Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Ciclo Cincel–Constructo · Atletismo · Reescritura española
Ensayo 07 / 23

Hacer conmensurable lo inconmensurable

La tabla del decatlón comprime diez capacidades distintas en una sola puntuación. Cada vez que se rehace, redistribuye el valor que se concede a unos cuerpos y unas técnicas frente a otros.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

I. Una competición, cinco totales

Estas fueron las diez marcas de Jim Thorpe en el decatlón de Estocolmo de 1912: 11,2 segundos en los cien metros; 6,79 metros en salto de longitud; 12,89 en lanzamiento de peso; 1,87 en salto de altura; 52,2 segundos en los cuatrocientos metros; 15,6 en los ciento diez metros vallas; 36,98 metros en disco; 3,25 en pértiga; 45,70 en jabalina; y 4 minutos y 40,1 segundos en los mil quinientos metros.

Esas diez cifras no han cambiado en más de un siglo. Son lo que sucedió de verdad durante aquellos dos días: los jueces lo midieron, lo anotaron y las marcas no volvieron a tocarse.

Lo que ha cambiado es la suma.

Con la tabla de 1912, esas diez marcas dan un total de 8412,955 puntos.

Con la de 1920, aplicando directamente su fórmula para rehacer el cálculo, dan unos 7751 puntos.

Con la de 1934, consultando las puntuaciones impresas, unos 6972.

Con la de 1950, también consultando la tabla, unos 6267.

Con la que se viene utilizando desde 1985, al aplicar las fórmulas vigentes, 6564.

Una misma competición, un mismo hombre, diez marcas idénticas. La puntuación baja de 8412 a 6267 y después remonta hasta 6564. Pierde más de dos mil puntos y luego recupera una parte.

Conviene fijarse en que la curva no avanza siempre en el mismo sentido. Ni baja sin parar ni sube sin parar: toca fondo y vuelve a subir. Eso indica que las sucesivas versiones de la tabla no obedecen a una dirección común. No se vuelven cada vez más severas ni cada vez más generosas. La de 1950 es la que peor trata a Thorpe; la actual vuelve a mostrarle algo de simpatía. Cada una tiene sus preferencias, pero no hay una línea que dé continuidad a todas ellas. La puntuación histórica de un atleta sube y baja entre esas revisiones sin rumbo único, como una curva que distintas manos fueran moviendo por turnos.

Y el atleta no ha hecho nada. Hace mucho que murió, aquellos dos días quedaron atrás y ninguna de aquellas diez pruebas, saltos, lanzamientos y carreras, puede repetirse. Tampoco hace falta. Lo que ha cambiado no es él, sino la regla con la que se calcula su puntuación.

En el ensayo anterior vimos que ninguna de las cifras anotadas por esta construcción es el acontecimiento mismo. Es la huella que este deja en el libro de cuentas después de pasar por determinado dispositivo. Que la carrera de Hines figure con 9,9 o con 9,95 segundos depende de qué tela se emplee para medirla. Aquí aparece una versión más radical del problema. La puntuación de un decatlón no depende de qué tela se utilice para medir una marca, sino de qué tabla convierta diez marcas sin relación entre sí en una unidad común que permita sumarlas. Y esa tabla se ha cambiado cinco veces.

Antes de seguir, merece la pena reparar en la magnitud de las diferencias entre esos cinco totales. Entre 8412 y 6267 hay más de dos mil cien puntos. En un decatlón, esa distancia puede separar a un campeón olímpico de un atleta muy lejos de competir con los mejores. Pero aquí no separa a dos atletas: separa dos valoraciones de la misma competición del mismo atleta, hechas con dos tablas. Dicho de otro modo, elegir una tabla u otra puede alterar la puntuación más que las diferencias reales entre muchos competidores. El tipo de cambio pesa más que las propias marcas.

II. Una tabla no es una medición

Empecemos por aclarar qué es esa tabla.

No es una medida natural que estuviera esperando a ser descubierta. Es un dispositivo fabricado por un organismo rector para establecer equivalencias entre pruebas distintas. ¿Cuánto más rápido hay que correr para que eso valga lo mismo que saltar unos centímetros más lejos? La naturaleza no tiene respuesta. No existe un tipo de cambio entre los cien metros y el salto de longitud. Lo fija la tabla.

La historia oficial muestra con claridad una sucesión de trabajos de comisiones, aprobaciones en congresos y sustituciones de un sistema de equivalencias por otro. En Praga, en 1983, un grupo de trabajo trató expresamente la tabla como algo que había que rediseñar según determinados objetivos: hacer comparables las marcas, servir para todos los niveles y mantener la estabilidad en el futuro.

Es decir, ni siquiera quienes la elaboraron la trataron nunca como una verdad. La trataron como una herramienta. Las herramientas sirven para algo; cuando cambia el propósito, o cambia la manera de entenderlo, se vuelven a hacer.

En los documentos oficiales, esa posibilidad de modificarla tiene al menos cuatro sentidos distintos.

El primero es cambiar las marcas de referencia a las que se anclan las puntuaciones. Se puede decidir que los mil puntos correspondan a otra marca.

El segundo es cambiar la forma matemática de la conversión. La función que lleva de una marca a una puntuación puede ser lineal, progresiva, muy progresiva o curvarse en sentidos distintos según la prueba.

El tercero es cambiar su ámbito de aplicación: reservarla para las pruebas combinadas o utilizarla también para comparar unas disciplinas con otras en general.

El cuarto es cambiar el sentido y la intensidad de la progresión. Se puede ajustar cuántos puntos aporta una misma mejora entre atletas de nivel bajo y cuántos entre atletas de nivel alto.

Cada una de esas cuatro posibilidades abre una vía para rehacer la tabla. Y la tabla las ha recorrido todas.

Vistas juntas, esas cuatro vías permiten advertir algo: prácticamente nada en la tabla es intocable. Pueden cambiar las marcas de referencia, la forma matemática, el ámbito de aplicación y el sentido de la progresión. ¿Qué queda entonces que no cambie? Apenas una carcasa: el esquema de convertir diez pruebas en puntos y sumarlos. Todo el contenido concreto de ese esquema consiste en parámetros ajustables. Cuesta decir que algo cuyos anclajes, forma, alcance y orientación pueden cambiar esté midiendo una magnitud objetiva. Se parece más a un acuerdo que puede configurarse de nuevo una y otra vez.

Circula una versión simplificada según la cual los puntos del decatlón se fijaron de una vez en 1912: alguien tomó la decisión y ahí quedó todo. Es una versión engañosa. Los documentos oficiales registran una cadena de revisiones institucionales: 1920-1921, 1934, 1950-1952, 1962, 1984 y, más adelante, diversos ajustes parciales de las tablas.

Tampoco hay una respuesta segura sobre quién elaboró aquella primera tabla de 1912. La tabla de fórmulas de ese año que se puede consultar explica el método y las referencias, pero no permite atribuirla con fiabilidad a un único autor. Las historias oficiales posteriores cuentan que los organizadores presentaron una propuesta, consultaron a expertos y acabaron adoptando una tabla lineal. Eso es lo más firme que se puede decir: los organizadores de Estocolmo hicieron la propuesta inicial, recurrieron a expertos y el proceso desembocó en una tabla lineal aprobada. Las fuentes primarias disponibles no bastan para adjudicar con confianza la autoría de esas matemáticas a una persona concreta.

Esa autoría vacante resulta más reveladora de lo que parece. Estamos ante la regla fundamental de este deporte, la que ha decidido el destino de todos sus decatletas durante más de un siglo, y no se sabe bien quién la estableció. En cambio, de los atletas a los que puntúa constan con toda precisión los nombres, las marcas y los puestos. La construcción registra con enorme exactitud los objetos que mide y con mucha vaguedad el fundamento de su propia medición. Esa asimetría reaparece a lo largo de la serie, pero aquí destaca especialmente: lo que se pierde en la niebla es la procedencia de la propia regla de medir.

Es el mismo tipo de vacío que encontramos en los ensayos anteriores. Esta construcción exige que todas las marcas tengan respaldo documental, pero le faltan documentos cuando se trata del autor de su tabla más básica.

III. Cada nueva tabla reparte de nuevo los puntos

La manera más clara de ver cómo cambia la tabla es dejar quietas las diez marcas de un atleta y mover solo la tabla. De ahí salieron los cinco totales de Thorpe. Pero hay algo aún más interesante que el cambio de la suma: cómo cambia cada sumando.

Con la tabla de 1912, los 1,87 metros de Thorpe en altura valían 958 puntos, y sus 15,6 segundos en los ciento diez metros vallas, 943. En aquella tabla, las dos marcas pesaban muchísimo.

Vale la pena detenerse en esos 958 puntos de altura. La tabla de 1912 asignaba mil puntos al récord olímpico de 1908 de cada prueba. Que los 1,87 de Thorpe recibieran 958 quiere decir que, en aquella escala lineal, la marca se acercaba mucho al nivel del récord olímpico de entonces. Esos mismos 1,87 solo valen 687 puntos en la tabla actual. La altura no ha encogido: la tabla vigente ha rebajado la valoración del salto de altura dentro del conjunto de las diez pruebas. La misma marca, tan próxima al récord de entonces, se cambia ahora por menos puntos. No se ha movido la marca; se ha reducido su peso en el total.

Con la tabla vigente, aquellas dos mismas marcas valen 687 puntos en altura y 751 en vallas.

Pero la mayor caída está en la pértiga. Sus 3,25 metros daban 751,6 puntos en la tabla de 1912; con la fórmula actual, 418.

De 751 a 418. Los mismos 3,25 metros. Más de trescientos puntos menos: casi la mitad.

Lo que ha cambiado no es la actuación deportiva, sino el dispositivo de conversión. La tabla de 1912 consideraba que un salto de pértiga de 3,25 metros merecía unos 750 puntos; la actual considera que apenas merece algo más de cuatrocientos. Una valoración de aquel mismo salto casi duplica la otra.

¿Cuál es la correcta? La pregunta no tiene respuesta, porque aquí no existe una valoración objetivamente correcta que solo haya que medir. Cuántos puntos debe valer un salto de pértiga de 3,25 depende del peso que la tabla quiera dar a la pértiga dentro del decatlón. Eso es una decisión sobre cómo regir el deporte, no un hecho.

Hay una consecuencia que conviene observar. La puntuación de Thorpe tocó su mínimo, 6267, con la tabla de 1950 y después remontó hasta los 6564 de la actual. Rehacer la tabla, por tanto, no solo puede rebajar la puntuación de las actuaciones históricas: también puede hacerla subir.

Hay ejemplos de esa subida. Las marcas con las que Yang Chuan-kwang ganó la plata olímpica en 1960 valen 8010 puntos en un sistema de puntuación posterior. El decatlón con el que Daley Thompson ganó en 1984 sumaba 8798 con la tabla entonces vigente; en las estadísticas actuales figura con 8847. El mismo decatlón, otra tabla, unas decenas de puntos más.

Las revisiones, por tanto, no se limitan a devaluar el pasado ni a revalorizarlo. Lo que hacen es redistribuir los puntos. Cada nueva tabla reparte de nuevo, entre las diez pruebas, los puntos que cada una puede proporcionar. Cuando ese reparto se aplica a una actuación histórica concreta, la puntuación puede subir o bajar. Depende de cuáles fueran los puntos fuertes de aquel atleta.

Thorpe destacaba en altura y vallas, precisamente dos pruebas cuya valoración ha reducido la tabla actual, de modo que su total baja. Un atleta fuerte en peso y disco podría salir ganando con la tabla vigente. Cada revisión cambia, sin hacer ruido, qué decatletas de la historia valen más.

De ahí se desprende algo inquietante. Al terminar su carrera, un atleta cree saber qué lugar ocupa en la historia: tiene una puntuación y puede compararla con las de quienes vinieron antes o vendrán después. Pero ese lugar no está fijado. Años más tarde cambia la tabla, se recalcula su total junto con los de todos los demás y su posición histórica puede subir o bajar. Él no puede hacer nada; quizá ni siquiera siga vivo. La cifra en la que se ha comprimido el esfuerzo de toda una vida no es algo que pueda dejar a salvo. Está en manos de quienes rehagan la tabla después.

IV. Curvas cada vez más pronunciadas

Las cinco tablas no difieren solo en sus cifras. Su forma ha cambiado radicalmente varias veces. Y esos cambios de forma dejan constancia de cómo ha ido cambiando la idea de justicia de esta construcción.

La tabla de 1912 era lineal. Asignaba mil puntos al récord olímpico de 1908 en cada prueba. Cualquier marca mejor o peor se alejaba hacia arriba o hacia abajo de esa referencia siguiendo una pendiente fija.

¿Qué significa lineal? Que una mejora de la misma magnitud añade los mismos puntos, sea cual sea el nivel de partida. Pasar de muy malo a un poco menos malo puntúa lo mismo que pasar de muy bueno a todavía mejor.

La tabla de 1920 seguía siendo lineal. Solo sustituyó las referencias de 1908 por los récords olímpicos de 1912, que continuaron valiendo mil puntos. Cambió el anclaje, no la forma.

La tabla de 1934 rompió con la línea recta. Procedía de un trabajo finlandés: Ohls la había calculado en 1931, empezó a utilizarse en Finlandia en 1932 y la federación internacional de atletismo la adoptó en 1934. Era progresiva. Su principio era que marcas igualmente buenas en pruebas distintas debían recibir los mismos puntos.

¿Qué significa progresiva? Que cuanto más alto es el nivel, más puntos aporta una mejora de la misma magnitud. Ganar un poco cuando ya se está en la cima vale mucho más que ganar ese mismo poco cuando se está abajo.

¿Por qué pasar de una escala lineal a una progresiva? Porque se comprendió que, al subir el nivel, la dificultad de seguir mejorando no crece al mismo ritmo en todas las pruebas, y la línea recta no reflejaba esa diferencia. La progresión pretendía acercar los puntos a la dificultad real.

La tabla de 1950-1952 mantuvo esa filosofía progresiva, pero la llevó mucho más lejos. En 1946 se había nombrado una comisión de puntuación, y los suecos Holmér y Jörbeck se encargaron del rediseño. Subieron el extremo superior de cada tabla a mil quinientos puntos, situaron una marca clave de equivalencia en mil trescientos e intentaron sustituir parte del juicio de los expertos por curvas empíricas, en especial las curvas de velocidad de los récords mundiales de las carreras.

Aquí aparece un giro que merece una pausa. La tabla de 1962 fue una reacción contra la excesiva progresión de las tablas masculinas de 1950-1952. La nueva tabla masculina adoptó un criterio que ya se utilizaba en la femenina: progresión moderada en las carreras y regresión moderada en saltos y lanzamientos.

La regresión es lo contrario de la progresión. Una escala moderadamente regresiva para saltos y lanzamientos significa que, cuanto más alto es el nivel, menos puntos aporta cada mejora de igual magnitud.

Así, en apenas treinta años, la construcción dio tres respuestas distintas a la misma pregunta. La escala lineal decía que todos los pasos valían lo mismo. La progresiva, que un paso valía más cuanto más arriba se daba. Y la regresiva, aplicada a saltos y lanzamientos en 1962, que cada paso valía menos cuanto más arriba se estaba.

Ninguna de las tres respuestas es errónea, porque no responden a una pregunta sobre hechos, sino a una pregunta sobre qué se quiere premiar en este deporte. ¿La versatilidad repartida de manera pareja entre todas las pruebas, o el avance que acerca una de ellas al límite humano? Cada respuesta lleva a una forma distinta de la tabla. En unos treinta años, la construcción sostuvo tres posturas sucesivas; con cada cambio, cambiaba también el orden de las puntuaciones históricas.

Aquí se ve algo general sobre esta construcción. Muchos de los problemas que afronta parecen técnicos, como si exigieran encontrar la fórmula correcta, cuando en realidad son cuestiones de valores que exigen tomar posición. Hay una diferencia de fondo: en un problema técnico hay respuestas correctas e incorrectas; en uno de valores hay elecciones, con lo que cada una gana y sacrifica. Si una construcción trata una cuestión de valores como si fuera técnica, se pone a buscar la fórmula correcta. Y esa búsqueda no termina nunca, porque no hay ninguna fórmula correcta esperándola: hay una serie de opciones, cada una con su coste. Si la tabla del decatlón se ha rehecho tantas veces es, en parte, porque busca una respuesta correcta que no existe.

V. Cuántos puntos merece alguien ni siquiera es una sola pregunta

La puntuación del decatlón sigue regida hoy por la tabla surgida de la revisión de 1984. Y las críticas que recibe dejan al descubierto la parte más profunda del problema: ni siquiera hay acuerdo sobre qué significa «justo».

La de 1984 fue la revisión decisiva de la etapa moderna. El grupo de trabajo estableció que la nueva tabla debía servir únicamente para las pruebas combinadas; que las marcas comparables debían recibir puntuaciones comparables; que todas las pruebas debían tener una progresión suave; y que los totales de los mejores atletas del mundo debían mantenerse aproximadamente al mismo nivel. El congreso de Los Ángeles aprobó esas tablas y comenzaron a utilizarse en 1985.

Conviene fijarse en la definición de justicia adoptada por el grupo. No exigió la misma rareza en un sentido estadístico estricto, ni la misma inversión en entrenamiento, ni el mismo coste fisiológico. Optó por una definición más conciliadora: marcas comparables, puntuaciones comparables; una tabla útil desde los principiantes hasta la élite; datos de especialistas que ayudaran a diseñarla, pero sin permitir que una sola especialidad se comiera la competición entera.

Más adelante, esa solución de compromiso fue acusada de haber perdido el equilibrio.

La crítica moderna más contundente sostiene que la tabla de 1984 ya no está simplemente envejecida: está desequilibrada. Algunos estudios defienden que el sistema actual es intrínsecamente inestable, favorece estructuralmente ciertas pruebas, sobre todo la longitud, los ciento diez metros vallas y los cien metros, e infravalora los lanzamientos y los mil quinientos. El fondo de esa crítica es filosófico: los mismos puntos deberían representar dificultades realmente comparables.

Pero «dificultades realmente comparables» admite varias interpretaciones incompatibles entre sí.

Estas son las principales concepciones de la justicia que compiten en la literatura.

Una exige igual dificultad: marcas igualmente difíciles de alcanzar en disciplinas distintas deben valer los mismos puntos.

Otra exige igual rareza: marcas igual de infrecuentes en disciplinas distintas deben valer los mismos puntos.

Otra exige equilibrio entre las pruebas: ninguna prueba debe dominar sistemáticamente el total; la puntuación debe premiar al atleta completo.

Existe además una concepción más antigua, basada en una misma ley del entrenamiento: la puntuación debe ser coherente con la progresión de las cargas de entrenamiento. Quienes critican las conversiones lineales o casi lineales dicen que incumplen ese criterio.

La literatura no termina por converger en ninguna de estas doctrinas.

Este es el punto crucial del ensayo. En los anteriores encontrábamos una marca cuyas causas no podían atribuirse por separado, una cifra que dependía de la tela utilizada para medir. Seguía habiendo una pregunta clara para la que no se lograba una respuesta segura. Aquí se va más lejos: ni siquiera hay una sola pregunta. Igual dificultad e igual rareza son dos criterios diferentes y producen tablas diferentes. El equilibrio entre las pruebas es un tercero; respetar la ley del entrenamiento, un cuarto. Antes de juzgar si una tabla es justa, hay que elegir qué se entiende por justicia. Y no existe un criterio superior que decida cuál de esas acepciones hay que elegir.

Vale la pena desarrollar esto un poco más, porque toca una de las raíces de toda la serie. Para medir, hace falta tener claro qué se está midiendo. Podemos medir la longitud porque sabemos qué es una longitud. Pero eso que las pruebas combinadas quieren medir, el nivel de un atleta completo, no tiene un significado claro. ¿Es la dificultad media de sus diez pruebas? ¿La rareza conjunta de sus diez marcas? ¿Un rendimiento equilibrado, sin privilegiar unas pruebas frente a otras? Son candidatos distintos, y no puede señalarse a ninguno como el auténtico nivel de un atleta completo. La dificultad no consiste, pues, en medir con insuficiente precisión. Lo que se quiere medir carece de una definición. La construcción asigna puntos exactos a algo mal definido, y la exactitud oculta la definición que falta.

Por eso la exigencia de que los mismos puntos representen dificultades realmente comparables parece clara, pero esconde una pregunta sin respuesta: ¿comparables en qué sentido? En 1984, la construcción eligió una definición de compromiso. No porque hubiera encontrado la respuesta correcta, sino porque, entre varios criterios que no podían demostrarse, tenía que escoger uno que sirviera.

Tenía que escoger uno que sirviera. Esa es la clave para entender toda la tabla. La construcción no ignora que hay distintas ideas de justicia ni es incapaz de razonar sobre ellas. Su problema es que, elija la que elija, alguien podrá mostrar una injusticia desde otro criterio. Y tampoco puede abstenerse de ofrecer una tabla: el decatlón necesita calcular un total para poder celebrarse. Lo que hace, pues, no es encontrar la respuesta correcta. Elige, entre varias opciones sin suelo firme, una que los demás puedan aceptar a duras penas y con la que se pueda seguir funcionando. Eso no es un fracaso. Es lo único que puede hacer una construcción obligada a funcionar ante un problema sin solución.

VI. Los coeficientes son oficiales y su origen no está claro

Las fórmulas actuales del decatlón masculino tienen una forma para las carreras y otra para saltos y lanzamientos. Todas llevan un conjunto de coeficientes, y el resultado se redondea hacia abajo al entero más próximo.

Los coeficientes son públicos. Los tres de cada prueba están impresos en el reglamento.

Pero no hay una derivación oficial que explique cómo se obtuvieron.

No se encuentra una derivación publicada por el organismo oficial que permita reconstruir desde el principio todos los coeficientes de 1984 que siguen vigentes. Investigadores posteriores han señalado repetidamente esa falta de una deducción transparente. Los coeficientes son oficiales; el camino completo por el que se llegó a ellos sigue siendo, en la literatura disponible, prácticamente opaco.

Aclaremos algo: esa opacidad no implica necesariamente una ocultación deliberada. Lo más probable es que el grupo de trabajo combinara una gran cantidad de marcas, opiniones de expertos y varios principios, y llegara a los coeficientes mediante ajustes sucesivos. Quizá ese proceso de ajuste no tuviera una lógica limpia que pudiera expresarse en una fórmula. Fue una labor de ingeniería, no una deducción. El resultado de la ingeniería puede ser preciso aunque el proceso no deje un camino reproducible. Pero, con intención o sin ella, el resultado es el mismo: las reglas que gobiernan este deporte pueden utilizarse, pero no se puede remontar su origen hasta unos primeros principios.

Es una situación extraña que merece mirarse por separado.

Una tabla gobierna este deporte. Todas sus cifras son públicas, cualquiera puede usarlas y obtener una puntuación exacta hasta la unidad. Pero las razones por las que se fijaron esas cifras no son públicas; o, más precisamente, nunca llegaron a ponerse por escrito de forma completa. La construcción se encuentra así en una posición singular: aplica unas reglas exactas cuyo origen ella misma no sabe explicar del todo.

Esto enlaza con lo que vimos en el tercer ensayo. El principio amateur se justificó apelando a una Antigüedad inexistente, y la falsedad de esa Antigüedad no mermó su eficacia ni un solo día. Aquí sucede algo parecido, pero más sutil. Los coeficientes no tienen un origen falso: carecen de un origen que se haya dejado por escrito. Y siguen funcionando con exactitud, decidiendo quién gana cada decatlón, convirtiendo los setecientos cincuenta puntos de la pértiga de Thorpe en cuatrocientos. Las reglas de una construcción pueden ser de una precisión indiscutible sin que nadie pueda explicar por completo por qué sus números son esos y no otros.

Precisión y fundamento son cosas distintas. Esta tabla es extraordinariamente precisa: permite calcular con exactitud la diferencia de puntos entre dos marcas cualesquiera. Eso no significa que sus cifras tengan una justificación cuyo rastro podamos seguir. Significa únicamente que, una vez aceptadas esas cifras, los cálculos posteriores no admiten ambigüedad. La construcción tapa con precisión su falta de fundamento, y quienes la utilizan suelen tomar esa precisión por fundamento.

VII. Cómo han rodeado el problema otros deportes

El decatlón no es el único deporte que reúne pruebas distintas para comparar a sus participantes. Mirar cómo resuelven otros deportes ese problema permite ver hasta qué punto su elección es particular.

El pentatlón moderno procede de otra manera. En las pruebas previas sigue usando puntos, pero al llegar a la prueba final de carrera y tiro láser convierte las diferencias de puntuación en diferencias de hora de salida. El líder sale primero; los perseguidores salen después, con un segundo de retraso por cada punto de desventaja. Así, la competición termina en una carrera cuyo orden de llegada decide directamente las medallas.

La combinada nórdica hace algo parecido. El método Gundersen convierte los puntos del salto de esquí en retrasos para la salida de la prueba de esquí de fondo. En las pruebas individuales de cinco a quince kilómetros, la conversión oficial es de cuatro segundos por punto. También aquí se termina con alguien que cruza primero la meta, en vez de con una suma final de puntuaciones heterogéneas.

En lo que se refiere al resultado de la competición, el triatlón evita en gran medida el problema más profundo de conmensuración del decatlón. No convierte la natación, el ciclismo y la carrera en unidades de puntos distintas para sumarlas después. Clasifica a los atletas según el tiempo y el orden de llegada en un recorrido continuo. El reglamento considera que ha finalizado la prueba quien completa ese recorrido y cruza la meta; la clasificación se establece por el tiempo de llegada.

Los tres comparten algo: no dejan que la heterogeneidad permanezca para siempre en forma de puntos. El pentatlón moderno y la combinada nórdica transforman las diferencias entre disciplinas en desfases de salida para una persecución final, y dejan que una carrera real resuelva el asunto. El triatlón usa directamente el tiempo acumulado. En los tres, las conversiones desembocan en algo que todos reconocen: quién cruza antes la meta.

El decatlón no hizo eso.

Es muy posible que esa elección no fuera deliberada, sino una contingencia histórica. El decatlón nació cuando no había cronometraje electrónico ni mecanismos precisos para organizar una persecución. Convertir las marcas en puntos y sumarlos era, probablemente, la única solución practicable. Cuando otros deportes desarrollaron después una respuesta más limpia, la carrera de persecución, la tradición de los puntos del decatlón llevaba ya décadas acumuladas. Existía una larga lista de récords y clasificaciones inscritos como puntuaciones totales. Pasarse entonces a una persecución habría costado abandonar toda esa historia. Conservó los puntos, no porque fueran mejores, sino porque había llegado demasiado lejos por ese camino para volver atrás.

Deja, pues, la heterogeneidad donde estaba y la resuelve mediante una escala abstracta y permanente de puntos. No convierte la longitud y el peso en segundos de una misma carrera. Los convierte en puntos, los suma y obtiene una cifra que no corresponde a ninguna carrera real.

La diferencia es de fondo. Si cambia la tabla de conversión del pentatlón moderno, cambia cuántos segundos concede un atleta a otro en la persecución de esa competición. En cuanto termina, la tabla ha cumplido su función para esa ocasión. No vuelve atrás para cambiar quién fue campeón en la edición anterior: aquel campeón fue quien cruzó primero la meta de aquella persecución. El hecho quedó fijado.

La comparación revela una ventaja de la meta que un total abstracto nunca tendrá. Lo que sucede en ella es un hecho físico: qué torso alcanza primero ese plano vertical. Una vez ocurrido, no puede cambiar ni depende de conversiones posteriores. Un total abstracto, en cambio, no es un hecho físico, sino el resultado de un cálculo, y los cálculos pueden repetirse. Atar la victoria a un hecho físico la deja fijada en aquel instante. Atarla a un cálculo la mantiene para siempre expuesta a otro cálculo. El decatlón escogió la segunda vía; por eso todas sus conclusiones históricas son revisables.

En el decatlón, un cambio de tabla puede volver atrás y cambiar los puntos de cualquier competición del pasado. Su resultado no consiste en haber cruzado primero una meta, sino en un total calculado por esa tabla. Cambia la tabla y cambian con ella todos los totales históricos. Así aparecieron las cinco puntuaciones de Thorpe.

Lo singular del decatlón es, por tanto, haber convertido la tabla misma en el objeto central de su orden constitucional. Otros deportes emplean la conversión como herramienta para una ocasión y la dejan atrás cuando termina: quien decide es la meta. El decatlón ha hecho de la conversión un libro de cuentas permanente. Sus reglas contables pueden reescribirse, y cuando se reescriben, todas las antiguas entradas del libro se calculan de nuevo.

VIII. Un libro de cuentas que puede reescribir su pasado

Reunamos los hilos de este ensayo.

La construcción se enfrenta a un problema verdaderamente irresoluble. No hay un tipo de cambio entre los cien metros y el salto de longitud. No es que aún no se haya encontrado: es que no existe. Correr rápido y saltar lejos son dos cosas distintas. La naturaleza no tiene guardada una proporción objetiva para canjear una por otra.

Pero el decatlón exige sumarlas y obtener una puntuación total. De modo que tiene que inventar ese tipo de cambio. Inventarlo, no descubrirlo.

La tabla es precisamente ese tipo de cambio inventado. Como es una invención, puede reinventarse. Y como puede reinventarse, se ha reinventado cinco veces. Cada nueva invención no corrige un error: sustituye una política por otra. Una versión quiere premiar la versatilidad, otra la superación de un límite; una da mucho peso a la pértiga, otra se lo quita.

Aquí reaparece algo que recorre toda la serie. La tabla busca un cierre: dar una medida común a diez pruebas inconmensurables y convertirlas en un total que permita compararlas. Y lo consigue. Cualesquiera dos decatlones pueden ordenarse por su puntuación. El cierre se ha logrado.

El precio es que ese cierre descansa sobre una elección oculta. Se puede calcular el total porque alguien ha fijado los tipos de cambio de las diez pruebas, y fijarlos es una decisión normativa sin fundamento objetivo. La condición del cierre es no preguntar por qué esos tipos de cambio son así. En cuanto se pregunta, se descubre que podrían ser otros, y que, si fueran otros, cambiarían todos los totales, todas las clasificaciones, toda la historia.

El quinto ensayo trataba de una clase de resto: la construcción recogía una marca y descubría que la cifra anotada contenía cuatro cosas inseparables. Aquí el resto es de otra clase. La construcción obtiene una puntuación exacta, pero esta depende de un tipo de cambio cuyo origen ni ella misma sabe explicar. El total es preciso; el tipo de cambio, arbitrario. El total preciso se asienta sobre un cambio arbitrario, y quien utiliza el total ve la precisión, pero no la arbitrariedad que lo sostiene.

Volvamos a la naturaleza del libro de cuentas.

En el segundo ensayo, lo primero que aprendió aquella construcción fue a añadir. Nadie le había enseñado a restar. Aquí la situación se complica. El libro del decatlón no solo admite nuevas entradas: también permite recalcular las antiguas. Basta con cambiar la tabla, sin tocar ninguna marca, para que todos los totales del pasado se conviertan automáticamente en cifras nuevas. Es una capacidad que no habíamos visto antes: cambiar todas las conclusiones sin modificar ni un solo registro original.

La construcción, sin embargo, ha elegido no ejercerla por completo. No ha recalculado todos los decatlones de la historia para sustituir jurídicamente los antiguos puntos por los nuevos. Entre los materiales consultables no aparece un acta de congreso que debata de frente si debía hacerse eso. En la práctica, las nuevas tablas empezaron a aplicarse en 1985 y, para el pasado, suele conservarse la puntuación original mientras se muestra, en las síntesis históricas, otra ajustada a la tabla vigente.

Eso es presentar dos versiones históricas en paralelo, no reemplazar enteramente una por otra con efectos jurídicos.

Por eso el decatlón de Thorpe tiene hoy dos totales, uno junto al otro en el libro. 8412,955: la puntuación original con la tabla de 1912. 6564: la puntuación con la tabla actual. No se borra ninguna. Se dejan al lado.

Esas dos cifras cuentan dos historias distintas. Los 8412 explican lo extraordinario que era Thorpe como atleta completo según la manera de entender las cosas en 1912: en casi todas las pruebas se acercaba al nivel olímpico de entonces. Los 6564 dicen cuánto vale esa misma competición en el sistema de valoración actual. Ninguna historia es falsa; cada una descansa en un tipo de cambio diferente. Pero quien llegue después y solo vea las dos cifras juntas no podrá deducir de ellas que toda la diferencia procede de los tipos de cambio, y no de unas marcas mejores o peores. Las cifras esconden la conversión y dejan a la vista dos resultados que parecen contradecirse.

Es otra vez el libro de cuentas en paralelo del cuarto ensayo, y la misma estructura que en el sexto permitía convivir al cronometraje manual y al electrónico. Cuando esta construcción no puede dar una versión única de algo, a menudo no elige una: conserva las dos y las pone juntas. Una actuación, dos puntuaciones; una carrera, dos lecturas; una prueba, dos tablas. Allí donde no logra cerrar, abre dos columnas contiguas.

En realidad, esta es una de sus maniobras más características a lo largo de la serie. El cierre verdadero resulta imposible porque aquello que se intenta cerrar no tiene una respuesta única. La construcción se conforma entonces con algo menos: en vez de imponer una sola respuesta, presenta varias en paralelo y permite que convivan. Parece un gesto de honestidad, un reconocimiento de que no puede consagrar una versión definitiva. Pero también es una forma de eludir el juicio y dejarlo en manos de quien lee el libro. En esas dos columnas reconoce que no ha cerrado el problema y, a la vez, traslada a otros la carga de ese cierre imposible. Quien vea 8412 y 6564 juntos tendrá que decidir a cuál creer. La construcción se ahorra decidirlo.

Volvamos a las diez cifras que nunca cambiaron.

Once segundos y dos décimas en los cien metros, 3,25 metros en pértiga, 4 minutos y 40,1 segundos en los mil quinientos. Eso es lo que Thorpe hizo de verdad: marcas precisas, comprobables, intactas más de un siglo después. Pero el total, esa cifra que reúne las diez cosas en una, ha cambiado cinco veces y hoy sigue exhibiendo dos versiones. Lo ocurrido permanece fijo; su valoración no ha dejado de moverse. La construcción puede registrar con precisión lo que una persona hizo. No puede establecer de una vez y para siempre cuánto vale cada una de esas cosas.

La misma observación se extiende a los siete ensayos que llevamos recorridos. Desde la lista antigua que solo contenía nombres, pasando por la inscripción de los récords, las fronteras de la elegibilidad, la creación de medidas y la conversión entre cronometraje manual y electrónico, hasta esta tabla que da una medida común a diez actuaciones, la construcción no ha dejado de ganar capacidad. Registra con más exactitud y más detalle. Pero hay algo que nunca ha obtenido: un criterio que no exija elegir. Cada vez que quiere dar un valor a algo, antes tiene que tomar una decisión indemostrable. Qué marca vale mil puntos. Cuánto más rápido equivale a igual de bueno. Qué justicia merece llamarse justicia. Una vez hechas esas elecciones, todo lo demás es de una precisión extraordinaria. Pero ninguna de las elecciones tiene un fundamento objetivo. Cuanto más precisa se vuelve la construcción, más hondo esconde la decisión que hay debajo, hasta que quien la utiliza cree encontrar allí un hecho, cuando solo hay una decisión tomada en su momento.

La regla aún no ha logrado medir con exactitud. Sigue midiendo.