Sobre esta edición
Nota de edición: Reescritura independiente en español a partir del original chino. La edición original permite alternar entre chino simplificado y tradicional.
Al principio del segundo episodio vuelve a estar delante de la torre del reloj. La misma primavera, el mismo tablón de anuncios que invita a apuntarse a los clubes. Esta vez cambia el club de tenis por el de cine.
Llega el tercero y vuelve a estar allí. Vuelve a elegir otro. Después, el cuarto. El quinto.
Qué caminos ha elegido
Estos son, a grandes rasgos, los caminos que la serie le permite recorrer:
- El club de cine Misogi.
- El club de sóftbol Honwaka.
- Convertirse en discípulo de Higuchi, un estudiante que va por su octavo año de universidad y se hace llamar maestro.
- El club de ciclismo.
- La organización secreta Fukuneko Hanten.
- La Policía de la Biblioteca.
- El club de inglés.
- Y algunos más.
Son organizaciones muy distintas. Unas se dedican a crear, otras al deporte, otras al puro disparate. Las hay tan absurdas que uno ni siquiera sabe a qué se dedican.
Si la vida universitaria de alguien depende del club al que se apunte en primero, estos caminos deberían dar lugar a vidas completamente distintas.
La serie no se inventa esa hipótesis. Es la teoría del propio protagonista, y mucha gente cree sinceramente en ella: lo que uno elige en una bifurcación decide los años que vienen después.
Pero todos son el mismo camino
El resultado es el siguiente.
En todos los caminos conoce a Ozu.
En todos los caminos acaba viviendo en la habitación de cuatro tatamis y medio de Shimogamo Yūsuisō.
En todos los caminos es incapaz de entablar una conversación con Akashi.
En todos los caminos los dos años transcurren con el mismo vacío.
Al final de todos los caminos está en esa habitación, diciendo lo mismo: si hubiera elegido otro.
Ha podido tomar todas las bifurcaciones. Y todas le han devuelto la misma vida.
Por qué
No hay ningún misterio. La variable que se ha modificado no es la que determina el resultado. El club ha cambiado. Él no.
La serie lo demuestra con imágenes, no con una explicación en boca de alguien. Repite los planos, las composiciones, la habitación, los diálogos, el ritmo de la voz en off. Muchas de estas variaciones repiten casi el mismo principio y vuelven a un final parecido. Cambia lo que ocurre en medio, pero los dos extremos están soldados.
Al llegar al cuarto episodio, el espectador empieza a reírse: ya sabe cómo va a terminar. Esa risa es el argumento.
Y hay algo importante en esa manera de argumentar. Ningún parlamento expone la conclusión; la serie no encarga a ningún personaje que le diga al protagonista que el problema lo tiene él. Deja que el espectador lo vea. Para el cuarto episodio, este ya conoce la respuesta, mientras al protagonista aún le quedan cinco o seis caminos antes de llegar a ella.
Lo que hace cada vez
Si nos fijamos en lo que hace en cada camino, encontramos siempre los mismos movimientos. Se une a una organización, enseguida descubre que no es como la imaginaba y empieza a sacarle defectos para sus adentros.
Conoce a Ozu y lo convierte en la causa de todo lo que le va mal.
Conoce a Akashi, piensa que la chica está bien y no le dice ni una sola cosa que importe.
Hace multitud de cosas, gasta una energía enorme, se ve envuelto en situaciones absurdas y no para un momento.
Pasan dos años. Sentado en su habitación, llega a una conclusión: el problema estuvo en aquella primera elección. Y esa conclusión lo lleva a repetir exactamente los mismos movimientos en el camino siguiente.
La conclusión lo protege
Aquí está lo más importante del ensayo. Atribuir el problema a aquella primera elección tiene una propiedad muy conveniente: sitúa la causa en el pasado, en un punto que ya no se puede modificar.
Si la causa está en el pasado, no hay nada que hacer ahora. Solo queda lamentarlo, y lamentarse no exige actuar.
Si la causa está en el presente, sí hay algo que hacer. Pero hacer algo implica arriesgarse: abrir la boca, exponerse al rechazo, descubrir que uno se había equivocado.
Él elige siempre la primera posibilidad. Aunque, a sus ojos, ni siquiera es una elección: le parece un diagnóstico acertado.
La serie le hace repetirlo siete u ocho veces. En todas diagnostica con absoluta seguridad. Y lo más importante es que cada repetición le proporciona pruebas nuevas. En este episodio, los del club son demasiado ruidosos; en el siguiente, el maestro no es de fiar; en otro, la organización entera es un puro disparate.
Siempre encuentra una causa concreta, verosímil, que puede enseñar a los demás. Y todas esas causas, juntas, demuestran precisamente que ninguna es la causa.
Las mismas personas en todos los caminos
Hay algo más que la serie mantiene a la vista durante estos episodios y que el espectador solo reconocerá al final, al mirar atrás: en todos los caminos aparecen las mismas personas. Ozu. Akashi. El maestro Higuchi. Hanuki. Jōgasaki. Aijima.
Las personas no cambian con los clubes. Aparecen en todas las versiones, aunque cambien sus posiciones y sus papeles. En un episodio Ozu pertenece al club de cine; en otro es discípulo del maestro; en el siguiente forma parte de Fukuneko Hanten.
Es decir, siempre ha contado con esas personas. Cambiar de club nunca ha cambiado quiénes estaban a su lado.
Y en todas las versiones ha considerado a esas mismas personas obstáculos para su «vida universitaria de color de rosa».
Basta una comprobación sencilla: si cambiar de club cambiara a las personas de su entorno, después de siete u ocho cambios deberían haber aparecido algunas caras enteramente nuevas. No aparecen. Siempre son las mismas.
¿Estuvieron de verdad vacíos esos dos años?
Para terminar, pongamos un hecho sobre la mesa, sin comentarlo. El protagonista dice que en aquellos dos años no hizo una sola cosa de utilidad práctica.
Los dos años que ha visto el espectador contienen apuestas con otras personas, películas que él ha rodado, la búsqueda de un cepillo legendario, su participación en una guerra por delegación, sus enredos con una organización secreta, discusiones a orillas del río Kamo, carreras por toda la ciudad a causa de algún disparate y el encuentro con gente de lo más variopinta.
Nada de eso tiene utilidad práctica. En eso tiene razón. La serie no explica quién le entregó esa vara de medir, la de «sirve o no sirve para algo». Se limita a dejar que siga utilizándola.
Los distintos caminos no demuestran que elegir dé lo mismo. Los clubes y los sucesos cambian, por supuesto, el contenido de la vida. Lo que no hacen es resolver por él otra tarea: decidir qué merece reconocer como su propia vida.
Por eso importan tanto las personas que vuelven a aparecer. Él no ha estado fuera de la vida, esperando a que empezara. Siempre ha estado dentro; solo que primero clasificó a quienes tenía delante como impedimentos para la versión ideal.