Un mismo problema, dos conclusiones
Las superzapatillas y los bañadores de poliuretano cambiaron las marcas, pero tanto el atletismo como la natación conservaron los récords ya establecidos. Una regla puede cerrar el paso hacia el futuro sin reescribir el pasado con efectos retroactivos.
En este ensayo
- 1 Una comparación que primero hay que desmontar
- 2 Una ventaja real que se ha exagerado
- 3 La línea de los cuarenta milímetros no tiene una deducción
- 4 Viena y la marca que nunca fue un récord
- 5 La natación también conservó los récords
- 6 Los dos bandos tienen fundamento
- 7 Por qué no hay un fallo
- 8 Una conclusión elegida y no impuesta
1 Una comparación que primero hay que desmontar
Este ensayo iba a presentar un contraste impecable: las zapatillas conservaron sus récords; los bañadores los perdieron. Dos controversias sobre material deportivo con la misma estructura, dos fallos opuestos.
Esa comparación es falsa. Hay que desmontarla antes de seguir. De lo contrario, el ensayo entero se levanta sobre arena.
Lo que ocurrió fue esto. Los récords mundiales establecidos con los bañadores de poliuretano de 2009 no se anularon. La Federación Internacional de Natación, la FINA, los conservó siempre que se hubieran conseguido en competiciones oficialmente reconocidas y mientras aquellos bañadores siguieran autorizados. De los cuarenta y tres récords mundiales batidos en los Mundiales de Roma, la mayoría sigue figurando en la progresión histórica de los récords.
Con las zapatillas sucedió lo mismo. World Athletics conservó las marcas en ruta que cumplían los requisitos de homologación, aunque se hubieran conseguido con zapatillas después restringidas o sujetas a nuevas normas. No borró del registro las marcas logradas con suelas gruesas y placas de carbono.
¿Y la hora, cincuenta y nueve minutos y cuarenta segundos con dos décimas de Kipchoge en Viena? A menudo se habla de ella como de un récord mundial anulado. Pero nunca fue un récord mundial. Fue un intento diseñado a medida, una exhibición que desde antes de celebrarse se anunció y se entendió como no homologable. Y el motivo por el que no podía entrar en el registro no tenía que ver con las zapatillas.
Así que el contraste impecable no se sostiene. No hubo un deporte que conservara los récords y otro que los anulara: los dos los conservaron. La verdadera pregunta no es por qué esta construcción dio respuestas opuestas a dos casos iguales. Es por qué, ante controversias sobre material deportivo de una misma estructura, eligió no anular los récords, cuando podría haber elegido lo contrario.
En los dos ensayos anteriores vimos cómo la construcción, al traspasarse la definición del implemento, reescribe las reglas y pone a cero el registro de récords. Eso ocurrió con la jabalina en 1986: se cerró el libro de las antiguas especificaciones y se abrió el de las nuevas. Aquí sucede lo contrario. Ante un material que, en términos estructurales, también rebasa el límite, la construcción decide no empezar de nuevo. Deja las viejas cuentas y las novedades en un mismo libro. Y esta decisión, igual que la decisión opuesta en la jabalina, tiene defensa. Su contraria también la tendría.
Este ensayo no tiene una respuesta. Es el primero de la serie, hasta ahora, que de verdad no la tiene. Y esa falta de respuesta es precisamente su asunto.
Conviene explicar por qué ocurre justo aquí. En los ensayos anteriores sobre tecnología, los problemas de la construcción todavía tenían, en mayor o menor medida, un núcleo factual. ¿Cuánto del salto de Beamon se debió a la altitud? No hay respuesta, pero al menos la pregunta se refiere a hechos; lo que no podemos es hacer sus cuentas. La pregunta de este ensayo trata de valores. Conservar o anular no es algo que más datos puedan resolver. Ningún volumen de resultados experimentales dirá si debe contar una marca legal pero incomparable, porque ese «debe» no es una pregunta que los datos puedan contestar. Por primera vez, la distinción entre hechos y valores ocupa el centro de todo un ensayo. Y los valores son justamente el terreno en el que esta construcción peor se desenvuelve y más imposible le resulta cerrarse.
2 Una ventaja real que se ha exagerado
Primero fijemos los hechos sobre las zapatillas. La discusión de ambos bandos parte de ellos.
Las zapatillas de suela gruesa y placa de carbono sí ofrecen una ventaja medible. Diversos experimentos controlados lo han confirmado una y otra vez. Las primeras generaciones de este calzado avanzado redujeron aproximadamente entre un 2 y un 4 % el coste metabólico a intensidades submáximas, en comparación con las zapatillas de competición tradicionales.
Es una media poblacional. Y es real.
Pero hay que añadir de inmediato dos precisiones, o se interpretará mal la cifra.
La primera: reducir el coste metabólico un 4 % no equivale a rebajar un 4 % el tiempo de carrera. En una carrera hay fatiga, curvas, desniveles, firme, meteorología, avituallamiento y táctica. Ahorrar un 4 % de oxígeno no se convierte mecánicamente en un maratón un 4 % más rápido. Los estudios observacionales sitúan el efecto sobre los tiempos de maratón entre el 0,6 y el 2,8 %, según el sexo y los supuestos del modelo. Por lo general, queda por debajo de aquel 4 % del laboratorio.
La segunda: las diferencias individuales son enormes. Son diferencias observadas, no meras hipótesis. En un experimento controlado con corredores kenianos de nivel mundial, las respuestas individuales al mismo conjunto de zapatillas avanzadas oscilaron entre un perjuicio del 11,3 % y una mejora del 11,4 %. Es decir, una misma zapatilla puede ayudar muchísimo a una persona y lastrar a otra. Hay atletas que responden muy bien, otros que apenas mejoran y unos pocos que, con determinado modelo, incluso corren más despacio.
Conviene retener esta segunda precisión. Más adelante será una de las piezas de mayor peso en toda la discusión.
La discrepancia empieza al preguntar si esa ventaja constituye una ruptura o una mejora más en la evolución del calzado. Un bando sostiene que es una ruptura: la placa de carbono y la geometría estabilizan la plataforma, lo que permite emplear un volumen mucho mayor de una espuma con una capacidad de retorno extraordinaria. El efecto metabólico resultante multiplica varias veces las pequeñas diferencias que suelen observarse entre zapatillas de competición tradicionales. El otro bando ve una innovación continua: toda zapatilla de competición modifica la amortiguación, la rigidez, el agarre y la geometría. Aquí no hay un motor ni una fuente externa de energía. El beneficio sigue dependiendo del propio atleta.
Desmontemos de paso otra explicación popular: que la placa de carbono, por sí sola, devuelve energía suficiente para explicar toda la ventaja. No se sostiene. Eliminar o reducir la rigidez de flexión longitudinal en una zapatilla por lo demás similar no ha eliminado su ahorro energético. La aportación aislada de la placa, por tanto, no equivale al efecto del sistema completo. La ventaja procede de la interacción entre el retorno de energía de la espuma, la altura de la suela, su geometría basculante, la masa y los cambios en la mecánica articular. No de esa placa por sí sola.
Volvemos al salto de Beamon del quinto ensayo. Cuando un efecto resulta de varios factores que interactúan, no podemos sacar uno de ellos del conjunto y decir cuánto aportó. La placa de carbono no es un motor, igual que la altitud no fue la única causa del salto de Beamon.
3 La línea de los cuarenta milímetros no tiene una deducción
Entre 2017 y 2019, las marcas en ruta mejoraron a un ritmo anómalo. Esa aceleración coincidió con la rápida difusión de las zapatillas avanzadas.
Un estudio que abarcó de 2001 a 2019 e incluyó 11 400 marcas de los cien primeros puestos encontró que el trienio 2017–2019 fue el de mayor mejora media en aquel periodo de casi veinte años. Esos tres años concentraron aproximadamente el 44 % de toda la mejora del maratón femenino desde 2001 y el 35 % de la del masculino.
La aceleración es real. Sus causas son objeto de disputa académica.
La explicación centrada en las zapatillas reúne el momento de su aparición, el ritmo gradual de su adopción, los efectos de laboratorio, los cambios observados en los propios atletas y aquel salto excepcionalmente brusco de tres años. Ve en todo ello un patrón causal cuyos elementos se corroboran entre sí. La explicación multifactorial atribuye también un papel a los circuitos más rápidos, la mayor profundidad del grupo de corredores de África oriental, las mejoras en el marcaje del ritmo y el avituallamiento, la elección de condiciones meteorológicas, las primas de participación y el entrenamiento. Añade que los corredores que ya eran más rápidos fueron los primeros en adoptar las nuevas zapatillas: en los datos observacionales, la asignación del calzado no era aleatoria.
Ninguna de las dos explicaciones puede demostrarse. No podemos hacer un experimento aleatorizado y controlado que ponga a la mitad de la élite a correr diez años con zapatillas nuevas y a la otra mitad con las antiguas. Nunca podremos calcular cuánto de aquella aceleración correspondió al calzado. Es, otra vez, la estructura del quinto ensayo: un efecto que no admite una atribución causal limpia.
Ante esa aceleración, World Athletics intervino el 31 de enero de 2020. Estableció que las suelas de las zapatillas de ruta no podían superar los cuarenta milímetros ni contener más de una placa rígida integrada.
La cifra de cuarenta milímetros no tiene una deducción pública en la que apoyarse.
World Athletics se apoyó en la evaluación de su Grupo de Revisión de Asistencia, citó investigaciones independientes y afirmó que había motivos suficientes de preocupación. Anunció además un nuevo grupo de trabajo de expertos para orientar nuevas investigaciones, la evaluación y la regulación a largo plazo. Pero el comunicado de enero de 2020 no publicó un cuadro formal de pruebas, un modelo, un estudio de validación del umbral ni un cálculo que explicara por qué cuarenta milímetros, y no treinta y cinco, treinta o cuarenta y cinco.
El análisis jurídico llega a esta conclusión: la línea es regulatoria y preventiva; no es el resultado directamente demostrado por un experimento.
El vínculo con los ensayos anteriores es particularmente claro. En el séptimo, los coeficientes vigentes de la tabla de puntuación del decatlón carecían de una deducción completa y pública. Aquí ocurre lo mismo con el umbral de cuarenta milímetros. Una construcción traza una línea exacta, cuarenta milímetros, ni más ni menos, pero no deja por escrito por qué la sitúa aquí y no allá. Una vez más, precisión y fundamento son cosas distintas. La línea tiene precisión milimétrica, pero no podemos remontarnos a una razón que explique por qué son cuarenta.
Podemos ir un paso más allá y explicar por qué una línea así casi inevitablemente carece de deducción. El límite de cuarenta milímetros debe separar las zapatillas aceptables de las inaceptables. Pero la ventaja del calzado es continua: crece o disminuye gradualmente al cambiar la altura, la espuma o la geometría. No existe un punto de ruptura natural en el que la ventaja salte de pronto de razonable a inadmisible. Si la ventaja es continua, toda frontera supone necesariamente un corte humano. Cortar en cuarenta o en treinta y nueve no es, en esencia, diferente. Por eso ningún experimento puede demostrar esa línea: aquello que debe dividir no tiene por sí mismo un límite natural. Es una línea que hay que trazar y que no se puede demostrar. La construcción solo puede establecerla mediante una decisión; no puede deducirla.
Hay más cosas a las que no tenemos acceso. No encontramos actas que permitan saber si se presentó formalmente una propuesta numérica más estricta, por ejemplo treinta milímetros, o una prohibición total, y si después se rechazó en una votación. Se publicaron los nombres del grupo de revisión inicial, pero no disponemos de una lista nominal completa de quienes participaron en cada etapa posterior del proceso del grupo de trabajo. Los huecos repiten la forma de los ensayos anteriores: quedó la conclusión; se perdió el proceso.
4 Viena y la marca que nunca fue un récord
Volvamos ahora a la marca que más fácilmente se cuenta mal: la hora, cincuenta y nueve minutos y cuarenta segundos con dos décimas de Kipchoge en Viena.
La historia suele contarse así: Kipchoge bajó de las dos horas, estableció un récord y World Athletics se lo anuló por culpa de las zapatillas.
Todo lo que ese relato dice sobre el récord es falso.
No fue un récord anulado, porque nunca fue un récord. Lo que impedía homologarlo no eran las zapatillas, sino la manera de organizar el intento entero.
Veamos esa organización. Más de cuarenta liebres de élite se distribuyeron en grupos que se relevaban. Un grupo corría alrededor de Kipchoge en una formación aerodinámica y era sustituido aproximadamente cada 4,8 kilómetros. La formación se había diseñado mediante dinámica de fluidos computacional y estudios en túnel de viento. Le entregaban las bebidas desde una bicicleta en marcha, en vez de que él las recogiera en puestos fijos de avituallamiento. Un coche guía proyectaba indicaciones visuales para marcar el ritmo.
Cada uno de esos dispositivos se apartaba de las condiciones habituales de un récord de maratón.
La homologación de un récord mundial exige que la marca se consiga en una competición real, debidamente organizada, anunciada y autorizada, y celebrada conforme al reglamento. Un intento a medida, dispuesto en torno a un único atleta, no responde al modelo normal de competición exigido para homologar un récord. Las liebres reglamentarias son competidores que toman la salida y permanecen sujetos a las reglas de la carrera. Está prohibida, en cambio, la ayuda de personas que no compiten, que salen y vuelven a entrar o que, sin participar realmente en la competición, se colocan únicamente para marcar el ritmo al atleta. La entrada y salida de grupos de corredores frescos por turnos es radicalmente distinta del trabajo habitual y permitido de las liebres.
Había, pues, razones ajenas a las zapatillas que bastaban por sí solas para impedir la homologación de Viena: las liebres aerodinámicas que entraban por relevos y el avituallamiento móvil eran ayudas incompatibles con las condiciones del récord. El ritmo ideal, la elección del circuito y la selección de condiciones meteorológicas favorables completaban aquel dispositivo optimizado, aunque no fueran por sí mismos motivos de exclusión. Fuera cual fuera la situación reglamentaria exacta de aquellas zapatillas, no podía convertir el intento en un récord homologable.
Sobre las zapatillas mismas hace falta una precisión honrada. No disponemos de las especificaciones técnicas exactas del prototipo usado en Viena. No se ha encontrado una documentación técnica completa del fabricante ni un análisis destructivo público del par que llevó Kipchoge. La versión comercial posterior se describió públicamente como dotada de una sola placa de carbono de longitud completa. Eso no demuestra que el prototipo de Viena tuviera la misma construcción. Los medios especularon ampliamente con una suela de más de cuarenta milímetros y hasta tres placas. Eran conjeturas; no disponemos de confirmación.
La descripción exacta de Viena es, por tanto, esta: una exhibición extraordinaria que ocurrió de verdad, un intento cuya falta de elegibilidad para el récord se había dejado clara de antemano. No entró en el registro porque no cumplía las condiciones de competición y de asistencia. Esas condiciones eran independientes de la estructura de la zapatilla, que sigue sin poder precisarse.
Tratar Viena como un récord anulado confunde dos cuestiones: que la marca no fuera homologable y que las zapatillas fueran controvertidas. La falta de elegibilidad no dependía de esa controversia. Aunque las zapatillas hubieran cumplido íntegramente el reglamento, Viena tampoco habría entrado en el registro.
5 La natación también conservó los récords
Miremos ahora la natación. Tampoco allí hubo la anulación de la que habla el relato popular.
En 2008 apareció un bañador que combinaba fibras elásticas de tejido tupido, paneles de poliuretano, compresión corporal, una superficie hidrófoba y costuras soldadas por ultrasonidos. Los ensayos de desarrollo afirmaban que reducía alrededor de un 24 % la resistencia por fricción superficial frente a los tejidos anteriores. Pero era una afirmación del fabricante basada en sus pruebas de desarrollo, no una mejora del 24 % en competición verificada de forma independiente.
En 2009, los bañadores de la competencia llevaron más lejos el recubrimiento de poliuretano impermeable, la compresión corporal, la retención de aire y los efectos de flotabilidad. Algunos de los diseños más destacados de aquel año eran, en la práctica, bañadores integrales enteramente de poliuretano, no prendas textiles con unos pocos paneles.
En aquellos Mundiales de Roma se batieron cuarenta y tres récords mundiales.
Hay que devolver el número cuarenta y tres a la escala habitual para apreciar lo insólito que es. Que en unos Mundiales caigan varios récords mundiales ya resulta extraordinario. En Roma cayeron cuarenta y tres. No fue una mejora gradual: en pocos días se reescribió una gran parte del libro de récords. Los estudios retrospectivos estiman ganancias de varios puntos porcentuales en algunas pruebas. En un deporte como la natación, que cuenta en centésimas de segundo, varios puntos porcentuales rozan el absurdo. La anomalía de esa cifra se convirtió después en uno de los argumentos más poderosos a favor de anular las marcas: cuesta llamar evolución normal del material a un cambio tecnológico que derriba cuarenta y tres récords de una vez.
Entonces intervino la FINA. El 24 de julio de 2009, su congreso aprobó el regreso a los bañadores textiles y las restricciones de cobertura corporal. En cuanto a los récords ya establecidos, decidió no anularlos retroactivamente. El 31 de julio confirmó que la antigua lista de bañadores autorizados seguiría vigente hasta el 31 de diciembre de ese año y que los nuevos requisitos se aplicarían a partir del 1 de enero de 2010.
En ese punto, la FINA hizo lo mismo que World Athletics: restringir hacia delante sin retroceder para revisar el pasado. Los antiguos récords permanecieron en la progresión histórica y, mientras nadie los superase, seguían apareciendo como récords oficiales vigentes.
La razón que dio públicamente la FINA fue que aquellas marcas se habían establecido con las reglas y las condiciones que regían en su momento, y que no iba a reconsiderarlas.
Aquí hay que desmontar otra versión popular: que la FINA declaró justos esos récords porque todos habían tenido bañadores en igualdad de condiciones.
No fue así. La razón oficial publicada era mucho más limitada: aquellas marcas eran legales con arreglo a las normas de entonces. El acceso al material tampoco era literalmente igualitario. Variaban los contratos, los acuerdos de las selecciones nacionales, el suministro de bañadores, el ajuste al cuerpo, el momento de la aprobación y el rendimiento de cada modelo. La construcción dijo que las marcas eran legales, no que fueran justas, y menos aún que todos hubieran competido en igualdad. Legalidad y justicia son juicios distintos. La construcción solo formuló el primero.
6 Los dos bandos tienen fundamento
A estas alturas, el verdadero problema está claro. Con las zapatillas y con los bañadores no hubo un bando que conservara y otro que anulara: los dos conservaron. Esa decisión admite una defensa poderosa y una oposición igualmente poderosa. En esta sección pondremos ambas sobre la mesa. El ensayo no fallará a favor de ninguna.
Veamos primero los argumentos más sólidos para conservar los récords.
Primero, la legalidad y la responsabilidad de las instituciones. Los deportistas tienen derecho a confiar en las reglas y en las listas de material autorizado por los organismos rectores. La FINA aprobó aquellos bañadores y mantuvo su autorización hasta el 31 de diciembre. World Athletics permitió las zapatillas de carbono reglamentarias en las carreras en ruta reconocidas. Castigar retrospectivamente a los atletas equivale a cargar los retrasos o los errores del regulador sobre quienes obedecieron las normas vigentes.
Segundo, los récords nunca han sido tecnológicamente puros. Las pistas, las piscinas, el cronometraje, las corcheras, los tacos de salida, la ciencia del entrenamiento, la nutrición, las bicicletas, las raquetas y las zapatillas siempre han cambiado. Un récord mide la mejor marca en las condiciones admitidas en su fecha, no una constante humana abstracta y libre de toda ayuda. Para trazar retroactivamente una frontera en el poliuretano o en la espuma de gran espesor hace falta una razón defendible: ¿por qué estas innovaciones serían de una naturaleza distinta a todas las mejoras aceptadas antes? Esa razón no es fácil de dar.
Tercero, no existe una resta científicamente válida. No se puede descontar un efecto medio de una marca individual. La respuesta al calzado va desde el perjuicio hasta mejoras de dos dígitos en el laboratorio. El efecto del bañador cambia con el ajuste, la constitución corporal, el estilo de natación y la distancia. No podemos convertir con fiabilidad el récord de un deportista en una marca hipotética conseguida con un bañador textil o unas zapatillas tradicionales. Aquí adquieren todo su peso las enormes diferencias individuales de la segunda sección. Si la misma zapatilla produce efectos tan distintos según la persona, no podemos afirmar que añadió una cantidad fija a todos sus usuarios. Y si no podemos fijar esa cantidad, tampoco podemos restarla.
Cuarto, una anulación selectiva partiría de pruebas desiguales. Las fotografías y los registros de productos conservados no permiten identificar con certeza cada variante de zapatilla o bañador. Los prototipos cambiaban, el ajuste a medida era distinto y el estado de las autorizaciones evolucionaba deprisa. Anular solo las marcas de quienes podamos identificar claramente podría dejar intactas otras que recibieron la misma ayuda, pero cuyos usuarios no quedaron identificados. El resultado sería un libro de récords todavía menos exacto.
Los cuatro argumentos, juntos, componen una defensa muy sólida de la conservación. Y enfrente hay otra igual de sólida.
Veamos los argumentos más fuertes para anular o reclasificar.
Primero, los récords constituyen un sistema de comparabilidad, no se limitan a certificar un resultado legal. Un campeonato decide quién ganó con las reglas de aquel día; un récord se proclama el mejor a lo largo de la historia. Un organismo rector puede, por tanto, mantener las medallas y las posiciones y, a la vez, negarse a que una marca surgida de una discontinuidad tecnológica sirva de referencia a quienes están obligados a utilizar material sustancialmente más lento.
Segundo, los organismos rectores pueden corregir sus errores de clasificación, y ya lo han hecho. Ahí está el precedente del récord de la hora en ciclismo. La Unión Ciclista Internacional trasladó las marcas tecnológicamente asistidas a la categoría de «mejor esfuerzo humano» y restableció una referencia anterior conseguida con material convencional. La reclasificación retroactiva es institucionalmente posible, aunque las marcas hubieran sido celebradas al lograrse. Esto importa porque demuestra que, si no se anula, no es por imposibilidad. Se puede hacer. Ya se ha hecho. No anular es una elección, no una limitación de capacidad.
Tercero, la discontinuidad de las marcas es demasiado grande. En Roma hubo cuarenta y tres récords mundiales; los estudios retrospectivos estiman ventajas de varios puntos porcentuales en algunas pruebas. La aceleración de las cien mejores marcas de carrera entre 2017 y 2019 fue la mayor mejora trienal del conjunto de datos de casi veinte años. Un salto tan simultáneo puede interpretarse como prueba de que la categoría del récord ya había cambiado sustancialmente y las normas aún no habían alcanzado ese cambio.
Cuarto, la legalidad formal no basta cuando la propia autorización es defectuosa. Las aprobaciones de la FINA cambiaron repetidamente en 2009, y resultaba difícil medir la flotabilidad, la permeabilidad y la composición de los materiales. Las antiguas reglas de World Athletics se limitaban a prohibir la ayuda injusta, sin una prueba previa que permitiera aplicar operativamente esa prohibición. La autorización provisional de un regulador no demuestra por sí sola que los récords resultantes pertenezcan a una misma categoría histórica.
Quinto, la desigualdad de acceso es inherente, no accidental. Las primeras zapatillas avanzadas se suministraban preferentemente a determinados atletas patrocinados. El acceso a los bañadores de poliuretano variaba según contratos, federaciones, suministro y aprobaciones de última hora. Cuando una tecnología ofrece un beneficio sustancial, el acceso exclusivo o inestable afecta tanto a la competencia entre los participantes como a la jerarquía de los récords.
Estos cinco argumentos, juntos, también componen una defensa muy sólida de la anulación.
Al igual que la conservación, la anulación no es una postura extremista a la que le dé igual la suerte de los deportistas. Descansa en un principio igualmente serio: un récord tiene sentido porque permite comparar. Si no puede compararse con quienes vienen después, pierde su función esencial. Un récord al que los sucesores, con material reglamentario, nunca pudieran acercarse no sería un monumento digno de admiración, sino un muro infranqueable. Mantendría para siempre a todos los que vinieran después por debajo de una altura inalcanzable, por mucho que se esforzaran, y parte de esa altura procedería de algo que ya no se les permite usar. Eso defiende el bando de la anulación: que el récord sea una referencia comparable entre personas, no una muesca que el material haya dejado a una altura que sus sucesores ya nunca podrán alcanzar. El principio es tan legítimo como el de no aplicar las normas con efecto retroactivo.
Ambas posiciones se sostienen. Y la manera en que se sostienen es el núcleo de este ensayo.
7 Por qué no hay un fallo
No estamos ante una posición correcta y otra equivocada, una sostenible y otra insostenible. Las dos se sostienen, pero sobre terrenos distintos.
La conservación se apoya en la legalidad del momento y en el carácter definitivo de lo resuelto. Desde ese fundamento, una marca lograda en una competición oficial y con material reglamentario es un récord válido. Modificarla retrospectivamente sería injusto.
La anulación se apoya en la comparabilidad de la categoría del récord a lo largo del tiempo. Desde ese fundamento, una marca que impide comparar generaciones no merece servir de referencia a quienes llegan después, por muy legal que fuera en su momento.
Los dos fundamentos son válidos y llevan a conclusiones opuestas. Elegir uno no depende de cuál sea más correcto, sino de qué ponga primero esta construcción: la legalidad y el carácter definitivo de las decisiones de entonces, o la comparabilidad a largo plazo de la categoría del récord.
Por eso este ensayo no tiene respuesta. No faltan pruebas: son abundantes, y los argumentos de ambos bandos están completos. Lo que falta en el propio problema es un criterio objetivo de decisión. Los documentos de primera mano muestran tres opciones institucionalmente coherentes: conservar las marcas y cambiar las reglas solo hacia el futuro, reclasificar retroactivamente o mantener récords paralelos según las eras del material. No proporcionan una regla que demuestre la superior legitimidad universal de una de ellas.
Otros deportes han dado respuestas distintas, y eso mismo muestra que no hay una única respuesta. El golf y el tenis tienden a legislar hacia el futuro y conservar las marcas legales del pasado. El ciclismo reclasifica récords cuando el material transforma radicalmente la prueba histórica. El tiro con arco mantiene categorías paralelas de récords definidas por la tecnología: los récords del arco recurvo no quedan sustituidos por los del arco compuesto solo porque ambos sean tiro con arco. Tres formas de proceder entre estos deportes, sin un principio que los abarque a todos y dicte cuál es la correcta.
Hay un vínculo con el noveno ensayo. Allí, ante la pregunta de si era mejor el desplazamiento lineal o el giro, la construcción no emitía un fallo porque ese óptimo no existía. Aquí sí emite un fallo: entre conservar y anular, ha elegido conservar. Pero el fallo carece de un fundamento objetivo y podría haber sido el contrario. En el noveno ensayo, la construcción se abstiene de decidir. En este, decide, pero su decisión queda suspendida entre dos fundamentos que se sostienen por igual.
Merece la pena ahondar en la diferencia. En el noveno ensayo, la construcción no intervenía ante el desplazamiento y el giro porque no había una medida que permitiera comparar las dos técnicas en un mismo plano. Su silencio era honrado: reconocía que carecía de fundamento para fallar. Aquí interviene y elige conservar. Sin embargo, el fundamento en que apoya esa intervención, la legalidad de entonces, no tiene más derecho a imponerse que el fundamento de enfrente, la comparabilidad a lo largo del tiempo. No estamos, por tanto, ante un fallo derivado de un fundamento decisivo. Estamos ante un fallo que, entre dos fundamentos de igual rango, escoge uno. Podría haber escogido el otro. El silencio de la construcción y su elección revelan aquí algo en común: cuando no hay un criterio objetivo, callar es abstenerse honradamente de elegir; elegir es decantarse arbitrariamente por una opción. Ninguna de las dos cosas constituye un fallo fundamentado y reproducible.
También hay un vínculo con el séptimo ensayo. Allí, la tabla del decatlón se enfrentaba a varias definiciones incompatibles de justicia; ni siquiera había una única pregunta que formular. Aquí sucede lo mismo. Conservar y anular pueden defenderse porque detrás hay dos concepciones distintas, y ambas razonables, de lo que debe ser un récord. Para una, es el mejor resultado bajo las condiciones de su momento. Para la otra, es una referencia comparable entre épocas. Como las distintas definiciones de justicia del séptimo ensayo, ninguna puede demostrarse como la única correcta.
8 Una conclusión elegida y no impuesta
Recojamos el hilo de este ensayo.
Las zapatillas y los bañadores plantean controversias de estructura muy parecida. Ambos combinan varios rasgos que interactúan, en lugar de depender de una sola pieza milagrosa. Ambos producen mejoras medias medibles y, a la vez, enormes diferencias individuales. Ambos se difundieron deprisa después de los primeros éxitos en competición. Los dos organismos rectores empezaron aplicando reglas amplias y cualitativas sobre justicia o material deportivo, y después introdujeron límites numéricos o de materiales. Los dos aplicaron las nuevas restricciones hacia el futuro y conservaron las marcas conseguidas en competiciones reglamentarias y reconocidas.
Ante dos casos casi iguales, la construcción tomó la misma decisión: conservar.
Y esa decisión admite ser revocada. No es la única conducta correcta, ni una conclusión impuesta por las pruebas, ni una resolución sin alternativa. La construcción escogió una posibilidad entre varias que se sostenían. Frente a la decisión de conservar, en vez de anular o reclasificar, hay razones igual de poderosas y un precedente real de la elección contraria: el récord de la hora en ciclismo.
Así, este ensayo y los dos anteriores componen una figura completa.
En el décimo, la construcción solo descubre la frontera cuando alguien la cruza; entonces decide si mantenerla o abrirla. Ya dije que aquella decisión podría haber sido la contraria. En el undécimo, cuando se rebasa la definición del implemento, la construcción reinicia el registro: cierra las viejas cuentas de la jabalina. En ambos ensayos elegía, pero sus decisiones parecían naturales, casi impuestas por las circunstancias. Este ensayo convierte aquel «podría haber sido la contraria» en todo su tema, en vez de dejarlo como una observación al margen. Lo muestra con claridad: ante una controversia de material con la misma estructura, la construcción puede reiniciar el registro, como en la jabalina, o conservarlo, como con las zapatillas y los bañadores. Las dos opciones tienen razones completas. Las dos tienen precedentes. La construcción eligió la segunda.
Así, el resto que aparece en este ensayo adopta otra forma nueva.
En los ensayos anteriores, el resto tomaba la forma de nombres excluidos, causas que no se dejan calcular, técnicas sobre las que no se emite un fallo, movimientos que podrían haberse admitido y no se admitieron, marcas legales pero incomparables. Cada uno tenía su modo de quedar fuera. Aquí, el resto es la propia opción que no se eligió. Anular, reclasificar, mantener récords paralelos por épocas: todas son soluciones realmente viables y con precedentes. La construcción eligió conservar, y las otras se convirtieron en caminos no recorridos. No eran erróneas. Simplemente no fueron elegidas.
Este resto es especialmente difícil de señalar porque ni siquiera aparece en las cuentas. Es otra forma que podría haber tenido el libro. Si la construcción hubiera elegido anular, el registro de récords de hoy sería distinto: las cuarenta y tres marcas de Roma llevarían otras anotaciones o entrarían en una serie histórica separada. Aquel libro de récords fue una posibilidad real. No quedó sin realizar por ser inviable, sino porque, al llegar a la bifurcación, la construcción tomó el otro camino.
Y en esa bifurcación no había señales. Ningún principio objetivo indicaba a la construcción hacia dónde debía ir. Se encaminó hacia la conservación con toda una justificación; podría haberse encaminado hacia la anulación con otra justificación igual de completa. Los dos caminos conducen a un sistema de récords coherente, pero no al mismo sistema. La construcción eligió uno. El otro quedó para siempre al otro lado de la bifurcación: una dirección que se sostenía por igual y que nadie tomó.
Este resto se distingue de todos los anteriores y es el más difícil de señalar. Ponerlos uno al lado del otro permite verlo mejor. El nombre que no entró en la lista se puede pronunciar. Las causas que no podemos calcular sabemos que están ahí. La marca incomparable de jabalina se puede ver, depositada en el libro antiguo. En todos esos restos hay algo que señalar. En el de este ensayo, no. Es un libro de récords que nunca llegó a existir, el que hoy tendríamos si la construcción hubiera decidido anular. No podemos apuntar a nada de la realidad y decir «es esto», porque es justamente la versión que no se hizo realidad. Es la inexistencia de un camino, el reverso de una elección, una posibilidad desviada de su curso a la que ya no se puede volver. Entre las cosas que la construcción no logra cerrar, esta es la más leve, tan leve que ni siquiera figura en las cuentas. Pero también es la más radical: es la otra forma que podría haber tenido el libro entero.
Esta construcción puede medir cuánta energía ahorra una zapatilla, cuánta resistencia reduce un bañador y cada marca con precisión de una centésima de segundo. Lo que no puede medir es si esas marcas deben contar. Porque ese «deben» no es una magnitud medible. Es un juicio que hay que elegir, y ese juicio no tiene una única respuesta correcta.
La regla aún no mide con plena exactitud. Sigue midiendo.