Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
← Ciclo Cincel–Constructo: Atletismo
Ciclo Cincel–Constructo · Atletismo · Reescritura española
Ensayo 11 / 23

Destruir el viejo libro de cuentas para preservar la comparabilidad

Los 104,80 metros de Hohn no fueron «borrados»: al cambiar las especificaciones de la jabalina, quedaron encerrados en el viejo libro de cuentas. Para preservar la comparabilidad, la institución tuvo que reconocer que la continuidad se había roto.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

I Una versión que conviene corregir antes de empezar

Antes de nada, hay que corregir una versión muy difundida. Si este ensayo partiera de ella, estaría equivocado de principio a fin.

La historia suele contarse así: los 104,80 metros que Hohn lanzó en 1984 son un récord eterno, un lanzamiento anulado porque había llegado demasiado lejos; la Federación Internacional de Atletismo lo tachó de un plumazo para que los demás atletas pudieran alcanzarlo.

Casi cada palabra de esa historia necesita una corrección.

El lanzamiento de Hohn no fue anulado. Sigue en los archivos oficiales de World Athletics, identificado como una marca de la antigua prueba de jabalina. Sigue siendo una marca homologada, sigue siendo su mejor registro personal y sigue figurando en la progresión de los récords, con la indicación de que se obtuvo con el antiguo implemento. Nunca se declaró ilegal. Ninguna resolución técnica posterior estableció retroactivamente que la jabalina empleada por Hohn incumpliera las reglas.

Lo que empezó de nuevo no fue la marca de Hohn, sino la serie de récords mundiales correspondiente al implemento de nuevas especificaciones. En abril de 1986 cambiaron las características reglamentarias de la jabalina, y la construcción institucional abrió un nuevo libro de récords para ella. El lanzamiento de Hohn pertenecía a las especificaciones antiguas y permaneció en el libro antiguo. El récord mundial masculino de jabalina vigente es el de Železný, de 98,48 metros, no los 104,80 de Hohn.

La formulación precisa es, por tanto, esta: 104,80 fue el último récord mundial de la prueba con las especificaciones antiguas, no un lanzamiento anulado.

En cuanto a la expresión «récord eterno», nunca ha sido una denominación oficial. No se encuentra ningún reglamento de la IAAF o de World Athletics, ninguna resolución de un congreso ni ninguna tabla oficial que describa aquel lanzamiento como un récord eterno, permanente o imbatible. Es una expresión de la prensa de divulgación, de las redes sociales y de los vídeos retrospectivos. El vocabulario que utiliza la propia construcción cumple una función concreta: identificación de la antigua prueba, progresión histórica.

Este ensayo trata de un hecho más preciso y más extraño: una marca legal, válida y conservada íntegramente en la historia cuya categoría como récord vigente fue suprimida por la propia construcción. Y la suprimió sin borrar la marca. Cerró el libro de cuentas que la contenía.

El ensayo anterior trataba de cómo una construcción descubre sus límites cuando alguien los cruza y decide entonces si los mantiene o los abre. Este trata del precio que paga cuando decide mantenerlos.

Aquí hay que precisar qué significa mantener. En el ensayo anterior, la construcción defendía una definición de lo que es el salto de longitud: se negaba a admitir en él una voltereta. Ahora defiende otra cosa, la comparabilidad dentro de una serie de récords. Quiere garantizar que cada marca de esa serie pueda compararse con las demás. Cuando un nuevo implemento vuelve imposible esa comparación, su manera de preservarla consiste en distribuir las marcas obtenidas con el antiguo y con el nuevo en dos libros distintos. El precio de conservar la comparabilidad es producir una incomparabilidad. La frase parece contradictoria, pero eso es exactamente lo que vamos a examinar.

II Más de cinco metros de una sola vez

Hohn lanzó 104,80 metros en Berlín Oriental el 20 de julio de 1984, durante la Jornada Olímpica de Atletismo celebrada en el parque deportivo Friedrich Ludwig Jahn. Según la documentación de World Athletics, fue su segundo intento de aquella competición.

Superó en 5,08 metros el anterior récord mundial de Petranoff, de 99,72, y fue la única marca por encima de los cien metros homologada en la antigua prueba masculina.

Conviene detenerse un momento en esos 5,08 metros.

Antes de Hohn, la progresión había sido esta: los 96,72 de Paragi en 1980 y los 99,72 de Petranoff en 1983. Un avance de tres metros. Hohn añadió más de cinco de una sola vez. No fue la continuación de un progreso centímetro a centímetro. Fue un salto.

También aquí debemos corregir enseguida otra impresión habitual: que durante los años ochenta las distancias de la jabalina aumentaban cada año. No fue así.

Si ordenamos las mejores marcas mundiales de cada temporada, encontramos 96,72 en 1980; una caída a 92,48 en 1981; una recuperación hasta 95,80 en 1982; 99,72 en 1983; 104,80 en 1984. Y en 1985, el propio Hohn encabezó la lista con 96,96 metros, muy lejos de sus 104,80.

Lo preciso es decir que los avances aerodinámicos y los mejores lanzadores empujaron bruscamente hacia fuera la envolvente superior de las marcas. No que cada temporada llegara más lejos que la anterior. La envolvente se ampliaba; las temporadas fluctuaban. El lanzamiento de Hohn fue el punto más extremo de esa expansión, no el extremo de una curva que ascendiera sin sobresaltos.

Hay varios datos de aquel lanzamiento que hoy no están disponibles. Y merece la pena dejar constancia de su ausencia.

No se dispone de la marca y el modelo exactos de la jabalina de Hohn. Muchos relatos posteriores la identifican con alguno de los modelos antiguos más conocidos de la época. Pero no se encuentra un certificado de control del material, un número de serie del fabricante ni una lista autorizada de los implementos de la competición que permita vincular un modelo concreto con aquel lanzamiento. No es prudente presentar una marca comercial o una distancia nominal de diseño como un hecho demostrado.

Tampoco se dispone de las condiciones meteorológicas y la velocidad del viento exactas de aquel intento. Los récords de jabalina no están sujetos al límite de dos metros por segundo que rige en las carreras de velocidad y los saltos horizontales. Sin embargo, el vuelo de una jabalina depende mucho de la velocidad del viento, la densidad del aire, el ángulo de ataque y la orientación del implemento. No se encuentra un registro autorizado del vector del viento, la temperatura, la presión atmosférica o la densidad del aire durante aquel lanzamiento de Hohn. Cualquier conversión precisa basada en unas condiciones meteorológicas supuestas es, por ello, una conjetura.

La situación se parece a la del salto de Beamon, del que hablamos en el quinto ensayo. Una marca extrema se produce en un momento cuyas condiciones no quedaron registradas por completo. Nunca podremos calcular cuánto puso la persona y cuánto puso aquel día. La diferencia es que, en el caso de Beamon, ninguna de esas condiciones ofrecía algo que pudiera modificarse por reglamento: el viento estaba dentro de lo permitido; la altitud era geografía. El caso de Hohn, en cambio, puso en juego la redefinición del propio implemento.

La diferencia es decisiva. Ante el salto de Beamon, la construcción no tenía ningún punto sobre el que intervenir reglamentariamente. Solo podía aceptar tal cual aquella marca de causas imposibles de desentrañar, inscribirla en la tabla y dejarla durante veintitrés años en lo más alto. Ante el lanzamiento de Hohn sí tenía algo a lo que agarrarse: la propia jabalina. Era un implemento, y las características de un implemento podían volver a definirse. Frente a una marca que había llegado demasiado lejos, la construcción era impotente en el caso de Beamon y podía actuar en el de Hohn. No porque comprendiera mejor las causas de ese lanzamiento, sino porque esta vez había encontrado algo que podía mover. No podía mover la altitud. Podía mover la jabalina.

III La propuesta ya estaba en marcha

Hay que descartar una afirmación porque invierte la relación entre causa y efecto: que el lanzamiento de Hohn, por sí solo, obligó a empezar de nuevo.

No fue así.

Bremicker, integrante del Comité Técnico de la IAAF, rechazó expresamente esa cronología. Los cambios estaban en marcha mucho antes del lanzamiento. El comité realizó experimentos en 1982 y 1983; la propuesta de nuevas reglas de fabricación quedó ultimada en 1983; a comienzos de 1984 se incorporó al orden del día del Congreso de Los Ángeles, y en mayo de ese año se distribuyó entre las federaciones miembro. Hohn lanzó sus 104,80 metros el 20 de julio, unas dos semanas antes del congreso.

Aquel lanzamiento no pudo originar una propuesta que ya llevaba meses circulando. Sí pudo reforzar, política y simbólicamente, los argumentos a su favor. Es más defendible decir que los 104,80 se convirtieron en la imagen pública duradera de una decisión cuyo proceso técnico ya estaba en marcha.

Esto enlaza con el ensayo anterior, pero hay que hacer el enlace con precisión.

Allí hablábamos del salto de longitud con voltereta hacia delante. El límite se trazó cuando alguien lo cruzó. Antes de 1974, las reglas del salto de longitud no prohibían las volteretas; fue la de Delamere la que forzó la aparición de la prohibición. En aquel caso, el límite surgió efectivamente después de haber sido cruzado.

En la jabalina sucedió algo distinto. El límite estaba dibujándose antes de que se cruzara. El Comité Técnico comenzó sus experimentos en 1982, cuando el récord mundial todavía estaba por debajo de los cien metros y nadie había superado esa barrera. La construcción no esperó a los 104,80 de Hohn para reaccionar precipitadamente. Años antes ya había previsto que las distancias podían resultar excesivas y había empezado a prepararse.

¿Qué lugar ocupa entonces aquel lanzamiento en esta historia? Es la anotación más contundente al pie de una decisión que ya se estaba gestando. Dio una razón visible para todos a una cuestión que hasta entonces se discutía en el Comité Técnico. Más de cinco metros de golpe. 104,80. La cifra era el mejor argumento posible. No fue la causa de la decisión; fue su prueba más poderosa. Y una prueba no es lo mismo que una causa.

Aquí aparece un patrón distinto del de los ensayos anteriores. En ellos, la construcción solía ir a remolque: reaccionaba y establecía reglas después de que algo ocurriera. Esta vez se adelantó. Se preparaba antes de que apareciera la marca extrema. ¿Por qué pudo anticiparse? Porque no tenía que juzgar si una técnica era buena o mala. Se enfrentaba a una tendencia física. El techo de las distancias estaba subiendo, y esa tendencia podía extrapolarse. No hacía falta esperar una marca concreta para prever que, tarde o temprano, alguna distancia sería demasiado grande. La construcción puede adelantarse a una tendencia; ante una sorpresa aislada, solo puede reaccionar después. El aumento de las distancias era una tendencia. La aparición de la voltereta era una sorpresa.

Vale la pena profundizar en esta diferencia. Una tendencia puede extrapolarse porque tiene continuidad: a pesar de las oscilaciones de cada temporada, la envolvente superior avanza a largo plazo, y una línea permite ver hacia dónde se dirige. Una sorpresa no puede extrapolarse porque es un hecho discontinuo. Alguien imagina de pronto un movimiento que no se le había ocurrido a nadie; no hay aviso previo ni línea que trazar. Ante una tendencia, la construcción puede levantar diques, como quien ve subir la marea. Ante una sorpresa, tiene que esperar a que ocurra para enterarse de que tal cosa existe y solo entonces responder. Las distancias de la jabalina eran la marea; la voltereta hacia delante, un meteorito caído de repente. Frente a la marea cabe prepararse. Después del meteorito, solo queda recoger los restos. Por eso la misma construcción se adelantó en un caso y llegó tarde en el otro.

IV Hacer que la jabalina baje la punta

La construcción no puso un límite a los atletas. Rediseñó la jabalina.

En 1982 y 1983, el Comité Técnico de la IAAF y los fabricantes produjeron jabalinas de ensayo con el centro de gravedad desplazado hacia delante dos, tres, cuatro o cinco centímetros. Se realizaron cientos de lanzamientos, sobre todo con máquinas lanzadoras, aunque algunos los hicieron atletas. Se consideró que un desplazamiento de tres centímetros bastaba para asegurar que la punta tocara el suelo primero. La mayoría del comité optó por cuatro, a fin de reducir más las distancias y disminuir la posibilidad de tener que acometer otro costoso cambio de especificaciones en el futuro.

Los principales cambios de dimensiones fueron estos: el centro de gravedad avanzó cuatro centímetros hacia la punta; aumentó el diámetro mínimo permitido de la cola, lo que restringía los perfiles traseros extremadamente finos que producían mucha sustentación. La prueba siguió siendo, en todo caso, la de jabalina masculina de ochocientos gramos. No se pasó a un implemento más ligero.

La aerodinámica de esos cambios es el único pasaje de este ensayo que exige una pequeña incursión técnica. Merece la pena explicarla bien, porque aquí está la lógica de todo lo demás.

En una antigua jabalina de alto rendimiento, el centro de presión podía desplazarse respecto al centro de gravedad al variar el ángulo de ataque. Eso permitía generar un momento de cabeceo positivo y mantener la sustentación. Dicho sin tecnicismos: durante el vuelo, la jabalina antigua tendía a levantar la punta. Planeaba como un ala, avanzaba muy lejos con una trayectoria muy tendida y acababa cayendo casi horizontal. Esa era la caída plana. Traía dos problemas: como la punta no tocaba primero el suelo, decidir si el intento era válido o nulo se volvía difícil y controvertido; además, la jabalina volaba demasiado lejos.

Con la nueva distribución del peso, el centro de presión quedó por detrás del centro de gravedad, lo que producía un momento de cabeceo negativo con ángulos de ataque positivos. En otras palabras, durante el vuelo la nueva jabalina tendía a bajar la punta, en lugar de seguir planeando o caer plana. Llegaba al suelo inclinada hacia abajo, con la punta por delante, y el juicio se volvía claro. Además, al dejar de prolongar el planeo, llegaba menos lejos.

La construcción resolvió así los problemas de la caída plana y de la distancia con un mismo recurso: hacer que la punta descendiera durante el vuelo. Un solo desplazamiento del centro de gravedad sirvió para las dos cosas. Redujo a la vez las disputas sobre la validez y las distancias excesivas.

Hay un detalle que suele pasar inadvertido: los dos problemas eran de naturaleza distinta. La caída plana planteaba una dificultad de arbitraje. Lo que estaba en juego era si la construcción podía determinar claramente la validez de un lanzamiento; era un problema de la medición misma. La distancia excesiva planteaba una dificultad de espacio: si el estadio podía contener el vuelo. No existía un vínculo necesario entre ambas cosas. Una estaba dentro del libro de cuentas; la otra, fuera. El adelanto del centro de gravedad resultó contenerlas a las dos. Hubo algo de fortuna en ello: un cambio pensado para resolver una dificultad de arbitraje resolvió también una dificultad del recinto. Y precisamente porque resolvió ambas, la discusión posterior sobre cuál había sido su objetivo principal nunca terminó de zanjarse.

Su precio es el asunto de este ensayo. La jabalina nueva y la antigua son dos implementos distintos. La física de su vuelo es diferente: la antigua levanta la punta y planea; la nueva la baja y se clava. Las marcas obtenidas con ellas no pueden compararse dentro de una misma serie de récords.

V Se cierra un libro y se abre otro

La cronología del reglamento está clara: las reglas de fabricación quedaron ultimadas en 1983; en mayo de 1984 se distribuyeron entre las federaciones miembro; el Congreso de Los Ángeles las aceptó ese mismo año, y entraron en vigor el 1 de abril de 1986. El intervalo de casi dos años permitió la transición de las competiciones, los atletas y los fabricantes.

En el momento de la entrada en vigor ocurrió lo siguiente.

Las marcas obtenidas con los dos implementos dejaron de tratarse como elementos intercambiables de una misma progresión de récords mundiales. El 21 de septiembre de 1986, Tafelmeier lanzó 85,74 metros con la jabalina de nuevas especificaciones. Fue el primer récord homologado de la nueva serie.

Y los 104,80 de Hohn no se convirtieron en la meta que Tafelmeier tenía que superar.

Esta frase es el núcleo del ensayo. Los 85,74 de Tafelmeier no desafiaban los 104,80 de Hohn, aunque 104,80 sea una cifra mucho mayor que 85,74. Las categorías de implementos que había detrás de esos números ya eran sustancialmente distintas. La marca de Tafelmeier era el punto de partida de una serie que, cerrado el libro anterior, comenzaba desde cero.

Conviene precisar lo de empezar desde cero. El primer récord de la nueva serie, 85,74 metros, no empezó, por supuesto, en cero metros: ya era un lanzamiento muy largo. Empezar desde cero significa que, a efectos de récord, no tenía nada delante. No debía superar un récord previo con la nueva jabalina, porque era el primero. La primera página del libro que la construcción abrió para el nuevo implemento estaba en blanco, y Tafelmeier escribió la primera línea. Entre los números mayores del libro antiguo, 99,72 o 104,80, y esa primera línea no había una distancia por remontar en la progresión de un récord. Había una frontera entre dos libros. 85,74 es menor que 104,80, pero 85,74 era un récord y 104,80 ya no era el récord vigente: no estaban en el mismo libro.

Surgió así una situación singular. World Athletics mantiene hoy tres tratamientos perfectamente compatibles: los 98,48 de Železný son el récord mundial masculino vigente; los 104,80 figuran en la ficha personal de Hohn bajo la antigua prueba de jabalina; y la progresión oficial de los récords conserva las marcas anteriores con una indicación del antiguo implemento.

Se cerró y se separó una serie de récords. No se destruyó la historia que había debajo.

Hay que dejar clara la distinción. Ser legal y ser el récord vigente son dos juicios diferentes. El lanzamiento de Hohn sigue siendo legal y sigue siendo una marca que fue homologada. Lo que fue sustituido es la categoría de la que dependía su condición de récord mundial. Esto ocurre también en otros ámbitos: cuando un organismo rector cambia la distancia de una prueba, una tabla de puntuación, una categoría de peso o una clase de implemento, las marcas anteriores pueden conservar su carácter oficial sin seguir encabezando los récords de la prueba que las sucede.

La tabla de puntuación del decatlón, de la que hablamos en el séptimo ensayo, pertenece a la misma familia de problemas. Allí se cambiaba la tabla de conversión: las diez marcas de Thorpe permanecían iguales y cambiaba su total de puntos. Aquí se cambia la jabalina: la distancia de Hohn permanece igual y cambia la serie de récords a la que pertenece. En ambos casos, el hecho permanece intacto y la construcción modifica el lugar que le asigna. Hay una diferencia: los totales calculados con las tablas vieja y nueva pueden ponerse uno al lado del otro, porque proceden de una misma competición. Las marcas con la jabalina vieja y la nueva no pueden compararse de ese modo, porque se obtuvieron con dos implementos distintos.

VI No disponemos de la frase original

Sobre este reinicio hay algo que debemos reconocer con honestidad: no disponemos del texto original que lo decidió.

Entre las fuentes consultadas no se encuentra ninguna reproducción de acceso público de la moción completa del congreso de 1984, ninguna votación nominal, ningún historial de enmiendas ni la redacción literal de la cláusula que reinició los récords. El testimonio del Comité Técnico y la práctica posterior de la IAAF establecen con solidez tanto la fecha de entrada en vigor como el contenido de la decisión. Pero, sin el acta original, no debemos entrecomillar como si fueran palabras del congreso los verbos exactos que pudo utilizar: anular, abolir, cerrar, archivar o trasladar.

La expresión que World Athletics empleó después, «una nueva serie de récords», describe con precisión el resultado institucional. No debe presentarse, sin embargo, como una cita del propio congreso de 1984.

Esta laguna ha aparecido ya muchas veces en la serie. Esta vez ocupa un lugar particular.

En el segundo ensayo no encontramos el original de aquella primera solicitud de homologación de un récord. En el tercero, la carta en la que Thorpe reconocía lo ocurrido. En el cuarto, no quedaron registradas las intervenciones detalladas del debate que suprimió una prueba en 1928. En el décimo, no disponemos del texto original de la resolución que prohibió la voltereta hacia delante, ni de las actas de sus deliberaciones. Ahora no disponemos de la cláusula original de un reinicio que afectó a una de las marcas más famosas de este deporte.

La forma se repite: la construcción dejó su conclusión, el libro cerrado, la nueva progresión de récords. En los materiales a nuestro alcance no se conserva el proceso, la discusión en la que se decidió cerrar el libro. Y aquí el contraste es especialmente marcado, porque la marca afectada, 104,80 metros, es una de las cifras de las que más se ha hablado en el atletismo. Se menciona una y otra vez, pero no tenemos el documento original del momento en que cambió de condición. Todo el mundo conoce el resultado. Las fuentes disponibles no nos permiten ver cómo se tomó aquella decisión.

A estas alturas de la serie podemos hacer un pequeño balance de ese patrón. La construcción es una máquina que produce conclusiones. Sus productos son lo que se escribe en los reglamentos, en las tablas de récords y en los archivos. Esos productos se conservan con cuidado, porque conservarlos es la razón de ser de la construcción. El proceso que los produce, en cambio, las conversaciones, disputas, ponderaciones y votaciones, casi nunca se guarda con el mismo esmero. No es el producto, sino su fabricación. Una fábrica custodia el producto terminado; no conserva cada operación por la que pasó en la cadena de montaje. Lo mismo hace esta construcción. Quienes vienen después pueden acceder a todas sus conclusiones, pero apenas pueden reconstruir alguno de sus razonamientos. Dejó al mundo sus juicios. Las razones de esos juicios quedaron en reuniones cuyas huellas se han perdido.

Tampoco se dispone de otro documento relacionado con esto. No se encuentra ninguna moción de la época, propuesta de una federación, petición de atletas o enmienda del congreso que planteara expresamente mantener a Hohn como plusmarquista mundial con el implemento antiguo y abrir al mismo tiempo una lista nueva. Tampoco se han encontrado pruebas documentales de que se rechazara formalmente una propuesta de ese tipo, ni de que la IAAF publicara las razones para rechazarla.

Es interesante, porque el resultado que efectivamente se produjo se parece mucho a esa hipotética propuesta de conservación. La progresión antigua se mantuvo en la historia oficial de los récords, y la marca de Hohn siguió clasificada como una marca de la antigua prueba. Durante la transición de la jabalina femenina, en 1999, un portavoz de la IAAF utilizó una formulación más clara: las marcas anteriores llevarían una indicación de que se habían logrado en condiciones distintas. Ese modo de archivar se parece bastante a la propuesta que, según algunos relatos, habría existido. Solo que ya no concede a las marcas antiguas el título, sin más calificativos, de récord mundial vigente.

La construcción, por tanto, no hizo lo que cuenta la versión popular: borrar todas las marcas antiguas para preservar la comparabilidad. En un sentido importante, hizo lo contrario. Declaró que los dos implementos no eran comparables dentro de una misma serie de récords vigente, pero conservó como historia la progresión anterior. «Borrar» solo se sostiene como metáfora de la pérdida del título de récord vigente. No es una descripción literal de lo que sucedió con los archivos estadísticos.

VII Un número que ya no puede ser igualado en su serie y sus dos verdades

Volvamos ahora a la pregunta que más llama la atención y que más fácilmente se responde mal: ¿ha quedado para siempre fuera de alcance la marca de 104,80 metros?

Hay que dividir la respuesta en dos. Ninguna de sus dos mitades coincide con el popular «récord eterno».

La primera: la vida de los 104,80 como récord mundial vigente ha terminado. Ya no son la meta que alguien debe superar. El récord masculino actual es el de Železný, 98,48 metros. Una nueva marca tiene que desafiar ese número, no el de Hohn. En el ámbito de los récords vigentes, los 104,80 se han retirado. Han pasado al archivo de la antigua prueba.

La segunda: ninguna institución deportiva puede establecer como un hecho que el número 104,80 jamás volverá a alcanzarse. En teoría, un atleta futuro podría lanzar 104,80 metros con el implemento actual, aunque nadie lo haya conseguido y los 98,48 de Železný sigan siendo la cota más alta. Una competición reconocida con implementos históricos también podría reproducir ese número sin modificar el récord mundial de las especificaciones vigentes. La permanencia es una predicción, no una categoría que pueda homologarse.

La expresión «récord eterno» funde así dos cosas diferentes: el final de los 104,80 como récord vigente y la imposibilidad de volver a obtener el número 104,80. Lo primero es cierto: su condición de récord vigente terminó. Lo segundo no es un hecho que pueda establecerse. Nadie puede garantizar que esa cifra no vuelva a alcanzarse nunca por ningún medio.

Es necesario separar las dos mitades porque mezclarlas conduce a una conclusión que, además de inexacta, empobrece lo ocurrido. Llamar récord eterno a los 104,80 parece ensalzarlos, convertirlos en un monumento que nada podrá borrar. Pero la expresión es errónea, y su error oculta precisamente lo más extraño. Lo extraordinario no es que nunca pueda volver a alcanzarse ese número, sino que las condiciones reglamentarias que permitieron obtenerlo han dejado de existir. «Récord eterno» dirige la mirada hacia la cifra. Lo que deberíamos mirar es la jabalina. El núcleo del asunto no está en lo grande que sea un número, sino en que la propia construcción retiró de la competición el implemento con el que se obtuvo.

La formulación realmente precisa, y realmente extraña, es esta: Hohn lanzó con un implemento que ya no existe como implemento autorizado de la prueba vigente. Desde abril de 1986, aquella jabalina de especificaciones antiguas dejó de ser material reglamentario de competición. Por eso nadie puede obtener con ella una marca en las competiciones ordinarias actuales: la propia jabalina ha quedado fuera.

Este es el resto de nuestro ensayo. Adopta una de las formas más afiladas de toda la serie.

Los restos de los ensayos anteriores eran nombres ausentes de una lista, causas que no podían desentrañarse, técnicas sobre las que no se había emitido un juicio, movimientos que podían haberse admitido y no se admitieron. Cada uno quedaba fuera de las cuentas a su manera. El lanzamiento de Hohn, en cambio, no está fuera. Está dentro con pleno derecho, en la progresión oficial de los récords, claramente identificado y al alcance de cualquiera que quiera consultarlo. Es legal, válido y está conservado.

Pero ha quedado para siempre fuera de comparación. No puede situarse en una misma serie junto a ninguna marca lograda con la jabalina nueva, porque el implemento que produjo aquella distancia y los que producen estas son dos cosas distintas. Es una marca legal, válida, íntegramente conservada, que nunca podrá hacerse conmensurable con las que vinieron después.

Este resto es más limpio que todos los anteriores porque no tiene defecto alguno. No se ha cuestionado la equidad de aquel lanzamiento, no se ha sospechado que fuera un fraude, no hubo viento por encima de un límite ni un problema de elegibilidad. En su propio libro, la marca es impecable. Su único problema es que ese libro se cerró. Y no se cerró por un error de la marca, sino porque, para que el siguiente libro pudiera conservar su comparabilidad interna, la construcción tenía que impedir que el anterior siguiera recibiendo entradas.

Se cerró un libro sin que desapareciera nada de lo que contenía. El lanzamiento de Hohn sigue en su página, perfectamente legible. Solo que nadie puede añadir ya una línea en ella, porque la construcción retiró la pluma con la que se escribía: la jabalina de los 104,80 metros. El libro está abierto para que todos lo vean. Y, al mismo tiempo, está cerrado: no admite nada nuevo.

VIII La conversión es imposible

Entonces, ¿a cuánto equivaldría aproximadamente el lanzamiento de Hohn con la jabalina nueva?

La pregunta no tiene respuesta. Y la manera en que no la tiene es lo último que queda por contar.

Veamos primero los números que se han calculado. Si se aplica una reducción del diez por ciento, se obtienen 94,32 metros. Si se aplica una del doce al trece por ciento, el resultado va aproximadamente de 92,22 a 91,18 metros. Si se restan los siete metros de reducción media atribuidos a los lanzadores de élite, salen 97,80 metros.

Esas cifras, de 91,18 a 97,80 metros, cubren un intervalo de más de seis metros. Ninguna es una conversión oficial. Ninguna incorpora el viento particular de aquel intento de Hohn, sus parámetros de salida ni su adaptación al nuevo implemento: datos de los que no disponemos.

Las razones técnicas de la imposibilidad de convertir son sólidas. Los coeficientes aerodinámicos cambian de un modelo a otro; el centro de presión no se desplaza del mismo modo al variar el ángulo de ataque; el viento modifica tanto la velocidad del flujo de aire relativo como el ángulo de ataque efectivo. La velocidad de salida, la orientación, el cabeceo, la guiñada y la rotación sobre el eje longitudinal interactúan: no aportan efectos independientes que puedan sumarse por separado. En pruebas históricas, jabalinas de marcas distintas llegaron a diferir en más de diez metros bajo condiciones nominalmente iguales de lanzamiento y de atmósfera. Y los atletas modifican su técnica cuando cambia el implemento.

Todo ello dice una misma cosa: no existe una ecuación universal que convierta las marcas de la jabalina antigua en marcas de la nueva. No es que todavía no se haya calculado. Es que una ecuación de ese tipo carece de validez técnica: lo que pretende convertir difiere en demasiadas dimensiones que interactúan entre sí, y no es posible reducirlas a un único factor multiplicador.

Queda descartada así la afirmación más tentadora: que los 104,80 demuestran que, en su capacidad de lanzar, Hohn era 6,32 metros superior a Železný.

Esa afirmación resta 98,48 a 104,80, obtiene 6,32 y presenta el resultado como la diferencia entre la capacidad de los dos hombres. Pero las dos distancias proceden de sistemas de implementos distintos. Establecen quién lanzó más lejos en metros brutos; no establecen una clasificación de la capacidad de lanzamiento independiente de las especificaciones del material. La biomecánica moderna no ha proporcionado una corrección escalar aceptada que permita zanjar esa comparación.

Ni siquiera podemos saber si el propio Hohn, con la jabalina nueva, habría superado a Železný. Su destreza con la antigua, su físico y la forma en que soltó la jabalina aquella vez de los 104,80 no determinan cómo se habría adaptado técnicamente al nuevo material a lo largo de varias temporadas. Su carrera terminó antes de que pudiera construirse una comparación prolongada y significativa con la nueva jabalina. Tampoco, a la inversa, es posible convertir de forma fiable los 98,48 de Železný en una afirmación sobre cuánto habría lanzado con la jabalina de Hohn.

El ensayo termina, por tanto, en una doble imposibilidad.

La primera: los 104,80 ya no pueden igualarse dentro de su antigua serie de récords, porque la jabalina con la que se lograron dejó de existir como implemento autorizado de la competición vigente. Es la imposibilidad del lado del material.

La segunda: los 104,80 no pueden convertirse en una marca equivalente con la jabalina nueva, porque no existe una ecuación válida de conversión entre los dos implementos. Es la imposibilidad del lado de la comparabilidad.

Juntas, las dos imposibilidades definen por completo la situación de esta marca. Las que vengan después no pueden alcanzarla dentro de su serie ni compararse con ella. Está sola en un libro cerrado, como el lanzamiento más largo de ese libro. Entre él y todos los demás se abre una zanja que ninguna conversión podrá franquear.

La construcción puede medir hasta dónde llegó aquel lanzamiento: 104,80 metros, con precisión de un centímetro. No puede decir cuánto vale frente a la jabalina de hoy. Ese valor no existe. No está pendiente de cálculo: ni siquiera se sostiene como número.

El ensayo anterior terminaba diciendo que, cuando la construcción traza una línea, tacha al mismo tiempo todo un camino que habría podido recorrer. Este ensayo lleva aquella frase más lejos. Para que el libro de la nueva jabalina conservara su comparabilidad interna, la construcción cerró el de la antigua. No destruyó nada de lo que había en él: el lanzamiento de Hohn permanece intacto. Solo hizo que el libro dejara de avanzar. Y, al detenerse, el número más alto quedó suspendido allí para siempre, legal, válido, imposible de igualar dentro de su serie y de convertir a la siguiente. Como algo encerrado en ámbar: se ve con toda claridad, pero no se puede tocar ni sacar de allí.

La imagen del ámbar recoge a la vez las dos caras de este resto. Lo que está dentro se conserva intacto: una pluma, un insecto cuyos detalles siguen distinguiéndose después de decenas de millones de años. Eso corresponde a la legalidad, la validez y la conservación íntegra del lanzamiento de Hohn. Pero lo que está en el ámbar también queda aislado para siempre. Sigue allí, separado del mundo presente por una capa transparente que no puede atravesarse. Podemos verlo; nunca podremos devolverlo al mundo vivo. Esa es la otra cara del lanzamiento: ya no se lo puede igualar en su serie cerrada ni convertir en una marca de la nueva. La construcción no destruyó esta marca. Hizo algo más extraño: la selló y la dejó detenida para siempre, en un estado perfecto y aislado, en la última página del libro cerrado. Conservar y aislar son aquí las dos caras de un mismo acto.

La regla aún no mide con plena exactitud. Sigue midiendo.