Sobre esta edición
Nota de edición: Reescritura en español del original chino, disponible en caracteres simplificados y tradicionales. Las palabras de los personajes se vierten aquí para este ensayo, sin reproducir una traducción oficial.
Utena le dice a Anthy que no tiene por qué obedecerla.
Anthy contesta que está bien.
Esa es la forma básica de su relación, y se mantiene durante más de treinta episodios.
Todo lo que ha intentado
Utena prueba muchas cosas.
Le dice a Himemiya que no es de su propiedad. Anthy asiente.
Le dice que no tiene por qué cocinar para ella. Anthy acepta y cumple lo que le pide.
Le dice que haga lo que quiera. Anthy responde que lo que quiere es cocinar para Utena.
Le pide que la llame simplemente Utena, sin fórmulas de respeto. Anthy cambia la manera de llamarla, pero mantiene el lenguaje deferente. Un par de días después, también ha vuelto al tratamiento anterior.
La lleva consigo a clase, a comer, a hacer esas cosas que hacen las chicas de su edad. Anthy lo acepta todo con la misma actitud, con la misma expresión.
Ninguno de los esfuerzos de Utena tropieza con un rechazo. Todos son aceptados: de la misma manera en que se acepta una orden.
No se resiste
Llegamos al centro de este ensayo.
Anthy no se resiste.
Es fácil leerlo únicamente así: la han sometido tanto que ya no se atreve. Sin embargo, en los últimos episodios la serie la hace reconocer su dolor, subir a una azotea y herir a Utena. La falta de resistencia visible no demuestra que no haya miedo dentro. Solo indica que al dolor le resulta ya muy difícil convertirse en un rechazo por las vías habituales.
Al menos en la vida cotidiana que Utena alcanza a ver, Anthy rara vez parece asustada o nerviosa, y rara vez ofrece, ni siquiera en privado, una respuesta que permita entenderla. Cuida las rosas, alimenta a su pequeño animal, Chuchu, cocina, barre, va a clase, sonríe.
Su vida no parece la de una víctima. Parece la de alguien que cumple con su trabajo todos los días.
Y esa serenidad es más difícil de abordar que cualquier manifestación de sufrimiento. Cuando alguien se debate, por lo menos sabes en qué dirección ayudarlo.
Pero el contenido de ese trabajo es obedecer.
Ni se resiste ni da su conformidad. Se limita a hacer lo que le dicen.
No tiene preferencias
La serie presenta varias veces conversaciones de este tipo:
Le preguntan qué quiere. No sabe contestar.
Le preguntan si le gusta cómo están las cosas. Da una respuesta que no responde a la pregunta.
Le preguntan si quiere marcharse. Sonríe.
No está esquivando el asunto. La manera de mostrar estas escenas hace visible un espacio vacío: no basta para demostrar que dentro no haya nada, pero quien la observa no puede confirmar, a partir de sus respuestas, qué queda allí.
Cuando a una persona le quitan algo, lo normal es que le duela. Y ese dolor sirve: indica que aquello existía, que esa persona aún cree que debería existir, que algo en ella opone resistencia.
Pero en Anthy ese dolor no resulta fácilmente legible desde fuera. Eso no equivale a decir que no exista.
Lo más hondo de lo que este sistema ha hecho en ella no es que haya dejado de sufrir. Es que el sufrimiento, por sí solo, ya no se convierte en un no.
Esa es la tesis de este ensayo. No hace falta introducir ningún concepto para sostenerla: la propia serie lleva más de treinta episodios mostrándola.
Recibe la bondad igual que las órdenes
Hay otra capa que explica por qué los esfuerzos de Utena siguen cayendo en saco roto.
Lo que Utena le ofrece nace de la buena voluntad: amistad, igualdad, comer juntas, decirle que no tiene por qué obedecerla.
Pero Anthy recibe todo eso exactamente del mismo modo en que recibe una orden.
Dice que sí. Cumple. Sonríe.
Si una persona dice que sí a todo, su respuesta a la bondad es idéntica a su respuesta a una orden.
En esta obra, la frase no enuncia una máxima. Describe una situación que se prolonga durante más de treinta episodios. Utena no puede sacarla de ahí mediante el simple acto de tratarla bien, porque para Anthy ese buen trato también se convierte en una instrucción que debe ejecutar.
Las cosas que ella ha hecho
Anthy tampoco es un objeto inerte. En esto, la serie es honrada.
Ha hecho muchas cosas, y algunas son bastante feas.
Colabora a escondidas con determinados planes. Dice cosas que hieren a Utena. En momentos decisivos se coloca en el bando contrario. A veces responde a la bondad de Utena devolviéndole una puñalada.
La serie no lo justifica por ella. No dice que la obligaran, ni que en el fondo sea buena.
Simplemente la muestra haciendo esas cosas y, al día siguiente, cocinando como siempre.
Eso complica enormemente cualquier intento de «salvarla». Una cosa es rescatar a alguien que lucha por salir. Pero ella no solo no está luchando: también tira en sentido contrario.
No es una buena persona que ha quedado atrapada. Es alguien que lleva demasiado tiempo en ese lugar, y ese lugar incluye también estos actos.
Lo que pone Utena de su parte
Para terminar hay que hablar de Utena. Este ensayo no puede ocuparse solo de Anthy.
¿Por qué insiste tanto?
De niña perdió a sus padres y se escondió sola dentro de un ataúd. Alguien llegó, la sacó de allí, le dio un anillo y le dijo unas palabras: en esencia, que no perdiera aquella nobleza.
Ella vio en esa persona a un príncipe.
Y tomó una decisión: quería convertirse en un príncipe.
Por eso lleva el uniforme de los chicos, aprende a pelear y hace lo que se supone que debe hacer un príncipe. Piensa en el día en que volverá a encontrarse con aquella persona.
Quiere salvar a Anthy, en parte porque Anthy lo necesita y en parte porque eso es lo que debe hacer un príncipe.
En ella, ambas cosas son inseparables. La serie tampoco llega a separarlas.
Mucho más adelante, alguien le dirá a la cara que no puede: es una chica y, además, no tiene poder.
Quien se lo dice es la misma persona que, años atrás, la sacó de aquel ataúd.
La serie no cuenta por qué Anthy ocupa ese lugar hasta bien entrada la treintena de episodios.
La historia tiene que ver con un millón de espadas.
De eso trata el siguiente ensayo.