Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Busca un yo que no existe

Han Qin (秦汉) · Reescritura en español · 2026-10-09

Sobre esta edición

Nota de edición: Reescritura independiente en español a partir del original chino. La edición original permite alternar entre chino simplificado y tradicional.

Un estudiante de tercer curso vive en Kioto, en una habitación destartalada de cuatro tatamis y medio. Nada más abrir la boca, viene a decir lo siguiente: ahora que ha llegado la primavera de su tercer año de universidad, puede afirmar que en los dos años anteriores no ha hecho una sola cosa de utilidad práctica.

No lo dice en tono de confesión. Está presentando una acusación. Y la presenta con un enorme cuidado, con gran despliegue literario y muy satisfecho de sí mismo. La narración de esta serie es de una densidad extraordinaria: frases largas, palabras de otro tiempo, párrafos capaces de dar siete u ocho rodeos. Alguien que cuenta su fracaso con semejante esmero ha tenido que dedicarle muchas horas. En el banquillo de los acusados está el destino.

Eso que quiere

Tiene una expresión que no deja de aparecer a lo largo de la serie: una vida universitaria de color de rosa. ¿Qué quiere decir con eso?

Por lo que cuenta, vendría a incluir un club como es debido, un grupo de amigos con sus mismas inquietudes, un romance con una joven de pelo negro y una vida que tampoco él sabría describir del todo, aunque desde luego no sería la que lleva ahora.

Y aquí conviene señalar algo: esa expresión no tiene contenido. Nunca ha descrito un solo día de esa vida. A qué hora se levantaría, qué haría, con quién hablaría, de qué. No lo ha contado ni una vez.

Solo sabe decir lo que no sería: no sería esto. Esa condición se mantiene durante toda la serie. Ni siquiera en el último episodio logra dar un contenido concreto a la vida que desea, porque nunca lo ha habido.

Su descontento mira hacia atrás

Todas sus quejas tienen la misma forma.

Si aquella vez, delante de la torre del reloj, no me hubiera apuntado a ese club.

Si no hubiera conocido a Ozu.

Si hubiera elegido otro camino.

Todo su descontento apunta a un yo que nunca ha llegado a existir.

Detengámonos ahí un momento. Cuando alguien está descontento con su vida, ese descontento suele tomar una de dos direcciones.

Puede mirar hacia delante: quiero algo y todavía no lo tengo. Hay un objeto al que dirigirse, algo que se puede perseguir y poner a prueba, un deseo que algún día puede cumplirse o abandonarse.

O puede mirar hacia un lado: si en aquel momento hubiera hecho otra cosa, ahora sería otra persona. Ahí no hay objeto, porque esa «otra persona» no está en ninguna parte. No se puede ir en su busca, no se puede comprobar cómo sería y tampoco cabe satisfacer ese descontento.

El protagonista se mantiene en la segunda posición de principio a fin. Y esta tiene una ventaja que la primera no ofrece: es inmune al fracaso. Cuando uno persigue algo, puede no conseguirlo; puede incluso conseguirlo y descubrir que no era lo que parecía. Lamentar algo que ya no se puede cambiar nunca entraña ese riesgo.

Una comparación amañada

Este es el centro del ensayo. Si alguien compara su vida actual con una versión sin contenido, el resultado está decidido de antemano.

Como esa otra versión no contiene nada, tampoco tiene defectos. No hay amigos difíciles de tratar, ni días de lluvia, ni palabras fuera de lugar; no ocurre nada concreto, molesto o poco agraciado. La versión actual sí contiene todo eso, porque es real.

Algo sin contenido siempre sale mejor parado que algo que sí lo tiene. Y el resultado no nos dice nada de ninguno de los dos.

Su descontento, por tanto, no se debe a que su vida sea especialmente mala. De hecho, está bastante animada: tiene a alguien que viene a fastidiarlo todos los días, a una chica que le gusta, a un maestro que no dice más que disparates, y a su alrededor suceden cosas incomprensibles a diario.

Está descontento porque, al otro extremo de la vara con la que mide su vida, no hay nada.

Su habitación

La serie le da un alojamiento extraordinariamente acertado. Cuatro tatamis y medio, en una habitación vieja de la residencia Shimogamo Yūsuisō, en Kioto. ¿Cuánto espacio es eso? Algo más de siete metros cuadrados. Basta poner una mesa, una estantería y un futón para que apenas quede sitio. Lleva dos años allí.

En los primeros episodios, la habitación es solo un decorado: el alojamiento que cabría esperar de un estudiante sin dinero. Más adelante se convertirá en la imagen central de la serie. Y lo hará multiplicándose.

Para entonces la habremos visto muchas veces, en todos los episodios. Es el punto de partida de sus quejas y el lugar al que regresa al final de cada uno. Sale de allí, da un largo rodeo, vuelve y declara que todo ha sido culpa de aquella primera elección.

No es un vago

Esto hay que dejarlo claro; de lo contrario, el ensayo acabaría siendo un sermón. El protagonista no es un vago.

Se levanta, va a clase, participa en las actividades de los clubes, hace recados. Dedica mucho tiempo y un esfuerzo físico considerable a toda clase de disparates. Recorre la ciudad para satisfacer las exigencias absurdas de su maestro, pasa noches en vela haciendo preparativos solo por un pique con alguien y, cada vez que se ve metido en un nuevo enredo, se lo toma en serio y lo lleva hasta el final.

Tampoco le falta talento. Sabe hablar, escribir, pensar. Tiene una agilidad mental asombrosa: la voz que narra la serie es su cabeza, y esa voz es densa, precisa y condenadamente divertida.

No le faltan capacidad, energía ni suerte. Le falta algo con contenido que le sirva para medirse. Y eso no puede encontrarlo nadie por él.

Algunos lo han intentado. Akashi le ha dicho cosas sensatas. Entre los disparates del maestro se cuela de vez en cuando alguna observación certera. Ozu no deja de intentar sacarlo de su encierro, con esos métodos suyos tan deplorables.

Nada de eso funciona. Para cambiar de vara de medir, primero hay que admitir que es uno mismo quien la sostiene. Él sigue creyendo que se la han impuesto desde el cielo.

Así que la serie le deja volver a empezar

Al final del primer episodio pide un deseo: ojalá pudiera regresar al comienzo de la universidad y empezar de nuevo. La serie se lo concede.

Al principio del segundo episodio vuelve a estar delante de la torre del reloj. La misma primavera, el mismo tablón de anuncios, los mismos clubes buscando nuevos miembros. Esta vez elige otro.

A partir de ahí, la serie le entrega de verdad ese yo que no había llegado a existir. Cambia una y otra vez los clubes, los caminos y los sucesos. Lo más justo del experimento es que no le anuncia de antemano al protagonista dónde está el problema.

Conserva únicamente a la persona que juzga, para que el espectador pueda verlo por sí mismo: si todos los caminos devuelven a alguien al mismo descontento, quizá lo que nunca ha cambiado no sea el destino.