Sobre esta edición
Nota de esta edición: Reescritura independiente del original chino, concebida para lectores de español. Contiene revelaciones de toda la serie. Las intervenciones de los personajes se recrean aquí; no se citan subtítulos oficiales.
Cinco parásitos dentro de un cuerpo.
No son cinco seres independientes apretujados en un mismo espacio. Los han combinado en uno, sometido a la voluntad de uno de ellos. El organismo resultante se llama Goto. Es el ser más poderoso de esta obra.
Y no lo es por poco. Puede emplear a la vez el material de los cinco, adoptar cualquier forma en un instante y responder a ataques procedentes de varios lados. Cuando se enfrenta a Shinichi, el chico ni siquiera logra parar los golpes. Solo puede huir.
Sin embargo, en la vida cotidiana parece un hombre corriente de mediana edad. Habla poco, se muestra tranquilo y hasta puede decirse que es educado. Al ver a Reiko Tamura, llega a lamentar no haber podido luchar contra ella.
Este ensayo empieza por ese cuerpo.
Dos respuestas
Si ponemos a Goto junto a Shinichi, vemos dos respuestas a una misma pregunta.
¿Cómo alojar en un cuerpo a varios seres que no pueden anularse mutuamente?
Goto responde con la fusión. Los cinco pasan a ser uno; se establece una voluntad única y los demás obedecen. Los beneficios son enormes: no hay que negociar, no hay que deliberar, no hay desgaste interno. Se actúa con la rapidez de una sola voluntad.
Shinichi responde sin fusionarse. Los dos conservan su propio juicio y negocian cada día lo que toca hacer. Si no se entienden, cada cual actúa a su manera. El coste es altísimo: lentitud, cansancio, frecuentes conflictos internos. Más de una vez están a punto de morir por ello.
En Goto, varios se funden en uno. Shinichi y Migi siguen siendo dos.
La obra hace que ambas soluciones choquen de frente al final.
Cómo pierde Goto
Shinichi no puede vencer a Goto en combate. La obra no deja dudas: en el primer enfrentamiento tiene que escapar, y lo hace de una manera nada airosa.
Si después gana, no es porque se haya vuelto más fuerte. No despierta un poder nuevo a mitad del camino ni aprende una técnica especial. Una abertura entre los tejidos endurecidos permite introducir el arma con la que lo hiere.
El arma es una barra de hierro recogida en un vertedero, impregnada de residuos industriales.
Cuando esas sustancias tóxicas entran en el cuerpo de Goto, desestabilizan su organización interna. La unidad entre los cinco empieza a aflojarse. Los que estaban bajo el mando dejan de obedecer, se mueven por su cuenta y crecen en direcciones distintas.
El cuerpo de Goto se deshace desde dentro.
La victoria tiene una ironía feroz: lo que derriba al ser más poderoso es la basura que los humanos han vertido en la tierra. La obra no añade un comentario para explicarla. Se limita a hacer que la barra proceda de allí.
La ventaja y la debilidad de esa solución son la misma cosa: una voluntad única mantiene sometidos a los cinco, y en cuanto falla ese sometimiento, los cinco fallan a la vez.
La solución de Shinichi y Migi carece de esa debilidad porque nunca ha mantenido a nadie sometido. Entre ellos no existe una unidad que pueda romperse. Su relación siempre ha quedado suelta, siempre ha seguido negociándose y nunca ha cuajado en un acuerdo fijo.
La obra no convierte esto en una proclama de victoria. Shinichi no dice que su forma de vivir sea la correcta. Goto se deshace, Shinichi sobrevive y la historia sigue.
Quien pronuncia el discurso es humano
La obra sitúa aquí a otros dos personajes que sirven de referencia a ambos lados.
Uno es Takeshi Hirokawa.
Le corresponde el discurso más conocido de la historia. Viene a decir que los humanos son el veneno de la Tierra, que han llegado a ser demasiados para que el planeta los soporte y que la aparición de los parásitos constituye una respuesta de su sistema inmunitario.
El discurso tiene una fuerza enorme, y una característica precisa: parte de la ecología y de las cantidades. La moral no entra en él.
No dice que los humanos sean malvados. Dice que son demasiados. Ese exceso puede contarse, y cuando algo se expresa mediante cifras, para rebatirlo hace falta otra serie de cifras, no otro sistema de valores.
Por eso resulta tan difícil contestarle. La obra tampoco introduce a ningún personaje que refute su discurso.
Y quien lo pronuncia es un ser humano.
No es un parásito. Su cabeza sigue siendo suya. Ha elegido ponerse del otro lado porque cree en ese razonamiento.
Migi ha respondido a esa clase de argumentos con una idea que podríamos expresar así: detesta a los humanos que hablan «por el bien de la Tierra», porque la Tierra nunca ha sabido llorar ni reír.
Un parásito rebate a un humano que habla en nombre de la Tierra. Ambas intervenciones caben en la misma obra. No hay árbitro.
Los reconoce porque es como ellos
El otro personaje es Uragami.
Es humano y es un asesino. Posee una facultad que los demás no tienen: percibe a los parásitos y los distingue entre la gente con una sola mirada.
La razón que da la obra es sencilla: puede reconocerlos porque es como ellos.
En él falta eso que hace que una persona sienta que algo no está bien después de matar a otra. Como no lo tiene, ve enseguida a quienes tampoco lo tienen.
Nadie lo ha modificado. No lo han parasitado ni le han instalado una instrucción. Es un humano que ha crecido de manera natural.
La obra lo reserva para el final y lo coloca junto a Hirokawa. Forman una pareja: un humano que ha elegido pasarse al otro lado y otro que ya estaba allí por naturaleza.
Con la presencia de estos dos personajes, la frontera entre «humanos» y «parásitos» se rompe por completo. Ya no es una línea que pueda trazarse.
Dice que quiere ir en otra dirección
Después del combate contra Goto, algo ha cambiado en Migi. Le anuncia a Shinichi que va a sumirse en un largo sueño.
Deja unas palabras que vienen a decir: ir en otra dirección.
Y se duerme.
Después, la obra se demora en la vida corriente. Shinichi vuelve a vivir tranquilo, duerme bien y su relación con Satomi Murano también se ha serenado. La mano derecha cuelga a su lado, quieta, sin responder.
Ese tramo dura mucho y transcurre sin sobresaltos. No sucede gran cosa. Shinichi va a clase, come, conversa. Su mano derecha es una mano derecha.
Migi duerme durante mucho tiempo.
La última escena
Entonces aparece Uragami.
Secuestra a Satomi Murano y la lleva a la azotea de un edificio. Shinichi los sigue y se enfrenta a él allí arriba.
Uragami levanta un cuchillo. Shinichi se lanza hacia él.
Y Satomi Murano cae desde la azotea.
Shinichi queda derrumbado allí y llora.
Mientras llora no hay nada en él que le sirva. No llega a tiempo, no puede alcanzarla, no puede salvarla. Las capacidades que antes le permitían combatir de frente con los parásitos no sirven absolutamente de nada en ese instante.
Solo es alguien derrumbado en una azotea, llorando.
Aquí reaparece lo que había quedado sin resolver en el tercer ensayo. Shinichi no pudo llorar en el funeral de su madre. Desde entonces ya ha vuelto a llorar; las lágrimas de la azotea no son su primer regreso. Pero ese regreso no borra la pérdida anterior. La obra no establece expresamente el vínculo entre ambos momentos. Deja que ocurra.
Y mientras él llora, Migi despierta.
Sitio de sobra en el corazón
Migi pronuncia dentro de su cabeza sus últimas palabras.
El sentido es más o menos este.
Un día te cruzas con un ser vivo por el camino y lo conoces. Tiempo después lo encuentras muerto.
¿Por qué se entristecen los humanos en una situación así?
Porque son animales con tiempo de sobra.
Y esa es precisamente su mayor virtud: les queda sitio en el corazón. Es algo admirable.
Conviene leer despacio esas palabras, porque importa mucho quién las dice.
Las dice una criatura que durante toda la historia ha considerado que comer humanos no tiene nada de malo. Una criatura que afirmó que la única vida valiosa era la propia y nunca retiró la afirmación. Una criatura perteneciente a una especie que lleva una instrucción escrita de antemano.
No se ha vuelto buena. Ni siquiera al final considera valiosa la vida humana.
Solo ha pasado mucho tiempo en una mano derecha y ha reparado en algo: estos humanos hacen muchas cosas que no tienen relación con sobrevivir.
Se entristecen por seres con los que nada les une. Hacen cosas que manifiestamente no compensan. Se detienen sin motivo alguno. Sufren por la muerte de un ser vivo al que solo vieron una vez en el camino, aunque esa muerte no tenga ninguna consecuencia para ellos.
A todo eso Migi le da un nombre: el sitio que sobra.
Y lo juzga con la única valoración positiva que hace de los humanos en toda la obra: admirable.
Lo dice y se va. Cuando lo dice, Shinichi sigue derrumbado en la azotea, llorando. Sigue haciendo algo que no le sirve de nada para sobrevivir.
Dos señales
Aquí termina esta serie.
Quiero dejar juntas dos cosas, sin poner palabras entre ellas.
Las últimas ondas cerebrales de Reiko Tamura, que Migi no consigue identificar. Un semejante está a su lado y no sabe leer lo que emite.
Las últimas palabras de Migi sobre ese sitio de sobra. Un ser ajeno a la especie humana ha advertido en ella una zona que no tiene que ver con la supervivencia.
Una señal que no puede leerse. Una señal que sí se ha leído, pero cuyo lector no sabe qué hacer con ella.
Las dos aparecen en el mismo lugar: fuera de las especificaciones de una especie.
Qué es esa zona, de dónde viene, si pueden quitárnosla y qué queda cuando nos la quitan…
Eso no se escribe aquí.