones. En Jamaica, las comparaciones genéticas citadas entre atletas y controles dieron resultados nulos; también han sido débiles los resultados de los estudios genómicos multinacionales sobre resistencia. Las variantes más conocidas no permiten distinguir a los campeones de las poblaciones locales de las que proceden.

También este argumento reconoce su límite: las instituciones se concentran allí donde ya existe el éxito, de modo que la causalidad puede ir en sentido inverso. Ningún estudio ha asignado al azar, durante toda una generación, un sistema equivalente al de Jamaica o Iten a una población comparable.

Ambos argumentos se sostienen. Cada uno tiene, además, un límite que puede reconocer honestamente. Este ensayo no arbitra entre ellos porque falta la evidencia que permitiría hacerlo: el estudio capaz de descomponer las contribuciones causales.

No son esos argumentos lo que hay que desmontar. Es el movimiento que lleva a cualquiera de ellos hasta el determinismo. Sea grande o pequeña la aportación genética, sea principal o secundaria la de las instituciones, leer una tendencia probabilística como un resultado necesario es un error. Aunque un grupo presente de verdad cierta tendencia media, de ahí no se sigue que todos sus integrantes tengan algo predestinado. Mucho menos que el fenómeno solo pueda tener esa causa. El error del determinismo no consiste en escoger los genes o las instituciones. Consiste en convertir un «más probable» en un «estaba destinado a suceder».

Ese es el equilibrio que este ensayo quiere mantener. Criticar el determinismo no obliga a situarse en el extremo contrario y afirmar que todo es ambiente y el cuerpo no cuenta. Eso sería sustituir un determinismo por otro, cambiar el biológico por el ambiental y seguir comprimiendo un sistema complejo en una sola causa. La posición que se sostiene reconoce que el cuerpo interviene, el entorno interviene y las instituciones intervienen; sus respectivas aportaciones no se han descompuesto, de modo que nadie puede proclamar a una de ellas la causa determinante. El determinismo, del sabor que sea, se equivoca en esa palabra: determinante. Finge conocer un reparto causal que, en realidad, no se conoce.

VII. Las personas que quedan fuera de la medición

Lo más grave de estos relatos deterministas es una estructura que todos comparten. Está escondida en la dirección del razonamiento.

Se elaboran así: los investigadores parten de los atletas que han triunfado, observan en ellos un rasgo y luego el relato presenta ese rasgo como la causa de su éxito.

El razonamiento va al revés.

¿En qué sentido? En que retrocede del resultado a la causa y, al hacerlo, casi nunca incorpora a la comparación a quienes tienen el mismo rasgo y no han triunfado.

Hay miles y miles de niños que van descalzos y corriendo a la escuela; poquísimos llegan a competir internacionalmente. Hay personas con aquel rasgo del tendón de Aquiles por toda África oriental; poquísimas se convierten en campeonas. Casi toda la población jamaicana comparte el patrón común correspondiente a la ausencia de aquel genotipo poco frecuente; poquísimos llegan a ser atletas olímpicos. Cada rasgo presentado como causa lo comparte una multitud de personas que lo poseen y no han triunfado.

Y en la medición que ese relato decide contar, esas personas no aparecen.

El relato encuentra un rasgo en los triunfadores, lo declara causa y se detiene. No mira a quienes tienen el mismo rasgo y no triunfaron, porque, en cuanto los mire, la historia causal se vendrá abajo. Si la mayoría de quienes poseen un rasgo no tiene éxito, ese rasgo no puede ser una causa suficiente del éxito. El relato determinista se sostiene precisamente porque deja fuera esa comparación.

Este es el resto del ensayo, y adopta una forma nueva dentro de la serie.

En los ensayos anteriores, el resto eran los nombres que no entraban en la lista, las causas que no podían repartirse, los resultados incomparables, los cuerpos inexistentes, la continuidad que no encontraba sitio. Cada uno aparecía a su manera. Aquí el resto son las personas que poseen el rasgo del relato y no triunfaron, y que por eso quedan fuera de lo que el relato mide. Son el grupo de comparación que esa historia necesita ignorar para mantenerse en pie.

En los ensayos anteriores, la construcción no podía cerrarse porque no cabía en ella cuanto quería contener, porque no se podía calcular o porque no había una respuesta única. Aquí la construcción narrativa parece cerrarse y contar una historia causal completa y coherente justamente porque aparta de la vista a quienes la desmentirían. No obtiene ese cierre aparente resolviendo el problema, sino evitando mirar al grupo que lo dejaría al descubierto. Para contar una historia cerrada, la construcción excluye sistemáticamente de su comparación a la población que la haría caer.

Esta estructura es más común de lo que parece y merece que la nombremos. Es una forma extrema de lo que se llama sesgo de supervivencia. Se mira a quienes triunfaron, se enumeran sus rasgos comunes y se presentan esos rasgos como la receta del éxito, olvidando mirar a quienes los compartían y fracasaron. En otros ámbitos el error se conoce bien. En los relatos sobre cuerpos y poblaciones es particularmente tenaz, porque el rasgo que se ha leído es físico, visible, y esa visibilidad produce la impresión inmediata de estar ante la causa. Una pantorrilla larga y delgada, una constitución que parece hecha para correr: lo visible resulta especialmente fácil de convertir en causal. Entretanto, quienes tienen esas mismas pantorrillas y nunca alcanzaron una final quedan, por no haber triunfado, fuera de las fotografías, de las muestras que el relato elige y de las historias que cuenta.

Esto también explica por qué no se sostienen ciertos relatos sobre la esclavitud. Hay una versión según la cual la selección de la trata esclavista, la supervivencia en las plantaciones o una determinada población de origen de África occidental habrían producido biológicamente a los velocistas jamaicanos actuales. Falta la cadena demostrada que lleve de las presiones selectivas históricas a un cambio medido de frecuencias alélicas y de ahí al rendimiento contemporáneo en velocidad. Es adaptar retrospectivamente la historia a un resultado, no genética de poblaciones establecida. Tiene la misma estructura que los demás relatos deterministas, solo que sitúa el rasgo varios siglos atrás, sin demostrar la sucesión de eslabones que lo uniría al presente.

VIII. Una historia que comprime el sistema dentro del cuerpo

Recojamos lo dicho.

Hay tres cosas comprobadas, y este ensayo no niega ninguna. Primera: la concentración de atletas de élite entre los kalenjin y los jamaicanos es real. Segunda: las diferencias biológicas medidas son reales. Hay diferencias en las frecuencias de los genotipos, la morfología de las extremidades, la geometría del tendón de Aquiles, la adaptación a la altura y la economía de carrera. Negar la variación biológica es tan inexacto como convertirla en destino. Tercera: las diferencias institucionales medidas son reales. Las escuelas y los campamentos de entrenamiento de Iten, los representantes internacionales, los campeonatos interescolares de Jamaica, sus clubes y sus redes de entrenadores sí modifican quién entrena, durante cuánto tiempo, con qué apoyos y quién llega a la competición internacional.

Y hay algo que sigue sin resolverse: el reparto causal. Ningún estudio ha establecido qué porcentaje del dominio kalenjin o jamaicano explican los genes. Ninguno ha establecido qué porcentaje corresponde a la morfología. Ninguno ha establecido qué porcentaje corresponde a la altitud, a correr hasta la escuela, a los campeonatos interescolares, a los campamentos de entrenamiento, a los clubes, a los incentivos económicos o a la migración para entrenar. Los porcentajes de los fenotipos intermedios no pueden cambiar de etiqueta y convertirse en porcentajes de los éxitos de un país o una población.

La imagen real, por tanto, no es la de un rasgo corporal que produce un fenómeno entero. Es la de un sistema recursivo: diferencias individuales pequeñas, o de magnitud desconocida, que la captación, el entrenamiento, la competición por recompensas económicas, las vías migratorias, el conocimiento de los entrenadores y la selección reiterada van amplificando, capa tras capa. En el extremo individual, la magnitud es incierta y puede incluso ser pequeña; en el extremo del sistema, se ha amplificado hasta convertirse en una concentración visible.

El relato determinista comprime todo ese sistema dentro del cuerpo.

«Nacidos para correr», «velocistas natos», «un pueblo con un don», «el gen de la velocidad»: esas expresiones comprimen un sistema de selección por etapas hasta reducirlo a un rasgo corporal. Un proceso que se desarrolla durante décadas, atraviesa escuelas, campamentos, mercados y migraciones se cuenta como algo que una persona ya traía al nacer. En esa compresión se pierden el sistema, el tiempo y todos aquellos que, teniendo el mismo rasgo corporal, no recorrieron el sistema de principio a fin.

Eso significa que el relato es una construcción. Como el reglamento, la tabla de puntuación o el umbral, aspira a cerrarse. Quiere clausurar la explicación de un fenómeno entero con un solo rasgo del cuerpo. No puede hacerlo, porque nunca se ha identificado qué parte de aquel fenómeno corresponde causalmente a ese rasgo. Para conseguirlo, sustituye a escondidas un resultado que debía explicar por una causa; hace pasar una cifra intermedia verdadera, pero ajena a la pregunta, por una cifra causal; cuenta una tendencia probabilística como una necesidad. Y si logra que la historia parezca tan redonda, es precisamente porque evita mirar a quienes la desmentirían.

Esta construcción puede medir la longitud del tendón de Aquiles de una persona, la frecuencia de un genotipo y el número de medallas de un grupo. Lo que no puede decirnos es cuántas de esas medallas se deben al tendón, cuántas al gen y cuántas a las escuelas, los campamentos, los representantes o las décadas de selección. Ese reparto nunca se ha descompuesto. Allí donde falta, un relato introduce en silencio la respuesta y le da la forma de un cuerpo. El cuerpo es real. Sus diferencias también. Pero entre ese cuerpo real y ese fenómeno real, los vínculos parciales medidos no establecen la cadena causal completa ni el reparto que la historia les atribuye. El relato se salta esa cadena, une directamente los dos extremos y dice: ¿lo ven? Era este cuerpo.

Así enlaza este ensayo con la serie entera en un nivel más profundo. Las construcciones de los catorce ensayos anteriores operaban en el plano institucional: eran cosas que las personas habían establecido deliberadamente, reglamentos, tablas de puntuación, libros de récords, umbrales. La de este ensayo opera en el plano del conocimiento: es algo que, al intentar comprender el mundo, no podemos dejar de construir, una historia causal. Ante un fenómeno inexplicado, casi no soportamos carecer de explicación, de modo que fabricamos una. Y la más fácil consiste en poner la causa en algo visible, en un cuerpo. Como la construcción institucional, busca cerrar, dar por resuelto algo que sigue abierto. Tampoco puede hacerlo, porque no se ha establecido la cadena causal en la que apoya ese cierre. Solo parece estar establecida: sus dos extremos, un cuerpo real y un fenómeno real, son verdaderos. Entre esos extremos verdaderos se tiende una cadena cuyo enlace completo no se ha medido y que podría no sostenerse en absoluto; el relato la da por descontada. Es la construcción más silenciosa de esta serie. No está escrita en ningún reglamento. Solo está escrita en el tono con que alguien dice: es que nacieron así.

La regla aún no mide con plena exactitud. Sigue midiendo.