La técnica crece donde callan las reglas
El salto de espaldas no fue un progreso diseñado de antemano por el reglamento. Creció en el resquicio entre unas reglas que no imponían una postura y unas colchonetas de espuma que, de pronto, permitieron caer de espaldas.
En este ensayo
- I Las reglas lo permitían pero casi nadie saltaba así
- II Las reglas no imponen una única manera de pasar el listón
- III De la tierra blanda a la espuma
- IV Una colchoneta recién cambiada
- V Dos personas llegan al mismo gesto sin saber una de la otra
- VI La mecánica no refutó el rodillo ventral
- VII Las reglas trazaron una frontera y luego la retiraron
- VIII La puerta se abre del lado de la materia
I Las reglas lo permitían pero casi nadie saltaba así
A mediados de los años treinta ya se había suprimido de las reglas del salto de altura aquella frase que prohibía que la cabeza pasara el listón antes que los pies.
Hasta entonces, algunas versiones del reglamento contenían esta disposición: la cabeza no podía franquear el listón antes que los pies ni quedar por debajo de las caderas. La frase dejaba fuera cualquier movimiento en que se pasara de cabeza o de espaldas. Un saltador no podía volcarse sobre el listón mirando al cielo, porque, al hacerlo, la cabeza pasaría primero.
Hacia 1935 o 1936 se eliminó aquella exigencia adicional sobre el orden en que debían pasar las partes del cuerpo. Desde entonces, la principal condición relativa al gesto quedó reducida a una: despegar con un solo pie.
Es decir, desde 1936, pasar el listón de espaldas dejó de estar prohibido por el reglamento.
Sin embargo, el salto de espaldas no se generalizó hasta después de 1968 y solo en 1980 llegó a dominar de verdad las finales.
Entre una cosa y otra transcurrieron más de treinta años.
Más de treinta años no son un pequeño intervalo. Cabía en ellos toda una generación de atletas. Durante esas décadas, una promoción de saltadores tras otra se situó al comienzo de la carrera de aproximación; las reglas les permitían saltar de espaldas, pero casi ninguno lo hacía. No era que ignorasen la posibilidad: a cualquier niño se le puede ocurrir pasar una barra dándose la vuelta de espaldas. Había otra razón para no hacerlo, una razón que ellos conocían mejor que nadie. Y no estaba en el libro del reglamento. Estaba en el suelo, al otro lado del listón.
En esas tres décadas largas está todo el nudo de este ensayo. Las reglas habían abierto la puerta en 1936, pero la puerta llevaba más de treinta años abierta y casi nadie la había cruzado. Los mejores siguieron utilizando el rodillo ventral hasta finales de los setenta. Entre lo que las reglas permitían y lo que sucedía de hecho había treinta años de distancia.
De ahí la pregunta: si no eran las reglas las que cerraban el paso, ¿qué lo cerraba?
La pregunta difiere de raíz de las planteadas en los siete ensayos anteriores. Allí preguntábamos qué consecuencias habían tenido las reglas escritas por esta construcción y qué cosas habían dejado fuera. Las respuestas estaban en el reglamento, en sus cláusulas. Esta vez la respuesta no está allí. Aquí las reglas callan: ni impidieron el salto de espaldas ni lo impulsaron; no hicieron nada. Para responder hay que mirar fuera de ellas, hacia los lugares de los que no hablan y a los que tampoco alcanza su poder, hacia esas condiciones del mundo material que obran sin hacer ruido. Por primera vez en la serie, la mirada se aparta de lo que la construcción ha dicho y se vuelve hacia toda esa extensión de lo que no ha dicho.
Los siete primeros ensayos trataban de cómo esta construcción establece medidas, lleva registros, traza límites y vuelve conmensurable lo inconmensurable. Todo aquello era lo que había dicho, escrito, dispuesto. Este ensayo se ocupa del reverso: de la parte que ha dejado sin decir. Las reglas actuales del salto de altura no prescriben una postura obligatoria para franquear el listón. Y es precisamente en el hueco de esa frase no escrita donde algo distinto ha trazado la verdadera frontera de la técnica.
Ese algo no es una regla. Es el lugar donde se cae.
II Las reglas no imponen una única manera de pasar el listón
Aclaremos primero qué dicen las reglas del salto de altura. Este ensayo se sostiene, justamente, sobre la diferencia entre lo que dicen y lo que dejan sin decir.
El reglamento vigente de World Athletics sigue condensando la prueba en unos pocos puntos: el atleta debe despegar con un solo pie; el intento es nulo si, por efecto de sus movimientos, el listón no permanece sobre los soportes; también es nulo si, antes de franquearlo con éxito, cualquier parte de su cuerpo toca el suelo o la zona de caída más allá del plano vertical del borde del listón más próximo al saltador. A ello se suman la conocida eliminación tras tres nulos consecutivos y las disposiciones sobre la anchura y la longitud de la zona de carrera, así como las dimensiones mínimas de la zona de caída.
Eso es lo que dicen las reglas.
Igual de importante es lo que no dicen. No disponen si el saltador debe mirar de frente al listón, si han de pasar primero la cabeza o los pies, si el cuerpo debe mantenerse erguido, si hay que caer sobre los pies o sobre las manos. Tampoco obligan a elegir entre tijera, rodillo, rodillo ventral o salto de espaldas. Como lo resume el Smithsonian, ninguna regla prescribe la manera en que el saltador debe franquear el listón.
El reglamento determina, por tanto, si la batida es válida, si el listón se mantiene, si ha habido contacto con el suelo, cuántos intentos se conceden y cuánto debe medir la instalación. No determina la postura de paso.
Hoy cuesta saber si ese vacío fue deliberado. Lo más probable es que no lo fuera. Las reglas suelen escribirse cuando hacen falta, y durante mucho tiempo no hizo falta disponer cómo debía pasar una persona por encima del listón: había pocas maneras practicables de hacerlo y ninguna daba problemas. Ese silencio se parece menos a un espacio reservado tras madura reflexión que a la simple falta de necesidad de abrir la boca.
Concuerda, además, con la manera habitual de proceder de esta construcción. En el segundo ensayo vimos que las reglas nacen de las disputas: cubren los terrenos donde ya se ha discutido y guardan silencio sobre aquellos donde nadie ha discutido nunca. Durante mucho tiempo, la manera de franquear el listón no fue objeto de disputa. Las posibilidades reales eran pocas, y esas pocas no planteaban ningún problema. Así que las reglas siguieron callando. No callaban para dejarle espacio a la técnica; sencillamente, todavía no se habían encontrado con una dificultad que las obligara a pronunciarse allí.
Fuera o no deliberado, el silencio tuvo una consecuencia. Si el reglamento no se ocupaba de la postura, alguna cosa ajena al reglamento tenía que fijar sus límites. Y esa cosa no era una tradición abstracta, ni la imaginación del atleta. Era una condición material de lo más concreta: sobre qué iba a caer una persona después de saltar.
Uno puede imaginar cualquier postura para pasar el listón. Poder ejecutarla de verdad depende de dónde vaya a dar su cuerpo al caer de esa manera. El reglamento le permite volcarse mirando al cielo; pero, si al otro lado hay tierra dura o un foso de arena, caer así le dañará la cabeza y la espalda. Una cosa es el permiso de las reglas y otra que el cuerpo soporte la caída. Después de 1936, ambas cosas quedaron separadas: del lado del reglamento ya se había dado paso; del lado de la materia, todavía no.
III De la tierra blanda a la espuma
El lugar de caída atravesó una secuencia material bien definida: de la tierra blanda y la arena al serrín, las virutas y las colchonetas bajas; de ahí, a los fardos de gomaespuma sujetos en redes; por último, a las zonas de caída de gran espesor, construidas expresamente con espuma.
Los primeros saltadores de altura y de pértiga caían sobre tierra o arena. En los años sesenta, algunos equipos universitarios empezaron a atar fardos de gomaespuma dentro de redes y a colocarlos en los fosos. Las reglas actuales de World Athletics han incorporado formalmente la moderna zona de caída de espuma, con unas dimensiones mínimas expresas.
Cada paso de esa secuencia cambiaba una misma cosa: hasta qué punto podía uno despreocuparse de la postura con la que se precipitaba al suelo.
Sobre tierra dura o arena había que caer primero con los pies, o recurrir a una caída amortiguada en tres apoyos; de otro modo, uno se lesionaba. Eso obligaba a franquear el listón de una manera que pudiera acabar sobre los pies o, al menos, en una caída controlada. La tijera servía: el cuerpo se mantenía erguido y los pies llegaban primero al suelo. El rodillo ventral servía a duras penas, porque permitía caer de costado o amortiguar con los brazos. El salto de espaldas no servía. Su final era una caída sobre la espalda y los hombros, y caer mirando al cielo sobre tierra dura o arena hacía daño.
Pongámoslo en términos aún más concretos. Quien cae desde dos metros de altura sobre la espalda recibe un impacto considerable; si ese impacto lo absorben la espalda, el cuello y la cabeza, el peligro es muy real. Los pies son la parte del cuerpo mejor preparada para recibir el golpe de una caída; toda la extremidad inferior humana está hecha para amortiguarlo. La espalda y la cabeza, no. Caer primero con los pies no era, pues, una preferencia estética. Sobre un suelo que no amortiguaba, era la única elección segura. El salto de espaldas exigía renunciar a ella, y esa renuncia solo podía pagarse cuando el suelo se hubiera ablandado.
Antes de que aparecieran las colchonetas de espuma, el problema no era que a nadie se le ocurriera saltar de espaldas: era que no se podía salir indemne del intento. Quien lo probara pagaría el precio en la primera caída, y ese precio bastaba para que desistiera o para que su entrenador se lo prohibiera.
La cronología de esa transformación material fue escalonada, no uniforme en todo el mundo. Esto sí puede afirmarse: a finales de los cincuenta, las universidades estadounidenses empezaron a utilizar fardos de gomaespuma; a comienzos de los sesenta, sus institutos de enseñanza secundaria comenzaron a seguirlas, mientras muchas otras escuelas continuaban con los fosos de serrín. En la documentación disponible no hay un censo completo de la conversión, país por país o tipo de instalación por tipo de instalación. Solo podemos establecer ese avance desigual: primero las universidades de Estados Unidos, después muchos de sus institutos, y a la zaga las instalaciones más pobres o más lentas en renovarse.
Hoy, aquella condición material ha dejado de ser una costumbre local para convertirse en una disposición escrita.
Las reglas vigentes de World Athletics fijan para las grandes competiciones una zona de caída de salto de altura no menor de seis metros por cuatro metros por setenta centímetros, además de establecer las dimensiones y los límites de pendiente de la zona de carrera. Los esquemas reglamentarios de cada país se concentran igualmente en el estado de la colchoneta, sus medidas y la disposición segura de la instalación.
Vale la pena detenerse aquí. Las reglas no ordenan cómo pasar el listón, pero dicen con todo detalle cuánto debe medir y qué espesor debe tener la colchoneta sobre la que se cae. La postura es libre; la caída está reglamentada. Esta construcción calla sobre la postura y es minuciosa sobre la superficie de recepción. Y precisamente esa superficie regulada con tanto detalle decide qué posturas son físicamente viables. Al disponer cómo ha de ser el lugar de caída, el reglamento dispone también, indirectamente y de hecho, cómo se puede saltar, aunque no dedique una sola palabra a ordenar la postura.
Esa regulación indirecta es más discreta que una prohibición expresa y cuesta más verla. Si el reglamento escribiera que queda prohibido saltar de espaldas, todo el mundo lo sabría y podría discutir si la prohibición es razonable. Pero casi nadie advierte que también puede limitar las posturas mediante las exigencias del lugar de caída, porque estas parecen simples prescripciones técnicas de seguridad, sin relación alguna con el gesto. Las reglas del suelo no nombran la postura y, sin embargo, dibujan su frontera. Muchas veces, un límite que de verdad actúa no figura bajo el nombre de aquello que limita: se esconde en una disposición que parece tratar de otra cosa.
Esta es la estructura central del ensayo. El silencio de las reglas y la precisión de las normas de la instalación trabajan juntos. El estilo apenas está regulado, mientras que caer de espaldas sin peligro depende de que la instalación haya completado ya aquella transformación material. Esa es la expresión institucional más nítida de la tesis.
IV Una colchoneta recién cambiada
Fosbury empezó a experimentar con su nuevo método a los dieciséis años, en el instituto, porque con el rodillo ventral no conseguía superar ni siquiera la altura mínima habitual.
Partió de la tijera, con el cuerpo erguido, y fue pasando a una forma de franquear el listón de espaldas. Ese movimiento se volvió practicable porque, después de que él hubiera cursado el primer ciclo de secundaria, el instituto de Medford sustituyó su foso de virutas por una superficie de caída más blanda.
En esa frase está el hecho más importante de este ensayo.
Fosbury pudo desarrollar el salto de espaldas no por tener más imaginación que los demás, o, al menos, no solo por eso. Pudo hacerlo porque el instituto al que asistía había cambiado la superficie de recepción justo en aquel momento. Si Medford no la hubiese cambiado, o la hubiese cambiado unos años más tarde, su primera caída de espaldas habría terminado en las virutas. Y las virutas no amortiguaban lo suficiente una caída así. Su entrenador desaprobó el nuevo método al principio; solo dejó de oponerse cuando vio mejorar sus marcas.
Aquí hay que andar con mucho cuidado. Es precisamente el punto en el que la documentación insiste una y otra vez en que no llevemos la explicación demasiado lejos.
La nueva colchoneta fue una condición necesaria para que Fosbury pudiera desarrollar el salto de espaldas, pero no una condición suficiente. Los demás alumnos de aquella misma escuela, con aquella misma colchoneta nueva, no inventaron el salto. Cambiar la superficie lo hizo posible; no lo produjo automáticamente. Para que ocurriera hicieron falta también los tanteos del propio Fosbury, su carrera en curva, los ajustes de la batida y el trabajo incansable con el que siguió afinando el gesto mientras sus resultados mejoraban.
La formulación precisa es esta: las condiciones materiales abrieron un espacio de posibilidades, mientras que el descubrimiento de los atletas, la adaptación de los entrenadores y la economía del aprendizaje motor determinaron la rapidez de la adopción y el dominio final de la técnica. La colchoneta era la puerta; Fosbury, el hombre que entró por ella. Que una puerta se abra no significa que alguien vaya a cruzarla. Pero, si no se abre, ni quien más desee entrar podrá hacerlo.
Hay que insistir en esta distinción porque dos lecturas opuestas deforman por igual lo ocurrido. Una es el relato del genio: Fosbury habría creado el salto de espaldas con la sola fuerza de su imaginación. Ese relato borra la colchoneta y convierte lo que nació bajo unas condiciones materiales en una chispa de inspiración puramente individual. La otra es el determinismo material: en cuanto hubo una colchoneta blanda, el salto de espaldas tenía que surgir. Esa lectura borra a Fosbury y presenta como un producto automático de la materia algo que una persona tenía que descubrir y perfeccionar. Cada lectura suprime la mitad. La imagen fiel reúne ambas: la colchoneta lo hizo posible; Fosbury lo hizo real.
Podemos reconstruir, a grandes rasgos, la curva de sus marcas hasta 1968. En el primer curso de instituto ni siquiera lograba superar con regularidad los cinco pies. Tras adoptar la nueva postura, pasó durante sus años de secundaria de cinco pies y tres pulgadas y tres cuartos a seis pies y tres pulgadas y tres cuartos. En su segundo año universitario alcanzó seis pies y diez pulgadas. Durante la temporada de pista cubierta de 1968 superó por primera vez los siete pies. Después llegaron, en ese mismo año, el título universitario, la victoria en las pruebas de selección estadounidenses y el oro de la final olímpica, con 2,24 metros.
De no poder pasar los cinco pies a ser campeón olímpico. En esa curva hay mérito de la colchoneta que se cambió y mérito de la persona que no quiso rendirse. No podía faltar ninguna de las dos cosas. Y esa necesidad de ambas impide atribuirlo todo a una sola.
Conviene recordar por qué Fosbury cambió de postura: con el rodillo ventral no llegaba a la marca mínima. No empezó por la ambición de revolucionar la técnica y se puso después a inventar. La técnica antigua ya lo estaba dejando fuera; cuando no le quedaba salida, probó otra cosa. Muchas innovaciones nacen así. No son un adorno añadido por quien ocupa la cima, sino la apuesta a todo o nada de quien está a punto de ser eliminado. Un atleta al que le va muy bien con el rodillo ventral no tiene por qué arriesgarse a cambiar de gesto. Quien fracasa con él sí tiene un motivo para probar aquello que los demás no se atreven a intentar. Pero ese motivo solo puede convertirse en un intento real cuando la superficie ya se ha ablandado y el precio del ensayo y error ha bajado.
V Dos personas llegan al mismo gesto sin saber una de la otra
Brill desarrolló por su cuenta una postura de espaldas muy parecida, conocida como el arco de Brill.
La fue desarrollando de niña o de adolescente, en la granja familiar, donde su padre había preparado una zona de caída casera con espuma. El Salón de la Fama del Deporte de la Columbia Británica afirma que llegó a la postura de manera independiente, quizá incluso un poco antes que Fosbury. La Enciclopedia Canadiense también trata su método como un desarrollo independiente y paralelo al de él.
Sobre la posibilidad de que Fosbury y Brill hubieran estado en contacto, la mejor evidencia apunta a que, mientras cada uno desarrollaba su técnica, ninguno sabía de la existencia del otro. Según el relato del Salón de la Fama, el arco de Brill y el salto de espaldas de Fosbury no se encontraron hasta 1966, en una competición juvenil entre la Columbia Británica y Oregón celebrada en Vancouver. Hasta entonces, ninguno sabía de la existencia del otro. Es la prueba más clara de una verdadera invención paralela, y no de un préstamo entre los dos.
La invención paralela tiene mucho peso en este ensayo. Merece la pena explicar por qué.
Si Fosbury hubiera sido el único en inventar el salto de espaldas, podríamos estar ante el caso aislado de un genio, una mente singular que apareció por casualidad. El relato del genio diría que aquella técnica nació de la imaginación irrepetible de un hombre. Pero la existencia de Brill desmonta ese relato. Dos personas que no se conocían llegaron por separado, en fechas próximas, a un movimiento casi idéntico.
Cuando a dos personas se les ocurre lo mismo al mismo tiempo, lo habitual es que no estemos ante una aparición casual, sino ante algo propiciado por una condición compartida. ¿Qué compartían Fosbury y Brill? No una relación personal: no se conocían. Tampoco un entrenador: no tenían el mismo. Lo común era que cada uno disponía de una superficie de caída lo bastante blanda. La escuela de Fosbury había cambiado la colchoneta; el padre de Brill había construido una zona de espuma.
La invención paralela señala, pues, justamente el papel de las condiciones materiales. Cuando una misma condición se reúne en varios lugares a la vez, la posibilidad que abre será descubierta de manera independiente por distintas personas. El salto de espaldas no era la patente privada de un genio. Era algo que, en la época en que se extendían las colchonetas blandas, alguien acabaría descubriendo tarde o temprano. Fosbury y Brill estuvieron entre los primeros.
Hay que añadir aquí a alguien anterior. Antes de que Fosbury se hiciera célebre de golpe en los Juegos Olímpicos, ya se habían ensayado saltos de espaldas o movimientos parecidos. El ejemplo más sólido que encontramos es Quande, de Montana: una fotografía de 1963 lo muestra pasando el listón de espaldas. Sin embargo, Quande nunca convirtió aquello en marcas de élite.
La pregunta de si fue Quande el primer saltador de espaldas ha dado lugar a controversias en los relatos posteriores. Hay pruebas de que utilizaba esa técnica antes de que Fosbury adquiriera notoriedad, pero ningún organismo rector ha emitido una resolución formal sobre la autoría de la invención. Además, el gesto de Quande no era aquella técnica de élite plenamente estandarizada y capaz de difundirse por todo el mundo que más tarde quedaría asociada a Fosbury y Brill.
Tenemos ya a tres personas: Fosbury, Brill y Quande. Tres personas que no se conocían y que llegaron de forma independiente a pasar el listón de espaldas. Eso refuerza la idea de que el movimiento no fue la creación exclusiva de un individuo. Fue una posibilidad suscitada por las condiciones de caída de la época, con la que varias personas se toparon por separado. La diferencia estuvo en quién la pulió hasta convertirla en una técnica ganadora y quién no.
El caso de Quande permite ver algo más: encontrarse con una posibilidad y realizarla son dos cosas distintas. Quande se encontró con el salto de espaldas; en 1963 ya había pasado así el listón, antes de la fama pública de Fosbury. Pero no lo afinó hasta hacer de él una técnica capaz de ganar. Por eso ha quedado en la historia como una fotografía, como una nota al pie. Fosbury se encontró con la misma posibilidad y dedicó años a convertirla en una técnica con la que se podía ganar un título olímpico. La materia abrió la puerta y varios dieron con la entrada. Quien llevó ante el mundo entero lo que había detrás fue el que no se limitó a entrar, sino que estuvo dispuesto a pasar años trabajándolo. La posibilidad la dio la materia. La realización la puso una persona.
VI La mecánica no refutó el rodillo ventral
Según una explicación muy extendida, el salto de espaldas desplazó al rodillo ventral porque era mecánicamente superior, porque era una técnica mejor. Esa explicación necesita una corrección.
El artículo de Dapena de 1980 mostró, en efecto, que la carrera curva, la inclinación del cuerpo y el arqueo durante el paso del listón permiten al saltador colocar la masa corporal en una posición favorable respecto a la barra. Esa es la ventaja mecánica más famosa del salto de espaldas: el cuerpo puede franquear el listón mientras su centro de masas pasa a la misma altura que este, o incluso por debajo. La ventaja es real.
Pero en un análisis posterior, Dapena sostuvo también que el rodillo ventral no había sido refutado desde el punto de vista mecánico. Algunos atletas pueden obtener una elevación mayor con la mecánica del rodillo ventral; otros se benefician de la carrera más rápida y de los movimientos menos vigorosos de las extremidades libres que caracterizan el salto de espaldas. Su conclusión era que, atendiendo solo a la mecánica, las dos técnicas deberían seguir utilizándose hoy. La desaparición del rodillo ventral se explica mejor por la facilidad de aprendizaje del salto de espaldas que por una inferioridad universal del primero.
La conclusión importa porque desarma una relación causal demasiado sencilla.
Que el salto de espaldas domina la prueba es un hecho. Pero no la domina porque sea la solución mecánicamente óptima para todos los cuerpos y todas las formas de movimiento. La bibliografía no ofrece un consenso sobre eso. Muchos entrenadores y muchas explicaciones físicas lo presentan como una solución superior para franquear grandes alturas, por la relación geométrica entre el centro de masas y el listón y por la rotación que genera la carrera curva. El análisis de Dapena se resiste expresamente, sin embargo, a la afirmación más fuerte: que el salto de espaldas sea mecánicamente el mejor para cualquier cuerpo y cualquier tipo de movimiento.
Una afirmación más limitada se sostiene mejor: en la práctica, el salto de espaldas se convirtió en el estándar general de la élite, pero la bibliografía no ha demostrado de forma unánime que sea la única solución teórica óptima para cada atleta.
¿Por qué ganó, entonces? La respuesta de Dapena es la facilidad de aprendizaje. El salto de espaldas se aprende más fácilmente que el rodillo ventral. Un principiante puede dominar antes sus movimientos básicos; para ejecutar bien el rodillo ventral hace falta más tiempo de trabajo y refinamiento. En un sistema que ha de formar a muchos atletas, una técnica más fácil de aprender se difunde de manera natural, porque ofrece resultados antes por cada unidad de esfuerzo invertida en entrenar.
El relevo del rodillo ventral por el salto de espaldas deja así de ser un problema de superioridad mecánica y pasa a ser un problema de economía del aprendizaje. No es que el salto de espaldas sea mejor para todo el mundo; es más fácil de enseñar y de aprender, y por eso se propaga más deprisa en el conjunto. Las dos explicaciones apuntan a cosas distintas. Una dice que la técnica es mejor en sí misma; la otra, que se transmite mejor. La evidencia respalda más esta última.
Conviene retener la diferencia, porque aparece a menudo en otros campos. Algo puede imponerse por dos razones muy distintas: porque es lo mejor o porque es lo más fácil de difundir. Ambas razones se confunden a cada paso. Lo dominante siempre parece ser lo mejor; de no serlo, ¿cómo habría llegado a dominar? Pero dominar y ser lo mejor son cosas distintas. Lo que se difunde con mayor facilidad se impone aunque no sea lo mejor; y lo mejor, si cuesta transmitirlo, puede quedarse para siempre en manos de unos pocos. El triunfo del salto de espaldas pertenece al caso de la difusión: se volvió dominante porque era fácil transmitirlo, no porque fuera lo mejor para cada uno. Solo si vemos esa diferencia dejaremos de tomar lo predominante por lo óptimo.
Por eso, la retirada del rodillo ventral fue un proceso y no una fecha. Todavía podía ganar un oro olímpico en 1972: Tarmak se proclamó campeón aquel año con 2,23 metros y fue el último hombre en obtener el título olímpico con ese estilo. Todavía podía batir un récord mundial en 1978: Yashchenko saltó entonces 2,35 metros y fue el último poseedor del récord mundial masculino que utilizó el rodillo ventral. Solo en 1980 el salto de espaldas llegó a dominar las finales. Según las cifras que el propio Fosbury ofreció al recordar esa evolución, trece de los dieciséis finalistas olímpicos de 1980 lo utilizaron; en ese mismo balance retrospectivo, treinta y cuatro de las treinta y seis medallas olímpicas de 1972 a 2000 fueron para saltadores de espaldas.
Así que el salto de espaldas no derrotó al rodillo ventral, al menos no en el terreno de la mecánica. El rodillo fue quedándose atrás en la carrera de la difusión. A lo largo de varias décadas, una técnica más fácil de aprender fue expulsando de la competición a otra que no era peor.
Vale la pena contrastar este proceso con el del séptimo ensayo. Allí se trataba de la reescritura de las tablas de puntuación del decatlón: según la inclinación de la tabla, una técnica podía pasar a valer más o menos. Aquí no hay tabla de puntos. En el salto de altura solo hay una altura, sin conversión. Y, sin embargo, también se produce una selección. El criterio de selección no es ahora la tabla, sino la economía del aprendizaje. En un sistema que ha de formar a muchos atletas, la técnica más fácil de aprender acaba imponiéndose de manera natural, aunque no sea mecánicamente superior. Los dos casos tienen eso en común: muchas veces, lo que decide el auge o la caída de una técnica no es cuánto vale por sí misma, sino la posición que ocupa dentro de un sistema.
VII Las reglas trazaron una frontera y luego la retiraron
Queda otra pregunta sobre el salto de espaldas, una pregunta que obliga a separar la acusación del veredicto: ¿hubo quien intentara prohibirlo?
Algunas anécdotas posteriores sugieren que ciertos rivales o dirigentes pudieron querer prohibirlo por peligroso. Esa es la acusación.
Pero en los materiales disponibles no aparece ningún documento normativo oficial de primera mano que muestre que World Athletics o la IAAF prohibieran formalmente el salto de espaldas en sí, ni que estuvieran a punto de hacerlo. Lo que muestran los documentos es que, una vez suprimida la antigua cláusula sobre el orden de paso de las partes del cuerpo, su legalidad dependía de las reglas ordinarias del salto de altura y de la zona de caída que tuviera la instalación. Ese es el veredicto.
Hay que mantener separadas las dos cosas. Quizá existió la intención de prohibirlo: eso pertenece al terreno de la anécdota. La prohibición formal no existió: eso pertenece al terreno de los documentos. No podemos decir que el salto de espaldas estuvo prohibido solo porque circularon rumores de que alguien quería prohibirlo. Sería tomar la acusación por el veredicto.
Hay, sin embargo, algo más hondo en todo esto, algo que enlaza con lo que veremos en el décimo ensayo.
En los primeros reglamentos del salto de altura sí existía aquella prohibición de pasar el listón en zambullida, con una voltereta o con un volteo apoyando las manos. Es decir, esta construcción sí había puesto, en sus comienzos, ciertos límites a la manera de franquearlo: había prohibido la zambullida y la voltereta. Las reglas no han sido siempre ajenas a la postura. Hubo momentos en que intervinieron.
Lo interesante es cómo lo hicieron. Prohibían movimientos que alguien ya había intentado y que se consideraban problemáticos. Alguien había probado a pasar dando una voltereta; se prohibió. El salto de espaldas, en cambio, mientras seguía vigente la disposición que impedía que la cabeza pasara antes que los pies, quedaba bloqueado indirectamente por esa cláusula más general. Cuando se suprimió en 1936, el salto de espaldas dejó de estar prohibido por el reglamento.
Aquí asoma una incoherencia. En 1936, esta construcción eliminó la cláusula que habría impedido el salto de espaldas, pero mantuvo la prohibición de la voltereta. ¿Por qué? Porque en 1936 el salto de espaldas todavía no existía, nadie conseguía marcas con él, y eliminar la cláusula que le cerraba el paso no parecía entrañar ningún riesgo. Era simplemente limpiar el reglamento de una disposición antigua que resultaba superflua. La prohibición de la voltereta, en cambio, respondía a un movimiento concreto que ya se había visto, y por eso se conservó.
La construcción no dio paso al salto de espaldas en 1936 porque lo hubiera previsto y aceptado. Ocurrió justamente lo contrario: ni siquiera se le había ocurrido que pudiera aparecer. Al suprimir aquella cláusula creía estar retirando una regla vieja que ya no servía. Abrió sin querer una puerta a una técnica que se haría mundialmente célebre más de treinta años después. Y no sabía qué acababa de abrir.
Una construcción descubre a menudo dónde está su frontera justo cuando alguien la cruza. En 1936 creyó haber borrado una disposición caduca. Solo más de treinta años después, cuando Fosbury saltó por aquel lugar que había quedado borrado, descubrió que la disposición era una puerta. El décimo ensayo desarrollará esta cuestión con un ejemplo todavía más claro: el salto de longitud con voltereta hacia delante, que la construcción se apresuró a prohibir cuando vio que habían cruzado su límite.
Dejemos aquí señalado el principio, porque es decisivo para entender la relación entre regla y técnica. Una construcción no puede legislar de antemano para todas las técnicas posibles: no puede imaginar las que aún no existen. Solo cuando una técnica aparece puede juzgar si debe intervenir. Por eso el reglamento siempre llega tarde. Reacciona ante lo que ya ha sucedido; no prepara lo que va a suceder. Quienes suprimieron aquella cláusula en 1936 no podían prever a Fosbury, porque su técnica no existía todavía. Se limitaban a retirar una vieja regla que parecía sobrar, y esa vieja regla resultó ser la puerta que cerraba el camino a una técnica futura. A menudo, ni la propia construcción sabe dónde acaba el reglamento hasta que alguien pasa al otro lado.
VIII La puerta se abre del lado de la materia
Recojamos los hilos de este ensayo.
Las reglas actuales del salto de altura no prescriben una postura obligatoria para franquear el listón. Ese silencio no es un descuido de la construcción; es su estado habitual. Solo habla cuando hace falta. Pero su silencio tiene una consecuencia: si las reglas no se ocupan de la postura, algo que está fuera de ellas fija sus límites.
Y lo que los fija es el lugar donde se cae.
La postura con la que una persona puede pasar el listón depende de la postura con la que pueda caer sin hacerse daño. Sobre tierra dura o arena tiene que llegar primero con los pies, lo que reduce las opciones a unas pocas posiciones erguidas o semierguidas. Sobre una capa profunda de espuma puede recibir la caída con la espalda, y entonces el salto de espaldas se vuelve posible. El espacio de posturas admitido por las reglas siempre fue mayor que el admitido por la materia. El verdadero atasco no estaba del lado del reglamento. Estaba del lado material.
Por eso las reglas pudieron abrir aquella puerta en 1936 y dejarla abierta durante más de treinta años sin que casi nadie la cruzara. La puerta reglamentaria llevaba mucho tiempo abierta; la material seguía cerrada. Hubo que esperar a que las colchonetas de espuma se extendieran en los años sesenta para que se abriera también esa puerta. En cuanto lo hizo, varias personas que no se conocían pasaron por ella casi al mismo tiempo.
Pero debemos mantener la corrección que ya hemos hecho: no convertir esto en determinismo material.
Las condiciones materiales abrieron una posibilidad; no determinaron el resultado. La colchoneta blanda hizo posible el salto de espaldas, pero ninguna colchoneta salta por sí sola. Quienes lo llevaron de la posibilidad a la realidad fueron Fosbury, Brill y quienes se pusieron a ensayar cuando las superficies blandas comenzaron a extenderse. Y lo que convirtió la técnica de una persona en el estándar del mundo entero fue su facilidad de aprendizaje, su mayor economía en la adquisición del gesto frente al rodillo ventral. La materia abre la puerta, alguien entra y la facilidad de aprender permite que otros lo sigan. Los tres planos son necesarios. Atribuírselo todo a cualquiera de ellos es equivocarse.
La formulación precisa sería, por tanto, esta: una vez eliminada la antigua cláusula sobre el orden de paso de las partes del cuerpo, la frontera decisiva que quedaba para una técnica de élite de espaldas, segura y repetible, era la superficie de caída; una condición material situada, en lo esencial, fuera de las reglas formales sobre el estilo. El cambio material, por sí solo, no garantizaba la aparición del salto de espaldas. La invención independiente, la facilidad de aprendizaje, la mecánica de la carrera y los éxitos en competición eran también causas.
El resto que aparece en este ensayo vuelve a ser distinto del de los anteriores.
En los otros ensayos, el resto era lo que esta construcción había dejado fuera de sus cuentas: nombres que no entraron en la lista, lecturas descartadas, causas cuyo peso no se lograba calcular, tipos de cambio que nadie conseguía explicar. Aquí el resto es toda una extensión de posibilidades clausurada por las condiciones materiales. Antes de que se generalizaran las colchonetas de espuma, el salto de espaldas ya existía como posibilidad. Las reglas lo permitían, el cuerpo humano podía hacerlo, pero no había una colchoneta capaz de recibirlo. Quedaba suspendido allí: una posibilidad autorizada e irrealizable, algo a lo que las reglas decían que sí y la materia decía que no. Nadie lo había prohibido. Lo había retenido en silencio, durante más de treinta años, el simple hecho de que faltara una colchoneta adecuada.
Una posibilidad encerrada por la materia irrumpe enseguida en cuanto cambian las condiciones materiales. En eso se diferencia de otros restos. Cuando estos quedan fuera de las cuentas, a menudo se quedan fuera para siempre: los nombres que no entraron en la lista no regresan solos. La posibilidad clausurada por la materia espera, en cambio, detrás de la puerta. En cuanto se abre esa puerta material, sale; y son varias personas las que la sacan a la vez. Fosbury, Brill y Quande trajeron al mundo lo mismo que llevaba todo aquel tiempo esperando detrás.
Eso da a este resto un lugar singular en la serie. Muestra que la existencia del resto es necesaria y su manifestación, contingente. Pero, cuando las condiciones materiales activan esa contingencia, ya no aparece un azar aislado: aparece una serie de manifestaciones simultáneas. La condición de una colchoneta blanda se cumple a la vez en varios lugares, y en varios lugares hay personas que se topan con aquella posibilidad hasta entonces encerrada. No son tres coincidencias inconexas. Son tres resultados paralelos propiciados por una condición común. Cuando la materia afloja y libera lo que mantenía cerrado, a menudo no sale una sola posibilidad: sale toda una extensión.
Miremos, por último, la curva de los récords. Nos llevará mucho más allá de este ensayo.
Sotomayor saltó 2,45 metros en 1993. Hasta finales de 2025, aquella marca seguía siendo el récord mundial masculino, aún sin batir. Las mejores marcas anuales posteriores fueron retrocediendo: 2,42 metros en 1994, 2,40 en 1995 y 2,39 en 1996. Después oscilaron, por lo general, entre 2,36 y 2,40; repuntaron brevemente hasta 2,41 en 2013 y 2,43 en 2014, para volver a bajar: 2,37 en 2024 y 2,36 en 2025.
Es un largo estancamiento, no la continuación de un crecimiento exponencial.
Y ese estancamiento ocurre precisamente en la prueba dominada por el salto de espaldas, la técnica que se considera mecánicamente óptima, la que más motivos tendría para seguir empujando los límites. Se abrió la puerta material, irrumpió el salto de espaldas y los récords subieron sin parar hasta los 2,45 metros de 1993. Allí se detuvieron. Más de treinta años sin moverse. En la prueba donde la técnica presume de ser el motor, justo donde más tendría que demostrarlo, todo lleva más de treinta años parado.
Qué significa eso es la pregunta que responderá el ensayo vigésimo tercero. Aquí basta con dejarlo a la vista: también lo que irrumpe al abrirse una puerta acaba llegando al final de su recorrido. Y cuando llega, esta construcción tiene que enfrentarse a una pregunta nueva, una pregunta que lleva mucho tiempo eludiendo: a qué velocidad puede correr, hasta qué altura puede saltar y qué distancia puede alcanzar un ser humano.
La regla de medir aún no ha dado con la medida exacta. Sigue midiendo.