Quién tiene derecho a figurar en el registro
Las reglas del amateurismo, Jim Thorpe y Paavo Nurmi muestran que el registro de récords tiene que abrirle la puerta a una persona antes de abrírsela a una cifra. Y que el origen de sus barreras, su vigencia y su corrección obedecen a calendarios distintos.
En este ensayo
1. Cuatro puertas en una sola definición
En 1866, el Amateur Athletic Club incluyó en sus estatutos una definición de amateur. Según la fórmula que circulaba ampliamente en la época, se trataba de un caballero que nunca hubiera participado en competiciones abiertas al público, que nunca hubiera competido por dinero aportado por el público ni por ingresos de taquilla, que en ningún momento de su vida se hubiera ganado el sustento enseñando actividades deportivas o ayudando a practicarlas; y que tampoco hubiera trabajado como mecánico, artesano u obrero.
En esa frase hay cuatro puertas.
Las tres primeras preguntan qué ha hecho esa persona. En qué clase de competiciones ha participado, qué clase de dinero ha cobrado, cómo se ha ganado la vida. La cuarta es distinta. La cuarta pregunta qué clase de persona es. Mecánico, artesano, obrero: ninguno de esos tres términos tiene nada que ver con el deporte. Son identidades profesionales. Según esa frase, un carpintero que jamás hubiera cobrado un céntimo por competir no podía entrar.
Las cuatro puertas, reunidas en una sola frase, se leen como cuatro aspectos de un mismo asunto. En realidad, pertenecen a dos órdenes distintos. Las tres primeras se ocupan de conductas, y las conductas pueden comprobarse: puede haber testigos, puede haber cuentas. La cuarta se ocupa de la condición social, y esa condición no necesita investigación: está escrita en la vida cotidiana de una persona, la conoce cualquiera de su pueblo. La definición emplea, pues, dos formas de juzgar completamente diferentes. Una exige pruebas; a la otra le basta con reconocer a la persona. Y ahí están, una al lado de la otra, unidas por un punto y coma.
Hay otra expresión que merece examinarse por separado: en ningún momento de su vida.
No es una norma sobre la situación presente. Se extiende hacia atrás y abarca toda una vida. Si alguien, a los veinte años, ha dado clases de boxeo durante unos meses porque necesitaba comer, a los cuarenta seguirá sin ser amateur. Y no lo será nunca. Esa puerta no tiene salida, ni plazo de rehabilitación, ni forma alguna de caducidad.
Conviene advertir que no existía una disposición simétrica para los profesionales. Estaba escrito expresamente que un corredor profesional no podía volver a ser amateur por pasar varios años sin cobrar; y, a la inversa, tampoco se contemplaba para el amateur otro tratamiento que determinar en qué circunstancias perdería para siempre su condición. Esta construcción solo había instalado una puerta de sentido único: una vez dentro podían echarte, pero, una vez fuera, ya no podías volver. El tránsito entre las categorías iba en una sola dirección. Y una categoría de la que solo se puede salir, una vez delimitada, no hace más que menguar con el tiempo.
Al juntar esos dos rasgos se ve la forma de la construcción. Lo que se propone juzgar no es una competición, sino una persona. Y no a esa persona tal como es ahora, sino con todo el historial que lleva a cuestas. Aún no se ha empezado a medir, aún no se ha sacado la regla, y ese trámite ya está resuelto.
En el ensayo anterior vimos que el primer libro de cuentas de esa construcción llamada récord fue un periódico, y que lo primero que aprendió fue a añadir entradas. Este ensayo trata de otro cuaderno, situado delante de aquel libro. Para que una marca entre en la tabla de récords, antes alguien tiene que conseguirla corriendo; quién puede salir a correr lo decide aquella definición. El reparto de tareas entre los dos cuadernos fue ese desde el principio: el de atrás anota cifras; el de delante, personas.
2. Después de borrar una frase
En 1880 se fundó la Amateur Athletic Association. Según la historia que publica la propia World Athletics, al constituirse la asociación se suprimió de la definición de amateur el pasaje que excluía a mecánicos, artesanos y obreros.
Hay que tomarse en serio ese hecho, porque cierra el paso a un relato demasiado cómodo.
Si el principio amateur hubiera sido de principio a fin una mera barrera de clase, no habría borrado por sí mismo su frase más descarada apenas catorce años después de establecerla. La supresión fue real, llegó pronto y se produjo justo cuando el órgano rector de este deporte ampliaba su ámbito de actuación.
Esa ampliación pudo ser, precisamente, la causa. Un club solo administra a sus socios; una asociación ha de administrar las competiciones de todo el país. Si una entidad de ámbito nacional deja fuera, en bloque, a tres profesiones, lo que gobierna no es el atletismo del país, sino el atletismo de una parte de sus habitantes. Y eso se hace notar enseguida en el número de inscritos y en la repercusión de las pruebas. Desde el punto de vista moral puede haber muchas explicaciones para borrar aquella frase. Desde el punto de vista de la gestión solo hay una: una entidad que aspira a gobernar todo un país no puede reconocer únicamente a una pequeña parte de su gente.
¿Qué quedó después de borrarla? Una enciclopedia de 1911 recogía así la definición de la asociación: amateur era quien nunca hubiera competido por un premio en metálico o una apuesta, quien nunca hubiera competido con profesionales o contra ellos por premio alguno y quien nunca se hubiera ganado la vida enseñando, practicando o ayudando a practicar actividades deportivas.
La cláusula sobre la identidad profesional había desaparecido. La prohibición de cobrar seguía allí. Y entre medias había aparecido otra cláusula que merece atención: no haber competido nunca con profesionales o contra ellos.
Esa cláusula no dice que la persona haya cobrado. Dice que ha corrido con alguien que había cobrado.
Es una lógica de contagio. La pérdida de la condición amateur puede producirse por contacto, sin que el interesado tenga que haber hecho nada malo por su cuenta. Alguien coincide con un corredor profesional en una carrera de pueblo. No ha cobrado, no ha dado clases, no hay vínculo alguno con su sustento. Pero su condición de amateur ya está en entredicho. Aquí la construcción no protege la inocencia de esa persona. Protege la pureza de la categoría.
Por tanto, la naturaleza de la puerta no ha cambiado. Solo ha cambiado el criterio para decidir. Antes se miraba quién eras. Ahora se mira al lado de quién has estado.
La transformación tiene una consecuencia práctica que conviene señalar aparte. Averiguar quién eres cuesta muy poco: salta a la vista. Averiguar al lado de quién has estado cuesta mucho más: obliga a consultar registros de competiciones anteriores, a conocer la condición de quienes corrieron contigo, y quizá esa información no se haya conservado. La nueva norma es más justa sobre el papel y más dependiente de los archivos en su aplicación. Así quedó decidido algo importante: en adelante, que se pudiera encontrar el rastro contaría más que haber sido o no cierta clase de persona. Esa línea llega hasta Thorpe, a quien veremos después.
Llegados aquí hay que exponer las dos lecturas, porque ambas cuentan con material a su favor.
Una sostiene que el núcleo del sistema era la exclusión de clase. La definición de 1866 nombraba directamente tres profesiones. Hay investigaciones que describen el amateurismo victoriano en su conjunto como una ideología de control y exclusión, y señalan que su auge coincidió precisamente con el aumento de la participación obrera. En el remo de la misma época había prácticas de exclusión paralelas; en el críquet, caballeros y profesionales se alojaban y viajaban por separado; y las élites de entonces expresaron, en efecto, el temor de verse desbordadas por los trabajadores. No son pinceladas sueltas de clasismo. Es un diseño institucional dirigido a controlar la entrada.
La otra lectura advierte que reducirlo todo a exclusión de clase también es simplificar. El rechazo de la remuneración, el juego limpio, la resistencia a las apuestas y al profesionalismo declarado eran componentes reales. Incluso el investigador que defiende la tesis de la exclusión lo reconoce: lo que sostiene es que esos componentes fueron reempaquetados al servicio de la exclusión, no que no existieran. Y la supresión de 1880 es un hecho firme. La cláusula más descarnada no permaneció indefinidamente en el sistema posterior.
Ninguna de las dos lecturas tiene toda la razón. Lo que sí puede afirmarse es que, desde el principio, aquella palabra contenía a la vez unas convicciones morales y una barrera social, y que nunca se separaron ambas cosas. Quien quiera conservar solo una tendrá que pelearse con las fuentes.
En cuanto a la versión más pulcra, según la cual el amateurismo británico no era más que un grupo de personas practicando deporte por amor al deporte, las fuentes no la respaldan. El contenido de aquella primera definición decisiva era social y ocupacional, no ético ni financiero.
3. Un antepasado que no existió
Esta construcción se buscó un origen: la antigua Grecia.
En 1910, un estudioso del mundo clásico publicó una obra sobre el deporte y los juegos griegos. En ella escribió que la competición se había convertido en monopolio de una clase y que los antiguos juegos habían cedido su lugar a espectáculos profesionales. En 1930 publicó otro libro, esta vez sobre el deporte en el mundo antiguo. Allí afirmaba que el exceso de competiciones y el profesionalismo eran letales para el auténtico espíritu amateur, y describía la práctica deportiva más temprana como puramente amateur. En el mismo libro sostenía también que el mayor mal del profesionalismo era la corrupción, y vinculaba la evolución del deporte en la Grecia tardía y en Roma con el espectáculo, el soborno, la especialización excesiva y la desintegración de la competición cívica.
Son formulaciones suyas, no una paráfrasis de sus críticos posteriores.
En ese relato se reconoce, sin dificultad, todo el esqueleto del amateurismo del siglo XIX: hubo una época pura; después entró el dinero y llegó la decadencia. Restablecer el principio amateur equivalía a recuperar aquella época.
En 1984, otro estudioso publicó un libro dedicado específicamente a este asunto. Su título, traducido literalmente, es El mito olímpico del atletismo amateur griego. La refutación se articula en cuatro niveles.
El primero es conceptual. En la Antigüedad no existía el ideal amateur en su sentido moderno. Los vencedores de la antigua Olimpia competían a menudo por premios de considerable valor y obtenían beneficios de sus habilidades atléticas. Faltaban, además, el vocabulario y la ideología que exige el concepto de amateur.
El segundo es un punto en el que el propio autor insistía especialmente. No se limitaba, decía, a constatar una falta de pruebas: presentaba pruebas abrumadoras en sentido contrario, así como un sistema en el que el concepto de amateur no tenía cabida. La distinción le importaba porque limitarse a señalar que el adversario carece de pruebas es un argumento más débil.
El tercero es económico. Los atletas griegos competían por recompensas sustanciosas y recibían compensaciones materiales de su propia ciudad. Este nivel apunta a lo mismo que el pasaje sobre los premios fijados por Solón que vimos en el ensayo anterior.
El cuarto es estructural. El sistema griego de competición no se había construido en torno a la frontera entre amateurs y profesionales. Esas dos categorías no bastan para describir la realidad social de entonces.
Los estudios posteriores no han vuelto a ponerse del lado de Gardiner. Una revisión publicada en torno a 2020 condensó el estado del campo en una frase: los atletas griegos no eran ni amateurs ni profesionales. No era una solución de compromiso. Era declarar que las propias categorías se habían aplicado donde no correspondía.
En la bibliografía académica seria que puede consultarse, la tesis de Gardiner en su conjunto no ha conocido una rehabilitación sustancial después de 1984. Sí se han recuperado parcialmente algunas afirmaciones más acotadas: que la competición temprana tuvo en ciertos contextos un carácter aristocrático; que no deben confundirse los juegos cuyo premio era una corona con aquellos que daban premios en metálico; que el profesionalismo se desarrolló históricamente y no existió desde el principio bajo una forma única. Pero son correcciones parciales, no la rehabilitación de aquella tesis general.
Ya está claro, entonces, qué quiere decir esta sección. Y no se trata de desenmascarar a nadie.
Una construcción se justificó invocando un pasado que no había existido. Entre 1866 y 1930, mucha gente creyó sinceramente en ese pasado, incluido el clasicista que escribió aquellas frases. No estaba inventando. Estaba leyendo las fuentes antiguas con las herramientas académicas de su tiempo y encontró una conclusión que respondía a las necesidades de su época. Hoy resulta fácil señalar que se equivocaba. Y eso sirve de poco.
Hay otro aspecto que conviene aclarar. Si aquella lectura resultaba plausible entonces, era en parte porque las propias fuentes antiguas admitían varias lecturas. En los juegos de la corona se entregaba, en efecto, una simple corona de flores; las recompensas de la ciudad se recibían, en efecto, en otro lugar. Y ambas cosas no solían aparecer en el mismo pasaje de las fuentes. Quien quisiera creer en la pureza de la Antigüedad podía leer la primera mitad y detenerse ahí, sin necesidad de omitir nada deliberadamente. Cuando una construcción busca sus orígenes, por lo general no necesita falsificar. Basta con escoger, entre un conjunto de materiales auténticos, los que le sirven.
Lo útil es observar otra cosa. Aquel origen fue refutado en 1984. La cláusula de exclusión más explícita de esta construcción se había suprimido en 1880. Y su definición había quedado completamente vaciada en 1981. Es decir: cuando los investigadores por fin demostraron que aquel antepasado no existía, las reglas ya se habían deshecho por su cuenta. Y las razones de su disolución no tenían nada que ver con la verdad o la falsedad.
A la inversa, durante los cien años en que la norma estuvo en vigor, la falsedad de su fundamento no redujo su eficacia ni un solo día. Cuando alguien perdía su condición de amateur por esas reglas, lo que perdía era enteramente real. Para la persona a la que dejaban fuera, daba exactamente igual que el origen de las reglas fuera ficticio.
Esta idea reaparecerá a lo largo de toda la serie, así que conviene dejarla expuesta con claridad. El relato de legitimidad de una construcción y su eficacia real son dos cosas independientes. El relato puede refutarse: suelen hacerlo los estudiosos, en los libros. La eficacia solo puede anularla otra construcción: suelen hacerlo otros intereses en juego, en las salas de reuniones. Cada cosa sigue su propio calendario; ninguna espera a la otra. Cuando se publicó aquel libro de 1984, lo que se proponía derribar llevaba ya tres años derrumbado por otras razones.
4. Treinta días
En Estocolmo, en 1912, Thorpe ganó el pentatlón y el decatlón.
En los documentos oficiales de aquella edición había una regla que hoy resulta extraordinariamente concreta: las impugnaciones de la elegibilidad de un participante debían presentarse por escrito y recibirse antes de que transcurrieran treinta días desde la entrega de los premios.
La primera noticia pública de que Thorpe había jugado al béisbol a cambio de dinero apareció en un periódico local en enero de 1913. Habían pasado unos seis meses desde la entrega de premios de Estocolmo.
Según la letra de aquella regla, el plazo había quedado muy atrás.
Quienes más tarde lucharon por su rehabilitación invocaron repetidamente ese punto. El alcance que podía tener, sin embargo, es discutido. La regla existía, el plazo existía y el plazo había vencido. Lo discutido es si la Amateur Athletic Union de Estados Unidos y el Comité Olímpico Internacional tramitaron entonces el asunto como una impugnación formal sujeta a esa norma. Si entendían que se ocupaban de una cuestión más general de elegibilidad y concesión de premios, y no de una impugnación fuera de plazo, la disposición de los treinta días no les afectaba. Puede afirmarse que esos treinta días constituyen un argumento poderoso. No puede afirmarse que en aquella época se reconociera de manera general que bastaban para zanjar el caso.
La discrepancia revela una estructura que merece anotarse. Para que una norma de procedimiento limite de verdad a una institución, esta tiene que reconocer que lo que está haciendo es precisamente aquello a lo que se refiere la norma. Y puede no reconocerlo. Puede decir que no se trata de una impugnación, sino de una revisión de elegibilidad; que ese no es el supuesto regulado, sino un problema más general. Basta con cambiarle el nombre al trámite para que el plazo pierda su objeto. La eficacia de una garantía procesal nunca está del todo en manos de quien debe beneficiarse de ella.
Hoy no está claro quién sacó a la luz aquella etapa de Thorpe en el béisbol. Sí se sabe qué periódico publicó por primera vez la noticia. Las versiones populares posteriores suelen señalar a cierta persona vinculada al mundo del béisbol, pero no se ha localizado un documento de primera mano de la época que permita confirmar esa atribución. Ese punto solo puede dejarse sin resolver.
El procedimiento tuvo dos pasos. Primero, la Amateur Athletic Union de Estados Unidos le retiró la condición de amateur. Después, el Comité Olímpico Internacional anuló sus dos títulos de campeón.
Hay otro dato: el propio Thorpe escribió una carta en la que admitía haber jugado al béisbol por dinero. El giro decisivo de la controversia se apoyó en parte en esa admisión, no exclusivamente en acusaciones de terceros.
¿Dónde está hoy esa carta? No está claro. ¿Dónde están los documentos de la correspondencia interna de su entrenador de entonces? No está claro. Tampoco está claro dónde se conserva el intercambio completo entre la Amateur Athletic Union y el Comité Olímpico Internacional. Lo que sí está localizado y catalogado es su expediente de alumno de la Escuela Industrial India de Carlisle, conservado actualmente en la Administración Nacional de Archivos y Registros de Estados Unidos. Contiene cartas, transacciones financieras y fotografías.
La forma de este vacío es la misma que encontramos en el ensayo anterior. Un sistema que exige a todo el mundo dejar comprobantes ha perdido el rastro de sus propios comprobantes en un punto crucial. Y esta vez la ausencia toca más de cerca a una persona: lo que queda es el registro administrativo de una escuela sobre un alumno; lo que no queda es la carta en la que aquel hombre se defendía.
Es poco probable que alguien lo destruyera deliberadamente. El expediente de un alumno pertenece a un sistema administrativo que sigue funcionando. Ese sistema clasifica y archiva los documentos, y los conserva durante décadas, porque esa es su rutina. Un intercambio puntual entre comités no pertenece a ningún sistema duradero. Termina la gestión, cada cual sigue su camino, y los papeles se van con quienes llevaron el asunto, entran en un armario particular y después se pierden. Que algo se conserve no depende de su importancia, sino de que haya una máquina ocupándose de archivarlo. Lo importante puede perderse con más facilidad precisamente porque los asuntos importantes suelen tramitarse de forma puntual.
De paso, conviene corregir una versión muy extendida. No le quitaron los títulos allí mismo, en Estocolmo. Ocurrió meses después de que terminaran los Juegos. Ocurrió en los periódicos y en las reuniones de dos comités.
5. Había usado su propio nombre
En una explicación histórica publicada posteriormente por la Universidad de Carolina del Norte hay una frase que constituye el centro de este ensayo.
En aquella época, muchos deportistas universitarios ganaban dinero jugando al béisbol en las ligas menores. Lo hacían con nombres falsos. Thorpe usaba el suyo. Por eso, una vez descubierto, era más fácil sancionarlo a él que a los demás.
Llevemos esa frase hasta sus últimas consecuencias.
La regla prohibía jugar por dinero. Quien cobraba bajo un nombre falso infringía la misma regla y añadía una capa de ocultación deliberada. Si se ordenaran los casos según la severidad del precepto, esos deberían recibir un castigo mayor. Lo que ocurrió fue exactamente lo contrario: a ninguno de los que usaban nombres falsos le pasó nada; al que usaba su propio nombre le anularon dos títulos olímpicos.
No se trata de falta de rigor al aplicar la norma. Se trata de que el mecanismo solo podía funcionar así.
Para ocuparse de una infracción, una construcción tiene que poder verla. Y lo que puede ver depende de la forma en que los hechos hayan quedado sobre el papel. Los partidos jugados con el nombre verdadero dejaban rastro en las plantillas de los equipos, en las nóminas, en las crónicas deportivas de los periódicos locales. Cualquiera que hojease la prensa antigua podía encontrarlos. Los partidos jugados con un nombre falso dejaban, en esos mismos papeles, el rastro de otra persona. La construcción no había perdonado a estos últimos. Ni siquiera sabía que existían.
Por eso, lo que este mecanismo selecciona de verdad no es quién ha infringido la regla, sino a quién se puede encontrar. Las dos cosas coinciden la mayor parte del tiempo. No porque haya entre ellas un vínculo intrínseco, sino porque la mayoría de la gente no se oculta. En cuanto alguien empieza a ocultarse, se separan de inmediato. Y la construcción procede sin vacilar contra quien no se ocultó, porque es el único que tiene a mano.
Hay que prevenir aquí una lectura equivocada. No estoy diciendo que quienes usaban nombres falsos merecieran más castigo, ni que Thorpe no debiera haber sido sancionado. Estoy diciendo que un mecanismo que opera según lo que puede ver tiende, por necesidad estadística, a actuar contra las personas que no esconden lo que hacen. Ese sesgo aparece sin que nadie tenga que albergar un prejuicio. Es una propiedad de la estructura, no un problema del carácter de quienes aplican la norma. Atribuirlo a la injusticia de una actuación concreta dejaría escapar el verdadero problema.
En el ensayo anterior vimos que, cuando se organiza una competición, ya se la está preparando para que aparezca en el papel. La posibilidad de dejar constancia de ella forma parte de la disposición del propio evento. Allí, poder quedar registrado era la condición para entrar en el libro. Aquí es la condición para ser expulsado de él. La misma propiedad, en dos direcciones.
Bajemos un nivel más. Si la posibilidad de quedar registrado funciona en ambas direcciones, es porque sirve a una misma necesidad: la construcción tiene que poder cotejar. De ahí procede toda su autoridad. El periódico elegido como referencia, los tres cronómetros, la línea de medición a doce pulgadas que vimos en el ensayo anterior: todos cumplían esa función. Pero, por su propia naturaleza, solo puede cotejarse aquello que ha dejado huella. Cuanto más empeño pone la construcción en desarrollar su capacidad de comprobación, más crece la distancia que la separa de lo que no deja huella. No disminuye.
Lo que viene ahora es la parte de esta sección que exige más cuidado.
Sobre el peso de la raza en este caso, las fuentes respaldan una interpretación. Pero hay que precisar de qué manera la respaldan.
Los materiales a favor de esa lectura son estos: Thorpe era un atleta indígena de la nación Sac y Fox, educado en la Escuela Industrial India de Carlisle, una institución integrada en todo un sistema de políticas de asimilación. Comentarios posteriores, elaborados desde una perspectiva indígena, sostienen que el régimen amateur era elitista en sí mismo y que el castigo impuesto a Thorpe sirvió también para eclipsar a una estrella indígena. Los orígenes excluyentes del amateurismo decimonónico, asentados en las jerarquías de clase, permiten plantear que, al aplicarse a un deportista indígena, las reglas pudieran ejecutarse de una manera racializada.
Ahora bien, entre las fuentes consultables no se ha encontrado ningún texto original de la Amateur Athletic Union o del Comité Olímpico Internacional de aquella época que diga expresamente que había que castigarlo por ser indígena. La tesis de la raza como causa directa se apoya sobre todo en el contexto institucional, en las dudas acerca de la aplicación selectiva de la norma y en estudios interpretativos posteriores. No se apoya en un documento de resolución localizado que contenga afirmaciones explícitamente racistas.
Las dos interpretaciones, por tanto, no presentan la misma clase de pruebas. La de una aplicación mecánica de la regla cuenta con un precepto, unos hechos y una admisión del interesado. La de la raza como causa directa cuenta con un contexto, una estructura y análisis posteriores. No cuenta con aquel documento.
Hay un modelo en el que varias cosas pueden ser ciertas a la vez. Es un modelo, no una conclusión. Consta de tres afirmaciones: la regla existía y podía aplicarse efectivamente al béisbol remunerado; cabe cuestionar el momento y la selectividad de su aplicación; y es posible que una estrella indígena, situada dentro de unas políticas de asimilación y de un sistema excluyente, no recibiera la consideración, la indulgencia o el amparo procesal que a veces recibían otros.
Las tres afirmaciones pueden ser verdaderas a la vez. Que puedan serlo no demuestra ninguna de ellas.
Hay que evitar dos explicaciones de causa única. El caso no puede explicarse solo por la discriminación racial, ni solo por una aplicación neutral de las reglas. La primera explicación necesita un documento que no existe; la segunda tiene que explicar por qué a ninguno de los que usaban nombres falsos le ocurrió nada.
Queda algo más que habrá que dejar aquí sin resolver. No tenemos hoy una lista de quiénes eran aquellos deportistas que usaban nombres falsos ni de cuántos eran. No porque nadie los haya buscado, sino porque, por definición, son precisamente el grupo que no dejó rastro. Por eso nunca podremos ver completo ese grupo de comparación, y cualquier estimación de la gravedad de la aplicación selectiva carece de denominador. Eso limita hasta dónde puede juzgarse lo ocurrido. Reconocer el límite es más honesto que ofrecer una conclusión que suene más contundente.
6. Amateur es quien cumple las reglas
En abril de 1932, la Federación Internacional de Atletismo, la IAAF, suspendió a Nurmi por infringir las reglas del amateurismo. Después se le cerró el acceso a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. Quien dirigió el asunto fue el responsable sueco que estaba al frente de la IAAF.
Traer aquí este caso sirve para dos cosas.
La primera es mostrar que lo sucedido a Thorpe no fue un caso aislado de ese tipo. En aquellas décadas eran habituales las sanciones por cuestiones de condición amateur, y entre los sancionados figuraban algunos de los atletas más famosos de su tiempo.
La segunda importa más. Hasta hoy persisten las discrepancias sobre cómo interpretar la suspensión de Nurmi. Desde Finlandia, y en relatos posteriores de tono nacionalista, se la ha presentado a menudo casi como una represalia encabezada por suecos. Otros estudios, incluidos relatos conmemorativos de la propia Finlandia, sostienen que el problema de fondo era que la IAAF estaba reforzando sus defensas frente a la penetración del profesionalismo.
El interés de esa discrepancia no está en decidir qué parte tiene razón. Está en que muestra algo general: la aplicación de las reglas amateur, aun siendo defendible según su letra, a menudo era objeto de controversia política. Una regla puede aplicarse legítimamente y, al mismo tiempo, puede ser razonable preguntarse por qué se aplica justamente en esa ocasión. Las dos cosas no se excluyen.
Hay otra diferencia entre el caso de Nurmi y el de Thorpe que merece compararse. A Thorpe lo sancionaron retroactivamente, una vez obtenidos los resultados: le quitaron algo que ya existía. A Nurmi le cerraron el paso antes de competir: le quitaron algo que aún no había ocurrido. La primera pérdida puede medirse. Se sabe dónde están esos dos títulos. La segunda no puede medirse, porque nadie sabe qué marca habría conseguido Nurmi en Los Ángeles. La forma de actuar de la construcción es la misma en los dos casos. Pero uno de los restos que deja tiene forma; el otro ni siquiera eso.
Después está el final de la propia palabra.
En 1976, la IAAF todavía empleaba una concepción tradicional del amateurismo vinculada al espíritu deportivo. Al mismo tiempo, ya permitía a las federaciones nacionales compensar a los atletas por ingresos perdidos y reembolsar, con ciertos límites, sus gastos de viaje.
En 1981, el congreso modificó la definición. La nueva decía: amateur es quien cumple las reglas de elegibilidad de la IAAF.
Conviene detenerse en esa frase.
Antes de ella, amateur era una palabra con contenido. Ese contenido podía proceder de la antigua Grecia, de unas convicciones morales o de la forma de vida de una clase social. Viniera de donde viniera, llegaba de fuera de la organización. Precisamente por ser exterior, permitía interpelarla: ¿vuestras reglas respetan el espíritu amateur?
Después de esa frase, la pregunta ya no puede formularse. Si amateur es quien cumple nuestras reglas, preguntar si nuestras reglas respetan el espíritu amateur pasa a ser preguntar si nuestras reglas respetan nuestras reglas.
El cierre es aquí completo. Su condición es que, desde ese momento, la pregunta ya no pueda hacerse.
Hay que aclarar que en su día la nueva definición no tuvo por qué entenderse como un acto de autoautorización. Se parecía más a una limpieza pragmática. La definición antigua se había alejado tanto de la práctica que ya era imposible aplicarla. En vez de mantener un criterio que todo el mundo eludía, valía más convertirlo en uno aplicable. Desde el punto de vista de la gestión era una decisión responsable. Lo importante es que, aquí, actuar responsablemente y cerrarse sobre uno mismo resultaban ser exactamente el mismo acto. La construcción no se cierra extralimitándose. Muchas veces lo hace poniendo las cosas en orden.
En 1982, la IAAF estableció formalmente fondos fiduciarios para que el dinero pudiera llegar a los atletas bajo control federativo, sin necesidad de reconocer públicamente que el deporte se había profesionalizado. Algunos estudios llaman a este paso una transición suave del amateurismo al profesionalismo. A comienzos de los años noventa, el atletismo ya era claramente profesional, aunque el lenguaje institucional cambiaba más despacio.
No existe una fecha universalmente aceptada para el día exacto en que las cláusulas amateur desaparecieron por completo del reglamento de la IAAF. Sí puede establecerse cómo fueron vaciadas de contenido entre 1976 y 1982, y que a comienzos de los noventa el deporte ya era profesional. No puede fijarse cuándo se borró la última aparición de la palabra amateur en cada capa de estatutos y reglamentos. Fue un proceso plural: el cambio de definición, los mecanismos de compensación, la expansión comercial y la aceptación general del profesionalismo tuvieron cada uno su calendario.
También hay que corregir, por tanto, la versión más popular. La era amateur del atletismo no terminó la primera vez que alguien cobró. Primero se incorporaron los canales de pago a la gestión federativa. Solo después se reconoció públicamente el profesionalismo. Antes de renunciar a algo, la construcción se hace cargo de ello.
7. Una solución que no necesitaba restar
En 1982, el Comité Olímpico Internacional aprobó una medida de restitución. En enero de 1983 se entregaron medallas conmemorativas a la familia de Thorpe.
La medida consistía en entregar réplicas de las medallas de oro y devolverlo a los registros como campeón compartido, no como único vencedor.
Al recurrir a la fórmula del título compartido, no se alteraron los puestos de los dos atletas que habían sido ascendidos después. El noruego Bie y el sueco Wieslander quedaron como estaban.
Aquí se ven las distintas capas de resistencia práctica que encuentra una corrección. La primera son esos dos nombres. Ellos no habían hecho nada malo; quitarles lo que tenían requería otra justificación. La segunda son sus respectivos comités olímpicos nacionales: aquellas dos medallas de oro llevaban setenta años en los registros de dos países. La tercera es el propio registro. Todos los libros, listas y estadísticas que hubieran citado la tabla de resultados durante setenta años pasarían a ser inexactos. Modificar una entrada nunca afecta solo a esa entrada.
Es un ejemplo particularmente nítido, y enlaza exactamente con el final del ensayo anterior.
La autoridad concedida en 1913 a aquella construcción era la de examinar y registrar. Sobre tachar entradas, el texto que la autorizaba guardaba silencio. Setenta años después, el Comité Olímpico Internacional se encontró precisamente con ese problema: para volver a meter a Thorpe había que sacar a los otros dos, que ya estaban anotados. Y el libro solo sabía sumar.
Así que inventó una categoría. La expresión «campeón compartido» permitía corregirlo todo mediante una suma: añadir a Thorpe sin quitar a nadie. Desde ese momento, cada una de las dos pruebas de 1912 tuvo dos campeones, un resultado que no existía en el sistema de competición de entonces.
La solución arregló las cuentas. No arregló lo sucedido.
A una persona le habían anulado los resultados, y la manera de restituírselos fue reconocer que debía compartirlos con quienes lo habían sustituido. La aritmética funciona, pero la solución no encaja con lo sucedido: en aquellas dos pruebas no había habido empate. Él había ganado y los demás habían perdido. El libro inventó la categoría de campeón compartido para sortear sus propias limitaciones operativas, no para responder a lo que había ocurrido.
Conviene advertir que, en cuanto se creó la nueva categoría, pasó a ser una realidad. Las tablas posteriores mostraban, efectivamente, dos campeones en cada prueba. Quienes las consultaran después encontrarían ese resultado, sin ver cómo se había producido. Una etiqueta que la construcción inventa de manera provisional para resolver un problema técnico propio permanece en el libro con la misma forma que cualquier otra entrada. Pasado un tiempo, ya no se distingue qué era original y qué era un remiendo. Así fue también como la lista de vencedores reconocida retrospectivamente que vimos en el primer ensayo llegó a convertirse en el tiempo mismo.
Hay que decir algo más, por justicia. Puede que aquella fuera de verdad la única propuesta capaz de salir adelante entonces. Retirar los títulos a los otros dos atletas implicaba a los comités olímpicos de otros dos países, afectaba a registros con setenta años de existencia y recaía sobre dos personas que no habían hecho nada malo. Sumar era el camino de menor resistencia, y muchas veces el camino de menor resistencia es el único transitable.
Pero viable tampoco significa limpio.
8. Una autorización que llegó de fuera
En julio de 2022, el Comité Olímpico Internacional anunció que el nombre de Thorpe figuraría como único medallista de oro del pentatlón y el decatlón de Estocolmo 1912.
Ciento diez años.
La diferencia respecto de 1983 cabe en una sola palabra, y esa palabra lo es todo. En 1983 hubo restitución sin exclusividad: era campeón compartido. En 2022 se restituyó la exclusividad: era el único campeón. Es decir, en 1983 se había sumado; en 2022 se hizo lo que aquella construcción no había sabido hacer casi cuarenta años antes.
¿Cómo se hizo posible la resta?
Según la explicación del Comité Olímpico Internacional, el avance se debió al trabajo sostenido de una organización dedicada a esta causa y al apoyo de un miembro del COI. Pero las noticias sobre el asunto incluían otro dato más importante: el Comité Olímpico Sueco y los familiares de Wieslander que aún vivían confirmaron que este nunca había aceptado aquella medalla de oro y que siempre había considerado a Thorpe el único campeón legítimo. Desde Noruega se dio una confirmación equivalente sobre Bie.
Es decir, la resta no fue posible porque a la construcción le hubiera nacido, con los años, una potestad de cancelar entradas. Fue posible porque quienes figuraban en aquellas dos entradas dijeron por sí mismos que aquello no valía.
Hay que precisar lo ocurrido. Sus declaraciones no tenían fuerza jurídica alguna, y el COI no cambió el registro porque estuviera obligado a hacerlo. La confirmación retiró la última capa de resistencia: cuando la parte que iba a ser desplazada del primer puesto declaraba públicamente que nunca lo había aceptado, insistir en mantener las cosas como estaban perdía la razón que podía invocarse en su defensa. La construcción no necesitaba una autorización, sino un momento en el que nadie se opusiera. Y un momento así hay que esperarlo: esperar a que todos los implicados estén dispuestos a decir lo mismo. Para eso solo queda el tiempo.
La construcción no tenía cómo sacarlos. Ellos salieron desde dentro.
Conviene ver con claridad la forma de este episodio, porque concierne a toda la serie. En el ensayo anterior vimos que añadir y quitar nunca tuvieron la misma dificultad: las pruebas para añadir están en el lugar de los hechos; las pruebas para quitar ya se han dispersado. Esa asimetría procede de la dirección del tiempo. Aquí aparece una excepción, y es posible precisamente porque alguien, fuera de todo ese mecanismo, siguió recordando. El hecho de que Wieslander no hubiera aceptado la medalla no figuraba en ningún cuaderno. Se transmitió dentro de una familia durante ciento diez años y salió a la luz cuando hizo falta.
Una construcción no puede corregirse a sí misma. Eso no es un incumplimiento de sus deberes: es su estructura. El procedimiento en el que se apoya para dar algo por establecido no puede servir al mismo tiempo para revocarlo; de lo contrario, nada de lo que establece se sostendría. Por eso la revocación solo puede venir de fuera. Y que llegue desde fuera depende de que alguien lo recuerde, de que quien lo recuerda siga ahí y de que esté dispuesto a hablar. Las tres cosas son contingentes.
Volvamos a la definición inicial.
La frase de 1866 se proponía juzgar a una persona. Abarcaba retrospectivamente toda su vida, sin salida ni caducidad. El trámite de 1913 retiró a un hombre de detrás de dos resultados, pero nadie había dicho que esos resultados fueran falsos. Sus carreras, sus saltos, sus lanzamientos, todo seguía ahí. Solo se había extraído el nombre. El cabo que dejamos suelto en el ensayo anterior llega justamente hasta aquí: el primer récord mundial de decatlón reconocido por la IAAF no se confirmó hasta 1922, mientras que, según la tabla de puntuación de entonces, nadie superó el total que Thorpe había logrado en 1912 hasta 1926. Durante más de una década, la cifra más alta perteneció a alguien que no estaba en la lista. El número se quedó. La persona fue retirada.
Y después aquella puerta se deshizo por sí sola. En 1880 se borró una frase; en 1981 se vació todo su contenido; a comienzos de los noventa, la palabra ya no remitía a nada. Cuando en 2022 aquel nombre volvió al puesto único que le correspondía, las reglas que se le había acusado de infringir llevaban mucho tiempo desaparecidas.
En el resto de esta serie volveremos a encontrar una y otra vez esa secuencia. Primero actúa la construcción y deja un coste. Ese coste suele reconocerse cuando la construcción misma ya ha cambiado o ha desaparecido. Parte de lo que hace posible el reconocimiento es, precisamente, que ya nadie necesita defender aquellas reglas. Eso no resta peso al reconocimiento ni lo vuelve hipócrita. Solo explica por qué las correcciones llegan siempre tan tarde: mientras unas reglas siguen funcionando, el precio de admitir que estaban equivocadas tienen que pagarlo quienes las están usando.
La regla aún no mide bien. Y sigue midiendo.